Hola! Este fic es una continuación de "Desnudez", pero no lo quise publicar ahí mismo porque tendría que cambiarlo a rating M y prefiero que se quede tal como está, como un fic de humor en el rating T. Así que espero que les guste esta continuación, que en este primer capítulo no tendrá nada de tendencia erótica pero en el siguiente si :P En realidad este fic será el comienzo de una saga de relatos eróticos en el que tomaré a todas las parejas de DBZ, tanto canon como no canon. Se me hace muy interesante abordar a todas las parejas en esta faceta y ojalá que les guste este proyecto ;D


Intimity


Se revuelve en la cama por vigésima vez. No; se estaba equivocando. En realidad hace tiempo que perdió la cuenta. Simplemente no podía conciliar el sueño. La sensación de tener algo pendiente le resultaba sumamente incómoda, tanto como una cama de espinas o un collar de cactus.

Lo extrañaba. Era obvio que fuera de ese modo después de tantos años durmiendo a su lado. Lo necesitaba con ella, compartiendo el lecho que habían hecho suyo durante tanto tiempo.

Si por lo menos la causa de ese enojo fuera por una razón lógica podría haberlo soportado mejor, pero en realidad esas cosas que le habían molestado sucedieron hace tanto tiempo atrás que no tenía razón alguna para ponerse celoso. Sin embargo, aunque no lo entendía del todo, de igual manera hizo fluir empatía hacia él, pues cuando su hombre le dijo que vería a Milk desnuda también sintió la estocada de los celos en su piel...

Quizás era normal encelarse cuando una persona amaba tanto a la otra, como sucedía en el caso de ellos. Incluso había alguna gente que decía que los celos servían como una medida del amor. ¿Sería así? ¿No sería más bien una medida de la posesión? Pero en todo caso amor y posesión van de la mano, ¿no? En verdad, era complicado dilucidarlo, pero de todas formas algo si tenía muy claro: si ya con Yamcha había sido celosa, no quería imaginarse la cantidad de celos que sentiría por Vegeta si el mirase a otra mujer.

Nunca antes habían tenido problemas por celos, ni ella era coqueta con otros hombres ni él se dignaba siquiera a mirar a otras mujeres. De hecho, a ninguna la consideraría a su regia altura de príncipe saiyajin. Sólo a ella la estimaba como merecedora de su amor y por lo mismo había sido su mujer durante tantos años.

Dio un suspiro profundo, enfrascada en sus propios pensamientos. No podría dormir por más veces que lo intentase, eso ya le había quedado muy claro. ¿Pero cómo estaría él? ¿Estaría durmiendo bien? En su improvisado lecho de metal, ¿la estaría extrañando como ella lo extrañaba?

Fue entonces que se dio cuenta de que esa pregunta nunca tendría respuesta a menos que ella misma hiciera algo por obtenerla. Había que arreglar las cosas de una vez y tomar al toro por las astas. No pospondría el problema más allá de esta lluviosa noche.

Se levantó, colocóse una bata fucsia para capear el frío y se dirigió al ventanal: allí alzó las persianas y dirigió su mirada hacia la cámara de gravedad. Una tenue llovizna caía, empapando cada centímetro del vidrio con humedad. Alzó su mano, borró la bruma para observar mejor y enorme fue su sorpresa al ver que las luces del santuario saiyajin estaban prendidas.

Vegeta estaba entrenando. A las dos de la mañana entrenaba. Evidentemente, el saiya tampoco podía dormir; estaba usando la gravedad aumentada para desahogarse a través de los combates, seguramente imaginando enemigos a los cuales enfrentar. Quizás de esa manera conseguiría que la fatiga le permitiera dormir finalmente.

¿Pero en realidad por qué la sorprendía que estuviera despierto? Conociéndolo tan bien como ella lo hacía, resultaba evidente que estaría practicando sus movimientos de combate. Esa determinación sin parangón estaba entre las cosas que la habían terminado enamorando completamente. Siempre esforzándose, siempre poniendo al límite sus capacidades físicas y mentales.

Siempre queriendo ser mejor.

Siempre.

¿Cómo no enamorarse de un hombre así? Sí, era un gruñón a la altura de un ogro o peor inclusive, pero hasta eso conformaba parte de su exclusivo y único encanto. Esa voluntad y determinación inquebrantables se le hacían simplemente irresistibles.

La sonrisa que se formó en su rostro le indicó que no debía desaprovechar el tiempo, tenía que ir donde él y aclarar la situación. Sin perder más segundos, invocó la decisión que la había caracterizado durante toda su vida y partió al encuentro del guerrero que se había adueñado de su corazón.

No se preocupó de echarse un abrigo impermeable encima y tampoco de tomar un paraguas. Le dio exactamente igual mojarse. ¿Cuanto tiempo había pasado desde la última vez que había disfrutado la lluvia sin importar nada más? No lo recordaba ya, pero si sabía que ocurrió muchos años atrás. Esta vez lo haría. Disfrutaría la caricia que el cielo ansiaba otorgarle.

Transitó por el sendero que dirigía hacia el templo de su esposo, mientras el singular eco de los golpes aumentaba a cada paso que daba. Al cabo de unos cuantos segundos llegó a la puerta de la cámara. De haber estado de día, la mujer no habría dudado en llamarlo con un voluminoso grito, pero siendo más de las dos de la mañana no quería despertar a Trunks y tampoco a los vecinos. Simplemente pulsó el comunicador de la cámara y dejó fluir su voz a través de él.

—Vegeta, tenemos que hablar — su tono obtuvo el cariz de una orden más que de una petición.

Casi al instante, los golpes que surgían por dentro de la cámara se detuvieron. Segundos después se escucharon unos pasos. Había pulsado el comunicador.

—¿Qué quieres mujer? —preguntó imprimiendo inexpresividad a su voz.

—Ya te lo dije, hablar contigo — confirmó su objetivo una vez más.

Tras unos cuantos segundos la puerta de la cámara se abrió. La silueta del príncipe contrastó con la luz del interior, provocando un haz que se diversificaba en distintas direcciones.

Bulma permaneció allí, mirándolo atentamente con orbes difíciles de descifrar.

—Entra de una vez —ordenó él— ya no estás en edad de andarte mojando — señaló el cielo con su mirada.

Ella hizo crepitar sus dientes en su boca.

—¿Me estás llamando vieja?

—Entra — hizo caso omiso a la protesta recién esgrimida.

Ella dio un resoplido indignado antes de atender las palabras de su esposo.

—Después coges un resfrío por creerte joven todavía — la remató sin complacencia cuando pasaba a su lado. Para ella fue como si le hubieran dado patadas en el suelo.

—Eres muy pesado y cansador, lo sabías —lo recriminó con voz molesta—. Pero bueno no vengo a discutir — se introdujo finalmente, tras lo cual su esposo cerró la puerta.

Lo que Bulma no se detuvo a comprender es que Vegeta, a pesar de lo duras que eran sus palabras, en realidad la estaba cuidando. No quería que ella pescara un resfrío a causa de la llovizna. La estaba protegiendo a su particular modo, ese estilo bruto que sólo el príncipe saiyajin podía usar.

Ella, como primera labor, echó un vistazo alrededor con incipiente curiosidad. Aunque la había construido, paradójicamente, hacía muchísimo tiempo que no entraba a la cámara de gravedad. El color metálico rodeaba todo, imprimiéndole un aire frío y poco acogedor. Sólo algunas manchas de sangre rompían el tedio de lo monocorde. Era un hecho que la cámara se veía tan fría como el dueño.

—¿Y si le pongo unos adornos a este lugar? — dijo más para sí que para su hombre, mientras llevaba un índice a los labios.

—Imposible — saltó la voz de Vegeta, algo asustada al imaginarse pinturas, fotos de su mujer o coloridos decorados en su santuario —. No permitiré que profanes mi templo — lo defendió dispuesto a saltar con uñas y dientes.

Ella curvó sus labios, muy divertida. Era lógico que su cónyuge daría esa respuesta. Lo conocía demasiado bien.

—Está bien, sólo era una idea — dijo risueña, a la vez que le guiñaba un ojo con complicidad. Sin aviso, comenzó a caminar por la cámara, estudiándola al detalle. Luego miró al ser amado desplegando pasión en su mirada. — Bueno Vegeta, vine acá porque me parece ridículo que te enojes por algo que pasó hace tantos años y que además sucedió cuando todavía ni llegabas a la Tierra. ¿No te parece exagerado dormir en la cámara de gravedad?

Vegeta no contestó, en lugar de eso alzó su mentón y endureció su mirada, mientras sus brazos se cruzaban con más firmeza sobre su pecho. Prefería quedarse callado antes que aceptar que su mujer tenía razón. Porque para su pesar sabía que la tenía, pero no lo aceptaría. Ahí estaba otra vez su tozudo orgullo, dándole malos consejos que seguir.

—¿No dirás nada? — exigió respuesta ante ese silencio que se había prolongado.

—No — fue la cortante respuesta.

Bulma bufó con fastidio.

—¿Cómo podemos arreglar este asunto?

—Con nada — sentenció él al instante.

Ella formó una mueca de disgusto. Llevó una mano a sus sienes e invocó la paciencia necesaria para poder lidiar con alguien tan testarudo como él.

—No me gusta dormir sola. ¿A ti si? — lo encaró, pero cuidando el volumen de su voz.

—Sabes que no — admitió lo evidente.

—¿Entonces?

—Entonces nada.

— ...

"Esto será más difícil de lo que pensaba... hay que cambiar la estrategia"

Como la amabilidad no estaba dando ningún resultado la siguiente táctica variaría a una más ruda y directa: — Vegeta, haces escándalo por nada —agravó su voz— por ejemplo, el ginecólogo también me ha visto varias veces desnuda.

"Oh-oh... Bulma, la falta de sueño está afectando tu cerebro, como le dices eso, ¡tarada!", la recriminó su mente sin piedad.

—¿Qué? — chilló como un niño al que le es arrebatado su juguete favorito. Su faz era un poema dedicado a la contrariedad — ¡Dime donde está ese insecto porque iré a matarlo enseguida! — cerró sus enguantados puños como una máquina hidráulica en pleno funcionamiento.

—Vegeta no es lo que piensas...

—¡Cómo no! Si me acabas de decir que te ha visto varias veces desnuda —vociferó como un león en la selva.

—¡El ginecólogo es un médico! Alguien que nos atiende en nuestras cosas de mujeres.

—Y esas cosas de mujeres significa que un hombre te vea desnuda varias veces, ¿no?

—Es normal Vegeta, todas nosotras tenemos que ir a que nos revise de vez en cuando...

—No me importa, lo mataré como a un maldito insecto —volvió a cerrar sus puños imaginando que le fracturaba el cuello al galeno.

Entretanto, en una inmaculada clínica, un doctor anciano que apenas podía con sus piernas, sufría un repentino ataque de tos y un intenso calor en sus orejas.

"Cof, cof... qué raro..." pensó extrañado sin saber que alguien, en ese preciso momento, quería despacharlo en un boleto de primera clase hacia el otro mundo.

—Vegeta, es un viejito inofensivo —intentó explicar para hacerle entrar en razón.

—Igual de inofensivo que Roshi, ¿no? —inyectó el veneno del sarcasmo en su voz.

—Ay bueno, está bien, iré con una ginecóloga desde ahora. ¿De acuerdo?

—Una mujer debería revisar a una mujer —argumentó a la vez que en sus brazos cruzados tamborileaba los dedos de su mano derecha — Un hombre no tiene porque estar viendo algo que es mío. Mío — recalcó la última palabra, cejo fruncido mediante.

—Ya, así será — consintió, y rápidamente siguió hablando para volver a lo importante —; lo único que quiero es dormir contigo y no me moveré de aquí hasta hacerlo —advirtió poniendo sus puños cerrados en las caderas, en ese clásico gesto tan propio de su ser.

Vegeta chistó.

—No te lo mereces — sentenció cual juez en el pupitre, martillando un caso cerrado.

—Sabes que sí — replicó muy segura de ello.

—Y después dices que soy yo el cansador — contraatacó.

—Cada oveja con su pareja —esbozó una media sonrisa divertida, recordando el conocido refrán.

—Yo no regresaré a la casa. Si quieres dormir junto a mí entonces tendrás que hacerlo aquí.

—Pues lo hago, ni que fuera un sacrificio —desdeñó tranquilamente—. En mi juventud tuve que dormir en lugares mucho peores — dijo muy resuelta. Como siempre solía estarlo.

Vegeta dio un suspiro hastiado mientras su mirada se dirigía a un punto fijo en el vacío. Esa mujer era tan terca como él, pero, quizás, precisamente por eso es que se había terminado enamorando de ella. Las misteriosas contradicciones del amor eran así de peculiares.

—Este es un lugar incómodo y frío — le advirtió para que no acometiera su idea.

—No me importa, si es lo que tengo que hacer para que se te pasen esos celos absurdos lo haré.

—Te equivocas si piensas que estoy celoso. No lo estoy — renegó él lo evidente.

Bulma tuvo que sonreír inevitablemente. De hecho, estuvo a un tris de estallar de risa.

—Si te daña tu orgullo reconocer que estás celoso está bien, niégalo, pero no tiene nada de malo. Sé cuanto me amas aunque nunca me lo hayas dicho, es normal que te den celos. Yo también estaría muy celosa en tu lugar — empatizó, pues sabía bien que ella también podía ser atacada por ellos. Con Yamcha siempre lo fue y estaba completamente segura que con Vegeta sería muchísimo peor. Era una verdadera suerte que él nunca le diera motivos.

El cien por ciento saiyajin lanzó un bufido antes de volver a hablar. — No me agrada para nada sentir esto — finalmente se sinceró con la única que disfrutaba de aquel privilegio.

—Lo sé, pero es normal sentir algo así de vez en cuando. Los celos no son malos, siempre que no sean excesivos. Y conmigo nunca has sido celoso antes. Así que en vez de verlo como algo malo, prefiero tomar estos celos como algo positivo, una prueba que me demuestra todo lo que sientes por mí... —habló esgrimiendo una voz más suave, tierna hasta el candor.

Él miró esos luceros brillantes que cuando lo miraban a él parecían encenderse todavía más. ¿Qué tenía esa mujer que podía mermar su resistencia y sus defensas como si nada? Cuando abandonó el hogar estaba absolutamente decidido a no volver por lo menos en un día entero, pero ella derrotaba su testarudez con una habilidad encomiable. A pesar de la frustración, quería entender la razón de ello y su mente la susurró con la claridad de la luna llena: El amor por ella era más fuerte que cualquier enojo. Eso era lo que pasaba. Esa era su bendita maldición.

—Transformé mi dolor en orgullo —dijo él—, precisamente para superar mis sufrimientos del pasado. Eso ya lo sabes, como también debes saber que ahora transformé mis celos en orgullo. Por eso vine a mi cámara.

—Lo sé... —agradeció su sinceridad con un tremor emocionado en sus pupilas— te conozco demasiado bien y por eso estoy aquí. No quiero que estemos alejados, no vale la pena y mucho menos por una tontería.

El cerró los ojos por un largo momento, meditabundo. Luego los abrió y sus labios pronunciaron lo siguiente:

—Eres una bruja, porque no entiendo como lo haces para apaciguar mi fiera interna... dime, ¿dónde está tu escoba? — preguntó, sin entender como esa mujer lograba siempre lo que se proponía.

Ella sonrió, no sólo con su labios, sino también con sus orbes azulados.

—Te echaba de menos.

—Yo no — dijo él, terco hasta el fin de los tiempos.

Ella se acercó unos pasos para acariciar su mejilla con ternura. Vegeta trató de rehuir el contacto, pero ella aferró su mano aún más. No estaba dispuesta a tolerar que se alejase otra vez.

—Que bueno que por fin se solucionó todo —irradió una sonrisa a través de todo su semblante.

—De todas formas igual veré a Milk desnuda.

—Cállate.

Ahora fue él quien iluminó su mirada. Él no era un hombre de palabras o cariñoso. De ningún modo podía permitirse tales cursilerías. Pero a pesar de ello, Bulma no tenía ninguna duda de cuanto la amaba, pues un sentimiento tan grande no es necesario decirlo, sino demostrarlo. Y eso es lo que ha hecho Vegeta durante todo el tiempo que ha estado a su vera.

Bulma le da un abrazo que él, por esta única vez, no duda en corresponder. Pero sus extremidades sólo fueron una mera anécdota, una simple comparsa ante lo realmente importante: sus emocionados corazones. Eran ellos los realmente abrazados, latiendo uno junto al otro con la vehemencia propia del sentimiento más grande de todos: el amor.

El amor.


Continuará.