¡Jamás seré tu esposa!

Resumen: Una prestigiosa escuela, cientos de extravagantes chicos adinerados y un único objetivo: sobrevivir a su nueva vida. Hinata Shouyou, pobretón de nacimiento recién transferido a la Academia Miyagi, descubrirá el horror de convertirse en el alma gemela de un rey soberano. Aunque quizá, y solo quizá, sus nuevas experiencias no sean tan malas como él piensa…

[AU/Alternate Universe] donde todos los personajes de la prefectura de Miyagi se integran en un mismo instituto para gente de alto estatus.

Pareja: KageHina + un popurrí de personajes más de los que muy probablemente saldrán cositas gays.

Disclaimer: El maravilloso universo de Haikyuu! sigue perteneciendo al todopoderoso Haruichi Furudate, eso hasta que dé un golpe de estado en su estudio y le obligue a meter besos del dúo de raritos cada vez que anoten un punto haciendo su ataque súper-rápido.

Advertencias: Hinata en un mundo fuera del alcance de sus diminutas manos, coronas y capas muy fashions, duelo de caballeros y hombres nabo malhumorados.


Capítulo I: El principio del fin.

"Si eres inútil, eres prescindible"

Esa era la política que regía en la prestigiosa academia Miyagi, un lugar que no quedaba al alcance de las proletariadas manos de cualquier persona normal. La clase media-baja no podía tan siquiera soñar con oler la fragancia afrutada que emanaba del interior de las instalaciones, y ya ni pensar en disfrutar de los privilegios que allí se ofrecían a sus distinguidos estudiantes.

Un lugar destacado. Una escuela selecta. Un territorio que quedaba al margen de lo considerado como ordinario.

Hinata, como persona vulgar, corriente y bajita que era, se sentía completamente fuera de lugar en un espacio utópico tan sublime.

¿Qué cómo había logrado entrar en un sitio de esas características cuando se trataba de un chico pobretón y nada destacable? Digamos que su madre tenía contactos bastante confiables. «Tienes que ir a esta escuela pase lo que pase», le había dicho mostrando una amplia sonrisa, propia de una madre maravillada y orgullosa de su hijito. «Es una oportunidad que no puedes dejar escapar. Además, de allí es ese equipo de voleibol donde jugaba el chico que tanto admiras, ¿verdad? ¡Debes hacerlo por él, Sho-chan!»

Sonaba tan bien cuando había salido de su boca… ¡Su madre sabía cómo engatusarle, maldición! ¿Cómo le iba a decir que no cuando hablaban del mismo instituto al que había ido su ídolo de infancia? Iba a ir a la escuela donde estudió el Pequeño Gigante. Caminaría sobre el mismo suelo que pisó el Pequeño Gigante. Aspiraría el mismo aire que respiraba el Pequeño Gigante. Posaría el trasero en el mismo inodoro en el que el Pequeño Gigante habría hecho sus defecaciones. ¡Era un sueño hecho realidad, joder! El hecho de no ser una persona importante con un alto estatus no sería ningún impedimento para andar con orgullo como un estudiante más de la escuela.

Soportaría la diferencia de clases. Ignoraría tener que llevar harapos de mercadillo entre camisetas que valían más que su vida si de esa manera lograba permanecer en la misma cancha en la que lo había hecho su ejemplo deportivo a seguir.

Al menos esa era su convicción.

Pero ahora que se enfrenta directamente a la realidad ya no se siente tan confiado. La gente que se paseaba por los pasillos resplandecía con luz propia. Chicos muy bien vestidos andaban de un lado a otro con un porte alto, digno de personas que no le tenían miedo a la vida. De hecho, si la vida fuera una persona de seguro que le tendría miedo a ellos. El aura que emanaban le transmitía un insano impulso de postrarse en el suelo ante sus apisonadoras presencias y besarles sus brillantes y caros zapatos de Gucci.

Qué mal, veinte minutos en la escuela y ya se había quedado petrificado en medio del pasillo, temblando como un perrito asustado y con un dolor de estómago que solo crecía por segundos.

Algunos alumnos se paraban y cuchicheaban sobre él, tachándolo de alguien extraño y sospechoso. ¡Acababa de llegar y ya iba a convertirse en un paria social! «El chico pobre y rarito de primer curso que solo sabe temblar y cagarse en los pantalones», así es como le iban a recordar. Esa era la frase que saldría junto a su foto del anuario el día de su graduación.

Qué horror. Qué horror. ¡Qué horror!

―¡N-No me voy a cagar en los pantalones! ―su propio nerviosismo le traiciona y lo que se suponía que era un grito interno para alentarse se convierte en una exclamación en alto que llama la atención de todo ser andante que se encontrara a treinta metros cerca de él.

Si no la había fastidiado hasta ahora, después de eso no le iban a tocar ni con un palo.

¡Qué vergüenza! ¿No podría escabullirse y esconderse detrás de una cortina hasta que pasase todo? La gente se estaba alejando de él, se pegaban a la pared y buscaban mantenerse lo más lejos posible para no rozarle.

Se está mareando. Un sudor frío recorre su cuerpo. Tiembla como si le fuera a dar un ataque epiléptico y mira a ambos lados moviendo el cuello de forma mecánica, pensando en la manera en la que arreglar su lapsus verbal.

―A-ah… N-No… Yo… Esto… Yo…

Pensaba en dar algunas explicaciones estúpidas para salir del paso, pero las miradas que creía iban dirigidas hacia su persona no estaban posadas en él. Miraban más allá del pasillo, por fortuna. ¿Habría aparecido el director? ¿Un profesor? Bueno, da igual lo que sucediera. Eso no le importaba. Lo que tenía bien claro era que se trataba de una oportunidad que no podía desperdiciar. Algún dios benévolo en el cielo le estaba brindando un momento perfecto para desaparecer de ese campo de batalla y ocultarse detrás de una maceta lo que le quedaba de día.

Ya había trazado su plan de escape. Estaba dispuesto a salir corriendo de allí como si la vida le fuera en ello. Era fácil. Girarse y echar a correr. Darse la vuelta y mover las piernas lo más rápido que pudiera hasta que dejaran de responderle.

Pero su táctica aparentemente sencilla se ve truncada en el primer paso, en el momento de voltearse. Su cuerpo rebota contra una masa sin identificar y retrocede unos pasos, aturdido. Había chocado contra algo. No, mejor dicho, contra alguien.

Los cuchicheos aumentan en número e intensidad: «Se ha chocado contra él», se escuchaba tras su espalda. «Ese chico no saldrá vivo», murmuraban imprudentemente.

Hinata no se había percatado por el nerviosismo, pero el pasillo había sido despejado, no porque le tuvieran asco y quisieran alejarse de su ataque de pánico, sino porque estaban abriendo un camino para la persona que tenía frente a él. Un sujeto que estaba generando mucha expectación, la suficiente como para que el resto de niños repipis que antes parecían andar con una presencia poderosa se hicieran a un lado para no incomodar a ese sujeto.

Igual que vasallos en presencia de un rey.

―¡A-AH! ¡LO SIENTO! ―Hinata lo exclama como si la vida le fuera en ello. Su barriga había dejado de doler, mas sus sensores anti-bullying le alertaban de que ese tipo era peligroso. Corría un riesgo mayor a la humillación, su integridad física estaba en juego.

Alto. Atractivo. Cabello negro. Tez blanca y perfecta. Ojos profundos y penetrantes. Ceño fruncido. Labios ligeramente levantados, mostrando una expresión de desagrado.

Tenía toda la pinta de ser un señorito soberbio que se las daba de poderoso. Sin embargo no es eso lo realmente que le llama la atención. Había algo que no encajaba.

De hecho, eran dos las cosas que le descolocaban de esa persona:

Primero, la manera tan vulgar en la que iba vestido.

Y segundo, la corona y la capa de rey que portaba con sumo orgullo.

¡¿Por qué demonios un tipo atractivo que iba vestido como un zarrapastroso estaba usando una corona y una capa de rey?! ¡¿Qué clase de ironía era esa?! ¡¿Le estaban tratando de confundir?! ¡¿Era una prueba?! ¡¿Una novatada?! ¡¿Qué era eso?!

El chico no aparta la vista de él. Lo observa desde arriba con un semblante serio, intimidante. Hinata llega a pensar que estaba buscando los puntos más frágiles de su cuerpo para que los golpes que le iba a propinar dejaran marca.

En un acto involuntario, Hinata adopta una postura defensiva y cierra los ojos con fuerza. Si tenía que pasar, que pasara rápido.

―Humph ―el chico alto resopla con pesadez y aparta la mirada con molestia―. Lo que hay que ver…

Tal y como si se hubiera cruzado con una colilla tirada en medio de la calle, observa al chico con indiferencia y continúa su camino.

Hinata se queda más petrificado de lo que ya estaba. Esta vez no por el pavor que la situación podía haber generado en su diminuto cuerpecillo, sino porque ese sujeto, que era el que más desentonaba en el lugar -incluso más que él-, le había despreciado como si fuera un rarito. ¿Quién era para criticarlo cuando estaba claro que ese tipo era más extraño y sospechoso que él?

―Tú sí que deberías mirarte en un espejo... ―una vez más, las palabras que deberían de haberse quedado en su cabeza se reproducen hacia el exterior. Hoy su cerebro y su lengua no estaban demasiado coordinados.

―¿Qué?

Y para empeorarlo aún más, lo había dicho con la suficiente fuerza como para que sus palabras llegaran a oídos de ese tipo tan siniestro. Ya podría esconderse bajo tierra. «Maldita seas, Shouyou, sales de un fregado para meterte de cabeza en otro», piensa.

―D-Digo que… ―no lo digas― …Que estaría bien si te miraras a un espejo… ―no, Hinata. Frena. No vayas por ese camino. Para― …antes de decirle esas cosas a los demás.

Deseaba morir. Era la única explicación razonable para buscarle sentido a lo que acababa de pasar.

No solo el chico de mirada intensa le observa con perplejidad, sino que todo ser racional que hubiera escuchado su osadía le observa como si hubiera soltado la injuria más desagradable jamás profesada en la historia de la escuela.

―¿Quién es ese renacuajo? ―susurra uno de los chicos que observaba la escena con los ojos muy abiertos.

―Oye… ¿en serio le ha plantado cara a Kageyama?

―Es el nuevo. El niño pobre. Me parece que no sabe cómo van las cosas aquí.

―Pobre enano. Ha tenido una vida muy corta. Tan corta como su estatura.

Le están llamando pobre y enano en sus narices y no puede reprocharles. Ganas no le faltan, pero no podía hacerlo cuando el sujeto al que acababan de nombrar como Kageyama se estaba girando hacia él lentamente, esbozando una expresión que ni en sus peores pesadillas podría haber imaginado.

―¿Y quién te crees tú para hablarme así, eh? ¿Quién te crees que eres, maldita escoria, para reprocharme?

Daba miedo. Mucho miedo. Demasiado miedo.

Pero si huía ahora… ¿no estaría dándoles la razón a todos? ¿Acaso no tenía en mente soportar y plantarse ante los que intentaran ridiculizarse? Eso es. Hinata Shouyou no era un cobarde. Podría asustarse, pero no acobardarse. Si dejaba que se rieran de él, sufriría acoso lo que le quedaba de curso.

Tiene miedo. Pero también hay coraje recorriendo sus venas. Podía plantarse frente a ese tipo.

Total, para lo que ya había dicho probablemente estuviese muerto. ¿Por qué no empeorar las cosas un poquito más?

―¡Alguien con la suficiente decencia como para no ir haciendo el ridículo por la escuela! ―eso era muy relativo, pero sonaba jodidamente guay― ¿O no te das cuenta de que te ves estúpido con eso puesto? ¿Por qué vas con una capa? ¿Y la corona? ¿No te da vergüenza?

De seguro el sonido de algo resquebrajándose debía provenir de los fuertes pisotones que ese chico estaba propinándole al suelo con cada paso que daba. En pocos segundos Hinata tiene frente a él a esa mole que le sacaba al menos una cabeza de altura. Si ya se sentía pequeño, ahora que lo tenía frente a sus narices -con el añadido de que lo observaba con una expresión de ogro furioso- podría decirse que se veían igual que una hormiga frente a un gigante.

Esta vez no se libraría de un buen golpe.

―Te reto a un duelo.

―¿Eh?

¿Un duelo? Pero bueno, ¿que no se supone que estaban en una escuela pacífica y refinada? ¿Cómo serían los duelos? ¿Cómo en las pelis del oeste donde dos vaqueros daban diez pasos antes de girarse y disparar?

Le reconfortaba saber que no le golpearía -por el momento-, pero el pelinaranja no consigue tranquilizarse del todo al escuchar como los chicos a su alrededor seguían murmurando preocupados y algo sorprendidos.

―Le ha retado a un duelo. Está condenado.

―Nadie supera a Kageyama en sus duelos. Pobre chico.

―Sí, pobre retaco.

¿Por qué lo hacían sonar como si fuera a morir? ¡Que están en una maldita escuela, se supone que matar gente está prohibido! O eso quiere pensar… A saber si esos repipis se entretenían cazando a otros alumnos. Inquietante.

―Si no aceptas serás el hazmerreír de toda la escuela, enano.

―¡P-Para tu información me llamo Hinata!

―¿Hinata no es nombre de mujer?

―¡ES MI APELLIDO! ¡Y ES UNISEX! ―el tal Kageyama le está sacando de sus casillas. Le da la sensación de que existe exclusivamente para meterse con él.

―Como sea, Hinata ―acentúa su nombre con desagrado― Elige: aceptar el duelo como un hombre o huir ileso como un gallina.

La respuesta estaba clara. Con un leve sonrojo debido a la ira contenida por haberse burlado de su nombre y con un tono de voz demasiado alto, exclama:

―¡ACEPTO EL DUELO!

Visto cómo era el lugar y las condiciones de las personas que allí estudiaban, Hinata creía que se enfrentarían con espadas en un duelo de esgrima, o quizá algo más sofisticado como un juego matemático o un rompecabezas que deberían resolver en el menor tiempo posible.

Es por esto mismo que se sorprende cuando el tal Kageyama le lleva al exterior, hacia donde se alzaban los cinco recintos que se usan como gimnasios de deportes.

―Eem… ―vale que hubiese intentado hacerse el machote delante de esa mole, pero eso no quitaba que le siguiera teniendo bastante miedo. No sabe cómo dirigirse hacia él―. ¿No vamos a luchar con espadas? ¿O con ecuaciones? ¡Ah no, olvida lo de las ecuaciones! ―era horrible en matemáticas. Mejor no darle ideas.

―¿Qué rayos dices, basura? ―un grupo de gente les había seguido hasta la puerta del mismísimo gimnasio. Mirones que de seguro esperaban ver la técnica con la que fulminaría a esa cabeza de zanahoria. No los iba a echar, pero resultaban bastante molestos cuando estaban allí sin tener nada que ver en su pleito―. Odio las matemáticas, solo sirven para saber cuánto hay que pagar al comprar una cosa.

―Ese es un pensamiento un tanto triste… ―que también creía algo así, pero todo fuera por quedar guay delante de él. Se ha percatado de que, cada vez que le planta cara, más alumnos se suman a ver el espectáculo y le observan como si fuera todo un valiente. A lo mejor la situación no era tan mala como creía, podía sacarle provecho y convertirse en ese chico que le plantó cara al tipo raro vestido de rey―. ¿Y qué demonios vamos a hacer entonces, K… Ka… Cómo sea que te llames?

El pelinaranja se sorprende sobremanera al darse cuenta de que Kageyama volvía con lo que parecía ser una pelota de vóley. ¡Imposible! Se niega a aceptar que ese chico también jugara a algo tan sagrado como el voleibol.

―No es la primera vez que ves una de estas, ¿no?

―¡¿C-Cómo lo sabes?! ―actúa a la defensiva―. ¡¿A quién le has preguntado?! ¡¿Cómo sabes sobre mí?!

El moreno pasa a su lado y agarra un llaverito en el que estaba escrito en letras mayúsculas "I LOVE VOLEYBALL" adornado con algunas pelotas características de ese deporte que colgaba de la mochila del chico. Luego observa a Hinata preguntándose si de verdad le había hecho esa pregunta tan estúpida. Prefiere ignorarla y proseguir con su duelo de hombres.

―Te lo explicaré solo una vez, así que presta atención ―le enseña la pelota con desdén―. Juego al voleibol como armador. Nadie hasta ahora, absolutamente nadie, ha conseguido golpear uno de mis pases rápidos. Haremos esto: Si lo golpeas, habrás ganado; si no lo consigues, perderás y serás comparable a un mísero saco de porquería apestosa. ¿Lo has entendido?

―¡Eso es ofensivo! ―frunce el ceño. Okay, solo debía golpear su pase. Aunque había dicho que nadie le había podido dar antes. Bueno, ¿y qué? Él sería la excepción. Podría haber propuesto algo más complicado; agradece, a duras penas, que a ese impresentable también le interese el vóley―. Está bien ―acepta.

Hinata se deshace de su mochila y la acomoda tímidamente en el lateral del muro del gimnasio. Vuelve corriendo y le mira con el ceño fruncido acompañándola con una expresión de luchador imbatible.

―¿Qué demonios es esto? ―Kindaichi se abre paso entre la agrupación de personas para averiguar lo que quiera que estuvieran viendo. Kunimi iba tras él, aunque no se preocupa mucho de si va a su ritmo o está más atrasado.

Kageyama se gira hacia ellos en cuanto se percata de su presencia entre la masa de gente.

―Vosotros dos, ayudadme con este enano. Levantadme la pelota para armar.

―¡¿Ah?! ―el moreno había encontrado a otra víctima. Pobre desgraciado―. ¿Para qué si va a pasar lo de siempre? Deja de molestar a niños pequeños.

―¡Hazle caso, cabeza de nabo! ―bufa Hinata bastante molesto. No han parado de meterse con su estatura. No tiene la culpa de ser más bajito que la media, si por él fuera mediría tres metros o más―. ¡Lánzale la pelota, no tenemos todo el día!

A Kindaichi no le hacía ninguna gracia tener que cumplir los deseos de ese señoritingo. Después de años siendo parte de su séquito de mayordomamigos -palabra inventada acuñada por él mismo- al fin había conseguido quitárselo de encima. Volver a revivir esas situaciones era molesto.

Kindaichi no se mueve, así que finalmente es Kunimi quien recibe la pelota para ser lanzada. El chico consigue una mirada de reproche de su compañero, seguramente porque Kindaichi quería que pasara también de Kageyama. Solo era levantarle la pelota, no le suponía un problema muy grande. Además, sería gracioso ver cómo el armador fracasaba nuevamente en encontrar a su alma gemela de pases rápidos.

―¿Estáis listos? Voy a lanzarla ―avisa tratando de llamar la atención de los dos chicos.

―¡Adelante! ―exclaman ambos adoptando sus posiciones.

La pelota es lanzada en el aire en dirección hacia el moreno. Hinata lo observa fijamente. Saltar y golpear, era fácil. Había practicado y sabía cómo hacerlo. Aunque no lo había hecho las suficientes veces. ¿Y si saltaba y no llegaba? No, llegar era lo de menos, la cosa era que ese tipo había dicho que nadie podía golpear su pase. ¿Sería por su fuerza? ¿Y si le arrancaba la mano? ¡Necesitaba sus manos pegadas al resto de su cuerpo, maldición!

Cuando el pelinaranja quiere darse cuenta, Kageyama ya había puesto la pelota y él tan siquiera se había movido un centímetro de su sitio.

―Ah… ―palidece―. ¡Yo… estaba desconcentrado, perdón!

―¡¿En qué carajos estás pensando que es más importante que un duelo de vóley, eh?! ―el moreno va hacia él y le da un golpe en la frente―. Espabila. Si pierdes, te volverás mi esclavo y deberás cumplir todas mis órdenes.

―¡¿Esclavo?! ―Hinata se espanta―. ¡No habíamos dicho nada de esclavos!

Kageyama no responde. Le devuelve la pelota a Kunimi y este la sujeta y hace botar en lo que se prepara para lanzarla.

―Presta atención, enano. Es tu última oportunidad.

¿Última oportunidad? ¿Esclavo? Ya no le hacía tanta gracia el maldito duelo. ¿Y si se retiraba con el rabo entre las piernas? Se iría como un cobarde, pero al menos sería un cobarde libre.

Demasiado tarde para rendirse. La pelota ya estaba en el aire y Kageyama posicionaba las manos sobre su cabeza para colocarla. No puede huir ahora, sería aún más patético si ni siquiera lo intentaba.

Hinata respira acelerado. Su cuerpo comienza a moverse como si fuera impulsado por ráfagas de destellos eléctricos. Corre con todas sus fuerzas hacia el lado derecho del moreno, rebasándolo, y salta con todo lo que tiene. El moreno aún no había puesto la pelota, lo que le hace pensar que lo había hecho demasiado pronto. Pero la pelota aparece frente a él como por arte de magia, en milésimas de segundos. Si no hubiera vacilado, la pelota habría sido golpeada al completo. Aún así consigue darle, aunque no con todas las fuerzas para hacer un remate efectivo.

Pero le había dado.

Kindaichi abre los ojos y se acerca a Kunimi sin poder creerse lo que acababa de presenciar.

―Le ha dado ―impresionado, le es imposible parpadear―. Ha golpeado el pase asesino de Kageyama.

Los espectadores también murmuran completamente sorprendidos. Hinata se percata de esto quien, aún observando su mano, va dibujando una amplia sonrisa en su rostro.

―¡Lo he hecho! ―exclama― ¡Lo he conseguido, sí! ¡Chúpate esa, imbécil…!

Hinata no dispone de mucho tiempo para celebrar. El moreno se había acercado a él a una distancia increíblemente incómoda. Debe estar cabreado por haber perdido, su victoria podría desembocar en una pelea de verdad.

Ay dios, va a morir.

Hinata se tapa el rostro con los brazos y cierra los ojos, de nuevo preparándose para recibir un golpetazo. Abre levemente los ojos al cabo de unos pocos segundos, cuando empieza a pensar que estaba exagerando y no le iba a golpear. Kageyama seguía ahí, inclinado hacia él para que sus rostros estuvieran lo más cerca posible. Había algo raro en la expresión de ese chico.

Sus ojos brillaban con luz propia.

―Tú ―dice en un tono excitado―. Vas a ser mi esposa.

Ese día, Hinata Shouyou supo que la peor decisión de su vida había sido entrar en esa academia de repipis extravagantes.

Y ahora sí que no podía dar marcha atrás.


No debería empezar ninguna historia cuando aún estoy con otro proyecto entre manos, pero... Bueno, digamos que lo que acabáis de leer es producto de un borrador que me dedico a rellenar con tonterías e ideas inconclusas que no puedo meter en mi otro fic por razones obvias xD Vamos, que esto ha surgido (y dicho un poco a lo bestia) de los desechos que no me han convencido retocados un poco para que queden divinos y llevados a una idea general que he querido probar desde hace un tiempo.

Iré avanzando esto cada vez que me sienta bloqueada y quiera escribir un par de tonterías para activar mi maltrecha imaginación.

Bien, y en cuanto a otras aclaraciones, para este Kageyama me he basado en la imagen que se le da en el manga de Let´s Haikyuu!, donde siempre se le ve usando corona y cetro allá donde va. No sé vosotros, pero la imagen de un Kageyama vestido a lo simplón pero con corona y capa andando con presencia gloriosa me resulta algo muy cómico (?)

Poco más que añadir, un saludo y espero que hayáis podido disfrutar de esta cosa.

¡Hasta pronto~!