No había sido intención de Iori que las cosas tomaran ese curso.

La caricia en la mejilla de Kyo había sido, en parte, una provocación. Una manera de hacerle callar. Era él diciéndole al Kusanagi: «Y si es esto lo que recibes, ¿qué vas a hacer al respecto?».

Pero Iori descubrió que no quería interrumpir la caricia. No con Kyo entregándose de esa manera, sus labios ligeramente entreabiertos, sus ojos castaños empañados con una mezcla de confusión y algo que fácilmente podía tomarse como anhelo que le recordaba a la noche en que Kyo lo había abordado fuera del bar.

No apartó su mano mientras miraba el rostro del joven, siendo cada vez más consciente de los dedos de Kyo, que aún estaban sobre los suyos. ¿Con qué motivo? ¿Restringir sus movimientos o evitar que la caricia acabara? Iori no lo pudo decidir y buscó la respuesta en el semblante del joven, intentando a la vez comprender su comportamiento. Kyo insistía en que no quería un trato amable, remarcaba que debían enfrentarse, se veía satisfecho cuando la conversación giraba en torno a una futura pelea donde Iori intentaría matarlo... Pero, ¿entonces por qué Kyo se mostraba tan receptivo a una caricia suya?, ¿de otro hombre, específicamente? ¿Era consciente de lo que estaba dando a entender?

Iori recordó lo que había leído sobre Kyo al buscar información unas noches atrás. Su perfil en la página web del torneo de peleas hacía mención de una novia, pero el joven que tenía ante él no le daba la impresión de ser alguien que tuviera una relación seria con una mujer. No se lo había parecido en ningún momento. Las cosas se complicaban porque la falta de iniciativa en Kyo hacía difícil deducir lo que el joven quería. Se dejaba tocar, pero no correspondía los gestos. ¿Qué significaba eso entonces? ¿Estaba interesado o no? ¿Tenía experiencia?

Iori no tenía por costumbre tomar por la fuerza. Nunca había sido necesario. Sus ocasionales parejas de una noche se entregaban a él voluntariamente, y, si había un momento en que Iori debía imponerse, era usualmente al anunciarles que la noche había acabado y que debían irse, porque no había nada más.

Pero nunca se había cruzado con alguien como Kyo, que parecía tener un conflicto entre lo que anhelaba y lo que se atrevía a hacer. La actitud del castaño le hacía querer comprobar qué tan lejos le permitiría llegar, pero al mismo tiempo comenzaba a darse cuenta de que la más leve resistencia de parte de Kyo lo iba a enfurecer.

—¿Qué es lo que quieres? —dijo sin alzar la voz, repitiendo la pregunta que Kyo había evadido minutos atrás.

Kyo respiró profundamente por entre sus labios, sus ojos castaños encontrando su mirada. El Kusanagi parecía estar librando una batalla interna consigo mismo, sus rasgos tensos mientras intentaba dar con una respuesta. Iori esperó. Su mano aún estaba en la mejilla de Kyo, la calidez del joven contra sus dedos. Con suavidad, Iori rozó el rasguño que todavía se podía ver sobre aquella blanca piel y que ya había comenzado a sanar.

Kyo no protestó, no pidió que se detuviera; se limitó a observarlo, y lentamente su expresión abrumada dio paso a una leve, tranquila extrañeza.

—Quiero conocerte mejor —fue la respuesta del Kusanagi, calmada, sin un rastro de agresividad.

Iori cesó la caricia entonces, y vio un asomo de decepción en los ojos de Kyo, que fue rápidamente disimulada por el castaño.

—¿Sólo eso? —preguntó Iori, un claro ofrecimiento en su voz.

Iori no dejó de observar detenidamente el rostro del Kusanagi. Sintió una extraña satisfacción al ver que su pregunta, hecha con un marcado tono sugerente, no incomodaba al joven. No hubo disgusto ni sonrojos; la mirada de Kyo continuó sosteniendo la suya, honesta en su indecisión.

—No lo sé —admitió el Kusanagi despacio.

Iori se permitió una sombra de sonrisa, haciendo un último roce muy cerca de los labios de Kyo antes de apartar su mano, notando el estremecimiento que recorría al joven.

—¿Seguro? —preguntó Iori ante eso, porque las palabras del castaño decían una cosa, pero su manera de actuar contaba una historia muy distinta. Él, por su parte, se encontró extrañando el contacto con la piel de Kyo al segundo siguiente.

Kyo no respondió. Se cubrió los ojos con las manos en un gesto de pesadumbre, como si hubiese vuelto abruptamente a la realidad apenas los dedos de Iori dejaron de tocar su mejilla.

Iori oyó que Kyo respiraba profundamente y exhalaba despacio, calmándose.

—¿Podrías apartarte? —quiso saber Kyo, con un dejo de impaciencia, sus ojos aún ocultos bajo sus manos.

—No —fue la respuesta de Iori, sabiendo que Kyo lo preguntaba porque aún había un punto de contacto entre sus cuerpos: la parte baja de la espalda de Iori contra la cadera de Kyo.

El joven Kusanagi podría haberle ordenado explícitamente que se apartara, pero no lo hizo, y Iori no se movió de donde estaba.

Observó a Kyo un momento más. Con medio rostro cubierto, todo lo que podía ver eran sus labios entreabiertos, que en ese instante murmuraban una maldición. Iori sintió el impulso de tocarlos, sentir su suave textura bajo sus dedos, pero, apenas pensó eso, en su mente vio una repentina imagen de aquellos mismos labios salpicados de sangre.

Apartó la mirada con brusquedad, pero la imagen permaneció. Con ella vinieron detalles, aportados gradualmente por su imaginación: él podía ser el causante de aquella sangre, y, si se esforzaba un poco más, podría ver el cuerpo de Kyo yaciendo vencido en el suelo.

Al pensar eso, lo embargó una sensación que sólo podía describir como placentera.

Despacio, miró su mano derecha, la que había utilizado para tocar al joven. Ver que sus dedos estaban limpios y no cubiertos de sangre lo hizo volver en sí. La imagen de Kyo sangrando derrotado se desvaneció, y sólo quedó la del joven que estaba acostado en el sillón, a su lado.

Iori no quiso pensar más en lo seductora que comenzaba a hacérsele la idea de Kyo siendo lastimado por él. Cerró sus manos en puños cuando esa idea se entremezcló con la posibilidad de no darle tiempo a Kyo a decidirse y simplemente tomarlo por la fuerza.

Si Kyo no hubiera conseguido provocarlo al burlarse de su nombre ficticio, quizá esa idea nunca habría llegado a tomar forma. Pero había bastado ese breve instante en que Iori se había visto haciéndole daño al Kusanagi para despertar algo en él. Y, por mucho que había intentado mantener a raya el extraño placer que eso le había provocado, empeñarse en ignorar esa idea sólo parecía fortalecerla.

Ahora mismo, la sentía como una sombra difusa que se mantenía siempre a su espalda, alejada y fuera de su vista. Mientras él no estaba mirándola, la sombra —las ganas de lastimar a Kyo— se acercaba sigilosamente e iba cerrando el espacio que los separaba, volviéndose cada vez más densa, más nítida. ¿Llegarían esas ansias a sobrepasar el impulso que lo llevaba a cuidar del joven y esconderlo de sus enemigos?

Iori negó para sí, sin querer ceder tan fácilmente a ese tentador deseo.

—Creo que ya es tiempo de hablar sobre Crimson —dijo abruptamente, obligándose a pronunciar aquellas palabras a modo de distracción, para que los pensamientos que rondaban en su cabeza se disiparan y se centraran en el problema que tenían entre manos.

Kyo se descubrió el rostro al oír el tono serio que impregnaba la voz de Iori y aceptó la oportunidad que el joven pelirrojo le ofrecía para ignorar lo que había sucedido (la casi pelea, la caricia, todo) y cambiar de tema.

Kyo hizo un movimiento para incorporarse y quedar sentado, pero Iori negó con la cabeza, empujándolo por su hombro sano para que se recostara de nuevo.

—Deja que tu cuerpo se recupere —medio ordenó, provocando que Kyo parpadeara ante la amabilidad que oyó de nuevo en su voz.

El Kusanagi obedeció, sin embargo, y Iori dejó su mano en el hombro de Kyo unos segundos más de los necesarios antes de apartarla. Por la expresión que vio en el rostro de Kyo, supo que al joven le gustaban esos breves contactos tanto como a él le agradaba hacerlos, pero ninguno hizo mención de ello en voz alta.

—Bien —dijo Kyo, mirando el techo un momento, haciendo como si el leve toque en su hombro no hubiera ocurrido, ordenando sus ideas mientras se cruzaba de brazos, y viéndose aliviado de poder centrarse en un tema en el que sí sabía desenvolverse—. ¿Qué haremos?

Kyo se dio cuenta de que había hablado en plural. Iori no lo corrigió.

—Más bien, ¿cómo lo mataremos? —señaló Iori con voz inexpresiva. A su sugerencia siguió un silencio atónito de parte de Kyo. —Desapruebas esa opción —dedujo Iori con sarcasmo, mirando al castaño a los ojos—. ¿Querrías hacerlo recapacitar en una pelea honorable? —preguntó con burla.

—No esperaba una propuesta tan directa a cometer asesinato, es todo —replicó Kyo, frunciendo ligeramente el ceño.

—No es un concepto que te resulte ajeno, si es verdad lo que dijiste sobre destruir ese lugar donde experimentaron en ti.

Kyo desvió la mirada, sin querer recordar el laboratorio consumido en llamas, o los gritos de los científicos y algunos inocentes sujetos de pruebas que habían quedado atrapados dentro. Por sobre todo, no quería recordar cómo, horas después, al mirar las ruinas humeantes, no había sentido pesar por ninguna de las vidas que había tomado. El placer de su venganza satisfecha había sido demasiado intenso para sentir nada más.

—Eso es distinto —murmuró.

—¿Debes esperar a que te hagan daño para poder tomar acción? —preguntó Iori, la desaprobación en su voz haciendo que Kyo se volviera hacia él—. Hay demasiado en riesgo para tomar esto como si fuera un juego. ¿Cuál sería una razón válida para justificar matarlo? Si se llevara tu poder, o si consiguiera que Orochi volviera a este mundo, ¿lo considerarías entonces?

Kyo no respondió. En vez de eso, dijo en voz baja:

—No pareces tener reparos ante la idea de ir a matar a alguien a sangre fría.

Hubo un resoplido desdeñoso de parte de Iori.

—No hay necesidad de «ir» a matarlo. Es él quien ha venido a South Town a morir.

Los ojos de Kyo se abrieron un poco más ante esas palabras.

Iori lo miró.

—¿No estás de acuerdo? —preguntó, en sus ojos aún un aire de burla, porque no había esperado que Kyo se mostrara aprensivo ante la sugerencia de matar a Crimson.

Sin embargo, Kyo negó con la cabeza sin vacilar.

—Esa manera de decirlo. Sonaste muy tú —dijo el castaño, su rostro viéndose casi contento.

—De qué otra manera esperas que suene —gruñó Iori.

Kyo no respondió, pero en sus labios quedó una sombra de sonrisa satisfecha.

—Plan A, matar a Ash antes de que pueda hacer nada —dijo Kyo, retomando la conversación, diciéndose que no importaba una muerte más en su haber si era por un bien mayor, como evitarle al mundo el tener que lidiar con un antiguo dios—. No debemos darle tiempo a intentar obtener mi fuego. Me pregunto a qué distancia debe estar para que ese poder funcione.

—¿Has pensando en dispararle? —preguntó Iori al ver que Kyo estaba pensando en términos de una innecesaria pelea cuerpo a cuerpo donde iba a estar en desventaja.

—Disp... ¿Con un arma, quieres decir? —tartamudeó Kyo, viéndose ofuscado ante el enfoque práctico que el pelirrojo le estaba dando a la situación—. Si Ash es el enviado de un dios, no creo que...

—¿Lo has intentado?

—No, pero...

—¿Usar un arma es un recurso despreciable que va en contra de las costumbres ancestrales de tu clan? —dijo Iori, adivinando lo que Kyo iba a decir, porque su propio padre había tenido una postura similar.

Kyo se quedó pensativo, considerando aquella opción.

—Quizá funcionaría —dijo finalmente, sin sonar muy convencido porque su experiencia se limitaba a dagas y espadas japonesas—. ¿Cuánto sabes de armas?

—Lo suficiente.

—¿Tienes alguna aquí? —preguntó Kyo.

Iori negó.

—No es difícil conseguir una —dijo.

Ante esa simple afirmación, Kyo recordó en qué país se encontraban.

Intentó imaginarse disparándole a Ash y acabando con la amenaza de Orochi con un simple trozo de metal. La escena le pareció absurda y no pudo evitar reír, pasándose una mano por el cabello con desasosiego.

—Sólo hablar de esto hace que se sienta incorrecto, ¿no crees? ¿Usar armas? ¿Contra un dios y sus enviados? —se quejó, riendo aún. Iori no pareció verle la gracia.

—No tienes por qué intentar solucionar todo con tu poder —dijo el pelirrojo.

—No dirías eso si te hubiesen criado como a mí —replicó Kyo, y al instante siguiente se mordió los labios.

Sin embargo, sus palabras no molestaron a Iori esta vez.

—Si así fuera, Ash Crimson sería la última de tus preocupaciones —declaró el pelirrojo y la respuesta de Kyo fue verse complacido ante lo que las palabras de Iori sugerían.

—La verdad... Me alegra que estemos en el mismo bando por el momento —dijo Kyo con sinceridad, mirando a Iori a los ojos.

—Aunque no suenes convencido con mi idea —señaló Iori con tono sarcástico, Kyo apresurándose a buscar una manera de explicar por qué pensaba que un disparo no sería efectivo contra Ash, pero calmándose al ver que el pelirrojo no estaba exigiéndole que argumentara su punto de vista—. ¿Qué estrategia sugieres? —preguntó Iori entonces.

La respuesta de Kyo fue automática:

—Hacerlo arder, convertirlo en cenizas.

—¿No volverías a intentar atraparlo? —preguntó Iori.

Kyo negó.

—Esta vez sería más rápido. Lo haría arder hasta que desaparezca. No le daría tiempo a escapar.

Iori asintió,

—¿Qué tan lejos puedes hacer arder tu fuego?

El Kusanagi pensó su respuesta por unos segundos.

—Quinientos metros —dijo con cautela—. Quizá más —agregó en voz baja—. A mayor la distancia, se hace más difícil controlarlo, pero sé que podría. Es sólo...

Kyo calló, sin saber por qué le daba explicaciones a Iori en vez de limitarse a responder la pregunta.

—Te hace daño —concluyó Iori por él.

—Oh, no, lo que viste fue por culpa de Ash —se apresuró a decir Kyo, sin gustarle que Iori tomara eso como una muestra de debilidad de su parte—. Usualmente cansa, pero no es tan grave. No es normal que duela. Y nunca antes me había desmayado.

Iori aceptó su respuesta.

—Bastará con mantener a Crimson ocupado lo suficiente, evitar darle la oportunidad de atacarte —dijo el pelirrojo.

Kyo asintió con gesto seguro, pero luego dudó. ¿Debía comentarle a Iori sobre la punzada que sentía en su pecho cuando intentaba hacer que sus flamas se tornaran escarlata?

Al final, optó por no decir nada. Esperaba que en unos días esa situación se rectificara, que de alguna manera «sanara», como el resto de sus heridas.

—Cuando llegue el momento, no dudes en tomar la ofensiva —indicó Iori.

—No tienes que decírmelo —gruñó Kyo.

—Céntrate en Crimson y yo me encargaré de los otros dos.

Kyo negó, sin gustarle del todo la idea. Iori notó su disconformidad.

—Acabar con Crimson no debería tomarte mucho tiempo —explicó Iori, y, pese a que no lo dijo a modo de burla, Kyo sintió que ese «debería» implicaba que Iori no confiaba del todo en su capacidad para lidiar efectivamente con Ash. De lo contrario, habría usado una expresión más concreta, que no dejara abierta la posibilidad de que no lo conseguiría—. Con su líder derrotado, lo más probable es que vuelvan a retirarse, como ya hicieron una vez. No darán problemas.

—Está bien —murmuró Kyo un poco ofendido de que Iori no mostrara una completa fe en él. Sin embargo, tras deliberar un poco, concluyó que Iori tenía razón: él no tomaba medidas extremas a menos que su enemigo le hiciera algo. Se habría ahorrado muchos inconvenientes si hubiera pensando en destruir a Ash la primera vez que lo vio. Ash había tenido que empezar a robarle su poder para que él finalmente reaccionara—. Lo que daría por haber tenido tu consejo antes —suspiró, mirando a Iori—. Es como dijiste. Pensé que con darle una lección, o varias, Ash escarmentaría.

—Te hace falta sentido común —señaló Iori con tono irrefutable.

Kyo rió de mala gana, sin negarlo. Se abstuvo de decir que, si tuviera sentido común, no estaría acostado con él tan cerca, ni habría dejado que lo tocara como había hecho minutos atrás.

—Hey, Iori... —dijo después de titubear unos segundos—. ¿Alguna vez se te ocurrió buscarme?

El pelirrojo lo observó un momento, el cambio de tema tomándolo desprevenido, y luego negó, despacio.

—¿En serio? —preguntó Kyo, viéndose decepcionado.

—Tenía apenas diez años cuando abandoné Japón —dijo Iori—. Sin un padre que me recordara tu existencia cada día, debo admitir que te olvidé bastante rápido. —Iori vio cómo aquellas simples, sinceras palabras, afectaban a Kyo más de lo que había esperado—. Eras sólo un nombre, ¿por qué debía hacer el esfuerzo de buscarte? —quiso saber.

—Porque debías —murmuró Kyo por lo bajo, sin gustarle nada eso de ser olvidado con tanta facilidad.

—Confórmate con que al menos reconociera tu nombre más de diez años después —sugirió el pelirrojo, sin acabar de entender por qué Kyo reaccionaba así.

Kyo le dirigió una mirada de falsa molestia al oírlo.

—Yo sí te busqué —dijo con amargura—, por un tiempo. Si es que se puede llamar «búsqueda» a interrogar a todos mis parientes sobre un Yagami cuyo nombre nadie conocía. La falta de información me hacía pensar que eras un personaje imaginario. Hubo una época en que hasta me ofendió que no aparecieras. Pensaba si acaso no me considerabas un oponente digno.

—Simplemente no te consideraba —acotó Iori con tono burlón. Kyo entrecerró los ojos y antes de saber lo que hacía, le había dado un leve empujón al pelirrojo.

—Te lo mereces —aseguró Kyo con aire resuelto cuando Iori lo miró de forma nada agradable, y luego disimuló un suspiro de alivio cuando su empujón no pasó a mayores—. Hasta fui a la casa de tu familia, buscándote —continuó Kyo—. El lugar estaba abandonado, la puerta trabada. Trepé el muro y... —Kyo se interrumpió, dándose cuenta de que estaba admitiendo haber invadido propiedad privada ante el dueño de dicha propiedad—. No estabas ahí —concluyó.

—Veo que tienes por hábito husmear en casas ajenas.

—Eso no es verdad —repuso Kyo—. Bueno, sólo las... tuyas, quizá —admitió por lo bajo.

Kyo tuvo la impresión de que aquello le hacía gracia a Iori, a pesar de que el pelirrojo volvía a estar inexpresivo.

—¿Piensas volver a Japón? —preguntó Kyo después de unos segundos de silencio.

—¿Para qué?

Kyo se contuvo de recordarle que debía buscarlo cuando él volviera a casa, y en vez de eso optó por un:

—¿Visitar? ¿Ir de gira con tu banda?

Iori no negó ni respondió afirmativamente. Se quedó pensativo. Kyo sintió la necesidad de llenar el silencio y siguió hablando.

—Son muy buenos —dijo, recordando las pistas que había oído mientras esperaba que Iori volviera del ensayo—. Tal vez cuando todo esto termine vaya a verte tocar en algún concierto. Hay uno esta semana, ¿verdad?

—Dentro de dos días —asintió Iori, saliendo de su ensimismamiento y observando a Kyo.

—No creo que sea muy prudente que yo vaya a ése —suspiró Kyo, estirándose un poco y luego cruzando los brazos detrás de su cabeza, viéndose relajado ahora que la conversación giraba en torno a temas más inofensivos—. ¿Crees que Ash intente algo durante la presentación? Después de todo, te vio conmigo...

—No ganaría nada.

—¿Habrá seguridad en ese evento? —quiso saber Kyo, y ante el asentimiento de Iori, agregó—: ¿Podrías pedir que la seguridad sea más estricta? Por precaución.

—¿Qué te preocupa?

—Nada. Todo. —Kyo rió, sabiendo que lo que acababa de decir no tenía sentido—. Sé que Ash está lastimado. Sentí cómo ardía; las quemaduras debieron ser graves. No creo que vaya a intentar hacer algo tan pronto, porque debería necesitar un tiempo para recuperarse. Pero, al mismo tiempo, está tan cerca de alcanzar su objetivo que no lo imagino descansando. No creo que Orochi se lo vaya a permitir. —Kyo hizo una pausa y miró al pelirrojo con expresión seria—: Ash te vio conmigo, no hace falta investigar demasiado para averiguar que perteneces a una banda que ensaya en ese barrio por las mañanas. No le costaría nada buscarte para conseguir información sobre mi paradero.

—Que lo intente —gruñó Iori.

—Oh, de seguro lo hará, eso es lo que me inquieta —dijo Kyo—. ¿No podrían...? —Kyo dejó la frase en el aire, sabiendo que pedir que Iori y su banda cambiaran su rutina era pedir demasiado.

—¿Suspender los ensayos? ¿La presentación? —preguntó Iori un poco secamente.

—Sólo era una idea —se defendió Kyo—. Tal vez estoy siendo paranoico. —Y luego agregó más bajo, sonando un poco avergonzado—: No quiero que Ash intente hacerte daño.

—No ganará nada atacándome a mí. Eres el único que piensa que tengo algo de relevancia en este asunto —repitió Iori remarcando las palabras—. Y, por si aún no te das cuenta, me estás subestimando.

—No lo hago —aseguró Kyo frunciendo el ceño.

—«No quieres que intenten hacerme daño» —dijo Iori con sorna—. O tal vez no me subestimas. Sólo me estás rebajando a tu nivel.

—Yagami... —gruñó Kyo, comenzando a fastidiarse al ver cómo eran recibidas sus buenas intenciones.

—Es ofensivo que pienses que acabaré golpeado y magullado como tú —señaló Iori.

—Así acabarás si sigues provocándome —prometió Kyo con una sonrisa tensa, pero el efecto arrogante de su voz se perdió un poco al seguir acostado en una postura claramente relajada. Iori rió entre dientes. Cuando Kyo bromeaba, tendía a sonar como un fanfarrón, pero Iori no olvidaba que se trataba de un joven que podía hacerlo arder con tan sólo una mirada, si así lo quería—. Ah, ¿te parece gracioso? —preguntó Kyo con una falsa molestia, un brillo entretenido en sus ojos al ver la reacción de Iori ante su actitud engreída.

Iori no alcanzó a responder porque se oyó el timbre de un teléfono. Por costumbre miró el suyo, que estaba en la mesilla, su pantalla apagada.

—Es el mío —dijo Kyo, buscando en el bolsillo de su pantalón, su expresión volviéndose seria, porque era de madrugada en Japón y nadie solía llamar a esa hora a menos que se tratara de algún asunto urgente. Frunció el ceño al ver que la llamada provenía de Yuki, su novia. Se llevó el aparato al oído con algo de aprensión.

Iori se levantó para ir a buscar la cajetilla de cigarros que había dejado en su escritorio, y al volver a sentarse junto al joven vio que Kyo estaba teniendo una conversación con una mujer. Alcanzaba a oír la femenina voz aguda brotando del auricular del teléfono y, a pesar de que no reconocía las palabras, por las respuestas de Kyo supo que cuando volviera a Japón le esperaba una visita a una nueva cafetería que habían abierto en...

Iori dejó de prestar atención, sacando un cigarro y tomándolo con los labios. No llegó a encenderlo porque, aún ocupado con la llamada, Kyo dejó escapar una risa que Iori no le había oído antes: abierta, alegre, y sumamente falsa.

Observó al joven, que se había cubierto los ojos con un brazo y sonreía mientras hablaba. Ahora le contaba a su interlocutora que ya había encontrado a «ese maldito Yagami», que se había cruzado con Ash Crimson también, y que todo estaba bien. No entró en detalles sobre lo que había sucedido en realidad, y hábilmente cambió de tema para comenzar a hablar sobre la comida que había probado aquella tarde, un plato japonés que había estado increíblemente bien preparado etcétera. Iori se preguntó cómo del otro lado no se daban cuenta de que estaba ocultando algo con tan sólo escuchar el forzado entusiasmo que le ponía a su voz.

La llamada continuó por algunos minutos. Iori pudo haber aprovechado el tiempo para hacer algo más productivo, pero no se movió de su lugar. Continuó escuchando a ese Kyo, tan falso que casi se le antojaba desconocido, desagradable. En un comienzo, tuvo la seguridad de que la llamada provenía de la novia que había visto listada en la información de su perfil, pero, conforme la conversación avanzaba, notó una curiosa falta de afecto en la voz del Kusanagi. Eso lo hizo pensar que quizá sólo se trataba de un pariente, pero pronto descartó la idea al calcular la hora que era en Japón. ¿Quién sino una novia llamaría a Kyo a las tres de la madrugada para hablar sobre cafeterías?

Kyo rió de nuevo, usando otra vez su risa artificial mientras le aseguraba a la mujer que sí, estaba bien, y que pronto volvería a casa. Durante largo rato, Iori sólo oyó el rumor de la voz de la chica; las palabras seguían siendo ininteligibles, pero su tono era determinado y exigente. Cuando calló, Kyo le deseó las buenas noches y prometió esforzarse más en responder los mensajes que ella enviaba. Lo dijo con sentimiento, pero de alguna manera Iori supo que pronunciaba aquellas palabras sólo porque era lo que esperaban de él. En retrospectiva, gran parte de la llamada le había dado esa impresión. El contraste con el joven que había conocido en esos pocos días era discordante hasta el punto de molestarle.

—Siento que tuvieras que oír eso —dijo Kyo al cortar la llamada, mirándolo y teniendo la decencia de mostrarse un poco avergonzado—. Sabes cómo es —sonrió, restándole importancia—. O tal vez no. En ese caso, eres afortunado.

Iori no respondió, y Kyo se giró un poco para dejar el teléfono en la mesilla junto al del joven, la pantalla hacia abajo, como dando a entender que no habría más llamadas de ese tipo.

Cansado de estar echado, Kyo se incorporó hasta sentarse, estirando sus brazos y moviendo un poco sus piernas para desperezarse. Al probar flexionarlas, vio con alivio que la herida ya había dejado de doler.

Al levantar la vista hacia Iori, decidió que le debía una explicación al pelirrojo, porque éste lo estaba mirando de manera extraña, y Kyo no podía culparlo; al atender la llamada, había mentido descaradamente, tergiversando un poco los hechos y ocultando mucha información. Tenía razones válidas para actuar así, pero Iori no las sabía, y era comprensible que su actitud le extrañara.

—Era mi prometida —se encontró diciendo, preguntándose qué era lo que lo empujaba a justificarse ante Iori tan seguido y por qué le importaba tanto lo que Iori pensara de él—. Le preocupa que haya venido a buscarte. Verás, pertenece a la familia Kushinada. Está al tanto de todo lo que pasó entre nuestros clanes...

Kyo calló, dándose cuenta de lo incorrecto que se sentía estar hablando sobre Yuki con un Yagami.

—Tu novia desciende de las mujeres que se ofrecían en sacrificio a Orochi —dijo Iori lentamente ante su silencio, transmitiendo un claro desdén en su voz, porque resultaba casi absurdo que, de entre todas las personas, Kyo había elegido como pareja a una que estaba claramente ligada al sangriento pasado de su clan y a la tradición familiar. —¿Nunca te detuviste a pensar que quizá era una mala idea? —preguntó Iori a continuación, con verdadera curiosidad.

—No fue mi decisión —murmuró Kyo, viéndose cada vez más incómodo a medida que la conversación continuaba—. Nuestras familias lo acordaron antes de que naciéramos.

Iori arqueó ligeramente las cejas. Esa respuesta era lo último que había esperado del Kyo que él conocía, pero era muy acorde con la personalidad falsa del joven. Aquello le molestó, pero las actitudes del castaño se le hicieron más comprensibles ahora que este detalle había salido a la luz. Comprendió que ésa era la razón tras la ausencia de afecto que había percibido al oírlo hablar con su mujer, y también entendió por qué Kyo no lo había rechazado a él de raíz, a pesar de ya tener un compromiso.

—¿En qué época vives, Kyo? —preguntó con desprecio—. Librarte de un matrimonio arreglado no debería ser difícil.

Kyo ignoró la desaprobación que oía en la voz del pelirrojo.

—No es algo que nos guste, lo acepto —se encontró diciendo, justificándose, de nuevo, ante Iori—. Pero es una situación que se puede sobrellevar. Llegamos al acuerdo de que estar comprometidos no impide que podamos prob... —Kyo se interrumpió repentinamente, mirando a Iori con el entrecejo fruncido, viéndose fastidiado—. ¿Por qué diablos te estoy contando esto? —preguntó, su voz seca, como si Iori tuviera la culpa de todo.

Iori se encogió de hombros.

—No me interesa cómo sea la relación con esa mujer tuya —admitió—, pero al menos esto explica por qué ella no puede ver a través de tu falsedad y por qué tú no puedes aceptar un gesto amable como sincero.

—¿De qué hablas? —exigió saber Kyo, sin entender a qué se refería Iori.

—Le presentas una personalidad considerada y amable, fingida, con la excusa de que no quieres preocuparla —señaló el pelirrojo despectivo, mirando un momento el cigarrillo sin encender que tenía entre sus dedos antes de volver a fijar su vista en Kyo—. Y porque mostré cierta consideración hacia ti cuando necesitabas ayuda, asumiste que soy tan falso como tú, llegando a tener el descaro de exigirme ser más auténtico.

Kyo se quedó de una pieza.

—No, no es eso —aseguró, negando con firmeza, sabiendo que se podía entender así, aunque ésa no hubiese sido su intención en ningún momento.

La respuesta de Iori fue una mirada desdeñosa.

—Dije que no estabas siendo completamente tú, que quiero conocerte mejor —murmuró Kyo con voz queda—. Hay una diferencia.

A eso siguió un largo silencio que a Kyo se le hizo opresivo.

—No he sido falso contigo —dijo Kyo aún en un murmullo, necesitando que el pelirrojo entendiera.

El Kusanagi se encontró con la mirada de Iori fija en él. Le sorprendió cómo en apenas dos días aquellos irises rojos se le habían hecho tan familiares. Ahora podía percibir los sutiles cambios que ocurrían en ellos. Sintió que se calmaba al mirar a Iori y ver que, a pesar de la dureza en su mirada, el joven no estaba molesto.

—No lo has sido —aceptó Iori después de una larga pausa—. ¿Por qué?

Kyo apartó la mirada brevemente. Cuando volvió a mirar al pelirrojo, se dio cuenta de lo cerca que estaban. Iori estaba girado hacia él de tal forma que sus rostros quedaban frente a frente, sus ojos casi al mismo nivel.

—No tengo nada que esconder —respondió Kyo por fin, una débil sonrisa asomando a sus labios—. Que te agrade o que me odies; no importa. Si llegas a conocerme bien, quizá quieras enfrentarme, matarme o ayudarme —señaló—. Incluso si prefieres ignorarme, sólo tendré que volver a buscarte. El resultado será el mismo: acabarás estando cerca de mí. Nada de lo que diga o haga cambiará eso.

El tono con que Kyo habló fue sincero, su mirada se mantuvo tranquila. Estaba claro que decir aquello en voz alta le había sacado un peso de encima. Sin embargo, Iori se dio cuenta de que había algo más. No era sólo esa última afirmación por la que Kyo se veía en paz, sino la conversación que acababan de tener, los planes que habían compartido, lo que habían aprendido el uno del otro. No todo había sido agradable, pero el joven Kusanagi tenía razón: eso no importaba realmente, por eso ambos seguían ahí.


Notas:

He recibido fanarts de «Ocasiones imaginadas» :D. Pero FFnet odia los links externos, así que sólo me queda invitarlos a que los vean en nuestro grupo de Facebook DarkCrimson Networks :D.