Disclaimer: El maravilloso universo de Haikyuu! sigue perteneciendo al todopoderoso Haruichi Furudate, eso hasta que dé un golpe de estado en su estudio y, como nueva diosa omnipresente de su universo, motive una guerra santa entre los seguidores de Asayisus y los admiradores de la doctrina fisicoculturista de los bara-brazos de Iwa-chan.

Advertencias: Reformas, bolas de discoteca, revelaciones familiares, colchones, pantalones cagados, Hinata haciendo hamijos por el mundo y magdalenas que corren peligro de quedar chamuscadas.


Capítulo V: Hoy por ti, mañana por mí

Un jueves a las tres de la tarde, en cualquier otro lugar del globo terráqueo, era sinónimo de siesta. Un buen descanso después del almuerzo sentaba de maravilla, siempre que no fueras un chico hiperactivo repleto de vitalidad y ganas de cumplir tus objetivos.

Hinata Shouyou, ahora miembro vitalicio y vicepresidente del "Club de Kageyama", tenía muchos asuntos pendientes en el gimnasio especializado para jugar voleibol. Junto a Kageyama, ambos se habían dedicado a restaurar el recinto casi al 90% para hacerlo habitable, o por lo menos para que quedara bonito a la vista. Las telas de araña habían sido removidas, no sin que al pelinaranja le dieran hasta cuatro mini-infartos por encontrarse frente a frente con los encantadores arácnidos; el suelo, impoluto, brillaba cuando la luz del sol se colaba por los ahora limpios cristales de las ventanas. Y el aire se había renovado y era respirable, las partículas de polvo habían volado lejos gracias a la agradable brisa que entraba desde la puerta principal.

Poco se podía hacer con el material de voleibol. No eran inservibles, pero tenían un aspecto lamentable. Aún así, solo eran pequeños detalles sin importancia; mientras se pudieran usar y las pelotas rebotaran, no pedía nada más.

Y aunque estuviera bien con ello, Kageyama no estaba conforme con su decisión. Habían tenido una pequeña discusión, y todo porque el moreno insistía en que sus delicadas manos debían tocar las mejores pelotas de cuero -y se culpa muchísimo por haber malpensado con esa frasecita-. No era necesario, y se lo repitió hasta llegar a los gritos.

Al final Kageyama se había ido bastante molesto, bufando y profiriendo insultos nada agradables por lo bajo.

Hace ya media hora de eso, se pregunta dónde estará…

―Uno, dos… ¡Hoop! ―de un salto, agarra un cartel amarillento que estaba pegado en la pared por a saber cuánto tiempo y lo arranca, dejando en la pared una marca que delataba la suciedad que se había acumulado en el muro por esos años.

Permanece mirándolo en silencio, tratando de imaginar qué clase de cosas alucinantes podría contarle ese pedazo de papel viejo si pudiera hablar. La de historias geniales que le contaría, relatos sobre la evolución del equipo de voleibol y los años en los que el Pequeño Gigante se paseaba por el gimnasio. E incluso aquello que Kageyama hacía en soledad, apartado del resto de la humanidad.

Si lo pensaba detenidamente, había tenido muchísima suerte. El único motivo que le hacía aferrarse a sus casi extintas ganas de permanecer en la academia era la estela que había dejado su ídolo de infancia a su paso.

El Pequeño Gigante había entrenado en ese mismo lugar.

Sus latidos se aceleran y sus ojos chispean, admirando la pista frente a él.

Qué sensación tan grande. Qué privilegio. ¡Qué emoción! ¿No habría quedado algún cabello de su reluciente melena oculta en las rendijas del suelo? Era muy posible.

Necesita un maldito pelo del Pequeño Gigante para aumentar su colección...

―¿Qué haces?

Hinata pega un brinco y se levanta del suelo. No podía aparecer en otro momento, ¿no? Tenía que venir cuando hacía el ridículo, si no es que no se queda tranquilo.

Ya de por sí era vergonzoso que Kageyama lo encontrara llevando su fanatismo a límites enfermizos como para además tener que explicárselo.

Por suerte no está obligado a responderle. Y no porque el chico no le fuera a insistir, que sería lo más probable, sino porque en esa situación quien más derecho tenía a preguntar lo que pasaba era él.

Y si Kageyama no le respondía, que le respondiera alguno de los casi treinta hombres enchaquetados que le seguían.

Los acontecimientos raros atacan de nuevo.

―¿…Quién es esa gente?

Por un momento Kageyama se ve confuso, eso hasta un halo de luz ilumina su rostro y recuerda lo que estaba haciendo.

―Ah, sí. Cierto ―se gira hacia ellos y, con un grácil movimiento de cabeza, les invita a pasar al gimnasio―. Es aquí. Colocad la red y dejad las pelotas en aquel cesto. El sector B que arregle la puerta de los vestuarios y los del sector C traed las escaleras para cambiar el cableado. Quiero luces LED, reflectores en las esquinas y amplificadores por toda la cancha. Y una bola de discoteca. Me gustan las bolas de discoteca.

Los individuos obedecen sin rechistar y se ponen manos a la obra, cumpliendo las órdenes de Kageyama. Eran tíos de casi dos metros, daban muchísimo miedo.

Mira al moreno muy nervioso, esperando la dichosa respuesta. No le había hecho caso, seguro que ya ni recordaba su pregunta.

―Kageyama ―llama su atención e insiste―, ¿quiénes son?

―Pues no lo sé. He hecho unas llamadas y ahora son mis criados. Nos van a ayudar con la parte más difícil de la reparación ―enmudece y, después de pensárselo un poco, añade―. Puedes quedarte con uno si quieres. O dos. Como veas.

Rebobina. ¿Cómo? ¿Qué? ¿Criados? ¿Qué?

Demonios, lo había olvidado. No estaban en una academia normal, y mucho menos con adolescentes ordinarios. Con todo el embrollo de Kageyama y sus quebraderos de cabeza existencialistas había olvidado que la gente que le rodeaba eran chicos de bien, ricachones con mucho poder y con apellidos de suficiente reconocimiento como para lograr cualquier cosa que quisieran, inclusive lo de tener gorilas como criado-carpinteros.

Pero eso no quita que fuera impresionante. Había como treinta hombres trabajando en diferentes tareas; y en lo que tarda en formular una respuesta inteligente que no se limitara a un "Dónde carajos me he metido", algunos ya salían con su trabajo completo y desaparecían en la lejanía del patio exterior.

―¿Se puede saber cuánto dinero tienes?

Kageyama encoge los hombros. Siempre encogía los hombros cuando le hacía preguntas sobre su vida, como si no supiera nada. O como si no quisiera saberlo. Eso no debía ser bueno.

―No sé. El dinero no es mío, son mis padres los que me lo dan. ¿Conoces la Corporativa .G?

Hinata retrocede dramáticamente, impactado.

―No puede ser…

¿Qué si la conocía? ¿A la mayor empresa en el sector deportivo, creadores de muchos de los más importantes estadios a nivel nacional y con un alto prestigio incluso a nivel mundial? ¡Claro que la conocía! Estaban metidos en cualquier negocio que estuviera relacionado con los deportes. Desde marcas de ropa, gestión de materiales deportivos, anuncios y propaganda de futuros eventos, promoción de equipos, construcción de centros especializados e incluso tenían sus propios productos energéticos. Si la empresa se fijaba en un deportista, lo más probable es que llegara muy, muy, muy lejos.

Es la misma empresa que dio el empujón al Pequeño Gigante hacia el estrellato.

―Mi tatarabuelo la fundó como una pequeña tienda aquí, en Miyagi, hace casi dos siglos. Mi bisabuelo consiguió hacerla la número uno a nivel regional y mi abuelo la condujo hasta ser la potencia que es hoy en día... ―Hinata se había quedado blanco como el papel― ¿Qué?

―¡E-E-E-E-E… ―le es imposible articular palabra. Lo intenta, de veras que lo hace, pero cada vez que la frase se forma en su cerebro, su lengua se asegura de convertirla en un revoltijo de consonantes sin sentido―… ERES… DE .G… HIJO… TÚ!

―Uuummm, sí. Todos lo saben. No es muy complicado. La K y la G vienen del apellido Kageyama. Ya sabes, Ka Geyama, K. in .G. Es un poco estúpido… Eh, tú, la bola de discoteca que esté centrada. ¿Eso es el centro? No, ¿verdad? Pues al centro. O haces bien tu trabajo o te despido. ¿Sabes qué? Mejor vete, no me sirves ―no le da demasiada importancia al tema, así que cuando devuelve la mirada a Hinata cambia la conversación―. No elijas a ese, no tiene cara de ser muy buena chacha.

―¡SEÑOR! ¡QUIERO DECIR, DON KAGEYAMA! ¡NO… NO SÉ CÓMO LLAMARTE, AAH!

Hinata no era bueno hablando con eminencias. Y Kageyama había pasado de ser un tipo raro y algo cabezota a ser el ente más poderoso que ha conocido en toda su ridícula existencia.

―Llámame Kageyama, idiota. No te compliques la vida.

Sonaba sorprendentemente molesto. Al principio le cuesta notarlo porque Kageyama era muy de hablar como si el universo tuviera algo en su contra. Pero hay una ligera diferencia a cuando habla normal o está molesto de verdad. El número de arrugas en su entrecejo aumentaba. No es que estuviera todo el rato observando el ceño del moreno, solo es un detalle del que se había percatado en el tiempo que habían compartido, y era bueno tenerlo muy en cuenta para escapar de posibles ataques de ira futuras.

―Es que me has sorprendido... ―responde de la forma más sincera que puede― No pareces hijo de multimillonarios.

―¿Y se puede saber qué parezco?

Pues con sus pintas de pordiosero, esa camiseta de gimnasio malgastada, la corona y su capa que ya las sentía como prolongaciones de su cuerpo, sumado a su cara de mala leche…

―…de todo menos multimillonario ―dice de nuevo― ¿Por qué no hiciste esto antes? Llevas entrenando en este gimnasio un par de años ya, ¿no? ¿No habría sido mejor reformarlo? Habría venido más gente.

Los hombres que colocaban la red y arreglaban los tablones rotos habían concluido su tarea y se iban a saber dónde. Los únicos que faltaban eran los que se encargaban de arreglar las luces, y no parece que les quede mucho para acabar.

―No quería que la gente viniera por lo que hubiera en el gimnasio.

El don de Kageyama para hacerle sentir responsable de su felicidad era un mal impredecible a la par que molesto, y aunque lo sabía no se podía resistir a la pena que le daba su fracaso en relaciones personales.

Es que le daban ganas de abrazarlo y decirle que todo estaría bien…

No va a hacerlo, obvio.

―Además, me gustaba este sitio tal y como estaba.

―¿Lleno de mugre y telas de araña?

―Era mi mugre. Y mis arañas. No te metas con Micah, Marouf y Tobio Jr.

Hinata estalla en risas, se esperaba cualquier respuesta menos esa.

―¿Les has puesto nombre? ¿En serio?

―¡Sí! ―la carcajada de Hinata consigue hacerle sonrojar por la vergüenza― ¡¿Algún problema?!

―¡No, ninguno! ―trata de contener su risa por el bien de su integridad, pero era algo tan inaudito viniendo de Kageyama que resultaba hasta simpático―. No te veía como un tipo que bautizara animales. Sabes, es tierno.

Tierno. Había relacionado a Kageyama con otro adjetivo embarazoso.

Un tío enorme con cara de estreñido no podía ser tierno. Si por ejemplo su hermanita jugara a poner nombres monos a unas hormigas y las defendiera como si fueran sus amigas, eso SÍ sería tierno.

Y era tierno porque su hermana no llegaba a los siete añitos. Kageyama era un mastodonte de metro ochenta en sus quince. No podía sentir el mismo tipo de ternura.

O sí. O no. A saber, su cabeza estaba hecha un cacao.

Lo único seguro es que, tras sus palabras, su cara se enciende con igual o más potencia que los LED que justo acababan de instalar los criados del moreno. A ese ritmo se ve capaz de freír un huevo usando la temperatura de su rostro.

―B-bueno… Te gustaba el sitio, vale. ¿Por qué te ha dado por reformarlo ahora? ¿Y a qué viene lo de los criados? Podrías haberlos llamado antes, así nos habríamos ahorrado tres días de limpieza.

―Quería pasar tiempo contigo.

¡Tierno, era demasiado tierno!

―Joven amo Kageyama, las luces están instaladas. El sistema de amplificadores también está colocado, solo queda encontrar una computadora a la que conectarla. Puede insertar un dispositivo USB si gusta. Además, creemos que es conveniente añadir un sistema automático de persianas para limitar la entrada de luz solar y así no dañar sus córneas.

Kageyama mira al hombre como si le estuviera hablando en chino. Aún sin entender la mitad de lo que le había dicho, acepta.

Los hombres se alejan, recogen sus utensilios de electricistas improvisados y desaparecen de su vista, dejándoles solos.

―¿Qué te parece? ―Hinata estaba muy disperso. Kageyama se niega a pensar que fuera por decirle quién era su familia. Lo cual era una tontería a la que no quería dar más importancia de la que tenía. Por eso trata de evadir todas las reacciones raras del pelinaranja para centrarse en lo que les concernía― ¿Te gusta? Ha quedado bastante bien.

Hinata parpadea, recobrando la tonalidad de su piel, y observa el pabellón. Lentamente sus labios dibujan una amplia sonrisa, tan radiante como el mismísimo Sol.

Vale que no hacían falta nuevos materiales deportivos, pero esa red tan bonita alegraba su corazón. Y el olor a pelotas nuevas no era algo que pudiera ignorar tan fácilmente.

―Parece una cancha de verdad.

―ES una cancha de verdad ―corrige― Y es toda nuestra.

Ese pronombre producía un cosquilleo extraño en su estómago. Sus ojos se cruzan con los del moreno, miradas furtivas que decían mucho más que cualquier comentario u onomatopeya. Hinata no tiene palabras para expresar la felicidad que surca su cuerpo.

Incapaz de corresponder su comentario con una respuesta sólida, corre hacia la cesta al otro lado de la cancha y lanza una pelota por los aires con el deseo de que Kageyama reaccionara.

Y lo hace, la pelota rebota en sus antebrazos y se eleva sobre sus cabezas.

No es como si no hubiera jugado antes al vóley con sus amigos, o que nunca haya entrenado en una cancha de verdad, pero por algún motivo alcanzar las pelotas enviadas por ese chico le ponía de muy buen humor.

Durante un rato en sus cabezas solo existe la misión de "no dejar que el balón toque el suelo". Levantándola, recibiendo y rematando, cada movimiento se volvía una conexión importante que los ensimismaba y evadía del mundo real.

Aunque luchaban por no perder frente al otro, el vínculo en cada pase se volvía más resistente. Hasta el punto de que ambos dibujaban una sonrisa estúpida en su rostro. Y esa mueca en Kageyama era digna de ser disfrutada.

Puede que fuera su sonrisa la que le estuviera poniendo de tan buen humor.

―Con esa van 18 a 6. ¿Admites ya tu derrota?

―¡Maldición! ¡No es justo, tienes los brazos y piernas más largos que yo! ¡Es más difícil que pierdas las pelotas!

― ¿No será que soy muy bueno y tú un paquete?

―Te lo tienes muy creído ―reprocha recibiendo la pelota. Pero en vez de elevarla, la agarra con las manos y para de golpe el juego.

Kageyama arquea las cejas, posiblemente preguntándose por qué había decidido detenerse ahora. Su cara refleja duda y confusión, todo maquillado tras los ojos rasgados y nariz ligeramente arrugada, dando la sensación de que estaba molesto con él.

―Ya ha atardecido ―comenta mirando hacia la puerta del recinto. Kageyama se gira, no porque dude de la veracidad de las palabras de Hinata, sino porque el tiempo se le había pasado tan rápido que no sentía que fuera tan tarde―. Oye…

El moreno devuelve su mirada hacia el pequeño y ladea levemente la cabeza, prestándole atención. Hinata juega con la pelota, haciéndola girar sobre su dedo y manteniendo el equilibrio durante un rato. Y cuando parece que se le va a caer, la sujeta con ambas manos, aunque inclinándose de forma no muy elegante.

―Me lo he pasado bien ―confiesa mostrando un falso desinterés que respalda observando la textura lisa de su balón de vóley―. Creo que podría acostumbrarme.

Kageyama no reacciona, y eso le da algo de miedo. No es la primera vez que lo dice, pero está bien recordarlo de vez en cuanto: aunque tuviera más confianzas con él que las que habían al principio, seguía imponiéndole y dándole la sensación de que es un matón en potencia. Tiene que estar alerta para lo que pase, el moreno solía enfadarse repentinamente por nimiedades, así que sus barreras estaban activadas casi las 24 horas del día.

No obtiene respuesta, quizá porque Kageyama no le había escuchado. Que puede ser, había hablado mirando hacia otro lado, evitando el contacto visual. No es que le diera vergüenza expresar su sentimiento, pero… Bueno, no es algo que tenga ganas de debatir ahora. Simplemente se ha sentido cómodo, y no quiere que esa comodidad desaparezca por decirlo en alto.

Decide girarse para ver lo que el moreno estaba haciendo, y al hacerlo se topa con el pecho de su compañero.

Frente a él, imponente y alto cual poste eléctrico, lo observaba desde arriba con una cara que podría inducir pesadillas en cualquier niño pequeño. Que no bajito, no es lo mismo, no entra dentro del saco.

―¿Te gusta estar aquí?

Hinata traga saliva, en verdad piensa que le golpeará si se descuida. Con el labio tembloroso, responde:

―…S-Sí.

No lo odiaba, tampoco le encantaba. Así que gustar era el término más apropiado.

La expresión de Kageyama no cambia ni un poco, y eso que sería muy apropiado para lo que pretendía. Así, sin pronunciar una sola palabra, y mucho menos bajando las barreras de hostilidad que parecían estar siempre activas, extiende los brazos hasta formar una cruz con su cuerpo y se queda inmóvil.

Desde que los abrazos se habían vuelto cotidianos, tuvo que poner ciertos límites para que Kageyama no se sobrepasara. La regla principal era si quieres un abrazo, seré yo quien te lo dé. Así evitaba momentos incómodos y asaltos de amor gratuitos frente a otros compañeros.

Le gustaba abrazarle, era como darle mimos a un Dóberman muy grande y dócil.

―Pensaba que lo sabías ―dice, atrapando el cuerpo del moreno entre sus brazos y rodeándole por el pecho.

En cuanto toca su cuerpo, los brazos de Kageyama se cierran mecánicamente, apresándolo y completando el abrazo.

Al tener la cabeza del chico sobre su hombro, su respiración chocaba contra su cuello y su cabello acariciaba su oreja produciéndole unas agradables cosquillas.

Surgía de forma tan natural que el nerviosismo había desaparecido hace mucho. Al menos con ese tipo de contacto, que lejos de ser brusco y frío era muy cálido y confortable.

El pelinaranja arrastra su mano por la espalda de moreno y da golpecitos suaves, no solo a modo de aliento, sino también para llamar su atención. Su objetivo se cumple, Kageyama sacude levemente la cabeza, prestándole su atención.

…Sí que podía llegar a ser un poco tierno.

―¿Estás feliz?

―Claro ―responde sin dejar un segundo entre la pregunta y su contestación―. Tengo un montón de pelotas nuevas y a mi esposa junto a mí, ¿qué más podría desear?

Hinata separa al moreno de golpe y, desde lo más profundo de su ser, lamenta haberle preguntado.

―Te dije que no me volvieras a llamar así.

―Cierto. Rectifico: Tengo un montón de pelotas nueva y a mi cónyuge junto a mí.

―¡Es lo mismo!

Kageyama le observa sin pestañear, aguantando una guerra de miradas con el pelinaranja.

―Consorte.

―Olvídalo ―desiste.

Aún está trabajando en ello, debía tener paciencia. Pero está seguro de que le quitará esa mala costumbre tan desagradable. Por ahora tenía que conformarse con lo que había conseguido, y es que esa cercanía con Kageyama, sumado al mejor entendimiento que había entre ambos, le había evadido de muchísimos problemas. Sus deseos de escapar de la Academia, por ejemplo, habían desaparecido.

A veces podía ser exasperante, pero no hay duda de que su relación había mejorado muchísimo, y era muy de agradecer siendo su, entre comillas, "amigo de instituto".

―¿A dónde vas? ―pregunta al verle dándole la espalda.

El chico no le responde, dirigiéndose hacia el cuarto de los trasto. Cuando va a seguirle para ver lo que está tramando, escucha una vocecilla aguda que le llama desde la entrada.

Era Yachi.

―¡Hinata! ―exclama, vacilando un poco con si entrar en el recinto o no. Observaba el lugar con los ojos muy abiertos, barriendo con la mirada la extensión del gimnasio― ¿Ya habéis acabado? ¡Parece un lugar diferente!

―¡Síp! Nos han ayudado un poco al final. Por fin este sitio parece más un gimnasio y no una casa del terror.

La rubia asiente mostrando una enorme sonrisa. Yachi se había prestado a ayudarles, pero no quería que se tomara tantas molestias. Además, con las clases, los estudios y las horas de club de por medio no iba a quitarle tiempo a la rubia, aunque le insistiera.

A cambio, Yachi les había dicho que diseñaría un cartel para el club. No era necesario, pero como había suplicado tanto no quería decirle que no. Se veía muy emocionada con su tarea.

―¿Y ahora qué vais a hacer? ―pregunta inocentemente― Sois solo dos en el club… ¿Podéis jugar voleibol siendo un par?

―No… Pero podemos entrenar.

―¿En solitario~?

Por algún motivo, la sonrisa de Yachi se veía más psicótica de lo habitual. Y eso que no estaba insinuando ninguna intención suicida.

―¿…Sí? ―responde dudoso del curso que toma la conversación―. Solo vamos a entrenar.

Mas tiene que tragarse sus palabras al girarse para recibir a Kageyama, quien al fin había vuelto de lo que quiera que estuviera haciendo en el cuarto de los trastos, y encontrárselo arrastrando un desgastado colchón como si fuera la tarea más cotidiana del mundo.

El moreno se para a mirarlos y saluda educadamente a la rubia.

―Hinata, ¿eso es un colchón?

Quiere tomárselo con tranquilidad y seguirle la corriente. Kageyama no estaba haciendo nada malo. Arrastrar un colchón no era un delito, tampoco lo era dejarlo cerca de la pared y reposar el trasero en él. Pero, por el bien de su ya tocada identidad sexual, necesitaba que Yachi no se hiciera ideas equivocadas. Porque eso podía suscitar rumores que no le favorecían.

Lamentablemente no era demasiado bueno actuando bajo presión.

―No tengo idea. ¿Por qué hay un colchón? No es lugar para un colchón ―sonríe muy nervioso―. Kageyama, ¿por qué tenemos un colchón en un gimnasio que es CLARAMENTE para entrenar?

En lo que el pelinaranja intentaba mantener la calma y dar una explicación razonable, Kageyama ya se había echado a la bartola, tumbado boca arriba y preparado para relajar todos los músculos de su cuerpo.

―Pues para tomar siestas, ¿para qué lo quiero si no? ―responde objetivamente, recalcando lo que para él era obvio.

Y gracias al cielo que había sido racional.

―¡¿Lo ves, Yachi?! ¡Lo usa para tomar siestas! ¡No hay nada raro en eso, ¿verdad?! ¡¿Verdad?!

Se acerca mucho a la rubia, intentando ver tras sus ojos algún destello que le indicara que no estaba pensando otro tipo de cosas. Es lo único que pide, que no malpiense. Con que le dijera un "Tiene sentido" le bastaba.

―Te veo muy ansioso, imbécil. Es pequeño, pero podemos dormir juntos. Y hacer juegos maritales. Así que descuida, mi colchón es tu colchón.

No, por ahí no piensa pasar. Prefiere que mil arañas apodadas Tobio Jr. escalen por sus escuálidas piernas antes que verse envuelto en un juego de indirectas desafortunadas. Y para desear eso, la situación debía tornarse horriblemente peligrosa.

―¡PERO SI NO TENEMOS AGUA, QUÉ DESCUIDO! VOY A LA FUENTE. ADIÓS, ADIÓS, ADIÓOOS~

Con la gracia propia de un niño librándose de su tarea pendiente, Hinata huye del ya claustrofóbico gimnasio. Unos minutos más soportando la mirada inquisitiva de la rubia y su cerebro habría implosionado hasta desaparecer.

No era culpable, y mucho menos ocultaba nada. No era necesario ponerse en ese plan porque no existía un motivo verdadero para ello. Y aún siendo consciente, el control que poseía sobre su actitud le superaba.

Y en el caso de que en verdad hubiera algo tras lo que acababa de suceder, no era nada malo. Si fuera gay lo normal es que tuviera sus roces con Kageyama. Que no era gay, por un lado, y tampoco estaba cuestionando la moralidad tras la sexualidad de las personas. Porque sus pensamientos sonaban como esa vil excusa recurrente que comenzaba con un nervioso "No me importa" y continuaba añadiendo un "Tengo muchos amigos gays" para recalcar su supuesta inocencia.

Si algún maniático pretensioso le escuchara, le tacharía de homofóbico hipócrita.

―…Me duele el estómago.

Mejor despeja su cabeza de tantos embrollos y se limita a beber agua. Tampoco había mentido en eso, estaba sediento y su botella estaba casi vacía.

La fuente quedaba a poca distancia desde el gimnasio. Sería una tontería propia de su paranoia, pero el agua del recinto sabía mejor que la que tomaba en casa. Aunque el agua fuera agua aquí y en Pekín, mientras le refrescara le daba igual si utilizaban sudor de unicornio para darle un sabor diferente.

Primero llena la botella hasta que se rebosa del recipiente y, una vez la asegura poniéndole el tapón, mete la cabeza debajo del grifo. El frío recorre todos sus músculos en forma de escalofríos, el vello de su nuca se eriza y de su boca escapa un suspiro de placer. Los días de calor empezaban a volverse una realidad a pesar de que aún estaban a mediados de mayo y el cielo se encapotaba por un manto de nubes oscuras.

Disfruta del contacto del agua en su piel por un buen rato, aprovechando el silencio para volverse uno con la nada. Teniendo en cuenta que debía volver al gimnasio, donde muy posiblemente tendría que lidiar con las preguntas de Yachi y la concupiscencia de Kageyama, debe aprovechar al máximo cada trocito de intimidad que se le presente.

Al cerrar el grifo, hecha la cabeza hacia atrás y pasa las manos por su cabello, apretando su melena para eliminar el exceso de agua. Moja parte de su camiseta, aunque no le importa demasiado. Es muy refrescante.

Recoge su botella y dibuja una mueca de esperanza en el rostro. Si se tomaba todo lo que le pasaba como algo negativo no llegaría vivo ni a las vacaciones de verano.

No tiene prisas, pero su cuerpo le pide a gritos una carrera para descargar energías negativas. Desde siempre correr le ha servido para despejarse, sobre todo cuando una situación le superaba. ¿Terapias, pastillas? Chorradas, correr y gritar a todo pulmón era el remedio natural del cuerpo humano.

Echa su torso hacia adelante, tocando el suelo con las palmas de las manos sin doblar las rodillas. Vuelve a su posición inicial, recto pero relajado, y estira las piernas doblándolas hacia atrás, sujetándolas por los tobillos y empujando de ellas hasta que tocan su trasero; primero la derecha, luego la izquierda.

Está listo. Rodearía la escuela por el lado contrario hacia donde estaba el gimnasio, así podría dar una vuelta completa. No debería tardar más de 7 minutos a toda mecha (la escuela era especialmente grande). Si podía hacerlo en menos tiempo, mejor.

Adopta posición de carrera. No tiene nadie que le dé el pistoletazo de salida, así que imagina una voz que lo hace por él. Extrañamente, la voz que surge en su cabeza se parecía a la del prota de los dibujos infantiles sobre hortalizas mágicas que su hermana pequeña ve por las mañanas.

Cuanto antes echara a correr, antes dejaría atrás sus problemas.

Coge aire y sonríe. Tres, dos, uno…

―¡No seas ridículo! ¡¿Nos vas a dejar tirados ahora?!

El grito repentino, sumado a ese tono de rabia contenida, le desconcentran. O más que desconcentrarle, le asusta. Venía de detrás de la esquina del gimnasio de baloncesto, así que desde donde se encontraba no podía ver de quién se trataba.

Tampoco es que le importe tanto, la discusión no iba con él.

Pero eso no le quita la intriga.

―Lo siento, pero yo…

―¡Ni peros ni peras! ¡Nos estamos jugando el cuello, ¿sabes?! ¡Hemos puesto nuestras esperanzas en ti, ¿y ahora nos vas a dejar tirados?!

―¡No me habéis consultado para empezar!

―¡Porque sabíamos que nos ibas a decir que no!

Eran tres las voces que peleaban unas con las otras. Escucha más palabras que no logra entender, de seguro porque se estaban alejando. Hinata da unos pasos, intentando oir mejor. ¿Qué clase de personas eran? ¿De qué estarían hablando?

―Terushima se saldrá con la suya. ¿Es eso lo que quieres?

―No tengo ningún problema con él.

―¡Mentira! ¡El enemigo de tus amigos es tu súper-ultra-mega-enemigo!

No sabe cómo, pero ha acabado pegándose al muro, justo antes de llegar a la esquina del edificio, escuchando atentamente la conversación privada entre esos chicos. No está siendo muy ético, pero la curiosidad le puede.

―Aaarg… Está bien, haremos esto: será tu último trabajo. Acaba con él y no te volveremos a molestar.

Palidece. ¿Último trabajo? ¿Acabar con él?

―¿Cómo estoy seguro de que no me estáis engañando?

―Haremos un pacto de sangre. Si mentimos, nos podrás hacer lo que te venga en gana.

¿Pacto de sangre? ¿Qué? ¡¿QUÉ?!

¡Lo sabía, era un asunto turbio! ¡¿Quién le mandaría a él a espiar conversaciones ajenas?! Tiene que salir de ahí antes de que le pillen, hará como que no ha escuchado nada y cuando en el informativo salga una noticia explicando cómo un alumno de la academia ha desaparecido en extrañas circunstancias no será más que otra de las mil caras que recen por su regreso.

Su cerebro estaba a punto de ordenar a sus piernas que echaran a correr cagando leches, pero, cuando lo va a hacer, de la esquina surge un cuerpo tres veces más grande que él y le embiste.

Cae al suelo y, tras él, un extraño polvo de color blanquecino se esparce a su alrededor, manchando todo su cabello y parte de su ropa.

¡NARCOS! ¡Se había metido en medio de una pelea entre narcotraficantes!

―¡A-Ah, lo siento! ―el hombretón contra el que Hinata se había chocado se disculpa, mostrándose muy alterado― ¿Estás bien?

―¡NO HE ESCUCHADO NADA, LO JURO! ¡POR FAVOR, NO ME CORTÉIS LA LENGUA!

―¡¿L-La lengua?!

El chico, de melena larga y tono castaño recogida en un moño muy lindo, se inclina para echarle una mano y ayudarle a levantarse, pero Hinata retrocede cada vez más asustado pensando que le rompería algún dedo. Sus planes de huída se ven frustrados al ver a las otras dos personas involucradas en la conversación apareciendo tras el castaño.

Uno, el más bajito, llevaba el uniforme mal colocado, con la camisa por fuera y los botones de su chaqueta sin abrochar. Su cabello, de color rubio cenizo, se burlaba de las leyes de la gravedad y se mantenía en punta, posiblemente gracias a todos los productos fijadores que había usado para conseguir esa alucinante estabilidad.

El otro, más alto que míster me-paso-la-ley-de-Newton-por-el-forro, era un chico con cara de muy pocos amigos. Vestía unos pantalones caídos (cariñosamente denominado como cagados), esos que quedan muy sueltos por la zona de la entrepierna, creando un vacio nebuloso donde podía esconder a un niño si se lo propusiera. Su cabello moreno brillaba reluciente a la luz del sol, y aunque probablemente no hubiese usado ni la mitad de productos que se habría echado su compañero en el pelo, su cabello también estaba en punta (y posiblemente de manera natural).

―¡Asahi, vuelve! ―es el más bajito el que habla primero― ¡No huyas sin avisar!

―Ibais a obligarme a hacer un pacto de sangre. ¡Y sabes que no soporto la sangre, Nishinoya!

―Era una forma de hablar, zoquete.

El chico de los pantalones cagados se lleva la mano a la cara, hastiado, y suelta un bufido.

Hinata intenta aprovechar que no le están prestando atención para huir, pero el chico de cabellera rubia se pone tras él, agarrándolo por los sobacos y tirando hacia arriba para levantarle. Da unos golpecitos en su trasero, limpiándole del polvo que se había pegado a su ropa, y sonríe de oreja a oreja al ver que todo estaba bien.

―Excepto por quedar completamente empanado en harina, parece que no te has hecho daño, guay~

Así que lo que había caído sobre él no era cocaína… Pues empezaba a sentirse mareado, o era producto de su imaginación paranoica o ahora harina era un nombre en clave para referirse a la farlopa.

―Hostia, yo a ti te conozco ―el chico de mirada intimidante da un paso hacia adelante, poniéndose junto a Asahi y observando al pelinaranja de arriba abajo― Eres el novio de Kageyama, ¿verdad?

No de nuevo. No otra vez. Se haría un tatuaje en la espalda que pusiera "Hola, me llamo Hinata Shouyou y soy HETEROSEXUAL", así cada vez que se encontrara en esa situación solo tendría que levantarse la camisa e irse airoso del lugar.

Era joven para eso y no le apetecía usar un rotulador permanente en su piel, por lo que tendría que conformarse con negarlo todo hasta que le hicieran caso…

―Eso son chorradas, Ryuu. La gente se inventa muchas cosas para entretenerse, y tú que te las crees porque eres una maruja sin corazón.

¿Quién demonios era ese espíritu bonachón, más bajito que él por cierto, que le estaba ayudando a salir del agujero al que le habían tirado? Primero Iwaizumi, ahora esto. Hay gente cuerda en la escuela.

―¡Exacto! ¡S-Soy Hinata Shouyou! Hay muchos rumores sobre mí, pero son todos mentira. ¡Por favor, no los creáis!

―Vaya, vaya… ―el moreno asiente. Va a decirle algo, pero deja la conversación a medias para agarrar al castaño por el hombro― ¿A dónde crees que vas, Asahi?

―¿A-Al baño?

El chico al que llamaban Asahi había ideado lo mismo con él: estaba tratando de huir entre la confusión. Pero ahora que lo habían pillado, la atención se centraba completamente en él.

―Al baño mis huevos. De aquí no te vas hasta que aceptes el reto.

―¡Pero no quiero! ¡Y me tengo que ir ya, he dejado unas magdalenas haciéndose en el horno!

―Tus deliciosas magdalenitas pueden esperar ―replica el bajito. Su mirada se clava en los ojos de Hinata. No se lo esperaba, así que se pone tenso―. Shouyou, ¿no? Ponte en situación: tienes dos amigos maravillosos y jodidamente guays y sexys. Si no te haces a la idea, imagínate que somos nosotros. Porque obviamente somos guays y sexy ―se da la razón a sí mismo asintiendo―. Estos amigos, como tienen un orgullo que proteger, retan a su rival, llamémoslo Terushima, a un duelo de machos, y para hacerlo más interesante apuestan su alucinante persona con todo lo que esto implica. Ahora piénsalo bien, ¿vale? Imagina que tienes la fuerza para derrotar al odioso Terushima, y eres nuestro amigo, y odiamos a ese cabeza de pollo. Como nuestro querido amigo, ¿no sería lógico que nos ayudaras a derrotarlo?

Hinata trata de planteárselo, lo intenta, pero está demasiado confundido como para decir algo coherente.

―¿…Pero quién es Terushima?

―¡Eso da igual, Shouyou! ―exclama Nishinoya― ¡¿Nos ayudarías o no?!

―¡N-No lo sé!

Tanaka vuelve a suspirar, esta vez con más cansancio que antes. Pero su rostro brilla unos segundos, como si la iluminación le hubiese llegado brindándole una grandiosa idea.

―Asahi, si no nos ayudas arrastrarás a este pobre niño hacia nuestra desgracia.

El castaño abre los ojos, Nishinoya le mira con curiosidad y Hinata comienza a temblar, temiéndose lo peor.

―O ganamos todos, o perdemos todos, como si fuéramos una piña ―una sonrisa se va creando en el rostro del chico― Si no compites en el torneo de pulsadas, significará que dejarás morir una parte de nuestra amistad, y el castigo que nos imponga Terushima recaerá también sobre el pobre Hiroki.

―Hinata ―corrige Nishinoya prestando muchísima atención, visiblemente interesado en el tema.

―Lo que sea. Pero si ganas, protegerás nuestro honor y actuarás como un auténtico héroe.

El pelinaranja no tarda en rechistar. Se había metido de lleno en otro problema.

―¡¿Pero y yo qué tengo que ver en esto?!

―Si Asahi compite, prometo ayudarte a eliminar los rumores que hay sobre ti en la escuela. Dicen cosas muy cochinas sobre ti, amigo, y me gustaría ayudarte de corazón. Pero necesitamos tu apoyo para esto, a Asahi le puede su lado gentil, querrá ayudarte aunque eso signifique participar en la competencia, ¿no? Todos salimos ganando. Lo único que hay que conseguir es que Asahi acepte.

Asahi no responde. Aprieta uno de sus puños y con la otra mano aprieta su pequeño saquito de harina contra su pecho.

Nishinoya sabe que se lo está pensando, no es necesario forzarlo más. Aunque el añadido de meter a ese chico de por medio iba a serles de gran ayuda. Tanaka podía ser muy maquiavélico, o eso diría de él si no supiera que ayudaría a Hinata pasara lo que pasase. En el fondo Tanaka era un bonachón.

―Aún tienes tiempo para pensártelo, Asahi. La lista de inscripción se cierra mañana. Tú sabrás lo que haces~ ―sonríe de oreja a oreja― ¿Y tú qué, Hinata? ¿Aceptas el trato?

Hinata permanece estático, mil ideas se cruzan por su cabeza. Por una parte no sabía cuan terrible era ese tal Terushima y las posibles repercusiones que caerían sobre él si algo salía mal. Pero por otra parte… esos chicos molones le iban a ayudar con su problema. ¿Dónde conseguiría una oportunidad como esa?

―Acepto.

El bajito da un salto y le agarra la mano, dándole un apretón y formalizando su trato. El otro chico también se acerca, solo que él le da un golpecito en el hombro.

―Yo soy Tanaka Ryuunosuke, y este machote de aquí es Nishinoya Yuu. Me da la sensación de que nos llevaremos bien, Hikaru.

―Hinata ―corrige de nuevo.

Tanaka suelta una risotada escandalosa, con la suficiente energía como para contagiar al pelinaranja hasta hacerle reír también.

Los que suponía que iban a ser unos rufianes con pinta de malotes han resultado ser unos chicos encantadores a los que tiene ganas de conocer mejor. No debe juzgar un libro por su portada, porque las apariencias engañaban muchísimo.

―Yo soy Azumane Asahi. Y me voy yendo ya, no quiero quemar el horno.

―¡Espera, Asahi, te acompaño! Quiero ayudarte con el glaseado~

―¿Seguro? Siempre que vienes desaparecen los dulces de la despensa.

―¡Que no, hombre! ¡Ryuu, ven tú también, la repostería es más radical de lo que parece! No sientes lo que es el auténtico pánico hasta que tu bizcocho se desinfla por exceso de calor ―el bajito comienza a andar mientras se ríe en alto. Cuando está a cierta distancia de Hinata, se gira hacia él y le despide con la mano― ¡Nos vemos, Shouyou! Ya sabes, si Asahi no compite te tocará apechugar con el mismo castigo que nos den a nosotros. Búscanos si necesitas algo~

Dicho de esa forma no parece que haya tomado una buena decisión. Pero es que esos tíos eran tan guays… ¡Había conseguido nuevos amigos! O eso cree.

Una sonrisa estúpida se va formando en su rostro. Ya había recordado lo que era reír con un grupo de amigos. No es que fuera exactamente lo mismo, pero se había sentido igual.

Correría con más ganas que antes.

Gira su cuerpo para volver hacia la fuente, pero al hacerlo ve un cuerpo mal escondido tras de ella. Kageyama no contaba con que era un tipo enorme, si se pensaba que no le iba a descubrir es que era estúpido.

Lo peor es que probablemente pensara que no le pillaría.

―¿Se puede saber qué haces ahí?

―Tardabas ―hace una pausa larga antes de terminar la frase―, y vine a buscarte. ¿Quiénes eran?

―Unos chicos muy geniales. ¿Los has visto? Molan un montón. ¡Les he caído bien!

Kageyama sale de su escondite a paso lento. Su ceño, fruncido como siempre, se veía más rígido que de costumbre.

―Ah. Bien.

¿A qué viene esa respuesta tan fría? ¿Había algún problema? "Que él no tuviera amigos no significaba que él no pudiera hacerlos", una parte de él quiere decirlo, pero se contiene sabiendo que esa frase solo le traería problemas.

Aunque no pudiera decirle tal desfachatez, sí que quiere saber el por qué de su reacción tan seca. Pero antes de que sus labios se separen para formular la pregunta, Kageyama se había puesto frente a él.

Piensa que le va a abrazar, y se prepara para estirar los brazos y alejarlo, pero el chico, en vez de abrigarle con su cuerpo, le quita la botella que tenía en las manos y derrama toda el agua sobre él, mojándole de la cabeza a los pies.

No se lo esperabas.

―¡¿Pero qué haces, imbécil?!

Kageyama no responde al momento. Enrosca la tapa en la botella, ignorando los insultos de Hinata, y le da la espalda con desdén para volver al gimnasio.

―Tenías algo en el pelo ―se refería a la harina―. Ya me lo agradecerás.

Eso era raro. O puede que no, Kageyama era tan impredecible como el clima de los últimos días. Eso no le daba ningún permiso a actuar de esa forma tan infantil.

Había algo que empezaba a mosquearle en su actitud...

¿Kageyama estaba celoso? ¿O era él quien seguía paranoico?

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Aclaración express: Los nombres de las arañas de Kageyama provienen de nombres de armadores reconocidos a nivel mundial. Micah Christenson, por un lado, es un armador del equipo nacional de volleybal de Estados Unidos y del club Cucine Lube Civitanova de Italia; mientras que Saeid Marouf es el armador del equipo nacional iraní. Ambos son geniales, si tenéis tiempo buscad videos en You Tube sobre sus jugadas. Disfrutaréis como niños *luvluv*


-RESPUESTAS-

Shinju: Lo uno compensa a lo otro, juju. ¿Quién ha dicho que realmente volviera por Oikawa? *explosión mental en 3, 2, 1… -huye-* (?) Eso es imposible saberlo, igual es su pretendiente catorce o el pretendiente cincuenta y dos. Conociendo a Oikawa, todo es posible (?)

¡Gracias por comentar como siempre! *luvluv* Un saludo~

-RESPUESTAS-

-Inserte aquí el meme de "Estúpida, mi pelo, idiota" para el Hinata empapado- (?)

¡Hola de nuevo! Echaba de menos actualizar. Sí, yo, la desaparecida, la que parecía que estaba de barcos y putas. PUEEES… sí, la verdad es que estaba montándome la party hard del siglo (?) Luego de acabar con el horror de los exámenes, una servidora se ha ido a disfrutar la vida padre yéndose por dos semanas a unas merecidas vacaciones, todo lejos de mi ordenador y, por consiguiente, de todos sus proyectos personales.

El descanso me ha sentado de maravilla y ya estoy lista para retomar mis cometidos, empezando con esto. Por supuesto, mi otro fic está en proceso, pero entended que me es más fácil continuar con esta cosa porque escribo lo primero que se me viene a la mente. Así es, sin filtros, fic integral, mis ideas al desnudo, beibis (?)

¿Kageyama está celoso? Posiblemente, ¿cómo no estarlo si su esposa es como un trabajador de recursos humanos, cepillándose verbalmente a todo el mundo? (aunque no lo haga a posta, pobre pequeñajo).

Pero olvidemos a ese cabeza de níspero y centrémonos en lo importante: Noya rubio y Tanaka con pelo. Un aplauso para moi, por favor (?).

¡Pronto más actualizaciones, más personajes y más colapsos a manos de nuestro querido zanahorio! Un besazo a todos y gracias por leer. Se os quiere «3

¡Saludos~!