Luego de un buen rato, les traigo el capítulo 8 de esta historia. Lamento mucho la demora pero estuve fuera por motivos de trabajo, sin acceso a internet más que por ratos en mi cel y pues así no se puede. Gracias por los comentarios y espero que disfruten la lectura.

Capítulo 8

Pasó casi toda la noche en vela, a pesar de lo cansada que estaba. Sólo conseguía dormir por ratos y mal. Se incorporó y vio por la ventana que afuera todavía estaba oscuro. Abrazó su almohada e imaginó que de nuevo estaba en los brazos de Gohan, volando. Se preguntó si él estaría bien.

Ayer, cuando llegaron a casa era evidente para ambos que ninguno quería decir nada, pero que tampoco querían separarse. Gohan condujo a Videl dentro de la casa, sujetándola de los hombros; la chica no protestó. Cuando ella se sentó en el sofá, él parecía debatirse entre hablar o salir corriendo. No lo culpaba, ella se sentía igual. Sin embargo, algo había cambiado entre los dos. La joven estaba plenamente consciente de sus sentimientos por el guerrero y sabía, podía jurarlo, que era correspondida. Pero, ¿por qué no estaba feliz?

Los malditos androides, la supervivencia, el miedo, la muerte. Ayer, apenas unas horas atrás se había sentido dentro de una burbuja, en los brazos del hombre más extraordinario del mundo. Ahora, sin embargo, se sentía otra vez angustiada y sola, con todas las palabras que quería decirle a Gohan atrapadas en su pecho. Desperdició minutos valiosos la noche anterior, y en un mundo como ése, donde las oportunidades eran casi milagros, ella perdió una muy valiosa.

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Durante minutos ambos guardaron silencio. La tregua en el cielo se había terminado y era momento de enfrentar lo que sentían. Los dos sabían que era el momento aunque se esforzaran por negarlo. Las excusas ya no eran suficientes para hacerlos callar, y aun así callaban. Videl nunca había sido una chica tímida, no es que fuera extrovertida pero tenía el suficiente aplomo para decir lo que pensaba, así había sido siempre. Pero estando allí, sentada en ese sofá, sentía como si fuera incapaz de emitir sonido alguno. Temía que él huyera y sobre todo que ella no lo evitara, pero incluso con ese miedo no lograba moverse o hablar.

Gohan, por el contrario, siempre había sido tímido y además jamás imaginó estar en una situación así. Pero lo estaba y pensó que aunque alguien le hubiera dicho lo que ocurriría en las horas pasadas y, sobre todo, lo que sentiría por esa joven de cabello negro y ojos azules, nunca estaría preparado para saber cómo actuar. A pesar de que creía que él había sido el primero en amarla, ¡cómo no hacerlo!, ella había sido la primera en admitir sus sentimientos ante el muchacho. Aquella frase dicha mientras volaban lo había llenado de la más profunda felicidad, de un sentimiento que nunca se había imaginado que existiera. Ella era valiente, él se sentía un cobarde. Pasara lo que pasara, Gohan no podía dejar las cosas sin hacerle saber lo mucho que ella significaba para él, aunque no pudiera ofrecerle nada más.

Videl —Gohan la veía sin decir más que su nombre, sin saber qué más decir—. Yo…

La joven lo miró con sus enormes ojos azules, luego de la duda inicial, Gohan se dirigió con paso firme hacia donde ella estaba sentada. Tomó la pequeña mano de su amiga y sintió como se estremecía ante ese contacto.

Sin embargo, tras unos segundos que fueron eternos, la expresión del joven cambió, su rostro se tensó y sus ojos adquirieron un matiz agresivo. Se puso de pie, soltando la mano de Videl.

Debo irme —anunció el muchacho.

Los androides —lo supo Videl y no pudo evitar que su voz no mostrara todo la aversión que le provocaban esos malditos individuos.

Lo siento —respondió el joven con pesar. Era como si el destino le dijera de mil maneras la razón por la que no podía aspirar a nada más con Videl. Se sentía frustrado porque no podía quedarse y hablar con ella. Pero justo cuando su boca se empezaba a inundar con el sabor amargo de la decepción, Videl se puso de pie y lo tomó de la mano.

Ten cuidado —le dijo la joven mirándolo a los ojos, resumiendo en esa frase todos los deseos de que él volviera a su lado sano y salvo.

Volveré —se atrevió a decir el muchacho con una expresión llena de determinación. No podía prometerle nada, pero se juró a sí mismo que al menos esa vez volvería con ella para confirmarle la verdad que ya ambos conocían, para decirle que la amaba.

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Siempre que ocurría algún ataque en las ciudades cercanas, Videl se reunía con un grupo de personas a ayudar. Lo había hecho desde ya muchos años atrás, desde antes que su papá muriera. De algún modo su padre se había convertido en un líder capaz de organizar y guiar a la multitud en medio de situaciones desesperadas, como lo eran los continuos ataques de los androides. Al morir su padre, ella había tomado un papel muy activo en ayudar a la gente cuando ocurría un ataque. Videl no tenía el carisma ni el don de gente de su padre, pero en su mundo donde el terror reinaba, su sangre fría la había convertido en una especie de líder.

Para Videl, hasta ese momento dos sucesos habían marcado su vida: la muerte de su madre y la muerte de su padre. Cuando su madre murió, ella era muy pequeña y por consiguiente tenía pocos recuerdos de la mujer que le dio la vida. Los recuerdos que tenía, sin embargo, los atesoraba en lo más profundo de su alma: mañanas soleadas donde su madre le cantaba mientras la peinaba, sus suaves manos acariciando sus mejillas, su rostro sonriente. Para Videl el recuerdo de su madre era el recordatorio de que la felicidad era real, pero muy frágil también. Cuando su mamá murió, la inocencia de Videl también lo hizo.

La muerte de su padre, por otro lado, significó la huída de la joven hacia la indiferencia. Estando ellos dos solos, padre e hija debieron madurar a un ritmo frenético. No es que su progenitor fuera un mal padre, no, él la adoraba, pero Videl comprendió que su padre había perdido al amor de su vida y que si seguía en pié no era por él mismo, sino por la niña fruto de ese amor. A partir de la muerte de su esposa, ese hombre se dedicó a ella por completo.

El recuerdo del día de la muerte de su padre seguía muy fresco en su memoria. No todos los hechos que precedieron a la tragedia, sino las palabras y los gestos de su papá. Videl no olvidaría la desición en sus ojos al correr hacia los androides ni las palabras de amor que le dedicó. Pero había ocurrido otra cosa antes, una especie de presentimiento que tampoco la abandonaría por el resto de su vida.

Unos días antes de ese maldito ataque, Videl y su padre cenaban:

Espero que esté rico. No encontré gengibre por ningún lado —dijo una Videl muy joven, mientras tomaba las verduras con un par de palillos.

Está delicioso, hija, lo mejor que he probado en mucho tiempo —respondió su padre con su risa jovial y sus ojos brillantes—. Como dice el dicho "ye te puedes casar".

La joven puso los ojos en blanco y rió con algo de desgano. Le extrañó que su padre hiciera bromas respecto a un tema así, pues era muy celoso con ella, pero decidió seguirle el juego.

Pues entonces "él" sería muy afortunado.

Algún día encontrarás a alguien que tendrá la fortuna de estar contigo —la voz de su padre seguía siendo jovial, pero también era seria y había algo en ella que le causó a Videl un nudo en el estómago.

Pero qué dices, papá, tú sabes que no estoy interesada en esas cosas. Además no te la pasas diciéndome que soy muy joven para pensar en novios y esas tonterias. Yo así estoy bien —le sonrió a su padre—. Así estamos bien, ¿o no?

Es sólo que no te quiero dejar sola.

¿Acaso piensas irte a algún lado? —replicó Videl con voz mordaz—. De todas formas soy prefectamente capaz de cuidarme sin necesidad de nadie. Tú me has enseñado, debes saberlo bien.

No estaré aquí para siempre —contestó su padre—. No tengo que decirte mentiras, sabes a lo que me refiero. En un futuro me gustaría verte feliz con alguien que te quiera y te merezca, hija.

Bueno, ya papá —Videl intentaba dismular lo mucho que le desagradaba la conversación de su padre, no por el eventual hombre en su vida o porque la creyera inútil, sino porque le estaba diciendo lo que ya sabía: que la vida que tenían era prácticamente un préstamo y en cualquier momento se la vendrían a cobrar—. Sigue con eso y me consigo un novio mañana.

Su padre sólo rió y continuó comiendo. Videl sonrió, no estaba sola, tenía a su padre, y aferrándose a esa idea volvió a disfrutar su cena. Días después todo cambió.

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—Sí, Makoto, tengo suficientes baterías y también apósitos, pero voy a necesitar que pases por mí. Choqué mi auto y… Sí estoy bien, sólo se dañó el auto… No es necesario, de verdad puedo ir, no te preocupes… Ok, nos vemos en un rato. Adiós.

Videl colgó el teléfono y fue a buscar la maleta que ocupaba para llevar las cosas de la brigada. Pensaba en Gohan, pero necesitaba sacarlo de su mente por unos instantes. Después de un ataque ocurrido en las cercanías, como en esta ocasión, Videl se reunía con un grupo de voluntarios a auxiliar a los heridos, confortar a quienes había perdido a alguien, rescatar a la gente de los escombros, enterrar a los muertos. Se trataba de una labor titánica, no sólo por el esfuerzo que implicaba, sino por el riesgo que corrían pues los androides en ocasiones volvían. Videl lo había experimentado un par de veces y sabía que la cabeza fría era lo mejor en esas situaciones.

Mientras repasaba su maleta y verificaba que no faltara nada, Videl pensó en las personas que eran parte de la brigada. La mayoría de las que conocía eran personas que habían perdido a algún familiar. Makoto, por ejemplo, era una mujer unos años mayor que había perdido a una de sus hijas cuando la casa donde vivía fue destruida por los androides con su familia dentro. Makoto estaba malherida pero su esposo consiguió sacarla a ella y a su hija mayor; también a la pequeña, pero ella ya estaba muerta. A partir de entonces la mujer y su esposo colaboraban activamente con la brigada, hasta que el esposo de Makoto fue asesinado en una de esas ocasiones en que los androides volvieron; su hija mayor, sin embargo, se había unido a la brigada en los últimos rescates.

Entre los muchos tipos de personas que existían, pensaba Videl, ella se rodeaba de aquellas que ante la tregedia sacaban lo mejor de sí, a pesar de sus pérdidas. Volvió a pensar en Gohan mientras tomaba la maleta y salía al escuchar la voz de Makoto que la llamaba.

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—Gracias Makoto —dijo mientras se bajaba del auto —. Cuidense mucho.

Videl despidió a Makoto y a su hija con la mano hasta que el auto se alejó. Durante ese largo día, estuvo tentada a llamar a Bulma para tener noticias de Gohan. Sabía que él estaba bien, pero aun así se sentía ansiosa. Al final optó por concentrarse en sus actividades de triaje y rescate y hasta apagó el teléfono para evitar cualquier distracción. Él le había dicho que volvería y ella le creía. Ahora que se encontraba en la puerta de su casa, permitió que Gohan ocupara todos sus pensamientos.

La joven cerró la puerta tras de sí y arrojo la maleta prácticamente vacía al suelo. Al levantar la vista vio a Gohan sentado en el sofá.

—Me alegra que volvieras —dijo el muchacho con una leve sonrisa.

—A mí también —respondió la joven mientras se sentaba al lado de Gohan—. Hoy saqué a un perritó de un edificio, sabes. Me metí hasta el fondo y estoy hecha un desastre.

Gohan tomó su mano, mirándola con una devoción que Videl jamás creyó contemplar. El corazón de la muchacha latía increíblemente rápido. Por qué no existen los instantes eternos, pensó. Gohan acarició la mano de la joven y miró sus ojos, diciéndole con una mirada todo lo que nunca podría decirse con palabras. Sin embargo, aún era necesario hablar.

—Eres admirable, Videl —dijo Gohan—. Desde que te conozco siempre has estado para los demás. Eres extraordinaria.

—No más que tú —replicó Videl, conmovida por las palabras del muchacho—. Tú arriesgas tu vida por todo el planeta. Tú me salvaste.

—No es para tanto —Gohan sonrió con tristeza.

Gohan era el hombre más extraordinario que Videl había conocido en toda su vida. No había algo que no quisiera de él, incluso su modestia la cautivaba porque era real, no era una presunción oculta. La joven recordó a su padre y su deseo de no dejarla sola. Durante años estuvo sola, aun rodeada de gente estaba sola, hasta que lo conoció y entonces volvió a sentirse viva y feliz.

—Para mí sí lo es —dijo Videl mientras Gohan la miraba con curiosidad—. Tú no sólo me salvaste de morir, también me salvaste de mí misma.

—No entiendo.

—Verás, luego de morir mi padre y antes de conocerte, yo vivía sin vivir. No sé cómo explicarlo sin parecer una suicida o algo así, pero de cierto modo no tenía miedo de morir. No tenía un motivo para seguir viva y por favor no me malinterpretes, amo la vida, pero la soledad a veces me aplastaba. Amar a alguien le da propósito a la vida, por eso mi padre no se derrumbó cuando mamá murió, porque me tenía a mí. Y desde que él murió yo he estado sola.

—Videl…

—No soy ninguna víctima —interrumpió Videl—. Hay personas que han sufrido mucho más que yo y siguen adelante. Al final es una decisión que tomamos: hundirte o seguir adelante. Yo sigo adelante porque quiero honrar el amor que me dieron mis padres y sus sacrificios, pero has sido tú quien me ha enseñado que vale la pena vivir por el simple hecho de poder hacerlo y que aunque breve, la vida es lo mejor que tenemos porque está llena de posibilidades. Tú me devolviste la vida, tú me salvaste. Te amo, Gohan —soltó de repente—. Y sé que tú me amas a mí.

No había vanidad de ningún tipo en las palabras de Videl. Se trataba de un hecho innegable para ninguno de los dos. Una afirmación que debía ser dicha y sobre todo aceptada de una vez y para siempre.

—Eres la mujer más maravillosa que conozco, ¿cómo podría no amarte? Aunque no quisiera no puedo evitarlo. Mil veces me negué a admitirlo porque el miedo me paralizaba. Soy un guerrero y mi responsabilidad es proteger este planeta, ¿qué puedo ofrecerte yo que no sea una angustia constante? Por un lado amarte y que me ames es lo más maravilloso que me ha ocurrido, pero me aterra que sufras por mi culpa. Te amo, Videl. Pero no puedo prometerte nada.

—No necesito que me hagas promesas para ser feliz —respondió con sencillez la joven. Y era verdad, no necesitaba ni quería promesas de Gohan. Las palabras del guerrero recorrían su cuerpo haciéndola sentir más viva que nunca. En la vida pocos son los que tienen el privilegio de ser amados por un corazón tan puro como el del hombre que estaba sentado al lado de Videl.

—Tengo miedo de dejarte sola —replicó el joven a la vez que pegaba su frente a la de su compañera.

—Lo sé.

—Pero me da más miedo perder la posibilidad de amarte, de no hacerte feliz —Gohan acariciaba el cabello de Videl y mirando sus ojos azules dijo—: Gracias por mostrame el camino.

Lo siguiente que experimentaron ambos fue la eternidad comprendida en un beso breve e inexperto, pero no por eso menos intenso.

—Videl, yo sí quiero que me prometas algo —dijo Gohan luego de probar el paraiso, antes de que la fuerza para solicitar esa promesa se desvaneciera—. Nunca me pidas que deje de pelear.

—Te lo prometo —respondió decidida Videl.

No decidimos de quien enamorarnos, pero sí decidimos vivir y aceptar el amor, apostar por él aunque los pronósticos no sean para nada halagüeños. En todos los mundos, la muerte es el destino final, pero en el mundo de aquella pareja sentada en el sofá que permanecía fundida en un abrazo, parecía ser además el único destino posible, sin treguas de ningún tipo. Sin embargo, ante lo ineludible, ellos parecían haber encontrado su lugar seguro: el amor que desafiaba lo inevitable. Después de todo la vida, mientras exista, está llena de posibilidades.