Epílogo.

Querida Candy,

El tiempo, como tantas otras cosas de la vida, es relativo. Y en eso me considero experto.

En ocasiones diez años de tu vida encerrado en ti mismo, intentando sobrevivir día a día, pero sin nada que te de una ilusión para seguir con vida, se sienten como un pestañeo; sin embargo, esperar a que una noche termine para poder finalmente comenzar a vivir la vida que te has dado cuenta que quieres vivir, puede sentirse como una enloquecedora y lentísima eternidad.

Así han sido las cosas desde que te conocí, sentada con una ceja herida bajo la tenue luz de una farola, a la entrada del Edificio Magnolia; tan sencilla, tranquila, irónica y siempre tan tú. Yo no sabía quién era, pero mi falta de memoria no te asusto, mis arranques de furia no te atemorizaron y mi vana intención de alejarte de mi vida poco pudo hacer contra la férrea decisión del destino de mantenerte en mi vida. Porque sí, lo culpo a él. Porque aquella primera vez, con una ceja sangrante no fue en realidad la primera, pero eso no lo recordaba entonces. La primera fue hace muchísimos años, cuando uno de mis primeros intentos de fuga, después del entierro Rosy, me llevó a la cima de una pequeña colina en el momento justo en que tu corrías con una carta en la mano que destrozó tu corazón. Te vi llegar desde mi escondite, sonriente y libre, y te envidié porque no sabías lo dura que podía ser la vida. Pero después, cuando rompiste en llanto, quise salir de donde estaba para consolarte y hacerte ver que las cosas no siempre estarían mal, para contarte que yo también sufría, pero estaba seguro que el mundo no podía ser tan cruel. Pensé en salir, como los príncipes de los cuentos, haciendo un gran gesto, pero lo único que llevaba conmigo era una gaita que nunca aprendí a tocar, así que dudé un segundo más del necesario y antes de terminar de dar un paso hacia ti, la mano de George tomó mi hombro y casi a rastras me llevó de nuevo a mi encierro. Pero tu recuerdo y tu sonrisa se quedaron grabados en mi memoria. Fue por eso que una de mis primeras órdenes como jefe de familia fue buscarte y procurar que tu seguridad fuera prioridad. Muchas veces intenté salir de entre las sombras y presentarme ante ti, porque, aunque suene absurdo y cursi, tu sonrisa siempre me dio fuerzas para seguir adelante. Por eso fuiste tú la única que supo de mi viaje a África. Sería nuestro secreto, tuyo y mío, y cuando regresara todo lo demás dejaría de ser importante. Pero, bueno, como reza el viejo dicho, si quieres hacer reír a los dioses, cuéntales tus planes. Las cosas no salieron como pretendía y por diez largos años me quedé atorado en un bucle del que no encontraba salida y poco a poco, sin ilusiones ni esperanzas, acepté mi sino. Hasta que llegaste tú, con tu ceja rota, tu ironía y tu magnífica sonrisa a revolucionar de nuevo mi mundo.

De forma muy inusual, le agradezco ahora al destino la mala jugada que me hizo, porque estoy seguro que de no haber perdido esos diez años, no estaría ahora viéndote dormir tan tranquilamente en nuestro pequeño departamento Londinense.

Diez años suenan como muchísimo tiempo, pero no fueron nada comparado con los dos que pasé lejos de ti después de que salí de nuevo de tu vida. Los médicos decían que tenía que enfocarme en mí, en mí recuperación, en los terribles dolores que me tomaban por sorpresa y me dejaban casi inconsciente, en salir adelante, en intentar acomodar todas las piezas del rompecabezas que comenzaban a volver a mí, aparentemente sin conexión alguna con nada; pero no podía, porque todas las mañanas mi primer pensamiento al abrir los ojos se centraba en ti y en el dolor que seguramente te había causado, y mi última idea por la noche antes de dormir, volaba hacía tu sonrisa y lo agradecido que estaba con la vida por haberme dado la oportunidad de pasar contigo los pocos meses que tuvimos. Imagínate entonces mi sorpresa al encontrar entre mis recuerdos a aquella pequeña niña pecosa, rubia y de coletas, que lloraba, sosteniendo un trozo de papel contra su pecho. Creí que era solo una especie de recuerdo implantado, que mi mente lo había creado a partir de las cosas que tú me habías contado, pero no fue así. El recuerdo era real, y después de él vinieron muchísimos más, llenos de ti y tus sonrisas. Llenos de mí, desde la distancia, entre sombras, observándote. Temí haber sido alguna especie de acosador, pero pronto me di cuenta de que mi cariño hacia ti siempre fue sincero y desinteresado. En aquel entonces, tú representabas para mí la alegría y la libertad que no podía alcanzar y tu felicidad era lo único que realmente me importaba. Al perder la memoria, perdí ese cariño hacia ti, y hacerlo dejó un vacío tan inmenso dentro de mí que solo pudo ser curado por ti misma. Y la vida me dio la gran dicha de encontrarte.

¿Conoces la sensación de darte cuenta de que has estado sosteniendo la respiración hasta que logras inhalar de nuevo? Esa es la única forma en la que creo poder explicar lo que significó tu regresó a mi vida. Volví a respirar. Sin saber que había dejado de hacerlo. Volví a sentir. Aunque me había prometido a mí mismo acallar todos los gritos de mi corazón. Pero aquel cariño fraternal, se convirtió en amor. No saber quién habías sido en mi vida pasada, me permitió verte como quién realmente eras en el presente. Al inicio, estúpidamente, creí que se trataba de simple lujuria, pero no fue así. Lo que sentí contigo en un par de meses no lo he sentido por nadie en mi vida entera. Por eso tenía que regresar a ti, con la mente aun bastante revuelta, siendo un manojo de nervios que sabía que la posibilidad de que me mandaras al demonio era completamente real y válida, pero con la esperanza de que pudieras en algún momento perdonarme y lo hiciste. Por tu alma tan limpia y por el cariño que me tenías, hiciste a un lado tu dolor y tu orgullo mancillados y me permitiste volver a tu vida, y por ello te estaré eternamente agradecido. Pero no creas que no sé lo feliz que te hizo ver el golpe con el que me recibió mi hermano durante mi impecable presentación en sociedad, soy consciente del gran esfuerzo que significó para ti no desternillarte a carcajadas o suplicarle que volviera hacerlo. Y te lo perdono solo porque, ese mismo día, vi en ti, en todo su esplendor, otra de las cosas que más he llegado a amar: tu humildad.

Tus carruajes y caballos (permíteme la referencia literaria), eran en efecto mucho mejores y más valiosos que los de tu hermana, pero aun cuando su cara no mostraba ni una pisca de alegría por tu buena fortuna, tú aceptaste el cargo como un mero trámite, para ayudarme a mí. De un día para otro eras mucho más rica que ella, mucho más reconocida (por mérito propio); los periódicos obviamente se encargaron de encontrar cualquier falta en tu carácter, pero no lo lograron, y poco a poco, entendieron por qué una familia como la mía, pondría su vida en tus manos. Porque eres tú, porque eres sencilla, trabajadora y honesta. Nunca te he visto presumir lo que has logrado ante ella, pero aplaudí en silencio cuando le pusiste un alto y le dejaste bien claro que no por ser tu hermana tendría privilegios. Tú, y tu alma pura, han logrado perdonar en ella lo que yo jamás lograré hacer, y tienes que entender, amor mío, que no lo hago por ser un patán, sino porque no tolero verte sufrir, y tus lágrimas, cuando las ocasionan ellas, me duelen más que mis dolores propios.

Hace algunos años, cuando hui de ti, te dije que había visto, hecho y conocido miles de cosas sin ti, y que esa era una de mis más grandes pérdidas. Pero ahora estoy aquí, contigo, a punto de comenzar formalmente mi vida a tu lado (siendo tan despistada como eres no has visto que poco a poco he traído todas mis cosas de vuelta a casa, porque no pretendo irme más), y ahora sí, con mi identidad de nuevo en mis manos y con mi vida de nuevo siendo mía te digo lo siguiente, desde mañana espero poder ver millones de amaneceres y atardeceres en lugares de la tierra en los que la luz genere destellos del color de la miel derretida, y en el océano donde la luz se torné roja como la sangre y resplandezca con destellos multicolores en el agua. Quiero ver millones de lunas, las lunas nacientes que nos sonrían con su dentadura de plata; lunas de invierno frías y blancas; lunas crecientes como plumas de cisnes. Quiero ver mares tan suaves como si hubiesen sido pintados con colores de seda, estuco y aceite. Quiero sentir vientos que parezcan venir de los polos, helados y duros, como un niño perdido; o suaves y cálidos como el aliento de la mujer que amo; vientos de aquellos que llevan consigo el aroma astringente de la sal y las algas, o de los que llevan el dulce y húmedo aroma del bosque, el aroma de millón de flores. Quiero volver a conocer el silencio, aquel frío y oscuro silencio de un pozo vacío; el implacable silencio de una cueva profunda; el ardiente e hipnótico silencio que genera un día bajo el sol; o aquel que llena las salas cuando la buena música termina; incluso el silencio hermoso de un secreto compartido, o aquel que se disfruta cuando las palabras no son necesarias para expresar un sentimiento. Quiero volver a oír el canto de las aves, el aullido de los lobos a la luna y el suave ronroneo de los tigres en libertad. Quiero volver a ver la libertad salvaje de los colibrís que vuelan cual rayos de ópalo para alimentarse, o el de las ballenas que atraviesan el mundo para poder cuidar de sus crías, creando fuentes magníficas y brillantes con su aliento. Quiero volver a recostarme en aguas tibias como la leche y suaves como la seda, mientras a mi lado nadan juguetones los delfines. Quiero ver de nuevo a miles de hermosos animales y otras tantas cosas maravillosas, y quiero hacer todo esto contigo a mi lado, porque tenerte conmigo es, ha sido y siempre será, la más grandiosa de mis victorias.

Pero todo esto lo cambiaría gustoso por la seguridad de poder gozar de un solo segundo de tu compañía, por tu risa, tu voz, tus ojos, cabello, labios, cuerpo y, sobre todo, por tu dulce y sorprendente mente que es un lugar encantador en el que es mí privilegio vivir.

Así es que vida mía, después de haber comenzado con un giro inesperado, de haber entendido que en realidad sí hay algo más maravilloso que la pura imaginación, estaré junto a ti y, finalmente, ambos seremos libres para ser quienes siempre hemos querido ser.


Ok, primero que nada, gracias por estar aquí. Segundo, no soy muy de epílogos pero pues al público lo que pida, sé que el formato no es claramente el de un epílogo como los demás (de nuevo, no me gustan los epílogos), pero se me ocurrió responder algunas cosas en un formato que me gusta mucho, el epistolar, así que cambiamos al narrador y ponemos al wero a escribir. Y pus ya. Un abrazo a la distancia.