Kyo no notificó a su familia sobre su regreso, pero se encontró con uno de los choferes que trabajaban para su padre esperando por él en el aeropuerto de Osaka. Dado que había usado la tarjeta de crédito asignada por Saisyu para comprar el billete del avión, Kyo no se extrañó por su presencia. Respondió a la profunda venia del hombre con un leve inclinar de cabeza, y permitió que tomara el bolso que llevaba en sus manos. Lo siguió al estacionamiento en el exterior, deteniéndose un momento para admirar el intenso celeste del cielo, tan diferente del gris que había visto en South Town.

El chofer le indicó que esperara cerca de la salida asignada a los vuelos internacionales, por donde salía un flujo ininterrumpido de pasajeros. Volvió al cabo de unos minutos al volante de un vehículo negro con vidrios oscuros de aspecto diplomático que atrajo la atención de muchísima gente. Kyo permitió que el conductor bajara a abrir la puerta para él, conteniendo un suspiro de desagrado. Era el protocolo y el hombre sólo cumplía con su trabajo. Él, por su parte, no podía esperar a llegar a casa y movilizarse por su cuenta en su moto; nunca le había gustado la formalidad en la que su clan se desenvolvía.

Miró las calles y avenidas en la distancia, mientras el vehículo enfilaba por la vía de alta velocidad que los llevaría a las afueras, donde estaba ubicada la casa de su familia. Nada había cambiado. Los altos edificios modernos contrastaban con las casas bajas de los barrios residenciales, ofreciendo un paisaje saturado de vidrio, metal y cemento que, de algún modo, conseguía ser más atractivo y balanceado que los barrios que Kyo había visto en South Town. Hasta la contaminación visual de los altos y coloridos paneles publicitarios no se le hacía molesta. Tuvo que admitir que se sentía bien de estar en su ciudad; después de todo, le había tomado dos conexiones, un vuelo demorado, y casi un día de viaje llegar ahí. Y, tal como solía ocurrir después de un viaje de ese tipo, su estadía en South Town era como una bruma de días y noches entremezclados, aunque todo lo que había sucedido continuara claro en sus recuerdos.

Estar tan lejos de los lugares que tenía asociados con Yagami le proveía cierto alivio. Podía distanciarse de sus actos. Cuando repasaba sus recuerdos, se sorprendía de cómo podían haber ocurrido tantas cosas, cómo Yagami había conseguido nublar de esa manera su juicio.

Durante las casi dos semanas que habían pasado juntos, Kyo no había sido capaz de pensar en nada más que en Iori y no le había importado. Ahora que la influencia de la presencia del pelirrojo comenzaba a menguar, el castaño se preguntaba cómo había sido capaz de perder de vista el mundo así.

El camino lo adormeció cuando el vehículo tomó la carretera que se ondulaba entre las colinas, la vegetación perenne frondosa en aquellas últimas semanas de invierno. Sus parpadeos se hicieron lentos ante el paisaje repetitivo.

Sin embargo, no faltaba mucho para que arribaran a su destino e hizo un esfuerzo por mantenerse despierto. Se entretuvo con su celular, borrando los mensajes que había recibido durante el viaje, limpiando el registro de llamadas perdidas. No se molestó en intentar llamar a Yagami. Sólo le envió un corto mensaje.


Kyo miró con recelo los vehículos oscuros que llenaban todos los espacios disponibles en el estacionamiento de la casa de su familia. Pasó entre ellos sin esperar nada bueno y aceleró sus pasos para no tener que encontrarse con ninguno de los parientes que habían llegado en esos autos.

Una joven sirvienta esperaba por él ante las amplias puertas corredizas de la entrada principal, de pie en el pasillo elevado de madera. La mujer hizo una inclinación profunda a modo de saludo.

—Kyo-sama, su padre lo espera en la sala de reuniones —dijo, irguiéndose y manteniendo su mirada baja, pero bloqueándole el paso al ala principal de la casa.

Kyo no pudo contener una exhalación exasperada, pasándose una mano por los cabellos, desde ya odiando aquel recibimiento. Le entregó su bolso a la sirvienta para que se ocupara de llevarlo a su habitación y echó a andar por un pasillo lateral que llevaba a una construcción anexa, donde se encontraba el despacho de su padre y los salones utilizados para reuniones y encuentros sociales.

Sus pasos resonaron en el suelo de madera pulida. No se dio prisa, preparándose anímicamente para lo que sabía que vendría. Intentó pensar en qué le diría a su padre, pero no se le ocurrió ninguna respuesta de antemano. Tendría que improvisar o responder con sinceridad. Aún no sabía qué opción era la mejor.

Su mirada pasó por sobre los tranquilos jardines de la casa. A un lado, la hierba crecía verde incluso a pesar del frío, con árboles desnudos diseminados en el terreno que subía y bajaba en suaves ondulaciones. Del otro lado, arbustos bajos de hojas verduzcas y rojizas cuidadosamente recortadas crecían sin orden aparente entre senderos cubiertos de gravilla blanca, contra un fondo de árboles de poco tamaño donde se alcanzaba a ver brotes preparándose para la llegada de la primavera.

El diseño de los jardines pretendía evocar una sensación de paz, pero tranquilidad era lo último que estaba sintiendo.

Había un hombre resguardando la puerta corrediza del salón de reuniones. La madera oscura de la construcción le daba al lugar un aire severo y amenazante.

Kyo alcanzó a oír el rumor de muchas voces en el interior.

Tras la inclinación de rigor, el hombre abrió la puerta para él.

Las voces callaron y el silencio se hizo de golpe, dejando oír un roce de telas cuando varios rostros se volvieron hacia él. Kyo entró, una mano hundida en su bolsillo, la otra pasando por su cabello con gesto indolente. No hizo contacto visual con ninguno de los quince o veinte parientes que estaban arrodillados en el suelo formando una fila a la izquierda y una a la derecha. Sintió sus miradas desaprobadoras, pero las ignoró. Sus pasos descalzos y decididos golpearon el suelo de tatami con un sonido hueco y apagado al dirigirse directamente hacia el fondo de la sala, donde su padre estaba arrodillado al lado de su madre.

Se dejó caer ante ellos. No de rodillas, como lo dictaba la costumbre, sino con sus piernas cruzadas, abiertamente apático a la tradición. No miró el rostro de Shizuka, su madre. Se enfocó en la expresión molesta de su padre.

Tadaima —anunció, rompiendo el silencio, usando un tono en demasía altanero, dándose tiempo de desterrar a Yagami de su mente, evitándole a Iori el estar presente en sus pensamientos con él rodeado de Kusanagi.


El interrogatorio empezó de inmediato, tras un breve anuncio de Saisyu diciendo que todos los presentes habían sido puestos al tanto de los pormenores de lo ocurrido. Representaban a las distintas ramas de la familia Kusanagi que vivían en las diferentes ciudades de Japón.

—Orochi tiene a Yagami y las reliquias. Explícanos cómo recuperaste el fuego, si Yagami aún está en posesión de la espada de nuestro clan —pidió Saisyu, su voz distante, tratándolo como un miembro más de la familia, sin darle consideraciones especiales porque era su hijo.

—Yagami me entregó el fuego —respondió Kyo, su mirada dura al enfrentar la de su padre.

—¿Por qué?

—¿Pretendes que entienda las razones de Yagami? —preguntó Kyo con fingida incredulidad.

—Considerando el tiempo que pasaste con él, deberías tener al menos una idea —intervino uno de sus parientes. Kyo no se volvió a mirar cuál. Hizo una nota mental de golpear a K', porque esa información había provenido de su primo.

—Tengo el fuego. ¿Qué importan los detalles? —gruñó Kyo, un poco de molestia filtrándose en su voz.

—Importan, porque Yagami debe haber tenido segundas intenciones. Importan si este fuego está maldito y has infectado a todo el clan con un poder que proviene de Orochi —habló Saisyu con severidad.

—No hice ningún pacto con Orochi —dijo Kyo con voz lenta y contenida, sin poder explicar que Iori no había tenido intención de «infectar» a nadie, sino tan sólo evitar que la falta del fuego lo matara.

—Observa, Kyo-kun —habló la voz a su espalda y Kyo tuvo que volverse a regañadientes. Uno de sus tíos mayores, cuyo nombre no recordaba, había encendido una flama en su mano temblorosa, y el fuego ardía casi negro en sus dedos arrugados, con apenas unos bordes de débiles destellos anaranjados—. Explica esto.

Kyo alzó su propia mano y dejó que una llama anaranjada se extendiera. A diferencia de la flama del hombre, el corazón oscuro del fuego era apenas visible, subyugado por el brillo dorado.

—Es porque estás viejo —murmuró Kyo entre dientes.

—¡Kyo! —lo regañó su madre por lo bajo.

—Esto es lo que hay, hasta que recupere la reliquia —dijo Kyo mostrándoles el fuego y alzando la voz para que todos lo oyeran.

—¿Cómo piensas hacer eso? —preguntó su tío, su voz adoptando un tono hostil, porque había alcanzado a oír su comentario anterior.

Kyo se encogió de hombros.

—Algo se me ocurrirá —dijo, sonando bastante seguro de sí mismo.

—La arrogancia de tu hijo va a ser la perdición de la familia, Saisyu —comentó el hombre, aún hostil—. Kyo-kun no me parece adecuado para llevar el título de futuro líder. Más ahora que sabemos que tiene tratos con un Yagami.

Kyo cerró sus manos con fuerza, más por el tono utilizado al mencionar el apellido de Iori que por la amenaza de su tío. Guardó silencio porque ponerse a la defensiva por Iori no iba a ayudar en nada.

—¿Qué pensabas al acercarte a Yagami? —preguntó Saisyu, ignorando el comentario del hombre mayor.

—Vigilar por si Orochi se manifestaba —respondió Kyo.

—¿Qué pensabas hacer si eso ocurría?

—Ocuparme de él.

Saisyu entrecerró los ojos.

—¿Tuviste oportunidad de matar a Yagami?

Kyo consiguió que su rostro no expresara nada ante la pregunta.

—Sí.

—¿Y no lo hiciste?

Kyo guardó silencio, sin molestarse en responder una pregunta cuya respuesta era sabida por todos los presentes.

—¿Por qué? —insistió Saisyu.

—Yagami estaba en posesión de sus facultades. No hizo... No ha hecho nada malo —dijo Kyo.

—Y seguirá así..., hasta que lo haga —concluyó Saisyu con voz severa.

—¿Por qué no lo mataste, Kyo? —intervino la voz suave de su madre. Kyo miró a Shizuka sin poder creer que ella también estaba interesada en esa solución, y extrañándole que participara en aquel interrogatorio, cuando lo usual era que se mantuviera en silencio, dejando a los hombres hablar.

—¿Matarlo porque es un Yagami? ¿Aunque no sea mala persona? —le preguntó a su madre, dándose cuenta de su error al instante siguiente, al oír el murmullo desaprobador de sus parientes a su espalda.

—Él lo haría. Te mataría —decretó Saisyu, y Kyo volvió sus ojos molestos hacia él, odiando que su padre hablara con esa autoridad, como si supiera algo sobre la forma de ser de Iori.

—No lo haría —replicó. «No bajo esas circunstancias», pensó para sí, trayendo de vuelta el recuerdo de Iori con los ojos cerrados, buscando sus labios con sus dedos para luego besarlo, despedirse.

—¿Estás defendiendo a un Yagami? —preguntó su tío a su espalda, escandalizado.

—No, ustedes me están subestimando. Yagami no conseguiría matarme —gruñó Kyo, viendo que había cometido un desliz en su elección de palabras.

Kyo respiró profundamente, obligándose a calmarse. Su molestia iba en aumento, pero mostrar una abierta hostilidad hacia su familia por defender a Iori iba a ser contraproducente. Lo habían llamado traidor en su ausencia, pero ninguna acusación formal había sido hecha. Quería que las cosas siguieran así. Más adelante quizá necesitaría de los recursos de los Kusanagi para lidiar con Orochi y ayudar a Iori, enemistarse con su propia familia no era práctico.

—Que Yagami no haya hecho nada por ahora no quiere decir que no lo hará en el futuro. Hizo un pacto con Orochi, después de todo —estaba diciendo Saisyu—. ¿Tienes idea de qué pretende hacer con su poder?

«¿Salvarme?», ironizó Kyo en su mente, pero no se le ocurrió nada que decir en voz alta, detestando la facilidad con que las acciones de Iori eran tergiversadas sólo porque era un Yagami, sin darle siquiera el beneficio de la duda, basándose solamente en la historia familiar.

—¿Querer matarnos a todos, quizá, Saisyu? —intervino su tío.

Kyo sintió que su prudencia se evaporaba ante la voz desagradable de ese pariente cuyo nombre ni siquiera podía recordar, porque de seguro pertenecía a una de las ramas menos importantes del clan. Se volvió hacia él, clavando sus ojos castaños en los del hombre.

—Suenas asustado, tío, como si tuvieras miedo de que Yagami pueda contigo. —Kyo dejó que una sonrisa asomara a sus labios—. ¿Y te haces llamar un Kusanagi?

Sus parientes alzaron la voz todos al mismo tiempo, enfadados ante su comentario irrespetuoso. Kyo vio que su madre le hacía un gesto para que no dijera nada más, y Saisyu anunció que continuarían la discusión más tarde, cuando los ánimos se calmaran.

Kyo no perdió tiempo en salir del salón apenas tuvo la oportunidad. Se dirigió con pasos molestos a su habitación, sus dientes apretados. ¿Había creído que con la distancia que había entre él y Iori, la influencia del pelirrojo se había aligerado? ¿Podía estar más equivocado? Acababa de defender a un Yagami ante un salón lleno de Kusanagi. Y no se arrepentía. Es más, el pensamiento más claro que tenía en la cabeza al respecto era que quería ver la expresión de Iori cuando se lo contara.

Kyo negó para sí. Se sentía como embriagado por la molestia que la conversación con su padre y sus parientes le había provocado. No llevaba ni una hora en territorio Kusanagi y ya comenzaba a sentir la opresiva tradicionalidad de su familia, que siempre estaba a la espera de que él cumpliera los cánones establecidos hacía siglos. Pensó en lo libre que se había sentido en South Town, por gris que fuera la ciudad, y por mucho que se hubiese pasado los días prácticamente encerrado en el departamento de Iori. No pudo evitar una leve risa amarga ante la inesperada añoranza que floreció en su pecho.

Sacó su celular y buscó el número de Iori. Lo marcó sin esperar una respuesta. Daba igual si pasaba directamente a la casilla de voz.

Kyo se detuvo en medio de un pasillo desierto, su mirada dirigiéndose al jardín; respiró un par de veces para calmarse, sin querer que su agitación se transmitiera en su mensaje.

—Estúpido Yagami —masculló en el teléfono, sin encontrar mejor preámbulo que ese insulto—. ¿Dónde estás? ¿Estás bien? —gruñó luego—. Acabo de defenderte ante casi una veintena de Kusanagi, no estoy de humor para juegos. —Kyo volvió a hacer una pausa, negando para sí, suspirando, porque pretendía que su voz sonara molesta, pero todo lo que conseguía era sonar cansado—. Dijiste que vendrías... —reprochó Kyo, cerrando los ojos un momento—. ¿Mentiste?

El castaño abrió los ojos al oír unos pasos ligeros yendo en su dirección. Vio que su madre se acercaba por el pasillo, su rostro serio y preocupado, sus manos juntas ante su oscuro traje tradicional. Pensó en escapar de ella, pero los ojos de Shizuka ya se habían encontrado con los suyos y lo inmovilizaron donde estaba. Kyo suspiró con hastío. No podía huir de Shizuka, y no pensaba permitir que Iori escuchara una conversación entre él y su madre.

—Debo irme. Te llamaré luego —dijo secamente.

—Kyo —dijo Shizuka, yendo hacia él, siguiendo con sus ojos dulces el movimiento que hizo Kyo para guardar su teléfono en el bolsillo y sonriendo comprensiva—. No le hubieras cortado, ha esperado mucho por esa llamada.

Kyo se le quedó mirando fijamente, pasmado. Shizuka asintió, la maternal sonrisa sin irse.

—Yuki-chan ha estado muy preocupada por ti.

—Yuki —repitió Kyo con voz neutra.

Su madre asintió otra vez, extendiendo su mano y posándola en su brazo, haciendo una leve presión.

—Todos estábamos preocupados por ti. No te comunicabas. Y las noticias de Kei eran... alarmantes, por decir lo menos.

Kyo entrecerró los ojos ante la mención de su primo. Sabía bien que K' había estado en comunicación permanente con Saisyu, pero aun así sintió ganas de golpearlo apenas lo volviera a ver.

—¿Qué va a pasar conmigo? —preguntó Kyo, haciendo un ademán en dirección al salón de reuniones.

—Una reprimenda no serviría de nada, ¿verdad? —preguntó Shizuka en una suave broma. Kyo negó, pero no sonrió, porque no estaba con ánimos de tener esa conversación. Quería retirarse a su habitación y no hablar con nadie—. Te harán responsable de esta situación. Te darán una oportunidad para solucionarla.

—Pienso hacerlo —dijo Kyo.

—Pero no te ves muy convencido de querer matar a ese Yagami —apuntó Shizuka, mirándolo indagadora, Kyo maldiciendo en su interior, preguntándose qué pensamientos estaban pasando por la cabeza de la mujer. Ella no solía hablar de muertes con tanta frialdad. Parecía estar tanteando el tema, atenta a sus reacciones. ¿Estaba siendo paranoico? ¿Qué diablos le habría contado K'?

—Haré lo que sea necesario —aseguró Kyo, Shizuka ladeando su rostro ante aquella respuesta que en realidad no decía nada.

Kyo sintió que su madre hacía un poco más de presión en su brazo y luego lo dejaba ir.

—Me alegra que estés en casa —dijo Shizuka.

El castaño asintió, pero no encontró nada que responder. No correspondía el sentimiento, y la recepción que le habían dado sus parientes le había arruinado el día entero. No se alegraba de estar ahí. Había otro lugar donde hubiese preferido estar, pero Iori era un idiota y se había ido sin él.

—Estoy cansado, iré a mi habitación —dijo Kyo finalmente.

—Le diré a Yuki-chan que venga a tomar el té esta tarde. Se alegrará de verte —ofreció Shizuka con una sonrisa reconfortante.

—No.

—¿No?

Kyo se dio cuenta de lo hosca que había sido su voz.

—La llamaré yo —mintió, obligándose a esbozar una sonrisa también.


En su habitación, Kyo abrió el bolso de viaje que la sirvienta había dejado sobre su cama y vació los contenidos sobre el cobertor. Su equipaje era bastante ligero, incluía apenas una computadora portátil, una revista, un reproductor de música y los respectivos cargadores. Había tomado (¿robado?) todos aquellos artículos del departamento de Iori, a modo de inmadura represalia, y no se arrepentía.

Pensar en el departamento en South Town lo hizo echar una mirada a su semi-tradicional habitación. El lugar no le había parecido estrecho antes de partir, pero ahora se sentía diminuto y anticuado, con sus simples paredes blancas, demarcadas por columnas y vigas de vieja madera oscura. La puerta era corrediza y el suelo de tatami para no desentonar con el resto de la casa, pero el lecho era una cama normal, no un futon, y un televisor de grandes proporciones estaba montado en una de las paredes. Estantes bajos de colores claros se alineaban contra los muros para dejar espacio libre en el centro de la habitación, con sus repisas llenas de libros y revistas que las sirvientas se empeñaban en ordenar por tamaño, haciendo que siempre le fuera imposible encontrar lo que buscaba.

No, no se parecía en nada a la habitación de Iori. Hasta se le hizo difícil imaginar al pelirrojo dentro de ese cuarto. Era demasiado simple, carecía de decoración, no era un lugar para alguien de gustos modernos y costosos.

Kyo miró su celular, tentado de llamar otra vez.

Decidió contenerse un rato más. Le dedicó algunas horas a la computadora, buscando en el mapa la ubicación de los templos que quería visitar para buscar información, deseando tener algún dato concreto que compartir con Yagami. Se aplicó a esa tarea como nunca antes lo había hecho; no lo invadió el aburrimiento ni la pereza a pesar de que no era mentira que estaba cansado después del viaje. Con una burla dirigida hacia sí mismo, pensó que, si hubiese sabido concentrarse de esa manera años atrás, quizá no le habría costado tanto graduarse de la escuela.

Aquello lo hizo reír con amargura. Buscó el celular y marcó el número de Iori.

—¿Sabes que serías una buena asignatura escolar? —fue su mensaje. Rió de nuevo ante el silencio que recibió como respuesta, pero la risa murió pronto y con ella la falsa actitud positiva que estaba intentando adoptar para mantener a raya a la oscura convicción de que haber vuelto a Japón era un error. No había querido pensar en ello, pero abandonar South Town le había costado un esfuerzo terrible. Existía la posibilidad de que Iori aún estuviera en la ciudad, y la idea de poner kilómetros entre ellos lo había llenado de tanta incertidumbre que casi había perdido el vuelo. Al despegar, todo lo que había podido pensar era que estaba cometiendo un error. Que, si partía, Yagami desaparecería, que no lo volvería a ver jamás.

Había tenido más de veinte horas de viaje para acallar esos pensamientos, enterrarlos tan profundo como había podido.

Miró por la ventana de su habitación hacia los pasillos exteriores y el jardín invernal.

No quería estar ahí. Quería estar de vuelta en South Town, con Iori.

—Te extraño —murmuró Kyo, porque ¿qué más daba?, y esbozó una sonrisa ante el absoluto silencio que oyó en la línea.