Iori recordaba que una luz azul lo había rodeado, intensa y enceguecedora, desdibujando el mundo a su alrededor. Los edificios de la calle por la cual caminaba aquella mañana perdieron sus contornos, como consumidos por esa energía que lo abrasaba todo. Oyó las exclamaciones de sorpresa de algunos pocos transeúntes, la expresión «oh my god» pronunciada por distintas voces, masculinas y femeninas, unas con más temor que otras, el ruido de los pasos de la gente que corría para alejarse.

A eso siguió el vacío, ingrávido, azul y también de un doloroso color blanco incluso cuando cerró los ojos con fuerza para protegerse de la luz.

Trastabilló al sentir que sus pies golpeaban el suelo con violencia, pero recuperó el equilibrio y no cayó.

Vio con sorpresa que la mañana se había convertido en noche. Estaba solo, de pie en medio de una callejuela residencial que no conocía. Las voces en su mente guardaban silencio absoluto. Orochi se había retirado y dormía profundamente, necesitando del sueño reparador luego de haber...

Iori entrecerró los ojos en un esfuerzo por recordar qué había ocurrido en las horas perdidas de ese día.

Luz azul. Su cuerpo entrando en ella con pasos torpes. La reconocía. La había visto semanas atrás, rodeando y protegiendo a Ash Crimson la primera vez que el rubio y Kyo se enfrentaron. Ash había desaparecido en su interior, huyendo de las flamas de Kyo. La luz había actuado como un portal, llevando a Crimson a un lugar seguro, a salvo del fuego escarlata.

Miró a su alrededor manteniendo una fría calma. El aire del lugar, la arquitectura, el rumor de voces que llegaban a él a través de las puertas cerradas de las casas a su alrededor. Aquella ciudad no era South Town.

Dio unos pasos hacia el final de la callejuela, notando su cuerpo adolorido, como si hubiese hecho un enorme esfuerzo y sus músculos estuviesen ahora resentidos.

La calle transversal estaba mejor iluminada, gracias a los numerosos locales comerciales y sus coloridos letreros escritos en letras japonesas. Iori esperó un momento, como si existiera la posibilidad de que su mente le estuviera jugando una mala pasada, haciéndole alucinar aquella imagen, así como la pareja que pasó junto a él sin prestarle atención, conversando en japonés, y el auto aparcado junto a la acera, cuya matrícula era una combinación de números y kanji.

Se llevó una mano al cabello, el trivial gesto ayudándole a centrarse mientras la comprensión hacía a un lado a la incredulidad. Estaba en Japón. No un barrio desconocido en South Town, ni alguna otra ciudad en Estados Unidos. Japón.

La luz azul que había visto esa mañana había sido un portal que Orochi lo había obligado a cruzar.

No había «perdido» horas. Simplemente en ese lado del planeta ya había anochecido.

Maldijo entre dientes. No se había esperado esto. Orochi yendo a Japón para buscar a Kyo, sí. Pero no de esta manera. No de forma tan repentina, tan fuera de su control.

Había estado despierto aquella mañana. Orochi había conseguido invocar el portal y controlar su cuerpo lo suficiente para transportarlo ahí, con él estando consciente. Debía haberle costado una gran cantidad de energía, porque casi no podía percibir al dios de lo profundo que éste dormía, pero eso sólo significaba que Orochi se había hecho incluso más fuerte que antes.

Maldijo entre dientes, furioso consigo mismo por haber permitido que eso ocurriera.

En la última llamada que había recibido de Kyo, el castaño le había dicho que estaba cerca de encontrar una posible solución. Era cuestión de días. Kyo estaba esperando que una sacerdotisa terminara de prepararse, y había tenido el suficiente sentido común de no darle detalles específicos sobre dónde encontrarla.

La voz de Kyo había sonado animada, expectante, perdiendo un poco del tizne de amargura que había caracterizado a sus mensajes anteriores.

Orochi había estado ahí, escuchando la voz de Kyo con él. No había duda de que las palabras del castaño eran lo que había motivado al dios a dar ese paso. Iori era incapaz de compartir el optimismo de Kyo. No podía hacerlo, no cuando estaba siendo abrumado por el deseo de Orochi de matar a los Kusanagi. Matar a Kyo. Encontrar a la sacerdotisa que lo ayudaba y matarla también.

Estaba cansado de esos pensamientos que no eran suyos. Quería dejar de oírlos, y que sus días y noches volvieran a pertenecerle. Quería ser capaz de responder una llamada sin que el eco de la risa de Orochi resonara en su cabeza mientras él observaba la pantalla que le mostraba el kanji del nombre de Kyo.

Deshacerse de Orochi era ahora una meta que deseaba tanto como el joven, pero no dejaba de preguntarse qué pasaría luego. No quería ver a Kyo sufriendo las consecuencias de romper el pacto. No quería perder el fuego púrpura.

Nada podía ser simple.

Echó a andar con pasos lentos, prefiriendo ponerse en movimiento a pesar de no saber a dónde se dirigía.

La idea de comunicarse con Kyo cruzó por su mente. Orochi estaba dormido, no escucharía las palabras que intercambiaran. Podía hacerle saber a Kyo que había llegado al país, aunque quizá sin entrar en detalles porque el Kusanagi no se iba a tomar nada bien que Orochi tuviera el poder suficiente para teletransportarlo de un continente a otro.

Sacó su teléfono, pero dudó. ¿Qué ganaba llamando a Kyo? Sólo conseguiría inquietar al Kusanagi con su presencia repentina en Japón. Estaba seguro de que Kyo querría encontrarse con él lo antes posible, olvidando toda prudencia. Iori no quería al castaño buscándolo por la ciudad (¿y qué ciudad era ésa?), y tampoco quería encontrárselo por accidente. Lo quería lejos de él ahora más que nunca. No podía confiar en sí mismo aun estando despierto.

El celular volvió al bolsillo de su abrigo. Sus pasos lo llevaron a una avenida más concurrida, y pronto fue uno más entre tantos otros transeúntes.


Kyo despertó con el insistente timbre de su celular. Era temprano, demasiado temprano. ¿Quién diablos llamaba a esa hora? Abrió un ojo y miró la pantalla. Era el número del templo Kagura.

Se sentó en la cama, aún medio dormido.

—Por fin —murmuró en vez de saludar.

El mensaje del guardián Sugawa fue escueto: Chizuru requería su presencia para probar un amuleto. Debía acudir lo antes posible.

De un momento para otro, haber sido despertado a esa hora malsana ya no era una molestia, sino una ventaja. Si se daba prisa, podría evitar el tráfico de la hora punta, encontraría las carreteras libres, y haría un bien tiempo para llegar al templo Kagura sin tener que infringir reglas de tránsito. Le dijo a Sugawa que estaría ahí en un par de horas.

Sus padres se sorprendieron al verlo salir de la habitación ya vestido y listo para partir. Shizuka le preguntó si se sentía bien y hasta intentó tocarle la frente para comprobar si tenía temperatura, pero Kyo la evitó, desplazándose alrededor de la mesa del comedor, bebiendo una taza de café, y robando algunos bocados de las fuentes del desayuno sin molestarse en sentarse.

Bastó con decirles que iba al templo Kagura y lo dejaron en paz. Saisyu hasta tuvo la decencia de verse gratamente sorprendido de que su hijo estuviese demostrando ser responsable, levantándose temprano y viéndose tan centrado.

Unos minutos después, Kyo ya estaba sobre su moto, acelerando por las calles semivacías.

Tras poco más de dos horas de camino, Kyo se detuvo frente a las escaleras empinadas que llevaban al templo.

Chizuru esperaba por él ahí, sentada en el segundo peldaño, una cobija gris sobre sus hombros, sus rodillas recogidas contra su pecho y rodeándose las piernas con los brazos.

Kyo se sacó el casco, dejándolo colgado del manubrio.

—¿Buscas que te reprendan otra vez? —fue su saludo a la pequeña sacerdotisa, quien se encontraba completamente sola en ese lugar desprotegido.

Chizuru lo miró como si no hubiera oído su comentario.

Kyo esperó algún reproche sobre sus malos modales por no estar saludando a «Chizuru-sama» con una venia, pero la niña no parecía tener interés en torturarlo aquella mañana. Su rostro se veía un poco pálido, sus ojos cansados.

—Oi, ¿te sientes bien? —preguntó Kyo, mirando el bosque alrededor y notando el aire helado, sin querer tener que encargarse de una mocosa con hipotermia. Él al menos llevaba su chaqueta negra de cuero para abrigarse, pero Chizuru sólo vestía su traje tradicional blanco bajo la cobija.

—Orochi está cerca —dijo Chizuru en voz baja, mirándolo fijamente.

Kyo frunció el ceño.

—Puedo sentirlo desde anoche. Su presencia se materializó de pronto —dijo Chizuru—. En Tokio. Y su poder... es grande.

—¿Orochi... en Japón? —murmuró Kyo, sin saber cómo reaccionar a aquella información.

Chizuru bajó la mirada hacia las hojas secas que cubrían el suelo, al pie de la escalera.

—¿Yagami está en Japón? —preguntó Kyo con más urgencia.

—Percibo la presencia de Orochi y... alguien más. Yagami, sin duda —dijo la sacerdotisa, hablando despacio, volviendo a mirar a Kyo, una expresión extraña en su rostro—. Pero...

—¿Yagami está bien? —exigió saber Kyo cuando la niña dudó y no continuó.

—Está ahí —respondió Chizuru—. Y ha sido una noche muy larga.

Kyo quiso preguntar a qué se refería, pero Chizuru lo interrumpió, extendiendo una mano hacia él para entregarle un objeto que Kyo recibió por reflejo. El castaño se encontró mirando un pequeño amuleto de piedra, tibio contra la palma de su mano, que le producía un suave cosquilleo al estar cargado con la energía de la sacerdotisa. La piedra era blanca, un círculo pulido y perfecto de bordes redondeados con un pequeño orificio en el centro, por el cual Chizuru había enhebrado un delicado cordón trenzado.

—Póntelo, procura que haga contacto con tu piel —indicó Chizuru, haciendo un gesto para señalar el cuello de Kyo, quien obedeció, poniéndose el amuleto a modo de collar.

El Kusanagi observó la discreta piedra por unos segundos, antes de dejarla caer bajo la tela de su camiseta, contra su pecho. Parecía una joya de baratija, pero el cosquilleo de la energía continuaba.

—Prueba encender tu fuego —pidió Chizuru, poniéndose de pie y dejando que la cobija que tenía sobre los hombros cayera al suelo. Se acercó a Kyo pero mantuvo una distancia prudente, sus ojos pasando del rostro del joven a su pecho, como si pudiera ver la piedra a través de su ropa

Kyo invocó a las flamas y al instante sintió que la piedra reaccionaba, anulando su energía, haciendo que el fuego quedara reducido a un débil brillo que apenas entibió sus dedos.

Chizuru observó, atenta, cómo Kyo volvía a probar. Al tercer intento infructuoso, la sacerdotisa se permitió una sonrisa.

Kyo no perdió tiempo en sacarse el amuleto, manteniéndolo en su puño un momento antes de optar por guardarlo en el bolsillo de su pantalón. Por un lado, sentía alivio al ver que Chizuru era una sacerdotisa capaz, pero, por otro, no dejaba de hacérsele desagradable que un objeto tan insignificante como una piedra pudiera anular su poder de esa manera.

No, no su poder. El de Orochi. No debía pensar en ese fuego anaranjado y negro como suyo.

Chizuru se dejó caer en los escalones nuevamente. A Kyo le pareció que su rostro estaba un poco más pálido.

—¿Estás bien? —le preguntó.

—Claro que lo estoy —respondió Chizuru, súbitamente irritable ante la genuina preocupación que oyó en la voz de Kyo—. Un paso más cerca de salvar al mund...

—¡Chizuru-sama!

Chizuru cerró los ojos con hastío, mientras Sugawa bajaba las escalinatas a una velocidad inusitada para alguien de su edad. Segundos después, el guardián estaba con una rodilla en tierra ante la sacerdotisa, sus manos en los hombros de la niña buscando señales de alguna lesión.

Kyo soltó una corta risa desdeñosa y Chizuru le lanzó una mirada asesina, antes de enfocar toda su atención en hacer que Sugawa dejara de intentar alzarla en brazos para llevarla de vuelta al templo.

El castaño observó la escena de la niña manoteando contra su guardián diciéndole que aquello era una falta de respeto. Kyo no había dejado de sujetar el amuleto en su puño, dentro de su bolsillo. La energía que sentía pulsando en la piedra era intensa; no parecía posible que proviniera de esa pequeña. Pero, si en verdad era Chizuru quien le había transferido su poder a la piedra, no era de extrañarse que la niña se viera tan pálida y que Sugawa estuviera tratándola como si se encontrara enferma.

El timbre de su teléfono distrajo sus pensamientos, y Kyo se alejó unos pasos para poder responder en paz.

Oyó la voz preocupada de su madre intentando advertirle algo, pero Shizuka no alcanzó a terminar la frase cuando ya se oía el teléfono cambiar de manos, y la voz furiosa de Saisyu llenó la línea, preguntándole con tono sardónico si estaba contento y si finalmente pensaba escarmentar.


La noche dio paso al día.

Fue cuestión de un parpadeo. En un momento estaba caminando por una avenida muy transitada, la vida nocturna de aquella ciudad desconocida bullendo a su alrededor, y, al siguiente, estaba con la espalda apoyada contra el muro húmedo de un callejón, bajo un cielo celeste y claro, el sol comenzando a despuntar.

No recordaba qué había hecho ni dónde había estado durante la noche.

Intentando aclarar su mente, Iori dio unos pasos tentativos y sintió un dolor apagado en su pierna. Al mirar hacia abajo, vio que sus pantalones grises estaban salpicados de sangre. Tocó la tela en busca de alguna herida, y notó que sus dedos estaban cubiertos de escarlata. Los observó en tenso silencio. La sangre estaba seca. Había sido derramada hacía horas. Sangre. ¿De quién?

No tenía una respuesta.

Sólo tenía claro que Orochi había conseguido controlarlo nuevamente. Ya no había lugar a dudas: el dios ahora era capaz de arrebatarle el dominio de su cuerpo en sus momentos de consciencia.

¿Cuánto tiempo tenía antes de que Orochi despertara y volviera a usurpar su voluntad? ¿Cuántos días requería el dios para poder controlarlo permanentemente, sin necesidad de descansar?

Iori apretó los dientes con fuerza. ¿Por qué su voluntad no era suficiente para resistirse al dios?

Alzó sus manos, mirando la sangre, los restos de piel desgarrada bajo sus uñas, el oscuro rojo mezclado con un poco de hollín. ¿Una pelea?

La primera persona que cruzó por su mente fue Kyo. Se preguntó si la sangre le pertenecía al joven.

Giró sus manos lentamente, observando la palma y el dorso. La sangre manchaba hasta sus muñecas, como si hubiera hundido las manos en un recipiente lleno del líquido. Era irónico no poder saber si aquella sangre era de Kyo. Podían estar destinados a enfrentarse, ser enemigos a muerte debido a los apellidos que portaban, pero, al final, la sangre era sangre y un cuerpo muerto no era más que eso, así se tratara de Kyo o de cualquier otra persona.

Iori se sorprendió a sí mismo ante la intensidad con que odió aquella idea. Kyo muerto y sin que él pudiera recordarlo. Kyo muerto a manos de Orochi.

No, eso no era lo que había ocurrido. No podría haber sido tan fácil.

Una leve punzada en la cabeza lo hizo cerrar los ojos cuando se esforzó en recordar lo sucedido. Su mente le ofreció imágenes de un rostro joven enmarcado en mechones castaños que caían hasta un poco más abajo de las mejillas. Ojos marrones también, como los de Kyo; pero no era él, porque el recuerdo era de una mujer, su rostro salpicado de sangre iluminándose súbitamente por una llamarada anaranjada invocada por Orochi que comenzó a consumirla. Una Kusanagi perdiendo la vida en medio de su propio fuego.

No era la única. Había habido un joven agonizando en el suelo, y Orochi había sentido placer al mirarlo, porque el joven se debatía entre resistir y seguir peleando, o rendirse al dolor y dejar que todo acabara. El charco de sangre que cubría el suelo a su alrededor era indicio suficiente para saber que resistir no serviría de nada.

«Maldito Yagami…», había gruñido el joven. Iori recordaba que una risa que no era suya había salido de sus labios.

Un Kusanagi, pero no Kyo.

Orochi quería acabar con todos, no iba a hacer distinciones, no le había importado empezar con esos dos.


El súbito cambio en el semblante de Chizuru hizo que Sugawa dejara de insistir en volver al templo. La mirada de la niña estaba fija en la espalda del Kusanagi, quien hablaba por teléfono unos pasos más allá, bajo la sombra de los densos árboles.

Chizuru cerró sus manos en puños. Podía sentir el brusco cambio en el aura del castaño. El amuleto que le había dado había sido causa de alivio, pero ahora todo lo que percibía en él era su rabia y frustración.

La niña bajó la mirada hacia las hojas secas que cubrían el suelo. Alguien le estaba contando al Kusanagi lo que había ocurrido durante la noche.

Contuvo un suspiro, recordando la visión que había tenido poco después de ir a acostarse. Una mujer muy joven y un hombre, y la presencia de Orochi como una deslumbrante luz sin forma atacándolos, haciéndolos arder, desgarrando sus cuerpos usando una forma humana que Chizuru, por más que se esforzara, no podía ver.

La presencia del Yagami amigo de Kyo estaba casi extinguida en ese momento, su existencia a punto de desvanecerse.

Los dos Kusanagi de la visión habían muerto, y Chizuru se había encontrado con Orochi volviéndose hacia ella. La miraba, a pesar de que su forma luminosa carecía de ojos. La miraba y sonreía, y le prometía que la iba a matar.

Había despertado en medio de la madrugada, su corazón acelerado y encogido por un miedo que no podía controlar. No había querido volver a dormir, para no correr el riesgo de encontrar a Orochi en otro sueño.

Mientras esperaba que amaneciera y, más tarde, a solas en la escalinata esperando que Kyo llegara, había estado atenta a la energía de Orochi, temiendo que provocara un asesinato en masa en medio de la ciudad. Sin embargo, el dios no parecía estar interesado en los mortales comunes y corrientes, tal como Kyo le había explicado durante su reunión.

No pasó mucho antes de que Chizuru sintiera que la energía de Orochi disminuía, agotada.

Ese hecho de que Orochi tuviera que «descansar» para recuperar fuerzas le dio esperanzas. Pero no tenían mucho tiempo. Debían actuar rápido.


Kyo sintió un entumecimiento invadiendo su cuerpo a medida que Saisyu le contaba que habían encontrado el cuerpo sin vida de dos Kusanagi en su hogar en Tokio.

No se trataba de parientes lejanos, sino de dos personas que él conocía, Aoi y Souji, sus primos, con quienes había crecido.

No sintió nada mientras su padre le daba los detalles con voz recriminadora y seca, confirmándole que Yagami era el culpable, porque todo el lugar aún estaba impregnado con los rastros de la energía de Orochi. Las cámaras de seguridad alrededor de la casa de Souji no habían captado el rostro de Yagami, pero sí el destello del fuego púrpura contrastando con el brillo anaranjado de las flamas de los Kusanagi.

La mente ofuscada de Kyo no parecía querer procesar la información y sólo conseguía formar interrogantes, sin que la realidad de lo sucedido llegara a calar del todo. ¿Souji... muerto? ¿Souji, a quien la familia consideraba uno de sus miembros más poderosos? ¿Cómo...?

Kyo hizo un esfuerzo por apartar la preocupación que estaba sintiendo por Iori en ese momento. Dos personas habían muerto en su familia. No podía ponerse a pensar en si Iori estaría bien. No era correcto.

En el teléfono, Saisyu seguía refiriéndose a Iori como si él fuese el único culpable, como si aquellas muertes hubiesen sido producto de su voluntad y las hubiera concretado con la ayuda de Orochi. Kyo no lo discutió. Él sabía la verdad. Había sido Orochi. Iori sólo era culpable de haber pensado que dejarse poseer por el dios era una buena idea, y de haberse confiado en poder mantenerlo bajo control.

—Condenado idiota —murmuró Kyo, pensando en qué habría cambiado si Iori se hubiese quedado con él, en vez de alejarse. ¿Habría llegado un punto en que Orochi podría haberlo matado a él con la facilidad con que parecía haber vencido a Souji?

Ante ese pensamiento, la insensibilidad que lo embargaba dio paso a la más pura rabia. Antes había querido liberar a Iori de Orochi, pero ahora quería destruir a ese dios, asegurarse de que no regresara a ese mundo jamás.

Cerró los ojos con fuerza, recordando cuando Orochi había controlado a Iori la primera vez, en el departamento del pelirrojo. Lo imaginó controlándolo de nuevo, desplazando la voluntad del Yagami como si no fuera nada. Usándolo para cometer ese asesinato sin sentido. Ese maldito dios...

—Lo mataré —gruñó para sí. No sabía cómo, no sabía siquiera si era posible, pero de pronto un ritual para sellar al dios y hacerlo dormir por unos siglos le pareció un castigo muy leve.

Pasaron unos segundos y se dio cuenta de que Saisyu se había quedado en completo silencio ante sus palabras.

«Eso es lo que quería oír», dijo Saisyu tras una pausa. Kyo no se molestó en aclarar que no era de Yagami de quien estaba hablando.

Otra vez se oyó el sonido del teléfono cambiando de manos. Kyo dejó que su mirada se perdiera entre los troncos de los árboles que lo rodeaban mientras Shizuka, preocupada, le pedía que por su seguridad no volviera a casa. ¿Tal vez podría alojarse donde algún amigo? Tokio no estaba tan lejos de Osaka. A Yagami le tomaría menos de medio día llegar ahí. Toda la familia había incrementado la seguridad en sus respectivas residencias, pero era mejor que Yagami no pudiera encontrarlo en un lugar tan obvio.

Kyo respondió afirmativamente, guardándose el comentario de que eso era lo que esperaba, que Iori lo encontrara, cuanto antes.

Por su seguridad, continuó Shizuka con profundo pesar en su voz, era mejor que Kyo mantuviera su distancia durante el velorio de sus primos.

La rabia volvió a encenderse, intensa, pero Kyo no la exteriorizó.

¿Tanto Yagami como su familia querían mantenerlo lejos de Orochi? Esta vez no iba a ser así.

Cortó la llamada, maldiciendo en voz alta, no sólo porque Orochi había conseguido matar a unos Kusanagi, a sus primos, sino también porque ahora toda su familia le atribuiría la culpa a Iori, y nada de lo que él dijera cambiaría eso.

Se volvió hacia las escaleras y encontró a Chizuru aún sentada ahí, mirándolo con seriedad, mas sin un asomo de curiosidad por saber el motivo de su llamada o su exabrupto. La niña se había deshecho de Sugawa y se encontraban a solas.

—Los preparativos para el ritual, ¿están listos? —preguntó Kyo, su voz más hosca de lo que pretendía, más urgente.

Chizuru asintió.

—Pienso llamar a Yagami ahora, decirle que estoy aquí. No sé si me escuchará él u Orochi. Necesito saber que estás lista.

—Estoy lista —respondió Chizuru con voz firme, y si sintió temor ante la idea de llamar a Orochi a ese lugar, lo ocultó bien—. Si lo llamas ahora, hablarás con Yagami —aseguró, Kyo mirándola sin entender el porqué de su convicción—. Orochi duerme en este momento.

—¿Puedes saber eso?

—Ahora que Orochi está cerca, sé muchas cosas —dijo Chizuru con voz de superioridad, pero no continuó porque la expresión de Kyo cambió de súbito, sospecha asomando a sus ojos castaños mientras el joven recordaba que Chizuru había mencionado que Orochi estaba cerca, y que la noche había sido larga.

—¿Sabes lo que ha pasado? —preguntó Kyo con lentitud, y Chizuru bajó la mirada hacia el suelo como toda respuesta, preguntándose por qué no había sido capaz de darle la noticia al Kusanagi, concluyendo que consolar personas que habían perdido seres queridos era una de las cosas que más detestaba. Verlos quebrarse y llorar, sin poder hacer nada por ellos, era desagradable. Aunque, si lo pensaba bien, de haber sabido que el Kusanagi iba a reaccionar con rabia en vez de lágrimas, darle la noticia le habría resultado más fácil.

—Sé muchas cosas —repitió en voz baja, alzando sus ojos oscuros hacia el joven.

—¿Por qué no dijiste nada?

—¿Habría cambiado algo si lo hubieras oído de mí? —preguntó Chizuru, su curiosidad sincera.

La sacerdotisa tuvo la impresión de que Kyo iba a perder la paciencia con ella, pero el joven castaño sólo suspiró y volvió su atención al teléfono que aún tenía en la mano.

—Kusanagi —lo interrumpió antes de que Kyo pudiera marcar el número de Yagami—. ¿Estás listo tú?

Chizuru vio la breve duda que cruzó por el rostro de Kyo, la forma en que su mano se cerró con más fuerza alrededor del teléfono.

—Quiero acabar con esto —fue la respuesta de Kyo.

—No has respondido —señaló la niña, frunciendo el ceño—. Quieres pelear contra Orochi, vengarte —señaló, porque eran las intenciones que sentía en el aura de Kyo—. Pero para eso tendrás que lastimar a tu amigo. ¿Puedes hacerlo?

Kyo le lanzó una mirada molesta.

Chizuru empezó a formar una frase para hablarle con severidad al joven, pero luego cambió de idea. Suspiró.

—No puedo evitar percibir lo que sientes —murmuró a regañadientes—. Tienes ganas de hablar con él —agregó más bajo, sin que aquello fuera un reproche—. Pero crees que Yagami no vendrá, especialmente después de haber matado a unos Kusanagi, porque no querría que pasara lo mismo contigo. Es razonable pensar eso.

Chizuru sintió que la molestia de Kyo se tornaba en ganas de alejarse de ella al ver que podía leerlo tan fácilmente. Se apresuró a continuar.

—Háblale cuando Orochi haya despertado, deja que él tome el control —indicó—. Que sea Orochi quien venga al templo. Quizá su poder es suficiente para materializarse aquí, así como hizo anoche en Tokio. Y si en verdad está tan empeñado en matarte a ti, quizá no tenga reparos en gastar esa energía. Eso lo dejará con menos reservas para enfrentarte, tal vez. Aumentará nuestras posibilidades.

Kyo quiso protestar que aun si era Orochi quien se aparecía en el templo, a quien tendría que lastimar sería a Iori. Sin embargo, calló, porque lo de hacer que Orochi desperdiciara su energía trasladándose de una ciudad a otra era una buena idea. Sólo quedaba esperar que el dios siguiera empeñado en priorizar la muerte del heredero del clan y viniera de inmediato, sin distraerse en el camino para matar a otros Kusanagi que pudiera encontrar.

—«Ésa es una muy buena idea, Chizuru-sama, es usted una mujer muy inteligente» —dijo Chizuru, decidiendo ayudar a Kyo a encontrar la respuesta adecuada, porque el castaño se había quedado en completo silencio.

—Pero no es seguro que funcionará —replicó Kyo, sólo por llevar la contraria. Vio que la niña sonreía satisfecha de todos modos y se levantaba.

—Vamos al templo, debo mostrarte algo —pidió, envolviéndose mejor en su manta para protegerse del frío.


Kyo acabó mareado después de que Chizuru le explicara para qué servía cada talismán de protección que había colgado en los árboles del jardín y en las columnas que sostenían las viejas vigas del templo. El suelo estaba cubierto de inscripciones invisibles que ayudarían a Kyo a defenderse contra el poder de Orochi, para compensar un poco el no poder usar su fuego durante la pelea. O esa era la idea, porque, al igual que con el ritual que pensaban llevar a cabo, no sabrían si aquellas defensas funcionarían hasta ponerlas a prueba.

Chizuru había delimitado el patio central del templo, situando las barreras más poderosas en el área donde planeaba celebrar el ritual. Le indicó a Kyo que la edificación principal, aquella con forma de pagoda y columnas pintadas de brillante rojo que sostenían el techo ligeramente arqueado, era sólo una fachada, diseñada según lo que los visitantes del templo esperaban ver. Los paneles blancos que hacían de paredes, y las celosías de desgastada madera, eran en realidad adiciones realizadas hacía pocos años. El altar dentro de su salón principal no poseía propiedades especiales.

El verdadero templo estaba detrás del edificio, y alojaba sólo un salón mal iluminado, rodeado de pasillos oscuros donde se alineaban viejas vigas y pilares carcomidos por el tiempo.

Al techo le faltaban algunas tejas, y en algunas áreas la madera no tenía buen aspecto. Kyo incluso vio que las puertas deslizables no encajaban bien en sus rieles. El lugar parecía abandonado.

Sin embargo, Kyo no hizo comentario alguno porque pudo sentir el poder de las decenas de inscripciones que habían sido dibujadas en aquellas paredes y columnas a lo largo de los siglos. El aire se sentía cargado y tibio, y, cuando apoyó su mano en la baranda de los peldaños que subían al oscuro salón principal, sus dedos cosquillearon al hacer contacto con la energía que las sacerdotisas anteriores a Chizuru habían dejado en ese lugar.

—¿Crees que será suficiente? —preguntó Kyo, volviéndose hacia la niña, quien entreabrió los labios, queriendo dar una respuesta automática y resuelta y asegurar que sí, iba a funcionar, porque se había pasado todo un día colocando los talismanes e invocando barreras de protección. Sin embargo, la prudencia prevaleció y Chizuru dejó escapar un profundo suspiro.

—No lo sé —respondió, sosteniéndole la mirada al castaño—. El poder de Orochi es muy fuerte. Debería funcionar, pero…

Kyo no hizo ninguna recriminación, pese a que le habría gustado una respuesta concreta que le dijera que sí, que la «magia» de Chizuru le ayudaría a estar en igualdad de condiciones contra Orochi, aunque no pudiera utilizar su fuego.

Su mano seguía apoyada en la baranda, sus dedos resiguiendo el desgaste dejado por las personas que habían pasado por ahí. Algo le había llamado la atención al entrar en el patio del templo. Éste estaba desierto. No había rastros de las sirvientas que había visto la primera vez. No había ninguna otra sacerdotisa, salvo Chizuru.

—¿Tu familia no debería haber enviado a alguien a ayudar? Parecían empeñados en protegerte de mí, pero ahora te han dejado sola—señaló Kyo, mirando a la niña con cierta desaprobación, viéndola incluso más pequeña al darse cuenta de que muy probablemente serían sólo ellos dos contra Orochi.

Chizuru negó.

—Me ayudaron a asegurar y proteger este lugar, pero saben que no pueden hacer nada. Éste es mi deber como heredera de los Kagura. No es prudente que ellos estén aquí cuando Orochi se presente. No podemos arriesgarnos a que intente poseer a alguien, usarlo de rehén o como medio para escapar.

—Creía que Orochi no puede poseer a alguien sin consentimiento, sin algún tipo de pacto de por medio —murmuró Kyo, su voz un poco áspera al pensar en Iori.

—Controlar a alguien cuya voluntad es débil también es factible, por eso debemos eliminar esa posibilidad —respondió Chizuru con voz severa—. Pero no te equivocas, en el caso de Yagami, Orochi no podría haberlo poseído sin su consentimiento, un pacto era necesario.

—¿Por qué lo dices? —quiso saber Kyo.

—La voluntad de Yagami es fuerte —señaló la niña—. De hecho, me sorprende que haya podido resistirse a Orochi todo este tiempo.

—Resistir es lo que no ha podido hacer —refutó Kyo con voz hosca—. No ha hecho más que perder una lucha por el control desde el comienzo.

Chizuru negó levemente.

—Tú no percibes el poder de Orochi, yo sí —dijo la niña, una clara reprimenda porque Kyo no sabía de lo que hablaba—. Yagami es un mortal resistiéndose a un dios. Y te digo que ha aguantado mucho tiempo.

Kyo bufó, molesto de que lo contradijera. Chizuru se limitó a mirarlo, preguntándose por qué el castaño reaccionaba con esa actitud despectiva, cuando en realidad todo lo que sentía era preocupación por el bienestar de Yagami.

—Pero estás en lo correcto —continuó Chizuru—. Está perdiendo esa lucha. Ya no queda tiempo.

Sin embargo, tuvieron que esperar un poco más, porque, según la sacerdotisa, Orochi seguía durmiendo profundamente.

Se sentaron en los viejos peldaños del antiguo templo, Kyo perdido en sus pensamientos, intentando imaginar qué estaba haciendo Iori en ese momento, si sería consciente de que había matado a miembros de su familia. ¿Pesarían esas muertes en la consciencia del pelirrojo? ¿En algún momento él le recriminaría a Iori por haber asesinado a sus primos? Sabía que no era culpa de Yagami, pero aun así…

No se atrevió a pensar en el futuro. Si el ritual salía bien y todos sobrevivían, los Kusanagi no lo iban a dejar en paz con respecto de lo que debía hacer con Iori. Aquellas dos muertes eran una afrenta al clan, un ataque directo de parte del enemigo. Su argumento de que Yagami no había hecho nada malo se había ido por los suelos. Estaba seguro de que lo obligarían a vengar aquellas muertes.

Cerró sus manos con fuerza, un estremecimiento bajando por su espalda al decirse que no le iba a importar tanto cuando lo echaran del clan por no ser capaz de cumplir su deber y matar a Yagami.

Se sobresaltó al sentir que Chizuru le pasaba parte de su cobija por detrás de los hombros.

—No es necesario, no tengo frí… —intentó decir, pero Chizuru lo calló con una mirada que le aseguraba que iba a lamentar ser tan desagradecido cuando ella estaba siendo amable.

—Estás temblando —señaló Chizuru antes de apartar la vista.

Kyo no quiso explicar que no era por frío, sino por una mezcla de agobio e impaciencia, porque parecía que todo lo que podía hacer últimamente era esperar.

Miró a Chizuru, quien observaba el patio vacío con intensidad, aunque no hubiera nada que ver ahí. Kyo notó que la niña tenía las manos entrelazadas y cerradas con fuerza, sus dedos blancos por la presión. Su rostro un poco más pálido, su respiración tensa.

—¿Tienes miedo? —preguntó Kyo, consiguiendo sonar ligeramente divertido, burlón, sacándola de su ensimismamiento al instante.

—No conozco el significado de esa palabra —aseguró Chizuru con un perfecto tono arrogante que podría haber engañado a cualquiera, sus ojos duros cuando lo observaron—. Es un ritual más y sé que lo haré bien. Si algo sale mal probablemente será por tu culpa. Si he de ser sincera, no te ves como una persona de la cual se puede depender, Kusanag… —Chizuru calló porque en ese momento Kyo le dio un ligero golpe con los nudillos en la cabeza. La sacerdotisa se puso de pie, irguiéndose cuan alta era—. Pide disculpas de inmediato —ordenó, alzando su mano y señalando a Kyo con el dedo índice.

—¿A una niña? Ni en sueños.

—No soy una niña, soy quien liberará al mundo de… —Chizuru dejó la frase incompleta, su mirada perdiéndose por un breve instante como si escuchara un ruido lejano, antes de sacudir la cabeza, obligándose a reaccionar—. Orochi —dijo, su voz perdiendo su teatral arrogancia para volverse seria, casi reverente—. Ha despertado. Y sigue ganando fuerzas.

—Ya era tiempo —gruñó Kyo sacando su teléfono de inmediato, Chizuru quedándose mirándolo perpleja, porque Kyo estaba ansioso e impaciente, y no había un rastro de temor en su rostro a pesar de que estaba hablando de enfrentarse a un dios. Quizá su primera impresión de Kyo no había estado errada y el Kusanagi sí era un poco tonto.

Sin embarg, la falta de miedo que veía en Kyo la tranquilizó un poco. Y para eso estaba ella, ¿no? Para llenar los vacíos que dejara un Kusanagi arrebatado, y poder cubrir todos los frentes. Ninguno de los dos iba a enfrentarse a Orochi solo.

—Acabaremos con esto de una buena vez —dijo Kyo, marcando el número de Iori.


Estaba consciente, pero sus pensamientos eran fragmentados. Había una demora antinatural en sus movimientos. Su cuerpo obedecía, pero con lentitud, recordándole a aquellas lejanas noches de su juventud, cuando, recién llegado a un país extranjero, se embriagaba sin medir las consecuencias.

Sus ojos no conseguían enfocarse en lo que tenía alrededor.

Había procurado mantenerse lejos de las calles transitadas, pero no recordaba por qué. No estaba seguro de si se dirigía a algún lugar específico. Minutos atrás había tenido un propósito, pero entonces Orochi había despertado.

Orochi había despertado y era más fuerte que antes, porque se encontraban en un territorio que por siglos había albergado la energía de antiguas potestades. El dios se alimentaba de ella, se fortalecía. Orochi le dejaba retener parte del control de su cuerpo porque se estaba entreteniendo con él. Le susurraba que le iba a permitir estar ahí para que viera cómo mataba a Kyo usando sus manos. Lo dejaría ser testigo de ello. No habría nada que Iori pudiera hacer.

Un teléfono estaba sonando a poca distancia. Iori lo oía a través de una bruma. ¿Era suyo? Intentó no pensar en eso, porque sabía quién estaba llamando. «Iluso, ya no puedes ocultarme nada», le susurró una voz en el oído, y Iori sintió que su mano se deslizaba dentro del bolsillo de su abrigo como por voluntad propia. La pantalla del aparato le mostraba el nombre de Kyo. Quiso oponer resistencia, pero fue inútil.

Si Kyo se sorprendió de que su llamada conectara, no lo hizo evidente. Su voz fue desafiante y dura, casi la de un desconocido, cuando dijo: «Sé lo que has hecho y voy a matarte».

Iori apretó los dientes, sintiendo un abrumador deseo de hablar que no provenía de él. Orochi quería que averiguara dónde estaba Kyo. Quería que hiciera aquella pregunta con su voz, porque sabía que si era Iori quien preguntaba, si era Iori quien decía que quería verlo, el Kusanagi respondería.

—Kyo… —fue todo lo que Iori pudo decir, en un gruñido apagado que raspó su garganta. No fue lo que Orochi pretendía que dijera, pero tampoco pudo advertirle a Kyo sobre lo que estaba sucediendo, cómo Orochi estaba a un paso de conseguir el control absoluto sobre su voluntad.

«No te perdonaré jamás», continuó Kyo, como si no lo hubiese oído, Iori oyendo claramente el filo de rabia en su voz, el sincero odio.

La carcajada de Orochi fue estridente. El dios estaba disfrutando aquello, burlándose de él porque había bastado que matara a dos parientes de Kyo para que el joven cambiara su actitud a una totalmente opuesta. Orochi reía, diciendo que las palabras de Kyo eran, por fin, dignas de un Kusanagi. Nada de tonterías como decir que lo echaba de menos. Siguió riendo mientras le preguntaba a Iori por qué no se estaba sintiendo más feliz al oírlas.

«El templo Kagura en Iwaoiyama», continuó diciendo Kyo, Iori maldiciendo entre dientes al sentir la reacción de Orochi ante la información, la abrumadora satisfacción, el casi júbilo. «Te estaré esperando, maldito hijo de perra».

Después de eso, el mundo quedó sumergido en una intensa y pulsante luz azul.


—Maldita sea —murmuró Kyo cuando la llamada se cortó. No podía dejar de oír la voz con que Yagami había pronunciado su nombre. Agotado, la voz de alguien a punto de ser derrotado.

Sintió que Chizuru tiraba de su manga para llamar su atención.

—Funcionó, se dirige hacia aquí —anunció la niña, su rostro trémulo, nerviosa, pero consiguiendo mantener su miedo controlado.

Chizuru recorrió el patio con la mirada. Todo estaba en aparente paz. Un par de hojas secas se sacudieron con la brisa, siendo arrastradas sobre las piedras blancas del suelo.

—Ahí —señaló Chizuru, y donde las hojas habían estado, Kyo vio un destello blanco, tenue, palpitante, de bordes azulados, ganando nitidez con cada segundo. El color azul le recordó a Ash Crimson. El maldito había sido protegido por una energía similar. Por Orochi.

Kyo se puso el amuleto que Chizuru le había entregado, presionándolo contra su pecho unos segundos, sintiendo el reconfortante cosquilleo de su energía.

—Más te vale que esto funcione, niña —murmuró, mientras notaba cómo el aire se electrificaba, las barreras de la sacerdotisa comenzando a reaccionar.

—No soy una niña —respondió Chizuru, quedándose atrás cuando Kyo dio unos pasos hacia la luz—. Soy quien evitará que Orochi te patee el trasero.

Kyo se volvió sobre su hombro sin poder evitarlo, y alcanzó a ver que Chizuru le hacía un gesto de femenino desprecio antes de desaparecer, sólo su manta gris quedando en el lugar que había ocupado en los peldaños de la escalera.

«No te distraigas, Kusanagi», ordenó Chizuru, su voz muy cerca de él aunque Kyo no pudiera verla.

La luz ante ellos despedía destellos azules y adoptaba una forma ovalada. En cuestión de segundos creció hasta alcanzar un tamaño que permitiría el paso de una persona adulta. Kyo se encontró sonriendo con amargura, porque estaba bien así. Estaba harto de esperar. Prefería no tener tiempo para pensar. Todo lo que debía hacer era luchar. El portal se abriría y Orochi aparecería. Si dudaba tan sólo un segundo, si su determinación fluctuaba, quien acabaría muerto sería él, y muerto no podía ayudar a Iori. Había una sola cosa que podía hacer. Y para eso debía evitar pensar.

Era más fácil decirlo que ponerlo en práctica, claro.

El portal se abrió, similar a un enorme ojo azul cuya pupila se dilataba mostrando un blanco enceguecedor. Kyo se cubrió el rostro con una mano por reflejo, y cuando la luz se apagó, el portal se había desvanecido y Yagami estaba de pie ante él.

Sus miradas se cruzaron, Kyo abarcándolo todo en medio segundo. El rostro de Iori estaba pálido, él más delgado. Había sombras bajo sus ojos, un profundo agotamiento evidente en sus irises escarlata. Sus manos aún tenían rastros de sangre seca. Su ropa estaba polvorienta y desarreglada como nunca lo había visto, su abrigo desgarrado en partes, sus pantalones grises salpicados de manchas rojo oscuro.

—Yagami —murmuró Kyo, pero el pelirrojo ya no lo miraba a él, sino al lugar donde se encontraban, los árboles decorados con cordones blancos que sostenían distintos talismanes, el suelo con sus inscripciones invisibles.

Kyo vio que Iori sonreía levemente, su rostro adquiriendo una expresión que no era suya.

—¿Haciendo trampa, Kusanagi? —preguntó, y Kyo sintió un contradictorio alivio al ver que ésa no era la voz de Iori. Ni su expresión, ni su voz, ni sus gestos cuando alzó una mano hacia él—. Ingenuo.

Hubo un seco estallido que resonó por todo el patio y provocó que bandadas de pájaros alzaran el vuelo desde el bosque. Astillas saltaron del tronco de uno de los árboles más cercanos cuando éste se quebró de lado a lado en el lugar donde había estado uno de los talismanes de protección, y comenzó a ladearse, lentamente, sus ramas rompiéndose y arrastrando a las de los árboles cercanos en su caída.

Kyo no se movió cuando el polvo levantado por el tronco llegó hasta él. No dio ninguna muestra de haber oído el estruendo que hizo el árbol al golpear el suelo.

Orochi rió. Kyo odió oír ese sonido salir de los labios de Iori.

—Ya veo, ¿intentas demostrar tu poder atacando a un pobre árbol indefenso? —preguntó Kyo con burla.

La sonrisa desapareció, los ojos de Iori entrecerrándose amenazantes.

Kyo se puso en guardia, pero Orochi no atacó. Sólo lo observó con aire de superioridad. Y al instante Kyo notó la familiar y desagradable sensación de su fuego acudiendo al llamado de Orochi.

Contuvo un gruñido de dolor cuando el amuleto en su cuello reaccionó, la energía de Chizuru protegiéndolo, vibrando, su temperatura subiendo y quemándole la piel cuando Orochi se dio cuenta de que algo no estaba funcionando y lo intentó de nuevo con mayor ahínco. Todo lo que Kyo sintió fue un tibio calor en sus manos, su rostro. Le pareció que, desde su escondite, Chizuru sonreía satisfecha.

—Interesante —dijo Orochi, comprendiendo lo que sucedía—. ¿Piensas enfrentarme sin fuego? ¿A mí? ¿A un dios?

—Es que eres tan poca cosa —respondió Kyo, haciendo un gesto desdeñoso con su mano.

El fuego púrpura se encendió sin previo aviso, lanzándose hacia él de forma tan repentina que Kyo reaccionó por reflejo e intentó encender sus llamas para protegerse, sólo para encontrarse con que éstas no respondían.

Rodó hacia un lado, alejándose para ganar tiempo, porque tendría que ir reorganizando su estrategia según el patrón de ataque de Orochi. No poder invocar a sus flamas lo dejaba en una posición muy desventajosa, pero no debía olvidar que su objetivo no era pelear y vencer, sino aguantar lo suficiente y obligar a Orochi a gastar su energía.

Así como veía a Orochi, sin embargo, en completo control del cuerpo de Iori, destrozando árboles centenarios y atacando con fuego, no parecía que el poder del dios tuviera límites. A Kyo sólo le quedó esperar que aún no fuera tan tarde.

Pronto estuvo claro que las estrategias defensivas no eran lo suyo. No con alguien que atacaba tan salvajemente como Orochi, sin darle tiempo a respirar. Kyo se encontró devolviendo golpes, intentando poner en ellos tanta fuerza como le era posible, sin contenerse, procurando no pensar que era Yagami el que estaba recibiendo todo el daño.

Obligado a luchar cuerpo a cuerpo, Kyo sintió una y otra vez cómo el fuego de Orochi, a veces púrpura, a veces verde, le quemaba la piel. Si tenía suerte, si estaba en la posición adecuada, una de las barreras de Chizuru se materializaba ante él para bloquear el calor abrasador. Pero el alivio duraba sólo unos segundos, porque las barreras habían ido cediendo una a una, rompiéndose en mil pedazos bajo los ataques del dios, quien parecía tener una fuente inacabable de poder, sin dar muestras de cansancio ni debilidad.

Tomar la ofensiva era tentador, a pesar de que Kyo sabía que también era arriesgado. Oyó la voz de Chizuru pidiéndole que tuviera cuidado, asegurándole que la energía de Orochi estaba disminuyendo como habían esperado, sólo que con lentitud. Las cosas no estaban yendo tan mal. Era mejor no arriesgarse, ir a lo seguro.

Kyo sonrió con sarcasmo, alegrándose de que a Chizuru le pareciera que las cosas no iban mal, a pesar de que más de la mitad de las barreras habían sido destruidas, y él tenía quemaduras cubriéndole la piel y la ropa desgarrada y chamuscada.

Como fuera, no había forma de ganar terreno si no se arriesgaba un poco. Ahora que Orochi había sido desprovisto de su opción de hacerlo combustionar en su propio fuego, su manera de pelear no era tan distinta a otros oponentes poderosos con los que Kyo se había cruzado antes. No había fuego cayendo del cielo, ni luces divinas intentando vaporizarlo. No sabía qué tipo de ataque había utilizado para destrozar el árbol, pero no lo había repetido. Quizá en verdad sólo era un ataque que funcionaba con objetos inmóviles incapaces de defenderse.

En resumen, podría con él.

Pensar así, con aquella arrogante confianza en sí mismo, podría haber sido causa de una derrota segura, pero Kyo tenía la suerte de que su habilidad sustentaba su proceder. Con Orochi en ese nivel, habiendo gastado parte de su energía para abrir el portal, podía enfrentarlo. Podía vencerlo.

Decidió probar si podía dejarlo inconsciente de un golpe. Era todo lo que necesitaba. Un golpe, en vez de esperar que su energía se agotara. Esperaría el momento apropiado, sin prisas, sin riesgos innecesarios.

Esquivó el fuego púrpura, evitando un zarpazo que pareció desgarrar el aire, desplazándose unos pasos hacia un lado para flanquear a Orochi mientras éste se recuperaba del ataque fallido.

Kyo se centró en un punto en el cuello de Iori, no exactamente la nuca, un poco debajo de su oído; era un lugar frágil y desprotegido donde, si un golpe no conseguía dejarlo inconsciente, al menos lo dejaría lo suficientemente mareado para que él pudiera volver a intentarlo.

El impacto debía ser certero y preciso, la fuerza justa.

Cerró su puño, obligándose a no pensar, pero no pudo evitar recordar las manos de Iori cerrándose en su piel cuando él había besado justo en ese lugar, tanto tiempo atrás. Días que se sentían como meses.

Su distracción duró una centésima de segundo, lo suficiente para que Iori —Orochi— volviera su rostro hacia él, una expresión de sorpresa en sus ojos rojos al ver el puño de Kyo ante él.

—Kyo…

Kyo se detuvo en seco, sus nudillos a milímetros del rostro de Iori, la voz de Iori cansada, teñida de incomprensión, una sonrisa en sus labios al ver que Kyo interrumpía su ataque.

Kyo supo al instante que había sido un error detenerse, porque ésa no era la voz de Iori, sólo un truco de Orochi, una trampa.

Sintió la mano de Iori cerrándose entre sus cabellos, empujándolo hacia abajo, golpeando su cabeza contra el suelo de piedra en medio de una llamarada púrpura y una carcajada. Orochi lo alzó como si no pesara nada, lanzándolo por los aires, la trayectoria de su cuerpo quedando interrumpida cuando impactó contra uno de los pilares del viejo templo, éste rompiéndose en una explosión de astillas, trozos de madera cayendo a su alrededor y encima de él.

—¡Kusanagi! —Chizuru se materializó a su lado, una mano alzada para mantener una barrera que había evitado que un trozo del techo lo aplastara. Kyo intentó levantarse, un gruñido de dolor escapando, sus ojos ardiéndole debido a la sangre que caía copiosa de una herida en su cabeza.

—Mierda… —gruñó, porque su cuerpo se negaba a responderle y podía ver, a través de la bruma rojiza en sus ojos, que Orochi se estaba acercando a ellos, sonriendo con placer.

Chizuru se acercó un poco más a Kyo, manteniendo la barrera, mirando a Orochi cerrar la distancia que los separaba, viendo su cabello y sus ojos rojos, la terrible expresión amenazante en su rostro.

—Por fin das la cara, pequeña perra —murmuró Orochi.

—Harías bien en esconder la tuya, gusano asqueroso —respondió Chizuru sin tardanza, pero pegándose más a Kyo sin poder evitarlo, esperando que Orochi no se diera cuenta de que ella estaba temblando.

Kyo quiso proteger a la sacerdotisa del ataque que se avecinaba. Protegerla o al menos apartarla, pero el ataque fue demasiado rápido. La explosión de fuego púrpura y verde hizo retumbar el templo. Los escombros de madera salieron despedidos por el aire. Kyo sintió como el suelo y las viejas paredes se resquebrajaban a su alrededor. Oyó el corto grito agudo de la niña cuando el fuego hizo contacto con su barrera. Pero su energía resistió, la barrera no se rompió. Al contrario, repelió el poderoso ataque con tanta fuerza, que Orochi salió despedido unos metros hacia atrás, tomado por sorpresa.

Kyo no dejó pasar esa oportunidad. No veía bien y no sentía su cuerpo, pero sus piernas obedecieron cuando corrió hacia adelante. Sus brazos rodearon a Orochi y no lo dejaron ir mientras rodaban por el suelo. Notó los golpes que le dio el dios, vio la sangre, su sangre, salpicando el suelo, pero su cuerpo estaba entumecido y no sintió el dolor.

Su visión borrosa no le permitió ver el rostro de Iori cuando comenzó a pegarle. Parecía querer hacer que el dios abandonara aquel cuerpo a costa de golpes.

Una sensación helada a la altura de su abdomen lo hizo estremecerse, pero no se detuvo. Sabía que tenía una herida ahí, no sabía en qué momento la había recibido. No podía distraerse con ella. No ahora que finalmente estaba logrando algo. Las manos de Iori le estaban desgarrando la piel, sus dedos clavándose en su carne, pero el cuerpo del pelirrojo estaba atrapado bajo él y no estaba haciendo nada por liberarse. Parecía perder sus fuerzas rápidamente.

Kyo se dio cuenta de por qué. Se encontraban en el área donde Chizuru había puesto las barreras más fuertes. El suelo brillaba con una luz propia, surcado de símbolos y letras alimentados por la energía de la niña.

—De prisa, Kusanagi —pidió Chizuru desde el pasillo—. Esto no aguantará mucho.

Kyo asintió, sus manos bajando al cuello de Iori, su sangre goteando sobre las mejillas del pelirrojo mientras comenzaba a hacer presión.


Lo primero que vio fue el rostro ensangrentado de Kyo sobre él. Los ojos castaños, la mirada decidida que tan bien recordaba, inundados de sangre que caía como lágrimas sanguinolentas por sus mejillas.

Lo segundo que supo fue que se estaba ahogando. Intentó toser, pero no tenía aire siquiera para eso. Por instinto, alzo sus manos y las cerró en las que estaban alrededor de su cuello. Las manos de Kyo, ahorcándolo.

Hubo un momento de sorpresa, y luego la comprensión cayó sobre él como un bálsamo. Sus manos se relajaron. Dejó que el castaño hiciera. No tenía fuerzas para forcejear, de todos modos. Estaban en esa situación porque, de alguna manera, Kyo había obtenido la ventaja sobre Orochi. Estaba lastimado, pero estaba vivo.

Sin embargo, las manos en su cuello aflojaron la presión.

Quiso protestar, su voz un jadeo, su garganta resentida haciéndolo toser, sus pulmones pidiendo oxígeno.

—No te atrevas —masculló débilmente, incapaz de hablar más alto, su cuerpo agotado por haber estado bajo el control de Orochi.

Poco a poco, el mundo que lo rodeaba cobró forma. Comenzó a percibir los detalles. El peso de Kyo sentado a horcajadas sobre él, la sangre de las heridas del Kusanagi empapándole la ropa. El castaño estaba cubierto de heridas, y todas y cada una habían sido producidas por él.

—Yagami…

—Es una trampa —dijo Iori con voz áspera, urgente.

Pero Kyo no parecía estar pensando con claridad. Su mirada estaba desenfocada. Tenía una herida en la cabeza y se veía mareado.

Iori sintió a Orochi agitarse. Estaba descansando, recuperando fuerzas, unos minutos era todo lo que necesitaba. No le iba a costar nada acabar con el Kusanagi. Planeaba disfrutarlo.

—Kyo —gruñó Iori, alzando una mano hacia el rostro del castaño, tocando su mejilla con sus dedos húmedos de sangre, atrayendo su atención, consiguiendo que sus ojos se centraran en él—. Sabes lo que tienes que hacer.

Kyo asintió, reaccionando. La presión en la garganta de Iori aumentó ligeramente, pero Kyo no parecía tener fuerzas suficientes para mantenerla por un periodo prolongado. Iori desvió su mirada hacia el cuerpo del joven. La herida en su abdomen era profunda. Estaba perdiendo mucha sangre. No recordaba haberlo lastimado, no recordaba nada. Se había dicho que, llegado el momento, no permitiría que Orochi lastimara a Kyo, pero ni siquiera había sabido que la pelea estaba ocurriendo. Había sido desplazado por Orochi. Finalmente el maldito dios lo había vencido.

Iori posó su mano sobre la de Kyo. Sus ojos se encontraron con los del joven.

—Si dejas que Orochi te haga daño… no te lo perdonaré jamás —dijo, su tono hosco, obteniendo la reacción que pretendía, viendo cómo Kyo fruncía el ceño con molestia, su mirada aclarándose.

—No tienes derecho de exigirme nada, Yagami —respondió el castaño, su cansancio evidente, pero sus dedos clavándose en su cuello hasta cortarle la respiración.

Iori intentó no resistirse a la falta de aire, pero era imposible. Oyó un gemido escapar de sus labios cuando el oxígeno comenzó a hacerle falta, y agradeció que Kyo no interrumpiera lo que hacía.

Comenzó a sumirse en la inconsciencia, la oscuridad recibiéndolo reconfortante, confiando en que Kyo y la sacerdotisa harían todo lo necesario para someterlo antes de que Orochi pudiera asumir el control otra vez.

Oyó una risa cuando la oscuridad casi se había hecho absoluta. Sintió a Orochi manifestándose justo antes de que la falta de aire lo hiciera desmayarse. Sus ojos se abrieron y vio la onda de energía que hizo que Kyo saliera despedido por el aire y que arrasó con los talismanes y barreras en el área circundante.

Oyó el gemido de Kyo cuando su cuerpo tocó tierra, la herida en su vientre salpicando el suelo con sangre.

Cuando Orochi pateó al joven mientras éste intentaba levantarse, Iori sintió como si fuera él quien hacía ese movimiento. La contundencia del impacto, el grito de dolor de Kyo y luego su maldición apagada; podía sentirlo todo. Orochi le iba a permitir ver cómo mataba al joven, tal como había prometido.

Hizo un esfuerzo por recuperar el dominio sobre sus movimientos, queriendo darle a Kyo al menos unos segundos para alejarse, recuperarse. Notó que Kyo no estaba usando su fuego. Orochi no lo hacía arder, pero a cambio de eso, Kyo tampoco podía invocarlo.

La desventaja del Kusanagi era grande, y él no estaba consiguiendo hacer nada. Nada salvo observar cómo Kyo esquivaba los ataques de Orochi lo mejor que podía. A veces, una barrera de energía lo rodeaba y lo protegía, pero los ataques eran incesantes, las barreras lentas e insuficientes. Orochi reía porque Kyo había caído en su truco dos veces seguidas.

—Eres tan simple. Basta con mostrarte a Yagami por un momento, y pierdes de vista tu objetivo —estaba diciendo Orochi—. Vas a morir por eso, por una tontería como sentimientos hacia un Yagami. Y por pensar que podrías vencerme recurriendo a unos juegos para niños. ¿Pretendías que creyera que realmente planeabas matar a Yagami? ¿Querías que lo dejara luchar a él, quizá? ¿Y qué es todo esto? —concluyó, señalando el suelo, las inscripciones y sigilos que brillaban intensos, sin conseguir resultados aparentes.

Kyo no respondió a eso. Retrocedió unos pasos en dirección al viejo templo.

—La sacerdotisa no puede ayudarte —aseguró Orochi, en un fluido movimiento poniéndose delante de Kyo, dándole un golpe en el estómago, en la herida sangrante, haciendo que Kyo se doblara del dolor y sujetándolo por el cabello para obligarlo a mantenerse erguido.

Kyo cerró los ojos con fuerza.

—Maldito Yagami… —gruñó.

—No tiene sentido seguir jugando ese juego —dijo Orochi pacientemente, sus labios cerca del oído de Kyo, quien respondió con una risa áspera, muy fuera de lugar.

—Maldito Yagami —repitió Kyo, abriendo sus ojos y mirando a Orochi fijamente. Estaban tan cerca que el aliento de Kyo rozó los labios del pelirrojo—. Estabas tan dispuesto a no dejarte controlar. Y en el momento más crucial, me dejas todo el trabajo a mí —terminó, una abierta burla—. Has resistido todo este tiempo, ¿qué te cuesta unos minutos más…?

Kyo calló abruptamente cuando Orochi volvió a golpear su herida, sus dedos entrando en la carne desgarrada, la voz de Kyo tornándose en un grito de dolor. Orochi no lo dejó ir, lo mantuvo contra sí, sosteniéndolo casi como si lo abrazara, sus dedos abriéndose paso en la carne del joven, estrechándolo cuando comenzó a temblar.

—Yagami… —susurró Kyo en su oído.


Resistir. Resistirse al dios. Había sido tan fácil al comienzo. Había creído que podría mantenerlo bajo control. Orochi era sólo una voz en ese entonces. ¿Qué había pasado? ¿El dios se había hecho más fuerte? ¿O era su voluntad la que se había debilitado hasta tal punto? Todo había parecido tan simple. Salvar a Kyo. Mantenerlo a salvo.

Su objetivo era claro, y había encontrado cierto desahogo en la presencia del joven. En los últimos días que pasaron juntos en South Town, le había bastado que Kyo estuviera ahí. Aunque no hablaran, aunque ya no se tocaran, aunque la frustración hubiese llegado a niveles insoportables, Kyo estando a su lado se había sentido correcto.

Y luego, tras la separación, su insistencia, los mensajes grabados, los insultos. Los había escuchado, todos, de principio a fin. Kyo se desahogaba así, y él se distraía escuchando al joven. Había querido ignorar sus llamadas, pero había sido incapaz.

El día que Kyo regresó a Japón, él había visto el nombre del joven brillando insistente en su teléfono. No debían haber pasado ni dos horas desde que su avión aterrizara. Su primer impulso fue no responder, pero… había un océano de por medio. ¿Qué mal podía hacer?

Pudo sentir la estupefacción del joven cuando la llamada conectó, tras tantos días de intentos infructuosos. Lo oyó respirar profundamente, varias veces.

«Estúpido Yagami», fue lo primero que dijo Kyo, su voz cargada de rabia. «¿Dónde estás?».

Él no había respondido a la pregunta. Sabía que nada bueno saldría de revelarle a Kyo el lugar donde se encontraba.

«¿Estás bien?», había optado por preguntar el castaño, y la intranquilidad en su voz molesta había sido sincera.

«No te preocupes por mí».

«Entonces no hagas que me preocupe», había reclamado Kyo. «Acabo de defenderte ante casi una veintena de Kusanagi, no estoy de humor para juegos».

«Eres un idiota. Nadie te pidió que hicieras eso».

Sus palabras habían sido duras, pero la sorpresa de saber que Kyo lo había defendido ante su familia debía haberse traslucido en su voz, porque Kyo había suspirado, sonando cansado, dejando su cólera de lado, y su tono fue más suave al preguntarle si había mentido al decir que iría a Japón.

Él no había mentido, simplemente nunca había prometido que iría con Kyo, y se lo hizo saber.

El castaño le había cortado repentinamente unos segundos después, pero asegurando que llamaría luego.

Con «luego» se había referido a unas horas después.

«¿Sabes que serías una buena asignatura escolar?». Eso era lo que el Kusanagi había preguntado, haciéndole temer por su salud mental y preguntarse si el castaño sería capaz de quebrarse bajo la presión familiar.

«Estás hablando sinsentidos. ¿Te sientes bien, Kusanagi? », había preguntado a su vez.

La respuesta de Kyo lo había tomado por sorpresa. Un simple «te extraño», dicho con sinceridad, sin que el castaño considerara un motivo de vergüenza pronunciar esas palabras.

Iori había recibido esa llamada estando de vuelta en su departamento. No había correspondido el sentimiento, pero su mirada había pasado por la habitación vacía. Su mente le había ofrecido imágenes de Kyo en el sillón, saliendo del baño, recostado en la cama; en la realidad, el departamento había estado vacío, y la ausencia de Kyo se hacía sentir. Tal vez eso era echar de menos a alguien. ¿Cómo saberlo?

«¿Dónde estás?», había preguntado Kyo, cansado.

«Aquí», había sido su respuesta.

Las llamadas se habían vuelto frecuentes y comunes después de eso. Iori no siempre respondía. Odiaba dejar que Orochi oyera la voz de Kyo. Odiaba su risa burlona cuando veía el nombre del joven aparecer en la pantalla. Por eso, a veces no respondía y dejaba que la llamada fuera transferida al buzón de voz.

A Kyo le daba lo mismo. Sus mensajes podían ser largos monólogos o sólo una frase para mantenerlo al tanto sobre cómo iban las cosas. A veces Kyo llamaba molesto, con ganas de discutir, y le recriminaba una y otra vez por las malas decisiones que había tomado. Iori no tardó en hacerle ver que podía callarlo con tan solo presionar un botón, y Kyo aprendió a no reclamar… tanto.

Los lentos avances para contactar a una sacerdotisa de los Kagura habían sido un tema recurrente en sus conversaciones, así como la desaprobación del clan Kusanagi hacia su negativa a matarlo. Iori le había sugerido que aceptara esa orden. Eran sólo palabras, ¿qué importaba? Y Kyo se había ofendido, porque eso sólo perpetuaría el odio entre dos familias en una época en que ya no había espacio para eso.

Iori había preguntado qué haría Kyo si lo echaban de su clan a modo de castigo por su desobediencia, y no había recibido una respuesta. No insistió. Tampoco era como si a él le importara.

En una de las últimas conversaciones que sostuvieron, Kyo le había contado con una excesivamente falsa alegría que había conocido a la sacerdotisa de los Kagura. Le había asegurado que la iba a adorar.

No habían hecho planes, pero había quedado sobreentendido que el momento de liberarse de Orochi se estaba acercando.

El uso del portal y la muerte de aquellos dos Kusanagi habían ocurrido poco después.

No había hablado con Kyo hasta que el castaño lo llamó para recriminarle la muerte de sus parientes y darle su ubicación.

Era irónico haber resistido tanto con Kyo lejos (a salvo), sólo para sucumbir a Orochi cuando tenía al joven nuevamente con él.

No, no era irónico.

Era estúpido.

¿Orochi quería que viera cómo mataba a Kyo?

Pues estaba ahí y no iba a permitirlo.


—Kyo…

Esa voz. Su voz. La mano de Iori se alejó de su herida, sus brazos se cerraron con fuerza a su alrededor.

—Te tardaste —susurró el castaño con alivio, oyendo en su mente que Chizuru le confirmaba que se trataba de Iori. De Iori, no de Orochi, al menos por unos segundos.

—De prisa —ordenó Iori, sin tiempo para decir nada más, Orochi gritando en su interior, sin entender cómo Iori había conseguido hacer eso, debatiéndose por el control, haciéndolo estremecerse.

Kyo asintió, obligándose a tenerse en pie mientras Iori lo dejaba ir, el pelirrojo retrocediendo unos pasos, sin quitarle la vista de encima, toda su postura haciendo evidente que había una lucha ocurriendo en su interior.

El castaño se llevó una mano al cuello, sujetando el amuleto de Chizuru en su puño, esperando que Iori cerrara sus ojos para arrancárselo de un tirón, dejándolo caer al suelo.

Encendió una flama anaranjada en su mano, obligándola a arder cada vez con mayor intensidad, un gruñido naciendo en su garganta cuando el fuego se expandió por su cuerpo, pero bajo su control, sin quemarlo, las pocas inscripciones que quedaban a sus pies iluminándose intensas antes de ponerse en movimiento, deslizándose por entre las piedras y acudiendo a él, sirviendo de alimento al fuego.

No sabían qué tan eficiente resultaría atacar a Orochi con el fuego anaranjado mientras él tuviera la reliquia de los Kusanagi, y por eso Chizuru había sugerido combinar sus energías si se daba la remota oportunidad de que Kyo pudiera usar su fuego durante la pelea. Si daría resultado o no… eso lo iban a averiguar ahora.

Kyo invocó a todo su poder, lo mantuvo ardiendo a su alrededor unos segundos antes de dejar ir esa onda de hambriento fuego anaranjado hacia Iori con un grito, usando la técnica que los Kusanagi habían utilizado en tiempos remotos para enfrentarse al dios serpiente y que habían bautizado acertadamente como Orochinagi.