N/A. Nope, no iba a subirlo hoy. Pero lo tengo escrito, estoy aburrida y qué demonios, sé de alguien que quiere leer qué pasa con Sirius. Y se lo debo. Otro para ti, LadyChocolate.


El señor Canuto

Remus se ha largado sin más. Dejándole a la mitad de una frase. Remus.

¿Qué demonios le habrá pasado?

Refunfuñando por lo bajo, Sirius se cruza de brazos y se deja caer de nuevo cuan largo es en la cama del otro chico. Las sábanas huelen a limpio y la mesita de noche sostiene una montaña inconmensurable de libros. Sirius los mira con la cabeza ladeada y un mechón rebelde sobre la frente.

A Remus le pasa algo.

Con un salto ágil, Sirius se levanta y se acerca a su propia cama. Rebusca entre toda la porquería que hay extendida sobre el edredón y coge un cigarrillo. Se lo lleva a los labios. Gruñe. Lo enciende con un chasquido de dedos. Se dirige a la ventana. Vuelve a gruñir.

A Remus le pasa algo. No le cabe la menor duda.

¿Y desde cuándo el muy idiota le oculta ese tipo de cosas? Le pasa algo que no le ha contado. A él. A Sirius. Su Remus.

Sirius mira por la ventana con los ojos entrecerrados y fuma en silencio. El tabaco siempre le ha sabido un poco como cree que sabría la muerte si algún día lograra morderla, y eso le gusta. Es relajante y además sabe que le da aspecto de duro.

Pero hoy no hay nada capaz de relajarle y solo piensa en ese lobo estúpido que lleva unos días desvaneciéndose ante sus ojos como un espejismo.

Idiota.

Entonces Sirius echa un vistazo a la habitación y a los baúles a medio hacer, y recuerda que ese es su último día en Hogwarts.

Dios mío, eso es lo que le pasa.

Anonadado con su descubrimiento, Sirius vuelve a sentarse en la cama de Remus y da una calada larga. El licántropo está triste porque no quiere marcharse.

El pensamiento hace que se estremezca. Lo entiende. ¿Quién podría querer irse de allí? A Sirius siempre le ha gustado hacerse el duro, con sus cigarrillos baratos, sus botas militares, su cazadora de cuero y su moto ilegal. Pero maldita sea, él tampoco quiere que todo acabe.

A partir de mañana, su futuro será incierto. No volvería con sus padres ni loco, ni siquiera aunque por algún extraño motivo se retractaran en todo eso de rechazarlo como hijo. No quiere verlos nunca más. Ni a su taciturno padre, ni a su estricta madre. Ni tampoco a ese imbécil estirado de Regulus.

Hace mucho tiempo que Grimmauld Place dejó de ser su casa, y si Sirius sigue llevando el apellido con la cabeza bien alta es porque disfruta cuando comete alguna fechoría, cualquier tipo de atrocidad, y la gente murmura escandalizada por lo bajo "Ese es el chico de los Black. Qué vergüenza, qué deshonra para la familia".

Deshonra. Eso es lo que es él. Demasiado puro para ser un Slytherin, demasiado podrido para ser un Gryffindor. Solo un paria en tierra de nadie.

Enfadado con el mundo por hacerlo todo tan injusto, Sirius se acaba el cigarrillo y lo tira al suelo sin importarle nada. Se deja caer, entierra el rostro en la almohada. Huele a Remus, y todo lo que huele a Remus es tranquilizante y afectado. Todo lo que tiene que ver con Remus está bien.

Todo lo que le recuerda a los Merodeadores está verdaderamente bien.

Con algo que sabe a lágrimas latiéndole en el pecho, Sirius piensa en el día que conoció a James, ese malnacido que le robó una sonrisa en la estación de King's Cross cuando le ayudó a recoger los libros que un imbécil le había tirado al suelo.

Aquel mocoso era delgado, miope y posiblemente el mayor idiota de la tierra, ahí parado con su sonrisa resplandeciente y ese "Me llamo James Potter" que podría haber sido petulante pero no lo fue. El mismo crío que le echó una carrera por el pasillo del tren y que se sentó a su lado en el último vagón. El mismo que gritó su nombre y lo llamó para que se pusiera junto a él en la Ceremonia de Selección cuando nadie más se atrevió siquiera a mirarlo a los ojos.

James, que es bueno y noble de esa forma en que ya nadie se atreve siquiera a imaginarlo. Tan sincero, tan puro, que a veces dan ganas de encerrarlo en su habitación y no dejarlo salir jamás para que nunca lo corrompan los horrores del mundo exterior. James, eternamente enamorado de un imposible de ojos verdes. Tan directo y tan humilde. Tan limpio por dentro que Sirius desearía ser como él. Tan James que duele verlo y pensar que al día siguiente dejarán Hogwarts para siempre.

El único hermano que tendrá nunca. Su mejor amigo, maldita sea. Jimmy, su Jimmy, con quien caminaría descalzo hasta el fin del mundo solo para ver qué hay más allá. Alguien por quien matar y por quien morir. Esa fuerza desesperada que le hace insomne por las noches bajo una capa de invisibilidad, esa energía que es magia en su estado más puro, esa carcajada entre dientes en mitad de una clase por un chiste que ni siquiera recuerda quién soltó pero que termina con ambos expulsados, revolcándose de risa en el pasillo.

Luego está Peter, claro. Ese pequeñajo… Sirius sabe que con frecuencia es demasiado duro con él. ¿Qué puede hacer si disfruta atormentándolo? Pero le adora, claro que sí. Si solo supiera el potencial que tiene… Y sin embargo, Pettigrew se cree menos, se esconde, se disfraza de sombra y se enreda en los pies de James.

A veces Sirius querría darle una colleja y hacerle despertar. Gritarle, zarandearle, sacudirle hasta que dejara de ser el niño pequeño de ojos grandes que todos ven cuando le miran. Querría explicarle que él importa, y mucho. Que es uno más de ellos. Que le necesitan.

Pero a Sirius nunca se le han dado bien las palabras y, por otra parte, es un experto dando miedo, así que le asusta y le castiga así por ser tan diminuto.

Al menos tuvo el decoro de escoger a una rata y no a un ratón, o peor, un hámster.

Y por último está Remus. Aunque decir "por último" y decir "Remus" suena demasiado injusto.

Remus es el niño de once años que llevaba la piel tatuada de recuerdos desagradables en forma de largas líneas blancas. El niño que escondía su cuello y su barbilla en una bufanda insultantemente larga y que llevaba una gran pila de libros que se tambaleaba cada vez que estornudaba. El niño que era distinto a todos.

Remus, enfermizo, débil, pálido, etéreo. Remus, que en cualquier momento se haría intangible y después desaparecería ante todos. Remus, un licántropo.

Todavía recuerda cómo nació su apodo. Estaban ellos dos, solos en la habitación, sentados sobre la cama de Remus porque la de Sirius estaba cubierta de cosas. Como siempre.

—Habrá que buscarte un nombre a ti también.

—Nada de eso, Sirius. ¿Qué tiene de malo mi nombre?

—¿Qué tiene de bueno?

—Me gusta mi nombre.

—A mí también. Pero estamos hablando de algo mayor. Algo mucho más poderoso. Algo que sea como tú.

—¿Como yo? —Remus fingió pensar con ese deje de ironía tan sobrio y tan Lupin—. Genial. ¿Qué te parece entonces Afeminado? ¿Empollón? ¿Debilucho? ¿Distraído?

—Lunático.

—¿Qué?

Era de noche y faltaban solo dos días para la transformación. La luna, casi llena, derramaba plata líquida por la ventana. Sirius sin camiseta y Remus con su pijama de rayas. Catorce años vagamente vividos porque todo lo bueno empezaba esa noche.

—Lunático. Ese es tu nombre. Lunático, como tú, Remus.

Sirius sonríe y piensa en todo lo que significa querer a Remus Lupin. Piensa en el dolor tres noches al mes, cuando el chico se rompe y del envoltorio cuidadosamente preparado surge la bestia, toda dientes y ojos de ámbar. Piensa en lo que esconde la carne, donde ni siquiera la luna llega. Piensa en la magia quemando sus venas, fundiéndole desde dentro, perdido en la palabras de John Lennon saliendo de los labios de Lupin mientras se ducha, correcto y pudoroso, interrumpido solo por esos estornudos que nunca lo abandonan del todo.

Querer a Remus Lupin es entregarse a un fuego silencioso que ha olvidado cómo crepitar y estar dispuesto a quemarse en él.

Querer a Remus Lupin, allí, sobre su cama, con la almohada que huele a él y la mesita coronada por una montaña de libros, a tan solo unas horas de decir adiós para siempre a todo lo que durante años ha sido su vida, duele. Duele tanto que Sirius quiere morir de rabia y de miedo.

Y entonces decide que no puede perder ni un segundo más lamentándose en esa habitación. Sus amigos están en alguna parte del castillo, y él piensa pasar cada instante que les quede juntos a su lado.

Baja las escaleras corriendo, con el pelo cubriéndole los ojos y las botas retumbando contra cada escalón, y ahí están. Remus y Peter, en la Sala Común. Como si el mundo no estuviera haciéndose pedazos. Como si el tren no fuera a arrancarlos de allí a la mañana siguiente.

Conteniendo las ganas de correr, Sirius se aproxima a los dos merodeadores sin segundas intenciones. Solo quiere estar allí. Vivir ese momento. Aprenderse de memoria a sus amigos, con calma por primera vez en su existencia.

Porque el hoy ya lo tienen pero el mañana es incierto, y hay cosas con las que ni siquiera Sirius Black está dispuesto a apostar.