Ya no cuenta como spoiler, ¿no?


AL FINAL


—la esperanza prevalecerá—


~luz~


«¡Si yo fuera otro ser no lo podría entender…!».

(Charly García, «Influencia»)


Mirarse las venas se le ha tornado costumbre, como si concentraran en su existencia toda tentación, toda seducción.

¿Qué pasaría si…?

Se frena, deja de mirarlas, mira la pared y cómo las gotas de agua caliente resbalan siempre hacia abajo, inevitablemente. Se dice, pronto, que las gotas son como él: siempre cae hacia abajo, siempre es inevitable, siempre le sale todo mal.

Siempre termina en el suelo, derrotado.

Odiándose por pensar en morir como le viene pasando de tanto en tanto, cuando pierde toda esperanza después de todo lo que ocurriera aquel fatídico día en que tuvo que dejar ir a su realidad, sale de la ducha, se seca, se viste. Mai no está por ninguna parte; seguramente, ha ido a la ciudad a ayudar con la reconstrucción. Es algo que suelen hacer: ella va para el oeste, él para el este y por las noches se cuentan lo que han hecho mientras se dan tiempo para su terapia de abrazos y ánimos que él espera estar dándole bien a Mai, pero que ella —nadie— está dándole a él. Por eso sigue pensando en morirse cada vez que lo seducen sus propias venas, por eso sigue cuestionándose cosas, por eso se reprocha todo lo que jamás estuvo en sus manos mientras piensa en el motivo. ¡Porque lo perdió todo, porque no pudo hacer nada!

«¿Por qué sigo vivo?».

«¿Para qué?».

Suspira al salir de la casa. Según le dijeron en la ciudad, hay un pueblo en el noreste, Chita o Shita, no recuerda, donde la reconstrucción de la Tierra de esa realidad prestada sigue demorada. Porque la muerte de los androides aún llena los ojos de esperanza, pero la luz que ésta irradia no llega a todos los lugares a la vez. Muchas zonas de la Tierra continúan frenadas en el tiempo, como si los androides aún vivieran; muchas partes del mundo siguen sin recuperar nada, muertas, porque la corrupción entre quienes fabrican materiales y distribuyen alimentos continúa: sobre-precios, demoras, desigualdad, mucho para las zonas ricas pero nada para las zonas pobres.

Lo de siempre, lector. Ya sabés.

Trunks sabe los porqués, los sabe mas no los comprende: las zonas más carenciadas, aquellas olvidadas por quienes tienen el poder económico, son las zonas donde más lo necesitan a él, porque su fuerza quizá en algo puede cooperar, porque con su velocidad algún proceso quizá logre acelerar.

Vuela, llega y lee «Zhita» en el cartel derruido desde hace años. Cierto, era ese el nombre. Al contemplar los vestigios de Zhita, cree poder imaginarse lo que ese pueblo fue antes de los androides: casas bajas, una pegada a la otra, construcciones precarias, techos de chapa, ropa colgando de las ventanas, niños jugando con bolitas de papel en las esquinas. Quizá así fue; ahora no es nada. Sólo quedan escombros, silencio, lluvia que cae apenas bajo un cielo gris, triste.

No, la luz jamás llegó aquí.

Camina como puede entre los escombros, busca la zona donde aún habitan sobrevivientes; está desorientado por la llovizna, la neblina y la tristeza que lo llena. Porque quien nada siente nada puede encontrar en la realidad.

Una voz aguda, extraña, lo alerta.

Gira en todas direcciones: ¿de dónde viene la voz? Entonces logra divisar una luz parpadeante, blanca aunque débil, dentro de una casa partida a la mitad. Corre sin saber bien por qué; la voz no grita, tampoco pide auxilio; canta. Canta una voz aguda que parece de mujer pero es de hombre, canta palabras tristes sobre pájaros y sueños. Sin embargo, aunque la voz no se lo pida, corre, lo hace porque algo en lo que escucha lo perturba.

Entra por el umbral que no tiene puerta, camina por lo que alguna vez fue una casa pobre; pasa otro umbral, y la escena que lo impacta lo hace retroceder tres pasos.

Aunque morir sea nuestro destino, volaremos siempre más alto… —canta un muchacho que, al juzgar por su apariencia frágil, no supera los dieciocho años. Está agachado en el suelo de lo que quizá fue un baño bajo una lámpara que se balancea sobre su cabeza; en sus brazos, una chica duerme.

¿O…?

—D-Disculpa… —susurra Trunks con la mente en blanco, mirando sin parpadear una mancha de sangre que cubre el vestido blanco de flores desteñidas de la chica.

El muchacho deja de cantar. Lo mira, sin reacción, y Trunks nota lágrimas en sus ojos.

—¿Ella está…? —pregunta Trunks.

El muchacho abraza más fuerte a la chica que parece dormir. Trunks, al mirarla en detalle, nota al fin una señal de vida: ella respira.

—Pude frenarla, aunque llegó a cortarse un poco —explica el muchacho mientras besa el cabello revuelto de la chica—. La sangre se detuvo, la vendé muy fuerte. Se durmió hace unos diez minutos; no paraba de llorar y de pedir perdón.

—Entonces…

—Le cantaba para que se relajara, creo que funcionó. —Aunque débilmente, el muchacho sonríe.

Trunks se agacha. Nota rota la camiseta blanca que el muchacho trae puesta; nota la misma tela, aunque roja por la sangre, envolviendo la muñeca derecha de la chica.

—¿Intentó…?

—Sí. La seguí hasta aquí, la encontré y la frené.

—¿Es tu amiga?

El muchacho la mira: ella continúa dormida. Está pálida, pero no en exceso. Sin entender por qué, Trunks no logra reaccionar. ¿No debería buscarle un doctor? ¿No debería sacar la cápsula donde guarda un botiquín?

—No, no la conozco más que de vista, es del refugio del sur —explica el muchacho—. Volvía de buscar víveres cuando la vi llorando mientras corría entre los escombros. La seguí hasta aquí: cuando entré, intentaba cortarse con ese cuchillo. —Señala el arma blanca ensangrentada en una esquina de ese casi-baño—. Se cortó al verme; fue todo tan rápido… Le quité el cuchillo, la abracé y le dije que no, que no valía la pena, que no lo hiciera, que no… —El muchacho frunce el ceño; se le siguen cayendo las lágrimas. Las seca con una mano manchada de sangre, se mancha su propia mejilla con ella y respira lo más hondo que puede.

Trunks ve cómo el muchacho se lamenta, cómo lo ha impactado lo sucedido; se lo nota sensible. Sin saber qué decir, se acerca a ellos despacio, gateando. Toma a la chica en brazos con cuidado ceremonial, la observa y siente cómo se le muere un poco el corazón. Es muy joven; no tiene más de quince. Al buscarle el pulso, lo encuentra. Es débil, pero persiste.

—Creo que estará bien —dice Trunks en un hilo de voz.

—¿Quién puede culparla? —susurra el muchacho, que ha tomado asiento contra la pared y tiembla por la tensión de la situación—. Es decir… Creo que todos lo hemos pensado en algún punto, ¿no? Los androides destruyeron casi todo; lo demás lo está destruyendo la propia humanidad. Pero quiero pensar que no es este el camino, ¿sabes? Quiero pensar que no es este, que hay otros.

El muchacho lo mira a los ojos: Trunks jura haber visto una intensidad parecida a la de esa mirada. Descubre, como en una epifanía, que es a él mismo a quien le recuerda, a él cuando era adolescente, a él cada noche en vela pensando en cómo derrotar a los androides para salvar al mundo y hacer feliz a la gente.

Cuántas mentiras.

Desesperado, meciendo a la chica que tiene en brazos, Trunks no encuentra respuestas. No sabe qué responderle al muchacho, no tiene idea: normalmente, diría algo sobre la esperanza.

Últimamente, sin embargo…

—Claro. Hay… otros caminos.

El muchacho sonríe. Trunks nota que es algo tímido, lo cual también le recuerda a sí mismo. Aunque hay, o eso cree, algo más de carácter en su mirada. Quizá, en el pasado, también había algo de carácter en él.

Pero ahora…

—Creo que sí, que los hay. Es cuestión de aferrarse a algo, de no olvidarnos de lo más importante —continúa el muchacho—. Por ejemplo, digo… Mi papá murió cuando nací, por los androides; mi mamá me cuidó todo lo que pudo. Se fue hace cinco años, tiempo después de que ese supuesto «guerrero dorado» matara a esos infelices. Ella estaba muy enferma y yo no tuve manera de conseguirle los medicamentos que necesitaba. Fui a la ciudad pero se negaron a ayudarme, dijeron que no tenían suministros. Cuando los tuvieron, era tarde.

—Lo siento…

El muchacho niega con la cabeza.

—No, no lo sientas. Sólo quisiera que nadie viviera lo que ella, que hubiera más oportunidades para todos. Quisiera… Vaya, ni siquiera sé por qué te digo esto.

Trunks tampoco sabe por qué lo escucha, pero lo hace, lo hace atentamente mientras vela por el sueño de la muchacha, sin poder de reacción. Las palabras que le escucha decir tienen sentido, dicen verdades, pero Trunks no logra conectar con ellas.

En realidad, desde que llegó a esa realidad que no logra conectar con nada.

—Está bien —dice Trunks—. S-Supongo que a veces sólo necesitamos hablar…

Como cuando Mai le habla y le habla y le habla sobre Haru y Maki, sobre cuánto los extraña, mientras llora desconsolada en sus brazos. Así está, escuchando.

Es incapaz, así como con Mai, de dar algo a cambio.

—Sí —responde el muchacho—. Porque todos lo hemos pensado, todos en algún punto oscuro lo hemos hecho: «¿para qué estoy vivo, si todo es una mierda?». Qué inevitable sentirlo así cuando todo se desmorona a tu alrededor, cuando sientes que ningún sueño se te va a cumplir, cuando te ves solo dentro de una oscuridad, invisible para el resto, hundido en tu tristeza y sin escapatoria…

—Sí… —susurra Trunks más por inercia que por prestar atención.

Aún no ha entendido.

—Pero si algo he aprendido todos estos años huyendo y cuidando de mamá es que siempre vale la pena seguir luchando. Siempre hay un sueño por cumplir, una meta por alcanzar. Yo sueño con cantar, por ejemplo. Me gustaría emocionar a las personas con mi voz, darles un abrazo si es que lo necesitan, estar con ellas en malos momentos.

Trunks parpadea repetidas veces. ¿Cantar? Ha escuchado mil y un sueños durante toda su vida, pero este es uno inédito. Haber crecido en un mundo donde nadie cantaba ni pintaba ni escribía, como su mamá le contaba que hacía la gente antes, cuando había paz en el mundo, es quizá lo que provoca el ruido.

—¿Estar con ellas…?

—Sí.

El muchacho sonríe con un encanto que Trunks casi no puede creer, pues nunca se ha sentido así, sonriendo de esa manera. Ni siquiera al morir los androides había sonreído de ese modo.

Nunca lo ha hecho y quizá nunca lo hará.

—Digo —prosigue el muchacho—: por lo general, la gente me dice que estoy loco, que en vez de cantar debería seguir cooperando con Zhita, intentar salir adelante todos juntos, hacer algo útil. ¡Y lo hago! Sólo que siento que también podría aportar con otra cosa, desde otro lugar. La música emociona a la gente, le recuerda que la vida es más que todas las injusticias que vivimos y viviremos. La música puede ser, así como todo el arte, un testimonio de nuestra condición humana. Hable de lo que hable, diga lo que diga y lo haga como lo haga, el arte puede recordarnos que, aunque a veces estemos tristes y otras veces estemos felices, al fin y al cabo siempre estamos vivos y es eso lo que importa.

—¿Por qué? —pregunta Trunks, y entiende.

Siempre quiere ser el héroe, siempre quiere salvarlos a todos, siempre quiere contagiar esperanza a quienes ama; todo eso se le ha muerto adentro, lo hizo el día en que Zamasu destruyó su realidad y con ella su vida y su futuro. Ahora, de prestado en otra, apenas si puede hacer algo; pasa sus días haciendo sin sentir, sin propósito, sin sueños.

Como esa chica que duerme en sus brazos: desde que lo perdió todo, sólo desea morir.

Descubre, pronto, cuánto lo hace aunque le duela en el alma admitirlo.

Mira al muchacho; él mira el techo. Sonríe con el rostro y la camiseta manchados de sangre, lo hace pese a vivir en un rincón olvidado del mundo, rodeado de injusticias, condenado a ser un olvidado más.

Pese a haber deseado morir también, quizá.

—¿Preguntas por qué importa estar vivos? —indaga el muchacho a Trunks.

Éste susurra un «sí» sofocado.

—Es una pregunta demasiado trascendental, ¿no crees?

—Lo sé, pero…

—Creo que sólo uno mismo sabe su motivo. ¡Si somos personas! Que todas tengamos el mismo motivo es imposible o eso quisiera creer, porque pensarlo de otro modo sería, no sé, triste…

Trunks se impresiona. De alguna forma, sabe que está pidiendo un consejo que ese muchacho no tiene por qué darle, un motivo que ni él ni nadie le debe.

Entiende, pronto, que lo que necesita es sentir esperanza, sentirla de nuevo, alta en el cielo, brillando con los colores de la libertad.

—¿Cuál es tu motivo? —le pregunta al muchacho.

Éste lo mira a los ojos: su sonrisa llega casi a irritarlo por estar tan sumido en la tristeza; su convicción lo inspira hasta lo más crudo.

Es como hablar con una versión más joven y viva de sí mismo.

—Mirar los ojos de quienes me escuchen cantar y sentir que ya no estoy solo; sentir que sienten conmigo, que estamos en sintonía.

»Sentir que no estoy solo y provocarle la misma sensación a quien me escuche, eso es lo que más quiero.

Trunks no nota que llora hasta que percibe cómo una lágrima le cae por la mejilla izquierda.

—Hacerme más fuerte, proteger este mundo, no dejarme vencer, no culparme más, aprender de mis errores, seguir luchando para que este mundo sea feliz y justo —dice Trunks, llorando—. Eso es lo que yo quiero.

»Quiero… Quiero saber lo que significa ser feliz.

—No entiendo mucho de lo que dices, pero suena bien —dice el muchacho, que conmovido derrama una lágrima con él.

Están sentados en un baño derruido cuidando de una suicida durmiente; el contexto es peculiar, pero el mensaje es claro.

Morir no arreglará nada. Morir no lo salvará, no a Trunks, de todo lo que pasó.

Morir será estar solo para siempre y nada más.

La chica se revuelve en brazos de Trunks; el muchacho se acerca, la toma en sus brazos y la recibe cuando despierta. Cuando ella lo ve, lo abraza al estallar en llanto.

—Hay una psicóloga en mi refugio, ella es muy amable, me ayudó mucho cuando mi mamá murió —Le dice el muchacho—. Puedes venir conmigo si quieres. Si no tienes a nadie, yo…

Sin parar de llorar, la muchacha lo abraza al asentir. Tiembla de una manera casi retorcida, espectral; no se recuperará de un día al otro, será una batalla más, pero vive.

Si está viva, su existencia aún guarda esperanza.

Y significado.

Y todo lo que ella anhele, porque será posible mientras esté viva.

Trunks se levanta; la chica ni siquiera ha notado que hay una tercera persona presente. Cuando él se aleja, le sonríe al muchacho. Éste, abrazando fuertemente a la muchacha, le devuelve el gesto.

Trunks sabe, al verlo, que alguna vez fue como él. Quizá, lo único que necesita es eso, es volver a encontrarse a sí mismo, a ese Trunks que es esencia en bruto, el obstinado guerrero infestado de esperanza.

Cuando se aleja unos pasos, la voz aguda se escucha cada vez más lejana.

Aunque morir sea nuestro destino, volaremos siempre más alto…

Trunks se limpia una nueva lágrima.

No sabe cómo, no aún y mucho deberá esforzarse en su proceso en pos de curar su propio corazón, pero lo hará.

Esa misma noche, cuando llega a la casa-cápsula en la que vive con Mai a las afueras de la Capital del Oeste, se la encuentra en la pequeña cocina.

—Conseguí arroz, carne enlatada y dos tomates. ¡Haré algo sensacional! —le promete Mai al darle la bienvenida con un beso, mientras vigila el arroz que hierve en el fuego.

Trunks ve cómo ella le da la espalda, cómo continúa con su quehacer. En un impulso nacido del amor, la abraza por detrás.

—Perdóname.

Mai sujeta las manos que él tiene apoyadas sobre su vientre. No voltea.

—¿Por qué?

—Porque no he sido de ayuda los últimos meses. Es decir, Mai… —Trunks la aprieta. Cerrando los ojos y evadiendo la vergüenza, da libertad a todos los sentimientos que, desordenados, están atrapados en su corazón—. He tratado de cuidar de ti, he hecho todo lo posible, pero…

—Has hecho demasiado por mí, Trunks. —La voz de Mai lo emociona: es tan dulce como siempre o quizá más que nunca—. Pero recuerda algo, porque tiendes a olvidarlo: también debes cuidar de ti mismo. Yo estaré bien, en serio.

»No te olvides de que estamos viviendo lo mismo: no estás solo, nunca lo estarás mientras yo viva.

¿Tan importante es recordarlo? ¿Tan importante ha sido siempre? Aunque la realidad a la que pertenecen ya no exista, aunque hayan perdido demasiado, aunque lloren a Haru y Maki para siempre…

Nada es imposible. Nada, mientras estén vivos.

Todos ellos no pudieron elegir; él elegirá.

—Perdóname por pensar en rendirme —dice Trunks conteniendo las lágrimas.

—Perdónamelo también.

Escucharla le basta para desesperar: ella no, ella no puede pensar en eso. No Mai, no la persona más maravillosa que ha conocido, la única que le queda, la mejor, la que más ama.

La voltea, la mira, la besa. Al final, se miran con la misma emoción latente en los ojos.

—Esto no se arregla con un beso y lo sabes —dice Mai—. No te apures: tomémonos todo el tiempo que necesitemos.

—Sí…

—Y recuerda eso que te dije, ¿sí?

»Recuerda que no estás solo, niño.

Mientras esa luz brille en ella, mientras ella pueda encontrar esa luz en él, sentirse solos no volverá a ser posible.

Mientras, la oscuridad será el enemigo a vencer.

Como ese muchacho le había dicho esa mañana: la gente no debe olvidarlo jamás.

Estar vivos, sin importar cuán densa sea la oscuridad y tampoco cuánto tiempo demore dejarla atrás, significa que queda una oportunidad.


~.~


Desde hace cinco meses, nada quisiera más que darle mi corazón a quienes amo. Quisiera dárselos, conectárselos y pedirles que presten atención: esto es lo que siento, esto es lo que me pasa.

Me había olvidado de que seguía teniendo manera de hacerlo.

Siempre que sea capaz de escribir, por más tonto que sea aquello que escriba, como esto, algo de todo lo que hay en mi corazón va a quedar vivo.

Se lo dedico a la voz que me recordó que valía la pena salir de la oscuridad. «A veces estás feliz, a veces estás triste, pero siempre estás vivo».

Sí, es verdad.

También a mis cuatro amigas del alma. Sin importar la distancia, sepan que a nadie amo mas.

Y a quien lea:

Gracias, ojos que están ante una pantalla. Muchas gracias por leer.