Este fic participa en el reto especial de aniversario "Lo bueno viene de a cuatro" del foro La Noble y Ancestral Casa de los Black.

N/A. Escogí para este fic el tema "Los cuatro Merodeadores" porque recientemente volví a leerme el Marauder!Crack (fic de Irati que me recomendó Kristy SR el año pasado-gracias, Kristy-), y recordé la razón por la que me había enamorado de él cuando lo leí por primera vez. Si os gustan los Merodeadores, necesitáis leerlo. Y si no hacedlo igualmente, porque lo amaréis de todas formas.

Fue Irati la que despertó en mí el amor por estos cuatro sinvergüenzas, y tanto su forma de escribir como la historia que contaba me abrieron un mundo nuevo.

Hoy quiero hacer un pequeño homenaje personal a esa increíble obra que es el Marauder!Crack, así que si encontráis similitudes entre mis Merodeadores y los suyos, no es coincidencia: comparto al 100% mi canon con Irati.

Sin nada más que añadir, os dejo a solas con los cuatro magos más especiales que nunca han pisado Hogwarts: los señores Lunático, Colagusano, Canuto y Cornamenta.


El señor Lunático


Está empapado de los pies a la cabeza. Sus zapatos dejan huellas de agua a su paso y tiene lluvia hasta en los huesos, pero parece que no lo nota. El frío más afilado lo lleva siempre dentro.

Entra en la habitación y comienza a desenrollar su eterna bufanda de oro y grana, que gotea pesadamente sobre la alfombra.

Desde la segunda cama por la izquierda, junto a la ventana, surge una voz. Descarada, burlona. Un niño en un cuerpo que se le queda pequeño y apenas contiene su perenne vitalidad.

—Eh, Lunático, ¿por qué estás intentando convertir nuestro cuarto en una piscina?

Sirius, claro.

—Está lloviendo a mares fuera. ¿No es esa mi cama, Canuto?

Remus Lupin. Cansado, correcto. Un adulto en un cuerpo demasiado grande, tan holgado que envuelve con capas y capas sus secretos.

Sirius sonríe y se incorpora sobre la que, efectivamente, es la cama de Lupin.

—Es que la tuya no está cubierta de trastos como la mía.

—Claro —concede Remus con calma, quitándose la túnica chorreante—. Y supongo que si te sugiriera recoger tu propia cama me tacharías de loco revolucionario.

—No, tío. Te tacharía de aguafiestas y… Eh, ¿dónde vas?

—A la biblioteca. Tengo que devolverle un libro a Lily antes de empezar a hacer la maleta.

Sirius abre la boca, pero Remus no le da tiempo a decir nada. Da media vuelta y sale de la habitación tras coger el libro de Lily de su arcón.

Baja a la Sala Común y está a punto de atravesar la puerta del retrato cuando ve a Peter sentado frente a la chimenea. Solo y callado, con el juego de las llamas quemando sus pupilas.

Remus duda, suspira, se acerca al chico.

—Hey, Peter —saluda suavemente—. ¿Todo bien?

—¿Qué? —Levanta bruscamente la mirada, confuso y pillado por sorpresa—. Ah, hola, Remus. Sí, sí, estoy bien… No te preocupes. Solo… triste. No quiero que esto se acabe.

Lupin sonríe con amistosa condescendencia.

—Nada va a acabarse, Peter. Nos hacemos mayores, nos marchamos del colegio. Pero eso no significa que vayamos a dejar de ser amigos.

—Claro —murmura el otro poco convencido, sonriendo trémulamente—. Lo sé, sí.

Remus asiente, le toca el hombro como en un ánimo silencioso y sale de la Sala Común, dejando a sus espaldas a un Peter pensativo.

Avanza por los pasillos del colegio con calma. No tiene prisa en realidad, y si le hizo creer a Sirius que era así fue solo para tener una excusa con la que marcharse de la habitación.

Con la que alejarse de su presencia.

Remus suspira sin acelerar ni aminorar la marcha. Se siente mal consigo mismo. Mal por huir de Sirius. Mal por mentir a Peter. ¿Pero acaso podía hacer otra cosa?

Se siente extraño. En solo veinticuatro horas estará en el Expreso Hogwarts, sentado en uno de esos vagones por última vez. Y ya está, no habrá más. No más King's Cross ni andén nueve y tres cuartos en septiembre. No más pastel de merengue y calabaza en octubre, ni jardines nevados por Navidad. No ruido en enero ni libros en marzo. Nada de lluvia escocesa en abril. Nunca más exámenes en junio.

No más Merodeadores hasta en la sangre, donde ni siquiera la luna llega.

Porque maldita sea, sabe que lo que le ha dicho a Peter no es cierto, y que una vez fuera del colegio nada será igual. James tendrá a Lily. Peter todo un ejército de mascotas y hermanos para hacerle compañía. Respecto a Sirius… bueno, él se tendrá a sí mismo, y eso era mucho decir.

Pero, ¿y él? ¿Qué le quedará a él? Un arcón lleno de libros viejos y bufandas largas, una colección de cicatrices rasgando su piel y un secreto que sale a la luz cada luna llena.

De pronto, Remus se da cuenta de que está ya en la biblioteca. Coge aire y entierra sus pensamientos bajo toneladas de buenas intenciones. Él nunca ha sido de los que sucumben al pánico. Será un adiós doloroso, como todos los adioses, así que decide hacerlo rápido y sin mirar, como quitarse una tirita.

La melena roja de Lily entrando en su campo de visión le devuelve al presente.

—Vaya, Remus, qué sorpresa. ¿Qué haces tú en la biblioteca? —le pregunta divertida. Y es que es verdad, resulta extraño encontrarle a él allí.

Porque en contra de lo que todo el mundo piensa, Remus no es un gran amante de la biblioteca. Adora los libros, claro que sí, pero los prefiere en la soledad de su cuarto. Y nunca, jamás, ha ido allí a hacer los deberes o estudiar. El rasgar de las plumas sobre los pergaminos, los pasos de un lado a otro, las páginas pasándose adelante y atrás, los libros cerrándose de golpe y los susurros entre las estanterías siempre le han puesto demasiado nervioso. No es capaz de concentrarse si no es en el más absoluto silencio, estando a solas o, como mucho, con Lily.

—He venido a devolverte esto. —Le tiende el libro y ella lo coge en seguida—. Gracias por dejármelo, ha sido verdaderamente interesante.

—Me alegro de que te haya gustado —responde con una sonrisa, pero de sus ojos no se borra la sombra de una escéptica preocupación—. ¿Estás bien, Remus?

—Sí, claro —asiente él. Pero conoce a Lily: no se dará por vencida tan fácilmente. Así que resuelve alejarse rápido del peligro y se despide con premura—. Tengo que irme. Hablamos luego, ¿vale?

Se marcha antes incluso de que a la bruja le dé tiempo a responder. Sale de la biblioteca casi corriendo y una vez en el pasillo se detiene de golpe. Se siente estúpido. ¿Desde cuándo se comporta él así, huyendo como un crío asustado, víctima de sus emociones? Sacude la cabeza, anonadado. Y entonces les ve.

Es un grupo de primero, a juzgar por su estatura y sus rasgos aniñados. De Hufflepuff, por lo visto. Están en el jardín, charlando. Remus siente que algo tira de él hacia ellos, así que camina despacio por el corredor que discurre en torno al pequeño grupo, observándolos entre los arcos de piedra.

Uno de ellos tiene el pelo castaño revuelto, algo más largo que los otros, y unos brillantes ojos verdes. Está tirado sobre el césped con las piernas estiradas y separadas, con las manos apoyadas en el suelo tras su espalda. Tiene una sonrisa centelleante y habla inmoralmente alto. A su lado, un chico rubio y rizoso se recuesta de pie contra el tronco de un árbol. Escucha al primero entre carcajadas. Parece envidiablemente cómodo.

Hay dos críos más atendiendo. Uno menos atractivo que ellos, con un flequillo liso que casi les cubre los ojos. Les mira con admiración, casi adoración. Está apoyado también en el árbol, tratando sin disimulo alguno de imitar la postura del chico rubio. Resulta gracioso pero triste a la vez.

Y sin embargo, es el cuarto chico el que capta toda la atención de Remus. Está sentado a lo indio frente a los otros tres. Es pequeño, delgado, de aspecto enfermizo. El pelo oscuro le cae sobre las sienes con desorden, y no para de subirse con un dedo las inmensas gafas que aguantan precariamente sobre el puente de su nariz.

Remus siente un flechazo en el pecho. Es como volver al pasado, como estar ante sí mismo tal y como era hace seis años. Un niño distinto. Débil. Frágil. Un crío perdido. Un secreto cuidadosamente envuelto por una bufanda infinita. Un blanco fácil.

Cierra los ojos y casi puede verse. Sentado en su primera clase de Transformaciones. Tan pequeño que los pies ni siquiera le llegaban al suelo. Solo y callado. Nadie le hablaba, y él casi lo prefería así. Tenía la sensación de que su terrible secreto estaba escrito en letras brillantes sobre su frente para que cualquiera que le mirara pudiera leerlo.

Licántropo.

Solo de imaginar las caras de terror y desprecio le daban ganas de salir corriendo del colegio. Lo había vivido ya muchas veces. Cuando la gente se enteraba pasaban rápidamente del "Pero qué chico tan formal" a "¡Que alguien detenga a ese monstruo!".

Y Merlín, cómo dolía.

Por eso Remus había aprendido a ahogar sus emociones antes de que les crecieran alas, porque si las dejaba volar se arriesgaba a que les disparasen en mitad del cielo y a caer desde cientos de metros de altura.

Justo en ese momento, el niño de delante se había girado. Tenía el pelo casi por los hombros y los ojos grises como el hierro fundido, como el plomo viejo. Era su compañero de cuarto, pero Remus no había hablado con él. Con ninguno de su habitación, en realidad: tan pronto como había llegado la noche había corrido a su cama y se había quedado dormido casi al instante, desesperado por evitar las preguntas.

—Hey —dijo el chico—. Te llamas no-sé-qué Lupin, ¿no? Oye, ¿me puedes dejar una pluma? Olvidé comprarlas antes de venir al colegio.

Remus recuerda haberse preguntado qué clase de niño no compraba plumas antes de empezar su primer curso en Hogwarts. Recuerda también el ruido seco de algo cayendo en la base de su estómago cuando Sirius Black sonrió tras haber recibido de su pálida mano una pluma negra nueva.

—Gracias, tío —había asentido él con alegría.

Siete años después, Remus no lo ha olvidado. De su cabeza nunca se va el recuerdo del tarro de caramelos de Peter resbalando entre los dedos de su dueño para estrellarse en mil esquirlas de cristal contra el suelo, y su mirada de infinito agradecimiento cuando se había agachado a su lado para ayudarle a recoger el desastre. O el recuerdo de James, despeinado y arrebatadoramente sincero, haciendo los deberes bajo la sábana a las tres de la madrugada del quinto día de clase bajo la luz de un Lumos que Remus había conjurado para él, susurrando "Gracias, Lupin, te debo una".

O el recuerdo de Sirius pegándose con ese Ravenclaw de tercero que le había dado una patada a Remus exigiendo que le dejara libre ese sitio de los jardines donde estaba leyendo porque "Ese es mi árbol, mocoso". El resultado fue una corbata azul y plata manchada de sangre, un chico en la enfermería con la nariz rota y Sirius con un ojo morado y el labio partido en el despacho del director.

Se había metido en una pelea por defenderle.

Hacía solo dos semanas que se conocían.

Remus, efectivamente, nunca pudo olvidar a Sirius.

De vuelta al presente, Lupin sacude la cabeza y se aleja de los cuatro pequeños Hufflepuff.

Han sido siete años increíbles, pero todo lo bueno llega a su fin, y es algo que debe aceptar con aplomo. Ya bastante es que a él (precisamente a él) se le haya concedido el tremendo honor de tener unos amigos como ellos.

James, que cuando se enteró de que era un licántropo le miró como si le viera por primera vez, y como si le gustara lo que tenía delante. Que solo dijo "Joder, quién lo iba a decir del debilucho de Lupin". Que decidió que tenían que hallar la forma de hacerle más llevaderas esas noches de luna llena.

Peter, que dejó de parecer un niño asustado para ponerse en pie con el labio temblando y abrazarle con una promesa eterna. Que le dijo que todo iría bien. Que se coló en la Sección Prohibida y encontró el libro con el hechizo.

Sirius, que se enfadó porque creía que si alguien tenía que ser una bestia peligrosa era él. Que pidió todos los detalles escabrosos de la transformación sin vergüenza ni decoro. Que llevó a cabo el conjuro que los convirtió en animagos y decidió que Lunático era un nombre perfecto.

Remus entra en la Sala Común de Gryffindor con una sonrisa desvaída en los labios. Sí, tiene los mejores amigos del mundo. Y sí, maldita sea, les echará de menos.

Está a punto de subir a su cuarto para disculparse con Sirius por su precipitada huida de antes cuando ve a Peter. Inmóvil justo donde lo dejó.

Y decide quedarse para, esta vez sí, ofrecerle la verdad.


N/A. Cualquier Remus/Sirius que pueda dar la impresión de estar insinuado aquí es mera coincidencia. O no.