La fiebre acometió intensa al anochecer, convirtiendo el alivio del sueño en un debatir inquieto. La cercanía del cuerpo del castaño había dejado de proporcionarle alivio hacía mucho y, bajo las sábanas que Kyo había usado para cubrirlos, Iori temblaba.

No era sólo la fiebre y el frío lo que sentía. Había una punzada dentro de su cabeza latiendo intensa en todo momento que no le permitía volver a conciliar el sueño, intensificándose con el más mínimo movimiento, incluso con su respiración.

El Kusanagi estaba despierto también. Preocupado. Le había recriminado… algo. Iori no recordaba las palabras. Algo relacionado con su herida y la pérdida de sangre. El no cuidarse. Kyo sonaba molesto, pero ninguno de los dos tenía fuerzas suficientes para discutir.

¿Qué tan mal debía verse, que Kyo había sentido la necesidad de velar por él a pesar de que seguía tosiendo sangre regularmente? El joven castaño incluso había ido por un paño frío para poner sobre su frente e intentar bajar la temperatura, y también por un vaso con agua y analgésicos que de nada habían servido. A Kyo, recorrer el corto trayecto al baño le había tomado una eternidad. Iori lo había visto apoyarse en el marco de la puerta para descansar unos segundos antes de estar en condiciones de seguir.

Él había querido levantarse para obligar a Kyo a volver a la cama, pero su cuerpo se había negado a responder, cobrándose el maltrato recibido.

Las manos de Kyo fueron amables pero débiles cuando lo ayudó a sentarse para beber el agua. A sus palabras bruscas exigiéndole que dejara de moverse y descansara, Kyo respondió con una sonrisa tenue, y obedeció, tendiéndose a su lado de nuevo, rodeándolo con su brazo como si fuera la única posición en la que podían estar.

Sin embargo, Iori no volvió a sentir el calor del joven. El cuerpo de Kyo era como una fría presencia junto a él. Cuando tomó la mano del castaño, sus dedos eran trozos de hielo; no se entibiaron cuando Iori los acercó a su mejilla, para que se llevaran un poco del calor ardiente de la fiebre.

Iori no creyó que podría volver a dormir, pero tal vez estaba subestimando al agotamiento de su cuerpo, porque, cuando volvió en sí, la iluminación en el departamento era distinta y Kyo no estaba ahí.

Se le hizo imposible determinar qué hora era. En su mente ofuscada, no había transcurrido más tiempo que un parpadeo. El cielo estaba oscuro tras las ventanas, pero él flotaba en un sopor atemporal, el dolor en su cabeza reunido tras sus ojos, la sed agobiándolo.

Se levantó con lentitud, su corazón acelerándose con ese simple movimiento, la herida en su costado provocándole una oleada de dolor. Los vendajes estaban húmedos de sangre, pero no tenía energías para pensar siquiera en cambiarlos.

Levantarse de la cama le costó excesivo esfuerzo, y, una vez de pie, tuvo que extender una mano para apoyarse en la pared y mantener el equilibrio. Con la mirada buscó a Kyo, pero no había rastros de él. Si estaba en algún lugar, debía ser dentro del baño. La luz estaba encendida, la puerta abierta.

Dio un paso y el departamento se deslizó ante sus ojos, ladeándose y ondulándose y comenzando a girar. Maldijo para sí por haberse dejado herir, y maldijo a Kyo por no quedarse quieto.

Al llegar bajo el dintel, la iluminación lo cegó por unos segundos. Cuando su vista se aclaró, el primer color que su mente registró fue el rojo. Había sangre en el lavamanos, sangre en la repisa del lavabo.

Sangre ante el cuerpo de Kyo en el suelo.


Kyo no reaccionó hasta llegada la mañana, cuando Iori comenzaba a pensar que el joven tal vez ya no despertaría.

Desorientado, el Kusanagi se conformó con observar lo que tenía delante sin moverse, las sábanas que lo cubrían desordenadas y salpicadas de manchas escarlata.

El aroma de la sangre estaba en todas partes, mezclándose con el olor a humo de un cigarrillo encendido.

Oyó cuando la brasa del cigarro ardió intensa durante una calada. Muy cerca, casi sobre él. Intentó volver el rostro, y entonces sintió que había una mano descansando entre sus cabellos.

Poco a poco fue notando los detalles. El frío que sentía, a pesar de que también percibía el calor ardiente de un cuerpo cercano. No era en almohadas donde estaba apoyada su cabeza, sino en el regazo de Iori. El pelirrojo estaba sentado con la espalda contra el cabezal de la cama, fumando. El olor a sangre provenía de su herida, de los vendajes empapados.

Kyo se volvió ligeramente. Vio el rostro pálido del pelirrojo, su piel y sus cabellos húmedos de sudor. Indolente, fumaba como si no estuviera ocurriendo nada fuera de lo común. Había una botella de agua medio vacía a su lado, un vaso volcado en el velador.

Kyo alzó la vista lo suficiente para que su mirada se cruzara con la de Iori, pero tuvo que apartarla pronto al ver que había un inexplicable rencor oscureciendo sus irises rojos.

Sin embargo, a pesar de eso, la mano en sus cabellos hizo una breve caricia.

—Debes volver a vendar tu herida —murmuró Kyo en un bajo reproche, fijando la mirada en un punto lejano del departamento, gris bajo la débil luz de la mañana. La respuesta de Iori fue silencio—. Te vas a desangrar —gruñó Kyo.

—Seremos dos —fue la respuesta de Iori.

Kyo intentó reír ante el absurdo, y el sonido que salió fue un tosido. Los dedos de Iori se cerraron en su cabello, pero Kyo no se tensó, ni siquiera registró el dolor. Ese gesto le era ya tan familiar que bien podría haber sido una caricia.

Lo correspondió descansando su mano sobre la pierna de Iori, haciendo una leve presión. Iori no se había cambiado de ropas. Seguía con los pantalones negros con que había ido al concierto, la tela estaba manchada con sangre seca.

Ambos estaban con sus ropas del día anterior, y Kyo cerró los ojos con pesar porque eso le confirmaba que Iori estaba tan agotado como él, si no le importaba no quitarse de encima aquellas prendas ensangrentadas.

Kyo exhaló suavemente. Durante la noche, a solas en el baño, había sufrido un ataque tan intenso, su cuerpo había convulsionado de tal forma ante la violenta pérdida de sangre, que no había creído que volvería a ver la luz del día. Al sumirse en la inconsciencia, había estado seguro de que así era como acababa todo. No en una pelea espectacular, ni en manos de Iori. Sólo él en el silencio, con su sangre extendiéndose por el suelo, privado de su fuego, de la energía dorada tan estrechamente ligada a su vida.

No había esperado despertar y encontrarse en el regazo de Iori, en la tranquilidad de su habitación, con esa extraña calma en el ambiente.

—¿Cómo te sientes? —preguntó Iori de pronto, la inflexión de su voz diciéndole a Kyo que Iori ya conocía la respuesta. Que la conocía tan bien como él, y que formulaba aquella interrogante por si existía la más mínima posibilidad de una respuesta distinta.

—Mal —murmuró Kyo, pensado en cuánto le hubiera gustado poder ser capaz de mentirle al pelirrojo.

—¿Qué necesitas?

—¿Mi fuego? —Kyo rió, porque, por alguna razón, esa respuesta le hizo gracia. Quizá la idea de que podía morir comenzaba a hacerlo desvariar—. No tiene sentido... —continuó el castaño en un murmullo, su mirada desenfocándose—. Tú no tienes tu fuego y... no te ha afectado. Sigues vivo.

No hablaron por unos segundos. Kyo sintió que sus ojos se cerraban ante la caricia que había recomenzado entre sus cabellos.

—¿Por qué no me dijiste que Ash te había ofrecido el fuego púrpura? —susurró Kyo, resistiéndose al sueño.

—No vi la necesidad.

Kyo recordó el repentino cambio que se había obrado en Iori la tarde en que llegó con el brazo lastimado. Su odio y su rabia y la profunda frustración cuando había dicho que no iba a permitir que él fuera en busca de Ash. Todo había cobrado sentido en el momento en que oyó al rubio decir que el fuego era la recompensa si Iori lo entregaba.

Ahora Iori hablaba como si aquello le fuera indiferente, pero Kyo sabía que, en el fondo, no lo era. Se trataba de su fuego, al fin y al cabo. El fuego de los Yagami. Quizá Iori había vivido convencido de que el fuego, o su padre, o su clan, no importaban, pero Kyo había visto cuánto le había costado a Iori contenerse de atacar a Ash cuando el rubio había hecho mofa de todo aquello. Iori había estado concentrado en ganar tiempo para que él pudiera invocar el fuego escarlata, pero había llegado un punto en que su ira acumulada simplemente se había desencadenado y Kyo no lo culpaba. Al contrario, le sorprendía que hubiese podido contenerse tanto.

—Al menos debiste... —intentó protestar Kyo.

—No había necesidad —repitió Iori, interrumpiéndolo a pesar de que su voz fue apenas audible—. No si tú eras el precio.

Kyo entreabrió los labios al oírlo, aún sin poder acostumbrarse a que Iori fuera capaz de decir ese tipo de cosas con total honestidad, sintiendo una mezcla de placer y pesar en su interior. Yagami lo había elegido a él. No al fuego púrpura. Él.

Se incorporó con esfuerzo, volviéndose hacia Iori, quien lo sostuvo cuando Kyo medio se inclinó y medio cayó en su dirección. El castaño sintió el intenso calor que emanaba el cuerpo de Iori, la fiebre ardiendo desatendida. Apoyar sus manos heladas contra su pecho le recordó brevemente a la sensación del fuego entre sus dedos, pero, a pesar del cercano calor, aun así sintió el escalofrío que corrió por su espalda cuando se encontró con los ojos carmesí de Iori siguiendo cada uno de sus débiles movimientos, sus irises un poco vidriosos debido a la fiebre, pero sin perder su habitual intensidad.

Kyo se inclinó sin apartar la mirada, plenamente consciente de que Iori lo sostenía pero no lo guiaba, y sólo cerró los ojos cuando sus labios rozaron los de Iori tentativamente, sus respiraciones mezclándose un breve instante antes de que Kyo continuara el beso, los labios de Iori cediendo bajo los suyos, correspondiéndolo con inusitada suavidad, y Kyo sintiendo el comienzo de una sonrisa cuando él retribuyó aquella gentileza ahondando el beso con brusquedad.

El sabor de la sangre se mezcló con las notas de humo en los labios del pelirrojo. Kyo notó las manos de Iori atrayéndolo aun más hacia sí, sin que la debilidad o la fiebre o las heridas parecieran importarle, manteniéndolo cerca mientras se dejaba besar, permitiéndole invadir su boca sin la agresividad que había caracterizado a los besos anteriores, perdiéndose en la sensación, disfrutando.

Kyo lamió aquellos labios, los mordió suavemente, buscando provocar a Iori para que devolviera el beso como era debido, sintiendo satisfacción cuando consiguió un gruñido de placer de su parte, pero se detuvo abruptamente ante un simple gesto de Iori, una de las manos del pelirrojo haciendo una suave caricia en su espalda llena de sutil abatimiento, que lo hizo apartarse de Iori para poder mirarlo un momento a los ojos, sorprendido, antes de rodearlo con sus brazos.

Lo estrechó con tanta fuerza como se lo permitió el cansancio, y no dejó de hacerlo ni siquiera cuando notó cómo todo el cuerpo de Iori se ponía rígido ante aquella repentina demostración de afecto.

Kyo esperó a que el pelirrojo lo hiciera a un lado, pero los segundos transcurrieron y nada ocurrió. Oyó una leve risa apagada de Iori, más una vibración contra su pecho que un sonido audible, y luego sintió cómo Iori se apoyaba en él mientras lo envolvía en sus brazos, casi con resignación.

—Estúpido Kusanagi —murmuró Iori, su voz sonando extenuada.

Kyo asintió, sin dejar de abrazarlo, sin poder evitar disfrutar del calor de la piel de Iori contra el frío que lo invadía.

—¿Te arrepientes? —preguntó Kyo en un susurro levemente burlón.

—¿De qué diablos hablas? —fue la respuesta, impaciente, pero en un susurro también, las voces de ambos muy bajas, sin romper la quietud de la habitación.

—De no aceptar el fuego púrpura, ahora que Ash logró su objetivo de todos modos.

—¿Acaso no estás aquí?

Kyo sonrió ante su franqueza.

—Pero por cuánto tiempo —murmuró antes de poder medir sus palabras.

El abrazo de Iori se aflojó. El pelirrojo lo apartó para mirarlo, su rostro molesto.

—¿No estarás hablando de morir, Kusanagi? —preguntó con voz hosca.

Kyo bajó la mirada. Sentía sus propios brazos pesados y fríos ahora que no estaban alrededor de Iori. Pensó en la sangre que cubría el suelo del baño. Iori la había visto cuando lo había traído a la cama, debía saber lo que eso significaba. Era demasiada sangre. ¿Cuánto más iba a poder aguantar en esas condiciones? ¿Un día?

—¿Piensas dejarte morir después de repetirme que yo debo matarte? —preguntó Iori en un murmullo irritado.

—Podrías matarme ahor… —empezó a ofrecer Kyo, pero se interrumpió bruscamente al ver la expresión que adoptó el rostro de Iori—. Es una broma —se apresuró a decir—. Era una broma, Yagami —aseguró, posando su mano en el pecho de Iori en un ademán apaciguador. Kyo tuvo la impresión de que Iori lo habría golpeado si hubiese tenido fuerza suficiente—. Estuvo fuera de lugar. Lo siento.

Iori se reclinó nuevamente contra la cabecera de la cama, un exhausto suspiro fastidiado escapando de sus labios, pero Kyo de algún modo supo que estaba perdonado cuando Iori le dirigió una mirada en la que parecía preguntarse por qué, además de todos sus problemas, tenía que lidiar también con sus estupideces.

Kyo le sonrió con algo de culpabilidad antes de recostarse nuevamente en su regazo.

—No pienso «dejarme morir». Sería un desperdicio —murmuró, permitiendo que el agotamiento lo invadiera. Había resistido bastante tiempo y se merecía descansar unos minutos—. Con lo bien que se está contigo —agregó en un susurro burlón, cerrando sus ojos.


Iori esperó hasta que la respiración de Kyo le dijo que el joven se había dormido y sólo entonces se permitió un gruñido apagado de dolor. Se llevó una mano al rostro, cerrando los ojos con fuerza, sin poder ignorar la presión que pulsaba en su cabeza y que no hacía más que intensificarse. Ya no estaba seguro de que aquel dolor fuera producto de la fiebre. Sus pensamientos flotaban en una densa bruma que había comenzado durante la pelea con Ash, que no cedía, que sólo se apartaba cuando su atención estaba puesta en Kyo.

Bajó la mirada hacia el joven dormido en su regazo, el perfil claramente delineado contra la tela negra de sus manchados pantalones, la piel blanca como el papel, un rastro de sangre en la comisura de sus labios entreabiertos.

Despacio, Iori apartó las hebras castañas del cabello de Kyo. Sus dedos rozaron la piel fría de su mejilla. Tan fría. Era como si su fuego se hubiese llevado el calor y las fuerzas del joven, y no comprendía la razón.

Ash había revelado que había robado su fuego púrpura años atrás. Iori sabía que debía odiarlo por eso, que lo normal habría sido querer buscar venganza, pero no conseguía reunir la voluntad suficiente. En todo lo que podía centrarse era que la falta del fuego nunca le había afectado como estaba afectando a Kyo.

Dejar que el Kusanagi descansara y durmiera por horas no estaba sirviendo de nada. Al contrario, cada vez que Kyo despertaba se encontraba más débil. A pesar de que el Kusanagi aún fuera capaz de sonreírle y hacer bromas irritantes, o de besarlo de una manera que habría llevado a algo más si no hubiesen estado ambos en tan lamentable estado, Iori podía ver lo que estaba sucediendo con su organismo. Kyo podía decir que no tenía intenciones de morir, pero ¿cuánto más podía aguantar?

Hubo un leve temblor en el castaño y luego Iori lo sintió toser débilmente. Por reflejo le acarició el cabello, esperando que el acceso pasara, sin poder hacer más. El Kusanagi debió percibir la caricia, porque entreabrió sus ojos un momento. Iori odió la opacidad que se había asentado en sus irises, la forma en que apagaba su mirada.

—Estoy bien —aseguró Kyo en un susurro cansado, esbozando una leve sonrisa que pretendía ser convincente.

—No lo estás —gruñó Iori, pero Kyo ya había vuelto a dormirse.

La mano que tenía en el cabello de Kyo bajó por la mejilla del joven hasta sus labios, sintiendo su respiración, irregular, superficial.

Tenía que hacer algo antes de que fuera demasiado tarde.


Iori cubrió a Kyo con las sábanas, mirándolo una última vez antes de levantarse despacio. De inmediato se llevó una mano a la cabeza, maldiciendo en voz alta, pero consiguió mantener el equilibrio. A tientas, sacó un abrigo del armario, algo que fuera suficiente para ocultar el vendaje ensangrentado de su cintura.

Bajó las escaleras teniendo que descansar cada dos peldaños. Por irracional que fuera lo que planeaba hacer, era mejor que quedarse en la cama mirando cómo el Kusanagi empeoraba.

Pudo ir de la escalera a la puerta de salida, recorrer el pasillo exterior y llamar al elevador, sin caer. En el garaje del edificio, pasó unos minutos recuperando el aliento, apoyado en la carrocería de su automóvil.

Mantenerse consciente durante el trayecto hasta el parque probó ser más difícil, pero su determinación (¿o era su insensatez?) prevaleció y pronto los altos árboles desnudos y la pagoda de East Side Park se alzaron ante él.

Evitó a las personas que paseaban por el parque, y ellas lo evitaron con el mismo empeño a él, tomándolo probablemente por alguien que estaba drogado o ebrio debido a sus pasos inestables, la mirada vidriosa en sus ojos.

Ash había mencionado que la pagoda era el punto de encuentro específico, pero una mirada a la construcción le bastó para saber que no podía quedarse ahí. Había demasiada gente, formando una fila para entrar, tomándose fotografías en los balcones de aquella burda imitación de edificación oriental, pintada con absurdos patrones moriscos y decorada con desacertados vitrales multicolores. Sólo alguien como Ash podía compararla con un templo japonés.

Alejándose de ahí, pronto perdió la noción del tiempo que pasó vagando en los senderos ondulantes del parque, buscando una señal que le explicara por qué Ash había elegido ese sector específicamente. ¿Era un lugar de poder? ¿Escondía un vórtice de energía que Ash u Orochi pensaban explotar?

De seguro el rubio debía haber tenido el parque bajo vigilancia días atrás, pero ahora que había conseguido el fuego de Kyo, ¿cuáles eran las probabilidades de que siguiera ahí?

Pocas. O nulas. Pero Iori había acudido porque ese parque era el único sitio en la ciudad que guardaba alguna relación con Ash. Era donde su búsqueda debía empezar y, si no conseguía dar con el rubio, era donde terminaría. Sin más opciones, quizá acabaría contactando a los Kusanagi, por si había algo que ellos pudieran hacer.

Intentar contactar no sólo a Ash, sino también a los Kusanagi... Kyo iba a ser capaz de hacerle llegar a ese nivel...

Exhausto, se dejó caer en una banca vacía en el parque, respirando con dificultad por entre sus labios entreabiertos. La brisa fría jugó con sus cabellos. Se sintió helada contra su piel afiebrada, filtrándose por debajo de su abrigo. Iori maldijo porque había dejado los cigarrillos olvidados en el departamento. Pensó en si Kyo habría despertado, si se estaría preguntando a dónde habría ido. Quizá llamar al concierge para que vigilara a Kyo no habría sido una mala idea, a pesar de que, horas atrás, permitir que alguien viera a Kyo tan débil se le había hecho inaceptable.

No estaba pensando con claridad. En el estado en que se encontraba, tomar decisiones equivocadas era demasiado fácil.

Los faroles en ese rincón desierto del parque le anunciaron que la tarde casi había acabado. Observó las luces volverse más intensas a medida que el manto de la noche caía a su alrededor.

Varios minutos después, se levantó para volver a casa, molesto consigo mismo por haber creído que serviría de algo ir a ese lugar.

Dio unos pasos y se detuvo en seco al ver una figura sentada en silencio sobre el cerco de madera que bordeaba uno de los jardines del parque. Su cabello rubio y lacio caía sobre sus hombros y se sacudía con la brisa, dejando entrever ocasionalmente una horrible herida abierta en su mejilla.

—No creí que fueras tú cuando me informaron que había alguien sospechoso rondando en el parque, pero verte en ese estado tan patético ha hecho que venir a comprobarlo valiera la pena —dijo Ash como saludo, sus ojos celestes brillando burlones.

Todo lo que Iori sintió al verlo fueron unas ganas irreprimibles de hacerlo sufrir, a pesar de que ése no era su propósito inicial.

Ash bajó del cerco y caminó hacia él, deteniéndose a una distancia prudente. Sus movimientos fueron un poco lentos. Las heridas en su rostro no parecían estar sanando tan rápidamente como en ocasiones anteriores.

—¿Qué quieres, Yagami? —suspiró Ash—. ¿Vienes a pedir tu recompensa? Porque me pareció que estabas del lado de Kusanagi la última vez, cuando estabas intentando matarme.

El rubio hizo un pequeño mohín porque los largos mechones rojos de Iori le dificultaban ver su expresión. Los ojos del Yagami quedaban en la sombra, imposibles de leer.

La réplica fue un gruñido, la voz de Iori tan profunda que Ash creyó oír mal. ¿Había dicho «fuego del Kusanagi»?

—¿Quieres el fuego anaranjado? —preguntó el rubio, incrédulo—. ¿Te golpeé muy fuerte en la cabeza? Creo que te has equivocado de familia. —Ash rió. En la tranquilidad del parque, oyó la respiración de Iori, un profundo jadeo trabajoso que salía de sus labios entreabiertos—. Kyo debe estar muy mal, ¿verdad? No esperaba que reaccionara así cuando le quité las flamas. Quién iba a pensar que el heredero de los Kusanagi pudiera ser tan débil. Dime, ¿te ha dado lástima? ¿Estás aquí porque quieres ayudarlo?

Ash vio el cambio en la postura del Yagami, incluso cuando no podía ver su rostro.

—¿De qué me sirve Kusanagi así? —gruñó el pelirrojo con una voz tan cargada de rabia que Ash dejó de sonreír.

—¿Hablas en serio? —preguntó Ash, sorprendido, sus ojos súbitamente calculadores—. Hablas en serio —se respondió a sí mismo—. Realmente. Y es una buena pregunta —dijo el rubio, cruzándose de brazos, mirando a Iori de arriba abajo, apreciando sus heridas como si él no hubiese sido el causante—. Y la respuesta es simple, el Kusanagi no nos sirve para nada. Ni a ti, ni a mí, ni a Orochi. Es demasiado débil.

Ash dio un paso hacia adelante y se detuvo. Sus ojos celestes seguían examinando al pelirrojo, inquisitivos. Iori no se movió.

—Lo supe cuando le quité sus flamas y lo vi caer —explicó Ash—. Es débil. Eso no debía pasar. Mírate. Tú, sin fuego, eres más fuerte que él. Sano y fuerte. Quizá los rezos de tu madre fueron oídos por los dioses. —Ash no pudo contener una leve risa. Se acercó otro paso—. Te interesa el fuego de los Kusanagi, ¿eh? Dime, ¿qué estarías dispuesto a dar a cambio de lo que pides?

Su pregunta pendió en el aire y a ella siguió un profundo silencio, interrumpido sólo por la respiración del pelirrojo.

Ash ladeó su rostro. Con una confianza nacida de la convicción, Ash recorrió la distancia que lo separaba del Yagami. Se detuvo frente a él, sonriendo cuando el pelirrojo no hizo ningún gesto para atacarlo. Percibió el calor que brotaba de su cuerpo debilitado. Encontró su mirada, oscura y amenazante y enfurecida, y comprendió lo que iba a suceder, porque conocía esa mirada. Iori no era el primer Yagami que se presentaba ante un mensajero de Orochi portando esa expresión.

No había estado tan equivocado con respecto a Iori.

La historia se repetía. Lo llevaba en su sangre, después de todo.

En su familia, recurrir a Orochi siempre era una opción.

—¿Quieres hacer un pacto, Yagami? —preguntó.


Kyo tiritaba debido al frío, a pesar de que se encontraba cubierto hasta el cuello por las sábanas. Aunque su mente estaba confusa, lo primero que hizo fue extender su brazo buscando a Iori, y maldijo por lo bajo al encontrar la cama vacía y las sábanas heladas.

Lo segundo que hizo fue exhalar despacio, porque le había parecido que su aliento formaba una nube blanca ante su rostro.

Se envolvió mejor en las sábanas al darse cuenta de que el frío no provenía de su debilidad, sino de la temperatura del departamento. Tal vez la calefacción había fallado, quizá Iori no estaba con él porque se encontraba verificando qué ocurría...

Kyo recorrió la habitación con la mirada, buscando al pelirrojo. La única luz encendida provenía de la débil lámpara del velador. Alrededor de la cama todo estaba en penumbra. La oscuridad era tan densa que no permitía ver ni un atisbo de los muebles, ni el borde de las ventanas, ni la iluminación de la ciudad en el exterior. Se preguntó si sus ojos le estaban jugando malas pasadas.

Parpadeó, pero la oscuridad continuó invariable.

Excepto por una leve ondulación en el límite mismo entre la luz y la sombra. Una presencia o presencias malignas que lo observaban en silencio, y que absorbían la luz y el calor del ambiente, que sacudían espesos filamentos negros queriendo tocarlo, pero retrocediendo ante el brillo dorado de la lámpara.

Kyo intentó levantarse para enfrentarla, pero su cuerpo no respondió.

Hubo un crujido y un estallido, y el bulbo de la lámpara reventó, sumiéndolo en la oscuridad. Kyo sintió los filamentos negros como tentáculos cerrándose alrededor de su cuello. Tosió, luchando por respirar.


—Kyo...

Kyo jadeó, sus manos en su cuello, arañando en su desesperación por conseguir algo de oxígeno, sintiendo su garganta llena de sangre.

Iori estaba de pie junto a la cama y acababa de encender la lámpara. El pelirrojo lo ayudó a incorporarse, sujetándolo con firmeza mientras él tosía y se atragantaba y batallaba débilmente porque no sabía si lo que sentía a su alrededor eran los brazos de Iori o la oscuridad agobiante de la pesadilla.

—Respira —ordenó Iori, sujetándolo mejor, hasta que Kyo dejó de forcejear y obedeció, apoyándose contra su pecho, tomando bocanadas de aire, mientras sus ojos recorrían el piso, viendo la familiar decoración de la sala y la cocina, y las ventanas por las que se podía ver el paisaje nocturno. No hacía frío. Podía sentir la tibieza del ambiente contra su piel helada.

Un sueño, se dijo. Sólo un sueño.

—Estoy bien —susurró cuando pudo respirar de nuevo, pero no intentó apartarse, se quedó contra Iori, disfrutando de la cercanía del joven, agradeciendo que estuviera ahí y no perdido en alguna copia onírica de la realidad.

Sin embargo, a medida que el momento se prolongaba, pequeños detalles incongruentes fueron entrando en su mente uno a uno: el abrigo negro que Iori vestía sobre su torso desnudo, como si fuera a salir a la calle, o como si llegara de algún lugar; su cintura, libre de vendajes, la piel intacta, sin un rastro de la herida causada por Ash; su rostro ya no estaba pálido; sus ojos eran intensos, sin el brillo vidrioso que habían adoptado debido a la fiebre.

Kyo apoyó su mano en el pecho de Iori. La fiebre había desaparecido, sí, junto con todas las heridas que habían cubierto al joven momentos (¿horas?, ¿días?) atrás.

Confuso, Kyo bajó la mirada. ¿Cuánto llevaba inconsciente?

Buscando un punto de referencia para calcular el paso del tiempo, vio que las sábanas seguían salpicadas de sangre seca, la botella de agua medio vacía aún estaba a su lado. El vaso en el velador seguía volcado, sin que nadie se hubiese preocupado por enderezarlo. Su ropa era la misma que la de la noche del concierto. Los pantalones de Iori eran los que había visto antes, cubiertos de sangre seca disimulada por la tela oscura.

Frunció el ceño, un mal presentimiento embargándolo, de inmediato alzando la vista hacia el rostro de Iori, pero sin saber qué esperaba ver en él.

Lo observó, llevando una mano a la mejilla del joven, Iori permitiéndole el gesto sin apartar su mirada. Kyo acarició la tersa piel que antes había estado magullada; apartó los mechones rojos, suaves, ya no húmedos debido a la fiebre. La expresión de Iori era la de días atrás, sus ojos observándolo calmados, dándole tiempo de examinarlo, pero Kyo sabía que estaba pasando algo por alto. Iori estaba bien, su herida, todas sus heridas, habían sanado. ¿Por qué estaba sintiendo esa intensa angustia encrespándose en su interior?

Al dejar ir el cabello del joven, notó que hasta la antigua cicatriz que cruzaba su ojo izquierdo había desaparecido.

Su mano se apartó trémula y Kyo entreabrió los labios, su instinto diciéndole que quien estaba con él no era el Iori que conocía, aunque se comportara como él, aunque su mirada fuera la misma.

—¿Qué has hecho? —preguntó Kyo con voz tensa.

La expresión de Iori no varió, como si esperara esa pregunta.

El pelirrojo le mostró su mano derecha.

Una suave flama púrpura se encendió entre sus dedos.


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He recibido un fanart de mi escena preferida del Capítulo 11: el abrazo que no es un abrazo, pero sí lo es. Quizá.
Lo comparto aquí: darkcrimson PUNTO net SLASH shades/?attachment_id=243