A pesar del dolor en su pecho, Kyo estaba en movimiento aún, apoyado en Iori y dejando que el joven pelirrojo asumiera el control de la situación. No sabía a dónde lo llevaba, pero procuraba seguirle el paso, sintiendo las piernas cada vez más torpes y pesadas. Su pierna derecha, en particular, se negaba a sostener su peso debido al corte que había recibido, y Kyo alcanzaba a ver que una mancha de sangre estaba extendiéndose por la pernera de su pantalón.

Al obligarse a mirar a su alrededor para ver dónde se encontraban, se dio cuenta de que reconocía el lugar. Estaban de vuelta en el edificio de la sala de ensayos, pero caminaban por la acera posterior, en dirección al estacionamiento subterráneo. La fachada trasera le era familiar porque por la mañana había hecho un reconocimiento del área antes de decidir que lo mejor era esperar a Iori en la puerta delantera, junto con el grupo de fans.

Le parecía que aquello había sucedido años atrás. Y también sentía como si llevara kilómetros caminando con su brazo apoyado en los hombros de Iori, a pesar de saber que apenas debían haber recorrido un par de cuadras. Cada paso que daba le hacía sentir que su corazón iba a estallar, y los metros que aún los separaban de la puerta del estacionamiento le parecieron insalvables.

A pesar de eso, se obligó a seguir avanzando. Hubo un momento en que cerró los ojos con la fuerte impresión de que su corazón estaba bombeando aire en vez de sangre, y por un segundo estuvo seguro de que su cuerpo ya no daba más y que finalmente se desmayaría. Pensó que caería al suelo, pero Iori no se lo permitió.

—Falta poco —oyó que decía el pelirrojo sosteniéndolo más firmemente, su voz quizá un poco severa, pero a la vez tranquilizadora.

Kyo asintió, nuevamente dejándose llevar, apoyándose en Iori cuando la suave pendiente del parking demostró ser demasiado esfuerzo para su pierna lastimada.

Iori lo llevó por un sendero descendente pasando junto a filas de automóviles estacionados. El eco de sus pasos reverberaba en el aire y se mezclaba con el sonido de los vehículos que circulaban por el amplio sótano.

El aire cargado de gases de escape no ayudó a que Kyo pudiera respirar con mayor facilidad, pero al menos lo que Iori dijo resultó ser cierto. No tuvieron que caminar mucho para llegar a un GT-R deportivo de color gris oscuro cuya puerta Iori abrió sin dejar de sujetar al Kusanagi.

Kyo se deslizó en el asiento de cuero sin protestar ni hacer preguntas. Fue sólo cuando Iori cerró la puerta y rodeó el vehículo para ir a sentarse detrás del volante que Kyo se cuestionó el estar dentro de ese espacio tan reducido junto con un Yagami.

Sin embargo, en vez de preocuparse por eso, Kyo notó que lo invadía una profunda sensación de resignada calma. Sus brazos y piernas se hicieron pesados, y se dio cuenta de que su ritmo cardiaco por fin estaba normalizándose. Los latidos alocados de hacía unos segundos eran ahora una cadencia indolora que se iba haciendo cada vez más lenta. Sintió como si se hundiera poco a poco en el asiento mientras lo invadía un profundo sopor y giró su rostro hacia Iori, quien no había encendido el vehículo y parecía estar reflexionando sobre qué hacer.

—Iori —dijo Kyo en voz baja, sonriendo un poco burlón cuando Iori lo miró—. Creo que me voy a desmayar. Lo siento —murmuró, y su pesar sonó sincero.

Iori vio cómo, tras decir esas palabras, la mirada de Kyo se desenfocaba y la sonrisa se borraba de sus labios. La cabeza del joven cayó hacia adelante, sus mechones castaños cubriendo sus ojos.

Se quedó observándolo, teniendo que reconocer que el joven había aguantado bastante. Durante el corto trayecto hasta el estacionamiento, más de una vez Iori había sentido el cuerpo del joven completamente laxo a su lado, como si Kyo estuviera entrando y saliendo de la inconsciencia.

Tras un instante de duda, acercó su mano a los labios de Kyo para comprobar que estuviera respirando. Dejó que su aliento le rozara la piel un momento más del necesario, y luego tiró del cinturón de seguridad y lo cruzó sobre el pecho del joven.

Siguió mirándolo, viéndose ligeramente sorprendido de sus propias acciones. ¿Significaba eso que planeaba llevar a Kyo a algún lugar? No lo había decidido, no de forma consciente, al menos. Inicialmente, todo lo que había buscado era alejar a Kyo del lugar de la pelea. La policía podía haber acudido porque alguien había reportado una inofensiva pelea callejera, o porque algún testigo había visto fuego y explosiones. Y era de conocimiento general que en ese país las explosiones significaban actos terroristas hasta que se probara lo contrario. Él no había tenido razón para ayudar al Kusanagi, pero tampoco para dejarlo en manos de la policía.

Iori cruzó los brazos sobre el volante, pensando.

Podía esperar ahí a que las patrullas se fueran. Eso le daría tiempo a Kyo para despertar. La molestia de verse descubierto como un Yagami ya había pasado, y todo lo que quedaba era cierta curiosidad por saber lo que el joven tenía que decir.

Su mirada volvió a posarse en Kyo. Era extraño que esa persona que hacía unos minutos había hecho tan impresionante demostración de poder estuviera ahora completamente a su merced.

Sus pensamientos volvieron a los tres hombres que habían atacado a Kyo. Bajo circunstancias normales, tal vez no habría desaprobado un ataque de tres contra uno. Después de todo, una ventaja numérica no era más que una forma eficiente de lograr un objetivo. Las probabilidades de éxito aumentaban. Si había una meta concreta, una pelea no tenía por qué ser justa u honorable.

Sin embargo, ésta distaba de ser una «circunstancia normal». Un Kusanagi estaba involucrado. Kyo Kusanagi. La persona que él debía haber desafiado y vencido en un enfrentamiento donde nadie más habría tenido el derecho de participar. Una victoria sobre Kyo, mano a mano y sin la intervención de terceros, habría sido motivo de orgullo. Por eso, al ver a esos tres atacando al joven al mismo tiempo le había dejado en claro que ninguno estaba a la altura de Kyo, y que eran conscientes de ello.

Ver que Kyo pretendía ocuparse de los tres atacantes como si éstos fueran dignos de su atención había hecho hervir su sangre de forma irracional. Ni siquiera se había detenido a pensarlo. Había sucumbido al impulso de lanzarse contra alguno de ellos, cualquiera. El rubio de piel bronceada había sido el que estaba más cerca, y se había ocupado de él sin esfuerzo, comprobando que no merecía enfrentarse a Kyo.

En ese momento, por instinto, Iori miró por el espejo retrovisor del auto, frunciendo el ceño. En seguida encendió el vehículo, ajustándose el cinturón de seguridad. Salió en reversa con más velocidad de la necesaria y los neumáticos chirriaron contra el asfalto. Unos segundos después dejaba el estacionamiento subterráneo y aceleraba por calles secundarias.

Había alcanzado a ver a alguien acechando en las sombras del estacionamiento; una persona delgada vestida completamente de negro. No le cabía duda de que se trataba del hombre que había peleado con Kyo. Los habían dejado vivos a los tres, después de todo, y nada les impedía volver a intentar atacar al Kusanagi, particularmente si sabían que no estaba en condiciones de defenderse.

Condujo un largo rato sin rumbo definido para asegurarse de que no lo estuvieran siguiendo. Enfiló hacia el puerto y luego hacía la bahía, yendo a lo largo del camino paralelo al mar por varios minutos antes de dar una vuelta en U y retornar. Llegó a considerar tomar el puente para ir hasta East Island, pero luego se dijo que era suficiente. ¿Estaba conduciendo en círculos porque quería perder a un posible perseguidor, o porque no sabía qué diablos hacer con Kyo?

Miró de soslayo al joven aún dormido. La herida en su pierna ya no sangraba, pero requería atención. Todo él parecía necesitar un lugar donde poder descansar por unas horas, sin correr el peligro de ser atacado.

Iori tomó una decisión entonces, y esperó no tener que arrepentirse.


Kyo despertó con un sobresalto, incorporándose y encontrándose con que estaba sentado sobre una cama de dos plazas en una habitación que no conocía.

Se puso alerta de inmediato, obligando a su mente a aclararse. Recordaba que había estado peleando contra Ash Crimson y sus compañeros... y luego todo se volvía confuso. Ash intentando arrebatarle su poder, fuego escarlata, dolor.

Se pasó una mano por el cabello, concentrándose. Había peleado contra Ash... había usado demasiado poder...

Iori había estado ahí.

Su último recuerdo nítido era un auto deportivo, un GT-R gris de dos puertas, y el haber pensando absurdamente que Iori hacía bien al preferir un vehículo de marca japonesa.

Bajó de la cama con lentitud, sintiendo un malestar generalizado e incomodidad con cada movimiento que hacía.

Pronto descubrió a qué se debía. Su hombro izquierdo había sido vendado con tal fuerza que casi no podía mover el brazo. Y en su pierna derecha sentía un vendaje haciendo una presión exageradamente dolorosa que le recordó de golpe el corte que había recibido durante el mediodía, mientras se enfrentaba a Oswald y a Ash Crimson y... Y no a Shen Woo, porque era Iori quien se había hecho cargo de él.

Kyo echó una rápida mirada al resto de la habitación antes de probar dar un paso. Era un poco estrecha, apenas una habitación para invitados, pero saltaba a la vista que se trataba de un lugar lujoso. La luz tenue que la iluminaba provenía de una lámpara sobre el velador, y, a través de la ventana que estaba tras la cabecera de la cama, podía ver que ya había anochecido; la ciudad se extendía ante él, una miríada de puntos de luz titilando en el horizonte.

Las paredes eran blancas, a juego con el suelo de fino porcelanato, y al pie de la cama, sobre una alfombra negra de pelo cortado, Kyo encontró un banquillo blanco rectangular. En él, cuidadosamente alineados, se encontraban su cartera, su teléfono móvil y los calmantes que le había conseguido el personal del hotel. La ropa que había llevado por la mañana también estaba ahí, con los pantalones ensangrentados dentro de una bolsa transparente, para que no mancharan el impecable mobiliario.

Kyo hizo su mejor esfuerzo para no pensar en cómo su ropa había llegado a ese banquillo y todo lo que eso implicaba. Tampoco quiso pensar en que alguien había atendido sus heridas mientras él dormía y le había puesto las prendas limpias que ahora llevaba: una camiseta negra que le iba un poco grande, y holgados pantalones de algodón.

Tomó su celular y le echó una mirada. Tenía llamadas perdidas y mensajes exigiendo novedades. Negó para sí, sin ganas de responder, y guardó el aparato en uno de los bolsillos del pantalón.

Sin que sus pies descalzos hicieran ruido a pesar de que cojeaba notoriamente, Kyo se dirigió a la puerta de la habitación y la abrió con cautela. Atisbó por la ranura antes de abrirla por completo, y, tras comprobar que estaba en un lugar aparentemente seguro, salió a una amplia sala de estar que se encontraba vacía y a oscuras, sus contados muebles y abundantes espacios negativos resaltando su atractivo principal: un ventanal que ocupaba toda una pared y que dejaba ver altos edificios, una multitud de letreros de neón, y la ciudad extendiéndose más allá.

A pesar de que ninguna luz estaba encendida, la iluminación del exterior permitía que Kyo viera un sillón blanco situado de cara al paisaje del ventanal. Una mesa de centro estaba colocada sobre la alfombra gris extendida en medio de la sala. También había un televisor de pantalla plana montado en la pared pero, además de la cómoda de madera blanca bajo él, no había más mobiliario. La única señal de vida en aquella sala era un cenicero de cristal sobre la mesa, que contenía algunas colillas de cigarro.

Kyo se asomó por otras puertas que desembocaban en la sala, pero no encontró nada interesante; una era un armario empotrado, vacío, otra un pasillo que llevaba hacia la cocina-comedor, y una tercera, cerrada con llave, consistía de un panel de grueso vidrio pavonado a través del cual alcanzaba a ver una escalera que llevaba al piso superior.

Siguió andando, sorprendiéndose de lo grande que era ese apartamento. La decoración exudaba lujo y elegancia. Las superficies de los suelos y muebles, los acabados de las paredes y zócalos, y hasta los picaportes de las puertas, estaban perfectamente pulidos e impecables. La paleta de colores negro-blanco-gris se mantenía en todo el lugar, dándole un aire impersonal que le hizo pensar que no encontraría a nadie viviendo, realmente viviendo, ahí.

Sin embargo, tras dar algunos pasos más sobre el frío porcelanato, creyó oír un sonido rítmico y repetitivo viniendo de un largo pasadizo que llevaba hacia el interior del lugar. Fue hacia él despacio, sin encender las luces y procurando no hacer ruido.

Había una puerta entreabierta al final del pasillo. Al llegar a ella, no necesitó empujarla para ver que dentro había un pequeño estudio de grabación. En cada cara de la sala se alineaban muebles con consolas negras llenas de deslizadores y luces indicadoras parpadeantes. Había un teclado dispuesto en una mesa y altavoces montados en las paredes. Los muros estaban cubiertos con material de aislamiento acústico.

El sonido que Kyo había oído era el rítmico pulsar de una púa contra las cuerdas de un bajo.

Quien tocaba el bajo era Iori, sentado de espaldas a la puerta sobre un banquillo de poca altura. Llevaba puestos unos grandes auriculares negros y no había notado la presencia del Kusanagi. Su espalda estaba ligeramente encorvada sobre el instrumento, sus anchos hombros marcándose contra la tela blanca de la delgada camisa que llevaba.

Kyo lo observó un largo rato, inmóvil en la puerta. Recordó lo que había pasado después de la pelea contra Ash, la manera en que Iori lo había ayudado a retirarse del lugar. Había estado en el auto con él, y luego todo se había oscurecido...

Entrecerró sus ojos, esforzándose por alcanzar un evasivo recuerdo, teniendo la certeza de que había recuperado la consciencia brevemente en algún momento, y que algo importante había pasado. Algo que hacía que ahora pudiera mirar al pelirrojo sin sentir tanta desconfianza.

¿Qué era?

Ah... Sí. Él había despertado una vez antes, cuando se ponía el sol. Recordaba las paredes blancas teñidas de anaranjado de la habitación de invitados. Iori había estado ahí, sentado en el borde de la cama y guardando unos vendajes en un pequeño botiquín transparente. Al darse cuenta de que estaba consciente, el pelirrojo lo había mirado sin que su rostro expresara nada, pero parecía haber leído fácilmente la expresión del rostro de Kyo, porque tomó un vaso de agua que estaba sobre el velador y lo acercó a sus labios en silencio, con su mano libre ayudando a Kyo a levantar un poco la cabeza.

Kyo había bebido ávidamente, sin ser capaz de formular palabras o pensamientos coherentes, y luego se había dejado caer sobre la almohada.

«Puedes descansar un poco más. Estás a salvo», había dicho Iori en voz baja, y Kyo solamente había cerrado los ojos y se había vuelto a dormir.

Kyo bajó la mirada, confundido al recordar lo amable que había sido el pelirrojo. Pero, ¿no había deseado que Yagami fuera una persona decente? ¿Por qué le sorprendía tanto que su deseo pareciera ser una realidad?

Se pasó unos segundos más mirando a Iori. El pelirrojo estaba completamente concentrado en la música, y el hecho de que estuviera de espaldas a la puerta, con la guardia baja, le decía a Kyo que tal vez Iori también esperaba que él fuera una persona decente. Y él lo era, claro que sí, por eso decidió que no quería interrumpir lo que Iori estaba haciendo y volvió despacio a la sala, para esperar ahí.

Tomó asiento en el sillón, de cara hacia la ventana. Observó su mano derecha un instante y dejó que el fuego anaranjado brotara de sus dedos. No sintió nada en particular. Las flamas ardían dócilmente, sin costarle esfuerzo. Sin embargo, cuando quiso hacerlas arder con más fuerza y tornarlas escarlata, sintió que su corazón se contraía.

Apagó el fuego y puso su mano contra su pecho, a la altura de su corazón. Su ritmo cardiaco no se había acelerado, pero la punzada había sido muy clara. Aquello no estaba bien.

Siempre había sabido que no debía abusar del fuego escarlata, pero su cuerpo nunca había reaccionado de aquella manera. Ash Crimson debía haberle hecho algo aquella mañana, incluso a pesar de que fracasó en su intento de robar su poder.

¿Qué quedaba ahora? ¿Evitar a Ash a toda costa? Kyo no tenía ganas de volver a ponerse al alcance del rubio. No quería que la sensación de algo desgarrándose en su interior se repitiera, y luego descubrir que tampoco era capaz de invocar al fuego anaranjado.

—A salvo, ¿eh? —murmuró, recordando las palabras de Iori, y sonrió. Quizá no estaban completamente a salvo, pero sí más seguros, porque ahora estaban juntos y eso les daba una ventaja sobre Ash.


Si se concentraba, desde la sala Kyo alcanzaba a escuchar las melodías que Iori estaba tocando en el estudio. Llegaban a él como un eco bajo, en ocasiones apenas una vibración que podía percibir en el suelo y los muebles.

No pudo evitar relajarse con el sonido, y miró el paisaje de la ciudad a través del ventanal. Las luces de los autos que transitaban en la distancia, al combinarse con las discretas y rítmicas pulsaciones del bajo, resultaban casi hipnóticas, serpenteando por caminos que no alcanzaba a ver, y desvaneciéndose de súbito como tragadas por la oscuridad.

Su cuerpo había ido hundiéndose en el sillón de la sala y ahora se encontraba recostado en el ángulo del respaldo y el reposabrazos, en una posición cómoda y perfecta que hacía que no sintiera ninguna de sus heridas.

Estaba a gusto, y la sensación era bienvenida después de días cruzando la ciudad de un lado a otro con creciente frustración. A pesar de que aún no había hablado con Iori, la parte principal de su misión ya estaba cumplida: lo había encontrado. Y no sólo eso, había conseguido lastimar a Ash Crimson. Lo había hecho huir. No retirarse, como en ocasiones anteriores, sino huir como un cobarde. Había alcanzado a sentir cómo el fuego escarlata quemaba la piel del joven rubio, y nada le habría gustado más que a Ash le tomara un buen tiempo recuperarse.

Sin embargo, no se hacía ilusiones. Durante sus primeros enfrentamientos, antes de que empezara a tomar a Ash en serio, le había quemado su lacio cabello sólo por hacerle una demostración de su fuego. A los pocos días, Ash había vuelto a aparecerse con su cabello intacto. Eso significaba que tenía algún tipo de habilidad regeneradora, o que su dios podía curarlo.

Kyo ahora se inclinaba más a lo segundo, especialmente después de ver cómo Ash había desaparecido aquella mañana, cuando él había estado seguro de tenerlo atrapado dentro de una prisión de fuego escarlata.

Una corazonada le decía que el nivel de poder innato de Ash no era alto, pero el rubio definitivamente tenía acceso a ciertas habilidades, de seguro otorgadas por Orochi. La manera gradual en que iba haciendo uso de ellas le hacía sospechar que el dios estaba ganando fuerzas con cada día que transcurría.

Después de todo, durante su primer encuentro, Ash no había representado una amenaza. Luego había aparecido siendo capaz de usar energía verde en sus ataques, y ahora poseía esa desagradable capacidad de arrebatarle su poder con tan sólo un gesto de su mano.

Si ése era el poder de Orochi actualmente, cuando todo lo que había conseguido era el espejo sagrado... ¿cómo sería cuando obtuviera su fuego? ¿O el de Yagami? ¿Qué no sería capaz de hacer?

Kyo salió de sus pensamientos al darse cuenta de que el bajo había dejado de sonar.

No se movió de la posición en que estaba cuando vio a Iori aparecer con pasos silenciosos en la sala unos segundos después. Lo observó en el reflejo del vidrio, sintiendo el contradictorio impulso de querer dirigirle la palabra y a la vez pasar desapercibido. Se decidió por guardar silencio, solamente observando. Iori se veía tranquilo también, y estaba vestido como él, con ropas holgadas para estar en casa, las mangas de su camisa blanca cuidadosamente dobladas dejando sus antebrazos expuestos, los botones del pecho sin abrochar.

Kyo tuvo un ligero sobresalto cuando Iori se volvió hacia el ventanal y el reflejo de su mirada se cruzó con la suya. Ambos eran perfectamente visibles a la luz de los letreros de neón, que los bañaban en tonos rojos, verdes y celestes.

Iori no dijo nada. Kyo lo vio desaparecer por la puerta que llevaba a la cocina, y volver al cabo de un momento, una cerveza en una mano y en la otra una botella de agua que le ofreció en silencio.

Kyo recibió el agua por reflejo, por primera vez dándose cuenta de lo sediento que estaba, pero sus ojos castaños siguieron el movimiento de la mucho más apetecible botella de cerveza que Iori se estaba llevando a los labios. Estaba a punto de protestar por el mal trato que Iori daba a sus invitados (¿sólo le daba agua?, ¿habiendo cerveza?), pero se encontró con un iris rojo mirándolo fijamente, como desafiándolo a cometer la imprudencia de pedir alcohol después de haberse pasado la tarde desmayado.

—Gracias —murmuró Kyo un poco de mala gana, tragándose su protesta y bebiendo el agua, ignorando el hecho de que tenía tanta sed que prácticamente vació la botella de un solo trago.

Iori lo miró un segundo y luego se acercó al ventanal, quedándose de pie ahí.

Kyo se dio cuenta de que el pelirrojo estaba esperando que él hablara primero, y no supo por dónde empezar.

De nuevo sintió ganas de pedir una cerveza. Podía no ser una idea sensata, pero un poco de alcohol en la sangre para relajarse nunca estaba de más.

No estaba seguro de qué le ocurría ni por qué estaba dudando. Lo único que sabía era que, en todas las ocasiones en que había imaginado su encuentro con Yagami, esta situación no había estado presente. Yagami no lo ayudaba, Yagami no lo llevaba a su apartamento y le vendaba sus heridas. No le invitaba algo de beber, y definitivamente no se quedaba de pie en un silencio apacible esperando que él hablara.

—No tengo toda la noche —dijo Iori de pronto, un dejo de fastidio en su voz profunda, haciendo que Kyo tachara mentalmente lo que acababa de pensar sobre silencios apacibles.

El Kusanagi se puso de pie entonces, o lo intentó. Quería hablar frente a frente con Iori; no le gustaba tener que alzar la mirada hacia él y ver a Iori mirándolo desde lo alto con desprecio.

Su pierna lastimada, sin embargo, tenía otros planes, y cuando ésta cedió bajo su peso y Kyo se encontró con que caía de vuelta al sillón con un leve bote muy poco digno, se preparó inconscientemente para que su buen humor de aquella noche quedara arruinado por una burla del pelirrojo.

Pero no hubo ninguna burla. Sólo una mirada curiosa de parte de Iori.

Kyo se sintió muy confundido al darse cuenta de que el Yagami que había imaginado era totalmente distinto al real.

Y Iori debía pensar algo similar sobre él, porque tampoco parecía tener claro cómo debía tratarlo. Era más fácil mostrar amabilidad cuando él estaba inconsciente, en particular porque no lanzaba miradas desafiantes, que era lo que Kyo estaba haciendo en ese momento.

Sin embargo, a pesar de no entender del todo a Kyo, Iori podía ponerse fácilmente en su situación y concluir que el Kusanagi y su tonto orgullo exigían una conversación bajo condiciones de «igualdad», donde ambos estaban de pie, o ambos estaban sentados. Lo entendía porque él habría buscado lo mismo.

Kyo vio que Iori iba por el cenicero que estaba en la mesilla de centro, y luego volvía al ventanal, sentándose en el suelo justo frente a él, sin importarle en absoluto quedar unos centímetros por debajo de su línea visual. Al contrario, se veía cómodo y a gusto, su espalda completamente apoyada contra el vidrio y sus largas piernas flexionadas en el espacio que los separaba.

Dejando la botella de cerveza en el suelo, el pelirrojo sacó una cajetilla de cigarros del bolsillo de su pantalón y tomó uno con los labios antes de alcanzarle la caja a Kyo como si fuera lo más natural del mundo. Lo prendió con su viejo mechero, y antes de darse cuenta de lo que hacía, había extendido su brazo hacia el Kusanagi para ofrecérselo, justo en el momento en que un destello anaranjado brotaba de los dedos del joven castaño y brillaba intenso en la poca luz de la sala.

Iori frunció el ceño ante aquel desliz. Cerró su puño con fuerza alrededor del encendedor y dio una profunda calada, consciente de que Kyo lo miraba con fijeza. Se había hecho la idea de que el Kusanagi iba a saber la verdad sobre él, pero eso no hacía que aquella situación fuera fácil de aceptar.

Kyo se inclinó ligeramente hacia adelante, su mirada intensa. La noche en que había conocido a Iori fuera del bar, no había pensado nada al verlo usar un mechero para encender un cigarro. Hasta era una buena idea, en cierto modo, porque la gente normal no reaccionaba bien al ver fuego brotando de la nada.

Tampoco había sospechado nada, al menos no de manera consciente, cuando Iori se había enfrentado a Shen Woo usando sólo golpes de sus manos desnudas. Tenía sentido que Iori prescindiera de usar el fuego púrpura, así Ash tardaría más tiempo en reconocer que él era el heredero de los Yagami.

Pero ahora, en la privacidad del departamento, donde tales precauciones eran innecesarias, Kyo sintió que algo no estaba bien. Y el semblante molesto de Iori no hizo más que confirmárselo.

Tras vacilar un momento, Kyo posó gentilmente su mano en la rodilla de Iori, mirando al pelirrojo a los ojos, alivio recorriéndolo al ver que Iori le permitía el gesto. Sintió la textura de la tela del pantalón, y el calor de la piel del pelirrojo bajo ella, pero la sensación propia de la presencia del fuego continuaba ausente. Retiró su mano despacio, viendo que Iori lo seguía con la mirada.

Iori vio cómo los ojos castaños de Kyo se llenaban de incredulidad y por un breve instante creyó que el castaño había comprendido, sin necesidad de mayores explicaciones, simplemente atando cabos con la poca pero crucial información que Iori le había dado. Su energía no reaccionaba, había declarado que no era un Yagami, que su clan no existía... ¿Qué tan difícil podía ser?

Tal vez lo suficientemente difícil, porque Kyo sacó la conclusión equivocada, y lo siguiente que Iori supo fue que las facciones del castaño se habían endurecido expresando una rabia de la que no lo había creído capaz.

—Fue Ash Crimson, ¿verdad? —exigió saber Kyo, su voz subiendo de tono, inclinándose hacia él demandando una respuesta, pero sin darle tiempo a contestar—. Llegué demasiado tarde y ese bastardo... Lo voy a hacer PAGAR. Encontraré la manera de hacerle lo mismo que él nos hace a nosotros. La averiguaré y luego haré que ese maldito no vuelva a intentar robar el poder de los clanes en lo que le quede de vida...

—Kyo.

—Mi familia de seguro sabrá algo. Tantos años de historia ancestral, es imposible que Orochi tenga la ventaja...

Sujetando su cigarrillo medio olvidado con dos dedos, Kyo hizo un gesto para sacar su celular del bolsillo, planeando llamar de inmediato para pedir información a su clan.

Fue el turno de Iori de inclinarse hacia adelante para poder tocar ligeramente la pierna de Kyo, atrayendo su atención.

Kyo se quedó a medio marcar y lo miró con el ceño fruncido, sus ojos aún brillantes de rabia.

—No fue él. No fue Ash Crimson —dijo Iori, su voz sonando muy calmada en contraste con la diatriba del Kusanagi, y Iori se encontró sin poder apartar la mirada del rostro del joven, que pasó de la rabia a la confusión y luego a lo que no podía describirse como otra cosa que preocupación. Era extraño saber que las emociones que veía en el Kusanagi eran por él, un desconocido.

—No... No entiendo —dijo Kyo.

Iori se apartó, volviendo a apoyarse en la ventana, fumando y mirando a Kyo a través del humo. Los letreros de neón parpadeaban rítmicamente. Celeste, verde, rojo. En los ojos de Kyo hubo destello escarlata. Producto de las luces, sin duda.

—Te dije que no era quien buscabas —dijo Iori quedamente y vio cómo Kyo negaba con la cabeza, empezando a comprender, pero negándose a creerlo.

—Pero eres un Yagami, el heredero del clan Yagami —insistió Kyo.

—Es sólo un nombre. Eso que buscas, una rivalidad entre clanes, fuego púrpura; eso no lo vas a encontrar aquí.

Kyo bajó la vista. Lo que Iori decía era impensable. Y aún así... las pruebas habían sido claras; su energía nunca había reaccionado a la suya, el contacto con Iori se sentía como tocar a una persona común y corriente. Él había asumido que Iori tendría razones personales para ocultar su poder y evitar que alguien pudiera reconocerlo... pero...

¿Un Yagami sin fuego...?

—¿Cómo es posible?, ¿cómo ocurrió? —preguntó Kyo en voz baja, sin saber por qué no podía dirigir su mirada hacia Iori, optando por mirar la brasa de su cigarrillo, que se iba consumiendo lentamente entre sus dedos.

—Nací así —respondió Iori, extrañado ante la reacción del castaño. Evitaba mirarlo, y parecía tan perturbado como si él le acabara de anunciar que le faltaba un brazo o una pierna—. ¿Qué estoy viendo, Kusanagi? ¿Es lástima? —preguntó a continuación, su tono burlón, pero su voz aún sonando queda en la tranquilidad del apartamento.

—No es eso —murmuró Kyo, frunciendo el ceño, costándole un poco mirar a Iori a los ojos, pero finalmente haciéndolo—. Desde que tengo memoria, mi incentivo al entrenar siempre fue el no permitir que el heredero de los Yagami me venciera. Que me vencieras. —Kyo hizo una pausa, midiendo sus palabras, haciendo todo lo posible por ocultarle a Iori que, por un momento, sí había sido lástima lo que había sentido—. Usualmente nos imaginaba enfrentándonos. Me había hecho una idea... Es... extraño saber que no va a ser así.

—¿Quién lo dice?

Kyo no esperaba esa respuesta. Se quedó mirando fijamente al otro joven. La postura del pelirrojo no era desafiante, pero su mirada era firme y su tono serio.

—Dices que te entrenaron para que yo no te venciera —siguió Iori, y Kyo asintió—. Mi entrenamiento consistió en asegurar que podría matarte, fuego o no —señaló, aún hablando con total naturalidad.

Kyo sonrió levemente ante eso, como si la idea de que Iori quisiera matarlo le tranquilizara. No conseguía imaginar cómo había sido la vida del pelirrojo sin poder usar las llamas púrpura, pero era un alivio ver que no parecía muy afectado por eso. Se relajó un poco.

—¿Ese entrenamiento fue como el mío y también se empeñaron en hacer que me odiaras? —preguntó el Kusanagi con tono ligero, casi bromista, y no pudo evitar una risa baja al ver a Iori asentir para luego decir:

—Aún trabajo en ello.

—Esa parte también me está costando un poco —admitió Kyo.

Le pareció que el pelirrojo sonreía muy levemente antes de tomar un trago de lo que quedaba de su cerveza, pero luego vio que Iori se quedaba silencioso y pensativo, su mirada puesta en la botella marrón que sostenía. No consiguió leer su expresión. ¿Era resignación?

—Por cierto, gracias —dijo Kyo, sacando a Iori de sus pensamientos—. Podrías haberme abandonado en la calle esta mañana y no lo hiciste. Te lo agradezco.

Iori asintió como toda respuesta.

—Y gracias por darme una mano con Shen —siguió Kyo.

—No te veías muy convencido de poder con los tres —señaló Iori y Kyo alcanzó a captar un muy leve desdén en su voz.

—Ash viene ahora con DOS compañeros porque no tuve problemas en vencerlo a él varias veces antes —indicó, sin entender por qué diablos se había puesto a la defensiva y le daba explicaciones a un Yagami, pero sin poder quedarse callado—. Además pude con dos oponentes estando lesionado —insistió Kyo con su mejor voz arrogante.

—Ah —fue todo lo que dijo Iori, y a pesar de que su rostro estaba serio, Kyo estaba seguro de que podía ver un brillo de burla en su mirada.

—Soy muy bueno —aseguró Kyo.

—¿Cuando no estás cayéndote de motos y quedándote dormido por ocho horas después de pelear, quieres decir? —preguntó Iori en lo que era abiertamente una burla ahora.

—Ah... No... Eso fue... —intentó protestar Kyo, las palabras fallándole, soltando luego un bufido fastidiado—. Ese argumento no es justo, Yagami —gruñó, pero la molestia no duró mucho, porque vio que los hombros de Iori se sacudían con una risa baja, el pelirrojo cubriéndose el rostro con una mano un momento, negando para sí.

Cuando Iori lo volvió a mirar, Kyo sintió un ligero escalofrío recorriéndole la espalda ante la intensidad de sus irises rojos.

—Sé que eres bueno —dijo Iori con un tono tranquilo que nada tenía que ver con burlas esta vez—. Eres mi oponente, después de todo. No esperaba menos.

Kyo no supo cómo reaccionar ante el cumplido. Porque era eso, ¿no? Yagami le había hecho un cumplido y no dejaba de mirarlo con una expresión que él no conseguía definir.

Iori vio que, en vez de responder, el Kusanagi optaba por dirigir la vista hacia la ventana, incapaz de mantenerle la mirada. Él continuó observándolo en la poca luz, apreciando sus finos rasgos, el cabello castaño no demasiado largo, los ojos del mismo color fijos en un punto lejos de ahí, los delgados labios que en ese momento expresaban un leve fastidio que Iori sabía era falso.

Las dos veces que se habían encontrado, Kyo se había visto muy seguro de sí mismo. Aquella mañana, al verlo afuera de la sala de ensayos, su aire arrogante le había provocado una sincera molestia que no se había preocupado en ocultar. Pero ahora, después de hablar un poco, y de tener la oportunidad de observar al joven largamente, Iori había alcanzado a entrever que había algo más. Kyo simplemente no era la persona que su padre había dicho que sería. Había probado odiarlo, pero no lo había conseguido. El que su apellido fuera Kusanagi no era razón suficiente para eso.

Había cuidado del joven mientras estaba inconsciente, y le había parecido algo normal de hacer. Si hubiese encontrado a un desconocido medio desmayado en la calle quizá lo habría llevado a un hospital, pero de ninguna manera lo habría llevado a su departamento, y, sin embargo, con Kyo la decisión se había sentido correcta.

Hacía unos minutos, cuando finalmente le había revelado a Kyo que no podía invocar el fuego púrpura, la rabia y humillación que había esperando sentir al ver que el Kusanagi ahora sabía, no habían llegado. Incluso cuando Kyo lo miró con una obvia lástima que luego procuró ocultar para no ofenderlo, él no había sentido tanta molestia como había aparentado. Más bien, había querido saber el porqué de la empatía que el castaño mostraba.

Si dos días atrás no se conocían... ¿por qué ambos estaban actuando de esa manera?

No encontraba una respuesta, y no podía evitar sentirse intrigado.


Última revisión: 2016.05.30