El fuego.

Ardiendo violáceo, casi blanco, y luego purpúreo, dócil, luego salvaje, su aspecto frío, pero liberando un calor intenso, reflejándose en los ojos de Iori, provocando que inquietantes sombras danzaran sobre su rostro.

Y Kyo, en medio de su sorpresa y su angustia por lo que ese fuego significaba, se encontró pensando en lo correcto que se sentía verlo arder en la mano de Iori, en la perfecta imagen que era Iori sentado en el borde de la cama, medio vuelto hacia él, observando el fuego con un semblante inexpresivo donde él, a fuerza de conocerlo, podía entrever una invisible satisfacción.

—¿Por qué? —murmuró Kyo, su voz débil, sin querer pensar en lo que Iori había dado a cambio del fuego, pero siendo incapaz de reprochárselo.

—¿Te sorprende tanto? —preguntó Iori en tono bajo, cerrando su mano y extinguiendo la flama, llevando esa misma mano hacia el rostro de Kyo hasta acunar su mejilla, Kyo sintiendo el intenso calor del fuego a través de la caricia—. ¿Vas a decir que no lo esperabas de un Yagami?

Kyo bajó la mirada un momento. Negó con la cabeza.

—Pero ¿por qué ahora? —preguntó el castaño.

Iori no alcanzó a explicar, porque Kyo lo interrumpió al cerrar los ojos con fuerza y apartar su rostro bruscamente, cubriéndose los labios con una mano, su cuerpo exhausto comenzando a sacudirse con violencia, gotas de húmedo escarlata salpicando en las sábanas.

Iori esperó a que el acceso pasara, mirando a Kyo apoyarse en el colchón y limpiarse los labios con un gesto molesto de su mano mientras jadeaba.

—¿Realmente creías —preguntó Iori en un murmullo muy bajo— que me limitaría a verte morir?

Kyo se volvió hacia él, respirando con dificultad, la honestidad de Iori dejándolo sin saber qué decir una vez más. Quiso asegurarle al pelirrojo que no estaba muriendo, por mucho que no estuviera seguro de si esa afirmación era completamente cierta, pero Iori no esperó a que hablara.

El pelirrojo le mostró su mano abierta en silencio, e invocó al fuego nuevamente. Esta vez, la flama fue cálida y anaranjada, ardiendo inquieta.

Kyo entreabrió los labios, perplejo al ver que Iori también estaba en posesión de su poder. Negó con fuerza, sin querer pensar en lo que eso significaba, pero al mismo tiempo sintió a su cuerpo reaccionar ante la cercanía del fuego, su organismo sabiendo que aquella energía le pertenecía, queriéndola de vuelta.

Iori observó cómo la flama ardía y se ondulaba hacia Kyo, como si el fuego también supiera que su lugar era con él, pero el efecto pasó pronto, y la llama continuó ardiendo indiferente a su presencia.

—Debes aceptarlo para que vuelva a ser tuyo, Kyo —indicó Iori con voz queda, observando con fijeza el brillo anaranjado reflejándose en los irises oscuros del joven.

Kyo miró en los ojos del Yagami, las palabras fallándole.

—No voy a hacer un maldito pacto con Orochi —se obligó a replicar con aspereza, pero dolorosamente consciente de lo que estaba pasando, consciente de que Iori había traído el fuego para él.

—Estúpido Kusanagi —suspiró Iori, dejando que la flama brillara intensa, tentadora—. Sólo debes aceptar. El pacto lo hice yo.

Kyo negó, sintió un escalofrío ante lo despreocupada que sonaba la voz del pelirrojo, la forma en que simplificaba un acuerdo celebrado con una deidad malévola.

—«Confía en mí», ¿es lo que quieres oírme decir? —preguntó Iori con sarcasmo ante su reticencia, cerrando su mano en un puño, el fuego desapareciendo al instante.

Kyo volvió a negar, su mirada endurecida por las dudas que bullían en su interior, los sentimientos contradictorios que Iori le causaba con tanta facilidad. Quería recriminarle, decirle que había cometido una estupidez, pero ningún reproche salía de sus labios.

—Confío en ti —murmuró Kyo finalmente, de mala gana—. Pero no en Orochi.

Iori guardó silencio. La reacción de Kyo era comprensible. Habría sido más extraño que aceptara el fuego anaranjado sin protestar.

El pelirrojo buscó la caja de cigarrillos en el velador. Encendió uno mientras Kyo lo observaba. No usó el mechero. El borde del tabaco ardió ante una pequeña flama púrpura.


Iori fumó. Exhaló lejos de Kyo, a pesar de que los tosidos que volvían a recomenzar en el joven nada tenían que ver con el humo del cigarro. Esperó a que este ataque también pasara.

—Orochi no sólo quería el fuego de tu familia —habló el pelirrojo cuando Kyo se calmó, observando al castaño, su pecho que subía y bajaba agitado—. Quería poseerte. Usarte para matar a todo tu clan. —Iori dio una larga calada, sin dejar de mirar el pálido rostro del joven, agraviado ante aquella información—. Desistió de esa idea al ver el daño que te causó al quitarte tu poder. Si no eras capaz de resistir eso, tu organismo colapsaría ante la presencia de la energía de Orochi en tu interior.

Kyo sintió que su corazón comenzaba a latir con más fuerza, perturbado ante las palabras de Iori y la indiferencia con la que hablaba.

—¿Cómo sabes todo eso? —exigió saber.

—Sin un huésped adecuado para su dios, a Ash no le quedó más que permanecer en la ciudad —continuó Iori, mirando el cigarrillo unos segundos, como si Kyo no hubiese intervenido—. Antes me había dicho dónde encontrarlo.

—Iori... —murmuró Kyo, sin gustarle hacia dónde estaba yendo la narración del Yagami. No tenía sentido que Ash le hubiera dado no sólo el fuego púrpura, sino también el fuego de los Kusanagi, después de todos los esfuerzos que había hecho para robarlos. No tenía sentido, a menos que...

—Le di lo que necesitaba —asintió Iori, clavando su mirada en Kyo, su voz tranquila y un poco distante.

—¿Dejaste que...?

—A cambio de algo que me pertenece —terminó el pelirrojo.

Kyo se estremeció ante su mirada desafiante; tuvo que hacer un esfuerzo para no rehuir su contacto cuando Iori extendió una mano hacia él y apartó algunos mechones castaños que caían sobre su frente.

—¿Dejaste que Orochi te poseyera...? —susurró el Kusanagi, su garganta seca.

Iori acarició su mejilla, sin confirmarlo, sin negarlo.

—Tú te lo buscaste, Kyo —murmuró—. No tenías idea de lo que pedías. Te advertí que era peligroso. Y no escuchaste.

Kyo alzó una fría mano temblorosa y la posó sobre la de Iori. Cerró sus ojos, abatido, inclinándose hacia la caricia a pesar de saber que lo que debía estar haciendo era apartarse, encarar a Iori, recriminarle.

Iori se veía en paz con su decisión, pero Kyo no conseguía aceptarlo. No podía creer que Iori hubiese llegado a ese extremo. Que la falta de su fuego pudiera matarlo no era razón suficiente para cometer esa locura.

¿Quién era el que estaba ahí, con él? ¿Era realmente Iori, o una sombra del pelirrojo, controlada por Orochi?

Descubrió que la respuesta a esas preguntas le daba igual. El efecto que Iori provocaba en él se mantenía invariable, nublando su juicio. Por eso permitía que lo tocara. Por eso no podía apartarse.

El único cambio en aquellas intensas emociones era que ahora estaban marcadas por una dolorosa desesperación.

—¿Qué has hecho, Yagami? —siseó Kyo con profunda amargura.

—Complacerte —fue la queda respuesta, que hizo que el castaño abriera los ojos, confuso, sorprendido—. Acepta el fuego, Kyo —murmuró el pelirrojo, sin dejar de acariciar la pálida mejilla del Kusanagi—. Acéptalo. No te preocupes por Orochi.

Kyo negó, con menos convicción esta vez.

—Él es mi problema —dijo Iori, su voz bajando incluso más—. Confía en mí —murmuró, y Kyo no supo si lo decía en serio o si se burlaba de él.

—Eres un idiota, Yagami —dijo Kyo en un murmullo también—. No sabes lo que has hecho.

Iori rió, bajo.

—Entonces somos dos —susurró.


Kyo jadeó, sus ojos cerrados con fuerza, la mano de Iori aprisionándolo contra el colchón, las suyas arañando la muñeca de Iori, un gemido de dolor escapando de sus labios cuando la energía anaranjada pasó de los dedos del pelirrojo a su cuerpo, provocándole una punzada en el corazón y extendiéndose violenta, produciéndole una oleada de dolor que le arrancó un grito ahogado. Llegó a pensar que había cometido un error, que aquello no era su energía volviendo a él, sino él siendo poseído a traición, a pesar de que en alguna parte de su mente sabía que, para que una posesión fuera completamente efectiva, era necesaria la autorización voluntaria y explícita del huésped, cosa que él no había dado, ni remotamente.

—No estás respirando —dijo la voz de Iori.

—Maldito, Yagam... —gruñó Kyo, forcejeando porque la mano de Iori estaba oprimiendo demasiado su pecho.

El mundo a su alrededor parpadeó y se oscureció.


Al volver en sí, Iori continuaba en la misma posición, su mano aún sobre su pecho, el brillo de la energía apagándose despacio. Su expresión concentrada se relajó y, de pronto, así como había comenzado, el cálido flujo quedó interrumpido.

El alivio fue inmediato. El dolor se disipó. Kyo tomó bocanadas de aire sólo por el placer de sentir que podía respirar con libertad. Un cosquilleo agradable invadió sus extremidades, la sensación tan familiar de su energía.

Iori apartó su mano. Kyo siguió su movimiento, un recelo irreprimible asomando a sus ojos, temiendo que, ahora que la transferencia de energía había acabado y que el pacto hecho por Iori se había cumplido, la presencia de Orochi se manifestara para destruir toda la ciudad o, ¿por qué no?, el planeta entero.

Sin embargo, el departamento permaneció en calma.

—Descansa —dijo Iori, y Kyo negó con vehemencia, porque no iba a descansar sabiendo que la energía de Orochi estaba ahí, con ellos. No podía dejar a Iori sin supervisión, sin interrogarlo sobre lo que pensaba hacer.

Pero su cuerpo acató la orden del Yagami con gusto, después de pasar tantas horas resistiéndose a la debilidad. Kyo sintió que sus ojos se cerraban sin que él pudiera hacer nada para evitarlo.


Iori estaba ahí cuando despertó horas después. No parecía haberse movido de su lado en ningún momento. Sus ojos escarlata lo miraban con detenimiento, asegurándose de que todo hubiera salido bien, que Kyo tuviera su fuego de vuelta.

Kyo probó sentarse. Sintió un leve mareo porque aún se encontraba débil debido a la cantidad de sangre que había perdido, pero al instante notó la enorme diferencia: la sensación de tener una herida en su pecho había desaparecido, podía respirar con facilidad, tenía fuerzas para moverse.

El castaño suspiró, apoyándose en la cabecera de la cama. Por primera vez estuvo lo suficientemente lúcido para sentir disgusto ante las sábanas manchadas. Cualquiera habría pensado que alguien había sido apuñalado ahí.

Sin embargo, no había tiempo para pensar en eso. Se volvió hacia Iori, pero cuando sus miradas se encontraron, no supo qué debía hacer primero. ¿Insultarlo? ¿Agradecerle?

¿Qué predominaba? ¿Que Iori hubiese hecho un acuerdo con Orochi, o que le hubiera devuelto su fuego?

Incapaz de contenerse, Kyo probó invocar a sus flamas, pero todo lo que sintió fue un tibio calor en la palma de su mano.

Oyó una risa burlona de Iori. Una risa. Como si ésa fuera una noche cualquiera, como si no estuviese pasando nada fuera de lo común.

—¿No es muy pronto? —comentó el pelirrojo.

—Supongo —murmuró Kyo, atónito ante lo fácil que se le hizo responderle con normalidad—. No duele, al menos —agregó, Iori viéndose complacido por eso antes de levantarse y dirigirse a la cocina y luego al mueble bar. Al volver, le entregó una botella de agua a Kyo. Para sí mismo había traído un vaso de whisky lleno hasta el borde—. ¿Estás bien, Yagami? —preguntó Kyo.

Iori se sentó a su lado, Kyo moviéndose un poco para darle espacio. La parte racional de su mente le decía que no debía permitir que Iori estuviera tan cerca, que no debía olvidar que Iori tenía la energía de Orochi en su interior, pero Kyo la ignoró. Por más que mirara buscando una señal de la posesión, no encontraba ninguna. Iori no había cambiado en lo más mínimo. Si Orochi estaba ahí, debía estar esperando el mejor momento para aparecer, pero, mientras tanto, él no quería desaprovechar la cercanía con Iori. ¿Por qué se había vuelto tan difícil estar juntos y en paz?

—Te hice una pregunta —gruñó Kyo cuando Iori lo ignoró.

El pelirrojo bebió un largo sorbo de alcohol y después asintió.

—¿Qué sucederá ahora? —preguntó Kyo. Hablar se le hacía más fácil, su voz recuperaba su firmeza habitual.

—¿Qué quieres que suceda?

Kyo sintió un profundo escalofrío ante la manera en que Iori entonó la pregunta, su voz baja e invitante, sugerente, haciendo que sus pensamientos se desbocaran hacia posibilidades que nada tenían que ver con el problema entre manos.

Haciendo acopio de voluntad, Kyo ignoró la insinuación.

—Orochi —dijo Kyo, la sola mención del nombre arruinando el ambiente lo suficiente para que él consiguiera concentrarse—. ¿Qué haremos al respecto?

—Me encargaré de eso.

La simplicidad de la frase de Iori hizo que Kyo se exasperara. El Kusanagi se permitió perder la paciencia porque era sumamente agradable tener fuerzas para increparle a Iori que esa respuesta no tenía sentido.

—¿Qué piensas hacer exactamente? —insistió Kyo.

—Evitar que te mate.

Kyo se volvió hacia el pelirrojo, su entrecejo fruncido. Iori bebía un sorbo de whisky, el vaso medio vacío ya.

—¿Qué? —preguntó Kyo al ver que Iori no elaboraba su respuesta.

—No pudo poseerte, quiere matarte. A todo tu clan, como dije. Empezando por ti —explicó Iori, devolviéndole una mirada impasible.

—¿Cómo lo sabes?

—Lo sé.

La aprensión que embargó a Kyo fue tan intensa que el joven se quedó sin palabras. Al hablar con tanta seguridad sobre lo que Orochi quería hacer, Iori estaba dándole a entender que no era sólo la energía del dios lo que había entrado en él, sino algo más.

—¿Sabes lo que piensa? —preguntó Kyo con voz áspera.

Iori lo miró. Hubo una breve vacilación. Asintió.

—Maldita sea, Yagami —exclamó Kyo.

La reacción de Iori fue una risa extraña, casi para sí mismo. Kyo lo miró con rabia.

—Esto es serio.

—Para ti, tal vez —replicó Iori, bajando la mirada hacia su vaso—. Quienes corren peligro son tú y tu familia.

—¿Qué?

—Volver al mundo a causar el caos, destruir ciudades... son patrañas inventadas por Crimson —dijo Iori—. Gran parte de las cosas que te dijo resultó ser mentira. Esto no es diferente.

Kyo apretó los dientes. ¿Iori estaba defendiendo a Orochi?

Sin embargo, cuando Iori se volvió hacia él, Kyo supo que no era eso. El pelirrojo estaba diciendo la verdad, o lo que Orochi le estaba haciendo creer que era verdad.

—No tendría sentido destruir el mundo al que durante tantos años planeó volver, ¿no lo crees, Kyo? —preguntó Iori.

—No lo sé, yo no hice un pacto con él, no lo conozco tan bien como tú —soltó Kyo con un sarcasmo que buscaba ser hiriente. Se arrepintió de hablarle así a Iori al instante siguiente, consciente de que el Yagami lo había hecho por él, pero no se disculpó. Estaba agradecido con Iori, pero al mismo tiempo no podía perdonarle tan fácilmente lo que había hecho.

—Veo que ya te sientes mejor, Kusanagi —fue toda la respuesta que dio Iori, sin mostrarse afectado por sus palabras.

Kyo apartó la mirada; su comportamiento no estaba siendo el mejor, pero aun así no se disculpó.

Iori no esperaba que lo hiciera. El pelirrojo se levantó y se dirigió al baño. A través de la puerta entrecerrada, Kyo oyó ruidos que le hicieron sospechar que Iori estaba limpiando las manchas de sangre. El agua de la ducha pronto comenzó a correr.

Kyo se sorprendió de la facilidad con que su mente le ofreció una imagen de Iori desnudo bajo el chorro de agua. Saber que llevaba la energía, la consciencia, de Orochi en su interior no hacía la imagen menos atractiva.

—Maldito Yagami —gruñó, dejándose caer entre las almohadas, sintiendo que la vida se empeñaba en no darle un respiro.


Kyo se preguntó cómo alguien podía pasar tanto tiempo dándose un baño.

Quizá era Orochi, disfrutando de su primera ducha en milenios, se dijo con sarcasmo, sintiendo cargo de consciencia al segundo siguiente, y maldiciendo a Iori porque todo era su culpa.

¿Cómo había podido...?

Kyo negó para sí, una risa amarga formándose en su garganta. Había podido, porque era un Yagami. Eso era lo que hacían los Yagami. Pactos con dioses malignos cuando se quedaban sin opciones. Iori tenía razón al preguntarle por qué le sorprendía.

Pero ¿que Iori lo hubiese hecho no porque quería poder para sí mismo, sino para devolverle su fuego? ¿Para salvarlo?

¿Y pensaba frustrar los planes de Orochi de aniquilar al clan Kusanagi? ¿En verdad Iori creía que podía ir contra la voluntad de un dios y salir victorioso?

No. Por confiado que Iori se mostrara, Kyo sabía que no podía ser tan fácil. Tal vez Orochi estaba engañando a Iori, haciéndole creer que mantenerlo dominado era posible, esperando que el pelirrojo bajara la guardia para apoderarse de su mente y controlarlo. Iori había dicho que Orochi necesitaba un huésped en ese mundo. ¿De qué le servía al dios estar atrapado dentro de un humano?

Kyo se maldijo por nunca haber prestado suficiente atención a los ritos para lidiar con espíritus. Debía existir algún talismán o encantamiento que evitara o retrasara la manifestación de Orochi, algo para mantener a Yagami a salvo hasta que encontraran la manera de volver a sellarlo.

Aunque, si lo pensaba con detenimiento, Iori no había mencionado que quería deshacerse de Orochi. Había dicho que lo mantendría controlado. ¿Lo hacía porque quería conservar el poder de las flamas púrpura?

Kyo se dio cuenta de que no sabía cómo pedirle a Iori que renunciara a ese poder.

No después de ver cómo Iori había pasado de negar interés en el fuego, a desearlo casi con desesperación para pelear con él como iguales.

Él mismo no quería volver a ver a Iori sin esas flamas violáceas.

¿Qué hacer? ¿Esperar un tiempo, ver qué ocurría?

—Ah, maldición... —murmuró, porque su escala de prioridades se había trastornado días atrás. Era increíble, pero quería encontrar una manera de que Iori conservara lo que le había sido robado hacía tanto, aunque eso significara no ocuparse de Orochi de inmediato, como era su deber.

Iori eligió ese momento para salir del baño. Kyo volvió su rostro para recriminarle por todo el agobio que le causaba, y las palabras murieron en sus labios al ver que el pelirrojo se acercaba, secándose el cuerpo con una toalla blanca, sin molestarse en absoluto en cubrirse mientras se dirigía al armario y le daba la espalda, frotándose la piel con aire ausente.

—¿Te pasa algo? —preguntó Iori, porque Kyo estaba tendido en la cama, inmóvil y sin decir palabra.

El castaño suspiró con molestia, sin poder decidir si Iori lo estaba provocando, o distrayendo, o si pasear desnudo era una costumbre suya.

—No —gruñó, sentándose mientras Iori elegía qué ponerse.

Kyo buscó algo con qué distraerse. Probó encender su fuego al no ocurrírsele nada más.

Vio con satisfacción que una débil flama anaranjada se encendía agradable entre sus dedos, pequeña y tímida, ardiendo para él sin costarle ningún esfuerzo, sin producirle dolor. Sin embargo, Kyo frunció el ceño, mirándola con atención, sintiendo que había algo distinto. Al obligarla a arder con más fuerza, una sombra oscura en el núcleo mismo de la flama se hizo evidente.

—Esto no está bien —murmuró Kyo, haciendo que Iori se volviera sobre su hombro para mirarlo.

Iori acabó de vestirse antes de decir algo. Había elegido una camiseta de mangas largas y unos pantalones simples, sin adornos. Volvió a la cama y se sentó junto a Kyo, mirando el fuego, pensativo.

—Creí que lo habías notado —dijo Iori, sus ojos pasando a mirar a Kyo, quien negó, sin saber a qué se refería—. No te devolví la reliquia de tu familia. —Iori hizo una pausa, viendo que Kyo fruncía el ceño, pero aguardaba a que continuara—. No puedo dártela —explicó Iori—. Sólo puedo conservarla para ti.

—Para Orochi, querrás decir —gruñó Kyo con más hostilidad de la planeada.

—Para ti —repitió Iori, sin dejarse provocar—. Pero piensa lo que quieras.

Kyo extinguió las flamas con un gesto brusco, molesto, pero más consigo mismo que con Yagami.

—Si tienes fuerzas ve a asearte —sugirió Iori—. Procura no ahogarte.

Kyo le lanzó una mirada fastidiada ante el forzado cambio de tema, pero probó levantarse. Casi sonrió al ver que podía tenerse en pie sin necesidad de descansar cada dos pasos. Recordó lo difícil que había sido recorrer ese corto trayecto la noche anterior.

Encontró el cuarto de baño lleno de vapor. Efectivamente, la sangre había sido limpiada, aunque no a la perfección. Aún había algunas trazas en el lavabo, y varias en el suelo, pero al menos el lugar ya no daba la impresión de haber sido la escena de un crimen.

Kyo comprendió a qué se refería Iori con lo de ahogarse. El maldito pelirrojo había dejado la bañera llena de agua caliente para él. El vapor brotaba de la superficie cristalina y empañaba los espejos.

Kyo volvió a la puerta, rabiando para sí mismo. ¿Acaso aquellos detalles, esas atenciones que Iori tenía para con él nunca iban a acabar?

Asomó la cabeza y vio a Iori tirando de las sábanas ensangrentadas de la cama, lanzándolas al suelo.

—Yagami —llamó Kyo, haciendo que Iori detuviera lo que hacía y lo observara—. Gracias —murmuró.