Había dicho que encontraría a Iori, pero en ciertos días su determinación flaqueaba, porque no conseguía encontrar una pista del pelirrojo. Había hablado con todas las personas que había podido, dejado su número para que lo contactaran. Había visitado lugares, en ocasiones más de una vez. K' había hecho un barrido por la zona norte de la ciudad, mientras él se ocupaba de la zona sur. Cuando estaba en casa, se había dedicado a revisar metódicamente todas las pertenencias del pelirrojo, con la esperanza de averiguar cualquier detalle adicional sobre él que pudiera ser de ayuda. Si hubiese encontrado una lista de contactos, los habría llamado a todos. Si el pelirrojo hubiese guardado la dirección de algún amigo o amiga en su departamento, Kyo habría ido a visitarlos e interrogarlos. Pero no encontró nada. Ni nombres de personas, ni recibos de hoteles en los que Iori se hubiese quedado alguna vez. Los únicos recibos que encontró fueron los de la garantía de sus equipos de grabación, y éstos no le sirvieron de nada. Se pasó algunas horas revisando a fondo las computadoras de Iori, pero no le sorprendió que sólo contuvieran información relacionada con bandas y canciones.

Kyo no pudo hacer más que preguntarse por qué Iori dejaba tan pocos rastros de sí mismo, incluso en sus pertenencias. ¿Consideraba que su identidad falsa no merecía ser definida por sus posesiones, gustos o amistades? ¿Era algo intencional o inconsciente? No podía comprenderlo y pensar en Iori viviendo durante tantos años así lo hizo sentir un sabor amargo en su garganta.

Continuó llamando al teléfono de Iori regularmente, paseando por el departamento vacío. No supo cómo fue que empezó a dejar mensajes grabados. Quizá fue a raíz de llegar a casa cada noche mentalmente agotado. Cuando dejaba de resistirse al impulso de llamar, era patético, pero también satisfactorio, poder ventilar su rabia hacia Iori en la línea silenciosa.


Kyo contó los días que llevaba buscando a Iori y apretó los dientes con fuerza. Se iban a cumplir seis días y no había conseguido nada. Lo que más le angustiaba era no saber cómo se encontraba el pelirrojo. Seis días era mucho tiempo. ¿Aún mantenía a Orochi bajo control? ¿U Orochi había empezado a dominarlo a él?

Si lo segundo ya había ocurrido, ¿qué iba a poder hacer él para ayudar a Iori si lo encontraba? Que Orochi pudiera controlar su fuego anaranjado lo ponía en una situación de absoluta desventaja. ¿De qué le iba a servir a Iori así?

Tenía que aceptarse a sí mismo que había fallado y que no había conseguido dar con el paradero de Iori. Necesitaba de la ayuda de personas que supieran cómo contener al dios. Si se hubiese tratado sólo de enfrentarlo en una pelea, no habría dudado ni un segundo. Pero no podía pelear, no hasta que Orochi estuviera fuera de Iori, porque él no pensaba lastimar al pelirrojo.

Permanecer en South Town era perder el precioso tiempo que quedaba.

Kyo se obligó a dormir para dejar de pensar. Estaba en la cama de Iori esa noche, odiando las sábanas limpias porque no tenían el aroma del pelirrojo.

Costó trabajo, pero consiguió dormirse ya entrada la madrugada.

No obtuvo mucho descanso, porque despertó una vez creyendo oír un ruido de pasos, y otra vez al sentir una presencia cerca de la cama. En ambas ocasiones abrió los ojos sólo para darse con la decepción del departamento vacío. Volvió a dormirse, pero despertó definitivamente cuando unos dedos acariciaron su cabello con lentitud, dulces, reconfortantes.

Se sentó de golpe en la cama, observando la habitación bajo la débil luz de la mañana. No había nadie ahí. Sólo él y su imaginación.

Suspiró, repitiéndose que era hora de abandonar ese lugar.

Se frotó los ojos con el dorso de la mano, sintiendo cómo una lenta calma se instalaba en su pecho ante la decisión de volver a casa.

No era un retorno como el que había imaginado, tantos días atrás. No había solucionado nada y Orochi estaba libre... Pero había conocido a Yagami y éste había resultado no ser lo que esperaba, sino alguien mucho mejor; alguien que le había hecho desear que aquellos días juntos no acabaran nunca.

Iori se había marchado, pero le había dejado un propósito: iba a buscar una manera de ayudarlo, y luego lo encontraría costara lo que costara, aunque le tomara meses. La monotonía de su vida, el vacío desmotivado en el que transcurrían sus días antes de viajar a South Town, habían quedado rotos. Aunque lo impulsara una desesperación matizada de angustia, pensar en lograr su objetivo cuanto antes lo estaba llenando de ganas de salir de la cama y poner manos a la obra, sin perder más tiempo.

Kyo apartó las sábanas y se levantó, extrañado ante aquel súbito entusiasmo, tan impropio en él que solía odiar hacer esfuerzos, por mínimos que éstos fueran.

Su objetivo estaba claro.

Alzó su mano derecha, observando sus dedos. No había probado invocar su fuego desde que éste se había vuelto en su contra ante una orden de Orochi, pero no titubeó al llamarlo, disfrutando del calor de la flama y de ver que ésta no le hacía daño. La dejó arder, observando los tonos anaranjados, amarillos y rojizos, y el centro oscuro, casi negro. Sonrió levemente ante sus preocupaciones infundadas. ¿Cómo había pensado que Iori sería capaz de matarse? La sombra oscura se debía a la falta de la reliquia de su familia. Era Iori quien estaba en posesión de esa reliquia. La estaba conservando para él.

—No puedes huir de mí —dijo Kyo con voz firme, hablándole al fuego, al lazo con Iori que éste representaba—. No lo permitiré. Te lo dije.

Satisfecho con su mensaje, Kyo dejó que el fuego se apagara.


Antes de dejar el departamento, Kyo dio una mirada a la habitación.

Le pareció apropiado probar contactar a Iori una última vez, y esperó con el teléfono junto a su oído.

Suspiró cuando no hubo respuesta, pero se dijo que el buzón de voz era mejor que escuchar una grabación diciendo que el número había sido desactivado.

—Yagami, si estás ahí, sólo quería que supieras que volveré a casa. —Kyo hizo una pausa, sus ojos recorriendo los muebles del lugar, aún percibiendo en ellos la sensación de intimidad y protección que Iori le había ofrecido—. Gracias por todo.


Horas después, Hein recorrió el primer piso del departamento, confirmando que Kyo se había marchado. Tomó nota de algunos artículos faltantes, no porque Iori lo hubiera pedido sino porque era parte de su trabajo. Le extrañó encontrar las llaves del GT-R en la mesilla del recibidor. Llevarse ese vehículo habría tentado a cualquiera, pero al parecer el castaño era una excepción.

No encontró las llaves del departamento en ningún lugar.

Mientras revisaba qué más faltaba en los armarios y cajones, Hein sacó su celular y envió un mensaje informando sobre las acciones de Kyo a un número que Iori le había indicado antes de partir. No esperó respuesta porque sabía de antemano que Iori no contestaría. Continuó con lo que hacía, tomándose un segundo para pensar cómo la estadía de Kyo había roto por completo la rutina del pelirrojo, antes de concentrarse de lleno en sus tareas habituales, yendo a revisar que todo estuviera en orden en la habitación de invitados, dejando que el castaño saliera de sus pensamientos y se confundiera con los otros jóvenes que habían pasado antes por ahí.


A kilómetros de South Town, Iori dejó que el celular barato resbalara de sus dedos y cayera de vuelta al gastado cobertor de la cama. Era un aparato anticuado que sólo tenía opción de mensajes y llamadas. Su celular habitual yacía apagado junto a una de las almohadas.

Dirigió su vista hacia la ventana de aquel pequeño cuarto en un viejo y discreto hotel de carretera. Todo lo que vio fueron las ramas del cercano bosque desnudo, muy quietas contra el cielo gris. El rumor de los autos que circulaban por la autopista se mezcló con el susurro de voces en su mente.

Un gruñido escapó de su garganta ante una sacudida involuntaria de su cuerpo. Se sintió invadido de unas irracionales ganas de salir del cuarto y regresar a la ciudad a como diera lugar, para encontrar a Kyo antes de que éste pudiera subirse a un avión, y matarlo.

El mensaje de Hein que acababa de recibir decía que Kyo se había marchado del departamento, y Iori realmente esperaba que el castaño regresara con su familia y dejara de vagar sin rumbo por la ciudad. Quería a Kyo tan lejos como fuera posible. No había esperado que el Kusanagi se pasara tantos días buscándolo. Tampoco había creído posible que el deseo de volver a él pudiera llegar a ser tan intenso.

Se había alejado de Kyo para evitar que Orochi encontrara otra manera de lastimarlo. Podía evitar que el fuego anaranjado ardiera sin control con tan sólo cerrar los ojos pero, ¿cuánto podía durar eso? Estaba seguro de que llegaría un momento en que Orochi sería capaz de usar la reliquia de los Kusanagi para quemar a Kyo sin necesidad de verlo, y él no iba a permitirlo. Aunque significara alejarse de Kyo. Aunque tuviera que romper todo contacto con él.

Apretó los dientes. Sentía una voluntad que no era suya agitándose, queriendo obligarlo a levantarse, ir a la ciudad, al aeropuerto, encontrar a Kyo, evitar que se fuera.

Aquellos días —¿cuántos habían sido?, ¿cinco?, ¿seis?— se habían convertido en una lucha continua por el control. Estando dormido no podía hacer nada para resistirse a Orochi, pero el dios todavía no podía controlarlo cuando estaba despierto. Y, sin embargo, lo intentaba. Horas tras hora, Orochi empujaba y aguijoneaba, hacía que sus pensamientos y emociones se mezclaran, intentaba convencerlo de que volver donde Kyo era algo que Iori quería hacer, no él.

Iori había cometido algunos errores al comienzo, pero había aprendido rápidamente de ellos.

No podía pasarse varias noches sin dormir, porque eso lo debilitaba, la facilitaba las cosas a Orochi. Llegaba un punto en que el agotamiento lo hacía cerrar los ojos apenas por unos segundos, y al abrirlos habían pasado varios minutos y se encontraba en un lugar distinto, sin saber cómo había llegado ahí. Por las magulladuras en sus manos y brazos y la suciedad en su ropa y pantalones al «despertar», estaba claro que Orochi no podía controlar su cuerpo a la perfección durante aquellos lapsos de inconsciencia.

Iori utilizó ese conocimiento a su favor. Calculó cuánto tiempo se hallaba bajo el control de Orochi, y descubrió con algo de sorpresa que eran apenas unos minutos, siempre sucedidos por algunas horas de calma y silencio absolutos. Sin embargo, también notó que los minutos se incrementaban con cada posesión, y las horas de calma disminuían.

Sabiendo eso, se alejó de South Town lo suficiente para que el viaje de regreso tomara más tiempo de lo que Orochi podía controlarlo. Si el dios intentaba volver para hacerle daño a Kyo, inevitablemente Iori acabaría despertando a mitad de camino para impedírselo.

Originalmente, su idea no había sido ésa. Había planeado ir a Japón, tal como se lo dijo al Kusanagi. Ver que Orochi lastimaba a Kyo sin romper el pacto, sino a través de éste, había sido el detonante. No iba a permitirlo. No era necesario pensar nada más.

Pero era imposible ocultarle sus propósitos a Orochi, y el dios había hecho todo lo que estaba dentro de sus posibilidades para evitarle viajar. El dios le había prometido que haría estallar el avión a la primera oportunidad si era necesario. Lo había llamado traidor y le había jurado que Kyo moriría apenas Iori intentara romper el pacto.

Iori lo intentó una vez de todos modos, porque era lo que debía hacer. No recordaba haber partido rumbo al aeropuerto. Despertó en el suelo del cuarto de un hotel completamente confundido, algunos muebles volcados y otros rotos por completo. Había perdido el vuelo hacía horas. Las voces estaban en completo silencio, pero percibía la perversa satisfacción de Orochi por haberse opuesto con éxito a sus planes.

Después de eso, la única opción de Iori fue esperar.

Sabía cómo hacer que Orochi quisiera ir a Japón voluntariamente, pero para eso necesitaba que Kyo volviera a casa, y el Kusanagi se negaba a abandonar South Town.

Hasta que finalmente lo había hecho.

Tuvieron que pasar varias horas antes de que el celular descartable recibiera otro mensaje de Hein indicándole que Kyo se había embarcado en un vuelo que tenía a Osaka como destino final.

Sintió que la información lo llenaba de una violenta rabia, pero esa vez pudo diferenciar con claridad cuáles eran las emociones provenientes de Orochi. No pudo evitar reír ante la frustración del dios porque Kyo acababa de escapársele con esa facilidad.

Aquella noche, por primera vez en mucho tiempo, cerró los ojos y se ofreció al sueño sin titubear. Despertó en el cuarto destrozado, sus manos cubiertas de sangre. Había marcas de rasguños en las paredes, los muebles habían sido rotos a golpes. Iori observó sus dedos, sin preocuparse demasiado porque sus heridas sanaban a una velocidad antinatural debido a la presencia de Orochi.

Se limpió las manos ensangrentadas en su ropa, disfrutando del silencio absoluto posterior a una posesión, mientras Orochi dormía en el fondo de su consciencia. Por unas horas, sus actos y pensamientos volvían a ser sólo suyos.

Iori buscó entre las ruinas de la habitación, hasta finalmente encontrar el celular que Kyo le había comprado con el dinero de su familia. Había caído al suelo por detrás de la cama y había sobrevivido a los destrozos de Orochi con apenas un arañón en la pantalla.

Lo encendió mientras salía del cuarto, retirándose y evitando cruzarse con otros huéspedes en el camino, yendo al sobrio y poco llamativo auto negro que conducía esos días. Vio que entre las llamadas perdidas, había varios mensajes dejados por Kyo. Reprodujo el primero mientras encendía el auto. Oyó la voz de Kyo insultándolo ininterrumpidamente por largo rato.