27

Holmes despertó varias horas después, descubriendo que el sol entraba a raudales por la ventana y que, en algún momento, alguien había colocado una manta sobre sus piernas. Bostezó. Se sentía cansado y dolorido tras haber dormido apoyado contra el poste de la cama, con las piernas extendidas, cerca de Watson, todavía profundamente dormido. Holmes se levantó con cuidado y se sorprendió cuando los familiares ojos castaños parpadearon y se abrieron en respuesta a sus movimientos.

—¿Watson?

—¿Holmes?

La voz que le respondió era poco más que un graznido, pero arrancó una radiante sonrisa a Holmes, que ocultó dándose la vuelta para llenar un vaso de agua.

—Tome, beba esto —dijo.

Watson cogió obedientemente el vaso con dos manos temblorosas y bebió despacio, haciendo una mueca al tragar.

—¿Salimos del sótano…?

—¿Cuánto recuerda? —preguntó Holmes, sentándose en el borde de la cama.

Los recuerdos de Watson eran difusos, como mínimo, y Holmes lo puso al tanto de todo lo más brevemente que pudo, antes de dar por terminada la conversación al notar que a Watson volvía a costarle respirar.

—Más tarde, viejo amigo —le prometió Holmes—. Ahora, descanse.

—Usted… usted tiene que hacer lo mismo —resolló Watson con énfasis—. Use… mi cama…

—Siempre médico, nunca paciente —replicó Holmes con una breve carcajada—. Muy bien. Si así duerme más tranquilo…

No obstante, Holmes esperó hasta asegurarse de que Watson se había vuelto a dormir y respiraba con normalidad antes de irse a la sala de estar con una manta y tumbarse en el sofá para echarse una siesta, sintiéndose más tranquilo de lo que había estado las últimas semanas.

X X X

Pasaron casi dos semanas antes de que Watson pudiera volver a deambular por la casa como de costumbre. Una noche, ya tarde, él y Holmes se encontraban en la sala de estar, sentados junto a la chimenea. Watson estaba escribiendo las notas del caso en un diario mientras Holmes fumaba distraídamente, contemplando el fuego y respondiendo las ocasionales preguntas de Watson cuando la memoria de éste flaqueaba.

—Hay algo que aún no entiendo —comentó Watson, dejando la pluma para mirar a Holmes—. ¿Quién era ese chico al que Buckhannon pagó para atraerme a la casa?

—He estado trabajando en eso —respondió Holmes, ausente, sin apartar los ojos del fuego—. Cuando Lestrade y yo acabamos tan desafortunadamente encerrados en el sótano, Buckhannon no dejó de alardear y provocarnos. Sin embargo, no hizo alusión a su inminente llegada, y pareció sorprenderse cuando oyó que alguien se movía por el pub. Pensó que habíamos traído más agentes con nosotros.

—Pero… si Buckhannon no pagó al chico para que se hiciera pasar por agente de policía, ¿quién lo hizo? Esta vez no había indicios de que Buckhannon tuviera un ayudante.

—En efecto —Holmes se quitó la pipa de la boca y estudió la boquilla con expresión pensativa—. Watson… No deseo alarmarlo, pero creo que hay alguien en Londres que planea nuestra mutua desaparición.

—¡Cielos, Holmes! ¿Qué quiere usted decir?

—Quiero decir, mi querido amigo, que hay quien planea los crímenes y quien los lleva a cabo. Puede que no siempre se trate de la misma persona. En varios de nuestros últimos casos he visto indicios de una mente más grande trabajando entre bambalinas… como una sombra en las calles de Londres. Presiento que, en este caso, esa persona estaba al tanto de los actos de Buckhannon y, aunque no se hallaba directamente involucrada, aprovechó la oportunidad para atentar contra nuestras vidas.

Watson se quedó momentáneamente paralizado. Un horrible pensamiento pasó por su mente.

—¿Moriarty? ¿Moran? —susurró.

—El primero está muerto y el segundo en una prisión colonial —respondió Holmes sin ambages—. Lo he comprobado. No… Me temo que su ausencia dejó una inesperada vacante en los escaños más altos de la jerarquía de la sociedad criminal… He trabajado mucho para impedir que esa vacante quedara cubierta pero, al parecer, alguien pretende ocuparla, si es que no lo ha hecho ya… Ha planeado nuestra muerte para evitar que nos entrometamos en sus asuntos.

—¿Qué hacemos, entonces? —preguntó Watson, en voz baja. En ella vibraba una nota de determinación—. Holmes, esta vez no tengo intención de huir al continente…

—No lo haremos —repuso Holmes, mirando finalmente a su amigo—. Nos quedaremos. Fingiremos ignorar lo que sospecho. Y observaremos, reuniremos pruebas y sacaremos conclusiones. Y, cuando llegue el momento, actuaremos.

Hubo un largo silencio mientras los dos hombres contemplaban el fuego.

—Holmes…

—¿Sí, Watson?

—Cuando vayamos a por esa persona, quienquiera que sea… hágame el favor de intentar evitar los sótanos.

—Sí, Watson.

Holmes ocultó una sonrisa volviendo a meterse la boquilla de la pipa entre los dientes mientras Watson cogía su diario y reanudaba la escritura.

FIN