Todos los personajes son creados por Stephanie Meyer, los créditos de esta historia son todos para la autora Amethyst Jackson, la traductora de los capítulos del 1ro hasta el 26 es Ana Fluttersby. Yo traduje y edite del capitulo 27 hasta el 41, agradeciendo a las chicas de Elite fanfiction que tradujeron 38-39-40.

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Capítulo Uno

Era una noche nublada y sin luna, perfecta para cazar. Las chicas humanas son tan estúpidas, siempre vagando solas, en lugares mal iluminados, tarde en la noche, con nadie a los alrededores a quien pedir ayuda. No es que alguien pudiera ayudar. Los humanos son una débil burla en comparación a seres como yo. Vampiros.

Durante el casi siglo en que he vivido como un vampiro, he perfeccionado mi existencia. Al principio fué imposible caminar entre seres humanos sin probarlos. Pero, con el tiempo mi sed se aplacó, permitiéndome alimentarme cada pocas semanas, cada mes de ser necesario. Si permanecía en áreas densamente pobladas, la tasa de mortandad pasaba altamente desapercibida. No es que alguien hubiera podido atraparme. No dejaba evidencia, disfrazaba mis asesinatos como homicidios típicos y nadie nunca adivinaba. Además, Podía cautivar a los humanos fácilmente para que creyeran en mi inocencia. Especialmente porque al poder escuchar sus pensamientos podía decirles exactamente lo que necesitaban para convencerse.

Esta noche tomé la oportunidad de alimentarme pues las condiciones eran ideales. Un lunes por la noche, además. No había nadie por esta parte del campus, especialmente tan cerca del inicio del año escolar. Excepto, desde luego, por la pálida chica dejando la biblioteca que acababa de cerrar.

La seguí en silencio hasta que llegó a una bocacalle. Permití entonces que mis pasos fueran escuchados sobre el pavimento. La chica saltó, luego tropezó en la irregular acera y dejó caer sus libros. Me le acerqué con la pretensión de ayudarla, tornando mis ojos muy abiertos y sinceros mientras le ofrecía mi más encantadora sonrisa.

―Lo siento. No fue mi intención asustarte ―dije, pasándole los volúmenes caídos, a los cuales miré rápidamente. Todos de Jane Austen. O una romántica empedernida o una estudiante de la Licenciatura en Literatura Inglesa o ambas. Me sonreí. Las de tipo intelectual eran buenas. Un poco ácidas a veces, pero usualmente dulces.

―Está bien ―dijo, ruborizándose. La sangre invadiendo su rostro combinada con el aliento que exhaló; me golpeó como una bola de demolición. Al menos, como una bola de demolición se sentiría para un humano. Ella era tan, tan dulce... como fresias. El veneno corría libre en mi boca, y yo sabía que mis negros ojos la asustaron. Su corazón palpitaba rápidamente y ella olía a miedo―. Sólo estoy sobresaltada ―continuó, viendo a sus pies―. Ya sabes, con ese asesino en serie que anda por ahí aún.

―Cierto ―dije. Qué poco sabía ella―. No deberías andar caminando así, sola. Es peligroso.

Se estremeció. ―No tengo muchas opciones. Debo trabajar para pagar mi colegiatura, así que debo hacer mis tareas tarde en la noche...

―Déjame caminar contigo ―sugerí. Yo siempre jugaba con mi presa antes de matarla, aunque esta noche estaba, ciertamente, considerando desviarme del plan usual. No quería nada más que enterrar mis dientes en su garganta y beber hasta saciarme. Ella sería, ¡Oh!, tan satisfactoria... pero ese era el por qué debía ser paciente. Esta era demasiado buena como para apurarla, necesitaba ser saboreada.

―Okay, ―acordó, abrazando sus libros a su pecho mientras caminábamos. Abrí mi mente para escuchar sus pensamientos. Necesitaba llevarla a dónde nadie escuchara los gritos, porque seguramente tendría dolor si yo bebía tan despacio como deseaba, y necesitaba saber lo que pensaba de mí para llevarla ahí. Me concentré, pero no había nada. Podía escuchar los insectos susurrando sobre la grama, el aire acondicionado ronroneando en la cafetería, pero nada de su voz. ¿Podría su mente estar tan en blanco?

― ¿Puedo preguntar tú nombre? ―intenté. Su respuesta debería resonar en sus pensamientos.

―Bella Swan―. Nada. ― ¿Puedo preguntar el tuyo?

―Edward Masen ―sonreí. Su ritmo cardíaco aumentó de nuevo, pero aún no había pensamientos.

Estaba confundido. Ningún humano estaba enteramente sin pensar... Simplemente yo no podía escucharla. Eso jamás me había ocurrido antes, no en 90 años. ¿Qué era ella?, ¿Por qué su mente estaba cerrada para mí?

No importa, decidí. Podría cautivarla sin escuchar sus pensamientos. Yo hacía esto todo el tiempo.

― ¿Hacia dónde te diriges? ―pregunté, convencionalmente, moviéndome un pelo más cerca de ella.

―Collins ―respondió, mordiéndose el labio. Casi dejo escapar un gruñido, al ver ese labio sonrojarse con sangre cuando lo soltó, pero de algún modo lo reprimí.

― ¿Estás en primer año, entonces?

¿Sonaba mi voz tan tensa para ella como para mí? Una conversación banal era muy difícil para mí cuando cada aliento me llenaba con su apetitoso aroma.

―Sí. ¿Qué tal tú? ―preguntó. Sus ojos se mostraban curiosos, extrañamente curiosos para una conversación tan trillada.

―En segundo año ―contesté. Tendía a quedarme sólo un par de años en un lugar; jamás llegaba a tercero.

―No te ves como de segundo año ―dijo, frunciendo el ceño como que no podía resolver un rompecabezas. Estudié la arruga en su frente como si pudiera encontrar sus pensamientos escritos ahí.

―No te ves como de primer año ―repliqué, con la sonrisa pícara que usualmente ponía los corazones a revolotear. Sí, ahí estaba, ese pequeño salto en los latidos de su corazón. Bello.

― ¿Qué haces? ―preguntó―. Digo, ¿qué estudias? Sé que nunca antes te había visto... me acordaría―. Se ruborizó de nuevo, y me pregunté por qué, aún mientras la maldecía por hacer esto tanto más difícil. Si tan sólo pudiera inclinarme y presionar mi rostro en su enrojecida mejilla... que delicioso olería de cerca...

―No he escogido aún―. Nunca llegaba tan lejos. ―Aunque estoy pensando en Psicología―. Ya era un experto en la mente humana; constituía la mentira perfecta. ― ¿Qué tal tú?

―Inglés ―replicó. Tal como lo sospeché―. Siempre he amado el modo en que un libro parece diferente cada vez que lo lees, porque tu mente lo procesa de forma diferente... lo siento, eso era probablemente más de lo que querías saber.

―Para nada ―contesté, preguntándome por qué estaba interesado. Lo descarté con indiferencia. La chica era elocuente, pero todo lo que eso significaba era que ella, sorprendentemente, no era estúpida. Nada especial.

― ¿Eres de por aquí, Bella? ―pregunté. Si sus padres estaban en el área harían de su desaparición un alboroto más grande. No es que me impidiera matarla... No podía resistir esa sangre.

―No realmente ―dijo― Viví con mi mamá, en Phoenix, hasta que se volvió a casar cuando yo tenía diecisiete años. Me mudé a Forks para vivir con mi papá. Pero, probablemente tú jamás has escuchado de Forks.

―No, me temo que no. ¿Un pueblo pequeño?

Me estaba impacientando, pero ella no estaba reaccionando como estaba supuesta a hacerlo. ¿Dónde estaba el coqueteo desvergonzado?, ¿la invitación silenciosa? Se me estaba resistiendo más de lo que debería.

―Bastante ―se rió―. Los dos años más aburridos de mi vida.

Casi volteo los ojos. Las del tipo de pueblo pequeño siempre exageraban la miseria de sus existencias. ―Seguramente debiste tener amigos... novios...

―No, y no ―dijo, con otro rubor―. Yo nunca he realmente encajado en ningún lado.

―No imagino por qué. Te ves bastante normal para mí―. Aparte de su averiada mente.

Se encogió de hombros. ―Es como si mi cerebro funcionara de manera diferente al de todos los demás. Eso enfría a las personas.

Bueno, no podía discutir con eso. ―Las mentes normales son aburridas, de todos modos. La gente es muy predecible.

―Me sorprende que quieras estudiar psicología, entonces.

Me encogí de hombros, dándome cuenta de que mi mentira no tenía sentido después de todo. Nunca nadie había puesto tanta atención. ―Son las mentes anormales las que son interesantes ―dije. Fué lo mejor con que pude salir, pero pensé que era bastante cierto. Si no hubiera deseado la sangre de esta chica tanto, éste sería un reto divertido.

―Bueno, te divertirás conmigo, entonces, ―suspiró―. Llámame Muestra A.

Bufé. ―Puedo pensar en mejores cosas que hacer contigo que estudiarte.

Se ruborizó furiosamente, y me di cuenta del doble sentido de mis palabras. Ahí estaba la reacción que había estado esperando. Era el modo seguro de deshacer la racionalidad de todo ser humano, ponerlos a pensar en sexo. Qué risible. Yo no había pensado en sexo en años... lo intenté, desde luego, con la ocasional vampiro hembra con que me cruzaba, pero no soportaba escuchar sus pensamientos... tan altos y desconcertantes. Era difícil perderme en el acto cuando la mujer se la pasaba todo el tiempo pensando en sí misma. Supongo que no podría quejarme. Yo pensaba todo el tiempo en mí, también.

Eché una mirada contemplativa a la chica junto a mí. Ella continuaba caminando con sus ojos clavados en el suelo. ¿Cómo sería con alguien cuya mente no pudiera oír? Ridículo pensamiento. Probablemente la aplastaría a la mitad del acto, y eso arruinaría la diversión. Tendría que convertirla en vampiro para que funcionara, pero no iba a dejar una sola gota de su sangre. Además, yo trabajaba solo. Una compañera únicamente complicaría mi vida. ¿Y cuáles eran las probabilidades de que pudiera tolerar su presencia por un mes, ya no digamos por una eternidad?

Sacudí mi cabeza, removiendo esos pensamientos. Ahora no era el momento para que mi mente divagara. Estábamos acercándonos a su dormitorio, y aún no había encontrado la forma de lograr que se fuera conmigo.

― ¿De veras tienes mucho trabajo? ―pregunté, gesticulando hacia los libros en sus brazos.

―Un reporte, como de costumbre ―suspiró―. Esa es la desventaja de tomar la Licenciatura en Literatura Inglesa. Me siento como si tengo que escribir un reporte de todo lo que leo.

―Suenas estresada ―dije, infundiendo mi voz de simpatía.

―Supongo ―se encogió de hombros―. Como dije, debo trabajar, así que... eso me hace todo más difícil.

― ¿Te gustaría ir a algún lugar conmigo? ―pregunté, sonriéndole deliberadamente. Necesitaba estar en mi más encantadora disposición―. Desde luego, que si no te sientes cómoda, lo entendería, pero es un lugar al que me gusta ir cuando necesito relajarme. Creo que lo disfrutarías.

Ella dudó, echando un vistazo al dormitorio al otro lado de la calle y luego a mí. Sonreí inocentemente.

―Esta bien ―acordó.

Sonreí como encantado de tener su compañía. ―Maravilloso. Mi carro está sobre esta calle.

Me sonrió tentativamente y yo me aventuré a poner mi mano en su espalda baja mientras la guiaba. Se estremeció pero no se sobresaltó, así que no me retiré.

―Um... ―empezó a decir, acomodando los libros en sus brazos. Silenciosamente los tome, sabiendo que esos pequeños actos de caballerosidad tendían a tener un efecto positivo en las hembras de su especie. ― ¿No le...? ¿No le irá a importar esto a tu novia?

Me reí. Estaba pescando información, y definitivamente no era sutil. ―No tengo novia ―dije, mirándola furtivamente. ―No creerás que invito a cualquiera a mi sitio especial, ¿o sí?

Ahí estaba ese condenable rubor nuevamente. ―Bueno, realmente no te conozco, ¿o sí?

Vi la preocupación escrita en su rostro y sonreí otra vez. ―No soy ese tipo de hombre, Bella. No del tipo que a ti te preocupa, de todos modos.

―Lo siento ―balbuceó―. No confío fácilmente en la gente.

Me encogí de hombros. ―Es bueno estar en guardia. El mundo es un lugar peligroso―. Y ella no tenía ni idea de la clase de peligro en la que se acababa de meter.

―Suenas como si hablaras por experiencia ―dijo, volviendo sus ojos a mí. Me pregunto si sabría lo poderosos que eran sus ojos. He visto muchos aburridos ojos café en muchas aburridas chicas, pero los suyos no eran así. Estaba sorprendido de que más hombres humanos no hubieran sido atraídos por ellos.

―He visto algunas cosas desagradables en mí tiempo ―respondí. Yo las había hecho, mayormente, pero ella no necesitaba saber eso.

Siguieron unos momentos de silencio. ―Aquí está mi carro ―dije, cuando nos acercábamos. Sonreí ante la vista de mi valuada posesión, mi bello Aston Martin. Qué bendición era la herencia de mis padres. En el caos de la epidemia de influencia española, nadie había notado mi desaparición, y por lo tanto, los bienes fueron dejados a mi nombre el tiempo suficiente para que yo los reclamara cuando pude tener contacto humano nuevamente. El dinero se acumulaba muy rápidamente ahora, con diversas inversiones y los intereses que ganaba. Ahora podía gastar libremente, lo cual disfrutaba. La vida era tan aburrida sin unos cuantos juguetes nuevos de vez en cuando.

―Guau ―dijo Bella, abriendo los ojos de par en par ante el vehículo―. Tus padres deben estar cargados.

Le abrí la puerta. ―Lo estuvieron. Murieron hace mucho tiempo.

―Oh ―dijo, su rostro congelado de horror―. Lo siento, no quise…

Lo descarté. ―No hay necesidad. He tenido mucho tiempo para acostumbrarme.

Estar en el carro con ella era una tortura absoluta. Afuera, al menos, la brisa diluía su aroma. En la pequeña cabina, era sofocante. Me concentré en conducir fuera de la ciudad, lejos de los oídos humanos.

La vi voltearse en su asiento con el rabillo del ojo. ―Entonces, nunca te pregunté de dónde eras ―dijo, dándome, una vez más, esa nada natural mirada curiosa.

―Chicago ―dije, deseando que no me hiciera preguntas para poder contener la respiración.

―Huh. ¿Por qué decidiste venir a Washington, entonces? Digo, si puedes costearte este carro, seguramente podrías ir a cualquier lugar que quisieras...

Esta era demasiado curiosa para su propio, maldito bien. Mientras más sediento me ponía, más molesta se volvía ella. ―Odio la ciudad. Quiero decir, me gusta estar cerca de una cuidad, por sus recursos, pero el ruido es insoportable.

Había sido completamente honesto, pero ella no sabía ni la mitad del asunto. El zumbido de millones de pensamientos me enloquecía, pero no podía darme el lujo de vivir lejos de las grandes poblaciones.

―Eso tiene sentido ―dijo―. Yo no soy fan de las ciudades, tampoco, pero odio Washington. Es muy húmedo.

No pude evitar la risita que se me escapó. ―Sí, lo es―. Por lo cual, precisamente, lo escogí.

― ¿Adónde vamos que es tan en las afueras de la cuidad? ―preguntó, mientras yo conducía en la autopista.

―Un lugar en el bosque. Lo suficientemente lejos de la civilización.

Se mordió el labio, y olí su miedo de nuevo. Así que finalmente empezaba a ponerse nerviosa. Si tan sólo supiera que fué demasiado tarde para ella desde el momento en que dejó la biblioteca.

―No eres un asesino con hacha, ¿o sí?

Estaba sorprendido de que me lo preguntara directamente, pero supongo que ella quería ser tranquilizada ahora que estaba atrapada.

―No ―me reí. El hacha no era necesaria.

―Bueno, bien ―suspiró―. Como que me gusta mi cabeza donde está.

Bufé. La mente de la chica iba a lugares absurdos.

―Dime más sobre ti ―dijo, después.

Miré de nuevo su rostro. Tan ansiosa. ― ¿Qué quieres saber?

―No lo sé... ¿Cuáles son tus intereses?, ¿Qué haces cuando no estás en clases?

Intenté pensar en las cosas que hacía, que sonarían normales para ella. ―Bueno, corro. Leo mucho, y escucho música. Veo muchas películas, también―. Todas las cosas que uno debía hacer para pasar las largas horas que deberían estar destinadas a dormir. Las cosas que debía hacer para retener mi cordura.

― ¿Cuál es tu libro favorito? ―preguntó, inmediatamente. Me di cuenta de que debía haberme topado con su tema favorito.

Tuve que pensarlo. ―El Extranjero.

― ¿Camus? ―sonaba incrédula―. ¿Te gusta el existencialismo?

Alcé una ceja. ― ¿A ti no?

―Sí, me gusta ―dijo―. Creo que es una gran filosofía: Vivir tu vida para ser lo mejor que puedes ser y asumir responsabilidad por tus acciones, así sea que otros las juzguen como buenas o malas.

¿En qué me había metido? ―Eso no es precisamente lo que saqué de ella.

― ¿Oh? ―Ahora sus cejas estaban alzadas―. ¿Qué pensaste?

―Meursault actúa fuera de las expectativas de la sociedad, pero aún está sujeto a ellas. No es si no hasta que él acepta que eso en realidad no importa que es finalmente feliz.

La sonrisa socarrona en su rostro me sorprendió. Me estaba viendo como si... como si yo fuera un completo idiota. Nunca nadie me había dado esa mirada antes.

―Creo que, como que te eludió el punto ―dijo, eventualmente―. Meursault era miserable porque nunca se responsabilizó de su vida. Él sólo deambulaba por ella, aceptando lo que fuera que él pensaba que el destino le deparaba. Él fué finalmente feliz cuando aceptó verdaderamente que no había nada más que esta vida. No Dios, no cielo y no destino. Se dio cuenta de que sólo tenemos una vida y de que es la suma de nuestras elecciones la que da el resultado, no lo que nos es dado.

No pude evitarlo. La miré fijamente. Se movió incómoda. ― ¿Qué?, ¿Eso no tiene sentido?

―No, tiene perfecto sentido. Sólo estoy sorprendido de tu perceptibilidad ―contesté honestamente. Casi reconsideré matarla. El mundo podría usar una mente como la de ella.

― ¿Pensaste que yo sólo era alguna chica tonta? ―preguntó a la defensiva.

―No ―sonreí satisfecho―. Fué difícil no notar esa pila de libros en tus brazos. Sólo estoy asombrado. Nunca nadie me había hecho sentir como un idiota antes.

―Lo siento ―balbuceó―. Tiendo a hablar antes de pensar, a veces.

―No te disculpes ―dije, divisando adelante el marcador de kilómetro que usaba como punto de referencia―. Fué refrescante. Y ya llegamos.

Me detuve en la orilla del camino, y la vi tensarse viendo el oscuro camino que había adelante y los árboles a ambos lados.

― ¿Es aquí? ―preguntó. Más miedo.

―No, es justo a través de esos árboles―. Saqué mi mejor truco, viéndola a través de mis pestañas.

―Confías en mí, ¿no?

Asintió. Sonreí y me bajé del carro, encontrándola del lado del pasajero. Nuestra conversación me había distraído, pero la impaciencia estaba regresando ahora, animando el veneno a fluir.

La guíe por los árboles. Tal como lo prometí, el claro estaba justo del otro lado, un pequeño círculo de árboles como una pared contra el mundo. Caminó hacia el centro y la seguí despacio, dejando que su aroma cayera en oleadas sobre mí.

―Guau ―Bella murmuró―. Esto es realmente precioso.

Inclinó su cabeza hacia atrás viendo las estrellas, exponiendo su largo y liso cuello. Observé, hambriento, el pulso de su yugular.

Bella bajó su cabeza, mirando los alrededores. ― ¿Qué tan a menudo vienes aquí?

―Cada semana, más o menos ―respondí, acercándome lentamente―. Cada vez que necesito escapar.

Sus ojos se enfocaron en mí de nuevo. Ojos profundos, profundos. Ojos conscientes. ― ¿Cómo lo encontraste?

Me encogí de hombros, ahora me encontraba a un pie de ella. ―Hago mucho senderismo en los fines de semana. Sólo me topé con esto un día.

―Hmm―. Se sentó en el piso, un poco sin gracia, y luego se recostó para ver las estrellas nuevamente.

La miré fijamente, preguntándome por qué no estaba alimentándome aún. Ella estaba aquí, sola, lejos de testigos. Su muñeca yacía expuesta, el pulso golpeando casi imperceptiblemente en sus venas, oscuro bajo su piel translúcida. Podría beber lentamente de ahí, dejando el suculento líquido deslizarse sobre mi lengua...

Pero en lugar de atacar, me senté junto a ella. Algo en esta chica la hacía muy intrigante. Mi interés, mi curiosidad ―unas reacciones tan humanas, pensé con desdén― vencieron a mi sed por el momento. Pero no para siempre. No pasaría nada malo si la disfrutaba hasta estar absolutamente listo.

― ¿Tienes hermanos, Edward? ―preguntó, girando su cabeza para verme bien.

―No―. Una pregunta fácil. ― ¿Y tú?

―No ―suspiró―. Mis padres se divorciaron cuando yo tenía dos años, así que no hubo tiempo para ellos. Y luego mi papá nunca se volvió a casar y mi mamá no quería más hijos cuando se casó otra vez. Siempre fué más la hija que la madre de todos modos. Pero siempre deseé tener un hermano o hermana mayor... alguien que pudiera cuidar de mí para variar.

― ¿Tu padre no cuidaba de ti?

Sacudió la cabeza, enviando más olas de su fragancia. ―Lo intentó, pero para el tiempo en que me mudé con él yo podía cuidar de mí misma. Además, él no puede cocinar para nada.

Me reí como era esperado. ―Eso es desafortunado.

―Es casi más fácil ahora ―dijo―. Sólo debo preocuparme por mí.

Eso me recordó algo que dijo más temprano. ― ¿Por qué te quedaste en Washington entonces, si odias la humedad?

―Es más barato ―suspiró―, y mi amiga Ángela quería que compartiéramos habitación, así que me pareció tan buena como cualquier otra opción.

Nos quedamos en silencio entonces. Cerró los ojos, y yo me pregunté en qué estaría pensando, y por qué su mente no tenía ninguna respuesta para mí. Sin embargo, algún modo, era agradable estar con otra persona y no escuchar los parloteos de su mente.

Estudié su rostro mientras sus ojos permanecían cerrados. Una chica lo bastante bonita, supongo. Un poco pálida, pero su piel tenía una maravillosa cualidad translúcida que hacía su sangre mucho más evidente. Había pasado mucho tiempo desde que realmente mirara a un humano de este modo. Eran tan delicados, como vidrio soplado. Mis ojos recorrieron sus pestañas que caían sobre sus mejillas, su rojiza boca que asemejaba un lazo... me encontré extendiendo mi mano para trazar esos labios, curioso de cómo se sentirían.

Sus ojos se abrieron, mirándome hambrientos, pero definitivamente no con el tipo de hambre que yo sentía. No retiré mi mano inmediatamente, intrigado por la suavidad acolchonada. ¿Cómo se sentiría un beso?, ¿cómo se sentirían unos labios tibios, suaves contra los míos?

La escuché tomar aliento al inclinarme, casi podía saborear la tentadora dulzura. Con mucho cuidado, puse mis labios contra los suyos.

Me esperaba la suavidad, la tibieza. Ya sabía que estar tan cerca de ella haría fluir el veneno libremente. Pero no esperaba que ella reaccionara como la yesca a la llama, echando sus brazos alrededor de mi cuello y presionando su cuerpo más cerca. No esperé el hormigueo de electricidad que crepitó a través de mi cuerpo.

Por un momento, estuve aturdido por el abrumador aroma de su sangre a mí alrededor, la sensación del pulso en sus manos y el rápido golpeteo de su corazón. Podría morder su labio ahora y la dulce ambrosía fluiría a mi boca.

Estaba enteramente preparado para hacer justo eso cuando su boca se abrió bajo la mía y sentí el húmedo calor de su lengua contra mis labios. Era exquisito. Dos deseos batallaban dentro de mí mientras dejaba que su lengua entrara en mi boca, el deseo de saborear y el deseo de tocar. No sabía por qué esta chica quería besarme así, pero no saber era liberador... ninguna distracción, sólo sentir su tibio y pequeño cuerpo contra mí...

¡Tómala! Gritaba algún instinto largamente adormecido. Su sangre va a estar ahí después... ha pasado demasiado tiempo. ¡Tómala!

Gemí y me entregué a ese instinto. Nuestras lenguas se enredaron; ella sabía a cielo. La halé suavemente sobre mi regazo, sintiendo la descarga de su calor contra mi pene mientras estaba encajada sobre mí. Evidentemente, a ella le gustó también; su gemido vibró sobre mis labios.

Me pregunté, mientras mí cuerpo se movía en piloto automático, mis labios explorando la frágil línea de su quijada, mi mano debajo de su camisa sobre su lisa cadera, si podría realmente hacer esto sin matarla. ¿Acaso me importaba?

No iba a detenerme ahora. Ya estaba erecto... después de todo, es mucho más difícil deshacerse de las erecciones vampíricas que de las humanas, y yo sabía que ella me dejaría hacer lo que fuera que deseara con ella. Su deseo llenaba el aire, casi tan delicioso como su sangre. Sí, voluntariamente me dejaría tocarla del modo que yo gustara. Debía intentarlo, tenía que sentir la exquisita sensación de un estrecho coño a mí alrededor. De verdad que había pasado demasiado tiempo.

Tomada la decisión, levanté su camisa. Levantó sus brazos y me permitió quitársela y tirarla en la grama. Inmediatamente, la acerqué a mí y alcancé su espalda para destrabar su brasier. Desapareció así de rápido.

Su pesada respiración resonaba en mis oídos mientras agarraba sus pechos desnudos. Oh, tan suaves. Mi gemido debe haber sonado extrañamente desesperado a sus oídos, pero ella era el cielo comparado con las pocas vampiras con las que había estado, sus pensamientos siempre llenos de preocupaciones triviales sobre el tamaño o enteramente en otra parte. No podía imaginarme esos pensamientos en la cabeza de Bella... no cuando se retorcía y gemía en mis brazos. Mmm, amaba la forma en que su carne llenaba mis manos.

Consumido, bajé mi cabeza para probar sus rosados pezones. Su grito en respuesta se mezclaba con el sabor en mi boca, como dulce néctar; haría toda mi miel de su suntuosa flor. Sus caderas se arremolinaban en las mías en una súplica silenciosa. Un gruñido se desgarró de mi garganta al imaginarme esa acción sin nuestra ropa puesta... mi pene enterrado dentro de su húmedo calor, sus pechos rebotando mientras me montaba. Sí, necesitaba esto muchísimo.

―Edward ―jadeó, sus manos empuñado mi cabello. Mi nombre sonaba delicioso en sus labios y yo disfrutaba de la apariencia vidriosa de sus ojos. Esta inocente criatura se veía súbitamente libidinosa, tan desinhibida. Despertar su lado más oscuro me excitaba. Dulce, corrupta inocencia.

―Más ―exhaló, manipulando torpemente la orilla de mi camisa. Me la quité, evitando sus temblorosas manos que inmediatamente cayeron sobre mi piel, como metal ante un imán. Sus palmas calientes y húmedas enviaron descargas eléctricas a mi cuerpo. Era casi suficiente como para reactivar mi petrificado corazón... Ya sentía como si la sangre pulsara nuevamente en mis venas. Este sentimiento era euforia pura.

Sus labios dejaron mi boca y se ajustaron a mi cuello, arañando con sus dientes, succionando con fuerza. Sonreí ampliamente incluso mientras gemía. Ella sería una vampira grandiosa. Pero me gustaba humana, pensé, mientras mis manos recorrían su suave piel. Ella era como una almohada en mis brazos, tan flexible... luché contra el impulso de presionar con mis dedos, sabiendo que no estaban supuestos a enterrarse en su piel de ese modo.

Sus brazos envolvieron mis hombros mientras continuaba trabajando en mi cuello, presionando sus pechos deliciosamente contra mí. Estreché mis manos para sostener su trasero, acercando aún más nuestros cuerpos. Dio un grito ahogado y se arqueó contra mí nuevamente.

―Más ―dijo, una segunda vez―. Por favor, más.

Yo estaba, ciertamente, listo para más. La tendí en la grama, se dejó caer como una muñeca de trapo, y jalé sus tenis y calcetines impacientemente. Eran obstáculos inoportunos. Después, sus jeans, gruesa tela escondiendo una piel cremosa y exquisita. Qué atrocidad. El botón saltó, la cremallera se abrió, y estos, también, cayeron en la grama.

El aroma almizclado de su deseo se flotaba en el aire, más intenso ahora, cosquilleando mis sentidos. El impulso de saborearla me sobrecogía; descendí mi cabeza entre sus piernas y respiré profundamente.

Un pequeño lloriqueo escapó de su garganta y se retorció. No me volví para ver por qué, sino más bien deslicé la delicada tela de algodón por sus piernas y rocé mis dedos por sus lisos muslos. Sin pensamiento alguno, enterré mi nariz en sus suaves rizos y probé la dulzura entre sus pliegues.

Era la más dulce ambrosía, demasiado exquisita para ser soportada por un simple mortal. Gracias a Dios, yo era sobrenatural. ¿Acaso importaba aun su sangre cuando su sexo sabía así de bien? Estaba hipnotizado, entre su sabor y los entusiastas sonidos que hacía mientras la excitaba con mi legua. Sonaba como una gatita, una gatita que no tenía ni una oportunidad.

―Edward ―gimió, mientras circundaba su clítoris con mi lengua. Envió un escalofrío por mi columna, directo hasta mi pene. Moría por estar dentro de ella. Estrechando mi mano para tocarla, sentí sus húmedos pliegues bajo la yema de mis dedos, la sedosa suavidad que sería tan dolorosamente placentera alrededor mío. Gemí contra ella, y me respondió con otro gemido.

Moví más rápidamente mi lengua contra ella y empecé a mover gentilmente mis dedos. Quería hacerla terminar antes de tomarla, quería verla deshacerse sólo por mí, en toda su gloriosa inocencia.

―E-Edward... ¡Oh! ―sus gritos se hicieron más agudos, y sentí su pequeña mano empuñarse en mi cabello. Sus uñas arañaban mi cuero cabelludo, haciéndome más cosquillas que otra cosa.

Enrosqué mis dedos hacia arriba, tratando de llevarla más allá del límite. Sus caderas se sacudieron y vi su mano libre agarrando la grama abajo de ella. Su pobre corazón sonaba como un colibrí atrapado en su pecho. Un gruñido se me escapó ante esa idea, y me pregunté si la asustaría, pero en ese momento, con un fuerte grito, sus músculos se contrajeron, con una fuerza sorprendente, alrededor de mis dedos.

La observé con cuidado, admirando la manera en que su piel se ruborizaba con calor, el agraciado arco de su espalda, la bella y expuesta columna de su cuello mientras tiraba su cabeza hacia atrás, su boca abierta en un gemido. Era una visión hermosa.

No dejé de lamerla, de degustar el sabor, hasta que sus temblores se redujeron a un leve estremecimiento. Sus ojos estaban cerrados cuando me retiré de ella, y su pecho jadeaba mientras intentaba recuperar su aliento. Realmente era una criatura adorable, de piel clara y facciones suaves, delicada como una muñeca de porcelana. Quería llevármela a casa y ponerla de adorno, sólo para mis ojos.

Pero esos eran los pensamientos ridículos de un hombre con deseos insatisfechos. Ella era sólo una chica, nada diferente a todas las demás.

Sus ojos revolotearon al abrirse, y se sonrojó al encontrarme mirándola fijamente. Tomé su tibia mejilla en mi mano, sintiendo la sangre caliente que se concentraba tan sólo debajo de su piel. Pero sus ojos me atraparon. Eran pequeños universos, profundos e infinitos, y demasiado sabios para alguien tan joven. Era demasiado. Sentía como si pudiera ver a través mío. Para romper la conexión, tome sus labios nuevamente, y ella respondió con rapidez, sus pequeñas manos agarrando fuertemente mis hombros.

Reprimí un jadeo cuando sus manos se deslizaron por mi espalda, sintiéndola muy abajo. Gruñí en sorprendido disfrute y me apreté contra ella, mi pene anidado en su sexo. Ella ahogó un grito.

― ¿Deseas esto? ―le pregunté. No estaba seguro de por qué, ¿Acaso importaba lo que ella quisiera? Pero no quería ser como los hombres que solía matar, hombres que cazaban chicas jóvenes y las usaban sin siquiera ofrecer la piedad de la muerte. Ella debía desearlo.

―Sí ―exhaló, impresionándome con esos ojos otra vez. Me mantuvieron bajo su control mientras me deslizaba dentro de ella, cuidadosamente; deseaba demasiado que esto funcionara. Su calor ya me envolvía, insoportablemente estrecho, tan sedoso... gemí en su hombro y empujé todo el resto.

Ella gimoteó, y de pronto el olor a sangre fresca asaltó mi nariz. Me congelé de asombro, batallando contra el fuego de mi garganta. Esto era estúpido. Debería probarla de una vez. Podía conseguir sexo en cualquier lado. Pero una sangre tan dulce, tan intoxicante... oh, eso era un placer muy raro.

La volví a ver, casi listo para atacar, cuando vi una solitaria lágrima rodar por su mejilla. Y entonces comprendí, en verdad; ella tenía dolor. Bella debía ser virgen. Claro que lo era; era tan dulce, tan inocente. Y yo la había hecho sangrar.

No dije que lo sentía, eso era demasiado cercano al remordimiento, demasiado humano. Pero traté de no moverme o respirar, traté de no perder mi tenue asidero de mi control.

― ¿Estás bien? ―finalmente pregunté en un susurro.

―Si ―exhaló, agarrando mis brazos―. No te detengas.

Luche por moverme despacio, estremeciéndome mientras salía de su calor y entraba de nuevo. Nunca había sentido nada así antes. Sin sus pensamientos resonando en mi cabeza, podía enfocarme únicamente en las sensaciones, y las sensaciones eran brillantes. Ella era tan caliente, se sentía como si estuviera incendiada. Y su cuerpo era increíblemente receptivo. Quería quedarme dentro de ella, envuelto en su suave piel para siempre, con su pequeño cuerpo enviando electricidad a través de mí como un generador humano.

―Edward... ―jadeó de placer. Un escalofrío recorrió mi columna, y me pregunté si podría hacerla gemir mi nombre, hacerla gritarlo. Aumenté mi paso ligeramente y la electricidad se duplicó, se triplicó... era placer infinito, incesante, demasiado y nada suficiente. Y ella... ella respondió al instante, gimiendo y arqueando su espalda de manera que su pecho se apretó al mío.

Todo lo que podía hacer para mantener el control era tirar de la grama bajo mis dedos, cavando en la tierra mojada. Quería tanto dejarme ir y empujar dentro de ella, sentir la exquisita fricción entre mi helada piel y la suya, abrasadora, en su punto cúspide. Pero quera sentir sus reacciones también, sus músculos revoloteando alrededor mío y sus pequeñas manos agarrando mi espalda. Pequeñas cosas atractivas... quería tenerla una y otra vez hasta que su inocencia estuviera completamente corrupta... y podía, ¿o no? Si tomaba mi placer y la dejaba ilesa, podría tenerla otra vez...

― ¡Edward! ―gimió ahora, y vi que sus ojos estaban pegados a mí, observando cada uno de mis movimientos. Me encontré cautivado por sus ruborizadas mejillas y por sus labios entreabiertos que dejaban escapar pequeñas bocanadas de aire mientras jadeaba.

―Más ―suplicó, enterrando sus uñas y empujando sus caderas contra las mías―. Por favor, con más fuerza.

¿Cómo podría resistirme a una petición como esa? Si ella podía manejarlo con más fuerza, yo estaba más que feliz de complacerla. Me moví más rápido, y un poco más fuertemente que antes. Tirando su cabeza hacia atrás, gritó lascivamente, y yo rugí ante la visión de su expuesta garganta, el casi imperceptible golpeteo de su pulso bajo su piel. Se me hizo agua la boca, pero eso no era nada comparado con el calor que me recorría, el furioso placer que ella me causaba.

Los pequeños gritos saliendo de su boca se intensificaban con cada estocada hasta que de pronto se tensó, sus muslos apretándome, sus manos agarrando mis brazos, y sus paredes internas contrayéndose alrededor de mi pene. Ella tembló y se sacudió con la fuerza de su clímax, la boca abierta en un grito que formaba mi nombre, pero apenas lo noté. Estaba demasiado atrapado en la ola de placer que chocó contra mí y activó mi propio orgasmo. El mejor que había tenido en mí muy larga vida.

Tuve la presencia de mente de quitarme de encima de ella, para no aplastarla, y caí de espaldas a su lado. Un vistazo rápido me mostró que sus ojos estaban cerrados mientras recuperaba el aliento.

Ahora sería el momento de morderla; ella no tendría tiempo de darse cuenta de qué estaba pasando antes de que todo terminara. Pero me había acostumbrado un poco a su aroma, y eso dejaba mi cabeza lo suficientemente clara como para comprender que ella podría ofrecerme más que una comida. El sexo nunca se había sentido tan bien como se sentía con Bella, y no deseaba arriesgarme a perder eso. Tal vez era su humanidad lo que lo hacía tan bueno, o tal vez era el silencio de su mente, pero cualquiera fuera el caso, quizá debería dejarla vivir hasta descubrirlo con certeza.

La escuché moviéndose por ahí, buscando su ropa perdida, y tomé una decisión. Debía poseerla nuevamente.

Mis ojos se abrieron, y la observé ponerse sus calzones antes de empezar a ponerme mi propia ropa. Mantuvo sus ojos apartados de mí, y deseé escuchar sus pensamientos; si iba a verla de nuevo necesitaría darle confianza de algún modo.

― ¿Estás lista para irte? ―le pregunté cuando ambos estábamos vestidos. Finalmente, me volvió a ver y asintió, mordiéndose el labio. Puse una mano en su espalda y la guíe, a través de los árboles, a mi carro, ayudándola a montarse al asiento del pasajero antes de deslizarme tras el volante.

En la oscuridad del vehículo, pareció relajarse infinitamente. La observé de cerca, mirándola retorcer sus dedos sobre su regazo mientras ella miraba hacia adelante.

―No sabía que eras virgen ―dije. Su rostro se coloreó de rubor―. ¿Te lastimé?

―No ―habló finalmente, echándome una mirada―. O sea, no más de lo que era inevitable.

Asentí, inseguro de qué más decir. Esta era una situación en la que nunca había estado antes.

Al final, me decidí por el silencio mientras conducía de regreso a su dormitorio. Era incómodo, pero no quería decirle nada que le diera una idea equivocada; lo cual era ridículo, comprendí, ya que no había hecho nada más que darle una idea equivocada toda la noche... pero no quería que se apegara demasiado. Eso sería simplemente cruel.

Una vez que me detuve en frente de su edificio, ella de inmediato comenzó a quitarse con torpeza el cinturón de seguridad. Tomó la manija de la puerta cuando, finalmente, decidí qué decir.

― ¿Puedo verte otra vez?

Su cabeza se volteó y sus ojos reflejaban claramente su sorpresa, pero también había felicidad, lo cual me aseguraba que volvería a mí voluntariamente.

―Sí. Yo... yo estoy en la habitación 36 ―dijo, mordiéndose ese labio de nuevo―. Ven a buscarme, si quieres.

Me sonreí a mí mismo mientras la miraba andar su camino hacia el edificio, tropezando con la alfombra de la entrada. Definitivamente aceptaría su ofrecimiento.

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