Título: ORANGE

Autora: Clumsykitty

Fandom: MCU.

Parejas: Stony porque ese tráiler me quemó el alma.

Disclaimer: Nada me pertenece aunque muera por ellos, todo es de Marvel y Mr. Lee entre otros, lo único mío es esta idea mía convertida en historia. Dicho está.

Warnings: Una idea sencilla, seguramente cuando Guerra Civil se estrene, esta historia dejará de tener sentido, mientras tanto, a imaginar.

Cuento breve.

Gracias por leerme.


El Zorro

Las gotas de lluvia chocaban suavemente contra las piedras apiladas alrededor del pozo junto a la cabaña, limpiándolas de la suciedad de días anteriores que Orange había hecho entre sus juegos sin sentido. Tony envidió por unos momentos esas piedras al ser lavadas de forma tan cariñosa por la lluvia, quedando tan claras como la madre tierra las había formado en su interior. Quería sentirse de esa manera, limpio de toda mancha. El otoño estaba terminando, las últimas lluvias eran más frías como un anuncio del invierno que se aproximaba sobre aquel valle montañoso donde estaba refugiado-escondido. Sí, él, Anthony Edward Stark había renunciado al mundo y sus problemas luego de terminado el conflicto entre los superhéroes que alguien llamó Guerra Civil, perdiendo con bombo y platillo frente al correcto, honesto y siempre justiciero Capitán América aliado con su muy amado amigo, James Buchanan Barnes alias el Soldado de Invierno.

Odiaba a Steve por no haberlo asesinado en aquel momento.

Había perdido todo lo que representaba el mundo Stark, incluyendo su dignidad. Como el mejor ganador de una apuesta de Blackjack, el patriótico héroe se llevaba todo el premio junto con sus fanfarrias que el mundo le obsequió. Larga vida al rey. Así que Tony simplemente abrazó la desdicha cargada de perdición como regalo de consuelo por haber participado en ese sueño llamado Vengadores. Mentiras. Abandonos. Siempre terminaban marchándose, lo más lejos posible, siempre eligiendo otras cosas, personas antes que él. Ya estaba hasta la coronilla de todo eso, fue mucho más sencillo terminar estrellado en algún punto de los Andes en una armadura hecha trizas por los puños del amado Bucky y aquel odioso escudo que su padre creara. Bromas del destino en su máxima expresión. Luego el alcohol que sirvió de guía de turistas hasta la conflictiva Turquía y de ahí como polizón en un pesquero noruego que lo dejó botado en una playa de Canadá. Pueblos, ciudades, más pueblos y ranchos perdidos entre los inmensos bosques de coníferas, terminando en medio de una autopista abandonada donde decidió adentrarse al valle que ahora se había convertido en su nuevo hogar.

Claro que la abstinencia aunada a las pesadillas no fueron una bienvenida cálida dentro de aquella cabaña abandonada que gritaba por reparación. No tenía dinero, más botellas de alcohol ni tampoco alimento que llevarse a la boca. Iba a morir por alguna razón pero no le importó. Ya nada tenía valor, así que cuando se cansó de tratar de reparar el estúpido techo, se quedó tirado en medio de la salita recibiendo pequeñas gotas heladas de lluvia de una noche más fría que las anteriores, la muerte no debía tardar. Así se quedó dormido. Cuando despertó sintió sus labios húmedos por un jugo que le supo al mejor vino que hubiese probado, relamiéndose de inmediato para seguir apreciando aquel néctar, dándose cuenta que había pequeños trozos de fruta que comió cual desesperado, abriendo sus ojos únicamente para ver un rostro peludo y triangular que le observaba atento. Un zorro.

Era muy extraño, tenía ojos azules curiosos como felices y un esponjado pelaje en color rubio con puntas naranjas, botines negros como la punta de su gruesa cola. Llevaba más de la fruta en su hocico fino de nariz negra que le tendió en cuanto vio que estaba despierto. Tony frunció su ceño pero el hambre era demasiada como para discutir con un cuadrúpedo sobre los peligros de alimentar a un alcohólico con tendencias suicidas en medio del bosque. Tener algo en el estómago le dio las fuerzas suficientes para sentarse sobre la sucia madera de la cabaña, recibiendo ahora un lametón juguetón del zorro que gimió cual cachorro que ha encontrado a su madre, moviendo su cola de un lado a otro. Y sonreía. No era una alucinación. Le había llevado unas uvas, arándanos y el jugo que en un principio había saboreado fue de gajos de naranja. Por eso le nombró Orange. El zorro dio brincos de alegría cuando le puso ese nombre tan idiota, tallándose contra él antes de tirar de sus ropas de mendigo para que le siguiera hasta una pequeña cascada donde entre brincos, gruñidos-gemidos y mordiscos inocentes le dio a entender que debía darse un baño. Eran aguas termales de los géiseres próximos, así que el frío no fue problema para su débil cuerpo.

Ni siquiera quiso preguntarse por qué demonios obedecía a Orange. Quizá eran sus ojos azules o esa sonrisa tierna con su cola cual rehilete, no podía decir con seguridad. Un zorro canadiense le había salvado la vida. Albricias, albricias. Y le ayudó con la reparación de la cabaña, siempre guiándole a donde encontrar troncos secos, ramas o lo que pudiera servir para rellenar los huecos de las paredes, techos y ventanas. Era un lugar pequeño pero cómodo donde pronto se sintió a gusto, cuando la chimenea al fin pudo tener un fuego decente a dónde Orange y él se tumbaban a ver las llamas danzar en silencio mientras la lluvia afuera repiqueteaba sobre el techo ya reparado. Cuando aparecieron las pesadillas, el zorro siempre le despertaba con lametones en su rostro. O al llorar en un ataque de pánico histérico, le envolvía entre su peludo cuerpo alrededor de su cuello hasta calmarle. Nunca le dejaba solo, un hábito con riesgos para su perdida mente, no quería acostumbrarse de nuevo a tener un amigo que luego le cambiara por alguien más.

Orange era más que un amigo. Era su ángel guardián.

Le causaba risa encontrarse perdido en Canadá, viviendo al mejor estilo de Robinson Crusoe sin tener esa necesidad de tecnología, comodidades o el control sobre lo que sucedía a su alrededor. Era una libertad diferente. Seguramente Rhodney hubiera estado orgulloso de seguir vivo. Y al ver la lluvia por la ventana nueva que su zorrito y él habían conseguido, no pudo evitar pensar una vez más en el pasado, esa caída estrepitosa del más alto estrellato hasta la condición infrahumana más pestilente que hubiera logrado. Steve se lo había llevado todo. Ninguna persona le había conocido mejor que el Capitán América, con nadie más había tenido semejante acercamiento, confianza como lealtad, todo convertido con el paso del tiempo en un sentimiento más profundo. Y el imbécil había hecho lo mismo que su padre, que su madre, que Obadiah y todos aquellos que solamente le usaron para beneficiarse el tiempo necesario antes de botarlo sin remordimiento alguno. Eso era lo que más le dolía de todo lo ocurrido, ni siquiera ese último golpe con el escudo contra su cuerpo y rostro rompieron tanto en su interior como las palabras de Steve.

-¿Sabes, Orange? Mañana limpiaremos el pozo. No pienso resbalar una vez más por esa endemoniada cascada para tener agua limpia.

Ese zorro estaba demente. Jugaba con los objetos menos pensados, correteaba sin sentido alrededor de la cabaña o le mordía sin razón… o mejor dicho cuando estaba de nuevo perdido en los corredores oscuros de la depresión. Tony le contó todo, al fin y al cabo no era que Orange fuese a tomar un taxi al periódico más cercano para vender la historia del ex genio millonario. Se sintió más aliviado luego de su sesión con un zorrito animado que limpió sus lágrimas antes de dormir a su lado protegiéndole con su peludo cuerpo, echado sobre su pecho con la luz tenue de su reactor iluminándole. Se decidió a pasar el resto de su derrotada existencia al lado de Orange, después de todo ya no quedaba nada para él allá afuera. El mundo estaría siempre a salvo bajo ese escudo de Vibranium, sobre todo si lo estaba ayudando un brazo metálico de un soldado congelado como su amante patriótico. Tal para cual.

La lluvia continuó mientras ellos dos se prepararon para cenar. Tony no era para nada un cocinero pero tampoco había necesidad de mucho, su dieta era casi vegetariana gracias a Orange. Durmieron tranquilamente, sin pesadillas ni ataques de estrés postraumático. El sol salió de nuevo por el este entre nubes grises que trajeron más lluvia que comenzó a llenar el pozo ahora reconstruido y limpio. Lo celebraron con unos buenos racimos de arándanos que el zorrito pícaro consiguió, sentados al pie de la puerta bajo un grueso techo. Era cobarde, sí. Por primera vez quería serlo. A Orange no parecía importarle así que daba igual que sucediera más adelante, mientras estuviera ahí en la cabaña con ese peludo amigo suyo que robó un arándano, haciendo que le persiguiera alrededor del pozo hasta que ambos cayeron sobre el lodo y musgo entre carcajadas que la lluvia acompañó. Así volvieron a tumbarse frente a la chimenea hasta que al fin se quedaron dormidos.