Parte 5

Potter agarró a Draco firmemente de las caderas y abrió la boca para permitir que la lengua de éste se deslizara entre sus labios. Draco nunca se había sentido así de atrevido en toda su vida; Potter podría haberlo rechazado, empujándolo para quitárselo de encima y mirándolo como si Draco hubiese hecho algo malo. O alguien podría entrar de pronto a la sala común y vería a Draco sentado encima de Potter. Y aun así, lo primero no pasó y lo segundo ni siquiera parecía importar. Draco se preguntó si la valentía siempre se sentía así de bien. No le extrañaba que Potter fuera adicto.

Se besaron durante un largo rato. Al menos eso era lo que Draco sospechaba. Se sentía como si no pasara el tiempo en absoluto, pero cuando Draco se alejó, los labios de Potter estaban hinchados y rojos, y tenía la mirada turbia. "Yo hice esto", pensó Draco mientras observaba la expresión aturdida de Potter. Eso lo hizo querer hacer más. Quería ver a Potter derretirse bajo su tacto. Quería que Potter lo mirara como si pensara que él era la única persona viva que podía hacerlo perder el control de esa manera.

Draco se movió hacia atrás y trató de bajarse del regazo de Potter, pero el agarre de éste en su cintura se apretó más; no iba a dejarlo marchar.

Sonriendo ampliamente, Draco bajó las manos para levantar cada uno de los dedos de Potter.

—Suéltame.

—Preferiría no hacerlo —dijo Potter con voz ronca. Los muslos de Draco apretaron más firmemente a Potter, su polla pulsando al mismo ritmo que los latidos de su corazón. Potter se incorporó y entonces capturó el labio inferior de Draco entre sus dientes. Metió la lengua y Draco se estremeció, distrayéndose tanto que casi olvidó lo que quería hacer.

—Lo digo en serio —susurró Draco.

Frunciendo el ceño, Potter se movió hacia atrás. En esa ocasión Draco sí consiguió liberarse y se levantó. Empujó las rodillas de Potter para separarlas y se arrodilló, sus palmas abiertas encima de los muslos de Potter. No se atrevió a levantar la vista mientras su mano se deslizaba hasta la entrepierna de Potter, pero entonces recordó que la valentía tenía sus recompensas. Fijó sus ojos en los de Potter mientras acunaba su miembro firmemente por encima de sus jeans. Potter la tenía dura y se sentía extremadamente caliente contra la palma de Draco. También su verde mirada era ardiente. Draco pensó que Potter se veía vulnerable de un modo en el que Draco no lo había visto en años. Ni siquiera cuando Draco lo había capturado y paralizado en el expreso de Hogwarts hacía dos años; en aquel entonces, Potter había sido todo desafío y odio.

Draco parpadeó para quitarse de la cabeza aquella imagen indeseada, y sonrió débilmente mientras liberaba la polla de Potter de su ropa y la tomaba con la mano. Potter abrió y cerró los ojos repetidamente mientras se aferraba a los reposabrazos del sillón tan duro que sus nudillos se pusieron blancos.

La erección de Potter se sentía pesada y gruesa en la mano de Draco. Y caliente y extraña; por un segundo, Draco no supo qué hacer con ella. Pero su mano sí supo y se movió instintivamente, acariciando de la misma manera en la que Draco se hubiera acariciado a él mismo en la ducha. No obstante, era diferente, era más incómodo, y Draco se preguntó si Potter pensaría eso también, sí Potter se sentiría tentado a hacérselo por él mismo de manera apropiada, de la manera que a él le gustara más. Pero Potter no se movía. Sus ojos estaban cerrados bien apretados y su respiración era profunda.

Draco se mordió los labios, pensando, entonces empujó el prepucio hacia abajo y se inclinó. Permitió que la punta de ese miembro se deslizara a través de sus labios, su lengua lamiendo tentativamente. Escuchó que Potter soltaba un respiro entrecortado; su casi silencioso "¡Oh!" mandó un escalofrío a través del cuerpo de Draco. Ni siquiera el sabor amargo que percibía en su lengua podría haberlo disuadido en ese momento. Lamió a Potter más firmemente y trató de tomarlo profundamente dentro de su boca. Era más difícil de lo que había pensado que sería. Intentó chupar, lamer y tener cuidado con sus dientes, y trató de hacerlo todo a la vez, pero lo único que consiguió fue darle un par de firmes chupetones, y entonces la mano de Potter estaba agarrándolo del cabello, tirando fuerte.

—Draco, voy a…

Draco no tuvo que adivinar cómo iba a terminar esa frase. El semen de Potter lo golpeó en la garganta y Draco se movió hacia atrás, tosiendo y escupiendo, más sorprendido de lo que tenía derecho a estar. Aquello ni siquiera tenía mal sabor, pero le había hecho cosquillas en la garganta y le había llenado la boca, y Draco había reaccionado sin pensarlo. Sin embargo, a Potter pareció no molestarle. Se despatarró en su sillón, dejó caer la cabeza hacia atrás, su pecho elevándose y bajando rápidamente mientras jadeaba y luchaba por recuperar la respiración.

Draco lo observó fijamente: su cuello expuesto, su polla todavía firme entre sus piernas, sobresaliendo entre la mata de vello negro. La mano de Draco estaba entre sus propios muslos, cubriendo su polla con su palma a través de sus pantalones. Antes de que se diera cuenta de qué era lo que estaba haciendo, ya estaba corriéndose. Se mordió los labios, cuidándose de no hacer ni un ruido mientras su cuerpo se convulsionaba y luego se relajaba.

—Vaya —dijo Potter mientras levantaba la cabeza.

Draco se puso de pie rápidamente; no deseaba que nadie lo viera arrodillado en el suelo, mirando a Potter y eyaculando en sus pantalones. Pero se levantó demasiado rápido y el cuarto dio vueltas a su alrededor.

Potter elevó sus ojos hasta él. Tenía las mejillas encendidas y la frente perlada en sudor, su cabello negro levantado en punta en todas direcciones.

—¿Quieres que yo…? —La mano de Potter se posó en la parte superior del muslo de Draco.

Rudamente, Draco dio un paso atrás. Potter, sorprendido, retiró su mano y Draco soltó una maldición en su interior. Si no hubiera sido tan estúpido como para haberse masturbado él mismo hacía un momento, ahora Potter podría estar regresándole el favor. Draco se sonrojó ante el pensamiento de ver los labios de Potter alrededor de su polla.

No obstante, eso tendría que suceder en otro momento, cuando los pantalones de Draco no estuviesen así de pegajosos y mojados.

—Está bien —dijo sin mirar a Potter—. Te lo debía de todas maneras.

—¿Me lo debías?

Draco frunció el ceño.

—Por… ayudarme. Sé que dijiste que no querías una recompensa pero ciertamente te ganaste una. —Draco sonrió. Potter no le devolvió la sonrisa.

—Oh. De acuerdo —dijo Potter y se levantó. Su voz sonaba hueca—. Estabas pagándome. —Torpemente, trató de abrocharse su pantalón—. Supongo entonces que ya estamos libres de deudas —dijo enojado.

—¡Difícilmente! —dijo Draco. No le gustaba en absoluto la frialdad repentina de Potter. Draco intentó sonar seductor cuando añadió—: Continúo debiéndote. Te debo muchísimo. Por el patronus, también.

Potter lo miró. Todavía no podía abrocharse sus jeans.

—¿Cuál patronus?

Draco suspiró impaciente.

—El que has estado mandándome cada noche.

Potter negó con la cabeza. Lucía verdaderamente sorprendido, pero Draco no estaba convencido.

—Lo he visto, Potter. Sé cómo es. Jamás lo olvidaría. —Draco recordaba vívidamente cuando el ciervo gigante había volado hacia él en aquel partido de quidditch de su tercer año, luciendo majestuoso y enfurecido—. Has estado mandándolo, y me ha ayudado a dormir y a mantenerme seco.

Potter entrecerró los ojos.

—Pensé que habías dicho que en la noche la nube se ponía peor.

—Se pondría —dijo Draco a la defensiva—, si no fuera por tu ciervo.

—Yo… —Potter lo miró con el ceño fruncido—. Si yo hubiera estado conjurando patronus todas estas noches, estoy bastante seguro de que lo recordaría.

—Pero lo he visto —insistió Draco. ¿O no había sido así? Pensó que había visto una cornamenta, pero tal vez había sido sólo un deseo de su parte. El patronus no había sido exactamente corpóreo—. Si no lo recuerdas, entonces quizá lo conjuraste en sueños.

Potter se rió.

—¿Sin varita? ¿Inconscientemente? Tienes mucha fe en mis habilidades. —Potter lo observó durante un momento—. ¿Estás seguro de que es un ciervo?

Draco apartó la vista.

—No —confesó. Ahora se sentía estúpido por haber asumido eso tan rápidamente—. Desaparece cuando me despierto. Mayormente sólo es… neblina.

—Bueno, entonces… considerando que tú eres el que no tiene control sobre su magia ahora mismo, y que desaparece en cuanto te despiertas, ¿no tiene más sentido pensar que eres el que lo ha estado conjurando sin saberlo?

Cuando Potter lo puso de ese modo, aquello sonaba más coherente.

—Nunca he sido capaz de conjurar un patronus —discutió Draco de todas maneras—. Una vez casi lo logro. Lucía un poco como… —Draco miró a Gruñón, quien continuaba dormido cerca de la ventana—. Como eso.

Potter observó al pavo real y sonrió.

—No me sorprende en lo más mínimo.

—Seguramente iba a ser un patronus hermosísimo —se encrespó Draco.

—Por supuesto. —Potter continuaba sonriendo—. ¿Le has dicho…?

La pesada puerta de la sala común se abrió de repente.

—¿Ya cambiaste de opinión, Har…? ¡ARGH! —Weasley se congeló al verlos.

Ridículamente, la reacción instintiva de Potter fue abrocharse rápidamente sus jeans. Todo lo que había conseguido había sido atraer la atención de Weasley hacia su pantalón abierto. No que la apariencia de ambos no fuera pista suficiente. Draco le echó un vistazo a Potter: anteojos ladeados, mejillas sonrojadas, cabello hecho un desastre, corbata desatada (Draco ni siquiera recordaba haber hecho eso), un chupetón morado en el cuello (Draco tampoco lo recordaba). Sospechaba que él también presentaba un aspecto parecido. Hasta Goyle habría adivinado qué era lo que había estado pasando ahí. Bueno, quizá no Goyle, pero Weasley sí parecía tener más sentido común.

—¡Sí! —dijo Potter de repente en voz bastante alta—. Salir a volar es una idea excelente. ¿Quieres venir con nosotros, Malfoy?

Weasley se rió un tanto histéricamente.

—Sí, que Malfoy se venga, por favor.

La cara de Potter se puso de color escarlata.

—Quizá más tarde. Por el momento me siento bastante satisfecho —exclamó Draco.

Potter no hizo más que correr hacia la puerta.

—Deberíamos irnos, entonces —le dijo a Weasley.

Weasley se quedó atrás. Miró a Draco entrecerrando sus ojos azules.

—Si planean seguir haciendo esto, deberían usar alguna protección.

Draco lo miró fijamente.

Weasley señaló encima de la cabeza de Draco.

—Necesitarán encantamientos de bloqueador solar. —Hizo muecas y se fue.

Draco elevó la vista. La nube flotaba alta encima de su cabeza, pequeña y tan blanca que brillaba como un sol en miniatura.

—Pronto te mandaré de regreso al cielo donde perteneces —le prometió Draco.

No podía decidir si la repentina aparición de Weasley le molestaba o no. De alguna manera, lo había hecho sentirse más emocionado que avergonzado. Quería que todos supieran lo que era capaz de hacerle a Potter. La imagen de Potter con sus labios hinchados de tanto besar y sus ojos verdes aturdidos, continuaba clara en la mente de Draco. Se preguntó si ese pensamiento finalmente le ayudaría a conjurar un patronus. Siempre había deseado poder arrojar ese hechizo, especialmente desde que se había enterado que Potter podía hacerlo, pero sin importar cuán duro lo intentara, nunca había funcionado. Una voluta de humo blanco o una masa de plumas blancas era todo lo que había conseguido conjurar.

Draco miró con resentimiento al pavo real dormido. Si él había podido conjurar a Gruñón, quizá ahora podría conjurarlo de nuevo en la forma de un patronus.

Nervioso, Draco sacó su varita y cerró los ojos. Pensó en Potter sentado en el sillón mirándolo, esperando por otro beso.

¡Expecto Patronum! —gritó.

Cerró los ojos más apretados y entonces, lentamente, los abrió. Sospechaba que una parte de él ya sabía qué era lo que iba a ver, pero no se atrevía a imaginarlo. No había manera de negarlo ya.

Un magnífico ciervo plateado estaba viendo a Draco desde el otro lado de la habitación. Completamente corpóreo y enorme, con una regia cornamenta y ojos penetrantes, mantenía su cabeza en alto y golpeaba el suelo con sus pezuñas sin descanso.

Draco bajó la varita y se quedó observándolo.


Cuando Draco entró en el dormitorio aquella noche, fue recibido por un silencio ominoso. Goyle estaba poniéndose sus pijamas y Ernie estaba sentado en su cama con la mirada perdida.

Draco frunció el ceño. Miró a Goyle y le preguntó sin hablar, sólo moviendo los labios: "¿Rompió con Millie?"

Goyle negó con la cabeza. "Gruñon", dijo también sólo moviendo los labios. Entonces agregó en voz alta:

—Desapareció.

Ernie se dobló del dolor tan exageradamente que hasta su cama tembló.

—Oh —dijo Draco, mordiéndose el interior de las mejillas para no sonreír.

—Apuesto que estarás contento —dijo Ernie con voz fúnebre.

—No, no lo estoy —dijo Draco sintiéndose orgulloso de él mismo por no haberse soltado a reír.

De todas formas, Ernie lo miró con enojo.

Draco suspiró y se fue a sentar a su cama. El candelabro iluminaba la cara de Ernie; Draco podía ver lágrimas cayendo por sus mejillas.

Por amor de Dios.

—¿Qué fue exactamente lo que pasó?

Ernie se quedó en silencio tanto rato que Draco pensó que no iba a responder.

—Se veía perfectamente bien la última vez que lo vi —añadió Draco —. Parecía muy tranquilo. —"Dormido como un bebé mientras yo estaba chupándosela a Harry Potter", pensó Draco. Sus mejillas se incendiaron de inmediato, pero Ernie no notó nada.

—Todo estaba bien cuando regresamos de cenar —dijo Ernie con voz titubeante—. Pensé que se veía un poco pálido, pero… Quise darle un poco de maíz y me giré a buscarlo, sólo por un segundo, y… y… —Ernie soltó un suspiro entrecortado—. No quedaba nada. Ni una sola pluma. Simplemente se desvaneció.

Draco vaciló.

—¿Sabías que era producto de un conjuro, cierto? —Pensó en decirle a Ernie que él había sido quien lo había conjurado; seguramente de ese modo a Ernie le gustaría menos el pavo real. Pero quizá esa era la última cosa que Ernie quería escuchar.

—Millie me lo dijo. —Ernie se encogió de hombros—. Pero pensé… Pensé que era especial.

—Sí que lo era —Draco estuvo de acuerdo.

Ernie se sorbió los mocos.

—¿Quieres que vaya por Millie?

—¡No! —Ernie miró a Draco con horror—. No puede verme así. Le dije que estaba bien. —Miró a Draco con enojo—. Y sí lo estoy. O lo estaré. Muy pronto. Después de que me dé un poco de tiempo para llorar su muerte.

—Claro. —Draco miró a Goyle, quien se encogió de hombros—. Bueno, Gruñón nunca será olvidado. No creo que ninguno de nosotros sea capaz nunca más de mirar maíz sin pensar en Gruñón y en cómo él solía picotearlo. Podrá haberse marchado, pero vivirá por siempre en nuestros corazones.

—Vete a la mierda —dijo Ernie.

Goyle se rió disimuladamente.

Draco resopló y se fue a tomar una ducha. Ernie lamentándose por la pérdida de un pájaro conjurado que había encontrado apenas tres días atrás, era demasiado para sus nervios.

Cuando Draco regresó al dormitorio, reanimado y calientito, encontró a Ernie exactamente en la misma posición, mirando fijamente a sus cobijas con gesto ausente. Goyle ya estaba dormido.

Draco revolvió su baúl buscando unos pijamas limpios. Se estaba quedando sin ropa seca; ni siquiera los elfos domésticos podían secarla tan rápido como la nube se encargaba de empaparla. Draco esperaba que las cosas cambiaran para bien muy pronto.

Encontró unos pijamas viejos al fondo de su baúl. Cuando los sacó, algo cayó al suelo haciendo un ruido sordo. Era una de las viejas insignias que Draco había encantado hacía cuatro años. Recordaba haberse sentido muy orgulloso de ellas. La levantó, sonriendo. "Apoya a Cedric Diggory", decía. Draco la acarició con su pulgar y la insignia resplandeció y proclamó: "POTTER APESTA".

"De hecho, huele bastante bien", pensó Draco. "Tampoco sabe nada mal". Draco se mordió los labios, recordando cómo se había sentido tener la erección de Potter en la boca. Merlín. Tener pensamientos así podía hacerlo sonreír como un idiota.

"POTTER APESTA", insistía la insignia.

Draco la miró con el ceño fruncido. Entonces sacó su varita y le echó un par de complicados encantamientos. Sonrió ampliamente ante el producto final. Su magia no le había fallado ni una vez: la insignia estaba perfecta.

Todavía sonriendo, Draco se puso de pie y caminó hacia la cama de Ernie.

—Toma —le dijo y se agachó para poner la insignia en la camiseta de su compañero.

Ernie estaba muy sorprendido como para resistirse. Bajó los ojos hacia la insignia y la miró con el ceño fruncido.

—Impresionante.

Draco también pensaba eso. El frente de la insignia era una perfecta representación de Gruñón, el pavo real.

—Gruñón no murió en vano —proclamó Draco con un ademán ostentoso—. Su legado perdurará. Por el poder que se me confiere, yo lo nombro mascota de nuestra casa. La cual, a partir de ahora, será conocida como la Casa de Gruñón. Nuestro color es el blanco, residimos en la Torre Este de Gruñón y estamos protegidos por un Centauro gruñón. Todo aquel que sea gruñón podrá unirse a nuestras filas. Solíamos ser de Slytherin, de Gryffindor, de Ravenclaw e incluso de Hufflepuff, pero, ¿ahora? Ahora sólo somos de Gruñón.

La insignia resplandeció y declaró: "Casa de Gruñón. El mal humor será nuestra unión."

La boca de Ernie se torció en una sonrisa. Bufó y pronto estaba riéndose a carcajadas.

—Eres completamente ridículo, Malfoy —dijo. Negando con la cabeza, se acostó y desapareció debajo de sus cobijas. Draco notó que no se quitó la insignia.

—¿Puedo tener una insignia yo también? —preguntó un somnoliento Goyle.

—Encantaré una para ti mañana —le prometió Draco, y entonces, sonriendo, se fue a la cama.

Se quedó acostado despierto durante un largo rato, esperando que Ernie comenzara a roncar. Cuando finalmente lo hizo, Draco susurró un encantamiento y las cortinas alrededor de las camas de Ernie y de Goyle se cerraron.

Draco cerró los ojos y pensó en Potter.

Expecto Patronum —dijo tan bajito como pudo.

Un gran ciervo plateado brotó de su varita y Draco se quedó sin aire. Había pensado que esa vez no funcionaría. Casi se había convencido a él mismo que había sido una casualidad, una rara excentricidad de su magia que seguramente no volvería a pasar. Pero el ciervo estaba ahí, tan real como Draco; el calor que irradiaba calentaba sus pies.

Momentos después, el ciervo se acomodó en el suelo justo junto a la cama de Draco, resplandeciendo con fuerza. Draco se acostó de lado, así podía seguir viéndolo. Se sentía mareado, como si hubiera roto las reglas y se hubiera salido con la suya, como si le hubiese robado el patronus a Potter justo debajo de las narices de éste. No tenía idea de cómo lo había hecho, o qué significaba exactamente, pero tener al ciervo a su lado era casi como tener a Potter. Y Draco podía conjurarlo en el momento que quisiera.

Draco estiró la mano para tocar aquella impresionante cornamenta, pero sus dedos la atravesaron limpiamente y la cornamenta se volvió una voluta de humo. Una avalancha cálida de recuerdos relampaguearon en la mente de Draco: el calor de los besos de Potter, su agarre firme en la cadera de Draco, sus dedos amables en su cabello, la sólida tibieza de la cintura de Potter mientras Draco la envolvía con sus brazos y ellos dos elevándose, escapando de las llamas. Draco retiró la mano y la cornamenta recuperó su forma.

El ciervo miraba a Draco con sus ojos negros. Draco deseaba que fueran verdes.

Estaba tentado a tocarlo otra vez, pero resistió el impulso. Esos recuerdos eran viejos; esperaba ansiosamente por los nuevos que Potter y él iban a crear, los cuales parecían inminentes. Draco había reflexionado en lo que había pasado entre ellos en la sala común, una vez que la sangre había regresado a su cerebro y su mente se aclaró. Potter se había enojado cuando Draco le dijo que sólo había hecho lo que hizo para pagarle su deuda. Todavía podía escuchar claramente la desilusión en la voz de Potter. Lo que significaba que Potter esperaba algo más, no un juego de favores y deudas.

El padre de Draco le había dicho una vez lo que era la vida; era cómo uno interactúa con la gente: pagar y cobrar, recibir y reembolsar. Pero quizá eso era un viejo y puntiagudo sombrero de mago. Quizá Draco estaba listo para quitárselo. O al menos estaba listo para tratar. Pensó que podría disfrutarlo.


Era un día lluvioso. El sol se había escondido detrás de las nubes desde temprano en la mañana y se negaba a salir desde entonces. Parecía que primero se ocultaría en el oeste antes que atravesar lo gris y mostrar su rostro.

Los campos de Hogwarts estaban desiertos cuando Draco se dirigió hacia el cobertizo de escobas. Había encantado su capa, se había puesto un par de guantes y esperaba poder escapar de la lluvia y no dejar que lo mojara. Su propia nube flotaba encima de su cabeza, luciendo pequeña e insignificante comparada con sus hermanas elevadas en lo alto del cielo. No le había llovido ni una sola vez durante ese día. Draco había estado con el ánimo por todo lo alto, se habría sorprendido mucho si la nube hubiese lloviznado.

Desde el momento en que Draco había bajado al Gran Comedor a desayunar, sus compañeros lo habían estado abordando, demandándole que les hiciera insignias de la Casa de Gruñón a todos ellos. Draco no estaba seguro si lo único que querían era usar las insignias para animar a Ernie, aunque todos ellos eran lo suficientemente irritables como para pertenecer a semejante casa, o simplemente no tenían nada mejor qué hacer y de qué reírse. Al final, Draco decidió que sus compañeros sencillamente estaban encantados con las "Insignias Encantadas de Draco". La mayoría de ellos lo habían estado en el pasado.

Todos se habían reído mucho cuando Daphne y Finnigan encantaron al centauro de la torre, quien se negó a permitirle el paso a Granger hasta que ella respondió a su pregunta ("¿Cómo estás hoy?") con un "Estoy gruñona". Y vaya que se veía gruñona después de que hubo discutido con el centauro durante más de diez minutos.

El trío de Gryffindor se había perdido la mayoría de los eventos relacionados con la Casa de Gruñón. Habían estado sospechosamente ausentes durante el tiempo libre, el desayuno y el almuerzo. Draco sólo los había visto en clases. Potter echaba vistazos hacia donde estaba Draco, pero Granger y Weasley no. Sin embargo, Draco se preguntaba si acaso ellos habrían estado discutiendo acerca de él, o mejor dicho, de la escena que Weasley había presenciado el día anterior en la sala común. El pensamiento habría preocupado a Draco, pero ni Granger ni Weasley lo habían hechizado ni lo habían mirado con enojo, así que Draco confiaba en que eso significaba que no estaban planeando su muerte por haberse atrevido a poner sus manos (y boca) encima de Harry Potter.

A pesar de eso, Potter sí parecía estar resentido. Draco necesitaba hablar con él, pero no estaba seguro de cómo Granger y Weasley reaccionarían si él se les ponía enfrente y requería hablar a solas con Potter. Terminó mandándole una lechuza para pedirle que se encontrara con él en el campo de quidditch antes de la hora de la cena.

La Saeta de Fuego de Potter estaba todavía ahí en el cobertizo; Draco tomó su propia escoba sintiéndose pesimista. Miró hacia su nube, preocupado de cómo reaccionaría ante su estrés; pero ésta continuó tranquila.

Draco no necesitaba haberse preocuparse en absoluto: cuando se elevó en el aire y voló en dirección al campo, localizó una figura solitaria sentada en uno de los bancos de la tribuna más alta del lado suroeste. El cabello oscuro de Potter era inconfundible.

Draco dio una vuelta alrededor del campo y dobló hacia abajo, sosteniéndose fuerte del palo. Condujo la escoba hacia Potter y voló a toda velocidad. Podía ver a Potter sonriendo ampliamente desde esa distancia. Potter ni siquiera se movió mientras Draco se acercaba a él.

Draco dio una vuelta muy brusca hacia la izquierda en el último momento posible para evitar una colisión. Voló un poco hacia atrás y aterrizó limpiamente al lado de Potter.

—Al menos podías haber fingido que creías que chocaría contigo —dijo Draco mientras ponía su escoba a un lado y se sentaba en el banco.

—Creí que querías levantarme para subirme a tu escoba y darme un paseo.

Draco resopló de risa. Miró de reojo a Potter, tratando de determinar cuál era el humor de éste. No tuvo suerte.

—¿Dónde está tu escoba? —preguntó—. ¿Subiste caminando hasta aquí?

Potter negó con la cabeza.

—Me aparecí.

Draco lo miró asombrado.

—¡No es cierto! —jadeó—. Es imposible. ¿Cómo pudiste…?

Potter estalló en carcajadas.

Draco gimió.

—Idiota.

—No puedo creer que pensaras que hablaba en serio.

—Ni yo —gruñó Draco.

—Creía que tú serías la última persona en imaginar que yo podría hacer algo extraordinario.

"Eso fue antes de que me besaras", pensó Draco y rápidamente desvió la mirada, temiendo que Potter pudiera, de alguna manera, leer sus pensamientos en su cara.

—¿Tienes mucho rato aquí? —preguntó Draco, tratando de cambiar de tema.

—Un poco.

Draco arqueó las cejas y sonrió.

—¿Ansioso por verme?

—Necesitaba un momento para pensar —dijo Potter. Draco creyó que había sonado un poco a la defensiva.

—Ah —exclamó Draco—. ¿Entonces tú sólo piensas durante momentos muy específicos y cuidadosamente planeados? Eso explica muchas cosas.

Draco esperaba que Potter se riera o le regresara la broma, pero su expresión era sombría cuando le respondió:

—Supongo que sí.

Draco se sintió preocupado por primera vez desde que había conjurado el patronus el día anterior. ¿Potter se arrepentía de haberlo besado? ¿Era aquel momento de irreflexión lo que ahora estaba haciéndolo sentir miserable?

—¿Weasley está enojado por lo de ayer? —preguntó Draco. Tal vez Granger y Weasley habían convencido a Potter de que había cometido un terrible error y que debería mantenerse alejado de Draco en el futuro.

—No. Bueno, sí —Potter sonrió un poco—. Pero Ron, él… él nunca está enojado por mucho tiempo. —Se pasó una mano por el cabello; Draco deseaba poder hacerlo por él—. Es sólo que… —Potter suspiró—. Este año se suponía que iba a ser festivo. Yo confiaba que fuera así. Pacífico y sin complicaciones. Y entonces voy y lo complico todo.

Draco pensó en eso durante un momento.

—Pero lo pacífico te aburriría hasta morir. Tú necesitas un poco de emoción en tu vida.

Potter se encogió de hombros; no parecía convencido.

—Quizá.

Hubo una larga pausa y entonces Draco dijo:

—Quería decirte…

Al mismo tiempo que Potter decía:

—Hablé con…

Y entonces los dos se quedaron en silencio.

—Adelante —dijo Draco sonriendo.

—No, tú fuiste quien me pidió venir aquí. Deberías hablar primero.

—Puedo esperar. —Aunque la verdad era que no. Lo que Draco mayormente quería hacer era besar a Potter y odiaba cada segundo que pasaba y posponía el momento—. ¿Con quién hablaste?

—Con Madam Pomfrey. Le dije lo de tu patronus.

Draco se tensó. Por un loco instante, pensó que Potter había descubierto que Draco le había robado su patronus y que ahora demandaría su regreso.

—Le conté cómo te ayudaba a dormir —Potter continuó y Draco se atrevió a respirar otra vez—. Hermione dijo el otro día que lo que tú parecías haber conjurado era tu propio dementor personal. Y hemos estado discutiendo si acaso el chocolate y el encantamiento patronus podrían o no ayudarte. Pomfrey estuvo de acuerdo con nosotros, hasta cierto punto. Ella cree que cosas como ésas pueden brindarte un alivio temporal, pero que la cura está en tus manos. Dice que si tú conjuraras un patronus por ti mismo, eso te ayudaría más que cualquier otro remedio que te han aplicado antes.

—Oh, ya veo.

—Estaba pensando… —Potter titubeó—. Tal vez yo podría ayudarte. En quinto año les ayudé a algunos de nuestros compañeros con ese hechizo. Es complicado y más en tus condiciones actuales, me imagino, así que podrías no tener éxito de inmediato, pero si lo intentamos… Estoy seguro de que lo lograrás. Y mientras tanto, quizá mi patronus podría ayudarte. —Potter se llevó la mano al bolsillo de su túnica y sacó su varita—. Si alguna vez necesitas que tu nube deje de llover, entonces quizá no necesitarás que yo te… —Potter no miró a Draco a los ojos—. Tal vez… —. Potter agitó su varita y un enorme ciervo plateado surgió de la punta.

Draco lo observó con un nudo en el estómago. Era tan familiar, era casi extraño ver a Potter conjurarlo, tan extraño como cuando Draco lo había hecho el día anterior.

—Sí funciona —dijo Potter con una sonrisa radiante, mirando arriba de la cabeza de Draco. Éste levantó los ojos hacia la pequeña nube blanca y Potter añadió—: Si aprendes el encantamiento…

—Ya lo he hecho —dijo Draco en voz baja, renuente. Potter le pediría que se lo mostrara y Draco no tenía idea de cómo reaccionaría cuando Draco conjurara un ciervo—. Lo hice ayer después de que tú y Weasley se fueron.

—Oh —Potter parpadeó con sorpresa—. Eso es genial. —Miró a Draco con expectación—. ¿Puedo verlo? ¿Es un pavo real? —preguntó cuando Draco no le ofreció información extra—. No dejes que Ernie lo vea, en tal caso.

—No es un pavo real.

—¿Es otro tipo de pájaro? Tú dijiste que tenía plumas.

—Tenía. Pero… —"Merlín"—. Mejor debería mostrártelo.

Potter asintió para darle ánimos y esperó. Primero pacientemente y después ya no tan pacientemente cuando Draco se tardó en sacar su varita, la agarró firme en su mano y jugueteó con ella entre sus dedos.

—Estoy seguro de que lo conseguirás otra vez —lo animó Potter—. Después de que lo haces una vez, se vuelve más fácil.

—Correcto —dijo Draco, no completamente seguro de querer que funcionara otra vez. Sin embargo, levantó la varita, miró al patronus de Potter y gritó—: ¡Expecto Patronum!

Otro ciervo apareció, una imagen idéntica del que estaba enfrente de ellos. Eran tan parecidos, incluso sus cornamentas parecían ser las mismas. Los patronus se encararon el uno al otro y se quedaron mirando fijamente, como si estuviesen impactados, preguntándose si estaban mirando un espejo.

—Um —dijo Potter.

Draco se giró a verlo de inmediato. Potter parecía estar en shock. Parecía incapaz de hablar, a pesar de los ocasionales "ums" que soltaba.

—Solía ser un pavo real —dijo Draco para defenderse—. Pero ayer, simplemente fue… Fue esto. No era mi intención hacerlo así. Yo ni siquiera sabía que podían cambiar. Pensé que siempre eran lo que eran. Inalterables como las formas de los animagos.

Potter pareció recobrarse un poco.

—Sí pueden cambiar —dijo—. Cuando… eh… —Le dio a Draco una mirada rápida y furtiva—. A veces —finalizó Potter firmemente como si con eso le hubiera dado a Draco una verdadera explicación. Draco no creía necesitar una. Él sabía lo que era un patronus: una proyección de esperanza, de felicidad… y de otra cosa demasiado atemorizante como para considerarla siquiera.

Potter observó al ciervo durante un largo rato y entonces finalmente regresó sus ojos a Draco.

—Supongo que será un tanto gracioso si alguna vez lo conjuras en público.

Draco se encogió de hombros.

—Todos han sido testigos de mi miseria; pueden serlo también de mi… ciervo. —Draco trató de adivinar los pensamientos de Potter pero fracasó—. ¿Al menos de que te moleste a ti?

—Oh, ya me conoces. Me gusta cuando las cosas se complican.

—En teoría. Hace un minuto estabas lamentándote de las complicaciones y de los momentos de irreflexión.

Los ojos de Potter se clavaron intensamente en los de Draco.

—Yo sólo estaba… Ya no es importante. Olvida que estaba lamentándome. Estaba teniendo un momento, eso es todo. Pensé que tú… Que tú nunca… —Potter miró de nuevo hacia el ciervo. Sus ojos lo observaban maravillados.

—Estás farfullando incoherencias —dijo Draco con una gran sonrisa.

—Lo siento —Potter le correspondió la sonrisa, avergonzado—. He estado dando discursos. Obviamente. —Se aclaró la garganta—. Tú querías decirme algo antes. ¿Qué era?

Draco se encogió de hombros modestamente.

—Sólo quería enseñarte a mi ciervo.

—Es un ciervo adorable.

—Gracias —Draco se rió. Miró fijamente hacia los labios sonrientes de Potter—. Aunque también tengo una pregunta para ti. Aquella noche en el patio… ¿Por qué me besaste?

—Porque tenía ganas —dijo Potter intempestivamente. Sus ojos verdes brillaban divertidos—. Te dije un montón de tonterías sólo para que me dejaras.

—Y dicen que los Slytherin somos los taimados —dijo Draco sin resentimiento—. Parecías un poco preocupado después. ¿Te sentiste culpable por haberte aprovechado tan desfachatadamente de mí?

—No, sólo que no esperaba que besarte fuera a gustarme tanto.

Draco se preguntó si era posible conjurar dos patronus al mismo tiempo. En ese momento, se sentía como si pudiera conjurar un centenar.

—Bueno, eso fue un poco tonto de tu parte —dijo Draco—. Soy yo. ¿A quién no le gustaría besarme?

Potter sonrió pero no discutió la lógica de Draco.

—Entonces —dijo y arqueó una ceja—, ¿quieres decirme alguna otra cosa más?

—No, ya terminé —dijo Draco con rapidez, enredando sus dedos entre el cabello de Potter y besándolo. Potter tiró de él para acercarlo, sus brazos alrededor de la cintura de Draco, una mano deslizándose lentamente hacia arriba encima de su espalda hasta llegar a la nuca de Draco.

Una repentina claridad brilló enfrente de los ojos de Draco y lo obligó a separarse de Potter. Se rió.

Potter lo miró con el ceño fruncido, pero se distrajo rápidamente con los labios de Draco. No podía parar de mordisquear su labio inferior, tirando de él entre sus dientes para lamerlo.

—¿Qué? —preguntó Potter entre besos.

—Nada —Draco jadeó para recuperar el aliento—. Sólo que tú no puedes evitar ser especial, ¿verdad? Una nube no es suficiente para ti, oh no, tienes que reclamarlas todas.

Potter se movió hacia atrás, mirando a Draco con confusión.

Draco sonrió y levantó los ojos al cielo. Las nubes se habían apartado para permitir que el sol pasara a través de ellas.

Potter siguió la mirada de Draco y resopló de risa.

—Sólo quieres convencerme de que puedes controlar el clima con tu excepcional talento para besar.

—Excepcional, ¿eh? —Draco besó a Potter de nuevo, asegurándose de que el beso fuera tan excepcional como fuera posible. Seguramente lo había conseguido, juzgando por la respuesta ardiente de parte de Potter.

Draco llevó una mano hacia abajo y tomó a Potter de un muslo. Comenzó a elevarla por su pierna, apretando levemente. Cuando sus nudillos estaban ya rozando la entrepierna de Potter, éste se retiró abruptamente. Quitó la mano de Draco de encima de su pierna y tuvo la audacia de chasquearle la lengua.

—Nada de eso —dijo Potter con total seriedad mientras escapaba rápidamente del abrazo de Draco—. No antes de la cena.

Draco lo miró con la boca abierta, sin poder creerse que Potter simplemente acababa de alejarse de él. Incluso se puso de pie y dio un paso atrás.

—Estás de coña —dijo Draco.

—Me temo que no —Potter negó con la cabeza y luego miró hacia atrás de Draco, abriendo mucho los ojos con sorpresa— ¡Por las barbas de Merlín! ¡Los ciervos están besuqueándose!

Draco se giró hacia atrás, pero los ciervos habían desaparecido.

—Era una broma —le informó Potter amablemente.

Potter.

—¿Sí?

Draco gimió.

—¿Puedes regresar aquí y sentarte de nuevo?

—Podría —dijo Potter echándole a Draco una mirada juguetona—. Pero necesito algo de emoción en mi vida, ¿recuerdas? Si hay algo que quieras hacerme, primero tendrás que atraparme.

—Oh, claro que puedo —le prometió Draco.

—Buena suerte —dijo Potter con una sonrisa enorme mientras su Saeta de Fuego llegaba volando a toda velocidad directo hacia él. La atrapó con su mano, le arqueó una ceja a Draco, se montó, y salió disparado, dirigiéndose como ráfaga hacia el Bosque Prohibido.

Draco lo siguió con la mirada, sonriendo tanto que las mejillas le dolieron. Entonces agarró su escoba y salió proyectado como cohete hacia el cielo, intentando atrapar a Potter.

Voló tan rápido que dejó su nube atrás. Ésta no lo siguió.

Fin.


nota: Bueno, eso fue todo por ahora. Voy a tomarme unas semanas porque estoy a finales de cuatrimestre y de verdad, tengo mil cosas por hacer. En mayo, cuando sea libre de nuevo, regresaré para terminar con Bicurious si es que todavía están interesados, jaja, ¿ok? Hasta pronto, entonces. ¡Gracias por leer!