La idea de Kyo había sido mostrarse ofendido cuando Iori regresara. Planeaba decirle que no iba a perdonarle haber dejado a Hein de niñera. Iori le había pedido que no volviera a intentar usar su poder y él había aceptado, no era necesario que hubiera alguien vigilando que cumpliera su palabra. Y además, Kyo había asegurado que se sentía bien. ¿Qué era toser un poco de sangre? ¿De qué servía que el concierge estuviera en la casa si volvía a ocurrir?

Sin embargo, Kyo decidió replantearse aquellas quejas cuando Hein le llevó una bandeja con el desayuno a la cama, mostrando que su presencia ahí también tenía motivos prácticos, especialmente si Kyo recordaba el triste desayuno de la primera mañana y su intención de reclamarle a Iori por eso.

Que Hein dijera «hai, douzo» al poner la bandeja ante él lo desconcertó por completo.

Y cuando el concierge se alejó unos pasos para mostrarle algunas bolsas de papel que estaban al pie de la cama, y le explicó en educado japonés que había comprado algo de ropa por orden de Iori («Laurie»), y que también había hecho lavar las prendas de Kyo que habían estado manchadas de sangre, para luego empezar a colgar dicha ropa dentro del armario del pelirrojo, Kyo no pudo evitar preguntarse cuánta confianza había entre Iori y ese hombre.

Entendía que Hein supiera japonés. Tal vez se había tratado de un requisito para obtener ese trabajo que al final no había sido necesario porque Iori había preferido comunicarse con Hein en inglés. Pero resultaba extraño que el concierge hablara de ropa ensangrentada con total indiferencia, como si fuera algo normal. ¿Iori no temía que hiciera preguntas al respecto o se lo comentara a otras personas?

Es más, ¿Iori confiaba tanto en Hein que lo dejaba a cargo de vigilarlo a él?

Miró al hombre con el ceño fruncido, cruzándose de brazos, viéndose desaprobador, pero el efecto perdiéndose porque aún estaba perezosamente sentado en medio de sábanas desordenadas.

—¿Pasa algo? —preguntó Hein al notar la expresión del rostro de Kyo—. ¿El desayuno no es de tu agrado?

Kyo siguió mirándolo de mala manera. Hein ladeó su rostro, perplejo ante su actitud.

—¿Hace cuánto trabajas para Iori? —preguntó Kyo con sequedad, y se mordió la lengua al ver que había usado el nombre equivocado. Sin embargo, Hein no pareció notarlo, o quizá asumió que Kyo era incapaz de pronunciar el nombre correctamente.

—Casi cinco años —respondió Hein sin vacilar, quedándose de pie ante Kyo, su atención dirigida al joven, sus ojos color acero mirándolo inexpresivos. Toda su postura indicaba que estaba ahí para servirlo, como si Kyo tuviera tanta autoridad sobre él como Iori.

—¿Te usa de niñera muy seguido? —preguntó Kyo como al descuido, mientras tomaba la taza de café que tenía delante de él y daba un sorbo al humeante y oscuro líquido, mirando a Hein de soslayo y viendo que el concierge no había captado su sarcasmo.

—Es la primera vez —respondió Hein aún usando un tono neutro, sus ojos fijos en los de Kyo, quien no pudo decidir si Hein se estaba burlando muy sutilmente de él.

—¿Sí? Tenía la impresión de que Iori trae a gente aquí con frecuencia —murmuró Kyo, más un comentario para sí mismo que para Hein, recordando la indiferencia en la voz de Iori cuando le había dicho "es sólo sexo" la tarde anterior.

—¿Aquí? No —dijo Hein negando con suavidad—. Es la primera vez que trae a alguien aquí.

Kyo parpadeó, perplejo.

—No te creo —fue lo único que consiguió decir, sin entender por qué Hein mentía con ese descaro.

—Me refiero a este piso —aclaró Hein al ver la confusión en el rostro de Kyo—. Los invitados utilizan la habitación de abajo.

—¿Siempre? —preguntó Kyo con desconfianza.

Hein asintió.

—¿Por qué? —exigió saber Kyo, pese a que no era a Hein a quien debía estar haciéndole ese tipo de preguntas.

—¿Está más cerca de la puerta de salida, quizá? —ofreció Hein con un velado sarcasmo que tomó a Kyo desprevenido.

Kyo bebió un poco más de café, sin dejar de mirar al concierge, quien permaneció de pie en silencio, esperando que el interrogatorio continuara.

—¿Tu jefe sabe que eres tan poco discreto con su vida privada? —preguntó Kyo con una sonrisa burlona, olvidando un poco su desconfianza hacia Hein, porque la mención de esos «otros» a los que Iori no permitía acceso a ese piso lo había puesto de un repentino buen humor.

—Estoy autorizado a responder tus preguntas —indicó Hein.

Kyo parpadeó, sin haber esperado eso tampoco. ¿Era de lo que habían estado hablando Iori y Hein cuando despertó? ¿Iori le había indicado cuánta información debía compartir con él?

—Veo que Iori confía bastante en ti —murmuró Kyo, pensando en los cinco años de servicio de Hein; cinco años durante los cuales ese hombre había conocido a Iori, mientras él apenas llevaba ¿qué?, ¿un par de días?

—Confía en ti, más bien —corrigió Hein.

Kyo se quedó de una pieza ante esa respuesta, y se dio cuenta de que no había podido ocultar el asombro que le causó esa revelación cuando Hein sonrió muy tenuemente.

—Te dejaré desayunar —dijo el concierge haciendo un gesto hacia la bandeja que Kyo tenía delante y que, salvo por el café, casi no había tocado—. Llámame si necesitas algo.

—¿Iori te ha ordenado servirme? —preguntó Kyo con burla antes de que Hein se retirara. El cambio en la actitud del hombre se le hacía extraño, considerando que la tarde anterior lo había ignorado, casi.

—Alimentarte y mantenerte entretenido son mis tareas del día —asintió Hein con el rostro imposiblemente serio.

Kyo rió ante eso, sin conseguir imaginar a Iori dando esas órdenes específicas y con esas palabras. El concierge hizo una leve inclinación para retirarse.


Ash estaba de pie en el malecón de la bahía, mirando su mano derecha disgustado.

Era tanto su fastidio que estaba ciego y sordo a lo que lo rodeaba. No oía el rítmico rumor de las olas que golpeaban contra el terraplén, ni veía a los turistas que disfrutaban del paisaje invernal a su alrededor. Los peatones que caminaban sin prisa por la explanada bordeada de palmeras a su espalda bien podían no existir. En ese momento, Ash sólo tenía ojos para la piel estragada de la palma de su mano, la carne viva supurante, la primera capa que comenzaba a desprenderse.

El fuego púrpura le había hecho eso. Habían bastado unos segundos de invocación, y así era como había acabado. Su único consuelo era que Orochi lo curaría pronto, mientras que Yagami tendría que aguantar el dolor de sus quemaduras por una buena temporada.

Orochi tenía un perverso sentido del humor. Ése era el fuego que le había ofrecido a los Yagami siglos atrás, cuando el clan de la luna se hacía llamar «Yasakani» y la rivalidad con los Kusanagi estaba en su apogeo. En su desesperación por imponerse sobre sus rivales, los pobres, ilusos Yasakani lo habían aceptado. Al hacer el pacto, ¿habrían sabido que el fuego les haría tanto daño como a sus enemigos?, ¿que las flamas los consumirían por dentro, reduciendo sus expectativas de vida a tres o cuatro décadas como máximo?

Ash estaba al tanto de todo aquello, pero era muy distinto saberlo a ver las consecuencias en su propia piel.

Suspiró, sintiendo la mordida de la salada brisa marina en su rostro, en los rastros de quemaduras que aún surcaban sus mejillas.

Los planes de Orochi no estaban siendo de su agrado. Se lo había hecho saber a su dios, y éste lo había ignorado, porque ¿qué valor tenían las opiniones de un sirviente?

Ash se miró las uñas por costumbre, entrecerrando sus ojos al recordar que no había tenido tiempo de arreglárselas. La pintura seguía quemada y descascarada, dándole a sus dedos un horrendo aspecto descuidado.

Echaba de menos los días en que su responsabilidad sólo consistía en encontrar y acosar a Kyo Kusanagi. Los planes habían sido simples en ese entonces: obtener el fuego de Kyo y con él la reliquia sagrada que estaba bajo la protección del clan Kusanagi. Era todo lo que necesitaba para que Orochi pudiera adoptar una forma física en ese mundo y recuperar su poder.

¿Y qué forma física quería Orochi? La del Kusanagi, por supuesto. Quería apoderarse del heredero del clan que lo había apresado por siglos; pasear por el mundo, matar a todos los Kusanagi portando el rostro de su futuro líder. A Ash eso le hacía gracia. Kyo había tenido la mala suerte de existir en una época en que Orochi estaba por retornar a la Tierra. Iba a convertirse en víctima del dios, pese a que el rencor de Orochi no era una vendetta personal contra él.

A diferencia de Orochi, Ash sí había esperado con ansias el momento en que le arrebataran el fuego anaranjado a Kyo. Quería entretenerse rompiendo la tenacidad de ese joven arrogante hasta que aceptara la posesión de Orochi por voluntad propia, con un poco, o mucho, de persuasión de su parte. Imaginar a Kyo sometido ante él le producía una descomunal satisfacción. Verlo subyugado en la vida real prometía ser una experiencia embriagadora.

Sin embargo, ahora los planes habían cambiado. Orochi ya no quería sólo a Kyo. Quería también al Yagami. ¿Por qué conformarse con uno si podía poseerlos a los dos? Ése era su argumento. Tener a los herederos de ambos clanes como sus lacayos por el resto de los siglos, para manejarlos a su antojo, para demostrarle al mundo cuáles eran las consecuencias de intentar alzarse contra él.

Orochi quería jugar con ellos, pero, en opinión de Ash, jugar con fuego sólo era agradable cuando eran otros los que salían lastimados, y él había probado las flamas de Kyo ya demasiadas veces.

Personalmente, tenía suficiente lidiando con Kyo. Pero entonces el pelirrojo había aparecido y Orochi había quedado fascinado al ver que, pese a ser el último de su linaje y haber nacido sin poderes, Iori se mostraba tan seguro de sí mismo como un Yagami más, sin que la falta de su fuego púrpura pareciera afectarlo. Era de esperarse que se hubiese obsesionado con doblegarlo, con demostrarle que, al igual que los Kusanagi, los Yagami no eran más que unos insectos sin influencia sobre el mundo que pecaban de arrogantes al pensar que podían mantenerlo atrapado para siempre.

Ash comprendía por qué esa idea le parecía tan atractiva a Orochi, pero, para él, Iori no era más que una complicación.

No había mucho con que pudiera manipular al Yagami. No era necesario debilitarlo porque no tenía poder alguno. ¿Aprisionarlo y torturarlo hasta que pidiera el dulce alivio de la posesión por Orochi? Poco probable. Ash había observado a diversos Yagami a lo largo de los años y estaba casi seguro de entender cómo pensaban. No temían a la muerte ni temían al dolor. Preferían morir antes que someterse ante nadie. La única vez que el clan de la luna había agachado la cabeza fue al hacer el pacto con Orochi, y la causa de aquello no había sido un tormento o sufrimiento. Había sido el odio y los deseos de venganza que albergaban contra los Kusanagi.

Por eso Ash estaba casi convencido de que si invocaba a ese odio, Iori terminaría aceptado el fuego púrpura tarde o temprano.

A Orochi no le importaba que ese momento se retrasara unos cuantos días. Después de siglos de espera, el dios medía el tiempo usando nociones distintas.

Sin embargo, Ash sí tenía prisa, porque él sí existía bajo las pautas de la vida mortal. Quizá su cuerpo nunca envejecía, pero comía y dormía como una persona casi normal, y sentía tedio y cansancio.

Y aburrimiento.

Estaba aburrido de ser el instrumento por el cual Orochi movía las piezas para obtener su venganza. Cumplía sus órdenes y jamás había considerado no hacerlo, pero quería acabar con su misión pronto y pedir como recompensa que Orochi lo dejara descansar por algunos cientos de años. Después de todo, no lo iba a necesitar, no si dejaba al Kusanagi para ocupar su lugar como sirviente.

Dio media vuelta y echó a andar por la explanada, sus pasos golpeando con fuerza las teselas de los mosaicos bicolores que formaban patrones ondulantes en el suelo. Los siguientes días iban a hacérsele muy largos. No había pasado ni una hora desde que le hiciera su ofrecimiento a Yagami, y ya deseaba que el pelirrojo le diera una respuesta.

¿Tal vez podría encontrar una manera de incentivarlo? Todo lo que Iori necesitaba era un pequeño empujón en la dirección correcta para convencerlo de que la oferta de Orochi le convenía.

Ash sonrió para sí. Orochi le había prohibido matar al Yagami, pero no había especificado más. Eso le dejaba un amplio rango de acción. Y acababa de ocurrírsele una gran idea.


«Aterricé», fue el saludo de K' en el teléfono.

—No tenías que venir —fue la respuesta de Kyo, su voz resignada.

«Dime dónde estás».

La mirada de Kyo paseó por el amplio departamento mientras buscaba una excusa para no tener que responder, viendo el armario lleno de ropa de Yagami, la guitarra de Yagami, la cama de Yagami. Se preguntó cómo reaccionaría K' si respondía con la verdad.

—Será mejor que busques donde quedarte, iré a encontrarte apenas pueda—dijo, procurando que su voz sonara firme—. Este lugar no es bueno.

«Estás en problemas, ¿verdad?», preguntó K' ante su poco sutil evasiva.

—No —aseguró Kyo.

«¿Estás herido?»

—No.

«Sé cuando estás ocultando algo».

—No lo creo —gruñó Kyo, pese a que las sospechas de K' estaban en lo cierto.

Hubo una leve risa burlona de parte de K'.

«¿Conociste a alguien? ¿Está ahí? ¿Yuki ya lo sabe?»

Kyo suspiró con fuerza ante esa andanada de preguntas, odiando que K' lo conociera tan bien que podía saltar a conclusiones y acertar de esa manera, aunque lo estuviera diciendo para burlarse.

Decidió cambiar de tema.

—No hay tiempo para eso. Ash Crimson, ¿recuerdas? —preguntó, su tono serio ayudando a que aquel razonamiento sonara más convincente de lo que era.

No hubo respuesta pero oyó que K' subía a un taxi y pedía que lo llevaran a algún hotel cerca del centro de la ciudad. Sintió alivio cuando su primo no insistió en saber dónde se encontraba.

Los siguientes minutos se los pasó contándole a K' todo lo que sabía, ahorrándose mencionar que el ataque de Ash le había dejado una desagradable secuela. K' no pidió demasiados detalles sobre sus oponentes, diciendo que atacaría a quien Kyo le indicara, y que le traía sin cuidado si eran mercenarios pagados, fanáticos de Orochi o dulces ancianitas. Sin embargo, en quien se mostró muy interesado fue en Yagami, y, por las indagadoras preguntas que hizo, Kyo estuvo seguro de que su padre le había ordenado a K' obtener esa información para luego transmitírsela. El mismo K' lo había dicho la noche anterior: Saisyu lo había enviado a vigilar a Kyo, no a enfrentar a Ash.

Con la conversación girando en torno a Yagami, Kyo se encontró haciendo lo posible por eludir preguntas y dar respuestas vagas, dejando claro al mismo tiempo que Iori estaba de su lado, y que K' no debía atacarlo apenas lo viera.

Le costó bastante esfuerzo no ponerse a la defensiva cuando su primo hizo los habituales comentarios despectivos sobre la familia de Iori, y al acabar la llamada se sintió agotado, porque no sólo había tenido que hablar en términos imprecisos, sabiendo que desde la cocina Hein escuchaba cada palabra, sino que también le había ocultado cierta información a K', en particular todo lo referente a la manera en que disfrutaba de la presencia del pelirrojo.

Después de despedirse de K', Kyo se levantó y dio algunos pasos por el departamento para aliviar un poco la tensión que lo había invadido. Ir a golpear el saco de arena del mini-gimnasio de Iori le pareció una idea invitante, pero la descartó pronto. No quería que Hein le diera la voz de alarma a Iori y el pelirrojo se apareciera en el departamento para acusarlo de que no sabía cuidarse.

Caminó algunos minutos, recorriendo el lugar como un animal encerrado, probando varias veces apoyar peso en su pierna lastimada y sonriendo para sí al ver que ya podía andar con relativa normalidad.

No volvió a la cama porque Hein había aprovechado el momento para tenderla, y se quedó apoyado en el respaldo de uno de los sillones mirando al concierge trabajar.

Como no tenía nada mejor que hacer y Hein le había dicho que iba a responder sus preguntas, Kyo se cruzó de brazos y comenzó a interrogarlo sobre Iori, por probar, para ver cuánta información estaría dispuesto a darle.

Se sorprendió de que Hein respondiera sin demora, mientras extendía las sábanas de la cama cuidadosamente, con sus dedos estirando cada pliegue y arruga, alisando la tela.

Así, Kyo se enteró de que ese departamento no era el único que Iori tenía en la ciudad. Al parecer, el pelirrojo había heredado varias propiedades de su familia y vivía de las rentas de los alquileres. Hein sabía que Iori mantenía algunos apartamentos más pequeños para su uso personal, pero no sabía los detalles porque no era responsable por ellos. Kyo sintió una agradable satisfacción cuando Hein comentó que el departamento donde se encontraban era la residencia «oficial» de Iori, por así decirlo, y donde el pelirrojo pasaba la mayor parte de su tiempo.

Cuando Kyo inquirió sobre los compañeros músicos de Iori, Hein respondió que no podía decir mucho porque nunca los había visto en el departamento. Es más, en sus años de servicio, no había encontrado nunca rastros de que el pelirrojo realizara una reunión con sus amistades en ese lugar.

A medida que el concierge hablaba, Kyo se dio cuenta de lo extraño que era que Iori lo hubiera llevado a él ahí, dándole tanta libertad y permitiéndole quedarse. ¿Por qué lo había hecho? Si habían sido dos desconocidos, prácticamente, ¿por qué Iori lo había llevado a ese lugar tan privado?

Kyo había pensado que ya comprendía la forma de pensar de Iori, en especial luego de haber pasado horas hablando con él, pero al parecer el pelirrojo aún era capaz de confundirlo con su comportamiento extraño.

Descubrió que quería que Iori volviera a casa pronto. Conversar con Hein no era lo mismo que hablar con Iori.

Kyo consultó la hora en su teléfono y frunció el ceño al ver que Iori se estaba tardando. Procuró no darle importancia, suponiendo que los ensayos previos a un concierto tomaban más de lo normal, y volvió a enfocarse en Hein, dispuesto a sacarle hasta la última gota de información que pudiera tener sobre Iori.

Hein continuó respondiendo sus preguntas con paciencia, mientras iba a la cocina para comenzar a preparar algunos platos.

No era mucho lo que Hein sabía sobre Iori a nivel personal. El concierge podía hablarle de propiedades y presupuestos, o sobre temas generales como la rutina de Iori o algunas de sus marcas de ropa preferidas, pero poco más. Cuando Kyo le increpó el no conocer a Iori después de cinco años de trabajar para él, Hein lo miró imperturbable y respondió con un simple: «no somos amigos».

Kyo no insistió.

Se dio cuenta de que se hacía tarde cuando Hein terminó de preparar la comida y Iori aún no estaba ahí.

Comió a solas, actuando como si todo estuviera bien y procurando ignorar la creciente preocupación que le decía que quizá Iori estaba en problemas. Hein le aseguró que a veces los ensayos se alargaban por horas, o que tal vez Iori y su banda habían ido a tomar algo al terminar. Kyo asintió, sin gustarle esa situación, pero consiguiendo no tomar su teléfono y llamar a Iori para exigirle saber el motivo de su tardanza. Tal vez Iori había previsto esa posibilidad y por eso había dejado a Hein para vigilarlo.

Hacia el atardecer y aún sin señales de Iori, Kyo ya no se molestó en ocultar su inquietud. Vio que Hein consultaba su celular con más frecuencia de lo normal. Cuando su mirada se cruzó con los ojos grises del hombre, Kyo supo que aquella tardanza era inusual.

Unos segundos después, el Kusanagi ya tenía el celular en el oído y esperaba que Iori respondiera del otro lado. Odió al pelirrojo cuando, después de varios timbrazos, la llamada fue transferida a un buzón de voz. Le costó un gran esfuerzo no dejarle grabado un mensaje preguntándole para qué le daba su número si no pensaba responder.

—Intenta tú —le ordenó a Hein con fastidio, pensando que quizá Iori no cogía el teléfono porque se trataba de él, aunque eso no tuviera mucho sentido.

Hein obedeció, sin éxito.

—Estoy seguro de que hay una explicación para su demora —dijo el concierge con tono tranquilizador.

Kyo apretó los dientes. Era esa explicación la que le preocupaba. Se preguntó cuántos minutos era prudente esperar antes de salir a la calle a buscar al pelirrojo.

No había terminado de responderse cuando le pareció oír la puerta del piso inferior. Al poco rato, se oyeron pasos subiendo la escalera.

Kyo sintió un inmenso alivio al saber que Iori por fin estaba en casa.

Que se desvaneció al segundo siguiente, cuando vio al joven pelirrojo llegar al segundo piso sujetándose el brazo derecho, la tela de su ropa quemada en partes, dejando ver su piel lastimada y enrojecida.

—Iori... —murmuró Kyo, yendo hacia él de inmediato, viendo que sus temores se habían hecho realidad. No fue necesario que preguntara lo que había sucedido. Podía verlo en las quemaduras que cubrían su brazo. Sabía que había sido el bastardo de Ash.

El Yagami pasó ante él sin decir nada, sin mirarlo siquiera, dirigiéndose al cuarto de baño, su expresión quedando oculta bajo largos mechones de cabello rojo.

Kyo lo siguió, sus pensamientos saturados de preocupación. ¿Iori estaba herido? ¿Había sufrido alguna lesión, además de las quemaduras? ¿Por eso había tardado en volver? La tela blanca de sus pantalones estaba manchada con hollín y cenizas, pero no había rastros de sangre, y sus movimientos no evidenciaban que estuviera lastimado pero...

Kyo extendió su mano para tocar con suavidad la espalda de Iori, queriendo que el pelirrojo se detuviera y lo encarara para poder ver la extensión del daño que había recibido.

El violento empujón con que Iori rechazó su cercanía lo tomó por sorpresa.

Kyo retrocedió unos pasos. Alcanzó a ver que Iori le dirigía una mirada cargada de odio antes de que el pelirrojo se encerrara en el baño con un portazo.