Tras la lente - Capítulo 01

La pasión por una afición puede mover a las personas lejos. Algo que empezaba como un simple divertimiento, como una manera de pasar el rato, podía tomar tanta fuerza que al final una persona deseaba dedicar su vida a hacer aquello. Así le había pasado a Francis Bonnefoy, natural de Lyon. Cuando era apenas un adolescente, aquel hombre le enseñó la maravilla de la fotografía y quedó cautivado por ésta. Por lo tanto, no era de extrañar que acabara pidiendo que le compraran una cámara para su decimosexto cumpleaños y que cogiera prestados de la biblioteca los libros que tenían sobre la materia.

Años después, decidió proyectar su vida laboral hacia ese ámbito y se puso a estudiar fotografía en un prestigioso estudio que se suponía que iba a abrirle mil puertas. El curso costaba un ojo de la cara y sus padres, cada vez que le tenían que matricular, lo criticaban sin piedad hasta extenuar a su hijo. Por suerte, no dejó que todo aquello le echara atrás y se graduó, con mención honorífica por su brillante trabajo final de carrera.

Todo el mundo decía que sus fotografías sabían captar el espíritu de lo que mostraban. No sabía si lo lograba, pero lo que sí que tenía claro era que le ponía el corazón a cada toma. Sin embargo, la pasión no garantizaba que una vez acabados los estudios fueras a tener trabajo y así le ocurrió a Francis. Para cumplir su sueño se había trasladado a París y vivía en un apartamento diminuto en el cual cada día estaba más estrecho. Por suerte, el apartamento había sido construido hacía poco, porque si fuera oscuro y viejo, seguramente ya hubiese huido a su casa en Lyon, llorando. Sus padres insistían en que regresara a su hogar, pero él presumía de su terquedad y la esgrimía como bandera.

Ahora que se había independizado, que estaba fuera de su casa y del ambiente que en ella se respiraba, Francis no quería regresar con el rabo entre las piernas sólo porque no había encontrado trabajo de lo suyo. Así pues, en su afán por conseguir dinero con el que pagar el alquiler y las facturas, pasó una larga temporada en la que fue saltando de trabajo temporal en trabajo temporal. La situación económica mundial no ayudaba a encontrar algo serio y empezó a pensar que se pasaría toda su vida de esa manera.

Entonces, un día, mientras había estado reorganizando el piso, Francis dio con algo que creía haber perdido años atrás, en la mudanza. Entre aquellas cajas salió una vieja revista con el nombre "Homointerés" en letras azules angulosas. Si tuviera que explicarle a alguien qué era aquella revista, seguramente pondría un claro ejemplo. Todo el mundo conocía la revista para hombres heterosexuales Playboy. En ella había desde reportajes de coches, a fotos de mujeres sin ropa. Bien, pues "Homointerés" podría decirse que se asimilaba. La gran diferencia radicaba en que toda la información que había en ella era puramente sexual y su contenido extremadamente explícito. Por si el nombre no lo dejaba lo suficientemente claro, había que añadir su temática homosexual.

El magazine se había convertido en una guía durante su adolescencia, durante la cual había estado escondido en el profundo armario. Se encerraba en su habitación, después de haber gastado su paga semanal en la librería, y se echaba en la cama con las dos revistas. Primero ojeaba la Playboy, perdiéndose en las fotografías e ignorando los reportajes que nada tenían que ver con temas picantes. Una vez había terminado, tragaba saliva y recogía Homointerés. Siempre tenía que tomar fuerzas, porque sabía que aquello iba a terminar con un problemilla entre sus piernas que tendría que aliviar. Tampoco es que fuera un gran suplicio.

Gracias a aquellas dos revistas, Francis había pasado por la etapa dura del descubrimiento de su sexualidad y había determinado, con acierto, que le gustaban tanto los hombres como las mujeres. Así pues, con el pináculo de su adolescencia entre sus manos, el rubio sintió nostalgia y se sentó en el sofá a ojear la revista, cuyo contenido ni tan siquiera recordaba a estas alturas. Aún habiendo pasado tantos años, cuando terminó, se encontraba excitado, así que fue inevitable un pequeño "homenaje" para calmar los ánimos. Cuando estaba a punto de cerrar la revista, se encontró con la dirección postal y de correo de la misma y ahí fue cuando empezó el caprichoso azar.

No supo por qué lo hizo, simplemente pensó que podía enviar un currículum por si buscaban fotógrafo. Abrirse hueco en el mundillo no era sencillo y cualquier experiencia previa sumaba puntos. En realidad era como una broma, como aquel que echa la lotería por si le toca, pero que está convencido de que no ocurrirá. No obstante, el azar es caprichoso y, una mañana, mientras se preparaba para ir a repartir panfletos por las calles, recibió una llamada. Se trataba del departamento de Recursos Humanos de Homointerés y le comunicaban que había sido seleccionado para una prueba. Le dieron una dirección y le pidieron que se presentara puntualmente en tres días, a las doce.

Si el sueño de cualquier homosexual podía llegar a ser el de poder fotografiar a hombres en paños menores, ser fotógrafo de aquella revista debía de ser el sueño del sueño. Sólo con pisar las oficinas, Francis supo que ese sitio era algo así como el Paraíso. Había gente que iba y venía, preparando los sets donde se realizarían las fotografías. Ni tan siquiera contaba con un estudio grande, todo eran habitaciones separadas y protegidas, en las que los diferentes modelos disfrutaban de toda la intimidad que podían tener mientras eran fotografiados. Cada profesional traía su propia cámara y sólo le proporcionarían material en caso de que el suyo se rompiera y no le diera tiempo a arreglarlo.

Elisabeth Héderváry, una hermosa mujer con melena larga castaña y ojos verdes, se encargaba de dirigir el Departamento de Recursos Humanos y, además, coordinaba las relaciones publicitarias con otras empresas. Vestía un elegante traje chaqueta gris oscuro y un par de mechones, ondulados, descansaban sobre sus hombros. Le llamó la atención un broche pequeño, disimulado, que llevaba en el costado derecho de la cabeza, con un par de florecitas en metal. Ella fue la encargada de darle un tour a la oficina y de presentarle a algunas personas.

Durante el paseo, no había sido nada fuera de lo normal para ella el ver a hombres vestidos con batines, que iban y venían, o algunos que simplemente iban con un slip tan ajustado que no dejaban demasiado a la imaginación. No era lo único que le chocó en su primera visita a las dependencias de la revista; también tenían una sala llena de cajas, a rebosar de diferentes tipos de productos. Había juguetes sexuales, lubricantes, lencería fina, corsés... La explicación de la mujer fue:

— Las empresas nos regalan sus productos con tal de que los enseñemos en nuestras fotografías y les dediquemos una referencia en el pie de página. Muchas de estas cosas ni se han utilizado, así que se amontonan aquí por si a alguien le apetece llevarse algo a casa. Al principio es la novedad, así que, aunque da vergüenza, no se puede resistir la tentación a coger cuatro cosa —apuntó ella risueña—. Sin embargo, cuando llevas ya más de seis meses, no es que haya demasiada variedad, así que todo lo puedes tener perfectamente en casa. A veces sólo sirve para renovar el cajón.

Le pareció chocante, aunque sumamente atractiva, la frivolidad con la que esa mujer podía hablar de temas sexuales. Francis no era consciente del lugar en el que se había metido. Una de las reglas que más pronto le enseñaron fue: El fotógrafo nunca debe enseñar la cara del modelo. Para mantener la privacidad de los mismos y evitar que no pudieran salir a la calle, Homointerés aseguraba a los modelos que nunca mostrarían sus rostros al completo y que sus datos serían confidenciales y se protegerían según la política de privacidad y protección de datos en vigor.

Para la prueba, le asignaron un modelo, al cual no conocía de nada, y le indicaron en qué sala tendría lugar la sesión fotográfica. El decorado era el de una casa rústica, de madera, el cual contaba con un alto nivel de detalle y realismo. Tuvo tiempo para establecer el trípode, ajustar la cámara y empezar a colocar los paneles de luz. El modelo llegaba tarde, pero aún así pensó que quizás era normal. Entonces pasó algo que no olvidaría en mucho tiempo; cuando llegó el tipo, rubio con media melena, ojos grises y tez angelical, se quitó el batín de seda negro y descubrió su cuerpo, el cual no contaba con ninguna otra pieza de ropa. Por si aquello no fuera poco, el miembro del hombre se encontraba erecto.

El cuerpo de Francis no estaba preparado para algo así y le tomó un par de segundos reaccionar, los suficientes para que el modelo le observara como si fuese un demente que había huido de algún centro mental. Las manos le sudaban y temblaban. Además, tenía la garganta seca. Aún bajo ese estrés, el fotógrafo se esforzó en hacer su trabajo lo mejor posible. No supo ni cómo demonios habían salido las mismas, pero una hora después le dijo que ya estaban. El modelo le pidió intimidad para adecentarse y Francis no comprendió hasta una semana después que eso significaba que lo primero que trataría sería esa erección que había entre sus piernas.

En casa necesitó estar un buen rato bajo la ducha, desfogándose a ratos, solo al recordar lo que había vivido, hasta que su cuerpo liberó toda esa tensión sexual que había retenido. Seguro que no conseguiría el puesto y casi mejor, porque no sabía si estaba preparado para trabajar en esas condiciones. No obstante, tres días después, le llamaron para ofrecerle un contrato que sólo un loco hubiera rechazado. Trabajaba ocho horas al día, entre posibles sesiones de fotografías y edición de las mismas, cobraba un salario digno que le permitía llegar holgado a fin de mes y tendría vacaciones remuneradas. Por lo tanto, dejó atrás el pudor y el antiguo trabajo temporal y aceptó. Pero, de nuevo, Francis no era consciente de lo que suponía trabajar como el fotógrafo de una revista homosexual para mayores de dieciocho y así de explícita.

A ratos se planteaba seriamente si no había empezado a trabajar para una empresa que se dedicaba a hacer películas pornográficas, lo juraba. No fue extraño a partir de entonces encontrarse con que día sí, día también, veía la erección de algún hombre atractivo y le veía posar de manera provocativa. Pero no sólo eso; según el día, tenía que verles jugar con algún producto sexual: consolador, anillo vibrador, bolas chinas, lubricantes y un largo etcétera que haría explotar la mente de sus conservadores padres.

Los primeros días fueron horribles, incapaz de mantenerse frío por completo y aún menos con el espectáculo que en sus morros se desarrollaba. No se trataba únicamente de hacer fotografía a hombres atractivos desnudos, no, además éstos necesitaban irse tocando para mantener dicha erección y, según el día, tenían que posar con aquellos juguetes que las compañías les mandaban. Ver a un tío, apoyado contra una pared no era lo mismo si ese hombre estaba esposado y, además, tenía en el interior de su recto inseridas bolas chinas, las cuales sobresalían y caían entre sus piernas. Para nada.

No obstante, tal y como Elizabeth le había dicho, fue algo a lo que se fue acostumbrando cuando llevaba dos meses, después de acabar con dolor de muñeca de los muchos homenajes nocturnos después del trabajo. Se aprovisionó con todos los juguetitos y lubricantes que le llamaron la atención y, después de eso, sólo pasaba por aquella sala para ver si habían traído algo nuevo, con lo que renovar su extensa colección. Ahora centraba más su atención en las poses de los modelos, en la facilidad con la que entendían lo que les pedía y en cómo, sin decirles nada, sabían mostrar su ángulo más sensual. Seguramente aquello debía de ser parecido a lo que le pasaba a los ginecólogos, que después de ver tantas partes privadas femeninas, ya no se alteraba la primera vez.

El rubio se indignaba a ratos, ya que los modelos con los que trabajaban no eran muy naturales. Todos posaban, a veces de maneras tan incómodas que Francis tenía que decirles que se detuvieran, porque le daba vergüenza ajena el pensar que una foto en esa postura fuera a llegar a una revista. Sus fotografías habían sido bien valoradas en la página web y se había convertido en uno de los preferidos de los lectores, que incluso le mandaban alguna carta para felicitarle por su trabajo. No era famoso, claro que no, pero le satisfacía saber que alguien, en algún rincón del mundo, admiraba su trabajo y no lo usaba simplemente como material para masturbarse (que eso, en sí, ya significaba bastante).

Dejó el material fotográfico en su casillero, asegurado perfectamente con un candado de cuatro dedos de anchura, y se retiró a tomar un café en la sala común que la empresa había habilitado para sus empleados. Contaba con tres grandes máquinas que servían tés, chocolates y café sin tener que insertar ni una sola moneda. Además, había un fregadero, un microondas, una nevera grande donde había almacenadas cajas de leche y alimentos de otras personas, y un cubo de basura que le llegaba por la cintura. En el centro de la sala, amplia, se encontraban dos pares de mesas, rodeadas por sillas de plástico, en las cuales los empleados se sentaban para tomar su almuerzo. Sin embargo, a esas horas, el lugar estaba vacío a excepción de un asiento, que se encontraba ocupado por un hombre de cabello negro, corto, lacio y ojos del mismo color, los cuales estaban rasgados con un característico toque asiático que se notaba cuando hablaba.

Kiku Honda era un veterano de la revista que prácticamente trabajaba en ella desde la fundación. Declarado fan del contenido y del arte que en ellas mostraban, se había mudado de Tokio a París sin dudarlo ni un solo segundo y dedicó su vida a conseguir las mejores tomas de los cuerpos masculinos que le presentaban.

¿Cómo un profesional entregado como él terminó hablando con Francis? Había una respuesta sencilla a eso: el francés era atractivo. Dos días después de haber empezado, Kiku Honda se había aproximado a él y le había examinado de arriba abajo. Después de ese momento tan tenso en el que se sintió verdaderamente incómodo, sus labios se abrieron y empezaron a hablar en un francés con un marcadísimo acento japonés. En ocasiones se le hacía hasta complicado entenderle, lo cual le puso aún más nervioso.

— ¿Eres uno de los nuevos modelos? —le había preguntado aquel día—. Hay otra sala más cómoda para vosotros, aquí todo el mundo viene a comer y pasar el rato, así que suele haber bastante ruido.

Le costó dos intentos hacer que entendiera que no era ningún modelo y que, aunque no lo creyera, se dedicaba a la fotografía, como él. Por un momento empezó a temer que ese hombre le pidiera hacer el mismo trabajo que le había hecho hacer a los que posaban para él. Les admiraba, él no creía ser capaz de algo parecido. Sólo de pensar que alguien pudiera mirarle, desnudo, expuesto de esa manera y le fotografiara, le ponía nervioso. No es que fuera realmente muy pudoroso, pero la parte de que le hicieran fotos sí que le echaba atrás; más que nada porque después estas serían observadas por los ojos lujuriosos de los lectores de la revista. Una vez que el malentendido había quedado atrás, descubrió que el nipón era un tipo curioso y que le agradaba su compañía. Aunque su apariencia seria y formal echara atrás en un inicio, Kiku Honda era un pervertido. No había que malinterpretar sus palabras, era uno de esos pervertidos que le hacían sentir menos pervertido a él.

Le había explicado sus primeros días cómo una de las veces pasó tanta vergüenza que, del estrés, se le reventó una vena de la nariz y le empezó a salir sangre. Al escuchar sus anécdotas, similares a las propias, Francis se tranquilizó al darse cuenta de que su incomodidad en el trabajo no denotaba que aquel puesto no estaba hecho para él. Gracias a Honda, Bonnefoy poco a poco fue adaptándose al ritmo de vida en la revista y volviéndose más inmune a ver hombres desnudos delante de él. No negaría que, de vez en cuando, se calentaba un poco y que luego, en casa, al recordarlo, le daba rienda suelta a la imaginación, pero no se podía comparar con la desesperación con la que deambulaba por su casa en los inicios.

— ¿Qué? ¿Cómo te ha ido con el modelo nuevo que te han asignado? Corre el rumor de que tiene un cuerpo escultural y que se convertirá en la nueva joya de la corona de la revista.

— ¿En serio? —preguntó Francis arqueando una ceja, al lado de la máquina de café, esperando a que ésta le sirviera la bebida—. No tengo la misma experiencia que tú, o que otras personas, pero sinceramente no creo que ese chaval sea el mejor. Sus poses son muy artificiales y tengo que estar corrigiéndole a cada rato para que intente comportarse con naturalidad. Parece que muchos no entienden que si dejaran de pensar en las cámaras y actuaran como si estuvieran solos, seguro que las fotos saldrían mucho mejor.

— No creo que pudiera hacer algo así —respondió Kiku pasando página del periódico extendido sobre la mesa. Acto seguido llevó la mano derecha al asa de su taza y la levantó—. Supongo que para ellos tampoco debe de ser fácil.

— Supongo que no... —murmuró Francis yendo a sentarse a la mesa, con cuidado de no agarrar demasiado su vaso para no quemarse—. De todas maneras, creo que el chico al que me hicieron fotografiar para las pruebas era mejor.

— Ya, pero ese estaba muy descontento con la empresa porque no le llamaban tanto como le hubiera gustado. Los celos, Francis. Los celos son muy traicioneros en este empleo. Además, todos le tienen envidia. El resto de los modelos no pueden competir contra él, menos aún ahora que ha regresado a París —dijo con una sutil sonrisa, misteriosa, la cual captó la atención de su interlocutor.

— ¿Él? ¿De quién estamos hablando? —preguntó el rubio. Echó el azúcar al café y lo fue removiendo, dejando que se disolviese y endulzara todo el líquido.

— ¿Acaso nunca has escuchado el nombre de Antonio? —le preguntó, aún del mismo modo. Cuando vio que el francés negaba con la cabeza, se encogió de hombros y volvió a estar serio, formal—. Antonio es el modelo estrella de la compañía. Sus fotos se pagan muy bien. Cuando digo muy bien, me refiero a MUY bien. Para que te hagas a la idea, por una sesión de fotos cobra tu sueldo. Al mes puede llegar a hacer dos o tres. Incluso más, dependiendo de la temporada. El verano es cuando más faena hay, ya lo presenciarás, así que es cuando más dinero recauda. Las empresas saben el buen trabajo que hace y luchan porque promocione sus juguetitos.

— Nunca hubiese imaginado que entre los modelos también hubieran categorías. Y si está cobrando el doble que yo por cada sesión fotográfica que le hacen, quizás debería empezar a plantearme eso de desnudarme delante de una cámara.

— Bueno, no todos cobran lo mismo. No te sé decir exactamente cuántos años lleva, pero está claro que no es un novato. Nunca he tenido la oportunidad de fotografiarle, porque es muy receloso con el trabajo que realiza y siempre busca la perfección, pero he oído que hubo un año en el que cambió de fotógrafo cinco veces y en el que casi abandonó la compañía por completo. Además, despidieron a otro modelo por su culpa. No me preguntes por los detalles escabrosos, no los sé.

Se hizo un silencio de algunos segundos, en los que ambos aprovecharon para tomar el café que tenían entre las manos y pensar un poco acerca del tema del que estaban hablando. Le hubiese gustado poderle contar con todo lujo de detalles aquella pelea constante con fotógrafos y con su compañero modelo, pero, en aquel entonces, Kiku se encontraba haciendo trabajos temporales para otras revistas y poco tiempo pasaba en las instalaciones. De repente, Francis murmuró por lo bajo, llamando la atención del nipón.

— No sé si admirarle o empezar a pensar que tiene muchos humos para tratarse de un simple modelo desnudo para revista erótica —dijo de repente—. Más le vale ser atractivo de veras. Aún será uno de esos que se creen que son lo mejor y después son unos cardos borriqueros.

— Ya sabes que, a pesar de mis perversiones, tengo un carácter muy conservador y cuando tengo que admitir el sex-appeal de una persona, soy muy reticente. Sin embargo, creo que ese hombre desborda algo. No puedo confirmarlo, porque sólo lo he visto de lejos y no he hablado con él, pero... Bueno —carraspeó, avergonzado por lo directo que iba a ser con eso—. Creo que le pagan bien por un motivo.

El tema acerca del modelo estrella de la compañía murió en ese punto y empezaron a divagar entre modelos de cámaras, lentes y otros nuevos utensilios para la fotografía que cada día aparecían en el mercado. Aunque tenía dinero, Francis no pensaba tirar su dinero sin más. Si gastaba, prefería aportar una cantidad ligeramente más elevada para poder comprara algo en condiciones. Nada de marcas baratas, de procedencia dudosa. Sólo utilizaría las mejores marcas y los materiales óptimos. Siempre por lo alto, aunque tuviera que esperar meses hasta ahorrar lo suficiente para poderlo comprar. No había que olvidar que tenía un alquiler y facturas que pagar.

El suertudo de Honda se había comprado lo más nuevo del mercado y presumía, dejando de lado la modestia japonesa, de lo bueno que le había salido el equipo. Francis renegó, envidioso, y le suplicó que se lo dejara ver, así que pronto dejaron las tazas ahora limpias en la fregadera y enfilaron hacia la sala donde guardaban todos esos materiales. En uno de los pasillos, Francis y Kiku cotilleaban la nueva cámara del japonés, probando las características haciendo fotos a una papelera que había frente a ellos. Al rato, el ruido de voces distrajo al de cabellos de color ébano, aunque Bonnefoy continuó concentrado en intentar configurar el obturador.

— Mira, es ése —susurró Kiku. Como vio que no le hacía caso, le pegó un suave codazo—. Te digo que es ése.

— ¿Ése quién? —preguntó Francis mirando sus ojos negros, confundido por ese repentino cambio de tema.

— Antonio, el modelo del que te he estado hablando antes. Aunque al otro no le había visto nunca.

Al final del pasillo, no tan lejos de donde ellos estaban, se alzaban dos figuras. Él sólo podía ver en ese momento a una, alta, fornida, de espalda ancha, que vestía con una camisa y unos pantalones negros de traje, que se mantenían en su sitio gracias a un cinturón de hebilla plateada. Los pies estaban cubiertos por unos mocasines negros que relucían, de lo limpios que estaban. Nunca había sido demasiado fan de esos hombres tan fornidos y musculados que a él le hacían sentirse como una chiquilla, así que en ese momento no estaba en absoluto impresionado.

— No digo que no esté bien construido, sé apreciar un buen cuerpo, pero me sorprende que un tipo tan grande sea tan famoso.

— ¿Eh? —el japonés desvió la mirada y se encontró con que el desconocido tapaba a Antonio—. Te equivocas, el modelo es el que abraza a ese hombre tan grande.

Cuando sus ojos azules les divisaron de nuevo, Francis vio a un hombre de unos veintitantos. Su sonrisa deslumbrante llamaba la atención y sus ojos verdes, grandes y vivarachos, se encontraban centrados en el hombre de cabellos cortos negros y ojos pardos que tenía delante. Hablaban de algo pero, desde donde estaban, Francis era incapaz de escucharles. El tal Antonio iba vestido un poco zarrapastroso, con un chándal ancho y una sudadera que casi le iba el doble de grande, lo cual daba que pensar. No costaba nada imaginar que ese hombre tan grande era, en realidad, el dueño de tamaña sudadera.

— Bueno... Ése aún me parece menos especial. Su cara es bonita, no lo negaré, pero aproximadamente como la de los demás modelos. Con las ropas que me lleva, no sé si es que está gordo o escuchimizado.

— No sé. Normalmente al trabajo viene de esa manera. Aunque Elizabeth, cada vez que habla de él, se deshace en halagos y cuenta que una vez vino tan elegante a la cena de navidad de la empresa, que la mesa entera se lo comía con la mirada aunque él no parecía darse ni cuenta.

Entonces, sin verlo venir, los ojos de Antonio se encontraron con ellos. Después de que el armario andante se marchara, se había dado cuenta de que le observaban. Estaba pensando en apartar la mirada cuando, entonces, el hombre les sonrió y les saludó con la mano. Por respeto, ambos le devolvieron el gesto. Bueno, su sonrisa era ciertamente bonita, pero seguía sin entender qué hacía que ese hombre fuese considerado un diamante para los altos mandos de "Homointerés".


Echado en la cama, después de un largo día de trabajo en el que había tenido que echar horas extras en la oficina, editando las fotografías de hombres desnudos, Francis tenía el teléfono móvil pegado a la oreja y observaba el techo mientras escuchaba a la persona que había hablando al otro lado de la línea. La última vez que había escuchado su voz había sido hacía cosa de un mes y medio y, como en esta ocasión, había sido el galo el que había llamado. A pesar de todo, una sutil sonrisa se había hecho presente en su rostro mientras iban conversando y en esos momentos se daba cuenta de que esas charlas le agradaban.

— ¿Entonces planeas quedarte allí para siempre? Seguro que tus padres están muy tristes por no tenerte cerca —comentó su dulce voz, como el trino de un pequeño pájaro.

— ¿Ellos? Ya te he explicado mil veces cómo son, cielo. Tienes suerte de no haberles conocido nunca. Son como hienas, esperando el momento oportuno para empezar a despedazar a su presa sin piedad. La idea de volver a casa ahora mismo es la que menos me agrada. Tengo trabajo estable y no pierdo la esperanza de cambiar a algo mejor, de difusión nacional o quizás incluso mundial.

— Lo sé, tu sueño siempre ha sido el de lograr que tus fotografías se vieran alrededor del mundo y que éstas infundieran algún sentimiento a la gente que las observara. No te pienses que porque hablemos tan poco así, me he olvidado —dijo tras reír suavemente.

— Bueno, aunque no hablemos directamente, sí que charlamos con mensajes y correos electrónicos. Eso hace la distancia menos dura, ¿no, Bella? —comentó Francis arqueando con cierta resignación una ceja. No sabía si eso consolaba a la mujer, pero tenía que intentarlo—. Si puedo, este invierno iré a visitarte a Montpellier, ¿vale?

— No me digas eso, que ni tú te lo crees. Siempre me prometes lo mismo, pero luego nunca apareces —el tono de voz de la muchacha era suave. Por mucho que pudiera sorprender, no cargaba resentimiento ni molestia. Eso siempre le tranquilizaba, ver que ella se lo tomaba todo lo bien que podía—. Te conozco, después de todo llevo siendo tu novia desde hace ya casi un año, ¿eh?

Cuando le escuchó decir aquello, Francis rió brevemente.

— Tienes razón, debería dejar de hacer promesas que seguramente no puedo cumplir. Por eso mismo, no te diré nada y si, por suerte, pudiera ir, entonces te daré tal sorpresa que tendrás que tirarte a mis brazos sin más~

Ahora la que reía al otro lado de la línea era la hermosa muchacha. Ya podía imaginarla, con la mano levantada cubriéndole la boca mientras seguía riendo, divertida. La conversación no se prolongó demasiado tiempo y, cuando finalizó, Francis dejó caer su brazo hasta que éste descansó sobre la mullida colcha. La oreja le palpitaba y la sentía caliente después de tener tanto rato el móvil contra la oreja.

Esas llamadas siempre le dejaban una sensación extraña en el estómago una vez terminaban. Al principio le alegraban y mientras charlaba con ella parecía que todo era maravilloso, que no estaban muy lejos, que en cualquier momento podrían salir a la calle, caminar y encontrarse con ella en cualquier lugar. Le daba la sensación de que podría estirar sus brazos, estrecharla contra su cuerpo y colmar su rostro a besos. Sin embargo, eso no pasaría y nunca había pasado hasta entonces. Su tortuosa relación a distancia había comenzado hacía prácticamente un año, cuando él la conoció en una página de Internet. Como suele pasar con estas cosas, empezaron a hablar a todas horas y, al final, fue Francis el que se lanzó al toro y se le declaró en una conversación por Skype.

El amor era así, inocente e iluso, así que, como todos, pensaron que ellos serían diferentes y que su relación a distancia funcionaría. Sin embargo, Francis ya no vivía con sus padres y en la cabeza tenía mil cosas. Ella tampoco podía abandonar a las bravas Montpellier, así que entre ellos aún existían aquellos centenares de kilómetros que no podrían salvar tan fácilmente. Pronto las conversaciones diarias se convirtieron en semanales, luego en bisemanales y, finalmente, se producían cuando podían. Aún era su novia, aún le decía que la quería en los mensajes y aún, entre dientes, le decía que la echaba mucho de menos y le prometía ir a su encuentro.

No obstante, el tiempo les había hecho sabios a ambos y sabían que su relación estaba en un punto muerto. Si seguían de esa manera era porque ninguno de los dos había encontrado a otra persona. Ella tampoco sentía la misma pasión que antes, lo podía notar, y no se lo reprochaba en absoluto, igual que ella no lo hacía con él. Por lo tanto, después de cada llamada, Francis sentía ese hueco en el estómago que en realidad nacía del conocimiento de que lo que tenía era un amor falso que mantenía porque en su vida no había nadie más. Para él, un hombre al que le gustaba estar enamorado, al que le gustaba entregarse a su pareja, aquella relación había sido frustrante y se había convertido en el recuerdo constante de lo muy solo que se encontraba en ese mundo cambiante.


Los siguientes días del galo pasaron sin nada que destacar realmente. Intentaba que no se reflejara por fuera ni un ápice, pero, por dentro, la llamada de Bella le había dejado afectado. Además, se ve que ella también tendría ganas de intentar avivar la llama de esa relación que cada vez parecía lucir más apagada, porque empezó a llamarle noche sí y noche también. Entró en esa rutina de sentirse feliz cuando hablaban y apagado cuando se despedían. Se preguntaba si aquello tenía sentido, si deberían seguir pretendiendo ambos de aquella manera.

Para rematarlo, el trabajo tampoco se encontraba en su mejor momento. Le habían endiñado un modelo que no contaba con habilidades destacables. Empezando porque el tipo no poseía un gran atractivo, se las tenía que ingeniar para encontrar ese ángulo perfecto desde el cual su cuerpo se viera más voluminoso de lo que en realidad lo era. El hombre se encontraba en los huesos y, según cómo le hiciera la fotografía, parecía que estaba retratando a alguien con algún tipo de desorden alimenticio, lo cual no le hacía mucha gracia. Ya suficiente retoques iba a tener que hacer cuando su cuerpo salía ligeramente decente.

Después sus poses pecaban de tensas, antinaturales y le costaba casi cincuenta fotos sacar una en la que se viera normal. El erotismo no se podía encontrar en un cuerpo tenso y que se tocaba de manera pudorosa. Por mucho que le daba instrucciones sobre cómo posicionarse, en base a las ideas que Francis tenía en la cabeza para el reportaje de esa nueva edición de la revista, el chico no las acataba y tenía que enseñárselo o insistir hasta que terminaba levantando el tono de voz.

Le daban ganas de ir a la dirección de la revista y quejarse por los modelos cada vez más incompetentes que le traían. Incluso aquel tipo, con su ropa deportiva ridículamente larga, era más fotogénico que el modelo con el que él estaba tratando. A Antonio Fernández últimamente se le estaba viendo con más frecuencia por las instalaciones y Francis no dejaba de preguntarse a ratos si es que estaban preparando alguna edición especial o suplemento que mantenían en secreto por algún motivo desconocido.

Su fotógrafo, un tipo excéntrico de cabello corto rubio, con gafas y que siempre andaba mascando chicle, le seguía la mayor parte del tiempo y le iba comentando cosas en un volumen tan alto que casi se podía escuchar desde la otra punta del pasillo. No hacía falta que se lo presentaran, Francis conocía bien al reputado fotógrafo Alfred F. Jones, que había dejado un puesto en el mismísimo Financial Times para aceptar el que le ofrecieron en Homointerés. Según una entrevista, la cual se había publicado en otro magazín del mundo de la fotografía, no era homosexual pero encontraba un reto el, como hombre heterosexual, encontrar la belleza masculina y retratarla hasta que transmitiera erotismo que excitara a hombres homosexuales.

Así pues, un magnífico fotógrafo se codeaba con el que se rumoreaba que era el mejor modelo de toda la plantilla de la empresa. Le gustaría acercarse a hablar con Alfred, pero le daba mucho respeto. Al igual que Antonio, ambos destilaban ese aire extranjero que imponía cierto respeto a los franceses. No era raro el momento en el que les encontrabas hablando un idioma desconocido: a ratos inglés, a veces español suponía; así que ir directamente a conversar con el fotógrafo, de raíces americanas, le parecía una osadía que alguien con su experiencia y categoría no se podía permitir.

Aquellos dos hombres estaban fuera de su liga. Para que él pudiera llegar a fotografiar al mejor modelo de toda la revista, haría falta un milagro divino.


Después de la charla diaria con Bella, Francis volvía a tener el vacío en su estómago. La muchacha le había dicho que ya no podría llamarle con tanta frecuencia porque volvía a estar hasta los topes de trabajo en el hospital y ahí supo que esa especie de sueño se había terminado. Estuvo un rato echado sobre la cama, viendo el televisor que quedaba junto en frente de ésta, acurrucado de lado. En el primer canal se emitía una película romántica, que parecía la tortura perfecta para su corazón ligeramente más vulnerable que de costumbre.

Así pues, cuando el teléfono volvió a sonar, se alegró y extrañó por partes iguales. Apagó el televisor usando el mando a distancia que había descansado en el medio círculo interior que formaba su cuerpo acurrucado y se estiró para recoger el teléfono móvil. En la pantalla iluminada había un nombre escrito debajo de un icono con una fotografía por defecto que ni se había molestado en modificar cuando había creado el contacto.

"Sheila Bonnefoy"

De todos los Bonnefoy que podrían haberle llamado, Sheila era la única a la que pensaba contestarle en mucho tiempo. Apretó el botón verde que había dibujado en la pantalla táctil y se arrimó el teléfono a la oreja, con una sonrisa de nuevo en el rostro.

— Hola, hermanita~ No esperaba que fueses a llamarme y mucho menos a estas horas. ¿Todo bien? —le preguntó Francis, sin dejarle tiempo a decir otra cosa entremedio.

— Esa debería ser mi pregunta, Francis. ¿Sabes cuánto tiempo hace desde la última vez que hablamos? Te lo diré, no hace falta que lo intentes pensar. La última vez fue hace tres meses, cuando te llamé enfadada porque no había sabido nada de ti desde hacía otros tres meses. Para rematarlo te llamo y estás comunicando. ¿Con quién estabas hablando?

— Ah, perdona, perdona. No me he dado cuenta de que ya ha pasado tanto tiempo desde la última vez, Sheila. En el fondo pienso en mi hermanita predilecta todos los días, no te creas que me olvido de ti totalmente —dijo intentando calmar los ánimos—. Estaba hablando con Bella, que hacía también bastante tiempo que no nos llamábamos y ahora hemos estado varios días conversando frecuentemente.

— ¿Bella? ¿Aún sigues con esa mujer? —preguntó Sheila a disgusto, molesta por ese descubrimiento—. ¿Pero por qué no lo dejáis ya de una vez? Ella vive en donde Dios perdió la zapatilla. Un poco más y es española, Francis. Para rematarlo, nunca viene a verte. La única vez que os tuvisteis el uno frente al otro fue porque te desplazaste hasta Montpellier tú mismo.

— Bueno, ella no tenía dinero por aquel entonces y yo tenía ahorros de mi último trabajo temporal. Era obvio que yo haría el viaje. Fue agradable y lo pasamos muy bien. En el fondo estamos hechos el uno para el otro —murmuró Francis, intentando también creérselo él mismo.

— Eso tenía un pase cuando acababais de empezar a salir, pero ya hace prácticamente un año que sois "novios". Creo que te saldría a cuenta dejarla y empezar a buscar alguien que te guste de veras y que se sienta igual respecto a ti.

— ¿Y a ti cómo te va con ese novio que te has echado? Aunque Bella sea sureña, eso no la hace peor que tu novio inglés —dijo Francis con una sonrisa forzada. Eso de que se hubiese buscado un novio de fuera no le agradaba ni un poquito. Aunque tenía que concederle mérito al pensar que ya llevaban saliendo dos años y medio juntos y la cosa iba a más.

— No te metas con Peter, que es un amor —replicó la mujer, huraña al escuchar que su hermano se burlaba del único hombre al que amaba—. Déjame decirte que nos va mejor que nunca y que nos vamos a vivir juntos la semana que viene.

— ¿En serio? —preguntó sorprendido su hermano, analizando la información. Sonrió—. ¡Vaya, Shei...! ¡Eso es maravilloso! Me alegro mucho por ti. ¿Habéis comprado un piso u os vais de alquiler?

— Nos vamos de alquiler, como todos los jóvenes de nuestra edad, pobres. Pero, a pesar de eso, estamos muy contentos. El piso se encuentra en un lugar céntrico y bien comunicado, además nos lo entregan amueblado. Algún día tendrías que pasarte a verlo, te podrías quedar a dormir aquí. Te prometo que no te haré ir a ver a papá y mamá.

— No sé, no sé. Me lo pensaré, lo juro, pero ya sabes que estoy muy ocupado con mi nuevo trabajo y todo lo demás.

— Se te echa de menos, hermanito. Ojalá pudiésemos hablar más a menudo... —dijo Sheila con tono apagado ahora que pensaba en la cantidad de kilómetros que le separaban de su hermano mayor, con el que siempre había estado muy unida—. Aunque voy a insistir en algo: Deja de una vez a esa mujer. Nunca me ha agradado el poco compromiso que parece tener contigo. Si yo fuera la novia de alguien que vive en la otra punta del mundo, aunque fuera me iba haciendo autostop para poder verle. En cambio ella se ha resignado y ahora ya ni siquiera habláis. Eso no es una relación, Francis. Me preocupas, quiero que seas feliz.

El rubio sonrió resignado al escucharle decir esas últimas palabras. Desde que habían empezado a salir, Sheila había sido una gran detractora de Bella. Al principio no dejaba de repetir una y otra vez que quizás estaba saliendo con un pervertido de noventa años que se hacía pasar por una joven sureña adorable, soltera. Él había ignorado toda aquella paranoia conspiratoria de su hermana y siempre le replicaba que al menos estaría saliendo con alguien. Luego las criticas continuaban, aunque casi parecían halagos si lo comparaba con la opinión de sus padres, la cual no quería ni recordar.

La insistencia de Sheila se debía a la preocupación que sentía por su bienestar y empezaba a entender mejor lo que quería decir cuando repetía que aquella no era una relación sana. Ahora ya no tenía que preocuparse más, no iban a hablar de nuevo en una larga temporada.

— En serio, le das demasiadas vueltas a la cabeza. No puedo decir que sea infeliz y tengo esperanzas de que las cosas se arreglen o de acabar encontrando a otra persona.

— Francis, ya sabes que, a diferencia de papá o mamá, a mí me da igual a quién elijas, sea mujer u hombre. Lo que me importa es que trate a mi hermanito como merece y que, sobre todo, le haga feliz. Así que, por favor, igual que te lanzaste a por tu sueño, intenta lanzarte también de cabeza a buscar tu bienestar.

Aunque se lo prometió, en ese momento Francis no se sentía demasiado optimista. No podía negar que deseaba encontrar a alguien, pero en aquella ciudad tan grande y llena de gente, parecía ser una misión imposible de la cual no iba a salir victorioso. Después de colgar el teléfono y dejarlo sobre la mesilla de noche, el rubio se quedó mirando hacia la ventana, con la persiana echada. Quizás debería salir por ahí a ver si conocía a alguien. Si encontraba a alguna persona que le llamara la atención, puede que esa fuera la señal que le hacía falta para decir finalmente adiós a Bella.


¡Buenas!

Hacía mucho tiempo que no publicaba nada... Bueno, desde el drabble XD. Aquí llego con una historia nueva. La escribí hace bastante tiempo y quiero que tengáis una mente abierta con ella, por favor. El concepto de la revista donde trabaja Francis no es muy realista, lo sé, pero realmente mi idea era escribir un fic con muchas escenas puercas y cosas así xD

Espero que os guste y saber qué opináis de él. Los reviews anónimos están permitidos, así que, si no tenéis cuenta, os podéis animar.

Nos leemos la próxima vez.

Saludos

Miruru