Amando al Enemigo

Por: Tiff

Una figura vestida de negro recorría la ciudad con paso lento, indiferente ante la lluvia que empapaba su larga gabardina y sus cabellos. Sus ojos permanecieron fijos en el suelo, siguiendo un camino que ya conocía casi de manera automática. Iba a ese sitio todos los días. Recorría la ciudad entera a pie para aliviar un momento su pena, para llegar a ese lugar callado que le llevaba a la mente infinidad de recuerdos.

Pasaba la mirada sobre los escaparates iluminados con luces navideñas, observando su ritmo hipnotizante, pensando, nada más pensando. Esa época ya no era feliz. Ya no tenía ningún significado, pasaba como cualquier otro día, sin nada más para ofrecerle a su vida.

Después de todo, la navidad era una fecha para pasar con la familia, con los amigos, con sus seres queridos... y de ellos, ya no tenía nada. Prefería entonces estar a solas, a solas con su tristeza, con su autocompasión, con sus recuerdos. Porque todos los momentos que había compartido con esa persona, habían quedado grabados en su memoria tan nítidamente como si de pronto lo volviera a vivir, algo que pasaba cada vez más seguido, cada vez más nítido.

Había pasado ya casi un año desde aquellos últimos días. Ya era un año exacto de aquel momento que había vivido tan felizmente en la navidad; una como ninguna otra, al lado de la persona más querida... algo que desgraciadamente, y por jugarretas del destino, no volvería a vivir con nadie jamás.

Porque el amor, el amor verdadero, sólo se experimenta una vez en la vida.

Esa mañana había salido de aquella casa fría y solitaria, a la que ya no podía llamar hogar, para hacer ese pequeño viaje necesario. Como siempre, desde aquel momento, su día había ido empeorando cada vez, como si de verdad la gracia de Dios le hubiera abandonado. Con sólo tocar el adoquinado de la calle, la lluvia torrencial se le había venido encima, empapándole en cuestión de minutos. De nada servía correr ni arroparse, si enfermaba y moría después, se estaría haciendo un favor. Lo que sí le había importado al adentrarse en aquel frío follaje, era el posible maltrato de aquella gabardina negra.

Había caminado ya decenas de las calles de la ciudad, observando en cada almacén, como un tormento divino, a miles de personas haciendo sus compras navideñas con sus familias felices; a parejas apostadas en cada esquina, parque o restaurante, todos desinhibidos al darse muestras de amor. De verdad parecía que el mundo estaba en su contra. Una persona incluso se había atravesado en su camino sin fijarse, dándole un fuerte empujón con el brazo sin pedir disculpas ni inmutarse, desapareciendo rápidamente entre la multitud. Ni siquiera en esa fecha las personas se sentían atentas hacia los demás. ¿Qué importaba de todos modos? No necesitaba de nadie en su vida... a nadie más que a él.

Tenía que confesarlo, lo necesitaba a él a su lado. A él, con ese gracioso gorro de navidad: a él, con esa mirada medio perdida después de unas copas; a él, con ese gesto amoroso en el rostro, una mezcla de ternura y fortaleza... a él, con esa gabardina que siempre llevaba en los hombros, y que tan varonilmente se acomodaba a su figura. Ya no disfrutaba de su compañía, ni siquiera gozaba del lujo de una fotografía, además de aquellas publicadas en los periódicos; todo se lo habían llevado. Aquellos hombres uniformados habían saqueado la casa que en algún momento podría haber llamado 'hogar'. La tonta explicación de Yue había sido una simple palabra: Pruebas. Pero para ella una sola cosa le hubiera sido suficiente. Una fotografía, alguna prenda, cualquier libro... cualquier cosa que pudiera guardarse para sí, simplemente para recordar. Pero nadie se había conmovido con su pesar. Ningún uniformado le había mirado en su sufrir, y había tenido que resignarse con nada.

Solamente después de largos ruegos y llantos, Yue, arriesgándose una vez más a perder su trabajo, había accedido a entregarle algunas pertenencias del inglés: Una de aquellas gabardinas que mantenía colgadas en su perchero y un libro de letras doradas en la pasta... aquel que había empezado una tarde en la que él se había ausentado hasta el anochecer, pero que nunca había terminado, y que ahora conocía casi de memoria. Y nada más. Había implorado, como último favor, que le dieran aquella cruz plateada que le había dado con tanto cariño en navidad, y que había usado tan poco tiempo... pero sus esperanzas se vieron destrozadas al informarle que aquel objeto, se había ido a la tumba con él... lloró días y noches por aquella reliquia, pero después comprendió que su amor se había llevado algo con él al más allá, que si acaso ya no le servía de nada ahí, al menos sí le iluminaría un sendero por el cual avanzar.

Había sido un gran problema después de su muerte. Después de declarar que no se podía hacer nada, lo habían transportado a Azkaban, simulando un paro cardiaco debido a la fuerte impresión del encierro en aquellos cuartos de castigo. Al no tener familia, ni amigos que intercedieran por él (debido a que los otros asesinos de su equipo, para la ley, no existían) el joven hubiera estado destinado a la fosa común, a no ser por la amatista, que utilizó su dinero e influencias para rescatar su cuerpo de aquel cruento e indigno fin. Le había enterrado en el mismo cementerio que a su madre. Ella lo había perdonado finalmente de corazón, comprendiendo en parte la naturaleza de sus acciones, y esperaba que su madre lo hiciera también, desde donde quiera que estuviera.

Al funeral sólo asistieron unos pocos. Yue, Shaoran, un pelirrojo de mirada astuta, aquel joven que había estado reconfortándola después de todo lo sucedido, y ella misma. Había sido un momento emotivo. El cielo se había nublado de repente, y una tormenta despiadada había caído sobre los presentes y sobre aquel ataúd solitario. El viento había soplado con fuerza, y había revuelto el cabello de los jóvenes, intempestivo, furioso. Como sí el cielo castigara a aquella alma descarriada, aún después de muerto.

Aún recordaba ese día. Ese fatídico día. Después de que el ojiazul hubiera caído al suelo, acribillado por su primo, había sentido que ninguna otra cosa en el mundo tenía sentido. Los rencores y ese sentimiento de opresión en su corazón, habían desaparecido en un fugaz momento al verlo caer malherido. Todo lo acumulado a lo largo de los días se había esfumado así nada más...

Y sin embargo, otras emociones más delicadas se habían colado en su ser, al verlo yacer ahí, pacíficamente, sin dolores, sin pronunciar ninguna queja, y mejor él consolándolos a ellos... y como le había dicho que sólo necesitaba dormir, cerrando sus cansados ojos después, para perderse en la inconciencia. Un sentimiento extraño que se confundía entre la autocompasión y el alivio, y entre la desesperanza y una inesperada arremetida de fe, pero nunca de resignación, le inundaron por completo. Ya que, sin proponérselo, sin desearlo en ningún momento, había previsto ese fatídico final después de tantas penurias.

Habían sido minutos horribles, en los que había derramado infinidad de lágrimas. El joven que estaba a su lado, en igual estado de agonía, le había proporcionado un cálido y reconfortante abrazo, susurrándole al oído palabras de consuelo con voz cortada. Y en todo ese tiempo, no había podido voltear a ver a su amor. No quería ver lo que le había parecido inevitable desde el principio.

Alzó la mirada sólo cuando Yue entró a la habitación, seguido de un médico de bata, y de otros dos policías que portaban una camilla.

-¿Adónde lo llevas Yue?- le había preguntado ella con mirada asustada, al darse cuenta de la presencia de toda la fuerza especial.

-Necesita ayuda médica urgente.- le contestó el joven lanzando un montón de ordenes con voz rápida y autoritaria.

-No puedes llevarlo a un hospital. Lo volverían a encerrar después.-

-Lo sé.- y los policías levantaron el cuerpo aún vivo del joven, desapareciendo con él por el pasillo.

-Nos llevaremos a Shaoran y a Matt también.- le dijo Yue a Shinishi antes de salir del sitio con rapidez, en dirección a la ubicación de Shaoran.

La joven sonrió con debilidad ante la mención de aquel castaño. De alguna forma sabía que él estaba en aquel negocio con su amigo, no era nada impredecible... ¿Le contaría a Sakura aquella verdad?

-Vamos, tenemos que ver a donde se los llevan.- mencionó el asesino mas joven, ayudándola a levantarse y permaneciendo a su lado en todo momento, sosteniéndola del brazo como conociendo su pesar, algo que ella agradeció con el alma entera.

Y así, después de encontrarse con un pelirrojo en su camino, los tres abordaron una camioneta blanca estacionada fuera del edificio, siguiendo a toda velocidad a las patrullas de servicio especial. El ojiazul había sido llevado a una casa común y corriente, adaptada como un consultorio médico privado.

Los tres jóvenes habían sido conducidos a una pequeña estancia que servía como sala de espera, sentándose cada uno en un sillón diferente, sumidos en sus pensamientos y nerviosismo. Ella se había ido a un lugar apartado, en un rincón oscuro, para que nadie la viera llorar. Se veía las manos amoratadas sin mucha atención en segundos que le carcomían los tímpanos, y minutos que le sabían a eternidad. Un tic-tac espantoso proveniente de la altura de una de las paredes, llenaba la habitación con su lento y acompasado ritmo, encogiendo a cada nuevo paso, el corazón de cada uno de los presentes.

Y, en el momento que se antojaba de mayor reflexión y tristeza en las tres almas presentes, Yue había salido de la habitación con cara abatida y ojos extremadamente tristes, enmarcados en un rostro demacrado y pálido.

-No se pudo hacer nada. Sus heridas fueron muy graves, y estaba demasiado débil.-

Y, como balde de agua fría, las palabras habían recorrido la habitación con un silencio sepulcral de pena y resignación... pero no de ella... jamás de ella.

No se había resignado a su partida, y desde entonces, cada mañana despertaba con la esperanza de verlo cruzar el marco de la puerta, con una sonrisa cálida en el rostro. Y sin embargo, cuando pasaba lentamente el nuevo día hasta caer la noche, y ella quedaba solitaria y con el segundo plato de la mesa servido para el desayuno, caía de rodillas ante su cama, uniendo sus manos en una plegaria silenciosa por él, por su alma.

Seguramente no habría perdón para él en el más allá. Seguro pasaría la eternidad sufriendo y reviviendo cada momento lastimero que hubiera pasado en vida. No tendría descanso nunca. Por eso Tomoyo había rezado por él desde entonces. Rezaba por su alma todas las noches, invocando una comprensión divina que le concediera a su amado por fin, unos momentos de paz y quietud.

Pero no sólo lo recordaba a él en sus oraciones. Mencionaba también por algunos breves momentos a aquel rubio de hermosos ojos azules que nunca había llegado a conocer, pero que le había ayudado como todos los otros, sacrificando su vida en el intento. El cuerpo de ese hombre había sido más sencillo de retirar que el de Eriol. Confundido entre los policías caídos, le habían trasladado a un forense, para después sacarlo con la ayuda de Holmes. El deseo de aquel hombre, era ser incinerado y regresado a los Estados Unidos. Ni siquiera con el cuerpo de su primo había realizado un ritual así, a él, después de todo lo que le había hecho, le tocó lo que merecía: una tumba olvidada y sin nombre, que permanecería olvidada toda la vida. En cambio, con el joven Skrichey, había viajado al lado de Shaoran a los Estados Unidos, y juntos habían esparcido aquellos restos humanos plagados de recuerdos y vitalidad.

Aún recodaba como, parados en lo alto de la estatua de la libertad (gracias a una generosa suma para la "beneficencia") se había producido otra despedida. Shaoran, recargado en unas muletas aún recuperándose de una pierna malherida en aquella misión, se marchaba secretamente a quien sabe que lugar. Para escapar de su pasado, para olvidarse de la compañía, de las personas a las que había asesinado... para alejarse de Sakura y no hacerse más daño, ni hacerle daño a la esmeralda al descubrirle todas sus atrocidades. Y ella, conmovida ante la actitud noble y resignada, y a la vez dolorosa y pesimista, le había abrazado con cariño y comprensión, sin preguntarle nada de su pasado, nada de lo que le había hecho a su madre (algo que sabía muy bien) cosa que él agradeció mucho.

El castaño le había entregado a Sakura una carta antes de marcharse, pero sin presentarse nunca a ella en persona de nuevo, sin revelarle nunca su profesión, y rogándole a la amatista que no lo hiciera tampoco. Ella había accedido, después de todo, cada cual revelaría su pasado de la manera en que mejor le pareciera, y cuando lo estimara necesario. No iba a juzgarlo por ello.

Sakura, en cambio, había derramado lagrimas amargas después de su partida y no había descansado desde ese momento, buscándolo por todo el mundo, de la manera que le fuera posible. A veces con la ayuda de Yue, a veces con la suya, y otras tantas con la de su hermano. Ya que, como había prometido el detective, jefe de aquél joven, a Tomoyo, no le revelaría al hermano de Sakura la verdadera profesión del ambarino, recibiendo una señal de aprobación sin reticencias.

Después de un tiempo, Sakura había empezado a recibir cartas del joven, desde diferentes y recónditos lugares del mundo, pero siempre que lograba ponerse en contacto con aquellos sitios, el joven se había esfumado. Muchas fotografías había recibido a lo largo de ese año, fotografías en las que se le veía bronceado y sonriente, pero siempre con la misma mirada triste y anhelante.

Tomoyo le envidiaba. Envidiaba esas cartas con frases de amor arrepentido. Envidiaba aquellas promesas al parecer lejanas, de estar a su lado por siempre, después de haber limpiado la carga de su conciencia. Envidiaba aquella mirada esperanzada de esos ojos de esmeralda cada vez que recibía alguna señal de vida... envidiaba ver su amor en aumento, cada vez más fuerte y serio; ver que ese cariño, en lugar de extinguirse por la lejanía y la incomunicación de las dos partes, se fortalecía con el paso del tiempo. Por un año se había mantenido esa comunicación, sin que faltara una carta en el buzón nunca. Ahora, una noticia departe de él, ya no era motivo de tristeza en los ojos de la castaña, sino uno de alegría en su sonrisa, reviviendo su hermosa forma de ser con cada palabra.

Con Sakura había pasado algún tiempo, compartiendo sus alegrías en cada carta, y sus lágrimas aquellas noches interminables en que las dos extrañaban sin cesar. Lograban una compañía mutua reconfortante, logrando aminorar aquel pesar en aumento en cada alma destrozada... pero ahora, Sakura se había marchado. Había partido al alba de un lindo día por comenzar, con las maletas hechas y una sonrisa radiante de felicidad en el rostro. Shaoran por fin le había pedido reunirse con ella por algún tiempo, quien sabe en que lugar, logrando un efecto inmediato en su amiga, sin que lo pensara siquiera. ¡Cómo se había alegrado por ella! Pero también había sufrido su partida. Significaba la soledad de nuevo, la soledad con el regreso constante de aquellos recuerdos.

Ahora era ella la que recibía cartas de Sakura. Había encontrado al castaño y juntos realizaban un largo viaje por África. Le había mandado una foto con mucho cariño, en donde aparecían los dos, sonrientes, bronceados, abrazados... ya sin esa diminuta chispa de melancolía en los ojos de cada uno, simplemente felices.

¿Se vería ella así sí, en aquel intento frustrado de escape, se hubiera ido a Inglaterra tal y como el inglés había planeado?. ¿Sería ella quien mandaría la foto a Sakura, cuando, al ocaso, Eriol la abrazara en aquel hermoso puente al lado del lago que le había prometido? Escapar en ese momento habría sido la mejor salida para ambos. De haberse consumado, ninguno de los dos habría pasado por esos suplicios en aquellos días aciagos, y ella no estaría en ese lugar. No estaría sola. Estaría con él.

Habría valido la pena perderlo todo por él. No le hubiera importado perder su fortuna, sus tierras, su dominio en aquella gran compañía, si hubiera podido compartir con él el resto de su vida. Sin embargo, después de aquel intento de chantaje, la joven había recuperado de nuevo el control de todo lo que le había dejado su madre y su familia. Yue había destruido los papeles que ella había firmado a la fuerza, y todo había regresado a la normalidad tan rápido como había empezado. Nadie había recibido informes de la posible venta o fusión de las compañías Daidouji con otras empresas extranjeras, ya que Satoshi lo había llevado todo en el más riguroso secreto. Y el único testigo que podría haber testificado, se encontraba ahora de su lado. Motomiya se había unido de nuevo a su equipo de trabajo después de librarse del yugo amenazante de su antiguo amo. Después de todo el sacrificio que se había realizado, al menos había conservado su libertad y su fortuna... pero a un precio que pocos estaban dispuestos a pagar, y ella no era la excepción.

La joven cruzó, como muchas otras veces, la puerta del gran cementerio de la ciudad. Visitó primero a su madre, llevándole sus flores favoritas, y después de un rato hablando con ella, se fue en busca de la del ojiazul. Era una lápida simple. La adornaba majestuosamente una pequeña cruz de piedra que, al despuntar el ocaso, se teñía de una tonalidad escarlata mortífera. Sin embargo, distinguiéndose claramente ante ese fantasma asesino, resaltaban con un color índigo, las letras de su nombre gravadas.

-Hola amor.- dijo la joven al viento, sonriendo como aquellas veces en que lo veía en la mañana, imaginando su rostro desaliñado y somnoliento. –He pensado en ti últimamente... estas fechas me traen muchos recuerdos.- la amatista esbozó una débil sonrisa de remembranza. –Todavía te recuerdo con esa barba y ese gorro de navidad, o tu alegre sonrisa al ver regalos debajo de tu árbol después de tanto tiempo de no recibir ninguno... no sé porque, pero los recuerdos regresan a mi memoria cada vez más nítidos, en mis sueños, cuando estoy despierta, como si de pronto los volviera a vivir. Juro que te veo en la calle de vez en cuando, como vigilando mis andanzas, pero cuando intento seguirte, esperanzada de verte, desapareces como un espejismo... Estarías decepcionado de mí sí me vieras, porque creo que he empezado a enloquecer. Sé que no me ha hecho nada bien tu partida.- y, como muchas otras veces, sus ojos amatistas se llenaron de lágrimas contenidas. –No soy feliz sin ti, ni siquiera puedo sonreír ya, no le encuentro ningún sentido a ese gesto... hay veces que no quiero continuar, y lo único que deseo es estar a tu lado. Pero tú diste tu vida para salvar la mía, y eso es algo que te tengo que pagar intentando continuar. Sigo aquí. Sigo aquí, como un fantasma para los demás, como un cuerpo si alma que no tiene dirección, pero aquí estoy. Por ti mi niño, sólo por ti.- y, sin poder contener más el llanto, se derrumbó de rodillas frente a aquella lápida, sollozando con amargura, como muchas otras veces, como iba a pasar siempre que visitara ese lugar...

Un hombre de abrigo café asomó la cabeza de detrás de un árbol no muy lejano del lugar en donde se encontraban aquellas tumbas. Estaba suficientemente alejado para no ser detectado, pero tan cerca como para oír lo que la joven decía. Yue miró al suelo con tristeza. No le gustaba ver a esa joven así después de haberla conocido llena de vida.

-No la he visto sonreír desde aquella vez.- dijo el hombre viéndola fijamente, con una mirada que parecía herida y triste.

-Yo tampoco.- le contestó una voz a su espalda, sin ver a su interlocutor en ningún momento. Sus ojos cerúleos habían seguido los pasos de esa mujer infinidad de veces a ese lugar. Había visto, con el corazón encogido, como rompía en llanto todos los días, después de hablarle al viento y doblarse de angustia ante aquella tumba vacía. Él sentía cada vez más un hueco en su corazón, en su estómago, en su mente. Sentía una impotencia enorme al no poder ir con ella a consolarla y a decirle que todo estaba bien. Sentía que una pared invisible se ceñía a su alrededor, alejándolo de ella, encerrándolo, asfixiándolo sin piedad. Simplemente su vida se había terminado sin ella.

Casi un año había pasado desde aquella vez. Casi un año desde que la había abrazado, tocando sus labios con delicadeza... un año casi de que había sonreído por última vez. Esos ojos azules, que poco a poco habían ido recobrando aquel brillo de la niñez cuando estaba con ella, de nuevo volvían a verse opacos y sin vida. De nuevo aquel hombre, que había empezado a abrir su corazón a los que le rodeaban, se encerraba en su coraza, volviéndose callado, sarcástico y malhumorado. Su vida volvía a ser igual que antes de que ella llegara, pero con ese enorme vacío creciente cada día que antes le era desconocido. Las voces que le habían estado atormentando regresaban cuando estaba en la oscuridad, imposibilitándolo a hacer muchas cosas. Su tiempo de sueño se había reducido aún más, aumentando aquellas ojeras y esa palidez permanente en su rostro. Al menos ya no ejercía ese maldito trabajo. Con los rumores de su muerte, Reuel se había resignado a perder a su mejor hombre, dejándolo vivir en paz, al menos por algún tiempo, hasta que las sospechas de su engaño empezaran a salir a flote en aquel sistema tan especializado y complejo. Eso sí, ya no volvería a matar a nadie... se lo había prometido secretamente a su niña. De aquellos días esplendorosos en que había reído, disfrutado y que había dormido sin pesadillas, ya sólo quedaban bellos recuerdos.

Ahora, sin ella a su lado, sin su sonrisa en la mañana y su mirada amatista antes de dormir, todo parecía carecer de sentido. Y si acaso se mantenía en este mundo, era para cuidarla. Había sido su ángel oscuro desde que había salido de aquel hospital clandestino. Después de seis meses en el que por fin sanaron todas sus heridas y recuperó en buena medida su salud, había salido inmediatamente a la calle a buscarla, a velar por ella, a cuidarla en su sueño. Ahora estaba sola, no le quedaba nadie, y por eso se había mantenido con ella, a su lado, pero sin jamás cruzarse en su camino.

Después de quedar inconsciente aquella vez en el almacén, se había sumido en un sueño profundo, sin voces, sin dolor, sin nada... un periodo maravilloso en donde nada le importunaba ni rompía esa perfecta paz... y sin embargo, cuando estaba a punto de entregarse a aquella tranquilidad, aquella voz, esa que le había acompañado incluso ante el umbral de la muerte aliviando su soledad, le había hablado nuevamente.

¿Qué haces?. ¡Te estás dejando llevar por la muerte!. ¿Es así como deseas terminar?

Ya terminé con lo que vine a hacer aquí. No importa que pase ahora.

No puedes estar diciendo eso. Tú no. No te rindes nunca así de fácil.

¿A que me quedo aquí ahora? Ella está a salvo. Si regresara a la realidad, sólo me quedaría enfrentarme a la soledad en una celda fría, condenado a la locura con esas voces demoníacas. No le veré mas que en mis sueños, y cada despertar será un suplicio que terminará con voces burlonas cada vez más insoportables.

¿Y la dejarás sola en este mundo en donde ya no le queda nadie, sin esperanzas, sin ilusiones, sin fe y sin nada? Le hemos quitado todo, nos hemos llevado todo lo bueno que ella tenía con nosotros, y ahora ¿la quieres abandonar a su suerte, sólo importándote tu sufrimiento y sin pensar en el de ella?

Sería lo mismo. De todos modos no va a volver a saber de nosotros, ni nosotros de ella. ¿Cómo lucharemos en contra de todo lo que nos avecina?

No pienses en eso. Piensa en que ella fue y es nuestra razón para quedarnos aquí. Desde ahora, nuestra vida debe transcurrir en el esfuerzo de protegerla, para estar ahí aunque sea en pensamiento... Valdrá la pena todo el sufrimiento sólo por eso...

Y así había regresado a la realidad. Había abierto sus hinchados ojos cerúleos, y se había ido acostumbrando de nuevo a la luz de la mañana, después de tres meses de ausencia, en el que había mantenido todos sus signos vitales en completa normalidad, como si estuviera dormido solamente. Se había encontrado dentro de una habitación blanca deslumbrante, sencilla, sin nada especial, excepto por aquel bulto negro tumbado en una silla del rincón.

La persona tenía la pierna inmovilizada, y al parecer, andaba con muletas. Su cabeza castaña estaba acomodada sobre su hombro izquierdo con completa gracilidad, rompiendo aquel armonioso marco, sus pesadas y ruidosas respiraciones.

Sin poder evitarlo, Eriol sonrió ante el recuerdo. La primera vista de su fiel amigo ahí, haciéndole guardia a su sueño, le había llenado de regocijo indescriptible... pero después, al buscar a esa otra persona querida, su corazón se había sumido de nuevo en esa constante agonía. Ella no estaba ahí para verlo despertar. Ella no le iba a recibir después de su largo sueño.

Shaoran y Yue se habían alegrado ante su despertar, recibiéndolo con palabras de aliento, pero nadie más había ido a verlo. Ni sus otros compañeros, ni ella. Un tubo le ayudaba a respirar, impidiéndole el habla, así que no había tenido la oportunidad de preguntar. Era un martirio espantoso el no poder conocer la verdad, ya que la misma pregunta espeluznante le acechaba la mente con frecuencia, acentuándose en aquellas amargas noches cuando, con la luz encendida como en la habitación de un infante, mantenía los sentidos despiertos debido al miedo y al insomnio... ¿Le había abandonado?. ¿Lo había desechado así nada más después de todo lo ocurrido, recordando aquel rencor en su contra por todos esos actos atroces?. ¿Acaso no quería verlo de nuevo?

Y a causa de su malestar mental, su salud había ido decayendo otra vez. Sus ojeras se habían vuelto más pronunciadas, y sus ojos se veían apagados y perdidos, como si estuviera perdiendo la razón.

Y al verlo así, cada vez en peor estado y sin menos ganas de vivir, Yue al fin había terminado con su mutismo y, a pesar de haberle quitado un peso de encima, también le había dictado una sentencia que le había dejado sumido en la depresión: Lo había declarado muerto. Habían llenado todos los papeles de su defunción en el hospital, alegando una falla cardiaca en su encierro. Le habían hecho incluso un pequeño funeral como representación para los que no conocían la verdad, y habían enterrado un ataúd sin cuerpo en el mismo cementerio que la madre de Tomoyo. Le dijo que ella le había llorado muchos días a aquella tumba vacía, que visitaba siempre vestida de negro, derramando lágrimas de pesar cada vez más amargas.

A pesar de todos sus esfuerzos e intentos de escape, no había podido ir a buscarla hasta aquel día. Después de otros dos largos meses de encierro, por fin le dieron de alta y, sin pensarlo dos veces y sin saber siquiera donde estaba, había ido a buscarla. Y sin mucho esfuerzo la había encontrado. Estaba en aquel lugar solitario que le había dicho Yue, frente a aquella tumba que le representaba... Nunca había sentido en su vida un tormento tan grande. Como si algo pesado y sombrío le hubiera caído sobre los hombros, encorvando su convaleciente figura, y llenando todo su cuerpo y su mente de un vacío indescriptible e intolerable... pero no se había acercado a ella. Jamás, en todas las veces que le custodió en aquellos largos paseos, se cruzó en su camino ó le dirigió palabra alguna, cumpliéndole aquella promesa que le había hecho a Yue. Después de todo, eso era lo mejor. Ella lo olvidaría tarde o temprano y podría seguir con su vida, y él no tendría que permanecer encerrado en ese sucio manicomio... y sin embargo¿De verdad eran esas las mejores alternativas? La libertad era mucho mejor a Azkaban por supuesto, pero¿Qué clase de libertad era aquella? Una sin nada por la cual continuar, una que estaba vacía, que no importaba, que de verdad no valía la pena...

Yue miró sin muchas ganas la silueta triste del ojiazul. Le costaba creer que ese hombre era el mismo niño que él había tratado de ayudar ya hacía muchos años. En parte, había sido esa la razón de ayudarlo de esa manera, arriesgando incluso su propio pellejo. Todos los peligros que había corrido, incluida aquella última cacería en ese sucio almacén, habían sido solamente para redimir aunque sea un poco aquella culpa escondida por tantos años, y aflorada en el momento de su reencuentro. De haber sabido que aquel inteligente jovencito arruinaría su vida en el futuro por su culpa, jamás le hubiera abandonado. Hubiera continuado con el tratamiento o la simple compañía hasta el final. Pero era un psicólogo inexperto en ese entonces, y la juventud abandona las cosas con facilidad increíble... pero eso no era una justificación. Había ayudado a crear a ese hombre y, por lo menos, ya había redimido parte de su culpa, ayudándolo en aquella causa altruista. Ahora sólo restaba dejarlo libre, depositando su confianza y fe para que llegara a ser un hombre funcional en la sociedad.

-Eriol¿Cómo están los demás?- dijo el detective sin mucho ánimo, tratando de distraer la mirada entristecida del joven, refiriéndose a los otros asesinos.

-Están bien.- contestó el ojiazul levantando el rostro, olvidando momentáneamente su pesar. –Los he estado siguiendo por algún tiempo.-

Esta noticia tomó por sorpresa a Yue. -¿En serio?. ¿No es eso peligroso para ti?-

-Sí, bastante. Por eso no me he atrevido a acercarme a la compañía.-

Yue no supo nunca a que compañía se refería el ojiazul. Y había dejado de insistir después de todas las negativas de su ex empleado.

-Creo que el jefe no está del todo convencido con los reportes de noticieros y del forense. Después de que se hiciera público todo el fraude de Satoshi, no se confió de los informes forenses de mi muerte en Azkaban, siendo que él mismo me entregó.- hizo una pausa. –Supongo que está nervioso de que esté trabajando para la policía o algo así, y que este dando alguna información de los verdaderos "negocios" que maneja su compañía.-

-No creo que debas seguir a tus compañeros entonces. Sobre todo si siguen trabajando en ese lugar.-

-Solamente me he acercado para ver a Shinishi. Izumi se a retirado del negocio.-

-Bien por él.-

-Sí, lo mismo digo. Su bebe nació hace poco, y está muy feliz con su esposa. Puso un pequeño negocio en donde repara computadoras, y aunque no gana mucho con eso, se mantiene viviendo cómodamente con todo el dinero acumulado a lo largo de estos años. Creo que el jefe le ha dejado en paz.-

-¿Y Shinishi?-

-Ese chico es un testarudo. Creo que rompió con su novia hace poco y por eso decidió quedarse en el negocio, además de que su madre sigue muy enferma... como me lo supuse, ese chico es el mejor de toda la compañía. Tiene a su propio equipo, y es ahora el mejor pagado de todos... –mencionó el ojiazul de forma casual, esbozando una pequeña sonrisa involuntaria de satisfacción. A Yue no le causó mucha gracia escuchar este comentario, sabiendo que ese joven pronto cometería un asesinado con renombre en los noticieros del país.

-Pero eso ya no tiene porque preocuparte a ti ¿No Yue?-continuó Eriol, intuyendo los pensamientos del otro hombre.

-Ah, ya escuchaste las noticias.-

-Sí, es difícil no notarlo con todos esos encabezaos en los noticieros y periodicos. ¿Por qué estas renunciando a tu cargo?-

-No lo sé... supongo que ya he tenido demasiado hasta ahora. Con todas las experiencias del año pasado, no me quedaron muchas ganas de seguir con este trabajo.-

-Pero desde entonces llevas ahí más de un año.-

-Lo sé, pero tenía que solucionar algunos asuntos que quedaron pendientes.. ahora ya deje a un encargado que los resuelva.-

-Mmm supongo que el tal Touya ¿no?-

-Sí, el mismo.-

-Espero sea más competente.- dijo el ojiazul mirándolo con sorna.

-Muy gracioso Hiragizawa.- contestó Yue poniendo la mirada en blanco. -¿Y Shaoran?-

-Tú deberías saber eso mejor que yo estando todo el día en casa de los Kinomoto.-

-Bah, Touya está algo sentido con Sakura por haberse ido así, y no le gusta hablar de eso muy seguido. Se le pasara algún día, no puede vivir sin ella.-

-Pues parece que está en algún lugar de África. Me mandó una fotografía hace algún tiempo. Se le ve muy feliz.- suspiró el joven con una sonrisa melancólica, envidiando en cierta medida su suerte.

-Eriol, contesta ¿Hace cuanto que sigues a Tomoyo?-

-Desde que me dejaste salir de aquella clínica. ¿Por qué?-

-No quisiera decírtelo, pero ha habido reportes en la jefatura de personas que creen haberte visto... al principio los reportábamos como locos, pero los reportes siguen aumentando y todos están empezando a sospechar.-

-Pero todos vieron el reporte forense.-

-Lo sé. No estoy diciendo que crean que eres tú, sino talvez una persona parecida a ti. Lo que temo es que talvez, después de uno de estos reportes, uno de los policías te detenga y pida que te identifiques... seguro te reconocería Eriol.-

-Yo... creo que no he sido nada cuidadoso. La verdad es que nunca he salido con algo que cubra mi rostro. No me había importado mucho.-

-Escucha Eriol, no creo que sea conveniente que continúes siguiendo a Tomoyo. De hecho, creo que lo mejor para ti, sería que desaparecieras por algún tiempo.-

-¿Qué?-

-No tienes ningún documento que avale tu identidad como alguien más. Si te atrapan, para cuando aclaremos el asunto, ya estarías en la comisaría bajo la mirada de todos los que te han visto.-

-¿Crees que debo irme entonces?- dijo con cautela el inglés, sin poder asimilarlo del todo.

-Por algún tiempo al menos. Deja que las cosas se normalicen por aquí, que las personas olviden tu rostro, y que Touya termine de lapidar los archivos de tu caso... que ya no recuerden al 'asesino inglés'. Regresa a Inglaterra si así lo deseas y consigue una bonita casa, un trabajo decente, y una nueva identidad, y entonces podrás regresar sin tantos temores.-

-Pero, eso significaría alejarme de ella. ¿Qué tal si ella también me olvida?- y una tristeza inmensa se volvió a reflejar en el semblante del hombre, mostrándole encorvado y abatido.

-Hay personas, pero sobre todo sentimientos que no se olvidan nunca.- contestó el plateado lanzándole una mirada significativa a la amatista, una que seguro pondría celoso al ojiazul. –Si es amor lo que hay en su corazón, le dejará una huella imborrable y duradera.-

Y la mirada del ojiazul se iluminó por breves instantes, observando al momento a la amatista con renovada esperanza.

-Tienes razón, no me olvidará.- aseguró con una confianza en la voz que no se le había escuchado desde hacía mucho tiempo, haciéndolo ver como aquel orgulloso hombre que antes era.

Y ambos jóvenes vieron como la chica se llevaba las manos a los bolsillos, y como su cara adquiría de pronto un tinte de extrañeza. Por unos momentos, la joven quedó inmóvil, con los ojos fijos en aquella lápida. Y entonces, como saliendo de un trance, sacó su mano blanca del bolsillo de la gabardina, y sostuvo frente a sí un objeto que le causó una gran impresión.

-¿Qué hiciste?- preguntó Yue con curiosidad, al observar el gesto de la chica y la espontánea seguridad del joven.

-Solamente le di un pedazo de mi fe.- y Yue alcanzó a ver un destello reluciendo en la mano abierta de la joven, un destello que ya se había acostumbrado a ver alrededor del cuello del ojiazul... aquella hermosa cruz plateada.

-¿Cuánto tiempo crees que deba desaparecer?- preguntó el asesino, viendo con una sonrisa la mirada apurada de la joven, que buscaba quien sabe que cosa a su alrededor.

-En unos tres o cuatro años estaría bien.- contestó el detective, sin saber que pensar acerca de la hazaña del ojiazul.

Ella te ama, no te olvidará...

Lo sé...

-Tres o cuatro años... - y posó sus ojos índigos en la figura de la joven, sonriendo de una manera indescriptible, y haciendo que aquellas joyas amatistas se fijaran en su dirección, sin llegar a encontrarse nunca..

-...Regresaré por ti después de eso. Te lo prometo...- y las palabras las escuchó sólo el viento y su incesante aullido, ayudandole a olvidar por un momento su soledad yrevolviendole los cabellos con dulzura y compasión...

FIN

Por Dios.. no me lo puedo creer! Terminé por fin la historia más larga de mi corta carrera como escritora! Y saben que? En lugar de sentirme algo melancólica con esto, como me sucedió en el capítulo anterior, me siento contenta... no se, después de dos largos años, o un poco más, he terminado esta historia... se siente.. como decirlo?... fantástico, de verdad. Una meta superada. Pero, lo que me deja más satisfecha, es la aceptación que recibí de parte de ustedes. No sólo encontré reviews al final de cada capítulo, sino algo más importante: apoyo incondicional (sin importar la forma de este: amenazas, mails con virus, intentos de asesinato, pero apoyo a fin de cuentas) y, sobre todo, muchos amigos. Gracias a todos aquellos que me agregaron a sus listas de correo simplemente por esta historia, ya que he llegado a conocerlos como personas, a saber sus opiniones, sus inquietudes... e incluso algunos de sus sueños. Gracias por los consejos, por los dibujos hermosos que sirvieron de inspiración, por toda esa tinta de impresora para quien no tenía tiempo de leer en casa, por los finales alternativos sugeridos ( y, a petición especial de uno de mis queridos amigos, pondré el suyo en seguida: jeje en este final, Tomoyo es la mente intelectual de todo. Ella es la que a mandado a asesinar a toda su familia para quedarse con toda esa fortuna. Algo bastante creíble. Y es ella además, quien termina asesinando a Eriol al final. Nada mal para una mente sádica jaja, pero algo bastante creíble y sorpresivo), por esa constante presión que me animaba a continuar... en fin, gracias por haber seguido este fic, a pesar de la tardanza mes con mes, por toda la paciencia, por toda la confianza, por no matarme por el final... gracias por todo.

Y, aunque esta historia terminó aquí, yo no he terminado de escribir, porque en este ámbito no se puede llegar a ser perfecto, pero siempre se mejora día con día, con cada palabra que se escribe, y se da un paso adelante por cada historia que se termina. Este final deja abierta a una continuación, pero no creo llegar a realizarla.

De todos modos, espero mi trabajo siga siendo apreciado, porque es algo que me anima mucho a continuar. Jaja, es también un placer para mí, no puedo negarlo. De hecho, este epílogo, este final de mi historia, es para festejar mi cumpleaños, y mi creciente amor por ese hombre con carita de niño que me hace feliz todos los días, con su sonrisa, con sus ocurrencias, con su mera presencia... a pesar de que no es mío y nunca lo será, a pesar de todo.

Gracias por todo amigos, y espero un último comentario!

Tiff.

"No hay silencio más hiriente que aquel que enmudece al corazón.
Pero suele ser mejor silenciar las palabras a herir con la voz...

Cené tu banquete y bebí de tu vino,
Compartimos la cama y la noche se durmió en nuestros cuerpos.
Nos olvidamos del tiempo... y el tiempo nos olvidó.

Me rescataste de la soledad en que me encontraba
y me enseñaste que nunca estoy solo si tengo

un buen recuerdo que me acompañe.

Y vos me dejaste eso: Buenos recuerdos
¡Tantas noches que invocar, tantos días que recordar!
Tantas horas que archivar en la memoria... ¡Inmunes al olvido!
Y tan lejanas para el resentimiento.
Me dejaste la confianza de creer que todo se termina, pero vuelve a renacer...

Me enseñaste amor, que te irías, pero que estarías conmigo...
Que si miro atrás, seguramente me atropellaré con una piedra,
y que la distancia más grande entre los corazones, es la ausencia de amor.
Que nunca se está más unido que cuando se rozan las pieles,
o cuando nos une el pensamiento ... aún cuando vayas con alguien del brazo.
Me diste tanto, que no puedo pedirle más a la vida.
Hoy calla mi alma, pero es un silencio que no puede lastimar mis sentidos.
Estoy a tu lado... aunque a tu lado nunca llegue a estar nuevamente...
Porque también me enseñaste:
Que cuando un Alma toca a otra, quedan unidas para siempre."