—Puedes alojarte aquí el tiempo que desees —estaba diciendo Hein, entregándole el juego de llaves del departamento, y una copia de la llave del GT-R, mientras a su alrededor empleados vestidos de blanco con rostros ocultos tras mascarillas de tela se encargaban de la limpieza del primer piso—. Éste es mi número. —Hein le extendió una sobria tarjeta negra con un diminuto logotipo troquelado a láser—. Estoy a tu servicio.

Kyo recibió lo entregado maquinalmente, sin aceptar lo que estaba pasando.

Había despertado con una sensación de angustia en el pecho. Iori había vuelto a partir durante la noche, y al abrir los ojos, Kyo había sentido con claridad que algo no estaba bien.

Al bajar al primer piso con pasos apresurados, sin saber el porqué de su ansiedad, se había encontrado con la esbelta figura de Hein observando la ciudad por la ventana de la sala. El rostro del concierge había sido frío y profesional al anunciarle que Iori había tenido que dejar South Town por motivos personales.

—No debes preocuparte por los gastos, están cubiertos por el año... —continuaba Hein mientras Kyo intentaba que su mente, entorpecida por la noticia, reaccionara, calculando cuántas horas de ventaja le llevaba Iori si salía a la calle a buscarlo de inmediato—. En caso necesites dinero, puedes usar la tarjeta de crédit...

—¿Dónde está? —murmuró Kyo, el rumor de la voz de Hein convertido en una resonancia informe.

—Laurie dejó indicado que no debías intentar buscarlo...

—¡¿Dónde está?! —Kyo estalló al oír aquel ridículo nombre falso, al pensar que Iori había tenido planeado desaparecer, y que hasta se había tomado el tiempo de hacer coordinaciones con el concierge sobre su estadía.

—No está en la ciudad —respondió Hein con su rostro inexpresivo, sin que su exabrupto le afectara.

Kyo soltó una retahíla de insultos en japonés que hizo que el personal de limpieza se volviera a mirarlo, curiosos.

—Maldita sea —gruñó Kyo, cerrando su mano alrededor de las llaves y la tarjeta de presentación, tentado de quemarlas, conteniéndose y lanzándolas sobre la mesilla de la sala para poder sacar su celular. Buscó el número de Iori. La llamada fue redirigida al buzón de voz—. Maldita sea —repitió.


En negación ante lo que estaba sucediendo, Kyo condujo por la ciudad durante todo el día, buscando a Iori a pesar de saber que las probabilidades de encontrarlo usando ese método eran muy bajas. No podía quedarse en el departamento vacío esperando, llamando inútilmente al teléfono del pelirrojo. Recorrió las calles y avenidas con su frustración en aumento. Pidió ayuda a su familia para que utilizaran a sus contactos y averiguaran si Iori había tomado algún vuelo a Japón (sin él), pero no encontraron información al respecto y Kyo no se sorprendió, porque no sería la primera vez que Iori usaba una identidad falsa.

Kyo no se decidía a tomar el primer avión que encontrara y volver a casa. ¿Cómo estar seguro de si era ahí hacia donde Iori se dirigía? ¿Cómo saber si Orochi no haría todo lo posible por impedírselo?

La idea del pelirrojo sucumbiendo a Orochi lo llenó de angustia.

Saber que Iori estaba intentando lidiar con el dios sin su ayuda, y que estaba solo, le produjo una aguda ira.

Estuvo a punto de estrellarse un par de veces, porque la sensibilidad del deportivo y su rabia no combinaban bien. Clavar el acelerador hasta el fondo en un vehículo que iba de cero a cien kilómetros en menos de tres segundos no era prudente para alguien en su estado mental. Sin embargo, descubrió que era una buena manera de desfogarse, desquitándose con el pobre auto por las acciones de su dueño. En los semáforos en rojo marcaba el número de Iori, siempre sin obtener respuesta, y al volver a arrancar, no le importaban los estertores que brotaban de la caja de cambios.

Al anochecer, se dirigió a Soterrani. Encontró al DJ de cabello verde, pero éste no había tenido noticias de Iori desde la noche del concierto. Pronto la situación se invirtió y fue Shun'ei quien comenzó a interrogarlo a él sobre lo que había sucedido con el pelirrojo. En un descuido de Kyo, el joven contactó a los miembros de Sviesulys y a los pocos minutos Kyo estaba acorralado entre el DJ y los músicos, todos hablando al mismo tiempo en un inglés rápido y preocupado.

Kyo consiguió asegurarles que Iori no estaba en peligro, sin entender por qué los jóvenes insistían en hablar sobre un grupo de mafiosos chinos que no venía a cuento. Cuando el líder de la banda, Rokku, le preguntó sobre lo que había ocurrido en el parking, Kyo hizo como que su limitado vocabulario no le permitía saber de qué estaba hablando. La visita acabó con ese mismo joven rubio entregándole el estuche del bajo de Iori, sabiendo de algún modo que Kyo estaba alojándose en su casa, sus ojos rojos mirándolo con no disimulada curiosidad, recordándole a Kyo los irises escarlata de Iori y empeorando su humor incluso más.

Su siguiente parada fue el motel barato donde K' continuaba alojado, porque necesitaba otro par de ojos vigilando la ciudad y debía asegurarse de que a K' le quedara claro que sólo debía vigilar, no intentar pelear con Yagami.

—¿Ahora conduces su auto? —preguntó K' con una ceja arqueada cuando Kyo estacionó el deportivo frente a su habitación.

K' tampoco andaba de buen humor, después de días de permanecer en la ciudad haciendo nada. El clan le había ordenado que matara al Yagami si lo veía, pero Kyo le había dado una contraorden, y, como Kyo heredaría el clan algún día, K' había decidido obedecerlo a él. No sin antes discutir y casi liarse a golpes porque no tenía sentido que Kyo estuviera defendiendo a un Yagami poseído por Orochi.

El joven de cabello gris no se tomó nada bien que Kyo hubiera dejado que Iori —que Orochi— escapara.

—No es eso —protestó Kyo, sin entrar en detalles.

—¿Por qué lo dejaste ir, entonces? —preguntó K', escéptico.

Kyo apartó la mirada, sin poder explicarle que Iori había optado por irse sólo al convertirse en un peligro para él, y pensando en cómo Iori había hecho arreglos con Hein para garantizar su comodidad antes de partir. Alguien bajo el completo control de Orochi no habría tenido esa absurda, exasperante consideración.

—¿Cómo no pensaste que esto podía suceder? ¿No estabas pasando tiempo con él justamente para vigilarlo? —indagó K'.

Kyo no habló. Tenía suficiente con que lo llamaran traidor sin saber los detalles.

—Supongo que nos enteraremos de su paradero cuando comiencen a aparecer los cadáveres —comentó K' ante su silencio, sacando a relucir su sentido práctico, dirigiéndole una amarga sonrisa sarcástica a Kyo.


Kyo regresó al departamento de madrugada, arrastrando sus pasos. El estuche del bajo era un peso molesto en su hombro.

Se dirigió por el pasillo hacia al estudio a poner el instrumento en su lugar. Podría haberlo dejado en la sala, podría incluso haberlo lanzado al suelo con rabia, pero se contuvo y fue al estudio con la vana, estúpida esperanza de encontrar a Iori ahí, sentado de espaldas a la puerta, como tantas veces antes.

Sin la presencia del pelirrojo, el estudio era un simple cuarto lleno de frío equipamiento. Hasta el cenicero que se encontraba entre los cables y conectores estaba vacío y prístino, después de que el personal de limpieza se ocupara de él por la mañana. Kyo sintió ganas de romperlo.

El soporte del bajo estaba ocupado por el nuevo instrumento que Iori había comprado días atrás y que casi no había utilizado. Era negro y estilizado y de la misma marca que el anterior.

Kyo dejó el estuche junto a éste, apoyado contra una pared, al lado de una marca de pintura resquebrajada que no había visto antes. Pasó sus dedos por la superficie irregular. Trozos de pintura se desprendieron y cayeron al suelo impecable.

Pensó en el día en que habían ido a comprar el nuevo bajo. En particular, rememoró su absoluta perplejidad cuando Iori le ofreció que salieran juntos. El recuerdo era agradable, pero pensar en lo que significaba le entristecía; Iori había intentado continuar su vida con normalidad, realmente había creído que eso sería posible.

Caminar al lado del pelirrojo por la calle y luego por el centro comercial había sido una extraña experiencia. No había costado esfuerzo que los pasos de ambos encontraran pronto un ritmo común. Iori avanzaba con las manos en los bolsillos de su largo abrigo, su propósito ya definido, su mirada dirigida al frente o en ocasiones hacia el suelo, sin prestar atención a los escaparates. Kyo lo siguió, sin pasar por alto que las personas con que se cruzaban solían dirigirles miradas curiosas. A Iori, en particular, quizá debido al color de su cabello y sus ojos, o quizá por su aire misterioso e intimidante, o simplemente porque sus rasgos eran atractivos y era una tontería pasar por su lado y no mirarlo.

Durante aquel paseo, Kyo se encontró disfrutando de aquellas miradas al notar que, inevitablemente, después de observar a Iori, la gente lo miraba a él. No ocurría siempre, pero Kyo reconocía la curiosidad que sentían, podía saber cuando aquellos desconocidos se preguntaban si Yagami y él eran «algo más». Se sentía bien poder mantenerles la mirada e invitarles a imaginar lo que quisieran.

Lo contrario había sucedido con menor frecuencia, pero había sucedido. Y aquello había sido gratificante también. A veces no era a Iori a quien miraban, sino a él, y la curiosidad solía acabar abrupta, apenas esas personas se cruzaban con la mirada casi territorial de Iori. Kyo hasta había visto a un par de chicas acelerar el paso para alejarse de ellos.

—Maldito Yagami —murmuró Kyo en el estudio vacío.


Más tarde, sentado en el borde de la cama, Kyo observaba la pantalla de su celular, repasando posibilidades.

¿Cuántos días era prudente permanecer en la ciudad por si Iori regresaba? ¿Debía conseguir las direcciones de sus otras propiedades, e indagar si Iori se estaba alojando ahí?

¿O estaba perdiendo el tiempo y debía comenzar a buscarlo en Japón?

Iori había asentido cuando él había hablado de regresar, y Iori no tenía por costumbre mentirle. Le ocultaba información, sí, pero, al dar una respuesta explícita, ésta era verdadera. Kyo intentó recordar alguna mentira del pelirrojo, y no encontró ninguna, sólo medias verdades por las cuales no podía culparlo. Él también había procurado ser sincero la mayor parte del tiempo. Iori había demostrado confianza en él desde el comienzo, permitiéndole estar ahí, dándole acceso a aspectos privados de su vida que ni siquiera sus amistades conocían. Había sido Ash Crimson el que le había mentido hasta el cansancio, y él había sido un ingenuo y un estúpido al creerle. El temor a volver a ser engañado, con tal facilidad, no le estaba permitiendo ser objetivo. Ash era quien había mentido, no Iori. Según Hein, Iori ya no estaba en South Town. Iori había dicho que volvería a Japón. Eso debía bastarle para saber dónde buscar al pelirrojo. ¿Por qué estaba dudando tanto?

Porque Iori también había dicho que él no tendría que volver a buscarlo, y luego había desaparecido.

Había respondido afirmativamente cuando él dijo que debían volver juntos, y se había marchado por su cuenta.

Kyo se pasó una mano por el cabello con impaciencia, rememorando su última conversación con Iori.

¿Había dicho que volverían juntos, o solamente que volverían?

No recordaba las palabras exactas. Recordaba el rostro del pelirrojo y sus ojos cerrados.

La sonrisa tenue.

Como una despedida.

—Estúpido Yagami, ¿qué piensas hacer? —preguntó Kyo a la habitación vacía, la desesperación invadiéndolo, porque Iori estaba completamente solo y era capaz de llegar a extremos insospechados, como él ya había podido comprobar.

Negó para sí cuando la idea de Iori tomando su propia vida cruzó por su mente. Muy dentro de él, sabía que el pelirrojo no era así. La desesperación no lo empujaría al suicidio jamás. Pero ¿y si lo hacía, no por desesperación, sino simplemente por él?

¿Acaso no había hecho un pacto con Orochi, por él?

Kyo volvió a negar. Su inquietud hacía que sus pensamientos perdieran lógica. Lo estaba dando todo por perdido, cuando su búsqueda recién debía empezar.

Había encontrado a Iori una vez, ¿acaso no podía hacerlo de nuevo?


Kyo interrogó a Hein sobre los otros departamentos que Iori tenía en la ciudad. Pedir la información de forma más o menos civilizada no sirvió de nada, por lo que su tono al hablar con el concierge acabó siendo claramente autoritario, dirigiéndose a él como si fuera un mero sirviente que no se diferenciaba en nada de los que trabajaban para el clan Kusanagi y con los que Kyo había tenido que interactuar desde que era pequeño. Que Hein ejerciera un puesto de nombre afrancesado no le importaba en lo más mínimo.

Hein no pasó por alto el cambio en su actitud, ni la manera en que el hablar informal de Kyo cambió a frases llenas de imperativos que no daban pie a negativas. Como invitado de Iori, Kyo le había parecido una persona común y corriente que disfrutaba de la vida acomodada que Iori le proveía. Pero ahora, a solas, estaba claro que ese joven castaño estaba acostumbrado a dar órdenes. Y, más que eso, a ser obedecido.

Fue difícil discutir el argumento de Kyo sobre que era irrelevante si visitaba las propiedades de Iori, porque Iori supuestamente ya no estaba en la ciudad. Al final, Hein acabó cediendo. Las órdenes del pelirrojo con respecto a Kyo habían sido específicas. Prohibirle el acceso a sus propiedades no había sido una de ellas.

Kyo partió raudo apenas obtuvo la información. Había un brillo impaciente en su mirada, urgencia en cada paso. Hein había visto a un sinnúmero de personas buscar a su empleador con desesperación después de haber sido descartadas, pero la actitud de Kyo era distinta. Para empezar, el castaño seguía ahí, no había sido «descartado». Lo que Hein veía en Kyo era una profunda preocupación que afloraba brusca e impaciente en el joven, quien días atrás había tenido un temperamento más bien agradable. Algo extraño estaba sucediendo, pero no le correspondía a él indagar.


Kyo visitó cada apartamento dos veces, en dos días distintos, para descartar toda posibilidad de que Iori estuviera alternando entre uno y otro para pasar las noches. Hein había estado en lo cierto al decirle que el departamento donde Iori lo había alojado era la vivienda «oficial» del pelirrojo, porque todas las otras propiedades no tenían señales de ser utilizadas y, aunque poseían mobiliario y todas las comodidades necesarias, estaba clarísimo que nadie las utilizaba para vivir. Sus frías y vacías habitaciones sacadas de catálogo le provocaban rechazo. No había nada que lo hiciera pensar en Iori ahí.

Entre visita y visita, Kyo buscó también a los contactos que había hecho cuando llegó a South Town. Recorrió la ciudad de extremo a extremo, caminó por calles grises y deprimentes, habló con personas que no sabían nada sobre el paradero del pelirrojo. Mientras conducía a alta velocidad por la autopista, reconoció el lugar donde había estrellado su moto después de ser atacado por Ash. La barrera de seguridad permanecía un poco abollada, pero, salvo por eso, no quedaban más rastros de aquel encuentro. Kyo se encontró esperando un destello de fuego verde que nunca llegó.

Como no estaba lejos del barrio donde se encontraba Soterrani, Kyo tomó la siguiente salida y enfiló hacia la zona de los bares. Dejó el vehículo aparcado a unas cuadras e hizo el recorrido a pie. Miró los murales cubiertos con afiches anunciando conciertos, y sintió una punzada amarga al ver que las fechas listadas en los afiches de Sviesulys habían sido cubiertas por pintura negra y un discreto aviso pidiendo disculpas porque las presentaciones habían sido canceladas.

Kyo volvió al GT-R de Iori sintiéndose súbitamente agotado.

Aquella noche, al regresar al departamento, se dejó caer en el sillón frente al ventanal del primer piso y durmió ahí, sin querer subir a la habitación de Iori ahora que él no estaba ahí.

La mañana siguiente rondó fuera del edificio donde se encontraba la sala que Sviesulys utilizaba para ensayar. Ver al familiar grupo de fans esperando por autógrafos le dio un poco de tranquilidad, aunque no supo explicar por qué. Sin embargo, ver que sólo tres músicos, y no cuatro, salían a interactuar con ellos, hizo que una sensación de vacío se formara en su estómago. Le pareció que algunos seguidores expresaban decepción al no ver a Iori.

Kyo se acercó lo suficiente para que su mirada se cruzara con la del líder del grupo. Los ojos rojos de Rokku le hicieron pensar en Iori con mayor intensidad, pese a que las expresiones de sus miradas eran completamente distintas.

El rubio lo llamó a un lado y retrocedió hacia la puerta del edificio, alejándose de la aglomeración de los fans. El intercambio fue corto. Ambos querían noticias sobre Iori y ninguno tenía nada que decir. La barrera del idioma hacía que sólo pudieran ir directamente al punto, sin tiempo para intentar entablar algún tipo de conversación. Kyo le dio su número al joven, pidiéndole que lo contactara apenas supiera algo del pelirrojo. Rokku hizo lo mismo y luego intentó indagar un poco más antes de que Kyo se retirara, pero todo lo que recibió como respuesta fue una mirada inexpresiva de Kyo, quien parecía decirle que no había entendido una palabra de sus preguntas. Rokku sabía que el castaño debía estar exagerando sobre su falta de conocimientos de inglés, pero no insistió. Le costaba ver en Kyo al joven que había aparecido una mañana después de un ensayo para provocar a Iori con una mirada satisfecha y una sonrisa petulante en sus labios. Sus ojos castaños se veían decididos, su ceño fruncido con determinación, pero había cansancio en sus movimientos, preocupación mal disimulada en su voz.