Disclaimer: Como ya se sabe, Dragon Ball y sus personajes no son de mi propiedad (brincos diera) sino de Toriyama y la Toei. Esto está escrito con fines de entretenimiento, un poco de masoquismo y muchas, muchas, muchas baladas de kpop.

Historia derivada de lo que se vio en La batalla de los dioses, la primera parte fue publicada antes del capítulo 47 de DB Super y ciertos detalles la convierten en un UA.

Que lo disfruten.

Tres estrellas

Uno: El inicio

Aquella tarde había sido horrible. El cumpleaños número diecisiete de Marron había terminado en incidente en plena Ciudad Satán, con todos encerrados en el parque de atracciones hasta que la policía había podido despejar el perímetro. Los ladrones habían escapado con el botín, en una nave anticuada que la policía no pudo rastrear. Goten había preguntado, en vano, qué había ocurrido en la terraza del banco asaltado. Trunks no había abierto la boca para dar explicaciones. Además, en un ataque de llanto, la hija de Krillin y Dieciocho los había culpado a ellos por arruinarle la salida. Al ser llamada, la androide había aparecido con sospechosa rapidez en la escena y se la había llevado a Kame House.

La tarea de llevar al compañero de la adolescente a casa quedó en manos de Trunks, las dos citas de los saiyajines también tuvieron sus paradas en el recorrido. Al final, ya era de noche cuando quedaron los dos amigos a solas en el aerocoche.

—Realmente no entiendo qué es lo que Marron vio en ese mocoso —se quejó Goten, mientras mordisqueaba el sorbete del vaso de soda que estaba bebiendo—. ¿Viste cómo empezó a temblar cuando ella quiso enfrentarse al policía que bloqueaba la salida del parque?

El saiyajin que llevaba el volante apenas estaba recuperándose de la impresión, así que venía contestándole a todo con monosílabos distantes. Los locutores de la radio que sonaba en el vehículo hablaban despreocupados del estado del tiempo, intercalando chistes sobre la última travesura de algún famoso.

—Mmm…

—Y eso que ella es la dulzura hecha persona, un pastel de… no sé, del dulce más empalagoso que puedas encontrar —continuó el hijo de Goku—. Pero fue a encontrarse a un tipo tan blando que se quedó ahí, quieto, cuando en realidad debería…

—Ella tiene su carácter, Goten. No necesita de nadie que la defienda —lo interrumpió—. Y el chico no tuvo tiempo de intervenir, fuiste más rápido que él.

—¡Un caracol ebrio hubiera sido más rápido! —se burló el otro—. Lo que quiero decir es que…

Trunks suspiró. Por fin había logrado distraer sus pensamientos de lo que había pasado, era verdad. Pero el costo era un poco pesado de soportar.

—No veo las horas de que Marron cumpla la mayoría de edad, hombre —dijo—. Esto ya es cansador.

El susto de oír eso hizo que el moreno escupiera la bebida. Con el escándalo, parte del líquido salió por sus fosas nasales.

—¿Qué? ¿Que no ves las horas de que Marron qué? —preguntó, aterrado, en medio de la tos—. ¡Mi nariz, mierda!

—¡No ensucies el auto! —reaccionó Trunks, igual de asustado, mientras le arrojaba una caja de pañuelos que tenía en la guantera—. Ya estoy a punto de terminar de pagar lo de la casa del sur y quiero vender esto para comprar un modelo más nuevo.

—¡Has dicho algo de Marron, pervertido!

La acusación era algo muy serio, considerando la actitud dolida de su amigo. El chico de cabello lila llegó a la conclusión de que los dos podían intentar guardarse algún secreto de vez en cuando. No estaba tan mal ocultarle lo del helipuerto del banco.

—Los dos están muy ciegos si creen que no nos hemos dado cuenta —explicó—. Tú, desde que recuerdo, no dejas de hacerle regalos y de ponerte sensible con cualquier cosa que venga de Kame House. Ella ha empezado a ponerse impaciente y se pasea con chicos en tu cara, a los que ni siquiera les presta atención después.

Pensó que había sido muy duro al decirle todo así, de sopetón. Observó, de reojo, que Goten tardaba un poco en asimilar que sus sentimientos estuviesen tan al descubierto. Iba a inventar algo para tranquilizarlo, pero como el hijo de Goku usaba ese tiempo en limpiar el desastre que había hecho sobre el tapizado, prefirió dejarlo así.

—¿De verdad crees que ella lo hace a propósito? —preguntó el moreno, un rato después.

Trunks contuvo una risita, su amigo era de verdad lento cuando se trataba de la única chica que le interesaba.

—La pobre viaja todos los días al Monte Paoz para preparar el ingreso a nuestra universidad con Gohan y contigo, cuando podría estudiar con mis libros en su casa sin problemas.

—No te atrevas a sugerirlo.

—Ni que alguien fuera a escucharme. Krillin y tu madre hacen las bromas más obvias en las reuniones del grupo. Te queda sufrir con el calendario por un año más, si no es que tu moral se rinde antes. O ella se cansa de esperarte.

Los dos quedaron pensativos. Uno, evitando la horrible sensación de pérdida que lo había invadido de repente, al ver una publicidad de Banco Satán cuando ya estaban saliendo de la ciudad. El otro, mordiéndose las uñas y buscando las grietas que él veía a la teoría de que su amor era correspondido.

—Es que no estoy seguro. ¿Y si la cosa es contigo? —insistió Goten—. Recién la vi molesta, cuando te fuiste a ver lo del asalto y las chicas se pusieron a llorar.

—¿De verdad? —rió Trunks, incrédulo—. ¿Abrazaste a alguna, les compraste algo para calmarlas?

—Las llevé a una cafetería, todo el mundo había enloquecido afuera así que conseguimos mesa, pero Marron no quiso venir y se metió en el lío con el policía de la puerta.

—Eso fue lo que vi, entonces —recordó—. Me dijiste que te quedabas por Marron, pero tenías una novia que consolar.

Ya estaban en la autopista, la cantidad de coches que salían en dirección a las ciudades dormitorio que rodeaban a la capital era bastante grande. Los de la radio iban de un tema al otro y se mantenían sintonizados, a pesar de que ya estaban alejándose de la zona de cobertura de la señal.

—Voy a dejar a Lily —decidió Goten, de repente—. Es injusto para ella también.

—Ajá.

—Y tú dejaste ir a los ladrones. En la radio dicen que vaciaron la bóveda, tarado. Podrías haber salido como héroe en las noticias, a lo mejor tu madre te levantaba el castigo.

Con un movimiento brusco, el mayor apagó la transmisión. Goten lo interpretó como una reacción al recuerdo del castigo de casi tres años que su amigo llevaba cumpliendo en Capsule Corp. Había destrozado la casa de la playa de los Briefs, junto con el nuevo prototipo de yate de la compañía, en medio de un incidente por la esfera de tres estrellas. La novia de su compañero de aventuras había desaparecido. Él no había vuelto a ser el mismo desde entonces.

—No hablemos de eso —pidió Trunks, con la vista fija al frente.

—Ok —concedió el chico e intentó cambiar de tema—. ¿Para qué usarán tanta pasta? ¿No te da curiosidad?

—No.

—Uno diría que esta clase de golpes son históricos, podrían entrar en los récords mundiales…

El resto del monólogo de su amigo se perdió en los ruidos del ambiente, porque Trunks continuó manejando con su mente perdida en el encuentro inesperado de aquella tarde. Sobre la terraza de Banco Satán, se había topado con que el grupo de Pilaf era el que se llevaba el botín. Mai iba detrás de su jefe y su compañero, con una escopeta y cuidando que no los hubieran seguido. Él había perdido la compostura y la había llamado en un grito, antes de arrepentirse y salir de allí con rapidez.

Eso de verla marcharse, de llamarla en vano como un loco y perderla de todas maneras, ya era cosa del pasado. Había sido otro, no él, el que había hecho oídos sordos a lo que aquella criminal le había dicho mil veces. Ponerla a prueba, con una falsificación de lo que ella buscaba, no había sido una idea digna de él.

«Si hubiera pensado las cosas lo suficiente, tal vez…»

Cuando se dio cuenta, estaba solo en el coche. Goten había bajado en algún punto del camino, dejándolo con una palmada en el hombro. Él había salido de la autopista y estaba a varios metros sobre el azul del mar, con el rosado del atardecer en el horizonte cubriendo todo el parabrisas. De pronto ya no tenía ganas de fingir que era un chico corriente, con su automóvil, su novia de la universidad y sus salidas corrientes. Hubiera preferido volar lejos, meterse en problemas, que toda su vida se resumiera en ir por ahí blandiendo una espada y que no hubiera esferas del dragón por las cuales enfrentarse a Mai.

«Soy un desagradecido, lo sé. En algún lugar, hay alguien envidiándome a muerte.»

Con un botón, hizo que el convertible deslizara hacia atrás el techo y dejara su cabello al viento. Se puso de pie, inspiró con fuerza y se elevó un poco, lo suficiente para devolver el coche a su estado de cápsula. Guardó el dispositivo en uno de los bolsillos de su chaqueta gris y amarilla, y levantó el vuelo hacia la Capital del Oeste.


En la casa, Bulma escondió con rapidez la enorme maleta que tenía enfrente dentro de la cápsula donde había venido. La preocupación le hizo olvidar la nota sobre la mesa de la cocina, en una letra desconocida. De fondo, la televisión daba las noticias.

—¿Por qué dijiste que tú te encargarías de la cena, mujer? Mira la hora que es —sonó la voz de Vegeta, desde uno de los pasillos.

Ella corrió a meter el papel dentro de una de sus carpetas de la empresa, justo a tiempo de que Trunks ingresara por la puerta de servicio.

La voz del presentador de ZTV narraba los sucesos de aquella tarde en Banco Satán, mientras la científica reflexionaba sobre lo que acababa de tener en sus manos, sentada en la barra americana. El joven, detrás de ella, deambulaba como poseído entre las alacenas, abriendo puertas, cerrándolas, mirando la heladera sin sacar nada. Entonces, reparó en las imágenes de la pantalla sobre la pared a su derecha. Avanzó hacia la barra y tomó el control remoto, junto a la carpeta que ella mantenía tapada con una mano. Apagó el televisor y salió, tan ensimismado como había entrado.

Bulma exhaló el aire que había estado conteniendo. Había temido despertar la antigua curiosidad de su hijo.

El príncipe saiyajin apareció desde el comedor, irritado, pero se detuvo antes de decirle algo. La observó con intensidad por un momento y, al siguiente, se decantó por un pote de ramen instantáneo. Tuvo tiempo de poner el agua a hervir, de cruzarse de brazos a esperar y de observar a su esposa tomar el control de la televisión para encenderlo en donde estaba antes.

La expresión de sorpresa de la mujer y su salida de la cocina, en silencio, le hicieron comprender al saiyajin que no habría nadie más haciendo de comer esa noche en Capsule Corp.


A la semana siguiente, Trunks cerraba su oficina para terminar con la jornada en el sector de ingeniería mecánica. Era el último en marcharse, cada día, desde hacía casi tres años. Ya era rutina el castigo por la casa, que había vuelto a su estado anterior gracias a Shenlong pero de todas formas habría que pagar.

Su falta era más moral que económica, él lo había sabido en el instante en que había regresado a la mansión luego del incidente.

Aquella mañana espantosa del año 783, había aterrizado en el patio trasero con la ropa hecha jirones y la esfera de tres estrellas enquistada en una de sus manos. Nunca olvidaría cada detalle de lo ocurrido durante la madrugada. El resto se convertiría en retazos de lucidez, en medio de las nubes de aturdimiento que lo envolvieron por varios días.

Recordaba a su padre como el primero que lo había encontrado, en el jardín, cuando aún no atinaba a ingresar. Lo había mirado como siempre y le había dicho que quedaba algo de desayuno en la cocina. También recordaba a su madre, al móvil con los Son y dejándole ropa seca sobre la cama. Nadie le había gritado ese día, a pesar de que la explosión de ki en la casa del sur había sido suficiente para levantar un tsunami y destrozar parte del terreno de la familia.

En algún momento del día había oído, sin querer, que la tarea de recuperar las esferas restantes había quedado en manos de Goten. Luego su memoria daba un salto al atardecer, cuando su amigo atendía su llamada desesperada y no soltaba prenda sobre cómo había hecho para convencer a Pilaf de entregarlas. Ni sobre el estado de «ella».

Por la noche, el espejo del baño le había devuelto una versión empañada de sí mismo que juraba no volverla a mencionar jamás.

También se acordaba de que, al día siguiente, Shenlong había devuelto a su lugar la arena de la playa, el yate de prueba de la compañía, los cimientos de la casa, los sillones de mimbre y las plantas de la abuela. Aunque, para Trunks, nunca volvieran a verse iguales.

La memoria suele dejarnos algunas pistas de las lecciones que debemos asimilar en los momentos importantes. En su caso, el hijo de Vegeta consideraba que todo se reducía a la forma en que aquel año de locos con la mercenaria de Pilaf había terminado. O a la manera en que todo se había cerrado, veinticuatro horas después, en la misma playa.

El dragón acababa de despedirse, con su habitual destello y la repartición de las esferas en todas direcciones. Trunks seguía de pie, junto a los sillones de mimbre que habían aparecido, invadido por el horrible silencio que se había instalado allí. Su amigo había pasado frente a él con expresión compungida y una mirada de lástima que lo hizo sentirse un idiota. No hubo reproches, ningún «te lo dije». Incluso Bulma quedó callada. Ya había dicho suficiente la tarde anterior, mientras la propia Mai se sentaba en la playa y tal vez decidía la forma de meter el sedante en la cena.

Las cosas ya habían ocurrido, lo único que quedaba era darles solución. O ése era el lema en la mansión de los Briefs. A lo mejor había sido por eso que su madre, antes de sacar el coche del bolsillo, había tomado una libretita, garabateado una cifra exorbitante en una hoja y al arrancarla para entregársela le había dicho:

—Bienvenido al mundo de los adultos.

Así habían terminado las travesuras y habían comenzado los últimos tres años, como empleado permanente en Capsule Corp.

Estaba a punto de quedar libre de deudas, en menos de un mes las tardes y los fines de semana volverían a ser suyos. Con qué iba a llenar ese tiempo, no lo sabía. Seguramente, cualquier cosa que no le permitiera pensar en aquel espacio vacío en su pecho. Un entrenamiento con su padre tal vez podría extenuarlo lo suficiente.

Iba llegando al estacionamiento de la empresa, cuando el guardia de seguridad lo llamó y le avisó que había alguien buscándolo afuera. Se trataba de Marron, que lo esperaba con una mochila al hombro, apoyada contra un cartel en la entrada del nuevo edificio de la corporación.

—¿Qué haces aquí? —dijo, a modo de saludo—. ¿No es horario de estudios?

La hija de Krillin se enderezó y fue hacia él con una sonrisa. Al parecer, había superado el enojo con él por arruinar su cita en Parque Satán.

—No. Hoy tuve los exámenes, por fin.

—Felicidades —respondió el saiyajin—. ¿Cómo te fue?

—No lo sé. Supongo que bien, la cabeza me da vueltas por tanta información que tuve que memorizar.

—Seguro que apruebas. ¿Quieres llamar a Goten, así festejamos?

Ella dudó un instante, antes de responder.

—No. Él está con la familia de su novia ahora.

—Ah. Cierto.

La salida al parque de atracciones de Ciudad Satan había resultado en que ambos saiyajines habían querido volver a la soltería, por distintas razones. En realidad, se trataba de la misma razón, pero con nombres diferentes. Trunks había hablado con su compañera al día siguiente, pero Goten se había llevado la sorpresa de que su novia ya lo consideraba su prometido. Había tenido que dar explicaciones interminables a toda la familia de la muchacha. Esa misma tarde, estaba con su supuesto suegro, en una incómoda reunión donde el mismísimo Míster Satán había tenido que intervenir.

El joven Son no daba noticias, todavía, por lo que su amigo temía que la cosa no acabara rápido. Marron tampoco había vuelto a hablar del compañero de la Orange Star con el que la habían visto, y Trunks no sería el primero en preguntar. Lo mejor, en opinión del hijo de Bulma, sería dejar el asunto de lado hasta que se resolviera solo.

Caminaron por la avenida llena de gente, mientras conversaban.

—Vine a pedirte un favor —explicó ella, luego de un rato de preguntas amables—. Necesito que me ayudes a llamar su atención.

Oír aquello fue como activar una serie de imágenes desagradables en la cabeza del heredero.

«¿Y si la cosa es contigo?»

—Oh, no. Eso no —se apresuró a responder—. Es jugar con fuego, Marron, lo siento.

Notó que ella lo miraba, confusa, sin perder el gesto de inocencia con el que había empezado a hablarle.

—¿De qué hablas? Todavía no te he dicho lo que necesito que hagas por mí.

Trunks comenzó a sudar frío. No importaba que se tratara de la dulce Marron. La cosa empezaba a ponerse turbia.

«¿Lo que necesita que haga? ¿Pretende que haga algo con ella, enfrente de Goten? ¿Es que quiere que él me asesine?»

—No es necesario —reaccionó, alejándose un poco de la rubia—. Vamos, haré de cuenta que no me has pedido nada, ¿sí?

Recién en ese momento, ella pareció darse cuenta de lo que él había interpretado. Lo miró boquiabierta, deteniéndose en plena peatonal comercial.

—¿Qué creíste que…? —preguntó, antes de que la noción terminara de redondearse en su cabeza y la hiciera querer golpearlo con la mochila—. ¡Asqueroso! ¿Cómo se puede ser tan engreído? ¡Malpensado!

—Oh, perdón. ¡La culpa no es mía, Goten es el de la imaginación! —se defendió él, sin evitar los mochilazos—. ¡Ve a reclamarle a él!

—Genial —suspiró la chica, rindiéndose—. Ahora piensa que podría estar con cualquiera, menos con él.

El ánimo decayó por completo, al punto en que Trunks se vio obligado a invitarla a una cafetería cercana. Se sentaron junto a la pared vidriada del negocio, él confirmó que su amigo aún no le enviaba ningún mensaje y decidió mantener el frente de batalla en condiciones por él.

—No es eso, es que los dos se enredan en lugar de ir directo al grano —la animó—. ¿Por qué no esperas unos meses? Ya verás que Goten puede llegar a sorprenderte.

Vieron llegar sus pedidos y Marron esperó a que la mesera se marchara para contestar.

—Pero siempre es él quien viene con las sorpresas. Y en un mes será su cumpleaños —explicó, desganada—. Yo también quiero darle algo que no olvide nunca —confesó, antes de murmurar—. Quita esa cara de pervertido, que no hablo de eso. Aún.

«Esta es información nueva. Goten, vas a tener que pagarme bien para que te cuente esta charla.»

—Es que no puedo evitarlo, no me hagas caso —dijo, con alegre sinceridad y calculando cómo haría después para contarle a su amigo—. Me has convencido, estoy a tu disposición. ¿Qué es lo que quieres que haga?

Entonces ella le mostró el radar del dragón y él supo que había dicho que sí demasiado pronto.


Listo, dejo acá el primer capítulo. Iba a ser un oneshot, pero se me ha hecho largo y quiero empezar a publicar antes que todo se haga tan distinto en Super que ya no se reconozca la situación en mi fic. Lloro. En fin, esto es una continuación directa de Tiempos, para entender lo de aquí hay que ir y leer primero aquél.

Esto será un TruMai, pero voy a incluir a Marron y a Goten. Porque soy yo y no me aguanto dejar a esos dos sin concretar. De paso, voy a tratar de dar un paso adelante con Bulma.

Bulma y Mai eran para mí un cabo suelto en la coherencia de esta nueva pareja, por todo lo que significó Pilaf en Dragon Ball (un grano en el ya-saben-qué, aunque no fuese peligroso) y de paso la idea de que ella apareciera de la nada para acercarse a su hijo me hizo imaginar a la madre de hierro despertando para defender a su hijo. Toriyama lo arregló, poniendo a todos a convivir desde niños y listo. De todas formas, no pierdo las esperanzas de ver a Mai enfrentada a un dilema cuando se haga mayor otra vez. O no, esto es Dragon Ball y no una telenovela (ejem…).

Sigue sin haber sección multimedia por acá, mi lista de reproducción se siente rechazada. O es que la opción está y yo todavía no la he encontrado.

Gracias a los que comentaron en Tiempos: Kaimi, Cuahutlitzin, SophyBrief y una amiga.

Y eso. Gracias a Tori por el nuevo subidón de inspiración, que cada capítulo me ha dejado con la boca abierta.