Disclaimer: HQ! y sus personajes pertenecen a Furudate-sensei.

NA: Esta historia, o la trama, me llegó como una revelación en el almuerzo y quedaba perfecta con esta ship, así que me dije; "¿Me lanzo o no me lanzo a la piscina?", y bueno, acá estoy. No debería ser una historia larga, de todos modos (se supone). Inicialmente iba a ser un one-shot pero soy muy vaga para escribir todo de una e iba a quedar jodidamente largo.


—The stars shine in your eyes (and die in your hands)—


A veces pienso que la razón por la cual lo conocí no fue nada más que el destino, y no es que sea muy supersticioso pero siempre existe la mera posibilidad de que esas cosas pasen, al fin y al cabo el mundo es muy grande. Fuera como fuese; destino o coincidencia, cualquier de esas dos, mirando atrás nunca hubiera pensado que mi rutina diaria cambiaría tanto por culpa de aquel simple encuentro que, en cierto modo, puso patas arriba la mayoría de mis cosas, por no decir todas. El nombre de la causa: Oikawa Tooru.

Para el promedio japonés era alto pero en comparación conmigo bajo, tenía unos ojos café muy comunes junto con un pelo más común todavía, aunque quizás en la segunda se podría variar porque debo admitir que era muy suave al tacto y a la luz resplandecía más claro que nunca con mechones casi rubios. No era flaco hasta los huesos pero tampoco gordo, relleno, sino que más bien tenía un IMC bien medido. Se le formaban hoyuelos junto a su boca cuando sonreía y ese no era su único rasgo atractivo porque todo en él clamaba para que las personas tuvieran que mirarlo. Tenía dientes pequeños y los colmillos más chuecos que el resto. Sus labios estaban partidos y rotos porque constantemente se los mordía, así como la punta de sus dedos largos también chuecos. Sus orejas eran pequeñas (además de su punto débil en cuanto a cosquillas) al igual que su nariz, y su cara era muy redonda. Sus pestañas eran largas para la envidia de cualquier fémina y cuando sonreía de verdad sus ojos se achicaban todavía más, dándole un aspecto bastante gracioso en el buen sentido. Sus piernas eran largas y torneadas, el vello ahí era un poco más claro y fino, pero de todas formas se notaba como a cualquier hombre. Cuando le conocí su abdomen seguía un poco marcado pero con el tiempo aquello simplemente se transformó en un abdomen plano, nada más. Tenía lunares secretos que pocos conocían; uno en la espalda baja, otro en el hombro y el más escondido en la cadera. Me gustaba besar cada uno de ellos para escucharlo reír y luego removerse entre cosquillas.

Pero hablar de eso sería adelantarme a los hechos importantes. La historia en sí de todo lo que ocurrió.

Cuando lo conocí no era nada más que un chico atractivo cuyo nombre desconocía pero me llamó la atención porque no dejaba de hojear una revista del National Geographic, esas las cuales siempre había considerado de lo más aburrido. La librería en la que estaba era mi primera opción de visita cuando tenía que comprar textos porque estaba de paso, cerca de mi facultad, así que mi nivel de esfuerzo para alcanzarla era el mínimo. No era muy grande pero tenía lo necesario, cuando la biblioteca de la universidad terminaba siendo un no retundo porque mis compañeros se adelantaban a pedir los textos y yo no tenía más opción que comprar mis propias cosas. Lo que yo necesitaba, en ese caso, quedó junto a la estantería de las revistas y por ende al lado de él.

Me llamó la atención el chullo azul con blanco que utilizaba en su cabeza porque era la primera vez que veía uno en vivo, bueno, tan de cerca, del cual escapaban mechones ondulados de pelo castaño. También que vistiera una sudadera abierta que parecía muy roída por el tiempo y debajo de ello una camiseta que rezaba; "Abdúzcanme" con la imagen de un OVNI en caricatura. Sus jeans le quedaban medios sueltos, según pude notar y a pesar de que estaba usando una bufanda de manera muy desordenada, junto con tener la nariz roja y los ojos medios llorosos no pude evitar pensar que seguía siendo bonito en el sentido estricto de la palabra.

Por ese pensamiento no pude evitar odiarme, sólo un poco. Más bien fue como darme una palmada en la frente a mí mismo, en mi mente, mientras me decía que tenía que aprender algún día a dejar de pensar esas cosas de los demás porque no hacía ningún bien. O una cursilada como esa. Lo único que sé es que me removí en mi lugar intentando dejar de mirarlo sobre el hombro. Su cara me parecía un poco conocida.

A pesar de mis planes, éstos no dieron resultado:

—Aquí dice que las estrellas tienen una duración de vida muy corta —de pronto él hablaba y su voz se escuchó ronca, medio baja. No estaba muy seguro de cómo le había entendido pero lo hice así que lo miré sobre mis propios textos y me quedé un largo rato así, esperando que dijera otra cosa, pero no lo hizo.

En el silencio rápidamente me desesperé sobre si tenía que responderle o no.

—¿En serio? —fue lo único que pude modular mientras sujetaba mis textos bajo el brazo para poder ir después a caja para pagar todo. Me di vuelta sobre mis talones para mirarlo de frente y delineé su perfil con la vista.

Fue en ese momento en que me dirigió la primera mirada y no pudo sino sentir un pequeño revoltijo en el estómago. A pesar de todo lo enfermo que se veía tenía unos ojos que brillaban bajo los focos de la luz artificial de la tienda, prendida a esa hora porque en invierno todo se sentía más oscuro. Tuve la sensación de que ese intercambio duró una eternidad, cuando realmente sólo habían sido unos cuantos segundos. Si lo pensaba con la cabeza bien fría podía caber la posibilidad de que hubiera estado hablando solo y yo le respondí porque soy idiota.

Sip, la verdad es que lo que nosotros miramos desde acá no es nada más que el espejismo de lo que fue una estrella. Nunca está la misma en el cielo porque ya no existe —siguió comentando mientras cerraba la revista y también la dejaba bajo su brazo. Se encogió de hombros. A nuestro alrededor había unas cuantas personas más que iban de aquí para allá cuchicheando entre ellas, generando sonidos; un grupo de colegialas que iban tras el último libro de moda traído de occidente, hombres mayores, estudiantes como nosotros y algunos niños—. Es quizás una de las verdades más tristes que podríamos tener —suspiró como si lo lamentara. Me pareció raro. Luego volvió a mirarme—. ¿Lo sabías?

—No —respondí con toda sinceridad. Mi conocimiento del espacio se reducía a saber los nombres del sistema solar, y eso sería mucho decir porque en más de una ocasión se me confundían—. La verdad es que no tenía idea.

—Siempre se aprende algo nuevo. Podrías echarle una ojeada a algunas revistas. Es divertido —los ojos de él se desviaron hacia los libros que yo llevaba, caminó un poco para poder leer las tapas mejor y tuvo que ladear la cabeza de una manera muy graciosa, como una lagartija, para leer lo que decía. Me sentí un poco expuesto—. Derecho Romano e Introducción a la economía. Vaya. Así que estudiante de Derecho, ¿eh? Y yo que pensaba que esas ojeras ya no eran muy normales. ¿En qué universidad estudias?

Le respondí a la pregunta por obligación y sus facetas se transformaron en una gran sonrisa que me dejo admirar por primera vez sus hoyuelos.

—¡Yo también estudio en esa! Aunque en la facultad de física. Soy del lado de las ciencias.

—Entonces somos contrarios —fue todo lo que pude decir con un intento de sonrisa que no quería ni imaginar. Bokuto me dejó traumado cuando una vez me comentó que cuando yo sonreía parecía un psicópata apunto de matar a alguien.

—¡Claro, claro! —asintió varias veces y todo en él se movió. Tenía una voz muy graciosa, como la de un niño pero no molesta. De la misma forma que mi sonrisa estaba consciente que mi propio tono de voz era medio raro. Súbitamente se me quedó mirando para luego inclinar un poco la cabeza, a modo de saludo—Soy Oikawa Tooru, ¿y tú?

Me incliné también por cortesía y mi corazón dio un vuelco porque, a pesar de todo, el tipo, Oikawa, era demasiado apuesto para sentirse real. Pero lo era.

—Kuroo Tetsurou —acabé por responder.

Así fue cómo conocí a Oikawa. Fue en un día frío de invierno, pleno diciembre, cuando la ciudad de Tokio rugía y yo batallaba pensando en mis exámenes aparte de las materias que tenía que tomar el próximo semestre. Él fue como una extraña distracción o una sensación de otoño cálido en lo frío de la ciudad.

De vista me gustó al instante, de sentimientos en sí tardó cierto tiempo.


Para la semana siguiente de una u otra forma almorzábamos juntos ramen a un económico precio de unos seiscientos yenes y algo más. Suficiente para ambos, de todas formas. No estaba muy seguro de cómo había pasado pero tras el suceso de la librería Oikawa no se detuvo en preguntarme para intercambiar números y como yo soy buena gente le dije que sí. A parte de ellos resultó que nuestras facultades estaban cerca así que nos encontramos en más de una ocasión y siempre que eso pasaba Oikawa gritaba un; "¡Kuroo-chan!" que me terminaba de poner de los nervios porque jamás me habían dicho de esa forma. Al final cuando se lo comentó lo único que él hizo fue ladear la cabeza mientras preguntaba; "Entonces, ¿Tetsu-chan?", al final decidí que el primero era mejor que ése.

Decidimos que los días que topábamos en almuerzo comeríamos juntos porque ambos estábamos cansados de nuestros compañeros. Hablar con alguien de tu misma carrera tiende a ser aburrido después de un tiempo porque casi no hay diferencia, y si la hay es muy poca, los temas de conversación siempre terminan siendo las clases, las tareas, los exámenes, los profesores y esas cosas. A parte de tener su número de teléfono terminamos compartiendo redes sociales y no podía evitar reírme con los snapchat que él podía mandar.

Hablamos de ciertas cosas y de esa manera descubrí más de Oikawa; que tenía un sobrino, era de Sendai (cosa que me terminó por dar más dolor de cabeza porque ese cosquilleo de que lo conocía se me hacía más y más grande), estudiaba física para poder salir al lado de la astrofísica, le gustaba el pan de leche de una manera casi enferma y comía más de lo que uno pensaría, pero fue una cosa lo que me llamó la atención sobre todo y esa fue cuando me enteré que jugaba vóley.

Seguramente mis ojos se agrandaron mucho cuando le hizo mención como si nada.

—Sabía que me sonabas de algo —dije cuando Oikawa dejó de contarme el asunto. Había hecho la ligera introducción de que era armador del equipo, aparte del capitán. Yo ya había terminado de comer hace un buen rato porque solía devorar todo con rapidez, él en cambio se tardaba porque hablaba mucho. Apoye el mentón en mi mano izquierda—, creí haber escuchado de ti un par de veces cuando iba en tercero. Así como hace… ¿dos años? —Tuve que contar mi edad para decir eso—Practicábamos con los del Karasuno y ellos una que otra vez lo mencionaron. Seijo, ¿no?

—Vaya, cuando supuse que era famoso nunca creí que llegaría a tanto —responde él mientras asiente pero arrugó la nariz ante la mención de Karasuno. Para ese entonces su resfrío había dejado de digievolucionar. Todavía tenía un poco de tos y moco, pero no se sonaba como un condenado (recibiendo miradas de reproche de mucha gente), ni usaba mascarilla, ni se escuchaba como un travestí cualquiera—. Argh, que dolor de cabeza de sólo pensar en eso. Bueno, pero podría ser peor, pudiste haber mencionado a los de Shiratorizawa. A ellos sí que no los paso-

—¿Ushiwaka de Shiratorizawa? —me aventuré a preguntar.

—Ese mismo, es un pesado.

—Bueno, realmente es grande.

—Un pesado.

Le vi comer unos minutos más en silencio, pensando en la posibilidad que tenía y cuánto había escuchado acerca de Oikawa Tooru. No era mucho, de hecho, pero sin duda bastante considerando que cuando ambos jugábamos ni si quiera estábamos en la misma prefectura o nos habíamos visto las caras. Según había escuchado los mejores años de Aobajōsai se consideraban cuando Oikawa estuvo ahí, especialmente desde que aceptó la capitanía. Al parecer tenía un servicio de temer, además de una habilidad para armar jugadas increíbles. Sus compañeros no brillaban por sus habilidades sino por las que Oikawa sacaba a relucir aunque ellos no pensaban que existieran.

A parte de eso de algún lado o alguien escuché, ya ni me acordaba, que incluso Ushiwaka había aceptado lo buen jugador que era.

Me lamí el labio. Era ahora o nunca.

—Oikawa —llamo y éste canturrea haciendo una señal de que me escuchaba, mientras tanto revisaba algo en su celular con cierto interés. Me pregunte si estaba sacando más fotos para luego mandarlas a sus amigos. El celular que tenía era celeste, casi último modelo o bueno, seguramente en su tiempo fue un último, de IPhone. Estaba un poco gastado pero a pesar de ello funcionaba muy bien y Oikawa lo revisaba de una manera que me resultaba preocupante. Por mi lado yo casi nunca veía el mío, sólo al final del día si es que me acordaba o quería mandarle un mensaje a alguien—, ¿por qué dejaste de jugar?

—¿Eeeh? —no dejó de mirar su móvil pero pude notar que su cuerpo se tensa en reacción ya que sus dedos dejaron de moverse un segundo sobre la pantalla. Cuando me mira tenía una sonrisa que no le alcanzaba los ojos y aquella visión no me agrado para nada. Tal vez había metido la pata preguntando eso y estaba a punto de disculparme pero empezó a reír, cosa que me descoloco, por supuesto—, ¿cómo sabes que no juego, Kuroo-chan?

—Pues… no sé. Nunca te he escuchado hablar de eso —fue todo en cuanto pude decir.

Me reí en mi conciencia. Sería un gran abogado.

El restaurante de ramen estaba tibio y olía a comida. Las conversaciones de las demás personas se mezclaban con la nuestra. Afuera llovía, había estado lloviendo desde hace unos dos días sin parar y siempre que salía de la universidad llegaba con las zapatillas mojadas a casa. Kenma musitaba que seguramente era culpa del calentamiento global y cosas de ese tipo, todo eso sin dejar de mirar la pantalla de su DS. Bokuto, simplemente, había dicho que era el fin del mundo y era buena cosa que supiera nadar, pero por culpa de la lluvia no había podido hacer sus ejercicios al aire libre.

Frente a mi Oikawa se mordisqueó los dedos, algo que según había notado en el poco tiempo que llevábamos viendo hacía de tic nervioso. Me consideraba bueno leyendo personas, más el lenguaje corporal, y era por ello que no podía evitar ver esas cosas. Él no se mordisqueaba las uñas como la gente normal sino que directamente prefería la carne de sus dedos. Hubo un día en que le vi llegar con una venda porque seguramente se rompía más de lo esperado. De sólo verlo se me hacía que era muy doloroso, pero a pesar de ello no dije nada respecto a eso.

Espere que hablara con paciencia.

—Una lesión —dijo después de un rato.

—¿Ah? —tan ensimismado estaba en mis pensamientos que no logre hacer la conexión de lo que decía con lo que había preguntado. Estaba medio adormecido.

—Una lesión fue la que me impidió, digo, impide seguir jugando. Una lesión de rodilla, lo normal en el vóley —se encoge de hombros y a pesar de su semblante despreocupado pude darme cuenta del nerviosismo en sus ojos. Estaba a poco y nada de cortar el tema, darlo por zanjado, pero siguió hablando por cuenta propia—: Soy hiperlaxo, ¿sabes lo que es eso? Bueno, mucha gente no sabe, da igual. Sólo digamos que tiendo a lesionarme más fácil que otras personas, después de mi juego con Karasuno intenté jugar por ocio en las vacaciones cuando se esperaba la entrega de resultados para la universidad y, ¡crack! Mi rodilla hizo un ruido raro, de pronto caía al suelo. Estaba con Iwa-chan y terminé en el hospital. Ahí me dijeron —suspira y otra vez se encoge de hombros.

En el momento que deja de mordisquearse los dedos, baja la mano para esconderla debajo de la mesa sin perder su sonrisa como si intentara distraerme, pero pude notar un atisbo de rojo. Estaba sangrando.

El silencio se volvió pesado a pesar de que a nuestro alrededor la gente seguía hablando.

—Lo siento por eso —me disculpe con sinceridad porque no eran necesarios tres dedos de frente para darme cuenta que era tema delicado. Me sentí un poco estúpido por no notarlo antes. Aun así, fuera de lo normal, Oikawa seguía sonriendo como siempre hacía pero todavía no levantaba la mano que tenía debajo de la mesa—. No debí haber tocado el tema-

—No, está bien. Pasado pisado y superado. Las cosas pasan y uno no puede evitarlo.

—Sí, claro.

—¿Vamos andando? Por mi culpa vas a llegar tarde a clases y eso no puede ser —responde en juego mientras se levanta de su lugar para poder pagar por la comida.

Sentado en mi puesto me quede mirándolo un momento. Al instante me di cuenta que para Oikawa ese no era tema superado, para nada, y aquel pensamiento me hizo preguntarme a quién estaba tratando de engañar, o si con esa cara de niño bonito sonriente que tenía lograba hacer el tonto de los demás o sí mismo. Termine pasándome un montón de preguntas, así, sin más. Aumentaban conforme observaba su espalda y cómo hablaba con el chef del recinto.

Fue entonces que reparé en todo como una iluminación. Me di cuenta que los detalles siempre estuvieron ahí pero no había captado por ser como las demás personas que sólo veían la sonrisa que pegaba en su cara como modo de autodefensa. Pensé en la forma que evitaba a toda costa la atención en sus manos, la sonrisa con hoyuelos que no hacía brillar sus ojos, las ojeras, los labios mordidos y rotos, y hasta la razón por la cual hablaba tanto cuando comía. Sumándole por qué hablará sin parar sobre un montón de cosas pero sin un centro específico.

Oikawa Tooru era como un satélite perdido que orbita sin rumbo fijo, se movía por mover y giraba porque sí.

Aquella verdad me hizo sentir una mezcla de emociones que iba desde incomodidad, tristeza y hasta pena por él. Odie saber que le tenía lástima porque no podía pensarlo como un animal perdido, pero así lo veía. Mientras más lo miraba más me preguntaba qué tanto estaría escondiendo de los demás.

—¡Kuroo-chan, vamos! —llamo él desde la entrada del lugar y me obligo a seguirlo. El chef se despide y nos agradece que hayamos comido ahí, Oikawa se encarga de hacer lo suyo y yo me asomo para ver las gotas que caen. Terminamos de dar un paso afuera y cuando estaba yendo en la dirección que siempre tomamos él me sorprende con que va para el otro lado. Cuando le miro me sonríe como si nada—Hoy tengo otra cosa que hacer. Nos vemos luego, ¿sí?

—Está lloviendo —apunto lo obvio tratando de detenerlo o ayudarlo, no estoy muy seguro. Le hago notar el paraguas que llevaba en la mano, el mismo que habíamos comprado a la rápida en la calle a modo de emergencia. Se lo tiendo—. Al menos llévatelo, vas saliendo de un resfrío-

—Estoy bien. Tú tienes clases y no vas a llegar todo mojado. ¡Nos vemos!

Antes de que pudiera decir algo Oikawa hacía un ademán de despedida y correteaba por las calles mojadas. En algún momento se había puesto su gorro, el mismo con el cual lo había conocido una semana atrás, y se perdió entre el mar de gente y paraguas de la vereda. Yo me quede como un tarado buscando lo imposible hasta que me dije que no tenía más opción que irme. Pero pensé en sus manos y la sonrisa en su cara, además de la manera en la cual reía como si estuviera grabado.

Se sentían tan incompatibles que ambas estuvieran en la misma persona que lo sentí como una gran, gran mentira.

Una mentira que me gustaría desentrañar.