Volvieron al auto sin cruzar palabra. Había molestia en la expresión de Kyo, pero era imposible saber si ésta se debía a la decisión de Iori o a su propia incapacidad para encontrar una respuesta adecuada a lo que el pelirrojo había dicho.

Por el contrario, a Iori le complacía la concesión silenciosa del castaño. Después de todo lo que habían pasado juntos, ¿necesitaban decir más?

Subieron al vehículo y pronto dejaron atrás la casa donde había pasado su niñez. Maniobró con cuidado por las curvas cerradas de aquellas estrechas callejuelas desiertas. Kyo miraba por la ventanilla, perdido en pensamientos, el fastidio en sus ojos difuminándose poco a poco hasta desaparecer del todo, al tiempo que un suspiro escapaba de sus labios.

Al llegar a la carretera, tras un giro brusco, enfilaron hacia el oeste. Por varios minutos, el paisaje no fue más que laderas verdes y el ocasional destello del reflejo del sol sobre un riachuelo que corría paralelo a ellos. El cielo despejado era de un intenso color celeste.

—La ciudad está en la dirección opuesta —dijo Kyo de pronto, sin volverse hacia él.

—No vamos a la ciudad —respondió Iori.

Kyo no preguntó a dónde se dirigían, pero, por el sutil cambio que se percibió en el aire, Iori tuvo la completa seguridad de que Kyo comprendía a qué se refería. Se lo dijo la postura del castaño, la manera en que se sentó un poco más erguido, el gesto distraído con que Kyo rozó el vendaje en su cintura por debajo del borde de su camiseta, la forma en que los ojos de Kyo dejaron de admirar el paisaje, y lo observaron a él con disimulo en el reflejo de la ventana.

Iori aceleró un poco más. Kyo rió bajo, negando. Sí, el Kusanagi sabía a dónde iban y lo que sucedería ahí. No tenían necesidad de pedirlo ni de decirlo en voz alta.

En los kilómetros que siguieron, el silencio que compartían se convirtió en un entendimiento sin palabras donde la impaciencia aumentaba gradualmente, y a la vez se disfrutaba. Los pensamientos de ambos volvieron a aquellos últimos días en South Town, en que, a pesar de estar juntos, hasta el más simple contacto era evitado debido a aquella maldita tercera presencia ensañada en murmurarle palabras sórdidas a Iori. La distancia autoimpuesta y los deseos reprimidos habían llegado a ser insoportables, mas ninguno lo había admitido. Sólo habían resistido, diciéndose que no era importante.

Seguía sin ser importante, pero la necesidad de resistir había desaparecido.

El paisaje cambió y los campos comenzaron a escasear, para ser reemplazados por tiendas a la orilla del camino y estaciones de buses y trenes. Las intersecciones se hicieron más frecuentes, y pronto estaban adentrándose en una zona urbana a la que no se podía llamar metrópoli, pero que hacía mucho había dejado de ser un simple pueblo. Un letrero anunciaba que el nombre del lugar era Minoruyama.

Iori reparó en la hora en el panel tras el volante. Ya era media tarde, pero el viaje valdría la pena. Había hecho una rápida investigación días atrás y descartado la presencia de los Kusanagi en esa zona, a pesar de su cercanía a Osaka. Tras confirmar que la localidad se ajustaba a sus requisitos, Iori había alquilado un departamento nada ostentoso en el centro de Minoruyama. Había considerado alojarse en el extremo más remoto de la ciudad, para luego concluir que ésa era una precaución innecesaria. ¿Para qué privarse de la comodidad de tener negocios y tiendas a tan sólo unos pasos?

Condujo hacia el edificio donde se encontraba el departamento, el auto atrayendo las miradas de todas las personas con las que se cruzaron. Kyo hizo un comentario bastante preciso sobre su absoluta incapacidad para mantener un perfil bajo.

El complejo no tenía un garaje subterráneo, por lo que aparcaron el coche en el espacio disponible en la parte trasera. No había un conserje en el recibidor, y el ascensor tembló todo el camino de subida hasta el quinto piso, pero los suelos y paredes estaban limpios y sin muestras de desgaste, y no oyeron ningún ruido proveniente de los otros residentes. Aquel lugar simple y poco lujoso fue del inmediato agrado de Kyo.

El departamento era un unipersonal de diseño occidental, cuya sala, comedor y cocina compartían un mismo ambiente. Había una única habitación espaciosa, su respectivo baño, y un diminuto balcón ornamental. Al igual que el resto del edificio, el lugar cubría las necesidades más básicas; no faltaba un pequeño televisor plano en la sala, o una olla eléctrica y un minirefrigerador en la cocina. El mobiliario parecía haber sido elegido por funcional y no por estético. El propietario no había hecho ningún esfuerzo en lo concerniente a decoración.

Alguna bolsas con logos de reconocidas marcas de ropa estaban repartidas por el suelo de madera del lugar. Había una chaqueta negra lanzada como al descuido sobre el respaldo de un sillón. Los comprobantes de las distintas compras estaban acumulados unos sobre otros en la mesa del comedor. Kyo sonrió para sí al ver eso, preguntándose si Iori sólo era ordenado cuando tenía a un sirviente trabajando para él.

Entró a investigar la habitación mientras oía que Iori sacaba vasos y servía bebidas para ambos en la cocina. Se llevó una agradable sorpresa al apartar las cortinas y encontrarse con una ventana que le ofrecía una vista perfecta de aquella tranquila ciudad.

Se sentó en el borde de la cama, disfrutando del paisaje, y recibió el vaso que le tendió Iori. El aroma del licor era intenso. Whisky, reconoció, y costoso, de seguro, desentonando con la simplicidad del lugar.

Bebieron en ese silencio que casi no habían roto en los últimos kilómetros de viaje. Al acabar, Kyo dejó su vaso en el velador. Notó que Iori tampoco tenía el suyo en las manos. El pelirrojo no se había sentado con él. Estaba de pie a su lado, su mirada perdida en algún punto del paisaje.

Kyo se encontró pensando que nunca había sentido una calma tan absoluta como la de ese momento.

Sabiendo que no sería rechazado, alzó una mano y sujetó la tela de la camisa de Iori, tirando con suavidad para que el pelirrojo se acercara y quedara de pie justo delante de él. Alzó su rostro para ver a Iori mirándolo, y sintió un agradable escalofrío cuando la mano del pelirrojo se apoyó entre sus cabellos y acarició. Kyo descansó su frente contra el abdomen de Iori unos momentos, sin que la caricia se detuviera. Esperó que ésta se volviera brusca, impaciente, o que se interrumpiera de súbito, pero nada de eso ocurrió. Iori sólo lo mantuvo ahí, contra sí, por largos segundos, a veces yendo un poco más allá de su cabello y rozando la piel de su cuello, por debajo de la tela de su camiseta.

En medio de agradables escalofríos, Kyo pudo notar que Iori estaba reaccionando a su cercanía y no pudo evitar acariciarlo, tan sólo un roce con la punta de sus dedos que hizo que la tela negra de sus pantalones se volviera tirante. El pelirrojo no se opuso cuando Kyo abrió el botón y luego la cremallera, sin que hubiera ni el más mínimo titubeo de por medio. La mirada de sus irises rojos se cruzó con la del castaño un breve segundo antes de que Kyo lo tomara en sus labios, con lentitud perfecta, cubriéndolo por completo con la humedad de su boca.

Iori contuvo un violento estremecimiento, sin sacarle los ojos de encima al Kusanagi por largo rato, disfrutando del punzante deleite que sus labios le producían, comenzando a desabrochar su camisa despacio, abriendo un botón por cada vez que se sentía completamente envuelto en los labios del joven, un gruñido involuntario escapando cuando Kyo hizo algo agradable con su lengua.

La camisa negra cayó al suelo con un sonido apagado y Kyo se apartó, un hilo de humedad en sus labios brillantes. La chaqueta y camiseta de Kyo siguieron el mismo camino, y lo mismo ocurrió con los pantalones de ambos, pero Iori detuvo a Kyo cuando éste hizo un gesto para deshacerse de los vendajes en su cintura también.

—Déjalos —ordenó Iori, sin querer arriesgarse a lastimarlo, sabiendo bien que no podría confiar en su autocontrol en los siguientes minutos.

Al ver al joven tan dispuesto como él, a Iori le pareció inconcebible que pudieran haber aguantado tanto tiempo privándose de ese placer. ¿Por qué no lo había tomado antes?

Una voz lejana le recordó que Kyo había estado herido. Que aún lo estaba. Que él debía tener cuidado.

Mientras sus manos acariciaban al castaño, vio que podía ir lento, limitándose a caricias y el roce de sus labios, sin apoyar su peso en el joven, ocupándose de él y disuadiendo a Kyo cuando éste intentaba moverse.

—No me voy a romper, Yagami —murmuró Kyo cuando la lentitud de Iori fue más de lo que pudo soportar—. No te preocupes por mí —agregó, sus labios contra el oído de Iori, su aliento tibio provocando un estremecimiento en el pelirrojo.

A pesar de las palabras de Kyo, como la primera vez, Iori retuvo el suficiente dominio sobre sí mismo para prepararlo. Como la primera vez, Kyo le dificultó las cosas.

La resolución de Iori se tambaleó con los gemidos que —ante el roce de sus dedos contra la estrecha entrada del joven— escaparon de los labios del Kusanagi.

Un deleite inequívoco fue tiñendo la voz de Kyo a medida que uno de sus dedos comenzaba a empujar. Éste no era Kyo cediendo a una impensable tentación como aquella tarde que ahora se les hacía lejana, sino entregándose de lleno al placer —a él— sin dudas, sin reticencias, mirándolo con sus ojos castaños ligeramente empañados.

Iori fue consciente de la distensión deliciosa en su entrepierna cuando evocó la sensación de estar dentro de Kyo. Recordó lo receptivo que era el cuerpo del joven cuando reaccionaba a sus manos y a sus labios.

Iori sabía que Kyo no iba a estarse quieto mientras él lo preparaba —lo sabía y lo esperaba— y, aun así, el contacto de las mano de Kyo contra su entrepierna lo hizo olvidar por un momento lo que hacía, rompiendo su concentración y casi llevándolo a querer poseer al joven con violencia.

Un gruñido de advertencia se formó en su garganta, pero Kyo hizo caso omiso, continuando su caricia a lo largo de su excitación, el castaño disfrutando de los temblores que lo recorrían, aumentando la velocidad y la fricción al tiempo que movía sus caderas contra el dedo que Iori mantenía en su interior.

Iori cedió el control por unos breves e intolerables segundos, comprendiendo extasiado que era tal la intensidad de su deseo, que la rápida sucesión de caricias por parte de Kyo era más que suficiente para llevarlo al orgasmo. Una intensa tensión invadió su entrepierna ante tal pensamiento, y deslizó dos dedos en el caliente interior del joven, tan profundo como le fue posible llegar, el quejido del castaño empeorándolo todo, provocándole una asombrada fascinación al darse cuenta de lo mal que se encontraban ambos.

Mediante un acuerdo sin palabras, la preparación previa quedó reducida a eso, a esperar que fuera suficiente, a pesar de que Kyo, una vez más, actuaba como si no le importara.

Penetrar en el joven fue como lo recordaba, húmedo y caliente y estrecho, la respiración de Kyo acallada contra las sábanas porque lo tomó de rodillas, pensando que de esa manera evitaría poner peso sobre su herida, y luego dándose cuenta de que no servía de nada, no con él entrando completamente Kyo, sujetándolo por las caderas para salir y volver a arremeter con una brusquedad inevitable, cada gemido del castaño produciéndole un increíble placer, y luego la sangre agolpándose en sus oídos cuando Kyo se rodeó a sí mismo con una mano y comenzó a acariciarse, moviéndose a su ritmo, y encargándose de continuarlo cuando Iori necesitó disminuir la velocidad, Kyo instándolo con voz ronca a que siguiera, que no se detuviera, incitándolo a perder el control.

No hubo vacilaciones ni dudas, tan sólo la necesidad de poseer y de entregarse. Las palabras que intercambiaron fueron mínimas, por lo que Iori obligó a Kyo a que se volviera y se acostara de espaldas sobre la cama para poder ver su rostro. La expresión excitada del castaño lo llevó a besarlo, atrapando sus labios húmedos, mientras volvía a entrar en él, Kyo susurrándole un «no te contengas, Yagami» en el oído apenas se separaron del beso, como el maldito insensato que era, provocando que lo que había sido un intento por ir con más lentitud se tornara en muñecas atrapadas dolorosamente contra la cama, embestidas violentas que llegaban cada vez más profundo y que hacían difícil saber si el sonido que salía de los labios de Kyo era de dolor o de placer.

En un momento de lucidez perdido entre escalofríos y jadeos, Iori buscó la mirada de Kyo, y la halló nublada por el placer, enmarcada entre mechones castaños húmedos de sudor. Kyo estaba acostado de espaldas, atrapado bajo él, sus piernas alzadas, sus labios entreabiertos dejando escapar respiraciones cortas. Iori empujó contra él arrancándole un gemido, y salió sólo para volver a empujar, Kyo arqueando su espalda y cerrando sus ojos con fuerza.

Afuera el sol había bajado en el cielo. La luz se tornaba anaranjada y se reflejaba en la capa de sudor que para entonces cubría la piel de ambos, en los músculos que se marcaban sinuosos con cada movimiento.

El rostro de Kyo le decía que el joven había sobrepasado lo que podía aguantar hacía mucho. La mano con que Kyo se acariciaba temblaba ante las intensas, incontrolables pulsaciones que comenzaban a agobiarlo.

—Yagami… —murmuró Kyo, un pedido, una exigencia.

Pero Iori no sentía que hubiera tenido suficiente. Un breve movimiento de su cadera hizo que Kyo ahogara un grito y se estremeciera y lo insultara, y cuando Iori volvió a empujar se dijo que aunque Kyo terminara, él seguiría, porque quería tomar a Kyo hasta saciarse, y su deseo por el joven parecía no tener límite.

—No… —medio gimió y medio gruñó Kyo al darse cuenta de lo que él pensaba hacer. Iori no dijo nada, apoyó sus manos en el colchón, a cada lado de la cabeza de Kyo, mirándolo fijamente para poder ver su expresión cuando se viniera. Kyo gimió, sus párpados cerrados con fuerza, y volvió a negar, intentando posponer el placer, a pesar de que el ritmo de las acometidas de Iori estaba siendo cada vez más rápido, acercándolo al clímax—. Quiero sentir… —murmuró Kyo, entreabriendo sus ojos, alzando una mano temblorosa hasta acunar el rostro de Iori, asegurándose de que su mirada estuviera fija en él.

Iori no oyó las palabras de Kyo, la voz del joven demasiado baja y demasiado áspera debido a los jadeos, pero vio claramente cómo en lo más profundo de sus irises castaños se encendía un destello dorado, del color del fuego, y un sonido gutural escapó de sus labios ante la intensidad con que el brillo en los ojos de Kyo lo excitó.

—Maldito… —gruñó Iori, porque sus músculos se contrajeron sin que pudiera evitarlo, y su intento de control fue entorpecido por el movimiento de las caderas de Kyo. Se encontró con que el Kusanagi lo llevaba al clímax junto con él, sus gemidos mezclándose mientras su tibia semilla llenaba a Kyo, y las oleadas de placer los envolvían.


Ambos tenían la impresión de que todo había ocurrido demasiado rápido.

Silenciosos y jadeantes, yaciendo entre el caos de sábanas en aquel departamento alquilado, los dos jóvenes se dedicaron a recuperar el aliento, a ratos observando el paisaje de la ventana, en ocasiones mirándose mutuamente.

El cargo de consciencia que Iori había visto en el rostro de Kyo la primera vez que se acostaron estaba ausente. El castaño seguía tendido de espaldas, su pecho subiendo y bajando agitado, una de sus manos descansando sobre los vendajes, donde había aparecido una pequeña mancha de sangre. Kyo estaba satisfecho y relajado y le sonrió cuando Iori deslizó sus dedos sobre la piel de su pecho, resiguiendo su musculatura, pasando por los rastros de hematomas que no habían acabado de desaparecer aún.

Las vendas en la cintura de Kyo se habían soltado un poco y se ocuparía de ellas después, pero, por el momento, solamente continuó acariciando y tocando, pasando por las viejas cicatrices del joven, yendo más allá de los vendajes, recorriendo su cadera y sus muslos y notando que su piel seguía caliente, húmeda entre sus piernas.

Se movió sobre el joven hasta poder llevarse esa humedad con sus labios y su lengua, ignorando la protesta de Kyo. Sabía que era demasiado pronto, pero lamió la entrepierna de Kyo lánguidamente, disfrutando del sabor del joven, siendo consciente de que él aún quería más.

Kyo lo sorprendió igualando la intensidad de su deseo. ¿De qué otro modo podría haber sido? Aunque ambos estaban cansados, las caricias fueron correspondidas con más caricias y un ávido impulso de explorarse y poseerse. El repetido pedido de Kyo para que no se contuviera liberó algo en él, algo íntimo y reprimido que se abrió paso hacia la superficie como una exultante liberación, porque ahora sabía que Kyo podía aguantar eso y más.

Después de eso, Iori no notó el paso del tiempo, sólo supo que estaba poseyendo a Kyo otra vez, buscando saciarse de él sin conseguirlo.

Los minutos transcurrieron marcados entre gemidos y jadeos. La noche avanzó sin que ellos salieran de la habitación, entregados a un ciclo de acabar y recomenzar donde no había espacio para palabras ni para preocupaciones. En un momento era él con su cuerpo arqueado sobre el del joven, manteniéndolo contra sí para poder llegar hasta lo más profundo. En otro era Kyo sobre él, haciéndose cargo de todo, acariciándolo para estimularlo, guiándolo hacia su interior y luego comenzando a moverse, sin quitarle los ojos de encima.

Hubo cierto momento entrada la noche, en que, quizá por agotamiento, o tal vez debido a la confianza que habían puesto uno en el otro, permitió lo que no se había planteado con ninguna persona hasta ese entonces. Dejó que Kyo lo explorara cuanto quisiera. No lo detuvo cuando los dedos de Kyo pasaron por su espalda, cautelosos, tentativos. Permitió todo lo que Kyo quiso hacer y, tras acabar, tras recuperarse, volvió a tomarlo para sí y esta vez sintió que, por esa noche, los deseos de ambos quedaban satisfechos.


Kyo oyó pasos y entreabrió los ojos, sin moverse de donde estaba, tendido bajo las sábanas con toda la amplia cama para sí.

Vio a Yagami de pie en la puerta de la habitación, vestido e impecable, llevando en sus manos el bolso que él había dejado olvidado en el auto la tarde anterior. Por un breve instante, el joven pensó que Iori le lanzaría el bolso sin miramientos, pero el pelirrojo se limitó a dejarlo sobre la cómoda de la habitación.

—¿Qué hora es? —murmuró Kyo, frotándose los ojos, sabiendo que temprano no era.

—Pasadas las once —respondió Iori. Kyo reparó en que llevaba las mismas ropas negras del día anterior y que, a pesar de las pocas horas de sueño que habían tenido, se veía bastante descansado—. No tienes que levantarte aún —dijo Iori tras unos segundos—. Pero, cuando lo hagas, será mejor volver a vendarte la herida.

Kyo asintió. Dada su posición, ese gesto podía ser tomado como que se recostaba mejor contra la almohada, como si estuviera dispuesto a aceptar la sugerencia del pelirrojo. Iori lo miró un segundo más y luego salió de la habitación, dejando la puerta abierta. Suaves ruidos en la cocina comenzaron a oírse un poco después.

Era tentador pasarse el día en la cama. El ambiente del departamento le hacía fácil olvidar la realidad que esperaba fuera de sus paredes. Él estaba dispuesto a aceptar de buen grado la ilusión de tranquilidad que le ofrecía. No quería pensar en responsabilidades ni en lo que sucedería en el futuro. Tenía a Yagami para él, sin perseguidores ni dioses susurrantes. Parecía demasiado bueno para ser verdad.

Kyo decidió levantarse, para no desaprovechar la cercanía de Iori. Se dirigió al baño, sintiendo todo su cuerpo adolorido, como después de una larga sesión de entrenamiento. Retiró las vendas y las lanzó a la basura, sorprendiéndose un poco de que la mancha de sangre fuera tan pequeña, considerando todo lo que Iori y él habían hecho durante la noche.

Sintió una agradable tensión al pensar en ello. El agua tibia de la ducha le produjo un cosquilleo placentero.

Se quedó largo rato bajo el agua, mirándola recorrer sus brazos y su torso y bajar por sus piernas. La cicatriz que dejaría la herida en su vientre sería grande, pero no le importaba. Los moretones de la pelea desaparecerían pronto. Todo estaba bien.

Una magulladura en su muñeca derecha llamó su atención. No había estado ahí el día anterior. Era una nueva marca que Yagami le había dejado.

La frotó con aire distraído y acabó sonriendo para sí al darse cuenta de que no le molestaba. No le molestaba en lo más mínimo.

Al salir de la ducha, encontró algunas toallas sin estrenar en el gabinete bajo el lavamanos. Se preguntó si habrían venido incluidas en el departamento, o si Iori se habría encargado de conseguirlas durante sus compras. Como fuera, se le hacía extraño que el pelirrojo hubiese elegido un lugar tan poco suntuoso para alojarse. ¿Tal vez se había gastado todo su presupuesto comprando el Audi?

Rió ante la idea, buscando algo de ropa en su bolso. Eligió unos jeans celestes desteñidos y una camisa ligera de color negro que no abotonó. Se dirigió a la sala-cocina, donde lo recibió el aroma del café recién preparado. Había bolsas plásticas con víveres cubriendo la mayor parte de la encimera, y Kyo se acercó curioso a examinar sus contenidos. Iori había aprovechado la mañana para ir por provisiones. Las bolsas contenían en su mayor parte productos básicos, pero no faltaban algunas latas de cerveza, alimentos en conservas y otras cosas que no se veían demasiado saludables.

Iori lo dejó husmear, sirviéndole una taza de café y dejándola sobre la mesa del comedor. Kyo agradeció con un asentimiento, e iba a sentarse a la mesa cuando su olfato captó un aroma agradable. Una rápida ojeada lo llevó a descubrir una bolsa de papel con un par de nikuman en su interior. Se apoderó de uno de ellos sin pensarlo dos veces. Bastó un mordisco para darse cuenta de lo hambriento que estaba, y lo necesitado de comida decente que se encontraba, después de haber pasado una semana siguiendo la dieta estricta del hospital. El pequeño bollo desapareció en dos bocados.

Iori se había sentado en una de las sillas del comedor y abría un paquete de vendas.

—Ven aquí —ordenó el pelirrojo y Kyo obedeció con docilidad, quedándose de pie frente a él, dejando que Iori atendiera su herida. A pesar de la fuerza con que Iori ajustó los vendajes, el dolor fue mínimo.

—Ya estoy bien —dijo Kyo.

—Lo sé —respondió Iori, complicidad en su voz.

Kyo se apartó un poco cuando Iori se levantó, y luego se sentó en la silla que había ocupado el pelirrojo. Mientras bebía el café, observó a Iori sacar las compras y ordenarlas en los anaqueles de la cocina.

Miró alrededor, y notó que la ropa del día anterior había desaparecido. Había una laptop abierta sobre el sillón y Kyo reconoció el mismo programa de grabación que había visto en el otro portátil de Iori (del cual él se había apoderado y ahora estaba en su habitación, en casa). El teléfono de Iori también estaba en el sillón, y una luz parpadeante indicaba que tenía mensajes sin leer.

—¿Has contactado a tu banda? —preguntó Kyo entre sorbos de café. Vio que Iori asentía—. Deben haber estado preocupados. ¿Te hicieron muchas preguntas?

—Están más interesados en saber cuándo podremos volver a tocar —respondió Iori.

—¿Cuándo será eso?

Iori lo miró por sobre su hombro. Kyo le sostuvo la mirada.

—Cuando acabe contigo —fue la respuesta del pelirrojo, acompañada de un asomo de sonrisa sugerente que hizo que Kyo sintiera un cosquilleo en el estómago.

Al amparo de la taza de café, Kyo escondió las agridulces emociones que las palabras de Iori le provocaron. ¿Cómo debía tomarse aquello? ¿Iori permanecería en Japón hasta hartarse de él? ¿Era eso lo que estaba diciendo? Si había restablecido comunicación con los miembros de Sviesulys, eso significaba que Iori estaba preparando las cosas para volver a la que era su vida. Sin apuro, quizá, pero sin postergar la separación ineludible.

Aún envuelto en una mezcla de contento y pesadumbre, Kyo observó a Iori poner orden en el departamento. En unos minutos, las compras habían desaparecido y el departamento volvía a adquirir un aire impersonal y ajeno.

Iori no le habló demasiado. Kyo sospechó que el pelirrojo tenía algo en mente, y lo confirmó cuando, al acabar su desayuno, Iori le indicó que iba a salir y que podía acompañarlo, si quería.

Sin nada mejor que hacer, Kyo aceptó, y a los pocos minutos estaban caminando avenida abajo, Iori consultando el mapa en su teléfono de cuando en cuando para orientarse. En un comienzo, y de forma inconsciente, Kyo se mantuvo alerta, esperando ver algún rostro conocido a la vuelta de cada esquina, pero conforme avanzaron se fue convenciendo de que las probabilidades de encontrarse a otro Kusanagi en esa ciudad eran remotas.

Las calles tranquilas estaban llenas de pequeños negocios locales. Los peatones caminaban a ritmo sosegado, sin prisa. Se ganaron algunas miradas curiosas, Iori en particular, como solía ser la costumbre, pero nadie intentó hablarles ni abordarlos. Kyo se encontró disfrutando del paseo cada vez más.

No preguntó hacia dónde se dirigían. Dejó que el pelirrojo marcara el paso y él se contentó con seguirlo, las manos en los bolsillos, mirando a un lado y a otro para aprender a ubicarse en la zona.

Aminoraron la velocidad al llegar a un pasaje angosto, donde se alineaban establecimientos cuyos numerosos productos atiborraban estantes y mesas e invadían parte de la acera. En un enorme letrero se leía la palabra «recycle», y Kyo sintió algo de sorpresa al ver que se encontraban en una tienda de artículos de segunda mano.

—Lo sospechaba —murmuró, ganándose una mirada interrogadora de parte de Iori—. Te quedaste sin dinero por gastar una millonada en el auto —señaló, burlón, y agregó—: Si necesitas dinero puedo prestarte.

—Porque de seguro tu familia no estará espiando los gastos que hagas con tu tarjeta —ironizó Iori, negando un momento y luego desapareciendo en el interior de la tienda. Kyo rió para sí, dándole la razón, y esperó en el exterior porque el establecimiento estaba abarrotado y era demasiado estrecho para que él entrara sólo a mirar y estorbar.

Al cabo de unos minutos, Iori salió, seguido por un dependiente entrado en años que llevaba una vieja guitarra electroacústica en sus manos y la limpiaba con esmero. Un ayudante más joven salió tras ellos llevando una gastada funda negra, algunos cables polvorientos, y una desteñida caja que contenía cuerdas de reemplazo.

Iori pagó en efectivo.

—Una guitarra nueva no es tan costosa —comentó Kyo.

—No vale la pena —replicó Iori, recibiendo la guitarra en su funda y echándosela al hombro.

Kyo suspiró, sin terminar de entenderlo. ¿Era que no había tiendas de instrumentos musicales en esa ciudad o en verdad Iori se había quedado sin fondos?

A guisa de paseo para explorar el área, tomaron otra ruta para volver al departamento. Pasaron delante de edificios y parques, discretos bares, algunos restaurants. Iori parecía satisfecho con su compra. Kyo se encontró preguntándose qué podría comprar él para encontrarse más a gusto en el departamento, y no halló una respuesta. La única posesión que echaba en falta era su moto. Después de todo, él no solía pasarse días enteros sin salir de casa. Si se aburría, ir a dar un largo paseo conduciendo a alta velocidad era su primera opción. Sopesó la posibilidad de secuestrar el auto de Iori e ir a explorar los alrededores. No estuvo seguro de cuál sería la respuesta del pelirrojo si lo invitaba a ir con él.

Sin embargo, al regresar al departamento, no sintió ningún tipo de necesidad imperiosa por buscar entretenerse en otro lugar. Iori se instaló en la sala dedicándose a la guitarra, y Kyo fue consciente, por primera vez, del reducido espacio que compartían. A diferencia del departamento de Iori en South Town, aquí no había un lugar donde no estuvieran uno en presencia del otro. La habitación habría ofrecido algo de privacidad, pero no había nada que hacer ahí, y, además, no era como si necesitara hacer nada a solas.

Al final, Kyo fue a sentarse junto a Iori en el sofá, observando cómo, con dedos diestros y experimentados, Iori retiraba las gastadas cuerdas de la guitarra y las reemplazaba por las nuevas. Los hilos metálicos estaban en buen estado, a pesar de que su envoltura había perdido el color debido al paso de los años.

Las clavijas hicieron un sonido agónico al ser ajustadas, pero, en unos pocos minutos, las cuerdas estaban debidamente tensadas y, tras un primer rasgueo disonante a modo de prueba, a Iori sólo le tomó unos segundos afinar el instrumento. Pronto una fácil melodía llenó el aire. Kyo se encontró relajándose en el sillón.

Hubo una pausa en la música cuando Iori fue por cigarrillos y Kyo no necesitó que se lo pidiera para encenderle uno con su fuego. Mientras Iori miraba el brillo en sus ojos, Kyo le dedicó una sonrisa un tanto presumida, ufanándose por haber descubierto aquel «punto débil» en Iori. La expresión del pelirrojo fue de fastidio al apartar la mirada, pero no demasiado. Kyo creyó percibir algo de pesar en sus ojos rojos, mas no estuvo seguro, porque Iori volvió su atención a la guitarra y el cabello le cubrió parte del rostro.

El sonido de una campanilla le informó que había recibido un mensaje, y Kyo sacó su celular. Sonrió al ver que K' le había mandado un «ESTaS CON EL VERDAD?» en mayúsculas ofendidas. No respondió. Al apartar el teléfono, Iori lo observaba.

—Gracias por no atacar a Kei, por cierto —dijo Kyo, moviendo el aparato en el aire para indicar que se trataba de un mensaje de su primo—. Me contó que se encontraron hace unos días, en South Town.

Hubo un resoplido desdeñoso de parte de Iori, quien descartó las palabras de Kyo con un vago gesto, porque en verdad no había necesidad de que Kyo agradeciera por eso.

—Y por no atacarlo en el hospital —acotó Kyo, una sonrisa burlona formándose en sus labios—. Y por no llamar la atención de mi madre ni de Yuki. Eso estuvo demasiado cerca.

—Parece que no me consideraras capaz de mostrar un comportamiento civilizado alrededor de tus parientes —gruñó Iori, aspirando el cigarrillo profundamente.

Kyo se encogió de hombros, un gesto bastante despreocupado, porque se sentía a gusto y no creía que Iori fuera a molestarse con él por hablar del tema.

—No sabía qué esperar, la verdad. No se suponía que debías cruzarte con ninguno de mis familiares. Le debo una a Kei, por haber manejado bien la situación. —Kyo rió, negando brevemente, porque aquel encuentro fortuito había tenido mucho potencial para acabar mal—. Mi madre se veía bastante dispuesta a aceptar la explicación de Kei sin cuestionarlo. Y creo que causaste una buena impresión en Yuki —acabó.

Kyo notó que los ojos de Iori se endurecían ante su broma.

—¿Qué? —preguntó el castaño, ladeando un poco su rostro.

—Si me quedara aquí, esa novia tuya no volvería a verte —dijo Iori con un tono grave y neutro que envió una corriente eléctrica a lo largo de la espalda de Kyo—. Serías sólo mío.

El castaño sintió que su garganta se secaba ante las implicancias de aquella frase. Sus pensamientos se ofuscaron. Probó hablar, pero su voz le falló en el primer intento.

—Quédate —consiguió decir, su voz baja y ronca.

Iori rió con un sonido áspero.

—Sigues sin saber lo que pides, Kusanagi —murmuró.

—Sólo quédate.

La intensidad de los ojos castaños de Kyo hizo que Iori sintiera ganas de al menos evaluar permanecer un tiempo más largo en Japón, pero su sentido común pudo más, y negó con firmeza.

—No viviré escondiéndome de tu familia. ¿Qué crees que pasará cuando se enteren de que les mentiste?

Kyo consiguió controlar la respuesta impulsiva que casi escapó de sus labios, y que tenía que ver con preocuparse por eso cuando llegara el momento, no antes. Sin embargo, no por eso dejó de buscar algo que decir, algo que Yagami no pudiera refutar.

Iori sonrió ante la creciente frustración que vio en el rostro del castaño. Le puso un dedo sobre los labios para que no hablara.

—No pensemos en eso —dijo—. Aún hay tiempo, ¿por qué no lo aprovechas?

—Eso hago —gruñó Kyo, apartándose de mala gana y yendo hacia la ventana de la sala para mirar el exterior.

Iori pronto vio que Kyo no parecía saber qué hacer consigo mismo en el estrecho ambiente que compartían. No lo había notado antes, porque el único periodo que pasaron juntos fue en su amplio departamento y Kyo había estado la mayor parte del tiempo lastimado e imposibilitado de moverse demasiado. Sin embargo, ahora que Kyo se encontraba bien, verlo pasear por el lugar era como mirar a un animal atrapado que no terminaba de decidir si el cautiverio le agradaba. Mientras él pulsaba las cuerdas de la guitarra lentamente, sin que ninguna melodía concreta tomara forma, Kyo fue de la sala a la cocina, abrió el refrigerador dos veces, no se decidió por ninguna bebida, se sentó a su lado en el sofá, miró su celular, lo guardó con un suspiro, fue a la cocina otra vez, comprobó que los contenidos del refrigerador siguieran siendo los mismos, y acabó yendo a la habitación, donde se entretuvo algunos minutos cambiando las sábanas de la cama, a falta de algo mejor que hacer.

—Podrías encargarte de preparar la comida —sugirió Iori cuando Kyo salió de la habitación y comenzó a rondar la sala de nuevo.

—El ramen instantáneo me sale bastante bien, pero no pidas más —dijo Kyo con una risa—. Lo más seguro sería comprar comida preparada. No te preocupes, yo invito, en vista de que estás en bancarrota.

Kyo se veía animado al tener una excusa para salir del departamento.

—Y no te preocupes, no usaré la tarjeta de crédito. Tengo algo de dinero —continuó el castaño, dirigiéndose a la puerta.

—Las llaves están en la mesilla —indicó Iori, y Kyo asintió, yendo por ellas.

Cuando estuvo en la calle, Kyo suspiró con fuerza, echando a andar sin apuro mientras miraba los locales de comida cercanos, sin que le apeteciera el menú de ninguno. Iori había pretendido que cocinara, y eso habría tomado como mínimo un par de horas. Tenía tiempo para pasear y buscar un lugar donde conseguir alimento.

Siguió caminando sin rumbo, desconcertado consigo mismo. Después de pasar tantos días deseando estar al lado de Yagami, era extraño que estuviera poniendo distancia entre ellos por voluntad propia; extraño no poder conformarse con estar sentado a su lado por largas horas, oyéndolo tocar la guitarra.

Tal vez era como había temido. Una vez acabado el conflicto que los había unido, no quedaba ninguna razón para que estuvieran tan cerca.

Mientras dejaba atrás el edificio de departamentos, Kyo negó para sí. No era que no quisiera estar con Iori. Simplemente no tenía urgencia por volver porque sabía que Iori esperaba por él. El pelirrojo no se iría, al menos por un tiempo. Eso lo llenaba de una calma agradable. El simple hecho de que Iori estuviera ahí era suficiente. No necesitaba la proximidad física con desesperación.

Al menos, no por el momento. Llegada la noche, era probable que eso cambiara.

Un familiar cosquilleo se hizo sentir cuando recordó lo que habían hecho durante la tarde y parte de la noche. Había tenido días enteros para admitirse a sí mismo que deseaba a Yagami. Su reticencia de la primera vez se había esfumado. Sabía lo que quería, y que Iori perteneciera a un clan enemigo ya no importaba en lo más mínimo.

Su cuerpo aún estaba un poco resentido, podía sentirlo con cada paso que daba, pero aquella leve incomodidad, al igual que la marca que Iori había dejado en su muñeca, era bienvenida.

Rió para sí, porque aquello no tenía sentido, pero lo hacía sentirse bien, lleno de renovadas energías.

Aceleró el ritmo de sus pasos y enfiló por calles que aún no conocía. Reparó en la colina cubierta de vegetación que se alzaba en el lado este de la ciudad, detrás de los edificios. Había un mirador en lo alto. Sintió ganas de ir. Debía sugerirle a Yagami que fueran a investigar la colina cuando tuvieran un rato libre.

Al pasar junto a un parque, se detuvo un momento para observar a un grupo de muchachos intentando salvar un improvisado circuito de obstáculos. Sin demasiada técnica, saltaban de una banca vacía al muro bajo que bordeaba el sendero. Corrían un poco y volvían a saltar, sin conseguir aterrizar con gracia en el siguiente segmento del muro, situado un par de metros más allá. Cuando uno de los muchachos rodó por el suelo de forma aparatosa, Kyo sintió ganas de decirles que su centro de gravedad estaba mal distribuido y de mostrarles lo que debían hacer.

Mas no se acercó. Los observó por unos minutos. La energía e ímpetu de los jóvenes era contagiosa. Kyo se encontró anhelando algo de actividad física. Si hubiese estado en casa, le habría pedido a alguno de los empleados de su padre que entrenara con él.

Kyo volvió a andar, pasando una mano distraídamente sobre su herida. ¿Cuándo había sido la última vez que había peleado por diversión?

Pensó en Yagami. Se preguntó si el pelirrojo querría probar...

Un cosquilleo en sus dedos lo hizo sonreír. Era su fuego que quería manifestarse ante la idea de enfrentar a Iori. Recordó las pocas veces que había visto a Iori pelear, cuando no estaba bajo la influencia de Orochi. Su postura particular le permitía pasar de un golpe a un desgarro sin una demora de por medio. Medirse contra Iori de seguro sería entretenido. ¿Cómo reaccionaría el pelirrojo si lo desafiaba? ¿Sería una buena idea intentarlo?

Como la calle estaba vacía, Kyo dejó que el fuego anaranjado se encendiera en sus dedos. Si desafiaba a Iori, tendría que atacarlo con fuego para no acabar ofendiéndolo. ¿Estaba dispuesto a hacer eso, por un momento de diversión?

Lo pensó un momento y se dijo, ¿por qué no?

Se pasó los siguientes minutos consultando mapas de Minoruyama en su celular, buscando algún espacio despejado, lejos de la gente, donde pudiera pelear haciendo uso de su fuego sin llamar la atención de nadie. Acabó concluyendo que el único sitio no urbanizado en el área era la colina cercana. Con un poco de suerte, no habría muchas personas el día que decidieran subir al mirador.

—Hey.

Kyo volvió a la realidad al oír una voz de mujer. Una muchacha extranjera de largo cabello castaño y brillantes ojos verdes le entregaba un volante con información sobre el bar que estaba a su espalda. El papel anunciaba un gran ambiente y música en vivo todas las noches. Decidió conservarlo por si Yagami quería ir a ver a alguna de las bandas que se presentarían.

La chica le hizo un guiño al notar su interés.

—Te veré esta noche, ¿sí? —dijo con agradable desparpajo y un japonés con un fuerte acento que sonaba más europeo que norteamericano.

Se alejó de la joven sin prometer nada. La idea de salir a tomar a un bar con Yagami, como si fueran amigos, lo hizo sentir una ligereza en el fondo del estómago completamente distinta a la impaciencia que sentía por pelear contra él, aunque no por eso menos placentera.


—¿Te interesa? —preguntó Kyo un par de horas después, entregándole el volante del bar a Iori, quien dejó de pulsar las cuerdas de la guitarra para recibirlo. Sin esperar respuesta, Kyo se dirigió a la mesa del comedor y distribuyó palillos, sacó cervezas de la nevera, y desenvolvió el par de obentos que había comprado. No había podido decidir qué le apetecía comer, y había acabado eligiendo aquellas bandejas de aspecto casero, que traían pequeñas porciones de varios platos distintos. La presentación no era vistosa en absoluto, pero confiaba en que Iori no se quejaría.

Se sentó en una de las sillas, abriendo una de las cervezas y bebiendo un largo sorbo, mientras Iori dejaba la guitarra a un lado y se acercaba, leyendo el volante con cierta curiosidad. Lo dejó sobre la mesa junto a Kyo antes de sentarse. Le dedicó una mirada inquisidora al joven.

—No te hacía escuchando este tipo de música —comentó Iori, haciendo un gesto hacia el papel.

—Estoy lleno de sorpresas —sonrió Kyo a modo de evasiva para ocultar su ignorancia respecto al tema. Ninguna parte del texto especificaba de qué estilo eran las bandas, ¿quizá Iori había oído hablar de ellas?—. De seguro pasaremos un buen rato —aseguró con un leve encogimiento de hombros, atacando su bandeja de comida—. Lo importante es que te guste a ti.

Iori no dijo nada a eso, pero su expresión fue interrogante. Kyo sonrió socarrón.

—Si la escena musical en el área es prometedora, quizá algún día hagas una gira con tu banda por aquí. Me hubiera gustado verlos tocar.

Iori empezó a comer en silencio. El paseo no había sido suficiente para distraer al castaño. Kyo seguía pensando en los días en que ya no estarían juntos, hablándole de volver, a pesar de que aún no se había ido. Su tono era ligero y sonreía, hablando medio en broma, pero el tema no parecía dejar su mente. ¿Era una fijación inconsciente? No era como si no fueran a verse otra vez. Bastaba con subir a un avión, y uno estaría en presencia del otro al cabo de algunas horas. ¿Por qué Kyo no veía que con su partida le estaba facilitando las cosas? El conflicto con su familia se acabaría, Kyo tendría suficiente espacio para continuar su vida, asumir su papel dentro del clan.

—Hablaremos de eso después —dijo Iori, provocando que Kyo asintiera y esbozara una sonrisa como si el tema no tuviera importancia.

Ambos parecieron perder un poco el apetito después de eso. Las bandejas y la comida sobrante no tardaron en terminar en la basura. Iori volvió al sillón y Kyo fue tras él, apropiándose de su laptop sin ver la necesidad de pedir permiso primero. Iori se lo permitió porque no planeaba usarla. Había comenzado a componer una canción, pero ésta era fácil de memorizar, y no necesitaría la computadora hasta que estuviera conforme con la línea melódica y decidiera grabarla.

Kyo se sentó cerca de él, sin intentar ocultarle las imágenes que aparecían en la pantalla. El castaño pasó varios minutos leyendo artículos sobre la muerte de sus primos en Tokio, en particular aquéllos que hacían referencia a la investigación en curso y las pistas en manos de las autoridades. Su concentración fue intensa, pero breve. Iori pronto vio que los sitios de noticias eran reemplazados por páginas especializadas en motocicletas y, por la cantidad de pestañas que pronto saturaron la barra del navegador, le quedó claro que Kawasaki era la marca preferida de Kyo. Aunque no se encontraba entre sus predilectas, le pareció que aquella elección iba con la forma de ser del joven.

—¿Seguro de que tienes suficiente efectivo? —preguntó burlón cuando Kyo empezó a ver los distintos colores en que vendían un modelo en particular.

—No pienso comprarla. No todos podemos derrochar el dinero como tú, Yagami —gruñó Kyo, girando un poco la laptop para que Iori dejara de mirar lo que hacía, aunque ambos sabían que aquel gesto era inútil porque se encontraban sentados demasiado cerca.

—¿No tenías una moto en South Town?

Kyo cerró los ojos, frustrado de sólo recordar esa pobre moto y cómo había acabado.

—Fue un gasto necesario para facilitar las cosas. Una inversión —aseguró.

Su tono hizo que Iori escrutara su rostro, recordando haberse burlado de que Kyo se hubiese caído de esa moto, que él nunca había llegado a ver.

—Déjame adivinar. No te «caíste» de ella, la estrellaste —concluyó de pronto, una afirmación absoluta que hizo que Kyo suspirara con agobio.

—Fue Ash —gruñó el castaño, ofendido—. Es un poco complicado aparcar debidamente una moto en llamas, te lo aseguro.

A eso siguió una breve pausa. No habían hablado en detalle sobre lo que había sucedido con Ash Crimson. Iori había dicho que ya no sería un problema y Kyo había aceptado aquella información sin cuestionarla.

—¿Exactamente qué hiciste con él? —preguntó Kyo, curioso ahora, volviéndose hacia Iori.

—Mostrarle cómo se usa el fuego púrpura —respondió el pelirrojo, su entonación sarcástica y condescendiente provocando una sonrisa satisfecha en Kyo.

—¿Lo suficiente para que no regrese?

—A menos que sepa regenerarse de las cenizas sin ayuda de su dios.

—¿Y sus compañeros?

—Vivos —admitió Iori—. Pero sin un pago de por medio, no tienen interés en ti.

Kyo se pasó una mano distraídamente por la pierna, donde el ataque de Oswald había dejado una cicatriz permanente.

—Debería buscarlos sólo para darles una lección —murmuró Kyo, alzando esa misma mano, dejando que una breve lengua de fuego se encendiera y luego extinguiéndola cerrando su puño—. Así lo pensarán dos veces antes de aliarse con un estúpido dios.

Iori no hizo comentario alguno. Su silencio hizo que Kyo reparara en lo que acababa de decir.

—Tú también te mereces un golpe por haber buscado a Orochi —murmuró.

—¿Sólo uno? —fue la tranquila respuesta de Iori, sonando casi decepcionado.

—Varios —tuvo que corregir Kyo—. Es más, te diría que si vuelves a intentar algo parecido tendré que matarte, pero creo que no sonaría muy convincente, bajo estas circunstancias.

Iori sonrió ante la tonta broma del castaño, un eco de lo que él había pensado mientras miraba a Kyo dormir en el templo.

—¿Cómo harías eso? —preguntó, su voz baja.

Kyo frunció el ceño, procurando ignorar la manera en que la piel se le erizaba cuando Iori hablaba así, tan interesado, invitante.

—Era una broma. No me interesa matarte.

—Responde, Kyo.

El castaño vio que Iori dejaba la guitarra a un lado. El portátil que tenía en el regazo también fue apartado y dejado en el suelo. Su corazón se aceleró un poco cuando Iori se le acercó hasta que sus rostros quedaron a tan sólo unos centímetros. El pelirrojo estaba disfrutando de aquella conversación.

—Si el ritual de Kagura fallaba, si no podían atrapar a Orochi... ¿qué pensabas hacer conmigo?

—No planeaba hacer nada porque no íbamos a fracasar —aseguró Kyo.

Iori rió, bajo, y buscó las manos de Kyo. Las tomó en las suyas, para extrañeza del joven, y luego se las llevó al cuello. Los dedos de Kyo rodearon su garganta sin necesidad de guiarlos. Iori vio la confusión en los ojos castaños de Kyo, y volvió a reír porque, a pesar de eso, el Kusanagi no hizo ningún esfuerzo por apartar sus manos.

Iori mantuvo sus dedos sobre los de Kyo, bastó con empujar brevemente para sentir una familiar presión.

—¿Qué pensabas en ese momento, cuando estabas ahogándome? —preguntó Iori, manteniendo la cercanía y sus manos sobre las de Kyo—. ¿Qué sentiste? —quiso saber, su voz volviéndose más baja—. ¿Lo disfrutaste? —remedó, la confusión de Kyo tornándose en una leve molestia ante su burla, que se reflejó en una mayor presión alrededor de su cuello que duró apenas unos segundos, antes de que los dedos del castaño se aflojaran del todo y se apartaran.

—No soy un maldito enfermo como tú —dijo Kyo con un gruñido, por un momento sin saber qué hacer con sus manos. Sus dedos se sentían tibios tras el contacto con la piel de Iori. Aún percibía su pulso y su respiración contra ellos. Miró a Iori a los ojos y cerró sus manos con fuerza al ver que Iori aún esperaba por una respuesta. Negó para sí, molesto, pero también perturbado, porque su corazón estaba acelerado y sabía que se debía a la cercanía de Iori y toda esa conversación—. Si tuviera que matarte, sería con fuego —respondió por fin, a regañadientes, atento a los sutiles cambios en la expresión del pelirrojo que le decían que a Iori le agradaba lo que oía—. Usaría el fuego escarlata, que parece gustarte tanto. No puede ser de ninguna otra manera.

A pesar de que, en parte, sus palabras habían buscado burlarse del pelirrojo, la reacción de Iori fue un silencio complacido, y en ese momento Kyo supo con claridad que en un futuro no muy lejano, sus flamas escarlata se enfrentarían a las púrpura de Yagami. Por fin el fuego rojo que sólo usaba cuando su vida peligraba, o cuando quería poner un fin abrupto a una pelea aburrida, encontraría un oponente digno.

Sintió un cosquilleo en su pecho, una ligereza contradictoria. Tal vez, sin notarlo, él le había encontrado el gusto al fuego violáceo, tal como a Iori le gustaba el tinte rojo de sus llamas y el brillo dorado de sus ojos.

La decisión de Iori estaba tomada, y Kyo protestaría hasta el final, pero no iba a oponerse. ¿Cómo hacerlo, si él también lo deseaba? Aceptaría esos días de calma que Iori le ofrecía. Los disfrutaría al máximo. Y cuando Iori volviera a estar en posesión de su poder... pues disfrutaría eso también. Al final, obtendría lo que había deseado durante años. A su rival, a Iori, en su vida.

—Idiota... —murmuró Kyo, logrando que Iori ladeara levemente su rostro sin entender a qué venía ese suave insulto. Kyo no dijo más, inclinándose para rodear a Iori en un abrazo.

A la sorpresa y la rigidez inicial de Iori siguió una lenta entrega. Kyo sintió cómo Iori se dejaba hacer y lo estrechó con más fuerza, demasiada fuerza, como si quisiera fundir su cuerpo con el de Iori en aquella inesperada muestra de afecto. Una mano de Iori se apoyó en su cintura, atrayéndolo hacia sí, y Kyo sintió, más que oyó, una risa baja en el pecho del pelirrojo.

—Tranquilo, Kusanagi. Tú te lo buscaste. Ya no podrás librarte de mí.

Kyo rió también. Le gustaba escuchar esa amenaza. Por alguna razón, lo hacía feliz.


Al anochecer, Kyo se encontró mirando el volante del bar con el ceño fruncido mientras esperaba a que Iori acabara de arreglarse. (Y no entendía por qué el pelirrojo tardaba tanto, cuando todo lo que él había necesitado para estar listo fueron los dos segundos que le tomó encontrar su chaqueta). El nombre de los grupos no le decía nada sobre el estilo que tocaban. Pensó en hacer una rápida investigación en su teléfono, pero acabó descartando la idea. La actitud de Iori le decía que el pelirrojo pensaba que él no sabría disfrutar de esa música. ¿Quizá se trataba de algo muy sofisticado? Pero, ¿qué tan sofisticado podía ser una presentación en una ciudad secundaria como Minoruyama? Tal vez Iori sólo se había estado burlando de él. Como fuera, tras unas cervezas, sabía que la noche podría ser bastante entretenida, independientemente de la música.

Su celular pidió atención. Era un mensaje de su madre preguntándole si todo estaba bien. Respondió rápidamente que tenía una idea del paradero de Yagami, sintiéndose aliviado de no tener que mentir. Incluso, para que Shizuka estuviera tranquila, agregó que saldar ese asunto le tomaría menos de lo pensado.

Revisó el resto de mensajes y se tomó unos segundos para responderle a Yuki también.

Al poco rato recibió respuesta de ambas, pidiéndole que tuviera cuidado. Ninguna exigió pormenores. No preguntaron en dónde se encontraba. Estaba cumpliendo su deber como Kusanagi, al fin y al cabo. Saberlo les satisfacía. Iori tenía razón. Hacer (o decir que hacía) lo que esperaban de él, le evitaba muchos conflictos.

El pelirrojo apareció en la sala cuando él guardaba el celular.

—Por fi... —suspiró Kyo exasperado ante la demora, pero sus palabras se interrumpieron al ver que quien había salido de la habitación era Iori, el músico, vestido para la ocasión, como si quien se presentara a tocar esa noche fuera él. Kyo intentó no quedarse mirando fijamente la cintura baja de sus pantalones, ni la piel que quedaba provocativamente expuesta. Iori vestía completamente de negro otra vez, y el color oscuro lo hacía verse más esbelto, más alto. Trató de no pensar en que la mirada de Iori se veía más intensa de lo normal, o que su cabello parecía más rojo, y sus labios más invitantes mientras una sonrisa burlona se formaba en ellos porque él se había quedado sin poder reaccionar—. Vaya que te tardaste —gruñó Kyo tras unos desesperados segundos de saber que debía decir algo.

Aún había una sombra de sonrisa cuando Iori se dirigió a la puerta. Kyo lo siguió y gruñó para sus adentros cuando Iori le lanzó una mirada furtiva para comprobar que aún no conseguía sacarle los ojos de encima.

—Voy a borrar esa expresión complacida de tu rostro con un golpe —aseguró Kyo, pero todo lo que consiguió fue que el pelirrojo se viera aún más satisfecho consigo mismo, si cabía, confirmándole que se había vestido así para él, para obtener esa reacción de él.

Kyo procuró tranquilizarse. No era como si no supiera que Yagami era atractivo. Lo había sabido desde la primera noche que lo vio. Sin embargo, no podía evitar sentirse un poco incómodo ante la noción de Iori siendo consciente de eso. Se preguntó si ésa era la manera en que Iori, en su faceta de músico, seducía a las personas que le interesaban. ¿Les lanzaba ese tipo de miradas? ¿Ante cuántas personas se había presentado así, antes que él?

En el estrecho espacio del ascensor, Kyo recurrió al viejo truco de entretenerse con su celular para no tener que mirar a Iori. Estaba un poco resentido, porque era evidente que el atuendo del pelirrojo le había gustado, y no podía disimularlo, y no pensaba darle la satisfacción a Iori de tenerlo a su merced con tal facilidad.

Al llegar al primer piso, cuando las puertas del elevador se abrieron, Kyo se encontró con tres muchachas que esperaban para poder subir. La conversación amena que mantenían las chicas se acalló de golpe cuando los vieron, y éstas se apartaron un poco para dejarlos pasar. Kyo correspondió a la ligera inclinación que hizo una de ellas a modo de saludo, y oyó las risitas de las otras dos, que no dejaban de mirarlo. No estuvo seguro de qué vio en sus rostros, ¿curiosidad porque era un nuevo inquilino en ese edificio?, pero no tuvo mucho tiempo para ponerse a analizarlas, porque en eso sintió la mano de Iori posándose en la parte baja de su espalda y empujando con suavidad para guiarlo fuera del ascensor.

—Eh, no empujes —protestó, aunque dejándose llevar, notando que Iori no lo estaba mirando a él sino al grupo de muchachas, cuyas risas se habían apagado y ahora se apresuraban a entrar al ascensor que ellos acababan de desocupar. Le pareció oír que golpeaban un botón para instar a las puertas a cerrarse con prontitud.

La mano de Iori continuó en su espalda, sin guiarlo, sólo apoyada ahí, hasta que llegaron a la calle. El pelirrojo no hizo comentario alguno sobre lo que acababa de pasar. Kyo no necesitó que dijera nada. La situación le era familiar, después de todo. No le quedó más que sonreír para sí.


—Viniste —sonrió la joven del bar que le había entregado el volante, reconociéndolo—. Y trajiste a un amigo. Me alegro —agregó al ver a Iori. Kyo respondió con una sonrisa que no invitaba a la conversación, sospechando que esa joven podía llegar a ser bastante efusiva incluso sin conocerlo. Iori había tenido una reacción un tanto territorial con las muchachas del ascensor. Kyo no quería saber cómo reaccionaría ante un abierto flirteo de parte de una europea atractiva.

La joven siguió sonriendo a pesar de su frío trato. Les señaló la estrecha puerta que llevaba al interior del bar, donde había un joven apostado cobrando entradas y verificando documentos de mayoría de edad. Kyo pagó el monto que le indicaron con el poco efectivo que le quedaba y entregó su identificación. Iori produjo un carnet bastante colorido con una bandera de Estados Unidos en miniatura ondeando en una esquina que atrajo la atención de la joven extranjera, quien observó a Iori un largo momento, intrigada. Kyo se apresuró a entrar al bar antes de que ella entablara conversación con Yagami.

Tampoco quería saber cómo reaccionaría él ante una europea atractiva hablándole al pelirrojo.

El interior del lugar estaba helado debido al fuerte aire acondicionado y la escasa concurrencia de público. Aún era temprano, y el amplio bar se encontraba más vacío que lleno. Grupos pequeños conversaban en el área frente al escenario, en la penumbra azulada de las luces bajas. El local no se había esmerado demasiado en la decoración; el suelo era de cemento pulido, su desgaste casi invisible en la poca luz. Las paredes estaban cubiertas desde el suelo hasta el techo de autoadhesivos con logos de bandas y algunos afiches anunciado festivales y conciertos. No había un lugar propiamente dicho para sentarse a conversar y esperar que el espectáculo diera inicio, sólo una barra a un lado, y mesas altas, sin sillas ni taburetes, repartidas sin orden aparente a lo largo de las paredes, donde no estorbaban demasiado.

Sin embargo, a pesar del descuidado aspecto general del bar, el escenario no dejaba nada que desear. La tarima tenía la altura suficiente para que todos pudieran apreciar a las bandas, sin importar en qué parte del local se encontraran. En ese momento, los instrumentos instalados en sus soportes cambiaban de color cada dos segundos, iluminados por reflectores rojos, azules, amarillos. Los amplificadores y parlantes tenían aspecto de recién comprados, y la rítmica música de fondo que brotaba de ellos tenía una agradable, precisa definición en su sonido. Los gruesos cables que cubrían el suelo parecían casi nuevos.

Sin duda, el dinero que no invertían en la decoración se utilizaba para mantener los equipos en buen estado.

Kyo iba a hacer un comentario al respecto, pero Iori estaba examinando uno de los afiches en las paredes con atención. El castaño sonrió para sí, felicitándose por la buena idea que había sido ir a ese lugar.

—Iré por cervezas —anunció, y se alejó del pelirrojo en dirección a la barra, buscando en sus bolsillos un poco de cambio suelto, viendo que pronto se quedaría sin dinero.

Él no era el único que había decidido comprar alcohol justo en ese momento, por lo que tuvo que esperar pacientemente en la fila de la barra para ser atendido. Durante ese tiempo, más gente fue llegando al bar. El rumor de conversaciones comenzó a mezclarse con la música de fondo. Kyo buscó a Iori con la mirada, y lo vio con la espalda apoyada contra la pared, sus brazos cruzados, observando el escenario perdido en sus pensamientos.

El castaño se sobresaltó ligeramente al sentir una mano tocándole el hombro. Se trataba de la joven extranjera.

—Si tienes el volante que te entregué en la mañana, tienes derecho a una cerveza gratis —indicó la joven. Por reflejo, Kyo palpó los bolsillos de su pantalón y de su chaqueta, y luego recordó que había dejado el volante en la mesa de la cocina.

—Juraría que estaba por aquí —dijo, volviendo a revisar, viéndose descorazonado cuando la búsqueda resultó infructuosa.

—Ten, para que vuelvas en otra ocasión —dijo la joven, mirándolo divertida, produciendo un par de volantes doblados en cuatro del bolsillo de la minifalda negra que vestía—. Uno para ti y uno para tu amigo. Dile que Dea invita.

Kyo recibió los volantes y agradeció con un leve asentimiento y una sonrisa. No dijo nada, pese a que sabía que ella había llevado la conversación de esa manera en particular para que él le diera su nombre sin tener que pedírselo directamente. Intercambiar nombres llevaría a preguntas, las preguntas implicaban seguir el libreto habitual de los encuentros en bares, y eso no era algo que interesara a Kyo esa noche.

Ella lo miró un momento más y tuvo que conformarse con su sonrisa.

—Disfruta el concierto, gracias por venir —dijo la joven antes de alejarse sin verse afectada, su dignidad intacta.

A pesar de que las cervezas importadas provenientes de los grifos del bar eran las más populares entre las personas que estaban antes que él en la fila, Kyo canjeó los volantes por dos cervezas japonesas, porque Iori se encontraba en Japón y, pese a su preferencia por las cosas extranjeras, era su deber consumir productos nacionales.

Con las botellas en mano, dio media vuelta para volver donde el pelirrojo, y se sorprendió, o, más bien, no se sorprendió, al verlo hablando con Dea. Dio unos pasos hacia ellos, pero sin prisa, observando la interacción de Iori con la joven.

El pelirrojo ya no estaba con los brazos cruzados, ni apoyado en la pared. Parecía relajado, escuchaba algo que Dea estaba diciendo, y lo que se alcanzaba a ver de su expresión bajo los mechones de cabello bien podía ser leve interés o fingida atención. Como fuera, estaba escuchando lo que la joven decía, reconociendo su presencia, dándole pie a seguir hablando.

Kyo se mantuvo a cierta distancia, medio oculto entre un grupo de hombres que conversaban ruidosamente sobre deportes. No podía oír una palabra de lo que la joven decía, pero sus gestos y su lenguaje corporal eran claros. Cuando hizo una pregunta, Iori respondió, para extrañeza de Kyo.

Pero, ¿por qué debía extrañarle? Que no hubiera visto a Iori interactuando con desconocidos no significaba que Iori fuera un antisocial que se resistía a cualquier tipo de interacción con otros humanos.

Kyo notó que las respuestas de Iori mantenían cierto distanciamiento, y que el pelirrojo no hacía gestos para corresponder las cada vez más animadas gesticulaciones de la joven, que estaba emocionada por algo. Hubo un sutil cambio en las maneras de ambos que le indicó a Kyo que habían comenzado a hablar en inglés. No podía explicar cómo era que lo sabía, siendo incapaz de oírlos a esa distancia, pero algo, algo familiar e intrínseco del idioma japonés, estaba ausente en Iori ahora.

Kyo tomó un sorbo de su cerveza, espiando la escena, reparando por primera vez en lo corta que era la falda que llevaba la joven, y lo largas que eran sus piernas. Notó también que el espacio que la había separado de Iori al inicio, se había reducido a la mitad con el cambio de idioma.

¿De qué estaría hablándole al pelirrojo? ¿Cuánto tiempo podría resistir Iori escuchando a alguien parlotear sin detenerse? No daba muestras de querer que la joven se fuera. ¿Acaso lo estaba disfrutando?

Kyo frunció el ceño, porque Iori comenzó a hacer preguntas, la joven respondiéndolas con esa misma emoción, sacando su celular, Iori inclinando su rostro para ver algo que ella le mostraba.

Kyo no pasó por alto que la joven aprovechó la cercanía para admirar el rostro del pelirrojo, mientras la atención de éste estaba puesta en la pantalla del dispositivo. No le extrañó que la joven alargara esa conversación. Tenía la atención de Iori puesta en ella. ¿Quién podía resistirse a eso?

Con una sacudida de cabeza, Kyo se obligó a reaccionar. ¿En qué diablos estaba pensando?

Fue hacia ellos, sintiendo curiosidad por ver qué interesaba tanto a Iori que estaba permitiendo que el cuerpo de la joven casi lo rozara, sus rostros muy cerca, ambos inclinados hacia el celular, Iori leyendo algo en la pantalla, la joven mirándolo fijamente y aprovechando la cercanía para alzar una mano y hacer un gesto para apartarle los largos mechones que le caían sobre el rostro.

La joven lanzó una exclamación de sorpresa cuando Kyo le sujetó la muñeca con fuerza antes de que sus dedos pudieran rozar el cabello de Iori. El castaño la dejó ir sin que la presión se volviera dolorosa, pero se interpuso entre ella y el pelirrojo, obligándola a retroceder algunos pasos.

Kyo no necesitó decir nada. Su mensaje estuvo claro. Vio comprensión en los ojos verdes de la chica, quien se mostró contrita al instante.

—Lo siento, no me di cuenta —dijo, consternada, mirando a Kyo y luego sobre su hombro, hacia Iori. Alzó su celular y dijo algo en inglés. Kyo notó que, a su espalda, Iori asentía. Cuando la atención de Dea volvió a él, la joven miró las dos cervezas gratis que Kyo llevaba en una mano y le hizo un guiño—. No me odies —pidió la joven, su voz juguetona ahora, para nada afectada por lo sucedido—. Con ustedes japoneses es tan difícil saber.

La joven suspiró y se alejó. Un segundo después estaba preguntándole a un hombre si sabía que el volante del bar lo hacía merecedor de una cerveza gratis.

Cuando la joven desapareció entre las personas que comenzaban a llenar el espacio frente al escenario, Kyo se volvió hacia Yagami.

—Ten —gruñó, entregándole la cerveza de modo brusco. Iori la recibió en silencio. Kyo se encontró con el pelirrojo mirándolo burlón, complacido, y tuvo la sensación de haber caído en el juego de Iori otra vez, porque eso era como lo que había ocurrido en el departamento, cuando Iori había salido de la habitación, bien vestido y arreglado y viéndose jodidamente bien. Él no había podido ocultar su reacción, así como ahora no había podido evitar molestarse ante la presencia y los avances de esa joven, y la idea de Iori permitiéndoselo. Eso era lo que el maldito pelirrojo había esperado, al parecer. Esa reacción de su parte.

Iori bebió un trago de cerveza como si nada pasara. Kyo sintió ganas inconmensurables de golpearlo.

—¿Lo hiciste a propósito? —preguntó, el fastidio claro en su voz.

Iori bebió un poco más.

—Si hubiera sabido que te molestaría tanto, lo habría hecho antes —comentó con sarcasmo, consiguiendo que Kyo frunciera el ceño, pero luego negó, la burla desapareciendo de sus irises rojos—. Sólo le pedí información sobre este lugar, capacidad, precios.

Kyo se calmó ante la explicación, y en particular por el hecho de que Iori le estaba dando una explicación, cuando bien podría haberle dicho que no se metiera en sus asuntos. Contuvo un suspiro y clavó la mirada en el escenario y la muchedumbre que se había formado delante.

Tal vez su reacción había sido exagerada, pero no le había gustado ver a esa joven tan cerca de Iori.

—Maldición —murmuró, y miró a Iori de soslayo. El pelirrojo lo observaba y aún tenía cierto aire complacido. Kyo estuvo seguro de que Iori estaba disfrutando inmensamente su pequeño arrebato de celos—. Maldito Yagami.


Aquella noche, después de que la música acabara y el rumor de las conversaciones se apagara, después de volver al departamento con pasos lentos y de dejarse caer en la cama en una agradable bruma provocada por el alcohol, a Kyo le pareció sentir algo distinto en el trato del pelirrojo. Algo había cambiado, pero no sabía decir qué. Al comienzo pensó que Iori estaba siendo más gentil con él, pero esa impresión pasó pronto y fue reemplazada por una brusca posesividad irrestricta, como si Iori por fin admitiera que aquello no era sólo lo que ambos querían, sino su derecho.

Kyo sentía como si con cada dolorosa caricia el pelirrojo le estuviera repitiendo «eres mío».

Y él correspondió a cada una, ebrio de cervezas y de la presencia de Iori, su corazón latiendo con tal fuerza que era como si el ritmo de la música del bar aún retumbara en sus oídos.


Las semanas pasaron en medio de días tranquilos y noches intensas.

No hubo una decisión explícita sobre el momento de partir. Simplemente una mañana Kyo despertó y notó que el ambiente en el departamento no era el mismo. Supo que aquellos días de calma habían acabado. Sintió pesar, pero no demasiado. Los habían aprovechado al máximo. Era tiempo de volver a Osaka y enfrentar a su familia.

Iori había sido el que ideó el «plan» para convencer al clan Kusanagi de que él estaba muerto. A Kyo la idea le pareció muy simple, demasiado simple, pero aceptó ponerla en práctica porque no se le ocurría nada mejor.

Fue Iori quien hizo las coordinaciones respectivas con Chizuru por teléfono, mientras Kyo se imaginaba a la niña sonrojada aceptando todo lo que el pelirrojo le pedía hacer. En el final de esa conversación, Iori indicó a la sacerdotisa que iría por la magatama de su familia cuando el problema con los Kusanagi estuviese solucionado. Acordaron encontrarse en el templo Kagura, después de que los Kusanagi lo dieran oficialmente por muerto.

De vuelta en la ciudad, Iori lo dejó en la misma parada de bus donde lo había recogido, días atrás, cerca de la casa de Kyo, ignorando las protestas del castaño de que eso era arriesgarse a que alguien los viera. Nada ocurrió, sin embargo. Kyo observó al vehículo de Iori desaparecer por la carretera. Ni siquiera se despidieron. No era necesario. Se encontrarían en el templo de Chizuru en unos días.

En casa lo encontraron más delgado. Su madre comentó que se veía pálido e intentó buscar alguna herida mortal. Kyo la tranquilizó con palabras suaves, y luego fue en busca de su padre, para que organizara una reunión y anunciara que todos podían calmarse, porque aquello había acabado.

Intentó que a Saisyu le bastara con su testimonio, pero su padre, a pesar del alivio que le causó la noticia, demostró cautela y exigió una prueba concreta; fotografías, el lugar donde Kyo había ocultado los restos del Yagami, lo que fuera.

—Convoca la reunión —dijo Kyo, cansado ante el empeño de Saisyu por ver muerto a Iori, pero manteniendo la calma, sabiendo que si todo salía bien, pronto no tendría que mencionar a Iori ante su familia nunca más.

Tras varias llamadas y reorganizaciones de agendas, Saisyu le anunció que la reunión familiar se llevaría a cabo dentro de tres días.

Kyo se entretuvo esos días atendiendo a amistades que lo acusaban de ingrato, y compensando a Yuki por su ausencia llevándola a cenar un par de veces.

La comunicación con Iori se limitó a ser por teléfono, y se sorprendió un poco cuando Iori le dijo que estaba alojado en el templo Kagura, para vigilar el ritual de purificación que Chizuru realizaba con su reliquia cada día. La fragilidad de la gema era tal, que la niña no quería responsabilizarse por forzar las cosas y romperla por accidente. Iori estaba ahí para decidir cuando fuera suficiente.

Kyo se preguntó qué estaría haciendo Chizuru al tener a Iori tan cerca, y su curiosidad quedó satisfecha una noche en que Sugawa lo llamó desde el templo para informarle que a Chizuru-sama se le había metido en la cabeza que quería un celular, después de ver al pelirrojo entretenido mirando la pantalla del suyo por horas. Sugawa le exigió que hiciera algo para controlar la mala influencia que el Yagami era para la niña, como si Kyo fuera el responsable de la existencia del pelirrojo y sus costumbres modernas que perturbaban la tradicionalidad del templo.

Kyo no hizo nada, evidentemente, y despertó una mañana para encontrar su celular inundado de mensajes de Chizuru con fotos de comida, que él prontamente reenvió a Yagami, porque el pelirrojo tenía la culpa de todo.

La mañana de la reunión amaneció soleada y agradable, y le recordó a Kyo el día que había llegado a casa al volver de South Town. El estacionamiento estaba atiborrado de autos, el aire lleno del sonido de pasos apagados proveniente de los pasillos. Una sirvienta había dejado un traje tradicional muy formal preparado para él, pero Kyo optó por usar sus ropas casuales. Iba a complacer a su familia en lo de matar a Iori, pero aún se resistía al apego hacia las tradiciones.

Shizuka suspiró al verlo vestido así. Saisyu no hizo comentario porque tenían asuntos más urgentes entre manos.

Estaban de pie en el pasillo, mientras la mayoría de Kusanagi se reunían en el salón, esperando. Faltaban unos minutos para la hora en que la sesión daría inicio. Kyo pensaba aguardar hasta el último segundo antes de entrar. No quería pasar más tiempo del necesario con aquellos parientes que pensaban que él era un traidor.

—¿Has traído la prueba? —preguntó Saisyu, notando que Kyo tenía las manos vacías.

—Debe estar por llegar —murmuró Kyo, mirando la hora en su celular. Envió un mensaje de texto y al cabo de unos segundos recibió como respuesta un signo de dos puntos, seguidos de una letra «P».

—¿Pasa algo malo? —preguntó Shizuka al verlo sujetar el teléfono con más fuerza de la necesaria.

Kyo negó, forzando una sonrisa. No necesitó decir más, porque se oyó el sonido de la gravilla del estacionamiento cuando otro vehículo entró.

Poco después, una sirvienta apareció en el pasillo, seguida de un hombre y una niña. La niña vestía un traje ceremonial color blanco y rojo y llevaba una pequeña caja laqueada negra, sujetándola con reverencia entre sus pequeñas manos.

«Llegas tarde», dijo Kyo, pronunciando las palabras sin hacer un sonido, mirando a Chizuru a los ojos. La niña mantuvo su rostro inexpresivo y continuó acercándose. Su guardián la siguió de cerca.

Saisyu y Shizuka se miraron, sin saber bien qué estaba pasando. La sirvienta que hacía de guía se retiró con una inclinación, y Chizuru se quedó de pie delante de los padres de Kyo. Los miró a ambos con seriedad.

—Soy Chizuru, vengo en representación de mi familia, los Kagura, y estoy aquí a solicitud de Kyo-san —explicó, antes de hacer una profunda y muy correcta reverencia, a la que la pareja respondió como era debido. En seguida Chizuru se volvió hacia Kyo. Le sonrió dulcemente—. Kyo-san —saludó, Kyo sintiendo el claro sarcasmo en el honorífico, viendo a Chizuru dedicarle una inclinación a la que tuvo que corresponder de mala gana. Vio un brillo triunfal en los ojos de la niña por haber conseguido que se inclinara ante ella, que desapareció pronto para tornarse en una mirada preocupada y seria—. ¿Comenzamos? —preguntó la niña, Saisyu y Shizuka saliendo de su sorpresa para asentir y entrar en el salón e ir a ocupar sus puestos—. Kyo-san, después de usted —indicó Chizuru, porque el joven castaño no se había movido.

—Me alegra ver que al menos tú te estás divirtiendo —murmuró Kyo.

—No sé de qué me habla —respondió Chizuru educadamente, su entonación formal.

Kyo entró en la sala y ocupó su lugar. Chizuru se arrodilló a su lado, atrayendo las miradas de todos los presentes, y mantuvo la caja sobre su regazo, ambas manos descansando sobre ella con gesto protector. Sugawa tomó su lugar unos metros tras ella, en completo silencio y sin mirar a nadie.

Kyo había imaginado que la reunión no tomaría mucho. Había esperado que sus parientes se conformaran con oírlo decir que había cumplido su deber como heredero del clan, como habían hecho sus padres. No esperó que lo interrogaran y le exigieran los pormenores de lo que había hecho aquellas semanas.

Se vio obligado a mencionar las ciudades alrededor de Minoruyama cuando le pidieron locaciones específicas. Mencionó la colina de esa ciudad, un lote baldío, y un claro en el bosque como lugares donde se había enfrentado a Yagami. Podían verificarlo, indicó. Las quemaduras que su fuego anaranjado había dejado en el terreno y en los troncos de los árboles serían visibles por un largo tiempo.

Aquello era verdad, y las medias verdades brotaban fáciles de sus labios. Su padre asentía de cuando en cuando, satisfecho con lo que oía.

Cuando sus parientes preguntaron por el cuerpo de Iori, Kyo respondió que lo había reducido a cenizas. No había quedado nada.

El murmullo de escepticismo que corrió entre aquellos hombres hizo que Kyo cerrara sus manos con fuerza, pero no se alteró. En parte, esperaba esa reacción. Por eso Chizuru estaba ahí.

—Que no haya un cuerpo es lo mismo que decir que lo dejaste huir, Kyo-kun —estaba diciendo alguien—. Es muy posible, dados tus antecedentes de entablar amistad con el enemigo. Danos una prueba tangible, o procederemos a sancionar a tu familia.

Kyo entrecerró los ojos, fastidiado.

—Soy testigo de que Kyo-san dice la verdad —habló Chizuru en ese momento, haciendo que la atención de los presentes se desviara hacia ella.

—¿Y tú quién eres, niña?

—Chizuru Kagura, del clan Kagura, y guardiana de una de las reliquias sagradas —respondió la niña con tono firme y la arrogancia que Kyo conocía bien.

—¿Acaso estabas presente cuando Kyo-kun se enfrentó a Yagami?

Chizuru negó una vez.

—No, pero vi lo que ocurrió a través de mi espejo —indicó. No necesitó explicar de qué espejo hablaba.

—¿Y qué fue lo que viste?

Chizuru miró alrededor de la sala llena de adultos con expresiones adustas. Evitó mirar hacia Kyo.

—Las manos de Kyo-san en el cuello de Yagami —explicó, sus ojos desenfocándose un poco mientras evocaba la escena—. Haciendo presión.

Otro murmullo escéptico recorrió el lugar.

Kyo mantuvo la mirada fija en un punto del tatami. No habían discutido lo que Chizuru diría ante sus parientes. Las respuestas que la niña daba eran espontáneas y le provocaban cierta incomodidad al narrar tan fríamente un momento que para él había sido casi íntimo.

—¿Yagami murió ahorcado? —preguntó alguien en voz baja y tono burlón.

—No he terminado —acotó Chizuru con severidad, su mirada endureciéndose, acallando los murmullos de golpe—. El fuego fue lo que acabó con él —señaló secamente—. Fuego escarlata —especificó, volviéndose hacia Kyo hasta que el castaño la miró—. No podía ser de ninguna otra manera —pronunció Chizuru con lentitud, haciendo eco de las palabras que Kyo le había dicho a Iori en el pequeño departamento en Minoruyama.

—¿Por qué habríamos de creer una palabra de lo que dices? Eres sólo una niña. Podrías estar diciendo lo que Kyo quiere que digas —preguntó alguien de pronto.

Chizuru se volvió hacia la dirección general de la voz, sus ojos brillantes, ofendidos. Se puso de pie, alzando la caja laqueada con ella. De entre el grupo de Kusanagi, identificó al que había hablado, medio oculto tras los hombres sentados en las primeras filas.

—Orochi está atrapado en mi templo —dijo Chizuru, mirándolo fijamente—. Yo lo atrapé. Muestra el debido respeto, Kusanagi.

La voz helada y severa de la niña cortó el aire del lugar. Hubo un suave rumor de telas cuando algunos de los presentes se movieron incómodos. Chizuru les dio la espalda, como si hubiese decidido que ya no merecía la pena hablar con ellos. Con pasos cortos, se dirigió hacia donde Saisyu estaba arrodillado.

—Kyo-san cumplió su deber y ayudó a sellar a Orochi —explicó la sacerdotisa, mirando los ojos oscuros de Saisyu fijamente—. Y volvió a cumplir su deber al deshacerse del enemigo de su clan. Es vergonzoso que su familia no confíe en su palabra.

—Es una situación complicada —dijo Saisyu.

—No debería serlo —señaló Chizuru, aún con severidad—. La reliquia Yagami está en mi poder.

Ignorando el murmullo que se alzó a su espalda, la niña abrió la caja que llevaba. En el fondo, sobre suaves telas blancas, yacía una piedra verde de aspecto insignificante que hizo que Saisyu se quedara petrificado debido a la sorpresa.

—¿Cómo podría tenerla si Yagami no estuviera muerto? —preguntó Chizuru, su voz repentinamente suave.

—Saisyu, ¿está diciendo la verdad? —preguntó una voz en medio del murmullo.

Saisyu alzó una mano hacia la reliquia. No alcanzó a tocarla porque, ante su cercanía, ésta emitió un amenazante e intenso brillo púrpura. Duró sólo un segundo, pero todos pudieron verlo. Al alzar la mirada, Saisyu vio los rostros de sus parientes. Había incredulidad, pero ya no por escepticismo. Por mucho que no confiaran en la palabra de Kyo, sabían que un Yagami jamás entregaría su reliquia por voluntad propia. Su sed de poder los había llevado al extremo de maldecir a todo su linaje. Tal como decía la sacerdotisa, la única manera en que la magatama podía estar ante ellos era si el Yagami había muerto.

Chizuru se volvió hacia la sala, permitiendo que los otros Kusanagi vieran la gastada gema para que no les quedara ninguna duda. Esperó unos segundos y luego cerró la caja y fue a ocupar su lugar junto a Kyo.

No se miraron, para que ningún gesto involuntario traicionara las palabras de la niña. Kyo observó la caja negra en silencio, mientras sus parientes deliberaban.

La idea de Iori estaba funcionando. Kyo no entendía del todo cómo Yagami había conseguido que Chizuru mintiera por ellos, pero en ese momento no necesitaba una respuesta. Sonrió interiormente, agradecido con la sacerdotisa.

—No celebres tan pronto, Kusanagi —susurró Chizuru en voz muy baja—. Aún no hemos discutido cómo me vas a pagar tan enorme favor.

Kyo no pudo evitar volverse hacia la niña y se encontró con que ella lo miraba con fingida dulzura.

—Te dije que las cosas no se iban a quedar así —señaló Chizuru, cubriéndose los labios con la manga de su traje para que los otros Kusanagi no vieran su sonrisa perversa.

No pudieron continuar porque Saisyu pidió silencio. El testimonio de Chizuru y la evidencia presentada habían sido aceptadas. No sería necesario aplicar ningún tipo de sanción. Lo mejor que todos podían hacer era dejar ese asunto atrás y continuar con sus vidas. Kyo sintió un enorme alivio. La expresión en el rostro de sus padres le dijo que había hecho lo correcto. Sí, había mentido, pero se había visto obligado a eso porque su familia no quería escuchar razones. No estaba bien, quizá, pero no iba a agobiarse por eso.

Chizuru asintió complacida ante el anuncio y tomó la caja negra con cuidado, sujetándola contra su pecho.

—Volveré al templo. Ven lo antes posible —indicó, y Kyo asintió. Le hubiera gustado partir con Chizuru, pero aquello habría resultado un poco sospechoso. Tendría que ir por su cuenta, apenas se deshiciera de sus parientes y lo que éstos tuvieran que decirle.


Kyo no consiguió escabullirse hasta que anocheció. A su madre no se le ocurrió nada mejor que invitar a Yuki a una improvisada cena celebratoria, porque, finalmente, todos los problemas que habían comenzado meses atrás con la aparición de Ash Crimson habían acabado. Guardaron unos segundos de silencio por los parientes que habían muerto, y luego se dedicaron a pasar una velada agradable. Kyo se encontró disfrutando de la compañía de sus padres, ahora que la hostilidad hacia Iori estaba ausente en sus conversaciones. Sin embargo, se le hizo difícil ocultar su impaciencia, y Yuki le complicó más las cosas al decir que quería ir de paseo al centro de la ciudad.

Al final, envió a Yuki a casa en el auto de su familia, y él tomó un taxi desde el centro de la ciudad hasta el templo de Chizuru. No le importó pagar la exorbitante suma resultante. Prefería eso a volver a casa para tomar prestado uno de los autos de su padre, porque al hacer eso correría el riesgo de que lo atraparan para conversar una vez más.

El taxi lo dejó en plena carretera, en la entrada al bosque que debía cruzar para poder llegar al templo. Ese recorrido no había tomado más que unos minutos en moto, pero ahora, de noche y sin iluminación alguna, el bosque estaba sumido en una densa oscuridad.

Tras asegurarse de que estaba solo, invocó a una llama de fuego e iluminó el camino con ella. Echó a andar esperando no perderse. El sendero no estaba marcado con claridad, pero en partes era obvio que se trataba de un camino bastante utilizado, porque la tierra había sido apisonada con el ir y venir de muchos pasos.

Suspiró con alivio cuando las escaleras que iban colina arriba en dirección al templo aparecieron ante él. Su moto seguía ahí, aparcada y cubierta con una gruesa lona para protegerla de la intemperie.

Subió los escalones de dos en dos, a veces de tres en tres, sin perder tiempo, sintiéndose ligero y libre.

Las puertas del templo estaban cerradas y tuvo que esperar un buen rato hasta que una sirvienta apareció para hacerlo pasar. Chizuru estaba sentada en los escalones frontales del templo. Jugaba algo en su celular.

—Yagami está en su habitación —indicó Chizuru sin alzar la vista, sus dedos tocando la pantalla del aparato a gran velocidad.

Sin necesitar indicaciones específicas, Kyo se dirigió a la habitación que había compartido con el pelirrojo. Lo encontró sentado con la espalda apoyada en el marco de la puerta, en el lado que daba al jardín. Tenía un libro abierto en las manos, y de nuevo vestía esa camisa que Kyo ya conocía, que le iba demasiado corta.

—Te ves bien, para estar muerto, felicidades —sonrió Kyo, quedándose de pie ante el pelirrojo con las manos en los bolsillos y una expresión medio socarrona en el rostro.

Iori dejó el libro a un lado y se levantó. Chizuru lo había puesto al tanto de todo.

—No esperaba que fuera tan fácil —admitió el pelirrojo—. Creí que desconfiarían más. Que pedirían algo más.

Kyo negó, sin dejar de sonreír.

—Tu plan funcionó. ¿Qué más podían pedir? La reliquia de los Yagami no es algo que se vea todos los días.

A eso siguió un asentimiento de Iori y un agradable silencio, mientras observaban el jardín en penumbra.

Fue Kyo quien habló después de unos minutos.

—¿Piensas seguir adelante con esto? —preguntó, girando su rostro hacia Iori, refiriéndose a la intención del pelirrojo de tomar posesión de su reliquia.

De nuevo, la respuesta de Iori fue un asentimiento sin palabras.

Kyo suspiró para sí.

—¿Ahora? —quiso saber.

—¿Para qué esperar? —repuso Iori.

—¿No queda nada más que quieras hacer? Antes de... Antes de volver a aceptar a Orochi.

Iori entrecerró un poco sus ojos y Kyo alzó las manos en son de paz.

—No lo dije con mala intención. Es una pregunta sincera —aclaró.

Iori miró hacia el jardín, dejando que la breve molestia pasara. ¿Kyo no se daba cuenta de que las últimas semanas se habían tratado exactamente de eso? De hacer lo que quisiera, sin molestos dioses entrometidos. Había disfrutado de la presencia del castaño, de las noches juntos, de sus bromas tontas y su exasperante arrogancia. Había descubierto el placer de ver a Kyo mostrándose territorial cuando él permitía que alguien se le acercara demasiado. Lo único que faltaba era enfrentarse a Kyo.

—Quiero probar tu fuego —dijo Iori finalmente—. Y no quiero esperar más.

Kyo no pensaba discutir. Se había resignado a ese momento hacía mucho. Solamente dejó que las cosas fluyeran. Fue con Iori cuando éste se dirigió a la entrada del templo en búsqueda de Chizuru.

La niña seguía ahí, jugando con su teléfono, pero lo apartó al verlos acercarse, sabiendo a qué venían. Les hizo un gesto para que esperaran, y desapareció tras las puertas corredizas para volver al cabo de unos minutos, llevando la caja negra que contenía la magatama. Su rostro estaba serio.

—No volveré a preguntar si estás seguro de lo que haces, Yagami —dijo la niña—. Y tú, Kusanagi, será mejor que te alejes un poco.

Kyo obedeció, pero no demasiado. Se quedó cerca, viendo que no iba a haber ningún acto formal para devolver la reliquia a Iori. Se dio cuenta de que era absurdo esperar tanta solemnidad. Iori estaba recuperando algo que había perdido hacía años. Los rezos o invocaciones estaban de más.

Chizuru no dudó cuando abrió la caja laqueada y la extendió hacia Iori, ofreciéndole su contenido. Iori se tomó unos segundos para observar la fría piedra verde. Kyo estaba comenzando a pensar que el pelirrojo cambiaría de idea, pero Iori tomó la magatama en ese momento.

La gema se vio incluso más pequeña en la palma de su mano, pero ante el contacto con su piel pareció cobrar vida, pulsando con una luz interior que contrastaba con las ramificaciones que cubrían su superficie. Estaba reaccionando a Yagami, reconociendo a su dueño.

Chizuru se apartó cuando las pulsaciones se volvieron más intensas. Kyo no dejó de observar el rostro de Iori. Le pareció ver medio segundo de duda, como si el pelirrojo se estuviera preguntando si iba a arrepentirse de esa decisión, pero un instante después su mirada se había aclarado, y sus irises rojos se clavaron en los de Kyo. El Kusanagi vio una sombra de sonrisa en los labios de Iori, y al momento siguiente Iori había cerrado su mano con fuerza alrededor de la gema.,Un brillo intenso y enceguecedor los envolvió por unos segundos.

La noche se sintió más oscura cuando la luz se apagó.

Kyo parpadeó varias veces, forzando a sus ojos a acostumbrarse nuevamente a la poca iluminación.

La escena ante él no había cambiado. Chizuru estaba ahí, sosteniendo la caja de madera y observando a Yagami. Iori miraba su mano ahora vacía. La magatama había desaparecido sin dejar rastro.

—¿Estás bien? —preguntó Kyo, acercándose.

Iori respondió con un asentimiento. Una dócil llama de fuego púrpura no tardó en aparecer en su mano aún alzada.

Kyo sintió una mezcla de pesar y alivio, mirando alternativamente el fuego y el rostro del pelirrojo. Esbozó una sonrisa al notar un brillo de salvaje satisfacción en los ojos de Iori, y sus sentidos se pusieron en alerta cuando la flama púrpura se intensificó.

Miró a Iori interrogante, la sonrisa sin irse. ¿No se iba a atrever a...?

Se observaron. Kyo conocía la expresión que veía en Iori. Se había familiarizado con ella en esas últimas semanas. Sintió un agradable escalofrío.

—¿Aquí? ¿En serio? —preguntó el castaño, adivinando sus intenciones.

—Es tan buen lugar como cualquier otro —repuso Iori, dando un paso hacia él.

—Ir con tanta prisa no está bien… —protestó Kyo, burlón. Iori siguió avanzando—. Pero tendré que complacerte, ya que pareces tan ansioso... —concluyó el joven con una sonrisa confiada.

—Kyo.

—¿Sí?

—Deja de hablar y...

Iori no acabó la frase. Kyo se encontró con una oleada de fuego púrpura yendo en su dirección y tuvo el tiempo justo para apartarse sin ser quemado.

—Yagami, eso no fue... —intentó protestar, pero calló de nuevo porque el fuego volvió a ir hacia él.

—No hables —fue la plácida orden de Iori, y Kyo obedeció, porque en su distracción Iori se había aparecido delante de él, y el fuego violeta estaba por todas partes, encendiendo el aire entre ellos.

El brillo de su fuego anaranjado devoró parte de las llamas púrpura. Kyo notó que sus flamas ardían impacientes, queriendo quemar a Iori, reconociéndolo como el «enemigo».

Distraído ante aquella sensación, Kyo tuvo que adoptar una posición defensiva porque Iori no pensaba darle tregua. Tres golpes seguidos de Iori le dejaron los brazos adoloridos. Una cosa era ver a Iori peleando con alguien, pero era muy distinto estar en el lado que recibía sus golpes. Aquello no era un mero juego para que Iori probara las flamas púrpura. Podía salir lastimado si no tenía cuidado.

Puso un poco de distancia, pero Iori lo siguió como si fuera su sombra. Sus movimientos eran excepcionalmente rápidos.

Kyo bloqueó otro golpe con su brazo; sintió el impacto repercutir hasta su hombro.

—Veo que has estado entrenando —gruñó entre dientes apretados.

—Veo que tú no —sonrió Iori, antes de darle una patada que hizo que Kyo retrocediera varios pasos, hasta chocar contra el tronco de uno de los árboles que rodeaban al patio.

—Oh, vamos, estoy convaleciente aún —señaló Kyo, y se apartó. El siguiente golpe de Iori desgarró la corteza del árbol, haciéndola saltar en pedazos.

Aprovechando que el golpe fallido había dejado a Iori abierto a un contraataque, Kyo le encajó un puñetazo en la cintura con la correspondiente explosión anaranjada. Hizo un esfuerzo por ignorar el cargo de consciencia que le produjo el ver a Iori salir despedido hacia atrás y chocar contra una de las lámparas de piedra que decoraban el lugar, destrozándola.

En su mente pensó un «lo siento», pero cuando se acercó a Iori, éste se levantaba con una sonrisa en sus labios.

—Masoquista —gruñó Kyo.

—Pelea en serio, Kyo —gruñó Iori a su vez, y Kyo tuvo que reír para sí.

—¿Con «en serio» te refieres a que quieres que use el fuego escarlata? —preguntó, burlón y arrogante y haciendo que Iori lo mirara como si lo odiara—. Aún no estás a la altura. Por ahora esto es suficiente —concluyó, mostrándole a Iori el fuego anaranjado que ardía entre sus dedos.

Kyo se puso en guardia, porque Iori hizo ademán de lanzársele encima.

Sin embargo, Chizuru intervino antes de que aquel enfrentamiento continuara. Se puso entre ellos sin decir palabra y le mostró a Kyo la pantalla de su celular. Había escrito algunos números en la calculadora.

—Eso es lo que tienes que pagarme por los destrozos que están provocando en mi templo —anunció.

Al ver la pelea interrumpida tan abruptamente, ambos jóvenes dejaron que las flamas se apagaran; Iori con un gesto de molestia ante la intromisión, Kyo ofendido porque Chizuru le estaba intentando cobrar miles de yenes por un árbol rasguñado y un adorno de piedra sólo a él, cuando Yagami también era parcialmente culpable del daño.

Chizuru le dedicó una sonrisa maligna y le envió el monto por un mensaje de texto.

—Yagami, ¿cómo te sientes? —preguntó la niña, ignorando las protestas de Kyo y mirando al pelirrojo—. ¿Puedes percibir la presencia de Orochi...? ¿O algo que no esté bien?

Iori negó.

—Sólo el fuego —dijo.

—Bien —dijo la niña—. Tal vez la purificación diaria ayudó. Debes decirme si algo cambia, y no olvides que te estaré vigilando, como acordamos.

Kyo miró el intercambio.

—¿Qué acordaron? —interrumpió, un poco molesto al darse cuenta de que, durante los días que Iori se había alojado en el templo, esos dos habían estado haciendo planes de los cuales no lo habían hecho partícipe.

—Es mi deber velar por que Orochi no vuelva a manifestarse —explicó Chizuru con tono profesional—. Le advertí a Yagami que sacar su reliquia de este templo implica aceptar mi estricta vigilancia. A través del espejo, podré saber si Orochi comienza a afectarlo.

Kyo frunció el ceño. Miro a Iori, sin poder creer que el pelirrojo hubiese aceptado algo semejante.

Iori leyó la incomprensión en sus ojos y negó.

—No te pondré en riesgo de nuevo —dijo el pelirrojo simplemente—. Una sacerdotisa husmeando en mi vida es irrelevante. Además, no es como si no hubiera estado husmeando ya. —Iori volvió su mirada con dureza hacia Chizuru, quien retrocedió un paso, palideciendo.

Kyo recordó de golpe que, durante la reunión con su familia, Chizuru había repetido las palabras que él le había dicho a Iori: «Fuego escarlata. No podía ser de ninguna otra manera».

La niña los había estado espiando.

—Voy a retirarme por hoy —anunció la sacerdotisa atropelladamente, retrocediendo un poco más—. No rompan nada —ordenó, pero su tono imperativo no fue tan convincente como en ocasiones anteriores.

La observaron desaparecer tras unas puertas corredizas.

Kyo suspiró.

—Dice que se encargará de vigilar a Orochi, pero… ¿quién la vigila a ella? —gruñó.

—Te dije que los Kagura no eran de confiar —se burló Iori.

Se quedaron a solas en el patio. El ambiente ya no era propicio para retomar la pelea. Kyo se frotó distraídamente el brazo con que había bloqueado los golpes de Iori. Notó que el pelirrojo observaba su mano, donde ardía de nuevo una pequeña llama púrpura, como si algo estuviera mal con ella.

Kyo adivinó qué era lo que pensaba.

—¿En serio creíste que el fuego te daría alguna ventaja sobre mí? ¿Olvidas que te dije que soy muy bueno? —le preguntó, acercándose a él, ganándose una mirada molesta, a la que respondió con una sonrisa presumida—. Te llevo años de ventaja entrenando con fuego, Yagami. Vas a tener que esforzarte.

Kyo vio rabia en los ojos de Iori. Se preguntó si el pelirrojo lo golpearía por usar palabras tan condescendientes. Pero no, Iori no lo golpeó, dejó que el fuego púrpura se apagara y no se apartó de su cercanía. Aceptaba su desafío.

—No hay prisa —dijo Kyo en voz baja, mirándolo a los ojos, disfrutando de saber que, además de todo lo que habían pasado juntos, ahora existía ese vínculo entre ellos—. Te esperaré.