Disclaimer: HQ! y sus personajes pertenecen a Furudate-sensei.


—The stars shine in your eyes (and die in your hands)—


Una vez, durante un partido reñido cuando todavía era capitán de Nekoma, hubo un momento en que me encontraba tan agotado que el aire no entraba en mis pulmones, los músculos dolían, el cuerpo pesaba, el sólo mirar parecía un esfuerzo sobrehumano. Nunca me enteré, exactamente, de cómo mis piernas pudieron seguir soportando mi peso al tiempo que soltaba para bloquear y mis brazos no cedían. En esa situación el tiempo se detuvo a mi alrededor. La verdad fue como quedarse en blanco; no procesé nada hasta el momento en que terminábamos y el entrenador me daba una palmada en la espalda. Era como un salto de tiempo. Fue tan extraño que tuve que mirar a mi alrededor varias veces para convencerme de que realmente habíamos terminado.

Ahora me pasó algo similar.

El tiempo se detuvo.

No sé cómo no vomité ahí mismo. Pero con el celular contra mi oreja lo único que había procesado eran las crueles palabras que terminé escuchando, repitiendo en mi cabeza y sintiendo en mi garganta. Iwaizumi había ido directo al grano:

—Oikawa se suicidó.

Fue todo en cuanto dijo.

Tooru se suicidó.

Oikawa Tooru había acabado con su vida.

No me lo creía. Se sentía como si todo fuera un sueño y yo pudiera despertarme en cualquier momento. No sé cuántas veces me repetí; "Despierta, despierta, despierta", con una desesperación que resintió mi pecho y mi psiquis. Mis piernas y brazos comenzaron a temblar. Quizás estuve así unos treinta minutos, pero cuando logré reaccionar (a medias), tratando de tomar el teléfono de vuelta Iwaizumi me había colgado. Me sentí incapaz de marcar nuevamente su número porque tenía la mente en blanco, y, de la nada, me hallaba de pie. Caí dos veces, pero llegué a la puerta de entrada y no pude responderle a mis padres cuando me preguntaron a dónde iba.

El camino se me hizo un borrón.

La verdad no sé a dónde iba, quizás buscar a Tooru…, lo más seguro es que a ninguna parte. Simplemente buscaba su reflejo por las calles de Tokio. Todavía tenía la sensación de que era mentira. Y me perdí en mi propia ciudad.


Aunque una parte de mí no quería hacerlo vine a enterarme de la verdad por parte de Iwaizumi, quien me lo contó, cuando fui a visitarlo a casa. La sensación de perdida todavía no era creíble en mi mismo, mi consciencia no quería convencerme de que realmente me lo habían arrebatado. Pero una vuelta a la casa compartida me hizo darme cuenta que todo era cierto; supongo que las personas que estaban ahí, llorando a pesar de que había pasado tiempo considerable, eran sus familiares (reconocí a la chica que había estado con él fuera de la consulta). También reconocí al tatuador, quien se hallaba junto a un chico alto. Pero mi mirada se posó instantáneamente en Iwaizumi.

Se veía derrotado; los hombros bajados, la mirada perdida, con ojeras, la piel gris (literalmente). Pero extrañamente se notaba demasiado calmado.

Para ser su mejor amigo, era el más tranquilo de todos.

No lloraba.

Yo de sólo escuchar el llanto de la chica, que al parecer era su hermana mayor, sentía ganas de hacerme un ovillo en el suelo y desaparecer.

Me encaminé a él como quien no quiere la cosa, y, entre balbuceos, le de mi pésame. La verdad es que no esperaba saber qué lograría con eso. Yo me sentía tan devastado que no podía soportarlo, pero a ojos del mundo, era evidente, yo no era nada para Tooru. Aun así Iwaizumi, al mirarme, pareció comprenderme y me di cuenta de todo lo que llevaba dentro. Fue el peor intercambios de miradas que pude tener con alguien; me dolió en el fondo de mi cuerpo. Era como observar un fantasma. Nos mantuvimos en silencio. El tatuador y el chico que lo acompañaba se retiraron unos momentos a la cocina, quizás para dejarnos solos o por simple capricho. Yo observé el lugar de reojo; extrañamente se sentía más sombrío, a pesar de que las cosas estaban más o menos igual de cómo las recordaba.

Entonces Iwaizumi Hajime me contó.

Un día después de nuestra salida, en navidad, se cortó las venas en vertical con un cuchillo de cocina, en la bañera. Se desangró. Quien lo encontró fue Iwaizumi, llegando a casa a las dos de la mañana y teniendo que verlo ensangrentado, tirado en el agua opaca y con los utensilios cerca. Fue él quien tuvo que sacarlo, con las piernas temblando, llamó a emergencias y a pesar de sus intentos Tooru no despertó. Los paramédicos llegaron en veinte minutos y tuvieron que separarlo casi a la fuerza porque Iwaizumi se había quedado congelado, aferrando el cuerpo de su mejor amigo. Cualquier intento por despertarlo fue inútil. Tooru estaba muerto desde hace un rato. Además de haberse abierto los brazos se encargó de tomarse todas las pastillas que encontró en la casa.

Según lo que decían, quizás…

—Si tan sólo hubiera llegado veinte minutos antes, dos minutos antes…, quizás podría haberle salvado —me dijo con una cara tan estoica, sin sentimiento, que no supe cómo tomármelo. Sus manos temblaban, pude notar. No podía imaginarme qué debería sentirse el encontrarse con reverenda escena. Las manos de su mejor amigo, y quien tuvo que hallarlo—. Le pude haber salvado… —murmuró, sentándose y hundiéndose en su lado del sofá, el mismo en el cual nosotros nos habíamos besado hace lo que parecía poco.

Yo no podía creerlo.

Oikawa Tooru, realmente, se había suicidado.

La única nota que se encontró, dirigida claramente a Iwaizumi, decía nada más que un: "Lo siento".

Nada más.

Y entonces él se había desvanecido como el polvo.

Pero se sentía tan irreal, incorrecto que daba la sensación en cualquier momento él ingresaría a la estancia con sus pijamas ridículos que le quedaban grandes, sonriendo con sus dientes chuecos y los hoyuelos en sus mejillas. Daba la sensación de que me besaría las mejillas de nuevo y me comentaría de constelaciones. Que esta misma tarde podríamos vernos otra vez. No podía creer que una persona tan maravillosa había dejado el mundo de esa forma, y de pronto me sentí muy estúpido por no haberlo notado antes. Las señales eran obvias, y yo no las vi.

Deseaba que Tooru entrara a la casa y sonriera como siempre hacía, pero, obviamente, no lo hizo.


Me marginé por lo que serían casi dos semanas. Fue después de casi cinco días, tras el funeral de Tooru, en que pude convencerme que realmente él se había ido. A pesar de todo, y con toda sorpresa para mí mismo no pude encontrarme capaz de llorar. Observé todo con cara estoica, corazón frío. Bokuto me preguntó si realmente estaba bien y le dije que sí, lo mismo hizo Kenma y me encogí de hombros. Cuando Akaashi me hizo la pregunta yo me encontraba en ese estado de que me daba igual todo. Volví a clases sin estar realmente presente y los dos primeros días perdí los apuntes por completo; no pude escribir nada, no pude concentrarme en lo que me decían y la gente tenía que hablarme más de una vez para que yo pudiera comprender qué sucedía a mi alrededor.

Caminaba por las calles sintiéndome vacío.

Miraba Tokio. Miraba a la gente que caminaba de un lado para otro; la señora que compraba verduras para la semana, el hombre que discutía por teléfono, las escolares que se reían conversando acuclilladas en el suelo, los niños que se emocionaban por la Jump semanal, los hombres desinteresados, las mujeres vanidosas, los perros-ratas que sacaban a pasear, los conductores que tocaban la bocina con molestia ante la congestión, las parejas que caminaban con los brazos entrelazados, la niña que lloraba por un helado derramado, los oficinistas, los con cara de demacrados, aquellos que parecían simplemente deseosos de que los aplastara un tren y veía, además, a toda la gente ignorante a lo que yo sabía. Porque veía toda esa gente y sentía molestia. Pensaba que la única razón que tenía Tokio de sonreír se había ido en silencio, en grito agónico que nunca liberó, y nadie tenía idea de ello. La vida seguía. No se detenía en lo absoluto y aquí estaba yo, con este agujero en el pecho pensando que realmente todo era muy injusto porque la sonrisa que tanto me gustaba ver, que iluminaba sin pensarlo, se había ido para siempre.

Se me escurrió entre los dedos.

Tokio, para mí, se había vuelto tan gris que me confundía.

No sabía si patear piedras o golpear letreros.

—Kuroo, realmente me preocupas —me dijo Bokuto.

En qué momento terminamos sentados en un local de comida rápida, no tenía idea. Pero ahí estábamos. Él comía un combo de esos que te hacen pensar que podría darte un paro cardíaco en cualquier momento. Andaba con sus gafas puestas y se veía gracioso. A pesar de tener grasa en las mejillas y los dedos había soltado el lápiz, dejando de hacer sus cálculos kilométricos matemáticos.

Me miraba serio.

—¿A qué te refieres? —pregunté como un poseso.

—Que hemos estado sentados aquí por casi dos horas y no has probado ni tu hamburguesa, ¡diablos, hombre! Te ves demasiado apagado, ¿qué quieres que piense? —se tiró mechones de cabello, con molestia e irritación. Era sorprendente pensar que estábamos ahí sin Akaashi—Soy tu amigo, ¡quiero verte como tú… no como…! Argh.

—Estoy bien.

—Anda a joder, Kuroo, sabes perfectamente que no lo estás.

—Lo siento —la verdad es que no sentía nada. Simplemente tenía que decir algo y esa siempre ha sido respuesta neutra.

—No lo sientas, maldición, es sólo que-

Y la conversación quedó ahí.

Comprendía la preocupación de los demás pero yo me sentía a la deriva, simplemente. De pronto me daba cuenta que a la única persona que quería llamar ya no podría contestarme.

Apagué el celular, borré mis redes sociales porque pensar que tendría que ver su foto o pudiera hacerlo, me apretaba el pecho con demasiada fuerza. Me centré en lo que pude y estudié como un loco, por ninguna razón más que desviarme de lo que realmente era importante, la realidad. En mis primeras pruebas del semestre saqué calificaciones excelentes, incluso para mí, que siempre he sido listo, y no sabía cómo tomármelo. Me encerraba en casa hasta el punto en que fue Kenma quien comenzó a visitarme.

Se sentaba en silencio, en mi cama, mientras yo seguía leyendo como un idiota.

—Kuroo, tú sabes que eres mi mejor amigo, ¿verdad? —fue todo lo que dijo, pero yo no lo procesé hasta que él ya se había ido.

So torpe.

En las noches me acostaba temprano pero me dormía tarde. Me quedaba mirando el techo y pensaba que Tooru podría estar a mi lado. Tenía ganas de estirar el brazo y encontrarme con su piel desnuda, junto a su sonrisa avergonzada. Pero sólo era yo.

Sin que pudiera hacer nada al respecto, los pensamientos llegaban, uno tras otro.

Lo nuestro no fue una historia de amor, fue una historia de cómo el amor puede cambiarte, cegarte y luego destruirte. No fue una historia de un chico risueño y atractivo, sino de alguien humano que pedía ayuda a gritos y el mundo le dio la espalda. Es una historia acerca de cómo las personas podemos ser tan ciegas, poco cuidadosas con lo que tenemos delante. Es una historia, una enseñanza acerca de que si quieres decir algo a alguien, hay que hacerlo, porque nunca sabes qué pasará y cuándo será el último momento con ellos. Es sólo otra prueba acerca de lo egoístas que podemos ser y cómo la existencia ajena se nos escurre entre los dedos…, y no nos importa…, hasta que ya es demasiado tarde.

Pero a mí sí.

A mí si me importa, joder.

Y, maldita sea, me arrepiento de no haberlo captado antes.

Me arrepiento tanto que me atormenta.


Pasaron dos meses, y a pesar de mi estado zombi no podía acercarme a nada mejor. Anduve por la vida como quien no tiene más opción que hacerlo. Hasta que un día se me ocurrió que podía hacer algo más y mis pies me guiaron solos después de clase, tomando el tren y caminando las calles que se me sentían conocidas pero apagadas. Una vez frente a la puerta toqué el timbre sin esperar que nadie me abriera, pero grande fue mi sorpresa cuando efectivamente lo hicieron (por unos segundos pensé que podía ser él, pero claramente eso no pasaría. Yo mismo estuve en la ceremonia de cremación).

—Ah, tú, ¿qué quieres? —era Iwaizumi. Ya no se veía gris, como la vez que vine a hablar con él, pero claramente sus ojeras seguían siendo cosa de preocupar. Se veía ligeramente más igual a sí mismo. Estaba apoyado en la puerta y me miraba con una ceja alzada. Usaba una camisa a cuadrille espantosa. No sé si era imaginación mía pero lo veía más delgado.

—Yo… hm… —de pronto me hallé sin nada que decir.

Por suerte, Iwaizumi no era idiota.

—Entra.

Dicho eso me dio la vía libre para entrar a la casa. Se sentía más silenciosa y fría que nunca, a pesar de que el invierno ya se estaba despidiendo de nosotros. Me ofreció hacerme un té pero lo negué de manera amable porque me recordaba mucho a Tooru. Aunque claramente no dije eso. Iwaizumi se paseó por la estancia recogiendo unas cuantas cosas (había más desorden que nunca), mientras que yo dudaba de lo que podría hacer o no. Tuve que esperar casi cinco minutos, en un silencio incómodo, hasta que me digné a hablar:

—Iwaizumi —le llamo, y él se detiene en sus tareas. Me mira en silencio. Al final me doy el último empujón que falta—: ¿Puedo subir a su habitación? —es una pregunta simple, pero que acarrea muchas cosas.

Él me mira, pasan segundos tediosos y al final asiente.

—Sí, claro, es la única puerta cerrada. La captaras de inmediato.

Le agradezco en voz baja y me dirigo escaleras arriba. Es la primera vez que estoy en el segundo piso de esa casa y me doy cuenta que es muy pequeña. Pero sigo sus instrucciones. Hay tres puertas, dos de ellas entre abiertas (una es el baño, supongo que la otra es la habitación de Iwaizumi) y al final hay una completamente cerrada. Me dirigo a ella con el corazón latiendo contra mi pecho y las ganas de salir corriendo cosquilleando en mis piernas. Sujeto el pomo, tomo aire y lentamente abro la puerta.

Es la primera vez que estoy en su habitación.

Supongo que nadie ha movido nada desde…, desde que él habrá estado ahí.

Entro en silencio y junto la puerta a mis espaldas. No es una habitación tan grande (como la mía). Hay una cama, un closet, un escritorio. Entre ello hay muchas fotografías pegadas, y post-it con mensajes en sus coloridos papeles: "Recordar tomarme la pastilla", "Hoy dan una película buena en la tele a las siete", "Recordar hacer el desayuno a Iwa-chan", "Llamar a casa", "Comprar más post-it". En las fotografías hay de todo; él con lo que supongo fue su uniforme de la escuela (está con los chicos que había visto antes, Iwaizumi, el tatuador y el otro), otros con su equipo de vóley (nuevamente se repiten esos tres pero sumados a más personas), con su familia, con Iwaizumi (en muchas; de niños, adolescentes, en lo que supongo es un cumpleaños) y entre eso está la foto que recuerdo de mi fondo de pantalla. Exactamente la misma. Está pegada en la pared y no puedo evitar acercarme a ella para observar cada detalle. Se me aprieta el pecho nuevamente. Se ve…, feliz.

La cama está desecha. Hay ropa tirada y el escritorio está hecho un desastre.

Si no supiera la verdad creería que volverá en la noche.

Hay un paquete en su escritorio y por curiosidad morbosa me acerco para ver. Grande es mi sorpresa al darme cuenta que tiene mi nombre, así que lo aferro entre mis manos como si fuera un tesoro nacional y desagarro el papel. Adentro hay un libro muy delgado con un nombre que reconozco: "La Tregua". Me lamo los labios, con las manos temblando, y abro la primera hoja. Con la letra de Tooru está escrito: "Para Kuroo-chan, espero que te guste". Me tengo que morder la lengua para calmarme. Paseo las hojas de manera rápida y no puedo evitar fijarme que hay una parte que se encuentra destacada. Sorprendentemente, ésta vez, no me toma tanto leerla y seguramente es porque estoy nervioso:

"De pronto tuve conciencia de que ese momento, de que esa rebanada de cotidianidad, era el grado máximo de bienestar, era la Dicha. Nunca había sido tan plenamente feliz como en ese momento, pero tenía la hiriente sensación de que nunca más volvería a serlo, por lo menos en ese grado, con esa intensidad."

Joder…

Tooru, ¿y tú qué quieres decir con esto?

Porque este dolor en mi pecho parece hacerse cada vez más real mientras me encuentro en donde habías pasado gran parte de tu tiempo, pero sin ti entremedio ahora. Es doloroso, mucho.

Cierro el libro y lo aprieto contra mi.

Hay muchos sentimientos que tengo dentro mío, muchas cosas que me gustaría decir pero no lo hago porque realmente no tengo a nadie a quién decirlas ahora.

A pesar de todo eso; la rabia, la ira, las ganas de ahorcar a mucha gente y al mismo tiempo el llanto que intentaba inundarme desde dentro hacia afuera, pensaba todos los días en él, no podía evitarlo. Para la gente cercana (en la cual quizás nunca entre yo, no lo sé, la verdad. No sabría decir qué tan importante fui en su vida) su ida fue el trágico fallo que había tenido al buscar siempre su lugar en el mundo sin mucho éxito, como si fuera una clase de extraterrestre o persona que buscara su qué hacer con la existencia. Para los profesionales simplemente otro dato que se sumaba a la tasa de suicidios en nuestro país, el cual había terminado así por fallar en sus tratamientos; el psiquiatra y las pastillas. Para mí, en cambio, que el mundo era demasiado feo para la existencia de Oikawa Tooru y como él lo sabía, simplemente supo que ese no era su lugar.

Me gusta pensar que se encuentra en otra parte mejor, de hecho.

De pronto hubo un chispazo. Un flashback en mi mente. Pensé que nada podría salir peor ahora así que me dirigí a su closet, abriéndolo, y rebuscándolo entre su montón de ropa (realmente tenía mucho. Era increíble). Alcancé rápidamente lo que quería; mi bufanda, mi camiseta y mi chaqueta. La olí sólo por ser idiota, pero no tenía ninguna fragancia a él. Me pregunté cuántas veces la habría usado y recordé lo guapo que estaba con mi ropa, bueno, realmente con cualquier cosa que se pusiera.

Suspiré en mi lugar y entonces, dando unos pasos atrás pensando que no tenía nada más que hacer, algo cayó del bolsillo de la chaqueta de Nekoma.

Lo miré entre pestañeos, tratando de procesar qué era.

Un sobre.

Y yo recordaba que en los bolsillos, por mi lado, no había guardado nada.

Me quedé un rato largo mirando, pensando qué estaba pasando y miré sobre mi hombro repetidas veces, como si esperara que alguien apareciera de la nada. Entonces, temblando, sintiendo escalofríos en mi cuerpo, me agaché para recogerlo entre mis dedos. El sobre no decía nada. Era blanco. Así que lo abrí con mucho cuidado y saqué el papel que ahí había dentro. Era una carta, y estaba escrita con la letra de Tooru. Era larga e iba dirigida a mí.

La leí en silencio.

De pronto hubo como una marea en mi interior y no pude controlarme. Todo lo que no había soltado en los meses anteriores flaqueó al instante que terminé de leer aquello. En que la última palabra se clavó en mi cerebro como si fuera una espina imposible de quitar. Apreté con tanta fuerza el papel que se arrugo y yo sentí que caía al suelo, sobre mis rodillas, con un dolor en mi interior que parecía no ser real.

Lloré y reí, ambas al mismo tiempo.

—FIN—


Dedicado a Misaki Madness (Kamy); por salir conmigo, regalarme una pulsera (y un chocolate), hacerme reír, comprenderme, mandarme SMS en los momentos precisos y simplemente por haberme buscado, a pesar del tiempo en que no supimos de la otra. Y, además, porque tú sabes, haber sido la persona que me impulsó a terminar la historia.


Y con esto, Nitta se despide. Vielen dank (mucho, mucho) a quienes me han leído hasta ahora y me han apoyado. Que sepan que son amor.

Auf Wiedersehen, fandom!