Capítulo 3. Semicambio de planes

John confirmó sus sospechas. Ese tour tendría que esperar y su amigo tenía un sexto sentido. Lástima no poder emocionarse en público al respecto allí mismo.

La desilusión de Sherlock fue aún mayor cuando no pudo seguir con la investigación por una causa irrefutable incluso para él, y no era su hermano. Moriarty había vuelto.

Un mensaje llegó al teléfono de John avisándoles del hecho. Tenían que irse de allí y tenían que hacer de inmediato. Algo había salido mal. Algo que Mycroft no admitiría y mucho menos delante de su hermano.

Sherlock hizo ademán de rabieta formal ante ese acto, pero John lo paró tomándole del brazo y dándole esa mirada que dice "no es el momento", provocando una incomodidad a la que no estaban acostumbrados. En Londres les incitaban a salir, no les juzgaban como si quisieran quemarlos en la hoguera.

John les explicó que eran requeridos en Londres por un asunto nacional y que llevarían su caso en la distancia, algo que no gustó mucho al jefe de policía presente en la sala ni al forense al cargo. Sin embargo, al ser asuntos reales, no pudieron más que ceder ante su marcha con una cara de indignación estándar.

Mycroft llamó a John para saber cómo iba la marcha y éste notó la irritabilidad de su voz al ver que aún no habían ni siquiera salido del hotel. No podía disimular el peligro que corrían. Les hostigó entonces para que tomasen sus cosas y subieran a una furgoneta que les llevaría al aeropuerto antes de que fuera demasiado tarde. John tomó la iniciativa y tiró de Sherlock mientras lo metía todo de mala manera en la maleta y salió corriendo de la mano.

Una vez fuera, vieron llegar una furgoneta negra que bien pudiera haber sido una banda de secuestradores. Parecía que Mycroft no había hecho bien las cuentas al mandarlos tan lejos de la corona y querer enfrentarse sólo al único crimina consultor. John sacó el arma y abrió la puerta corredera apuntando a quien hubiera dentro. Sólo encontró guardias de Mycroft, o así se presentaron, y partieron hacia el aeropuerto.

Una vez allí, les esperaba un avión privado con más guardias a sus pies. John no soltó el arma hasta que estuvo dentro y Sherlock se pasó todo el viaje en silencio, antes y después de montar. Nada más despegar del aeropuerto con poco tránsito, las nubes ennegrecieron presagiando lo peor. John se comenzó entonces a sentir culpable por haberse ido y Sherlock, bueno, él seguía callado mirando por la ventana sin mirar a ningún lado.

No fue hasta que llegaron al salón de Baker Street muchas horas más tarde, después de taxi y atasco incluidos, que pudieron cerrar los ojos sentados en las butacas. Con las maletas tiradas en una esquina y los zapatos en otra, Sherlock y John respiraban tranquilos.

—Lo hubieras resuelto.

—Tú me hubieras ayudado.

—Nos hubieran descubierto.

—No empieces.

John quería haber disfrutado de ese paisaje con Sherlock y haberse olvidado de Moriarty por al menos una semana pero, de todas formas, allí no podría haber dado ni un paso hacia Sherlock sin levantar sospechas que no acabaran en prisión y en Londres, eso sí, era libre de actuar como quisiera.

Sherlock, por su lado, no podía procesar un caso sin resolver. Su cabeza era demasiado estricta para dejarlo ir y no paraba de torturarse con la muerte de un inocente que no resolvió.

Ambos estaban muy cansados y tenían fantasmas que dejar ir, pero ninguno lo admitiría porque la cabezonería en el 221B brillaba por su presencia. Aun con todo, John decidió irse a dormir o, al menos, a la cama, a ver si el estar tumbado le ayudaba a llamar al sueño y a calmar su alma. Mycroft les avisaría cuando tuvieran que huir, enfrentarse a Moriarty o salvar el mundo.

Sherlock seguía en el sillón, mirando a la nada, con las manos en posición de rezo bajo la barbilla y la mente a toda máquina. John no quería invadir su palacio, pero lo hizo por impulso.

—No quiero dormir solo —las palabras escaparon al filtro protector de John, llevándose la mano a los labios.

Sherlock no dijo nada, sólo se levantó, caminó hacia John, le apartó la mano que cubría su boca y la besó, para después hacer lo mismo con la comisura, tan suave, que hizo trasladar a John a un estado de excitación sexual que no había previsto, tornando en torpeza y apartando a Sherlock de forma poco amable.

—Lo siento, fueron muchas emociones hoy —Sherlock asintió en lo que parecía comprensión ante un John abatido por la situación. Le miró a los ojos por unos segundos y después, sencillamente, se fue camino a su habitación sin volver la vista atrás, abrió la puerta y se paró mirando al suelo.

—Ven cuando quieras —entró en la habitación y dejó la puerta entreabierta. John miró hacia ella y tenía deseos de ir, pero no lo hizo. Volvió al sillón y escribió un mensaje en su teléfono.

Acaricio tus rizos JW

A los pocos segundos el brazo del sofá vibró.

Me dejo acariciar SH

John no tardó en responder, con una sonrisa de oreja a oreja y una postura más cómoda, desabrochándose la hebilla del pantalón.

Deslizo mi mano por dentro de tu camisa —JW

Suspiros de placer de no sólo una garganta circulaban por el pasillo de Baker Street. Tenían que matar el tiempo hasta que Moriarty decidiera ir a por ellos después de abatir a la guardia de Mycroft. ¿Qué plan podía ser mejor?