Shizuka estaba de pie en el final del pasillo, charlando animadamente con la novia de Kyo. En sus manos traían bolsas con algo de ropa, un muy necesario teléfono nuevo, y tarjetas de «mejórate pronto» que Yuki había reunido entre las amistades del joven. Ambas mujeres sonreían en complicidad, queriendo ver la cara que pondría Kyo ante su visita. Sí, tal vez aparecerse algunas horas antes de lo prometido no era una gran sorpresa, pero después de tantos días aislado en ese cuarto de hospital, y en medio de la desgracia que había tenido lugar en la familia, de seguro a Kyo le daría gusto verlas.

K' supo que estaba en sus manos evitar un desastre.

—Mierda —gruñó, porque Yagami decidió que ése era el mejor momento para salir de la habitación de Kyo.

Abrumado, y preguntándose por qué diablos tenía que aguantar este tipo de cosas en nombre de su primo, K' evaluó con rapidez la opción de empujar al pelirrojo a través de la puerta más cercana. La descartó pronto, porque no necesitaba conocer a fondo a Yagami para saber que no le gustaría ser encerrado en un depósito de implementos de limpieza.

—Maldita sea —volvió a gruñir, porque, en lo que le tomó pensar eso, Yagami había pasado por delante de él, como si él no existiera, y se alejaba por el pasillo. No parecía haberse percatado de la presencia de las mujeres, y caminaba en línea recta hacia ellas mientras, distraído, buscaba algo en el bolsillo de sus pantalones.

Una frase de Shizuka se interrumpió con brusquedad cuando la mujer notó al alto pelirrojo. Hubo un momento de duda (pelirrojos había muchos, y un Yagami no iba a estar paseándose tan campante por el hospital, con ese rostro tan calmado y sin pregonar su odio a los Kusanagi a todo aquel que quisiera escucharlo, ¿verdad?), y luego la prudencia pudo más, y la mujer empujó a Yuki hacia un lado para darle paso al joven, quedando interpuesta entre ellos.

—¿Shizuka-san? —pregutó Yuki, sin entender qué estaba ocurriendo.

Aquel comportamiento extraño hizo que ambas se ganaran una mirada distante de parte del pelirrojo, pero, unos segundos después, éste había seguido su camino y esperaba el elevador, más interesado en llevarse un cigarrillo a los labios, ignorando el letrero de «prohibido fumar» que estaba delante de él.

K' se les acercó, una retahíla de maldiciones dirigidas a su primo aún resonando en su cabeza.

—Shizuka-san, por aquí —llamó, indicándoles cuál era la habitación de Kyo y buscando alejarlas lo más pronto posible del pelirrojo. K' notó que Yagami lo miraba de soslayo al oírlo dirigirse a las mujeres.

—Kei —dijo Shizuka, tras dar un paso y detenerse—. KEI —dijo con más firmeza para que K' dejara de intentar hacerla avanzar. K' contuvo un bufido, odiando a Kyo con todas sus fuerzas—. ¿Ése es el Yagami del que tanto he oído hablar? —preguntó la mujer con un tono tan severo, que sus palabras sonaron más a una afirmación que a una pregunta. ¿Por qué hablaba con tal seguridad? K' no lo sabía. Instinto materno, tal vez.

K' la observó, luego desvió su mirada hacia el pelirrojo, quien en ese momento desaparecía a través de las puertas del ascensor. Volvió a mirar a Shizuka, odiando a Kyo, a Yagami, y a toda esa situación.

—Salvo por el cabello rojo, ese hombre no se parece en lo más mínimo al Yagami que conocí en South Town —declaró con firmeza, la respuesta saliendo fácil, entretejida en una honesta media verdad.

—Estaba guapo —comentó Yuki—. Pero no más que Kyo —sonrió luego, perdida en su mundo—. Me adelantaré, si le parece bien, Shizuka-san.

La mujer hizo un gesto permisivo y Yuki fue con pasos rápidos a la habitación que K' le señaló. La puerta se cerró tras ella y luego se oyó su risa alborotada y una que otra expresión de disgusto de parte de Kyo a la que siguieron más risitas.

K' enfrentó la mirada escrutadora de Shizuka lo mejor que pudo. Si algo iba a poder leer esa mujer en su rostro, era que, en situaciones como ésa, detestaba a Kyo con todo su ser.

—Lo lamento, Kei. Este asunto me tiene algo paranoica —dijo Shizuka después de tensos segundos, dándole unas palmaditas en el brazo.

—No tiene de qué preocuparse, Yagami no se acercará a Kyo sin mi consentimiento —dijo K', esperando haber sonado tranquilizador. Creyó haberlo conseguido, porque Shizuka le dedicó una sonrisa dulce.

—Gracias por todo lo que haces por Kyo —dijo la mujer, y K' sintió un leve recelo, porque esa simple frase parecía querer competir en ambigüedad con sus propias medias verdades.


Chizuru despertó por la mañana y dio inicio a la que se había convertido en su rutina. Antes de hacer nada, y desoyendo las protestas de Sugawa que le pedía que al menos tomara desayuno, se echó un abrigo sobre los hombros y se dirigió a la parte antigua del templo a verificar que el sello estuviera intacto.

Desde que habían atrapado a Orochi, no había dejado de tener sueños intranquilos donde el dios conseguía escapar y causaba caos en las ciudades más cercanas. Los primeros días, la convicción de que Orochi estaba libre la había hecho correr hacia el templo, pero en cada ocasión, las inscripciones sobre la madera habían estado intactas, inamovibles. Aun así, cada mañana las repasaba con una mezcla de incienso y sangre sólo para estar segura.

El resto del día, luego de cumplir sus deberes de sacerdotisa, se lo pasaba admirando el espejo de su familia. Había conseguido limpiar los rastros de la energía de Orochi, y su superficie volvía a ofrecer un reflejo perfecto del mundo. Tener acceso a su poder fue un poco más difícil, pero con dedicación lo había logrado, y sabía que su técnica no haría más que mejorar conforme avanzara el tiempo.

Si se concentraba, el espejo le mostraba cortas escenas de la vida de su familia, de un tiempo en que ella aún no había nacido. Las imágenes estaban envueltas en brumas, y el conocimiento que le dejaban era más una sensación que un recuerdo, pero era suficiente.

Si bien indagar en el futuro aún le estaba vedado, no tenía prisa. El pasado estaba a su alcance. Y el presente también. Saberlo la había hecho comprender el poder que residía en aquella reliquia. A modo de prueba, y porque eran los dos adultos más interesantes que había conocido en su corta vida, había intentado hacer que el espejo le mostrara a Kusanagi y a Yagami.

Encontrar al castaño fue fácil en extremo. Su reliquia era como un brillo intenso en medio de existencias que palidecían a su lado. La superficie del espejo se arremolinó vaporosa, mostrándole figuras que apreciaban a Kyo. Personas queridas. Una joven que le echaba los brazos al cuello.

Con una mueca de disgusto, Chizuru negó para sí y la imagen desapareció. Se enfocó en el pelirrojo entonces, y tardó un poco en dar con él. Vio una calle en la ciudad, y él caminando. Parecía tener un propósito. Hablaba por su celular en inglés. Chizuru sintió cierta impaciencia proveniente del joven, cierta culpabilidad.

La opacidad volvió a cubrir el espejo cuando Chizuru, cansada, perdió su concentración. Sin embargo, sonrió, satisfecha, porque el espejo había vuelto a su familia, y ella tendría todo el tiempo del mundo para conocer a fondo su poder.

Lo guardó con reverencia en una pequeña caja de ébano, cubriéndolo con cuidado, dejando su superficie a oscuras bajo un trozo de seda negra.

Había una segunda caja ante ella, de madera laqueada negra y oscuras vetas rojas. Chizuru respiró profundamente antes de acercarla hacia sí y examinar su contenido. La magatama de los Yagami yacía en su interior, su color verde pálido contrastando contra la tela blanca que cubría el fondo. Había hecho todo lo posible por purificarla, pero las venas negras que se ramificaban en su superficie no desaparecían. Eran vestigios de una potestad demasiado antigua.

Chizuru recordó que Yagami le había ordenado que hiciera lo que pudiera, nada más. Suponía que el pelirrojo regresaría por la reliquia cuando lo considerara adecuado.


Kyo se había aprendido el nombre de todas las enfermeras y agregado algunas sutiles sugerencias de flirteo en un intento fútil de conseguir que lo dejaran abandonar más pronto el hospital. Cuando se dio cuenta del error en su plan (las enfermeras parecían muy contentas de tenerlo ahí) ya era muy tarde, y una semana entera había transcurrido.

El día que lo dieron de alta, sólo su madre y uno de los choferes de la familia esperaban por él en el recibidor del hospital. Kyo agradeció la conversación sobre trivialidades que le ofreció Shizuka, quien cuidadosamente evitó tocar el tema de Yagami.

Al llegar a casa, sólo estuvo ahí el tiempo suficiente para meter algunas mudas de ropa y sus medicinas en un bolso. A los pocos minutos iba de salida con pasos decididos y, cuando su padre lo interrogó sobre lo que pensaba hacer, Kyo siguió la recomendación de Iori y le dijo exactamente lo que Saisyu quería escuchar. Dejó que una leve contrición se filtrara en su voz para darle mayor credibilidad a sus palabras, y su actuación debió ser bastante convincente, porque su padre no le preguntó el porqué del súbito cambio de actitud. Sólo mostró una cautelosa expresión de alivio en su rostro cansado que hizo que Kyo sintiera cargo de consciencia por mentir así. Sin embargo, el joven se limitó a endurecer sus emociones. No iba a permitir que, además de no dejarle otra opción, su familia también lo llevara a sentir culpabilidad por sus actos.

—Volveré cuando todo haya terminado —anunció Kyo. Para su sorpresa, Saisyu tampoco cuestionó esa decisión. No puso en duda sus intenciones, ni sugirió que tal vez Kyo planeaba encontrarse con Yagami con un propósito distinto de matarlo. Su padre realmente quería creer en sus palabras.

Kyo hasta alcanzó a ver que Saisyu estaba preocupado por él, porque acababa de haber sido dado de alta, su herida no había sanado por completo aún, y estaba yendo en busca de Yagami.

Al final, todo lo que salió de labios de su padre fue un:

—Sabía que recapacitarías.

Saisyu no mencionó la posible expulsión que él y Shizuka tendrían que enfrentar si Kyo desobedecía, y aquello sólo hizo que Kyo se sintiera peor.

—Y, Kyo…

Kyo esperó, sabiendo que las cosas no podían ser tan simples.

—La familia requerirá algún tipo de prueba, cuando hayas acabado con él.

El castaño se mordió los labios para no preguntar si acaso querían la cabeza de Yagami en una bandeja, para no arriesgarse a que la respuesta fuera afirmativa.

—Bien —fue todo lo que dijo, sabiendo que algo se le ocurriría, cuando pudiera pensar con calma.

—Bien —repitió Saisyu como un eco.


Su moto seguía en el templo (sospechaba que Chizuru le cobraría por haberla dejado aparcada ahí), por lo que Kyo sólo echó a andar, sin prisa, disfrutando de la libertad y el aire fresco.

Aún tenía un vendaje alrededor de la cintura, pero el dolor era ínfimo. No había estado exagerando al decir que se sentía bien a los tres días de estar hospitalizado.

Siguió andando, descendiendo por los senderos ondulantes que lo llevarían a la carretera. Se aseguró de que nadie lo estuviera siguiendo antes de llamar a Iori para decirle dónde lo esperaría.

Se sentó en la segunda estación de bus que encontró, un poco alejada de las calles por las que podría pasar alguno de los choferes que trabajaban para su padre. Mató el rato mirando mensajes en su nuevo celular y disculpándose con Benimaru por no haberle avisado que estaba de vuelta en Japón e ingresado en un hospital (aunque un simple «warui» no podía ser considerado una disculpa propiamente dicha, pero en fin, su amigo entendería).

Oyó el ronroneo de un auto varios segundos antes de que éste se hiciera visible. El color gris oscuro del vehículo que apareció en la carretera le trajo recuerdos del GT-R que Iori conducía en South Town. Coincidía en que el modelo también era un coupé, pero las curvas de la carrocería eran completamente distintas. El logo de aros plateados en la parrilla delantera lo hicieron pensar que se había equivocado. No podía tratarse de Iori.

No se movió de donde estaba hasta que el auto se detuvo. La puerta del lado del pasajero se abrió y Kyo se encontró con la mirada de Yagami.

—No escatimas en gastos, ¿eh? —saludó Kyo con una sonrisa tensa, pensando en los millones de yenes que costaba ese modelo de auto en particular.

—Veo que prefieres esperar el bus. —La puerta comenzó a cerrarse.

Kyo medio saltó para evitar que se cerrara del todo y se maldijo al sentir una punzada en la herida, que disimuló bastante bien deslizándose en el asiento con un movimiento fluido. Mientras se ajustaba el cinturón de seguridad y la rapidez de la aceleración lo pegaba contra el respaldo del asiento, admiró el panel frontal, su avanzada pantalla, la infinidad de perillas y botones y la estilizada amalgama de plateados, negros y rojos que ofrecía. Se rascó la cabeza, confuso. Iori lo miró de reojo.

—¿Qué diablos tienen en común un GT-R y un R8? —preguntó Kyo finalmente, sin entender qué criterio había usado Iori para elegir ese vehículo.

—Hasta tú puedes responder esa pregunta, no es tan difícil —dijo Iori, y su tono conversacional hizo que Kyo tuviera la impresión de que el pelirrojo se encontraba a gusto con él ahí, sin mayor preocupación que no comprender cómo elegía sus autos.

El castaño descartó las respuestas obvias, como el número de ruedas o el número de puertas, pero más allá de eso, ni siquiera el precio estaba en el mismo rango.

—Te gustan las cosas importadas —concluyó al final, cruzándose de brazos y asintiendo convencido.

Iori no lo negó. Kyo sonrió al haber acertado al primer intento.

—¿Adónde iremos en tu juguete nuevo? —preguntó—. Debo volver al templo Kagura, mi moto está ahí.

—Dejaremos el templo para el final —indicó Iori. Kyo lo observó, extrañado, pero no hizo preguntas al respecto, porque tenía la sensación de que la respuesta no le iba a agradar y no quería arruinar ese momento tranquilo—. ¿Adónde quieres ir?

—¿Sabes de un buen lugar donde podría matarte? —preguntó Kyo medio en broma.

—Sé de uno o dos —asintió Iori, acelerando un poco.

Kyo quiso mencionar que no iba a ser nada práctico si una cámara los registraba yendo por encima del límite de velocidad, pero como la carretera estaba vacía, y ese modelo estaba hecho para correr, se ahorró el comentario.

—¿Eso es lo que hacías mientras me tenían atrapado en el hospital? ¿Familiarizándote con la ciudad?

—Algo así.

—¿Te importaría elaborar un poco más?

Kyo estuvo seguro de que Iori contestaría con silencio. Se sorprendió (¿por qué aún se sorprendía?) cuando Iori respondió.

—Obtener documentos, contactar al abogado de mi familia, alquilar un departamento. Averiguar sobre las propiedades que aún están a mi nombre. Eso es lo que hacía.

—¿Piensas…? —comenzó a preguntar Kyo, pero se interrumpió de forma más bien abrupta al notar lo esperanzada que había sonado su voz. Había saltado a la conclusión de que Iori estaba considerando volver a Japón, pero aquello no habría tenía mucho sentido. Su vida no estaba ahí.

Iori lo observó unos segundos antes de volver su atención a la carretera.

—Pienso venderlo todo —dijo.

—Ya veo. —Kyo se estiró en el amplio espacio que tenía a su disposición, relajándose teatralmente para ocultar su decepción. Miró por la ventanilla cómo los campos de sembríos pasaban raudos. No terminaba de acostumbrarse a aquella sensación de calma en presencia de Yagami. Quería que ese momento durara tanto como fuera posible, porque Iori no necesitaba decirle que al acabar de poner sus asuntos personales en orden, se marcharía—. Invertir en una segunda residencia podría resultarte rentable. No aquí, tal vez, pero el metro cuadrado en Tokio está por los cielos —comentó, ganándose una mirada algo escéptica de parte de Iori, quien obviamente no lo veía capaz de mantener una conversación sobre bienes raíces.

—Deja la farsa, Kusanagi. Si quieres que me quede basta con decirlo.

Kyo estuvo a un paso de negarlo todo y asegurarle a Iori que no era eso lo que estaba sugiriendo, pero se contuvo a tiempo. Rió un poco secamente y luego miró el paisaje por la ventana, sin querer encontrarse con los ojos del pelirrojo. No le gustaba que Yagami pudiera leerlo con tal facilidad.

—Pero no vas a quedarte —masculló Kyo, sin apartar sus ojos de la ventana.

—No.

Kyo se volvió, con lentitud y cautela, sin estar seguro de si Iori se burlaba de él. ¿Iori quería oírlo pedirle que se quedara en Japón, sólo para poder negarse?

Sin embargo, el pelirrojo observaba el camino, su rostro era tranquilo.

—Así como tú tampoco te habrías quedado en South Town —acotó Iori.

Buscando algo con qué distraerse para no tener que enfrentar esa verdad, Kyo se centró en el silencio que se hizo entre ellos. El ruido del motor era una vibración apagada en el interior del vehículo.

—Tal vez si lo hubieras pedido. —Kyo sintió las palabras escapando de sus labios, sin necesidad de pensarlas. Le pareció que las manos de Iori se cerraban con más fuerza en el volante.

—Tu vida está aquí.

Kyo se quedó perplejo.

—¿Te sientes bien, Yagami? Eso fue casi amable.

Iori guardó silencio.

Kyo miró hacia adelante y la carretera que se extendía ante ellos. No sabía hacia dónde se dirigían. Yagami no estaba usando el sistema de navegación del automóvil, pero parecía tener una ruta clara en mente. Kyo se dio cuenta de que no le importaba el destino. Sabía que el tiempo con Iori era contado, lo había sabido desde que el pelirrojo lo había alojado en su departamento. No había albergado falsas esperanzas, consciente de que esa relación, si podían llamarle así, iba a terminar, pero había esperado tener un poco más de tiempo. Días atrás, había pensado que deshacerse de Orochi les daría ese periodo de calma tan ansiado, pero no, aquí estaban, juntos por fin y hablando sobre una inminente separación.

Quiso provocar a Yagami diciéndole que con un océano de por medio iba a tener un poco difícil lo de matarlo, pero aquello habría estado fuera de lugar. Se habían ayudado y salvado mutuamente. Era muy pronto para volver a discutir ese tema.

Kyo sintió los dedos de Iori tocándole brevemente la mejilla y luego yendo a su barbilla, obligándolo a girar el rostro y mirarlo.

—En verdad no sabes pensar a largo plazo —comentó Iori, Kyo alcanzando a ver un brillo entre divertido y burlón en sus ojos antes de que Iori volviera a centrarse en el camino.

—No le encuentro el lado positivo a esta situación —gruñó Kyo—. No me gusta. ¿En qué demonios estás pensando tú?

—Posibilidad —respondió Iori, mirándolo de reojo, Kyo acallando una protesta, porque la voz de Iori había sonado como una invitación.


Después de algunos kilómetros de recorrido, Kyo supo a dónde lo llevaba Iori. La carretera secundaria casi en desuso era la misma que él había utilizado para llegar a la casa abandonada de los Yagami, tiempo atrás. Los años y la intemperie habían degradado el asfalto, y las señales instaladas por el ayuntamiento, advirtiendo que era peligroso usar esa ruta debido a su falta de mantenimiento, mostraban bordes desgastados y superficies oxidadas. El límite entre el camino y la tierra del bosque circundante se perdía bajo una capa de húmedas hojas muertas.

Kyo se volvió para mirar a Yagami, pero no dijo nada. Había notado un cambio varios minutos atrás; las respuestas de Iori habían dejado de ser tan frecuentes, sus burlas habían perdido algo de fuerza. Había acabado conduciendo en completo silencio. Ahora comprendía el porqué.

No había pensado que volvería a pisar ese lugar, mucho menos con Iori. Se preguntó qué pasaba por la mente del pelirrojo, por qué lo había llevado a hacer esa visita con él.

Evaluó no bajar del auto después de que Iori aparcara frente a un viejo portón de madera, enmarcado entre altas columnas y un arco resquebrajado. Era extraño, pero se sentía como un intruso en un momento que debía ser puramente personal.

Sin embargo, bastó un gesto de Iori para que Kyo entendiera que su presencia era parte de la visita.

Descendió del auto y respiró profundamente el aire fresco, disfrutando de los débiles rayos del sol.

Se encontraban en una calle estrecha en la que apenas cabía un vehículo yendo en una dirección. El coupé gris desentonaba con el camino empedrado y el alto muro blanco que rodeaba a la propiedad. Las plantas habían crecido libres, rompiendo con sus ramas los tejados de barro cocido, apoderándose lenta y silenciosamente de aquel lugar abandonado.

Kyo recordó su primera visita y cómo una mirada había sido suficiente para saber que no encontraría nada ahí.

Miró a Iori. Éste estaba de pie frente a la puerta doble de madera, encendiendo un cigarrillo. Aquel día, Iori vestía completamente de negro. Kyo se preguntó si había algún significado en su elección de colores.

No dijo nada cuando, después de unos minutos de sólo fumar, Iori se acercó a la puerta y rozó la vieja cerradura con sus dedos. No tenía la llave, y la puerta no cedió ante su fuerte empujón. Kyo sonrió, recordando que él había hecho algo parecido tiempo atrás, con el mismo resultado.

Se alejó algunos pasos para verificar si el lugar que él había utilizado para trepar el muro era aún viable. No le costó hallarlo. La pintura blanca aún mostraba algunos rastros de su incursión anterior, en que no había tenido particular cuidado en no dañar la propiedad ajena.

Empujó y rompió alguna ramas de la vegetación invasora, y comprobó que las grietas que había usado como apoyo seguían ahí.

Le cedió el paso a Iori cuando éste se acercó, y, sin intercambiar palabra, Iori se alzó ágilmente sobre el muro y desapareció del otro lado, sin más sonido que el de las ramas de los árboles al rozarlo, dejándolo a él cavilando sobre la mejor manera de seguirlo sin abrir ningún punto en su herida.

—Ah, al demonio —murmuró, tentando a la suerte, impulsándose y consiguiendo llegar a lo alto sin sentir ninguna punzada, y luego se dejó caer junto a Iori, sobre la alta hierba seca del jardín interior. Se encontró con las manos de Iori sujetándolo un momento, asegurándose de que no forzara la herida con ese aterrizaje brusco. Kyo lo miró con ligero fastidio, listo para decirle que no necesitaba ayuda, pero Iori ya lo había soltado y miraba el jardín, como si no hubiese sido consciente de su gesto amable.

Cuando Iori avanzó, Kyo lo siguió. A diferencia de él, que había vagado sin rumbo por los patios y jardines pisando la hierba sin reparos, Iori se dirigió hacia un angosto sendero de piedra medio oculto entre arbustos decrépitos y hojarasca. Había familiaridad en sus pasos. Estaba en casa.

Como testigo mudo de un acto que se revelaba despacio ante él, Kyo fue tras Iori, manteniéndose a cierta distancia. Aquietó su curiosidad y no habló, aunque le hubiera gustado saber qué veía el pelirrojo, qué pensaba.

Atrás quedó el jardín de la entrada, y el ala principal de la casa se alzó ante ellos, proyectando su sombra fría, algunas de sus puertas corredizas entreabiertas, dejando ver su interior a oscuras, los muebles cubiertos de polvo que llevaban tantos años esperando el regreso de su dueño.

Se internaron por un salón, luego un pasillo, Kyo notando incómodo cómo sus pasos dejaban suciedad sobre la vieja madera y los tatamis. El pesado olor a abandono se mezcló con el humo del cigarrillo que Iori aún tenía entre sus dedos.

La oscuridad se volvió espesa a medida que se adentraban hacia el corazón del edificio. En su primera visita, Kyo no había llegado a esa área.

Iori deslizó una puerta corrediza y entró en un amplio dormitorio. Kyo, indeciso, se quedó en el umbral. ¿Por qué estaban en esa habitación? ¿Era importante para Yagami? ¿Su habitación, quizá? El mobiliario era impersonal, estaba conformado por apenas un futon polvoriento sobre una tarima de madera oscura, una mesilla, una lámpara en un rincón. Un viejo pergamino con kanji desteñidos e ilegibles aún colgaba de una pared.

El papel de la puerta que daba al exterior estaba desgarrado y dejaba ver un segundo jardín amarillento del otro lado.

Hacia ahí se dirigieron a continuación. Kyo notó que había un estanque seco entre la hierba. El puente ornamental se había derrumbado y yacía en el fondo, descolorido. Donde antes hubo agua, ahora sólo había hojas secas y trozos de ramas que habían caído de los lánguidos árboles circundantes.

Sintió una tristeza ajena al imaginar la niñez de Yagami, al comprender por qué no tenía razones para quedarse en Japón. Una vieja casa vacía no significaba nada. Había hecho su vida en Estados Unidos, y él debía respetar eso, así como Yagami parecía mostrar cierto respeto hacia él y los lazos que debía mantener con su familia.

—No pienses cosas innecesarias —dijo Iori, unos pasos adelante, avanzando por el jardín, haciendo que Kyo se preguntara vagamente si poder leer su mente era una secuela de la posesión de Orochi, y que luego recordara que Iori había sido capaz de hacer eso incluso cuando acababan de conocerse.

—¿Quién dice que…? —fue a protestar, por costumbre.

—Estás muy callado. Es sospechoso.

—Pues tú no estás muy conversador precisamente.

—Hm.

Iori lanzó la colilla del cigarrillo en el sendero de piedra y lo pisó con aire distraído. ¿Ese acto de ensuciar la casa familiar había sido inconsciente? La indiferencia con que Iori había recorrido el terreno era absoluta. No había ido a atar un cabo suelto en su vida, o a cerrar un capítulo inacabado de su pasado. ¿Por qué estaban ahí? ¿Por qué Yagami lo había llevado con él?

El pelirrojo observaba el estanque seco con las manos hundidas en los bolsillos. Kyo se detuvo a su lado, observándolo a él, queriendo leer algo, lo que fuera, en su rostro imperturbable.

—Es como te dije —habló Iori después de un rato en que sólo se oyó el sonido del viento pasando entre los árboles desnudos y la hierba—. Nada de esto me interesa. Mi clan no existe.

Kyo quiso replicar, pero Iori lo silenció, alzando una mano, entrecerrando sus ojos cuando el fuego púrpura no acudió a él, y luego llevando esa misma mano hacia la mejilla de Kyo, apartando sus mechones castaños y después observando cómo éstos volvían a su lugar, escapando de entre sus dedos.

—¿Pero con qué derecho podría reclamar tu vida sin ser un Yagami?

Kyo, una vez más, quiso responder, pero la cercanía de Iori y los labios de Iori tocando los suyos, lo hicieron callar. El contacto fue breve, interrumpido demasiado pronto. Kyo sujetó el pecho de la camisa de Iori y tiró de ella, pero sólo consiguió que sus cuerpos quedaran muy juntos, sus rostros a milímetros de distancia.

—Has demostrado que lo eres —objetó Kyo, su ceño fruncido, y sus ojos intensos, fijos en los de Iori—. No necesitas invocar antiguos derechos.

—No es suficiente —refutó Iori, obligando a Kyo a dejar ir su camisa, pero reteniendo la mano del joven entre las suyas, llevándola hacia sus labios.

—Puede serlo —murmuró Kyo, su voz extrañamente dulce y resignada, porque percibía el desafío en las palabras de Iori, y no le había sido difícil concluir que el pelirrojo había tomado una decisión que a él no le iba a agradar.

Así, Kyo esperó, siendo consciente de las pulsaciones de su corazón ahí donde los labios de Iori rozaban la delicada piel en su muñeca. Fue su turno de acariciar entonces, sólo teniendo que extender sus dedos para tocar la mejilla de Iori, el extremo de su cabello.

—Me llevaré la reliquia de mi familia —murmuró Iori contra su caricia, Kyo buscando fuerzas para enfurecerse, pero todo lo que halló fue esa extraña resignación, porque lo había sabido. Desde que Iori dijera a Chizuru que intentara purificar la magatama, Kyo había sabido que Iori planeaba algo con ella.

—No tienes por qué hacerlo —se obligó a decir, sin apartar su mano, viendo que Iori había cerrado los ojos—. Mucho menos después de Orochi.

—Orochi está atrapado.

—No sabes cómo te afectará…

—Lo sé —interrumpió Iori—. Lo sé perfectamente —susurró.

—No puedes. No después de todo lo que pasó.

Kyo notó que su insistencia molestaba a Iori, pero el pelirrojo no fue brusco al dejar ir su mano.

—Que te diga lo que pienso hacer no te da autoridad para interferir en mis decisiones, Kyo —señaló Iori con voz tajante, aunque sin llegar a ser del todo hostil.

—Pues tendrás que aguantar mis opiniones al respecto —gruñó el castaño.

—Tú lo dijiste, en el templo —siguió Iori, como si no lo hubiera oído—. Nuestros caminos habrían encontrado la manera de cruzarse, tarde o temprano. Bajo otras circunstancias, yo habría estado en posesión de la reliquia. Con esto no haré más que retornar las cosas a como debían ser.

Kyo cerró los puños con fuerza, detestando la calma con la que hablaba Iori y la manera en que usaba lo que él había dicho como argumento incontestable. ¿Hacía cuánto lo había decidido? Sonaba como si hubiese tenido un largo tiempo para pensarlo, convencerse de entregarse al poder de Orochi otra vez.

Iori lo observó. Sonrió ante su silenciosa demostración de rabia.

—Me das la razón —señaló el pelirrojo—. Cuando no estás empeñado en demostrar lo contrario, no puedes evitar que sea evidente lo importante que el fuego es para ti.

Kyo negó con la cabeza, pero no dijo nada, porque lo que Iori decía era verdad. Retrocedió un paso, sin sacarle la vista de encima, envidiando la calma que mostraba Iori, quien lo observaba paciente, las manos en los bolsillos otra vez.

—Yagami…

Iori no lo dejó seguir. Cerró la distancia que Kyo había puesto entre ellos y se inclinó hacia su oído.

—Lo quiero, Kyo —susurró Iori—. Ese vínculo innegable que me ate a ti.

Despacio, Iori se apartó, disfrutando de la mirada sorprendida de Kyo y el conflicto en sus ojos castaños que evidenciaba, con contradictoria honestidad, la naturaleza mutua de aquel deseo.