Este fic participa en el minireto de enero para "La Copa de las Casas 2015-16" del foro La Noble y Ancestral Casa de los Black.

Disclaimer: Potterverso de Jotaká.

Palabras: 400

Casa: Slytherin

Palabras requeridas: sueño y nostalgia.


El sueño era nítido, todo perfiles definidos, colores precisos y sonrisas conocidas. Casi parecía real. Ojalá fuese real.

Era Nymphadora llegando a casa, feliz, acariciándose el abombado vientre con cariño. Ocho meses. Ella más tranquila que antes. Menos revolucionaria. Más madura y responsable. Casi, casi preparada.

Era Remus, nervioso, desgarbado, demasiado alto, torpe en medio del salón. Estático. Mirando de reojo. Sin saber dónde poner la chaqueta y sin saber dónde ponerse a sí mismo.

Era Ted, relajado y suave, dulce, como una caricia de arena cálida, como un reloj silencioso sin prisas, como el último caramelo que queda en el armario.

Era felicidad. Calma. Seres queridos. No había muertes ni guerras ni mortífagos ni huidas. Estaban todos con ella. Ahí, justo ahí, en ese salón donde los vio juntos por última vez. Nymphadora tumbada en el sofá hablando mal del Cuerpo de Aurores, criticando a sus compañeros y a su jefe con palabras desnudas. Remus de pie junto a la puerta, pálido y tenso, inquieto, como siempre que temía no dar la talla o no ser suficiente. Y Ted, escuchando, riendo por lo bajo, sonriendo, sereno, feliz en su sillón.

Ella les miraba con una taza de té en la mano y el platito en la otra. A ratos naufragando en la conversación. En el sueño, las voces se esfumaban y luego volvían a aparecer. Se mezclaban, crecían, empequeñecían, eran más y después menos, se perdían. Daba igual. No eran importantes. Porque estaban todos juntos. Vivos.

Vivos…

El llanto de Teddy sobresaltó a la mujer, que al abrir los ojos vio el salón difuminado por las lágrimas enredadas en sus pestañas. Había vuelto a dormirse en el sillón de su marido.

Andrómeda se puso en pie y se acercó a la cuna de Teddy, que lloraba con fuerza. Al ver a su abuela, el pequeño estiró sus bracitos hacia ella abriendo y cerrando los dedos en busca de consuelo. Andrómeda lo cogió y lo acunó contra su pecho.

—Ya lo sé, mi niño —susurró—. Yo también les echo de menos. Tanto como tú. Pero siempre nos quedarán los recuerdos. Los recuerdos… y los sueños.

Sueños como ese que la asaltaba todas las noches. Sueños en los que le gustaría vivir.

Porque, como Dumbledore dijo una vez, en los sueños hallamos un mundo enteramente nuestro.

Y en los de Andrómeda, la felicidad era posible a salvo de la nostalgia.