LA PRINCESA Y EL DRAGÓN—

Por Zury Himura


Espero que les agrade el capitulo. Dedicado a Dulcecito, gracias por todo.

Disclaimer: los personajes no me pertenecen la historia sí.


THE DRAGON' STAR.

UNTIL THE WORLD DIES.

Chapter Three.

No le quedaba otra más que andar con cuidado, o al menos eso era lo que los dioses querían de él para que se detuvieran sus ataques. Sin embargo, no tenía que obedecer, sabia las consecuencias de bajar de su hogar y si vagar por una eternidad hasta que la ideología de él muriera junto a cada creyente entonces asimismo lo haría. Si de algo gozaba en su estado humano era de la libertad para actuar sin ser juzgado directamente por un ser superior a él. Pues en su caso, era ambos, consecuencia que lo había llevado hasta ese punto. Podía reprobarse tanto como apreciar lo que hacía, mientras prestaba el poder con el que había nacido sin condición alguna. Aunque, todo «esto» se trataba de un mero castigo tanto para ellos como para él, que aprenderían con dolor hasta derramar lágrimas de sangre.

No obstante, la princesa de la constelación del cazador había bajado a la tierra, prometiendo en su carta obtener su cabeza lo más pronto posible, aunque no sabía exactamente cómo lucia físicamente al haber caído discretamente y a distancia ya se sentía mal por ella. Las consecuencias de bajar a la tierra eran debilidad y entre muchas otras cosas la prohibición de volver a llegar al cielo.

—¿Sabías que imperio del Oeste está planeando ataques contra este pueblo? —Escuchó decir a una de las mujeres en el mercado, justo por donde pasaba. Lucia humilde y llena de preocupaciones. Tanto que quiso acercársele, algo dentro quería conocer sus pesares conmoviéndose por las condiciones en las que se presentaba.

—No, me han dicho otra cosa a mí —la corrigió la amiga con la que iba, quien tomaba a su hijo descalzo por la calle llena de piedras—. Ese hombre de cabellos rojos del que todo el mundo habla ha cautivado su atención. El jefe de ese imperio quiere acabar con él, solo para demostrar que es el más fuerte, ahora que una princesa extranjera ha llegado. Después de lucirse y conquistarla, sus planes seguirán.

Decepción. Fue lo único que se abultó en su pecho. Dentro de esa sociedad humana lo único que interesaba era lo material y apariencias. Pues ni un solo comentario había escuchado del pueblo vecino, de las ciudades desbastadas y de ir a ayudar a los que habían sobrevivido. ¿Dónde quedaba la solidaridad? ¿Aquello que los hacia hermanos? ¿Acaso todo eso era basado en un reino? Tan patéticos, tan faltos de solidaridad estaban que simplemente le daban ganas de desatarse en una masacre sin tener que escoger a sus seguidores, como lo venía haciendo. ¿Por qué… por qué las cosas habían llegado hasta ese extremo? Donde todos dejaban de ser hermanos para volverse enemigos. Por obtener un poder mundano, o en este caso a una princesa con un simple poder que ni siquiera ellos poseían. por un trono imaginario que en la muerte seria arrebatado por seres supremos y que no conocían, mas nombraban… ¿Por qué se subestimaban al grado de dañarse?

¿Dónde estaban los sentimientos que alguna vez lo hicieron sonreír allá en lo más oscuro y lejos de ese lugar? Los que lo hacían admirarlos y alegrarse de que, al inicio, en el origen todos eran un solo grupo.

Los extrañaba. Extrañaba a los humanos que amó proteger en el pasado.

—Disculpe, señor, alguien me dijo que le diera esta nota. —Una niña de alrededor de diez años se acercó, jalándolo de su yukata para que le prestara atención. Mientras, él se iba ocultando en las sombras de su sombrero al haber entrado en una aldea cuyos habitantes sufrían por escases de alimentos. Al menos, no estaba ahí para castigar a los que no cometían maldad o a los que ni siquiera conocían su nombre. Solo se ocultaría hasta encontrar a esas personas a las que les oiría una última vez pedirle favores.

Tomó el papel, y sin decirle nada a la niña, realizó una reverencia para agradecerle. Estaba seguro que era la princesa, hija de Orión. Pero algo en sus adentros supuso que la reconocería no por papeles como esos, sino por señas como las de la noche anterior. Sus manos desdoblaron la nota y la leyó. Era una invitación para verse en medio del pueblo, por alguien a quien no reconocía y que solo se identificaba con una sola letra mayúscula en tinta roja. Suspiró, sintiendo lastima al trazar las letras con sus dedos. No se trataba más que de otra trampa que los humanos querían ponerle, y, de los cuales tendría que deshacerse.

Pronto llegó al lugar, encontrando en frente suyo alrededor de veinte hombres. Sus espadas eran normales, vestidos con armaduras dado al temor que se les había infundido. Algunos estaban más armados que otros, dejándole entrever lo temerosos que estaban. Mas en sus ojos distinguió a las personas que le habían encontrado. Un grupo tanto buenos como malos pero que por la densidad de sus pensamientos y dudas en sus corazones, actuaban contra alguien que ni siquiera sabían si era real o correcto. Pero pronto lo sabrían, no solo por su boca sino la de la princesa.

—Los monjes me han dicho que eres Doragon —Por fin uno de los hombres se atrevió a decir después de un largo silencio—. Pero no puedo venerarte como en el pasado, porque ahora te dices ser hombre… y yo, no puedo venerar a otro hombre. Así que eres mi igual, seas quien seas.

Era consciente de la susceptibilidad de todas esas personas. Si los demás dioses habían comenzado a mandar sus avisos con sus profetas y oráculos, pronto la verdad se expandiría. Las cosas empeorarían para ellos, sobre todo al no respetarse entre sí mismos, subestimarse y creerse inferior tal y como los dioses los veían. Por eso, mostró la llama en su mano por primera vez, mas no el espíritu que lo representaba como deidad. Una vez que está se tornó negra la tomó con su dedo, pintando sobre su muñeca izquierda un camino que pronto se volvió la figura pequeña de un dragón.

—Desde ahora, esté será mi marca… y esté mi sello —pronunció desenfundado su espada cuya hoja estaba enmarcada con la figura de su constelación—. Lo hablo solo para que me conozcan. Hoy… —se dio la media vuelta presintiendo que era vigilado por alguien más—, no morirán. Mas alístense por que se avecina una guerra.

Algunos hombres del grupo, quienes creían fervientemente en él dieron algunos pasos cuando dio muestras de su identidad. Aquellas escrituras de los ancianos y las profecías de su venida se hacían realidad. Y, aunque posiblemente morirían querían haciéndolo del lado que su corazón dictara que fuera el correcto. Por esa razón caminaron hasta posarse detrás de él, bajando sus espadas, hincándose y venerándolo como su todopoderoso. Ante esto, Doragon se giró ignorando a los demás. Sus ojos se entristecieron y sus hombros cayeron con un suspiro silencioso. Cuánto quería rechazarlos, decirles que morirán por el solo hecho de saber su nombre y creer en él, pero en sus adentro algo se conmovió. La que era consiente, la que se daba una segunda oportunidad sin pensarlo dos veces de salir de su oscuridad. Así que asintió, aceptándolos a su lado por el tiempo que fuera.

II

Si le hacía frente sola tenia probabilidades de que regresara hacia su constelación con la cabeza agachada. Y, aunque lo mejor para todos era que Doragon fuera detenido, lo más sabio era hacerlo ver sus errores enfrentándolo con lo que ella creía era su debilidad. Al menos pensaba que era lo mejor, para que después no se enfrentaran al mismo problema en un futuro cuando la misma decepción se apoderara de su espíritu. A su parecer, él debía aceptarlos como lo que eran, no todos estaban corroídos por la misma maldad y era por eso que debía creer en ellos. Dejarlos gozar de lo mismo que él gozaba al bajar: un libre albedrio. Sin ser gobernados por un ser superior que venía a juzgar por su estilo de vida. Al menos no hasta ese punto. Ellos debían aprender solos, hasta que mundo muriera.

Desvió la mirada observando los tallados de piedras de los monjes del templo que había sido levantado en su nombre, dentro del castillo del que se hacía llamar el rey de la mitad del continente. Aunque era un hombre común y corriente contaba con un grupo de personas calificadas quienes había escuchado su voz durante su venida. Estas personas se hacían llamar profetas y otros oráculos, una mezcla de habilidades espirituales que solo algunos humanos poseían. Simplemente por eso había sido recibida en esa vivienda sin mucho que preguntar más que sus motivos.

—Ama mía —Un anciano se postró ante ella ofreciéndole una taza de té—. Se ha reunido a varios hombres del continente, aunque faltan algunos más. Todos están siendo entrenados y se les ha explicado la situación. Estamos listos para sus órdenes.

Asintió contenta por el desempeño y rapidez de los que la habían acogido. En su mano observó la marca del cazador y se puso de pie, sin tocar una gota de la bebida del monje.

—Doragon, ¿tiene un nombre? —preguntó descolocando a los demás convocados en esa habitación.

Nadie supo contentar, sus miradas se desviaban entre ellos echándose la responsabilidad o preguntándose si era posible que no se le hubiera sido informado de algo semejante. Ya que a sus manos habían llegado tantos recados de los aldeanos que habían avistado al susodicho o que habían mantenido una conversación cortante con tal de averiguar más. Mas nada de un nombre diferente con el que se hacía llamar.

—No —El hombre, rey de esa casa y pueblo, se hizo notar por igual. Su cabello largo y oscuro era semejante al de ella, lo cual no supo si se trataba de una casualidad o algo planeado—. Él no ha dicho nada más, solo que es Doragon. Pero, mi princesa. Necesito de más informes antes de que proceda, ya sabe, tengo muchas más cosas que hacer.

La hija del cazador acomodó la cinta invisible de su arco atreves de su pecho y asintió.

—¿Por qué pregunta sobre un segundo nombre? —Quiso saber el hombre levantando su mirada castaña hacia la mujer mientras acomodaba su capa blanca para cobijar su cuerpo—… es decir, necesitamos saber más de ustedes, si es que quiere nuestra ayuda.

«Si es que quiere nuestra ayuda…» se repitió en su cabeza. La arrogancia que tenía el ser humano verdaderamente era excepcional, un poco graciosa pero inocente a la vez. Por esa vez, confiaría en ellos, prometiéndose a sí misma que no guardaría rencor como Doragon, y que ese era el mejor ejemplo que el susodicho podía seguir. Tampoco se dejaría entristecer por actitudes tan pequeñas, pues aun en el cielo se podían ver las mismas.

—Todos, incluso ustedes tienen una debilidad, es esta condición, nos volvemos parte humano y tenemos un nombre como tales.

—Entonces… —El hombre de cabello negro y largo se acercó, acariciando su mejilla incomodando a los presentes, incluso, ganándose algunos consejos de advertencia de los monjes que defendían a la deidad que había bajado del cielo. Él era demasiado grande como para ser ordenado por los demás, posiblemente, merecedor de una princesa como la que tenía enfrente y, entonces, mejorar una legacía—. ¿cuál es tuyo?

Aun no había pasado tantos días entre los humanos como para saber su debilidad en ese mundo o si debía o no tener un significado terrenal. Así que simplemente le restó importancia cambiando el tema de conversación. Tampoco le importaba intimidar tanto cuando una guerra se avecinaba.

—Mañana en la tarde él vendrá a este castillo, esperando encontrar al ejército que está buscando —Lo sabía porque podía ver pequeñas pistas de su voluntad, gracias a su arco, forjado con el mismo material que su katana— mi pregunta es: ¿a qué deidad levantaban sus plegarias antes de este incidente, y claro, antes de ir a un aguerra?

—A Doragon, por supuesto —reveló el rey sacando la katana de su cinturón con orgullo—. Aunque tampoco era tan necesario cuando se contaba conmigo.

En sus ojos podía encontrar varias respuestas. Tanto el tipo de hombre con el que se había topado y las aspiraciones que seguramente tenia. Ese rey, al que no conocía, seguramente era uno que le gustaba el poder y mostrar sus habilidades cuando podía, y, tal vez solo cuando era necesario. Aun no podía decir tanto de él. Sin embargo, se tenía bastante confianza en sí mismo demostrando majestad en campo de guerra cuando el horror se acercaba.

—Y tú, ¿cómo te llamas? —Quiso saber cómo llamarlo a parte de rey y majestad.

—¿Yo? —repitió el hombre levantando la barbilla de forma arrogante, sin importarle exactamente si se trataba de una estrella o una princesa, ya que seguramente no entendería el significado de su acercamiento. Esa pelinegra de ojos azules seria suya después de que acabaran con Doragon—. Me llamo Hiko Seijuro.

Continuara…


Notas de autor: Siempre quise esto, buaha, un HvsK. Pero bueno, veremos cómo sale. Posiblemente el «maestro» me salga un poco ooc, pero la esencia de su personalidad estará ahí. Igual ahora que lo pienso esto es un au así que bueeeeee.