Título: Jugadas que iluminan sus ojos.

Autora: Freedom Released.

Género: Yaoi, drama romántico.

Clasificación: Todos los públicos.

Advertencias: UA.

Serie: Haikyū!

Pareja: Kageyama Tobio & Hinata Shōyō.

Extensión: Mini-Fic: Capítulo 5/ 3.385 palabras.

Notas: Inspirado en el corto "Eu Não Quero Voltar Sozinho".

Resumen: Hinata Shoyo llega a la secundaria con el único objetivo de inscribirse en el equipo de vóley y vencer a Kageyama Tobio. ¿Qué pasará cuando descubra que al que nombró en su momento su rival se había quedado… ciego?

Disclaimer: Tanto Haikyū! como sus personajes son propiedad de Haruichi Furudate, eso sí, la historia es totalmente de mi propiedad.

Capítulo 5

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Lluvia. Lluvia y más lluvia, y llovía y no dejaba de llover ni cuando salía el sol. Desde aquel ansiado partido del que habían salido victoriosos, como si el cielo no celebrara con ellos, no había dejado de caer agua del cielo; ya había pasado un mes. Desde el partido habían practicado hasta el cansancio por su cuenta, el gimnasio tenía unas goteras que tardarían como mínimo medio mes más en reparar, dado que con este clima les era muy difícil arreglar el techo sin que se volviera a dañar.

Tsukishima y Yamaguchi, como de costumbre, se quedaban en casa después de clase escuchando música y haciendo los pocos deberes que les mandaban. Fuera del club no se relacionaban con nadie del club —sin contar, por supuesto, que iban en la misma clase que Hinata—, solo entre ellos sin decirle nada a nadie. Yamaguchi al menos mediaba palabra cuando se encontraba con los demás, pero Tsukisima raras veces decía algo. Muchos se preguntaban en qué momento empezaría a tener un poco más de confianza con el resto.

Nishinoya, pues como de costumbre, siguiendo a la estrella del Karasuno a sol y a sombra. A veces incluso alguien podría confundirse y pensar que viven juntos puesto que raras veces se los ve separados. Mejores amigos, se llama, ¿no? De vez en cuando veías que los miembros antiguos —por así decirlo— se juntaban en casa de alguno de ellos. Siempre con un muy alborotado Tanaka o un muy tranquilo Sugawara.

—¡Vamos, corre, corre!

El armador y el rematador se encontraban en el medio de la calle, dirigiéndose hacia la casa del primero, corriendo en medio de aquél chaparrón que parecía que no iba a tener fin. Se encontraban muy mojados, en su estupidez Hinata, cuando estaba en la casa de su compañero supuestamente "haciendo los deberes" había visto un claro y le dijo a Kageyama que podían aprovechar para ir a comprar algo de comer. El azabache le insistió que seguramente volvería a empezar y que lo mejor era permanecer en la casa, pero como de costumbre se dejó arrastrar por las locuras del más bajo.

—¡Hinata, idiota —gritaba entre tropezones intentando correr en una dirección recta— te dije que no teníamos que haber salido…!

El número nueve corría como podía, pero debido a su problema de visión se quedaba rezagado. En un momento determinado, se paró en seco e intentó escuchar mejor los pasos del pelirrojo para poder seguirlo, pero la lluvia se superponía y no lo dejaba orientarse. Se agachó apoyando sus manos en sus rodillas ligeramente dobladas, con un poco de frustración apretando su mandíbula.

Era estúpido. Llevaba años recorriendo ese camino, el camino hacia su casa en la que había vivido desde que había nacido. ¿Cómo es posible haberse desorientado cuando pasa por ahí todos los días? Se sentía pésimo. Si algo odiaba, era eso, sentirse inútil.

—¡KAGEYAMAAAAA!

Abrió los ojos sorprendido mientras unos pasos acelerados volvían junto a él y se paraban bruscamente delante bruscamente. No esperaba que el chico se diera cuenta de que se había quedado atrás. Con lo despistado que era, había supuesto que lo echaría en falta cuando llegara a la puerta de su casa y se girara exigiéndole que le diera la llave para poder entrar e ir a secarse.

Sintió un tirón de su brazo llevándolo de nuevo a correr en dirección a su hogar mientras el otro no le paraba de recriminar que se hubiese parado y no le hubiese seguido.

"¿Por qué siempre acabo sucumbiendo ante este idiota?", se preguntaba dejándose arrastrar, como ya era costumbre, por el pequeño. No entendía el motivo, pero siempre acaba cediendo a los deseos del más bajo. Se suponía que lo irritaba, que lo cabreaba, que lo odiaba; sin embargo, al final siempre acababa haciendo lo que el otro quería. Para sí mismo se decía que al ser compañeros de equipo y al ser con el que más trato ha tenido desde su llegada al Karasuno algo en su subconsciente lo relacionaba con alguien en quién podía confiar, aunque no fuera así.

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—Llegamos —escuchó cuando se detuvieron, seguramente, delante de su casa—. ¿Las llaves?

Como era costumbre, Hinata puso la mano delante del pecho de Kageyama apoyándola en este para que el otro le diera las llaves de dondequiera que las guardara. El más alto hurgó entre sus pantalones buscando un toque frío y un sonido metálico que le indicara que había encontrado el objeto que buscaba; no tardó en llegar.

El pelirrojo abrió la puerta y entró como si fuera suya a la casa. Siempre estaba vacía, los padres de Kageyama nunca se encontraban en casa, y a decir verdad raras veces el jugador decía algo al respecto de ellos. El pequeño nunca se molestó en preguntar, tampoco es que le interesara mucho, seguramente serían cosas del trabajo de adultos.

Fueron a la habitación del armador, la cual estaba provista de un pequeño baño personal, y sacaron toallas para secarse. Hinata, ni corto ni perezoso, buscó la toalla más grande y se la lanzó encima a Kageyama, ganándose una pequeña reprimenda por ser tan impulsivo. Luego, buscó otra que en tamaño le fuera bien y se quitó la ropa quedándose en ropa interior y empezó a secarse. El azabache hizo lo mismo.

El rematador, mientras se frotaba con la tela, no pudo evitar llevar una mirada a cómo lo estaba haciendo el dueño de ese cuarto. En un principio, había sentido curiosidad debido al silencio que se había formado dejando escuchar solo la lluvia del exterior, no sabía en qué estaría pensando el otro en esos momentos. Mientras que él, no para de fijarse en los pequeños trozos de piel del otro que podía ver desde su posición. Tenía un cuerpo bonito, una tez fina brillante y algún que otro lunar. Además, puede que no estuviera mucha constitución, pero tenía bien definidos sus músculos.

Sí, definitivamente Kageyama era atractivo.

A decir verdad, Shoyo nunca había ocultado que muchas veces se había sentido atraído por los chicos. Obviamente, las chicas también le gustaban, eran adorables y lindas, pero no por ello los chicos le desagradaban. No era un secreto para nadie que haya hablado un poco con él de esos temas, no lo ocultaba y nunca se vio avergonzado por ello.

Sin embargo, él era bastante tímido a la hora de enseñar su cuerpo a los demás. Hasta a veces, en los vestuarios, se sentía incómodo si alguien se ponía a hablar con él mientras se cambiaban. A primera vista, no era un chico que dijeras que tenía inseguridades, pero en ciertos aspectos él admitía que sí las tenía. En cambio, en esa situación que estaba viviendo, no era para nada extraña ni podía sentirse vergonzosa, a pesar de estar los dos más desnudos que de costumbre en los vestuarios.

"No, no es por eso", se dijo dándose cuenta de algo. "Él nunca me ha visto así". Y era verdad. Ellos en ese aspecto nunca se habían visto así antes de que Tobio perdiera la vista misteriosamente. Era la primera vez que se paraba a pensarlo, y esa verdad lo golpeó bastante fuerte. Ese chico era egocéntrico, engreído, y tenía un humor de perros que pocas personas podían soportar, pero en algún momento le había empezado a coger cariño, y la idea de todo lo que había tenido que sufrir con ello le hacía plantearse si él podría hacer algo para que se olvidara de ese sufrimiento.

—Hinata. —Su voz lo alertó y vio como el número nueve miraba hacia un lateral, como buscando algún rastro de su presencia. Al parecer lo encontró—. No has traído ropa para cambiarte, ¿verdad?

Abrió los ojos mirándose semidesnudo. Y aun encima había quedado con su madre que ese día se quedaría a dormir en casa de su compañero de equipo por si el clima empeoraba.

—¡ES CIERTO! —Se llevó las manos a la cabeza, con exagerada desesperación agarrándose de los pelos—. ¿Y ahora qué hago? ¡Me moriré congelado! ¡No…! Soy demasiado joven y guapo para morir, aún ni he dado mi primer beso. No puedo…

Tobio, irritado, lo interrumpió con un grito.

—¡Cállate, idiota! —Shoyo se calló rápidamente—. Qué molesto eres. Tranquilo, puedes coger mi ropa. No vaya a ser que el mundo se pierda la posibilidad de que tú te reproduzcas.

El pelirrojo estaba deseando contestarle a ese comentario hasta que un estornudo lo detuvo en seco. Tendría que dejar la venganza y las represalias para otro momento, por ahora, quería seguir sano. Siguió las instrucciones del armador y cogió varias ropas para ambos del armario de la habitación y ambos se las pusieron con prisa. La verdad es que estaba empezando a refrescar.

Hinata estaba sonrojado, no podía creer cómo se veía. Tenía una camiseta demasiado larga puesta, que le llegaba hasta las rodillas, y un pantalón corto que igualmente le llegaba a la misma longitud que la camiseta, así que no se notaba que lo tenía puesto. Inspiró varias veces y olió ese olor tan característico a su compañero. Le gustaba ese olor.

Cogió con sus manos el cuello de la camiseta y se lo llevó a la nariz para poder aspirar mejor ese aroma tan peculiar. Era difícil de describir, era una mezcla de menta y hierbabuena muy embriagadora. Cerró los ojos volviendo a aspirar varias veces profundamente, como queriendo memorizarlo.

Un comentario lo sacó de su ensoñación.

—Hinata, ¿qué rayos haces? —preguntó al aire, sentándose junto a una mesilla que había al lado de la pared—. Deja de perder el tiempo en lo que sea y ven, vamos a continuar con los deberes.

—Eh… —No podía creerse lo acababa de hacer. Menos mal que no lo podía ver—. Voy, voy.

Se pusieron a trabajar, el número diez con sus apuntes y el número nueve con su máquina de escribir de braille y sus libros especializados. Estuvieron así, sorprendentemente en silencio, bastante tiempo. Sería porque el pequeño estaba intentando asimilar lo que hizo con las ropas que le había prestado el chico, o porque el otro estaba demasiado cansado como para iniciar una conversación en la que sabía que el rematador acabaría hablando solo durante media hora sin siquiera parase a que le contestara.

Por suerte y como era lógico, puesto que el chico hiperactivo no puede estar callado demasiado rato, pronto volvieron a su habitual forma de hacer deberes: Shoyo contando cualquier anécdota mientras el otro le pedía a gritos que cerrara el pico y que lo dejara concentrarse, sin mucho éxito. Muchas veces se preguntaba por qué dejaba que viniera a su casa a hacer los deberes si sabía que al final lo único que conseguía con eso era tardar más en acabarlos. Puede que se sintiera solo, o que en cierta forma le gustara tener a alguien como el muchacho para molestarlo.

En un momento determinado, a los dos jugadores les dio hambre y Hinata se prestó voluntario para ir a la cocina y coger algo para picar. Justo cuando estaba en medio del pasillo yendo hacia las escaleras para bajar a la cocina, un estallido de fuera lo inmovilizó junto con un sonido de fusibles. Y se hizo la oscuridad.

Se había ido la luz.

Al pelirrojo no es que le gustara estar a oscuras en una casa que apenas conocía de varias visitas. Oh, mierda, no. A él realmente le daba miedo la oscuridad, siempre se la había dado desde que era un niño y una profesora lo encerraba en el armario cada vez que hacia algo mal. Nunca lo admitiría, pero era un especie de trauma infantil ligado a algún tipo de nictofobia* o algo por el estaba seguro, no quería saber y realmente poco le importara como se llamara; el caso es que tenía miedo.

—¡Kageyama…! —gritó haciéndose una bola en cuclillas.

—¡No grites! —oyó rugir al fondo del pasillo—. Se ha ido la luz, ¿no?

A veces el que se encontraba asustado le sorprendía cómo captaba de bien el mundo que le rodeaba su amigo. Le fascinaba cómo lograba saber todo lo que pasaba a su alrededor aún sin tener un percepción visual de ello.

—Idiota, vuelve a la habitación.

El cuerpo del pequeño tembló cerrando los ojos.

—No puedo —dijo en un susurro.

—¿Eh? —Desde la habitación no lo podía haber escuchado bien.

—¡Que no puedo! —dijo con más fuerza.

El azabache enarcó una ceja sin entender muy bien lo que quería decir eso. Solo tenía que volver sobre sus pasos, no podía ser tan complicado. Incluso podía palmear el terreno para saber por dónde moverse.

—Hinata, deja de hacer el estúpido y ven aquí.

—¡He dicho que no!

Al más alto se le salió una vena en la frente al escuchar algo tan ilógico como aquello. Estaba seguro que solo le estaba intentando tomar el pelo para luego burlarse de él. "Oh, lo siento pero no. Prepárate", definitivamente lo iba a matar cuando lo encontrara.

Se levantó de su sitio y buscó con su mano la pared y fue bordeándola hasta llegar a la puerta que había dejado abierta para salir al largo pasillo. Dio varios pasos en dirección hacia las escaleras cuando sintió una respiración muy cerca del suelo. Apoyó una de sus rodillas en el suelo flexionando la otra y buscó con la mano agitando el aire hasta que encontró una espalda arqueada hacia delante. Estaba temblando y de vez en cuando se le escuchaba algun jadeo, no sabía decir si era porque tenía frio o por otra cosa.

—Hey —le habló al ver que no contestaba—. ¿Qué te pasa?

—Nada.

Fue una respuesta automática y rápida, como las programadas en un contestador de voz. Una respuesta que por supuesto al azabache no le iba a servir.

—Soy ciego, no estúpido —habló con reproche.

El pelirrojo se abrazó más así mismo. Era un iluso pensando en que lo podía engañar tan fácilmente, tenía que haberlo supuesto. Una de las razones por las que no colaría era porque su compañero era demasiado cabezota, a parte de ser él muy mal actor.

—Solo…, no puedo.

"¿Qué no puedes?", pensó frustrado el otro sin saber muy bien si gritarle lo idiota que era o intentar que le dijera lo que fuera que le pasara. Optó por inspirar y expirar varias veces para mantener la calma y no tirar a su conocido por la ventana. Intentaría ser amable, solo por esta vez.

—Vamos a mi cuarto. —Sintió de nuevo al pequeño y pensó una mejor manera de convencerlo—. Dame la mano.

Shoyo levantó el rostro y abrió los ojos sorprendido, aun sabiendo que en esa oscuridad no vería nada. En el tiempo que llevaba de conocer a Tobio sabía que no era de la clase de persona que se preocupara demasiado por los demás ni que tuviera muchas muestras de afecto con la gente; por lo menos él nunca había visto algo similar, así que esa petición tan genuina le arrancó un par de rápidas pulsaciones de su corazón. Como pudo se giró en sí mismo y su costado chocó con una mano que apuntaba hacia él con decisión. Sin pensarlo dos veces llevó la suya a ella y lo agarró, y por algún motivo, una corriente eléctrica recorrió las espaldas de los dos muchachos.

Se levantaron lentamente, y se dirigieron a la habitación sin mediar palabra. Esta vez era el azabache quien arrastraba al otro, cuando usualmente era al contrario y con mucha más energía. Shoyo fue guiado por esa fría mano hasta el borde de la cama donde sus rodillas se doblaron sentándose en ella, junto con el dueño de la misma. Él mismo dobló sus piernas y se sentó con ellas completamente en la cama poniendo sus pequeñas manos entre ellas y agachando un poco la cabeza.

—¿Me dirás ahora qué es lo que te pasa?

La voz no salió con reproche, ni con odio, y mucho menos con enfado. Parecía hasta comprensiva. Y eso fue lo que hizo que al final se decidiera a contar uno de sus miedos, uno que curiosamente nadie sabía todavía. Eso iba a cambiar.

—Desde niño… le tengo miedo a la oscuridad.

Kageyama suspiró y en su rostro, aunque Hinata no pudiera verlo, se dibujó una diminuta sonrisa. Ni el mismo sabía el porqué de ella, pero ahí estaba. Se removió sentándose, curiosamente, en la misma posición del otro. Esa confesión le había hecho sentir algo, algo que por ahora para él no tenía nombre y que no estaba interesado en ponerle. Lo único que sabía era que quería que el pelirrojo volviera a ser el hiperactivo que no dejaba de hablar de siempre.

—Yo también tengo miedo a la oscuridad —admitió en voz baja, queriendo no perturbar el ambiente que se había creado en el que solo se oía el viento y las gotas de lluvia del exterior—. Pero he aprendido a vivir con ella, todos los días.

Esa confesión fue inesperada. De todas las cosas que esperaba esa era sin duda la última de su lista, incluso ni estaba en la lista. Hinata no sabía si le había dicho eso para burlarse de él, para calmarlo, o porque fuera verdad. Tenía demasiadas dudas y llevaba demasiado tiempo sin luz y con el miedo en el cuerpo como para pensar con claridad. Se limitó a inclinar su cabeza hacia delante hasta estampar su frente con el pecho del más alto, buscando algún tipo de protección que creyó que el otro no iba a darle. Para su sorpresa, no fue así: lo abrazó.

Kageyama había puesto sus brazos en su espalda y lo había atraído hacia el acunándolo mejor entre su cuerpo y sus brazos, colocando su mentón en el cabello del número diez. Quien, sin poder evitarlo, se abrazó también a él agarrando la camiseta del otro con los puños por la espalda.

Los latidos de ambos estaban acelerados y el pequeño podía escuchar con claridad los latidos que sobresalían del pecho del de ojos azules. Ese ritmo rápido y constante poco a poco lo fue calmando, su miedo estaba desapareciendo y en ciertas ocasiones se olvidaba de que no había luz a su alrededor y que no podía ver nada. Por otra parte, el que lo abrazaba se encontraba preguntándose mentalmente por qué lo había hecho. No lo pensó, fue un autoreflejo demasiado inconsciente. Pero, la verdad era que no se arrepentía para nada de haberlo hecho. Tener al más bajo entre sus brazos se sentía bien, era cálido y contrastaba con la frialdad que su cuerpo había heredado al nacer en invierno. Y también, tener al otro escuchando sus latidos, lo calmaba de alguna manera.

Pasaron varios minutos así hasta que el hiperactivo empezó a hablar de nuevo, en voz baja, como lo habían hecho previamente.

—Kageyama…

—¿Mm…?

—Cuando estoy en la oscuridad y tengo miedo, pienso en lo que extraño ver —habló con varias pausas en la frase—. ¿Qué es lo que más extrañas tú?

El alto se quedó pensativo. Desde que había perdido la vista no se había preguntado nunca qué era lo que más extrañaría de ver, porque lo que más le preocupaba eran las cosas que quería seguir haciendo a pesar de su capacidad. Empezó a recordar momentos, cuadros, películas, libros… No lo echaba de menos. Pero recordó a alguien, y todo cuadró en su mente.

—Nada especialmente —mintió. Eso se lo callaría para él, eternamente. Ni aunque su vida dependiera de ello lo diría.

—Hum…

Entendía que no quisiera decírselo, después de todo no se podía decir que fueran ni confidentes ni mejores amigos para andar contándose sus intimidades. Solo porque él le contara su miedo no quería decir que esperara un comportamiento reciproco de su parte. Decidió seuir en esos brazos sin decir una sola palabra más. Kageyama agradeció internamente que no le insistiera en ese asunto. Sus defensas eran buenas, pero si las atacaba mucho podría ceder.

"Solo hay una cosa que me gustaría volver a ver… Esa sonrisa que solo tú pones, esa sonrisa que solo pude ver en ese partido que jugamos hace ya años", admitió en sus pensamientos. Esa sonrisa que pone cuando remata, cuando está feliz, cuando se convence de que ganará. Eso era, definitivamente, lo que más echaba de menos.

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Fin.


*Nictofobia: Es una fobia caracterizada por un miedo irracional a la noche o a la oscuridad.


Nota Autora: ¡He vuelto! Bueno, metafóricamente, nunca me he ido. Sé que he tardado bastante, pero es que he estado super liada y no tenía tiempo para escribir. Pero hace dos días dije: ¡Qué diablos! Y me puse a escribir como una loca. Espero que os haya gustado, agradezco mucho vuestros comentarios, me dan más motivos para escribir y la verdad es que me han mucha ilusion (: Gracias por leer, decidme qué os ha parecido, trataré de traer el próximo pronto.