Cuando Kyo despertó la mañana siguiente, se quedó unos minutos recostado en la amplia cama de la habitación, mirando el techo en medio de sábanas y cobertores desordenados. No quería moverse. Podía sentir en todo su cuerpo las consecuencias de la caída del día anterior y, aunque le pesara, tuvo que aceptar que ésta había sido más grave de lo que él había querido admitir.

Suspiró, esperando no tener ningún hueso roto. Visitar un hospital extranjero era lo último que deseaba.

Mientras estaba ahí, juntando fuerzas para levantarse, pensó en la noche anterior. De inmediato el rostro de cierto pelirrojo vino a su mente. Esbozó una sonrisa leve al recordarlo. Con luz de día, la extraña conversación que habían tenido frente al bar ya no le parecía tan ridícula. Sin embargo, dejó ir ese recuerdo para centrarse en los temas que tenían prioridad.

Ash Crimson estaba en South Town. ¿Con qué propósito? ¿Lo estaba siguiendo? ¿O era que había venido a obtener el poder de Yagami, y el que se encontraran había sido una casualidad? Si era así, ¿eso significaba que con seguir su propia búsqueda, iba a guiar a Crimson hasta el heredero del clan de la luna?

Kyo suspiró de nuevo, esta vez con agobio. Fueran cuales fueran las intenciones de Ash, él no tenía muchas opciones. Era importante que encontrara a Yagami y le advirtiera lo que Ash pretendía hacer. Si Yagami se comportaba como una persona sensata, no tendrían problemas para enfrentar al rubio; juntos, de ser necesario.

Y si Yagami decidía que la rivalidad entre sus clanes prevalecía, y que prefería atacar a Kyo antes que a Ash...

—Por favor, que resulte ser una persona decente —murmuró Kyo para sí.

El joven castaño se tomó unos segundos más para disfrutar de poder estar tendido en la cama, haciendo nada. Sabía que lo más prudente era dejar esa habitación de hotel y ponerse en movimiento. Había pasado muchas horas ahí, y eso no resultaba conveniente si Ash Crimson lo estaba buscando activamente.

La noche anterior, después de registrarse y subir a la habitación, y de tomar una larga ducha y cenar, había evaluado su situación con calma. Sólo tenía consigo su celular, su identificación, una tarjeta de crédito y algo de dinero. La moto que había comprado al llegar a la ciudad debía estar en un depósito de chatarra, e intentar recuperarla sería una pérdida de tiempo. Su ropa, descubrió, estaba inutilizable, manchada de sangre, rota y quemada. El equipaje que había traído consigo de Japón se encontraba en su primer alojamiento: un motel en los alrededores del aeropuerto, lo suficientemente lejos de ahí para no resultar práctico ir por él.

Por fortuna, el hotel actual no tuvo reparos en proveerle de prendas genéricas para que pasara la noche, y el camarero que se las entregó —que se pasó un largo rato hablando sin parar dándole todo tipo de sugerencias turísticas hasta que por fin Kyo comprendió que estaba esperando una propina— le dio la gran idea de comprar lo que necesitara por Internet, que era lo que «todos los otros huéspedes hacían».

Kyo había usado la computadora portátil de la habitación y comprado algunas prendas, que llegarían por la mañana. Su celular había sonado poco después de que confirmara la orden y, al mirar, había visto un mensaje proveniente del teléfono de su padre, preguntándole qué diablos hacía gastando dinero en un hotel de cinco estrellas y comprando ropa en línea cuando debía estar buscando al Yagami.

Kyo había querido responder algo, pero no tenía nada que decir. No creía que a su padre le interesara saber que había conocido a un pelirrojo que no era un Yagami.

Al final, después de relajarse pasando unos minutos en el balcón admirando la vista, Kyo se había ido a la cama, llevando la computadora portátil consigo.

Buscó información sobre la banda de Iori, costándole varios intentos antes de conseguir escribir el nombre correctamente (Svensk... Svesu... ¡Sviesulys!), y miró algunos videos. Se sorprendió de que sonaran tan bien, y se sorprendió aún más al descubrir que la banda era bastante conocida en el país, tocando en auditorios y a veces en festivales, delante de miles de personas.

Las presentaciones en el bar Soterrani que él había visto listadas en el afiche el día anterior eran parte de la celebración del aniversario de la banda. Las hacían en ese local diminuto porque era donde la banda había tocado por primera vez. Las entradas estaban agotadas desde hacía semanas.

Kyo había mirado videos hasta que el sueño lo había vencido.

Ahora, de mañana y con la mente un poco más despejada, Kyo se maldijo interiormente por perder el tiempo con los videos, cuando lo que debió haber estado haciendo era buscar información relacionada con Yagami en South Town.

Juntando fuerza de voluntad, contó hasta tres y se levantó. Lanzó una maldición cuando su hombro izquierdo y su espalda protestaron, pero, después de probar la movilidad de sus brazos y piernas, concluyó con alivio que buscar atención médica no iba a ser necesario.

Con un gesto lento y cuidadoso que habría resultado casi teatral de no haber sido porque en verdad todo le dolía, estiró el brazo hasta alcanzar el teléfono, y pidió que le enviaran el desayuno a la habitación. Tras tomar la orden, el operador le informó que en recepción tenían un envío para él, al parecer de una tienda de ropa, y que se lo estarían haciendo llegar en unos minutos. Kyo sonrió, complacido con la eficiencia de la tienda que había elegido, y aprovechó para preguntar si el hotel podía conseguirle algunos calmantes para el dolor y enviarlos a la habitación también. Al recibir una respuesta afirmativa, Kyo decidió que el dinero de su padre estaba muy bien gastado.

Tras cortar la llamada, Kyo presionó una tecla de la computadora para encenderla y luego procedió a cerrar las pestañas que se habían quedado abiertas con información sobre Iori. Una vez más se repitió que tenía que enfocarse en lo importante: encontrar a Yagami. Quizá indagar un poco por si había información sobre Ash Crimson en la red. O, como mínimo, sobre sus acompañantes, en particular el que atacaba usando una baraja de naipes con bordes afilados. Quizá se trataba de algún luchador conocido. Podía estudiar su estilo de pelea antes de volver a enfrentarlo para evitar recibir cortes una siguiente vez.

Estaba por cerrar la última pestaña, que mostraba una foto de estudio de Sviesulys donde Iori ocupaba un discreto lugar en segundo plano, cuando algo llamó su atención. Parpadeó y luego se frotó los ojos por si cabía la posibilidad de que alucinaba porque aún estaba medio dormido. Agrandó la foto tanto como pudo sin que ésta se volviera una mancha amorfa de píxeles, y comprobó que no alucinaba.

En la foto, colgando del cuello de Iori, había una maraña de cadenillas negras. Los dijes que pendían de ellas incluían un candado, la púa de una guitarra, algo que se veía como una daga en miniatura y algo que a simple vista parecía una argolla negra, pero que al mirarse detenidamente tomaba la forma de una delicada luna creciente.

—Hijo de... —murmuró Kyo, sintiendo que sus latidos se aceleraban, apresurándose a buscar más fotos.

Mientras miraba atentamente las imágenes, una parte racional de su mente le decía que debía calmarse, porque los colgantes con forma de luna eran un accesorio bastante común, y además no era el único que Iori llevaba. ¿No podía ser una coincidencia?

Sin embargo, otra parte de su mente consideraba esto una prueba de que él había tenido razón. Iori era a quien buscaba. No entendía cómo había podido ocultarle su energía, y no sabía por qué el pelirrojo le había mentido, pero eso no importaba en este momento, porque lo había encontrado. ¿Por qué estaba tan seguro? Por el colgante. La luna creciente, el símbolo del clan Yagami.

Aquello era una constante entre los miembros de los clanes. De una forma u otra, los símbolos —la luna en el caso de los Yagami, un sol eclipsado en el de los Kusanagi— acababan vinculados a sus personas. Podía ser a través de un accesorio, un adorno, un discreto membrete en un documento. Usualmente eran símbolos llevados con orgullo. El mismo Kyo, a pesar de haberle repetido a su padre incontables veces que no le interesaba respetar las anticuadas tradiciones del clan al pie de la letra, tenía varias prendas con el sol de su familia bordado en hilo dorado, y las lucía con cierta arrogancia, porque sabía que bastaba con que un interlocutor informado le diera una mirada al símbolo para que captara un mensaje claro y específico: «Soy un Kusanagi, ¿estás seguro de que quieres meterte conmigo?»

Tener eso tan claro le permitía saber que con Iori debía suceder algo similar.

Impaciente al no encontrar más fotografías del pelirrojo llevando el colgante, Kyo abrió algunos videos de conciertos, su mirada fija en la pantalla, sintiéndose frustrado de que la mayoría de tomas se centraran en el vocalista y el guitarrista, y no en Iori.

Se sobresaltó cuando, junto con un golpe en la puerta, una voz le anunció que el servicio a la habitación había llegado.

Kyo bajó de la cama y fue a atender con pasos rápidos, ignorando el dolor que lo recorrió, queriendo volver lo antes posible a la computadora. Ya no era importante encontrar más fotos del colgante en cuestión. Ya tenía la prueba que necesitaba. Simplemente quería darse el gusto de confirmar, sin que quedara lugar a dudas, que él había tenido razón desde el comienzo.


Iori no esperaba volver a ver a Kyo tan pronto.

Pero ahí estaba, de pie detrás del grupo de fans que aguardaban en la puerta de la sala de ensayos para pedir fotos y autógrafos a Sviesulys. El Kusanagi tenía una sonrisa burlona en los labios y se veía muy satisfecho consigo mismo. La cautela con que se le había acercado la noche anterior había desaparecido, y ahora sólo quedaba un confiado aire arrogante en sus ojos castaños.

Iori habría preferido abordar al joven directamente, averiguar al fin el porqué de su presencia en la ciudad, pero el grupo de fans no se lo permitió. Se encontró con una marea de brazos y manos que sujetaban libretas y objetos para firmar delante de su rostro, y varios pares de ojos que lo miraban con distintos niveles de admiración.

No le quedó más remedio que seguir el ejemplo de sus compañeros y colaborar con la firma de autógrafos por unos minutos, evitando entablar conversación con la muchedumbre, mirando de soslayo a Kyo y viendo que otro de los miembros de la banda le preguntaba si quería un autógrafo. El joven Kusanagi respondió algo en japonés y quedó sobreentendido que era Iori quien tendría que encargarse de él.

Sin embargo, Kyo tuvo que esperar su turno, el gentío moviéndose entre ellos, nuevos rostros apareciendo frente a Iori cuando éste sentía que ya había firmado todo lo que había que firmar, en ocasiones hasta dos veces. Mirando al Kusanagi por encima de los fans, notó que Kyo había invertido los colores de su traje; hoy la chaqueta era de cuero negro, la camiseta blanca, y los jeans de un desteñido celeste. No había rastros de sangre ni de quemaduras en su ropa, y tampoco parecía que el joven hubiera recibido más heridas desde la noche anterior.

Kyo aguardaba pacientemente, las manos hundidas en los bolsillos de sus pantalones. Parecía divertirle ver a Iori a merced de sus fans, y acabó poniéndose en la fila, concluyendo que ésa sería la manera más rápida de llegar hasta donde estaba el pelirrojo.

El castaño le dedicó una sonrisa cuando finalmente estuvieron frente a frente.

—No pareces sorprendido de verme, es un poco decepcionante —dijo Kyo, aún con esa sonrisa burlona, aunque había un leve brillo molesto en sus ojos castaños—. O quizá sabías que volvería tarde o temprano, cuando descubriera que mentiste. ¿Fue divertido engañarme?

Los otros miembros de la banda los miraron curiosos, sin entender una palabra de lo que Kyo decía, pero notando su tono desafiante.

—Si has venido a repetir tu pregunta, mi respuesta no es muy diferente a la de ayer —respondió Iori en tono frío, mirando fijamente al Kusanagi.

—Pero no es la misma —señaló Kyo—. No puede serlo. —Y sin previo aviso, el joven sujetó la mano de Iori con fuerza.

Se hizo un silencio confuso a su alrededor, los fans mirando sin entender qué sucedía. Pero quien parecía más confundido era Kyo, porque de nuevo no estaba sintiendo la energía de Iori.

—No sé cómo haces eso, pero... —empezó a decir Kyo, y calló, cerrando un ojo por el dolor, porque, tras un diestro movimiento de muñeca de Iori, se encontró con que ahora era el pelirrojo quien lo sujetaba a él, haciendo cruel presión sobre el desgarro que tenía en el dorso de la mano.

De pronto, Kyo se encontró siendo arrastrado calle abajo, lejos de la multitud y de los miembros de la banda, sorprendido de la fuerza de Iori, quien caminaba a zancadas y tiraba de él sin ningún esfuerzo. Kyo opuso resistencia, pero no demasiada, porque él también prefería poder hablar con Iori a solas. Al mirar por sobre su hombro, vio que los otros músicos los miraban, pero no parecían preocupados. Kyo se preguntó si Iori tenía por costumbre arrastrar a sus fans así a menudo, porque no se le ocurría otra razón para la pasividad que mostraban sus compañeros.

Cruzaron una calle y doblaron por otra, desierta salvo por los automóviles aparcados a ambos lados.

—Oi... —empezó a protestar cuando Iori no dio señales de querer detenerse—. ¡Yagami! —insistió con tono más molesto, y con eso Iori se detuvo en seco, dejó ir su mano y se volvió.

Kyo sintió que su cuerpo se tensaba por reflejo ante la mirada que le dirigió Iori. Sólo podía ver su ojo derecho, el otro quedando oculto tras mechones de cabello rojo, pero la intensa molestia que embargaba a Iori era evidente. Sin poder evitarlo, el Kusanagi se preparó para esquivar un golpe, sentir el fuego púrpura, mientras se maldecía por haber llevado tan mal la situación.

Sin embargo, nada sucedió.

—¿Qué es lo que quieres? —oyó que preguntaba Iori. Había una clara irritación en su grave voz, pero lo que más sorprendió a Kyo fue que esa molestia no se manifestara en un acto de violencia.

—Sólo hablar contigo —respondió Kyo tras un titubeo, sin bajar la guardia del todo—. El clan Kusanagi me encargó buscar al último heredero del clan Yagami —explicó con rapidez, suponiendo que lo primero que tenía que hacer era dejar claro que se trataba de un asunto «oficial» de sus familias.

—El clan Yagami ya no existe —dijo Iori con sorna, haciendo que Kyo ladeara su rostro sin entender.

Kyo iba a preguntar a qué se refería, pero fue interrumpido por un sonido agudo que cortaba el aire.

En el tiempo que a su mente le tomó reconocer el sonido, su cuerpo ya se había apartado por instinto. Vio con alivio que Iori había hecho lo mismo.

—Maldita sea —gruñó Kyo un segundo después al sentir que la lesión en su hombro le producía un dolor agudo—. No podían elegir un peor momento.

En la acera, en particular en el lugar que ellos habían estado ocupando, había dos naipes clavados, sus bordes afilados reflejando el sol de medio día.

Notó que Iori miraba hacia un lado y, al imitarlo, vio a tres figuras familiares acercándose por la calle vacía. Kyo había tenido cuidado al dejar el hotel, vigilando que nadie lo estuviera siguiendo, mirando por sobre su hombro cada dos pasos, pero era evidente que sus precauciones no habían sido suficientes. Una de las figuras era Ash Crimson, rubio y sonriente, mirándolo de soslayo mientras inspeccionaba una de sus uñas cuidadosamente pintadas.

Nuevamente lo acompañaban los dos hombres que lo habían atacado en la carretera. Uno, sabía ahora, después de haber encontrado información sobre ellos en la red, era Oswald, un mercenario vestido de impecable traje negro que se especializaba en atacar lanzando naipes como si de cuchillos se trataran. El otro era Shen Woo, un joven de ascendencia china, con rubio cabello erizado y piel bronceada, que ese día vestía una camisa de un doloroso color fucsia y mangas cortas completamente desabotonada que dejaba ver su torso desnudo, como si estuvieran en pleno verano y no en invierno.

En ese momento, Shen flexionaba sus dedos, ajustándose los guantes negros que llevaba, los tatuajes en sus antebrazos contrastando claramente contra su piel. Sonreía entretenido, impaciente por una buena pelea.

Kyo dio unos pasos hacia ellos, encarándolos, cerrando un puño con fuerza y dejando que el fuego anaranjado se encendiera a modo de advertencia.

Shen Woo y Oswald aparentemente entendieron el mensaje, porque se detuvieron, pero Ash siguió caminando.

—Kusanagi escurridizo —sonrió el rubio sin mayor preámbulo—. Huir de nuevo no te servirá de nada. Podrías darme lo que pido y así nos evitaríamos todo... esto. —Ash movió una mano señalando el cielo, el espacio entre ellos, sus compañeros, la ciudad en general.

Pero no señaló a Iori, notó Kyo con sorpresa, y evitó mirar en dirección al pelirrojo, por si Ash, al igual que él, no podía sentir la energía del músico y no había reconocido que era un Yagami.

—No, lo siento, no te daré nada, y tampoco te dejaré tomarlo —dijo Kyo con burla, mientras intentaba decidir qué hacer. No había podido decirle a Iori por qué estaba ahí ni había alcanzado a advertirle sobre Crimson, pero podía suponer que con ese intercambio de palabras las intenciones del rubio debían haber quedado perfectamente claras para el Yagami. ¿Debían retirarse para que Ash no se enterara de que tenía a las dos piezas faltantes del ritual delante de él? ¿O debían enfrentar a Ash y acabar con su amenaza ahí, en ese instante?

No alcanzó a tomar una decisión, porque Ash hizo un gesto desdeñoso con la mano y sus dos compañeros se lanzaron al ataque simultáneamente.

Kyo se preparó para recibirlos, sin tiempo para pensar en nada más. Shen y Oswald iban en línea recta hacia él mientras Ash corría hacia un lado para flanquearlo, sus ojos celestes iluminados con un brillo maniático. Kyo procuró seguir la trayectoria de Ash de reojo, sabiendo que de los tres él era quien podía considerarse más peligroso, pero tuvo que apartarse bruscamente porque vio las afiladas cartas de Oswald volando hacia él.

Las esquivó por un buen margen, pero durante ese momento de distracción Ash había llegado a su lado. Shen Woo también estaba ahí, su torso arqueado mientras tomaba impulso para golpearlo con el puño.

El joven chino no poseía habilidades especiales; usaba un demoledor estilo de boxeo que quizá habría sido entretenido de enfrentar bajo circunstancias normales en una pelea de uno contra uno, pero en ese momento, con Ash Crimson a centímetros de distancia, y con Oswald muy probablemente preparando otra andanada de naipes, Kyo sabía que bastaba un golpe de Shen para verse en serios aprietos, porque intentar bloquearlo lo dejaría completamente abierto a los ataques de los otros dos.

Priorizando, Kyo decidió enfocarse en Ash Crimson. Apretó los dientes con fuerza, dejando que el golpe de Shen Woo conectara contra su costado mientras él encaraba a Ash.

Sin embargo, lo que sintió fue apenas un roce inofensivo, y luego una ráfaga de aire pasó por su lado cuando Iori interrumpió el ataque de Shen con un rápido movimiento que hizo que éste saliera despedido hacia atrás varios metros. Kyo alcanzó a ver que Iori corría hacia Shen para continuar con ese ataque, y que Shen pasaba de sorprendido a sonriente y se ponía en guardia, viéndose ansioso por enfrentar a ese inesperado oponente.

No pudo mirarlos más porque la energía verde de Ash se encendió demasiado cerca de su rostro y tuvo que saltar hacia atrás, sintiendo que su fuego pedía salir, queriendo quemar al rubio.

Cuando Ash saltó hacia él para seguirlo, Kyo dejó que una llamarada de fuego se encendiera formando un amplio arco defensivo, odiando un poco el hecho de que no quería arriesgarse a recibir al rubio con un golpe debido al estado en que estaba su hombro. Una lucha cuerpo a cuerpo contra dos oponentes simultáneos estaba fuera de la cuestión.

Su fuego alcanzó a chamuscar el ceñido traje rojo que Ash llevaba.

—Eso no fue nada amable —dijo el rubio con un mohín tras esquivar el resto de las flamas, sus ojos celestes fijos en Kyo y luego bajando la mirada para evaluar la magnitud del daño en su ropa.

Oswald tomó la posta entonces, invadiendo el espacio personal de Kyo, una carta de su baraja sujeta entre sus dedos. El mercenario cortó de abajo hacia arriba, teniendo por objetivo el pecho de Kyo pero sólo alcanzando a rasgar su camiseta. Kyo contraatacó con un golpe envuelto en fuego, que no llegó a conectar porque Ash aprovechó la distracción para ponérsele detrás y asestarle un traicionero rodillazo contra la columna que lo hizo trastabillar hacia adelante, directamente hacia Oswald, que esperaba esta vez preparado para lanzar tres cartas con cada mano.

Kyo invocó a sus flamas para protegerse, incinerando los naipes mientras estos volaban por el aire. Maldijo para sí al sentir que uno escapaba su fuego y le provocaba un profundo corte en la pierna.

—Hoy estás muy a la defensiva, Kyo, ¿te sientes bien? —preguntó Ash cubriéndose los labios con una mano para ocultar una risilla—. Hasta podría decirse que tu amigo está peleando mejor —agregó, señalando con un dedo hacia la calle unos metros más allá, donde Iori y Shen Woo continuaban enfrentándose. En ese momento Iori lanzaba un golpe, su mano como una garra, que Shen intentó bloquear con su brazo. El resultado fue una salpicadura de sangre cuando los dedos del Yagami desgarraron su piel, a la altura de los tatuajes de su antebrazo.

Kyo no pudo apartar la mirada, sintiendo una extraña fascinación al ver a Iori pelar por primera vez. Podía notar claramente la diferencia de nivel entre el Yagami y Shen Woo. Shen tenía técnica, pero Iori había sido criado para esto. El pelirrojo no estaba probando a su oponente, no estaba buscando disfrutar de la pelea. Cada movimiento de Iori tenía el claro objetivo de lastimar.

Vio la sorpresa de Shen, la expresión placentera de Iori al mirar sus dedos manchados de sangre. Shen quiso golpear al pelirrojo con su brazo sano, pero bastó un simple gesto de Iori para desviar el golpe, y luego fue Iori quien atacó, dando un certero puñetazo en el estómago del joven y enviándolo contra uno de los autos que estaban aparcados en la calle.

La alarma del vehículo comenzó a sonar, aguda e insistente. Shen quedó apoyado contra la carrocería abollada, sin aliento.

—¿Oh? —sonrió Ash con ligereza, como si le pareciera muy interesante ver a su compañero derrotado con tanta facilidad. En seguida se volvió hacia Kyo. —Pensé que tendríamos tiempo de jugar un poco, pero creo que será mejor acabar con esto de una vez —fue todo lo que dijo, sus ojos celestes volviéndose despectivos, dando un paso hacia el Kusanagi y haciendo un gesto extraño con su mano derecha, como si pretendiera tomar algo del pecho de Kyo, a pesar de que aún había una distancia separándolos.

Kyo entrecerró los ojos ante la súbita y extraña sensación que lo embargó. Ash no lo estaba tocando, pero cuando sus dedos se cerraron en el aire, Kyo sintió como si éstos hicieran presión dentro de él. Y cuando Ash, su puño cerrado con fuerza, hizo un gesto de tirar, Kyo sintió que algo en su interior, algo invisible e indefinido, comenzaba a desgarrarse, paralizándolo.

Ash no había sido capaz de hacer eso durante sus peleas anteriores. Era la segunda vez que el rubio aparecía con un nuevo truco bajo la manga. Primero había sido su energía verde, y ahora esto. Y esto, sabía Kyo, era grave. Ash Crimson estaba intentando arrebatarle su poder, y ni siquiera necesitaba que hubiera contacto físico entre ellos. ¿Cómo diablos había conseguido una habilidad así?

Ash sonrió al ver que el Kusanagi estaba inmovilizado por la sorpresa. Cerró su puño con más fuerza, disfrutando el momento. Sentía el cosquilleo del poder de los Kusanagi pasando entre sus dedos, aunque éste no fuera visible aún, y parecía que había bastado aquel contacto —o no-contacto— para que sus sentidos se agudizaran. Por sobre la insistente alarma del vehículo en el que un semiinconsciente Shen Woo seguía apoyado, podía oír la respiración agitada de Kyo, los pasos del pelirrojo acercándose, Oswald a su espalda, aguardando en silencio, impaciente. Los colores de los edificios y vehículos que los rodeaban cobraron más nitidez, y Ash se encontró mirando fascinado cómo en los irises castaños de Kyo parecía haber filamentos dorados brillando cada vez con mayor intensidad, como si de fuego se tratara.

Y de pronto Ash gritó, su mano aflojándose, porque el fuego ya no estaba sólo dentro de los ojos del joven. El fuego se había concentrado no alrededor de Kyo sino de él, y formaba una columna de llamas escarlata que se alzaban hacia el cielo, aprisionándolo, sin permitirle moverse, expandiéndose en todas direcciones, resquebrajando el pavimento bajo sus pies, quemando su traje, su cabello, su piel.

Mientras hacía un intento desesperado para protegerse usando su energía verde, Ash vio que Oswald se apartaba prudentemente del camino del fuego y que el pelirrojo se detenía en seco a unos pasos de distancia. Vio que Kyo seguía de pie ante él, su rostro inexpresivo, sus manos cerradas con fuerza, sin apartar la vista, observándolo arder. El brillo dorado estaba en todas partes ahora, en sus ojos castaños, rodeando su cuerpo, ramificándose en el aire. La mirada del Kusanagi se endureció súbitamente, y adivinó lo que Kyo pretendía hacer: concentrar toda aquella energía en un punto, y luego dejarla estallar, para que él acabara hecho mil pedazos.

«Como si te lo fuera a permitir», pensó con rabia, invocando a su dios y rogando por ayuda, ya fuera el poder para resistir ese ataque, o una manera de salir de ahí.

De inmediato, Ash sintió que una fría luz azul lo rodeaba, y con ella desaparecieron el calor y el dolor provocados por el fuego. Cerró los ojos elevando un agradecimiento a Orochi, y luego lo invadió una risa irreprimible; era histérica y colérica en partes iguales, pero acabó siendo malévola y casi entretenida.

Había perdido ese enfrentamiento, pero ahora conocía la magnitud del poder de los Kusanagi. Ahora entendía por qué Orochi estaba interesado en ese joven castaño que a simple vista parecía un humano insignificante.

Ahora sabía que pronto todo ese poder sería suyo.


La explosión ocurrió unas milésimas de segundo demasiado tarde. Kyo alcanzó a ver cómo Ash desaparecía súbitamente rodeado de una luz azul a pesar de estar atrapado en la columna de fuego que él había invocado. Maldijo para sí, dejando que las llamas se apagaran, llevándose una mano al pecho, pero esta vez no por la desagradable sensación que Ash le había dejado, sino porque su corazón latía demasiado deprisa, por haberse excedido en su invocación del fuego escarlata.

Quiso respirar profundamente, pero no lo consiguió. Al contrario, la opresión en su pecho no hizo más que aumentar. El mundo ante él se oscureció. Intentó resistir, porque todavía había enemigos cerca, pero su organismo estaba empeñado en hacerle saber que había una razón por la que los Kusanagi eran conocidos por usar fuego anaranjado, no escarlata.

Cerró los ojos con fuerza, como si eso fuera a conseguir que la opresión pasara, y cuando los volvió a abrir, vio con cierto alivio que Oswald no le estaba prestando atención. El mercenario no parecía tener interés en él ahora que Ash Crimson ya no estaba. Se había alejado y caminaba en dirección a Shen Woo.

Kyo volvió a cerrar los ojos. Había un sonido sumamente molesto en el aire, y tardó un poco en darse cuenta de que la alarma del vehículo contra el que Iori había golpeado a Shen aún estaba sonando. Detrás de ese sonido insistente le pareció oír el eco de unas sirenas.

—... irnos —oyó vagamente.

Se obligó a abrir los ojos una vez más, pero los párpados le pesaban. El pecho le dolía tanto que se preguntó si estaría sufriendo un ataque al corazón. Quizá no había sido buena idea utilizar su poder al máximo justamente mientras Ash Crimson estaba intentando robarle dicho poder.

—Kyo —dijo la voz de Iori con un dejo de impaciencia y Kyo se dio cuenta de que Iori estaba a su lado. Las sirenas debían estar más cerca de lo que había pensado, porque apenas conseguía oír al pelirrojo. Le pareció ver las luces intermitentes de las patrullas policiales al final de la calle.

Cuando Kyo no respondió ni se movió de donde estaba, Iori gruñó algo entre dientes y sujetó al Kusanagi por un brazo, obligándole a pasarlo por detrás de sus hombros para poder irse de ahí antes de que la policía llegara. El Kusanagi protestó ligeramente, un quejido escapando de sus labios al ver que Iori no tenía consideración con su hombro lastimado, pero se dejó hacer. ¿Qué otra opción quedaba? Estaba demasiado ocupado usando todas sus fuerzas para mantenerse consciente.

Mientras echaban a andar con algo de esfuerzo, Iori notó que en los ojos de Kyo aún se podía ver rastros de un brillo dorado.


Última revisión: 2016.05.30