Summary: Mundo alternativo. La princesa Emma, hija de Blancanieves y el príncipe Encantador, sale una tarde -a escondidas- del castillo, para dar un simple paseo al muelle. Cuando se da cuenta descubre que alguien le ha robado algo importante. Robos. Secuestros. Viajes a otros reinos. Peleas. Un romance. Piratas. La magia viene con un precio.

Los personajes no me pertenecen, solo la historia.


Capítulo 1 Había una vez una princesa rebelde

POV Emma

-Izquierda. Derecha. Derecha. Izquierda.- musitaba Emma, tratando de no olvidar su camino por los pasadizos secretos del castillo.

Sus pasos resonaban por las paredes, su respiración se incrementaba mientras escuchaba los latidos de su corazón en sus oídos, sus manos sudaban en el mango de la antorcha y su collar rebotaba en su pecho con cada paso.

Sabía que lo que iba a hacer no era lo correcto, si sus padres se enteraban se decepcionarían mucho de ella.

Pero... ¡tenía 21 años! no podían mantenerla en el castillo para siempre. Además, solo quería librarse de los pretenciosos -que se hacían llamar "príncipes honorables"- que visitaban el castillo tratando de "enamorarla" y así unir los reinos y quedarse con las riquezas.

Ja! Como si ella fuera a caer tan bajo.

Aunque su encierro en el castillo era por su propia culpa, no se arrepentía del golpe que le dio en la nariz el mes pasado a ese pelirrojo idiota de Las islas del sur; sí, su mano le había dolido por toda una semana, pero no le importó, el resultado valió la pena: al imbécil llorando y gritando mientras intentaban reacomodarle su nariz.

Adiós a su ¨encanto¨

Después de eso, y con una reverencia, se retiró a su habitación, sus padres le siguieron en cuanto el príncipe se fue del castillo. Su madre le dio un gran sermón de cómo sus acciones podrían afectar las relaciones con los otros reinos y que no podía comportarse siempre así, todo mientras que su padre la observaba detrás de ella con una gran sonrisa, nunca se había visto a un padre tan orgulloso de su pequeña hija.

Suspiró con alivio cuando vio las escaleras al final del pasillo en que estaba. Dejó la antorcha en una de las bases de hierro de la pared y subió con cuidado las angostas escaleras. Casi se golpeó la cabeza cuando se encontró con el techo, tuvo que agacharse un poco para poder seguir, comenzó a palpar la superficie hasta que distinguió la madera húmeda. Siguió buscando hasta que sintió una asa metálica.

La tomó y empujó, alzando la puerta y dejando ante sus ojos el bosque encantado.

Salió con cuidado y cerró la puerta tras ella.

Caminó entre la ramas y arbustos tirando tanto de su vestido azul cielo como de su capa café cada vez que se atascaban en los matorrales. Casi saltó de alegría cuando pudo dar con el sendero, estuvo albergando el temor de perderse en ese extenso bosque, aunque había estado muchas veces allí en compañía de su padre cuando era más joven, pero últimamente esos tiempos parecían tan lejanos.

Se tomó un descanso y miró atrás, casi no había recorrido nada en el bosque, la torres del castillo aún se alzaban entre las copas de los pinos. Gran parte de su camino fueron los pasadizos del castillo, lo más difícil había sido pasar por los que se encontraban debajo del agua, estar allí era como estar en una estrecha y húmeda mazmorra.

Su salida era gracias a Pinocho, era su único amigo en el castillo, aún siendo mayor que ella. Él y su padre Geppetto vivían allí como los carpinteros reales. Le había contado que, recorriendo el castillo, encontró muchos pasillos y túneles que podrían llevarla fuera sin que nadie lo notase. Había tenido que estudiarlos durante varias semanas, ya que cualquier error de orientación la llevaría a una trampa.

Siguió su camino, deteniéndose únicamente para descansar o echar miradas furtivas a su alrededor en busca de guardias que podrían estarle persiguiendo.

Después de salir del bosque y pasar un gran campo de trigo, atisbó al fin un pueblo, y tras él, las astas, velas y banderas de los navíos.

Luego de unos minutos la salada brisa del mar inundaba sus sentidos.

Vendedores gritaban sus ofertas y regateos a las multitudes que pasaba entre los puestos que recorrían las calles de aquel pueblo.

Emma se quedó fascinada al ver los grandes e imponentes barcos que zarpaban en el muelle, quiso acercarse, pero sabía que por más hermosos que fuesen, eran tripulados por piratas, maleantes y prófugos de la ley. Gente con la que realmente no debía relacionarse.

Por un momento sintió que alguien la observaba, recorrió el lugar con la mirada y lo vio; era un hombre encapuchado y se encontraba en el mástil de un barco -éste era grande y resaltaba de entre los demás por los llamativos colores: azul, amarillo y blanco.-

Un mal presentimiento le recorrió por completo, por lo que acomodó la capucha de su capa para cubrirse y entró lo más calmada que pudo a una taberna.

Fue a sentarse directamente a una de las solitarias mesas de la esquina, enseguida una mesera fue a preguntarle si quería que le sirviera algo. Emma, tímida, pidió solo agua.

En cuanto la mujer se fue, habiendo dejado ya un tarro con agua, sacó un cuaderno y un carboncillo de una bolsa que llevaba oculta entre su capa. Recorrió con la mirada el establecimiento, cerca de su mesa había una mujer muy hermosa con abundante cabello caoba, ojos claros y piel tersa, en un vestido azul claro, leía un libro que por la portada parecía ser de aventuras, pero lucía algo triste y desdichada.

Unas risas le llamaron de atención, éstas provenían de unas mesas del fondo. Había un grupo de hombres sentados allí con tarros de bebidas de procedencia cuestionable, y cartas de juego en mano, varias mujeres se reunían alrededor de un hombre.

Emma lo inspeccionó con curiosidad.

Sonreía con arrogancia mientras dejaba sus cartas en la mesa, sus ojos azules brillaban a causa del alcohol, su cabello oscuro lucia despeinado, y mostraba una barba bien cuidada y recortada.

Vestía un abrigo de cuero negro, debajo llevaba una camisa y un chaleco del mismo color, algunos de los botones de su camisa se hallaban desabrochados, dejando ver el inicio de su pecho velludo, un anillo colgaba de una cadena y varios más adornaban su mano derecha.

Lo que más le llamó la atención a Emma fue su mano izquierda, o más bien lo que había en vez de ésta; un filoso garfio de metal.

Pirata, decidió Emma, y sus acompañantes debían de serlo también.

Sin darse cuenta comenzó a bocetarlo distraídamente.

No era muy buena en dibujo, pero tampoco era un desastre en ello, sus padres le habían hecho tomar clases de música, canto, escritura, manualidades, tejido y varias más incluido el dibujo, pero ninguna tuvo éxito o no le llamaba la atención como éste último.

Le agradaba estar en aquel lugar, por alguna razón el muelle, el mar y los barcos le hacían sentir calmada. Se imaginaba a sí misma navegando en alguno de esos barcos, siendo libre de ir hasta los lugares más remotos del mundo, sin preocuparse de nada, sin compromisos ni fiestas aburridas.

Levantó la vista justo en el momento en el que un hombre entró al bar seguido de otros más, las risas se detuvieron de golpe. Solo el pirata con el garfio siguió riendo, indiferente al hombre que se le acercaba furioso.

Éste vestía de cuero negro, utilizaba un sombrero que ocultaba su rostro, lucía sucio, al igual de los hombres que le seguían.

-¡Garfio! ¡Quiero de vuelta lo que me robaste! -exclamó el sujeto golpeando la mesa.

"Garfio", como lo llamó el hombre, le dirigió una mirada con sorna.

-Sé un poco más específico, he robado muchas cosas a mucha gente.-dijo arrastrando las palabras.

-¡La habichuela!-gritó el hombre.

-¡oh! esa habichuela, lo siento amigo pero desapareció hace muchos años.

-No te busque por décadas solo para que me digas que "desapareció"

-No hay nada que hacer, acéptalo, supéralo y vete.- contestó regresando a su juego.

El hombre, enfurecido, levantó a Garfio del cuello de su camisa.

-Me pagaras con todo lo que tienes por esa habichuela.-masculló.

Garfio rio por un momento, después miro fijamente a aquel hombre.

-No lo creo.- dicho esto lanzó su puño hacia la cara de su contrincante. Fue como si hubiese activado un interruptor, al instante todos comenzaron a pelear, lanzando golpes por doquier.

Asustada, Emma solo atinó a meter sus cosas en su bolsa y salir del bar. Cerca de la puerta dirigió su mirada hacia atrás, dándose cuenta que la mujer del libro seguía allí sentada indiferente a lo que ocurría, como si todo eso fuese habitual.

Al regresar su vista al frente chocó con un hombre, ya en el suelo se dio cuenta, con pánico, que se trataba del mismo hombre que la observaba tiempo antes desde los barcos, éste ni siquiera se inmutó y pasó de su lado.

Emma se levantó del suelo ignorando el dolor en su espalda baja y su orgullo. Sentía un pequeño ardor en el cuello, pero lo olvidó en cuando tomo una bocanada de aire una vez fuera del lugar.

Tenía unas cuatro horas más antes de que anocheciera, no importaba si llegaba tarde el castillo, sus padres habían salido a visitar un reino vecino para hacer acuerdos, por lo que regresarían en tres semanas, el problema era que al anochecer el bosque se convertía en un lugar peligroso y engañoso.

Caminó al muelle y se sentó en la orilla, dejando sus pies colgando. No debía haber ido allí desde un principio, era estúpido e inmaduro, pero no podía evitarlo, tenía ese sentimiento constante de querer escapar y ver el mundo.

Sabía por qué sus padres no le permitían salir del castillo, excepto para fiestas o vacaciones familiares, en las cuales debía haber siempre una escolta de guardias presentes, les aterraba la idea de que algo malo le pasase.

Se llevó la mano al pecho, donde se encontraba colgando un pequeño dije con la figura de un cisne; su posesión más preciada, ¿el único problema? No estaba allí.


Bonjour!

Espero que esto le guste a alguien, la idea se me vino hace ya varios meses, y me la he pasado escribiendo en un cuaderno bastante gastado esta historia, ¿No se han preguntado: qué hubiese pasado si la maldición nunca hubiese sido lanzada? ¿Cómo sería ver a Emma como una verdadera princesa? Bueno, yo sí lo he hecho, mucho, y les traigo como creo que sería. :3

Au revoir!