Disclaimer: Potterverso de Jotaká.

Este fic participa en el minireto de noviembre para "La Copa de las Casas 2015-16" del foro La Noble y Ancestral Casa de los Black.


Es por todos bien sabido que existen siete pecados llamados "capitales" por su terrible importancia, al igual que es de conocimiento público la inclusión de la envidia entre ellos.

Tú, Pansy Parkinson, eras muchas cosas. Una bruja caprichosa, para empezar. Inteligente pero malcriada. Con una personalidad arrolladora y un carácter que provocaba auténticos aludes de ira sobre quienes te incordiaban. Una cara bonita en un cuerpo aún mejor. Una interesada dispuesta a lo que fuera con tal de seguir subiendo en esa escala social en cuya cumbre no estaba aún tu apellido.

Pero si tenías un verdadero defecto, ese era la envidia.

Y de todas las personas a las que mirabas con rabia contenida en tu pecho y el doloroso deseo de no ser tú misma, Daphne Greengrass era sin duda a la que más detestabas.

Tan rubia que sus cabellos irradiaban luz propia. Con una piel fina y pura como nieve o alabastro, y unos ojos del mismo azul que las mañanas claras de invierno. Su voz sabía a nanas y cuentos, siempre calmada, siempre condescendiente. Tenía una forma de mirarte que te hacía sentir que nunca más correrías peligro alguno. A veces el fantasma de una sonrisa escapaba a sus labios rojos, y entonces el cielo parecía a solo un paso de distancia.

Todos la adoraban. Draco, Blaise, Vincent, Greg. Incluso ese tarado de Nott. La seguían con la mirada de forma inconsciente. Le prodigaban atenciones con las que tú no podías siquiera soñar.

Tú eras guapa. Ella era un milagro.

Y fue esa envidia la que guió tus pasos en la Sección Prohibida, la que te llevó hasta el libro que contenía el hechizo, la que te dio un pulso más firme mientras preparabas el conjuro.

Solo una pizca de magia negra y cuando alzaste de nuevo la mirada el espejo te devolvió una imagen imposible.

Eras ella. Eras preciosa, insuperable, única.

Eras Daphne Greengrass, con sus cabellos de sol y sus ojos de mar. Tus labios temblaron con ansiedad, y rompiste a reír. Demente, asustada, maravillada, solo podías dejar la risa brotar de tu pecho. Pero no era la tuya, sino la suya.

Una pincelada de delirio teñía tu mirada de acuarela aguada. Su mirada.

Eras ella. Tan mágica y tan pura.

Tan perfecta.

Eras ella, sí. Y por eso, no eras tú.