Por largo rato, ninguno de los dos habló.

Kyo creyó que la situación se haría incómoda, pero descubrió que, por el contrario, estar sentado junto a Iori haciendo nada era bastante agradable. Habían caído en ese tipo de silencios que se logran con el tiempo, cuando la presencia de la otra persona se hace tan familiar que ya no es necesario llenar el vacío con palabras. Por supuesto, Kyo sabía que un par de días no podían ser considerados suficiente tiempo, pero para eso estaba el alcohol, para ayudar con los pequeños detalles.

Cerró los ojos, disfrutando de la tranquilidad que lo embargaba. Intentó pensar en Ash Crimson y la amenaza del regreso de Orochi, pero descubrió que no conseguía sentir preocupación. Rió suavemente para sí.

Iori lo observó con cierta curiosidad y luego dirigió su mirada hacia el vaso que Kyo sostenía, donde aún quedaba media medida de whisky. El rostro del pelirrojo se mantuvo neutro, pero Kyo tuvo la seguridad de que interiormente debía estar burlándose de él por su baja tolerancia al alcohol.

Quiso decir algo en su defensa, como que había estado bebiendo a grandes sorbos y sin haber tomado un desayuno decente, en gran parte por culpa de Iori, pero calló porque oyó un ruido en la planta baja.

De inmediato, dejó el vaso sobre la mesilla, alerta.

—No es nada —dijo Iori entonces.

—Hay alguien abajo.

Iori asintió.

—Es el concierge.

—¿El...? —Kyo intentó repetir el término, pero se detuvo a tiempo, sin querer darle a Iori la oportunidad de burlarse de su mal inglés—. ¿Un sirviente?

Iori volvió a asentir. Kyo se calmó, diciéndose que tenía sentido. Alguien debía encargarse de mantener limpio el lugar, al fin y al cabo.

—Procura no mencionar mi apellido delante de él —indicó el pelirrojo cuando se oyeron pasos subiendo la escalera.

Fue el turno de Kyo de asentir, mientras veía a un hombre no demasiado joven aparecer. De corto cabello negro azabache y ojos color acero tras delicadas gafas sin marco, vestía un sobrio traje, el elegante lazo negro alrededor de su cuello contrastando contra una inmaculada camisa blanca. Tenía el aire de un empleado de hotel, y el término «sirviente» se hizo inadecuado. Kyo entendió por qué Iori había optado por llamarlo «concierge».

En sus manos, el hombre llevaba una bandeja con dos cajas de madera laqueada y un par de pequeños tazones oscuros cubiertos, decorados con diseños japoneses. Tras un saludo a Iori en inglés y un breve asentimiento de cabeza hacia Kyo, el hombre procedió a poner los contenidos de la bandeja en la mesilla ante ellos, distribuyendo con cuidado las cajas, las tazas, servilletas de tela y finalmente unos palillos de cerámica negra. Un leve aroma a comida llenó el ambiente.

Sin necesidad de que se lo indicaran, el hombre se acercó al mueble bar y tomó la botella de whisky que Iori había dejado ahí. En silencio, vertió una medida en el vaso de Iori y luego hizo un gesto interrogante hacia Kyo, quien se encontró asintiendo antes de alcanzar a pensar que quizá ya había bebido suficiente licor por esa tarde.

Tras una breve conversación con Iori, el hombre se retiró. Kyo hizo su mejor esfuerzo por entender el rápido inglés, pero, al final, sólo una palabra le quedó cien por ciento clara.

—¿Te llamó «Lori»? —preguntó Kyo con perplejidad apenas estuvieron a solas.

—«Laurie» —corrigió Iori de mala gana con un gruñido.

Kyo no pudo evitar echarse a reír. Intentó controlarse cuando Iori le lanzó una mirada de advertencia con sus ojos entrecerrados, pero no lo consiguió. Al contrario, sintió que al mirar a Iori las ganas de reír sólo empeoraban; estaba clarísimo que algún motivo debía tener para no poder cambiárselo, porque el pelirrojo compartía su opinión de que aquel nombre era ridículo.

—¿Si ése es tu nombre, qué apellido usas? —preguntó Kyo con una sonrisa burlona—. ¿Debo llamarte «Lori» frente a extraños? —siguió—. «Laurie», perdón —rió con más ganas, y al segundo siguiente sintió, más que vio, el golpe que le lanzó el pelirrojo.

Consiguió esquivarlo por reflejo, echándose hacia atrás, pero alcanzando a sentir el aire desplazado por aquel súbito movimiento. No había sido un golpe que buscara hacerle daño, de eso estaba seguro, pero la intención sí había sido causarle dolor. Al menos el suficiente para que se callara. Una persona normal se habría conformado con darle un empujón, y un golpe parecía una reacción exagerada, pero, como se trataba de Yagami, esa reacción era acorde con lo que Kyo había imaginado y eso lo llenaba de una inexplicable satisfacción.

Se puso de pie, apartándose del sillón con pasos medio inestables, cojeando un poco. El pelirrojo hizo lo mismo, un claro aire amenazante rodeándolo. Kyo no dejó de sonreír, sus ojos castaños brillando entretenidos. Descubrió que se sentía bien al estar provocando a Iori así, obteniendo como respuesta algo más que su extraña, amable pasividad. No sólo sentía satisfacción por poder cobrarse las burlas que el Yagami le había estado lanzando regularmente durante esos días, sino porque era placentero —si bien contradictorio— ver que Iori era capaz de mostrar dos actitudes tan opuestas, cuidándolo en un momento, queriendo golpearlo al otro.

—Despierto eres irritante —dijo Iori.

—Haz algo al respecto —lo retó Kyo, y cuando Iori avanzó, él retrocedió un paso para asumir su posición usual de pelea a modo de desafío.

Fue entonces que su pierna lastimada decidió que no iba a colaborar más, y Kyo sintió que ésta se doblaba bajo él, un lacerante dolor brotando desde el corte y haciéndole soltar una exclamación ahogada. Logró mantenerse de pie, pero se llevó ambas manos a la herida para ejercer presión, intentando hacer que el terrible dolor se detuviera.

—Maldita sea —gruñó con los dientes apretados.

Había querido seguir, ver qué hacía Iori. Había conseguido molestarlo con aquella tonta burla, y, por un momento, Iori había dejado de lado el controlado dominio que tenía de sí mismo para mostrarle un aspecto de su personalidad que Kyo sólo había alcanzado a atisbar brevemente en alguna ocasión anterior. Se sorprendió de la irracional frustración que sintió al no poder continuar, al no poder ver más de ese Iori.

Miró al pelirrojo. Iori lo observaba a unos pasos de distancia, habiéndose detenido en seco al ver que Kyo casi caía al suelo por insistir en actuar como si la herida en su pierna no existiera. Los ojos del Yagami estaban entrecerrados; ya no había amenaza en ellos, pero sí una furiosa impaciencia.

—¿En verdad eres tan idiota, Kusanagi? —preguntó Iori con tono bajo cuando Kyo no dijo nada—. ¿O es que este asunto con Ash Crimson no es tan grave como lo haces parecer?

Kyo se irguió despacio, confuso y un poco molesto por el tono con el que Iori le hablaba. No se movió de donde estaba. Sabía que no iba a poder caminar sin ayuda en un buen rato.

—¿Qué quieres decir? —preguntó, frunciendo el ceño.

—Te tomas el trabajo de venir desde Japón, ¿y ahora quieres asegurarte de que Crimson tenga la ventaja? ¿Es por eso que te empeñas en no dejar que tus heridas sanen?

—Claro que no —protestó Kyo.

—Entonces eres idiota, porque es la ventaja que le estás dando —concluyó Iori, acercándose un paso y sujetando a Kyo por un brazo. El castaño intentó desasirse, pero no había mucho que pudiera hacer; al primer intento de alejarse sintió que perdía el equilibrio y que sólo conseguía mantenerse de pie porque Iori lo estaba sujetando—. Quieres pelear conmigo, ¿no es cierto? —preguntó Iori con sequedad, sus dedos clavándose con más fuerza en el brazo de Kyo para que se quedara quieto.

Kyo asintió, sus ojos brillando con rabia.

—Entonces al menos cuídate para eso.

El castaño cerró los puños con fuerza, sin poder creer que el Yagami lo estuviera reprendiendo. Buscó una respuesta adecuada, pero sus pensamientos se vieron interrumpidos cuando Iori lo obligó a dar un paso de vuelta al sillón, cortando en seco lo que iba a decir. Kyo se odió a sí mismo cuando tuvo que apoyarse en el pelirrojo para no caer.

—Si esa herida se vuelve a abrir, te llevaré a un hospital y te dejaré ahí. Es lo que debería haber hecho desde un comienzo —amenazó Iori.

—No tienes que decírmelo. Y deja de ayudarme —gruñó Kyo, viendo que el sillón estaba cerca y deshaciéndose de Iori con un empujón. El pelirrojo lo dejó ir y, al inclinarse hacia el mueble, Kyo se dio cuenta de que en su molestia había calculado mal la distancia. En un descoordinado movimiento muy impropio en él, se encontró con que sus dedos no tocaban el sillón por un par de centímetros cuando quiso apoyarse en el reposabrazos. Se preparó para el golpe de la caída.

Sin embargo, todo lo que sintió fue que Iori lo sujetaba por la cintura, estabilizándolo sin problemas.

Kyo soltó una maldición, pero la humillación que lo embargó quedó rápidamente opacada por la sensación de las manos del pelirrojo, que aún no dejaban de sostenerlo. La presión que ejercían en su cintura era firme, la suficiente para evitar que volviera a caer, pero suave, a la vez, para que Kyo se liberara si quería.

Kyo no se apartó; su cuerpo parecía repentinamente paralizado. No podía verlo, pero sentía a Iori de pie a su espalda, tan inmóvil como él.

—¿Por qué eres tan amable? —preguntó Kyo con voz ronca, frustrado y molesto, pero sin querer moverse de ahí.

—¿Por qué no habría de serlo?

Kyo entreabrió los labios para responder, pero ninguna palabra salió.

—¿En verdad preferirías que intentara matarte todo el tiempo? —preguntó Iori, y Kyo se sorprendió de que su tono fuera sincero.

—No... —se encontró respondiendo, aún sin apartarse, notando cómo su molestia desaparecía poco a poco—. No —murmuró, suspirando, la tensión abandonando su cuerpo, haciéndolo inclinarse levemente hacia atrás con gesto cansado. No había esperado que el pelirrojo estuviera tan cerca de él, y contuvo la respiración cuando su espalda rozó el pecho de Iori. Se sorprendió cuando Iori no se apartó.

Ninguno de los dos se movió.

Kyo bajó la mirada. Vio la comida olvidada sobre la mesilla, los vasos de licor.

Lo que acababa de suceder, y lo que estaba sucediendo en ese momento, ¿se debía al alcohol? No se sentía particularmente ebrio. Al contrario, sus pensamientos eran lúcidos, y percibía cada detalle —las manos de Iori que habían resbalado de su cintura a su cadera, la profunda respiración del pelirrojo cerca de su oído— con clara intensidad.

¿Qué estaba pasando? ¿Cómo habían llegado de la molestia a... eso?

Confundido, no cedió a ninguno de los impulsos que cruzaron por su mente. No movió sus manos para ponerlas sobre las de Iori. No se atrevió a girarse para encarar al joven pelirrojo. Todo lo que pudo hacer fue seguir como estaban, separados por un espacio inexistente, esperando que algo ocurriera, pero sin atreverse a ser él quien tomara la iniciativa, porque no sabía qué estaba pasando, ni qué quería que pasara.

Sintió que las manos de Iori hacían más presión en su cadera, como si fuera a tirar de él, pero, después de unos segundos de estar así, Iori lo empujó con suavidad, guiándolo hacia el sillón para que se sentara. Kyo no tuvo otra opción que dejarse llevar, sin saber qué hacer con la decepción que estaba sintiendo, y alzó la mirada hacia el pelirrojo al ver que éste no se sentaba con él sino que, al contrario, daba un paso en dirección a las escaleras.

—Iori, no te vayas —pidió Kyo, seguro de que había arruinado algo entre ellos con sus provocaciones, incluso a pesar de que se habían sentido como lo correcto de hacer. Quiso disculparse, pero las palabras no salieron. No solía tener problemas con decir un «lo siento» bajo otras circunstancias, pero no quería arriesgarse a decirlo ahora y que eso no cambiara nada.

Iori se detuvo y se volvió para mirarlo, su rostro levemente ladeado, su expresión imposible de leer. El pelirrojo hizo un gesto vago hacia la mesa.

—Come algo. No tardaré —dijo, su voz tan neutra como su semblante—. Cuando vuelva, hablaremos de esto.

Kyo quiso responder, pero Iori lo cortó con una leve negación de cabeza.

—En este momento no quiero escucharte, Kyo —dijo, mirándolo directamente a los ojos antes de darle la espalda.

Kyo lo observó hasta que se perdió de vista escaleras abajo.


Iori se detuvo en el descanso de la escalera y apoyó su espalda contra la pared, llevándose una mano al cabello con gesto de hastío. Rió para sí con amargura, en silencio, sus hombros sacudiéndose, sin conseguir detenerse por largo rato porque la situación en la que se encontraba no podía ser más absurda.

El Kusanagi había conseguido hacerle perder la paciencia con algo tan inofensivo como una risa y un nombre. De un momento a otro, se había encontrado queriendo borrarle la sonrisa de la cara con un golpe. Su mente no se había detenido a pensar que Kyo sólo estaba haciendo una broma. No había pensado en sus heridas. En ese breve lapso, nada había importado, salvo ponerle las manos encima, hacer que sintiera dolor.

Pero Kyo no lo necesitaba para eso último, al parecer. Era muy capaz de lastimarse a sí mismo, obstinado como estaba en no tener cuidado con sus lesiones.

Sujetarlo por la cintura al verlo caer había sido un acto reflejo. Mantener sus manos sobre él en vez de dejarlo ir, no.

Había notado con claridad cómo Kyo se sorprendía, pero el Kusanagi tampoco se había apartado. Al contrario, su espalda había rozado contra su pecho, y luego Kyo se había apoyado un poco más, el calor de su cuerpo fundiéndose con el suyo.

Y en ese momento, Iori había sentido dos impulsos, simultáneos, intensos y completamente opuestos. Por un lado, había querido rodear al joven con sus brazos para mantenerlo ahí, sentirlo aún más contra él. Por otro, se había imaginado cruzando su brazo sobre el cuello de Kyo, para atenazarlo en una llave, y hacer presión hasta sentirlo forcejear contra él mientras el oxígeno dejaba de llegar a sus pulmones. Era la primera vez que imaginaba esas situaciones con tanta claridad, y ambas ideas habían sido tentadoras, con cautivadoras implicancias.

No podía odiar a Kyo como su padre había pretendido enseñarle, pero acababa de descubrir que no necesitaba del odio para sentir placer al imaginar el cuerpo sin vida del joven frente a él.

El problema era que imaginarlo con vida, ante él, era igualmente placentero.

Ante la disyuntiva, sus acciones habían sido las mismas que tomó la primera noche que vio a Kyo frente al bar.

Aunque fuera por unos minutos, se había alejado, porque necesitaba estar lejos del Kusanagi para poder pensar. Era inquietante ver cómo la presencia del joven le hacía tan difícil formar pensamientos coherentes.

Obligándose a recuperar la compostura, Iori terminó de bajar los escalones.

Encontró a Hein, el concierge, en la habitación de invitados, doblando cuidadosamente la ropa que antes había estado desperdigada. Si le extrañó ver a Iori ahí y no atendiendo a su invitado en el piso superior, no lo demostró.

—Haré lavar esto —dijo el hombre, mostrando la bolsa donde estaba la ropa ensangrentada de Kyo, sin inmutarse por el contenido.

Iori asintió, quedándose en el umbral de la puerta, mirando cómo el concierge ponía la habitación en orden con rápida eficiencia, centrándose en él en un intento de distraer sus pensamientos.

—Cambia las sábanas —indicó Iori cuando Hein empezó a tender la cama—. Y lleva la ropa al piso de arriba.

Hubo un breve titubeo de parte del concierge ante eso, porque se trataba de una variación a una rutina que seguía desde hacía años, y que consistía en renovar la ropa de cama sólo cuando las visitas del pelirrojo, que nunca duraban más de dos noches, se iban. No le había parecido que el joven castaño que estaba en el segundo piso fuera a retirarse tan pronto.

Sin embargo, se limitó a asentir porque no le correspondía hacer ningún comentario al respecto. Así como no había dicho nada ante lo extraño que era que su joven empleador hubiera llevado visitas al piso superior. En todos sus años de servicio, eso nunca había ocurrido.

—¿Debo traer desayuno para dos mañana? —fue lo que preguntó, su tono estrictamente profesional.

Hubo un asentimiento de parte de Iori.

—Bien, lo llevaré a tu habitación a la hora usual —dijo Hein—. ¿Alguna otra indicación?

—Consigue algo de ropa.

El concierge hizo un gesto afirmativo, sin necesidad de preguntar para quién era la ropa, echándole una mirada a las prendas dobladas en el armario, eso bastándole para confirmar las medidas correctas para el castaño.

—Acabaré de ordenar aquí y luego subiré a retirar los platos —informó Hein mirando al pelirrojo—. ¿O es muy pronto? —quiso saber, porque el joven estaba ahí, con él, en vez de arriba comiendo, y había pasado muy poco tiempo para que ya hubiese terminado.

—Yo me encargaré de eso —dijo Iori.

Hein asintió.

—¿La limpieza de tu automóvil fue satisfactoria? —preguntó a continuación—. Si hubiera tenido más tiempo, o si me dejaras llevarlo a un taller...

—No es necesario —dijo Iori, el aroma de la sangre de Kyo que aún impregnaba el interior del vehículo viniéndosele a la mente.

—Qué alivio —dijo Hein, aunque su expresión seria no cambió a una de alivio en ningún momento.

Iori dejó al hombre ahí. Se dirigió al ventanal de la sala, cuestionándose su propio comportamiento mientras observaba los rayos de sol filtrándose por entre las nubes del cielo gris aperlado. ¿De qué servía «alejarse» del Kusanagi si de todos modos iba a continuar pensando en él todo el tiempo? Podía subir a su auto y conducir hasta el extremo de la península, y no habría ninguna diferencia. ¿Tenía sentido estar ahí, evitando a Kyo en un plano físico, pero teniendo que lidiar con sus pensamientos, que estaban invadidos con la imagen del joven?


Kyo estaba tendido en el sillón cuan largo era, cubriéndose los ojos con un brazo.

Intentaba distraerse pensando en cualquier otra cosa, pero todo lo que podía hacer era prestar atención al más mínimo ruido, esperando oír que Iori regresaba. Muy a lo lejos, le parecía percibir voces, pero no estaba seguro de que no se tratara de su imaginación.

No entendía su propio comportamiento. Estaba molesto por lo que había pasado con Iori, y la molestia era contra el pelirrojo y contra sí mismo en partes iguales.

Cuando Iori se había ido, el primer impulso que había sentido era el de incendiar la mesilla y todo lo que estaba en su superficie. Las delicadas cajas laqueadas parecían burlarse de él, porque simbolizaban esa extraña amabilidad con la que lo trataba el pelirrojo.

Le había costado controlarse, pero al final lo había conseguido. ¿Qué clase de persona habría sido si retribuía las acciones de Iori con fuego? ¿No bastaba con haber hecho que el pelirrojo se molestara con él?

Esto último le preocupaba profundamente. Iori estaba molesto, estaba claro. Kyo habría preferido que Iori lo insultara y lo echara de ahí. Con eso habría sabido lidiar. Podría haber lanzado insultos de vuelta, mofas, burlas. Pero Iori no lo había insultado. Al contrario, parecía estar decepcionado de él, y eso a Kyo le había afectado más de lo que cualquier insulto habría logrado.

Se había cruzado de brazos, maldiciéndose interiormente, y los minutos habían pasado y Iori no había vuelto. Poco a poco, Kyo se encontró pensando ya no en su propia molestia, sino en cómo podía solucionar esa situación. Sentía que había perdido la oportunidad de calmar a Iori cuando habían estado de pie, tan cerca uno del otro. Habría bastado con calmarse, volverse, hablar.

Imposiblemente frustrado, Kyo había dirigido su atención a lo que tenía delante. Sonrió con una leve burla hacia sí mismo al ver que debía haberse tranquilizado, porque ya no quería quemar la mesa. Era un comienzo, al menos.

Había bebido un poco de whisky, y luego había investigado la comida. Era lo que había pedido en son de broma, y el aspecto no había estado mal, pese a haber sido preparada en un país extranjero. El cuidado que habían puesto en la preparación era evidente. Eso lo había llevado a probarla, porque llevaba demasiadas horas sin alimentarse debidamente y su cuerpo pedía sustento casi con desesperación, pese a que él consideraba que era una muestra de debilidad ceder ante el hambre, en particular después de que Iori le indicara que comiera, lo cual lo llevaba a querer hacer exactamente lo opuesto.

Pero no tenía sentido rechazar la comida a modo de rabieta, lo sabía, y había acabado haciendo lo que el pelirrojo le había indicado. No lo disfrutó, y no recordaba una ocasión anterior donde cada bocado hubiera sido tan difícil de tragar, pero al final había acabado. Había vaciado el vaso de whisky también, y luego se había echado en el sillón a esperar.

Le pareció que pasaban horas, pero cada vez que entreabría los párpados para atisbar a su alrededor, el piso seguía iluminado por el débil sol de invierno. Las manchas de sol en las paredes avanzaban con lentitud. Ni siquiera el amodorramiento causado por el alcohol le ayudó con eso.

Irónicamente, cuando por fin oyó pasos subiendo, no se le ocurrió hacer otra cosa que quedarse muy quieto, simulando dormir.

Por largo rato, se dedicó a escuchar los movimientos a su alrededor. Sin embargo, los pasos nunca se acercaron a él.

Al mirar disimuladamente, vio que no se trataba de Iori, sino del hombre que les había traído la comida. Estaba de pie ante el armario, en el área del dormitorio, y guardaba algunas prendas que Kyo reconoció como las que Iori había dejado aquella mañana en la habitación de invitados.

Mortificado, Kyo se preguntó si eso significaba que Iori había decidido que ya no lo quería más ahí. Pero, ¿acaso podía culparlo? Yagami no tenía ninguna obligación hacia él. Ahora que se conocían un poco más, si consideraba su presencia tan exasperante, Iori bien podía decidir que no era su deber cuidarlo, ni mucho menos soportarlo, y estaba en su derecho de ordenarle que se fuera.

Apenas ese pensamiento cobró forma, Kyo descubrió alarmado que no quería irse de ahí. No por el peligro que eso implicaba, sino porque sentía que ni siquiera había empezado a vislumbrar la verdadera forma de ser de Yagami. Tenía la seguridad de que había algo más, y no podía explicarse por qué, pero quería averiguar todo lo que hubiera por saber sobre Iori. No podía irse, no quería irse, hasta haberlo conseguido.

Rió para sí porque no sabía de qué otro modo reaccionar a sus propios pensamientos. ¿En qué momento Iori había comenzado a hacérsele tan cautivante?

El sonido de las puertas del armario cerrándose le hizo recordar que no estaba solo, y se encontró con que el concierge lo miraba con cierta curiosidad desde la distancia. Pensó que le diría algo, pero el hombre solamente hizo un leve asentimiento en su dirección y se retiró.

Kyo suspiró al estar solo nuevamente. Cerró los ojos y dejó que sus pensamientos volvieran a enfocarse en Iori. ¿Qué excusa podía usar para quedarse un tiempo más ahí? ¿Qué pasaría si se negaba a irse?

De nuevo los minutos se le hicieron eternos, y debió adormilarse en algún momento, porque cuando volvió en sí, oyó pasos muy cerca de él. Era el ruido de esos pasos lo que lo había despertado, y no necesitó abrir los ojos para saber que esta vez sí se trataba del pelirrojo. No podía decir cómo lo sabía. No había un aura púrpura que percibir, pero era como si la presencia de Iori fuera suficiente para alterar sutilmente la energía del lugar.

Kyo continuó donde estaba, haciéndose el dormido, queriendo saber qué hacía Iori cuando pensaba que él no estaba consciente, teniendo que admitirse a sí mismo que la afirmación de Iori sobre lo irritante que era al estar despierto lo había afectado un poco.

Así, oyó cómo Iori se acercaba a la sala y se tomaba unos minutos para despejar la mesilla, llevándose los recipientes de comida hacia la kitchenette. No le pareció oír que Iori se tomara un tiempo para comer. Sin mucha ceremonia, todo fue a parar al lavaplatos.

Lo siguiente que oyó fue al pelirrojo volver a la mesilla, tomar su vaso aún lleno de licor y dirigirse a su escritorio. No tardó en notar el olor a humo de cigarrillo, y, después, el sonido de las teclas de la computadora portátil. No se atrevió a espiar qué hacía Iori en la computadora, pero calculó que media hora pasaba antes de que Iori volviera hacia los sillones y se sentara en uno frente a él, del otro lado de la mesilla.

Otro cigarrillo fue encendido.

—¿Cuánto tiempo más piensas hacerte el dormido? —preguntó Iori de pronto.

Kyo se sobresaltó, pero consiguió controlarse y seguir quieto, su respiración regular, sus ojos cerrados. Más minutos pasaron. El Kusanagi no percibía ningún sonido, salvo el de la brasa del cigarrillo cada vez que Iori daba una calada. Llegó a pensar que habían caído en una especie de juego para ver quién aguantaba más en completa inmovilidad y en silencio, y casi creía su sospecha confirmada cuando oyó que Iori se movía.

Le costó mantener el ritmo de su respiración cuando Iori se sentó a su lado, en el borde mismo del sillón, tan cerca de él que su espalda le rozaba la cadera. Kyo sintió que quedaba atrapado entre Iori y el respaldo del mueble.

Aun así, se empecinó en no abrir los ojos.

Tampoco los abrió cuando la mano de Iori se posó en su pecho, los dedos extendidos, ejerciendo una suave presión, como si buscara sentir su respiración o los latidos de su corazón.

—Sé exactamente cómo te ves cuando duermes —anunció Iori con tono neutro, sin apartar su mano—. Por si has olvidado las ocho horas que pasaste inconsciente ayer. —El pelirrojo hizo una pausa, y su mano se deslizó al cuello de Kyo, sus dedos posándose en el punto donde podía sentir su pulso con mayor claridad, Kyo siendo muy consciente de que el ritmo cada vez más rápido de su corazón lo estaba traicionando—. Pero ¿por qué sé con completa seguridad que no duermes? —preguntó Iori, su voz bajando de tono—: Porque cuando estás verdaderamente dormido no siento ganas de golpearte —concluyó con sarcasmo y Kyo abrió los ojos por fin, clavándolos en los rojos del Yagami, el ceño fruncido y viéndose confundido porque... ¿aquello había sido una... broma? Mezclada con algo de verdad, pero el tono de Iori no había sido molesto, había sido sarcástico, y eso era lo último que Kyo había esperado oír.

Quiso responder algo, pero el Kusanagi cayó en la cuenta entonces de la posición en que se encontraban, con él acostado en el sillón y Iori sentado a su lado, vuelto hacia él, mirándolo desde arriba con esa expresión que Kyo aún no aprendía a descifrar. La mano de Iori aún estaba en su cuello, pero el pelirrojo la movió con lentitud hasta que la punta de sus dedos le rozaron la mejilla.

La reacción de Kyo fue alzar una mano y sujetar la muñeca de Iori para detenerlo, mientras sentía que su corazón golpeaba fuertemente contra su pecho. Iori no forcejeó ni intentó liberarse; se quedó quieto, sus ojos rojos mirando tranquilos en los de Kyo.

—Tú me buscaste —dijo Iori con voz queda—. Actúas como si no te gustara lo que encontraste. Y, sin embargo, sigues aquí. ¿Qué es lo que quieres, Kyo?

Kyo negó.

—No es eso —respondió en un murmullo, apartando la mirada un momento para poner en orden sus pensamientos y luego volviendo a mirar a Iori a los ojos—. Es lo contrario.

Iori esperó que continuara. La mano de Kyo en su muñeca hacía una dolorosa presión, pero el Kusanagi no parecía consciente de eso.

—Por alguna razón, te estás conteniendo de ser... tú. Puedo verlo —dijo Kyo con lentitud, sin apartar la mirada.

—No me conoces. No puedes saber eso.

Kyo volvió a negar.

—Puedo verlo —repitió, remarcando las palabras—. Quizá no es intencional. Quizá llevas tanto tiempo viviendo así que no te das cuenta.

Iori entrecerró los ojos, y Kyo sonrió débilmente.

—¿Lo ves? —preguntó, dejando ir la muñeca de Iori, dándole a entender que, si sus palabras le molestaban, era libre de reaccionar como quisiera, que no tenía necesidad de contenerse—. No soy parte de las personas que te conocen con un nombre falso. No quiero que seas amable cuando no tienes que serlo.

Kyo sintió que, como toda respuesta, Iori movía su mano y la posaba en su mejilla, terminando de hacer el gesto que él había interrumpido al sujetarlo momentos atrás. Entreabrió los labios, desconcertado, un escalofrío recorriéndolo ante aquel contacto, pero lo dejó seguir, posando su mano sobre la de Iori cuando éste acunó su mejilla con suavidad.

—¿Estoy siendo amable? —preguntó Iori—. ¿O estoy siendo yo?

Kyo no alcanzó a responder, porque después de esas palabras Iori hizo una leve caricia, y Kyo inclinó su rostro hacia ella, sin poder evitarlo, sin detenerse a pensar.


Última revisión: 2016.05.31