Disclaimer: Blood: The Last Vampire no me pertenece, es propiedad de Production I.G., SPE Visual Works y Hiroyuki Kitakubo.

Nota: este fanfic se desarrolla a mediados de los años sesenta, donde tienen lugar los acontecimientos de la película de animación Blood: The Last Vampire, con referencias a la película live action del 2009 con el mismo nombre y menciones muy pequeñas al manga de Blood: The Last Vampire 2000. Además, tomo algunos detalles del videojuego para Playstation 2 de esta misma obra. Cabe destacar que este fic no tiene nada que ver con Blood Plus, los únicos elementos que tomo de esta parte de la saga son las menciones al Diario de Joel y la organización del Escudo Rojo, pero no hay Hagi ni Diva.


"La guerra femenina tiene sus colores, sus olores, su iluminación y su espacio. Tiene sus propias palabras. En esta guerra no hay héroes ni hazañas increíbles, tan solo seres humanos involucrados en una tarea inhumana"

La guerra no tiene rostro de mujer —Svetlana Alexiévich


Tough Girl

1 de noviembre de 1966. Ciudad de Fussa, Tokio, Japón.

Saya, en su muy peculiar malhumorada distracción y olímpica indiferencia al caos que se formaba a su alrededor, abordó los asientos traseros del automóvil negro en compañía de David sin dirigirle la palabra a nadie.

Reconoció al chofer y el copiloto; también eran miembros del Escudo Rojo, los mismos que había estado viendo con frecuencia durante su estancia en Tokio, cuando se dejaba mover en auto por ellos (vigilada, cabe destacar), y no por su cuenta, como usualmente prefería, ya fuera caminando o usando el transporte público. Pero incluso dentro del Escudo Rojo, no cualquier miembro podía escoltarla: estos tenían que ser de confianza, estar bien entrenados, y en muchas ocasiones eran directamente elegidos por David. Pero eso, en ocasiones, hacía sentir a Saya como si fuese un objeto extraño, como de museo; una rarísima reliquia que se transporta en camiones blindados, siempre oculta bajo cristales negros.

Por eso prefería la libertad de andar por ahí sola, igual que si fuese una adolescente común y corriente. Pero incluso así, nunca lograba sentirse de esa forma, y había vivido tantas décadas que Saya ni siquiera recordaba si alguna vez fue una adolescente y, todavía más importante, en qué tiempo de su existencia dejó de serlo.

Pero no importaba que tanto le gustara usar el metro; después de lo que sucedido esa noche en la Base Aérea de Yokota, estaba segura de que no la dejarían andar sola por un tiempo bajo ningún concepto.

Con su nueva espada sobre el regazo, envainada y ahora inofensiva, la muchacha dejó caer su cabeza en el respaldo cuando el auto finalmente se puso en movimiento para salir de la Base. Por el espejo retrovisor pudo ver los otros autos estacionados en la pista, con los agentes dando vueltas, apresurados, y al camión de limpieza listo para borrar todo rastro de su pelea.

El helicóptero en el cual llegó Louis estaba sobre la pista de aterrizaje de los aviones militares de la Base. Del otro lado de la malla ciclónica que dividía las instalaciones medio destruidas y quemadas de la Base de la pista de aviones, pudo notar cómo colocaban sobre una camilla a la enfermera inconsciente que salvó cuatro veces de ser devorada hasta finalmente salvarla de su propio intento de suicidio, y que después, irónicamente, la salvó a ella abriendo las puertas de la bodega en llamas, muerta de miedo y tras el volante.

Probablemente no existió ni existiría otro momento en la vida de la enfermera Makiho Caroline Asano en que actuase con tanta valentía.

A Saya le dio un poco de lástima aquella mujer. Conociendo al Escudo Rojo y al ejército de los Estados Unidos como lo hacía, lo cual hacía bien, probablemente tildarían de loca a Makiho, le dirían que todo lo que vio e hizo esa noche sucedió alguna vez y le harían creer que todo fue producto de alguna broma cruel de Halloween o alguna alucinación producto del estrés post-traumático luego de quedar atrapada en la bodega incendiada.

—¿A dónde vamos…? —preguntó Saya con pereza, arrastrando las palabras como si se estuviese quedando dormida.

David se volvió a verla alzando una ceja, preguntándose si la muchacha le estaba tomando el pelo. Pensó que ya lo sabría. Que sería obvio, por lo menos.

—A los cuarteles, Saya.

—Preferiría volver a mi habitación —masculló de mala gana.

El hombre, paciente, negó con la cabeza.

—En estos momentos es preferible regresar a los cuarteles. Los americanos no van a estar nada contentos con lo que ha pasado en la Base —Resopló un poco, pensando en el infierno que sería todo el papeleo que se avecinaba—. Te van a buscar y…

—Oye, quiero que me lleves al hotel Yuzuya, en la calle Tosashiginga.

David paró de hablar cuando la muchacha lo interrumpió, asomándose a los asientos delanteros para dirigirse al agente que conducía.

—Saya, no es taxi.

—Déjame en paz —masculló la chica con dureza, al tiempo que se volvía para encarar a David.

En los asientos delanteros, tanto el copiloto como el conductor, se miraron confusos, ligeramente tensos. A todos los agentes que estaban en contacto directo con Saya se les advertía siempre sobre no fastidiarla ni hacerla enojar, y aunque ellos nunca habían visto a la muchacha enojada, no deseaban conocer las consecuencias de su furia. No por nada semejante advertencia se les daba a militares y hombres duramente entrenados, curtidos en batalla, sobre todo con respecto a una chica que no parecía mayor de veinte años.

La advertencia más curiosa que se les daba con respecto a la muchacha es que jamás mencionasen nada relacionado a Dios o la religión en su presencia.

—Entonces… ¿a dónde voy? —preguntó el chofer, mirando a ambos por el espejo retrovisor.

—No le hagas caso. Ve a los cuarteles, Alan.

—No. Quiero regresar al hotel, maldita sea.

—Saya, deja de hacer berrinche —David tocó levemente su hombro derecho, pero se asustó un poco cuando vio a la muchacha estremecerse y soltar un breve gemido. Debajo del uniforme negro debía estar lastimada: lo comprobó cuando sintió las yemas de sus dedos empaparse con un poco de sangre que se limpió discretamente en la tela de su pantalón—. Debemos regresar a los cuarteles, necesitas atención médica —insistió, ahora ligeramente alarmado.

Sabes que no lo necesito —Saya adoptó, por inercia, aquella característica mirada suya oscurecida por la frustración, pero aún así sus ojos relucían debajo del manto nocturno y la luz amarillenta de los faros de la calle.

Por unos instantes sus pupilas fueron rojas.

Saya…

La forma en cómo pronunció su nombre fue más una petición que una órden. Que simplemente no hiciera las cosas más complicadas para ambos, no siempre podía hacer lo que le viniera en gana.

Vencida, pero sobre todo cansada de discutir, finalmente la muchacha desistió y volvió a dejarse caer en el asiento. Casi parecía una jovencita a la cual no dejaron salir de noche a una fiesta, y demasiado enojada como para seguir discutiendo e insistiendo, tampoco quiso mirar a David.

No mencionó otra palabra el resto del trayecto. En lugar de eso se distrajo mirando por la ventana, observando atenta la forma en cómo los faros de la calle lo iluminaban todo con su luz amarilla, a veces naranja, siempre de un segundo a otro conforme se movían por la avenida. Un instante de oscuridad y luego un instante de luz, un patrón que se repitió incesante durante los pocos minutos en que estuvo interesada en ello.

No sabía qué hora era, pero el juego de luces y sombras logró adormecerla, dejándole los párpados pesados y la respiración lenta. Le comenzaron a doler los músculos de ambos muslos y brazos, pero sus manos siguieron fuertemente sujetas a la espada hasta que finalmente cayó dormida. David notó eso y, al verla con los ojos cerrados y la cabeza ladeada, sintió una especie de tapón en la boca del estomago que le resultó profundamente desagradable. La misma sensación que siempre lo invadía al ver a su pequeño hijo, todavía un niño de pecho, cuando tenía fiebre.

Al llegar a los cuarteles de la organización, un edificio sencillo a punto de terminar de construirse y oculto en el kilometro 63 de la carretera, David esperó a que los agentes bajaran del auto para despertar a Saya. Sabía que no le gustaba que la vieran dormir porque, según ella, era un estado de vulnerabilidad necesaria que detestaba con todas sus fuerzas.

Antes de abrir la puerta de la chica revisó su reloj. Era poco después de la una de la mañana. Probablemente el baile de Halloween de la preparatoria de la Base ya había terminado. Los adolescentes estaban en cama, y sus padres finalmente podían también conciliar el sueño.

—Saya… Saya, despierta —susurró el rubio, zarandeándola un poco. La muchacha se removió apenas en el asiento, gimiendo quedamente.

—¿Ya llegamos? —preguntó todavía adormilada. Se talló los ojos con la mano izquierda, la que no estaba manchada de sangre, mientras David la ayudaba a bajar del auto. Por unos instantes la joven rechazó su ayuda.

—No te apresures, Saya. Ya casi se termina esta noche de mierda —le dijo al tiempo que la escoltaba a la entrada. Quiso ayudarla a caminar, pero ella volvió a rechazarlo, alejándose un poco. A los pocos pasos recuperó toda consciencia y control sobre su adolorido y agotado cuerpo.

La entrada del edificio estaba resguardada por cuatro agentes en traje negro que, seguramente, pensó Saya, tendrías sus armas ocultas bajo los sacos. Unos pocos autos estaban en el estacionamiento, con los hombres dando vueltas y hablando entre ellos. Aún a la distancia también pudo percibir el aroma del tabaco. Al mirar a su derecha vio a un par de agentes, un hombre y una mujer, fumando en la esquina del edificio, conversando en voz baja. El humo gris de sus cigarrillos, elevándose vaporoso en el aire, se podía observar con suma claridad a través de las luces de los faros del estacionamiento y la negrura de la noche.

Saya intentó recordar la primera vez que fumó un cigarrillo, pero el recuerdo le resultó tan estrambótico como sobrecogedor. En los años veinte, en Nueva York, cuando las mujeres finalmente consiguieron el voto, se cortaron el cabello, se quitaron los corsés, sustituyéndolos por faldas holgadas, saliendo de noche a bailar charlestón, a coquetear y a divertirse.

Pero ella no se cortó el cabello, tampoco salió de noche a bailar ni a divertirse. Fumó sus cigarrillos por moda y curiosidad, mientras que, por deber, en la otra mano sostuvo su katana, cazando quirópteros bajo el manto nocturno interrumpido por las estridentes luces de la ciudad de Nueva York y sus primeros monstruos.

El olor del cigarrillo se desvaneció al entrar al cuartel, el cual los recibió con poco movimiento. Todos los encargados de cubrir el incidente en la Base estaban fuera, y el aburrido agente que se encontraba en la recepción, sentado en un escritorio, los dejó pasar tan solo verlos y sin siquiera pedirles sus identificaciones mientras recibía de otro hombre una carpeta con papeles sobresaliendo desordenadamente de las esquinas.

Al pasarlos de largo Saya pudo notar que el hombre de la carpeta se le quedó mirando con cierto asombro, extrañado, como si fuese una intrusa. Se fijó en su atuendo de colegiala. Sobresalía demasiado entre esos hombres y mujeres adultos vestidos enteramente de negro, y lo único que se podía suponer es que se trataba de la hija de algún agente japonés de aquella célula que, aún así, no debía estar allí.

—¿Y esa chica? —Escuchó decir al hombre. Pudo notar su mirada recayendo en la espada que llevaba en las manos.

—Es Saya —susurró el recepcionista con naturalidad.

—¡No puede ser! —contestó en voz baja—. Pero si sólo es una muchacha.

—¿No la habías visto? Parece una adolescente, pero es mucho mayor de lo que aparenta.

La aludida los ignoró, fingiendo no haber escuchado nada, aunque le hubiese bastado sólo una mirada para hacer callar en seco a ambos hombres. Sin embargo, estaba acostumbrada a ese tipo de reacciones. La mayoría de los agentes y miembros del Escudo Rojo sabían que el arma principal y más importante de la organización donde trabajaban era una jovencita llamada Saya, la más adecuada para matar a los quirópteros por ser también, ella misma, un quiróptero, y no sólo uno de ellos, sino la única que quedaba, la única original.

Si los quirópteros estaban por encima de la cadena alimenticia, superando a los humanos y a todas las demás especies animales, la líder y reina de aquella especie era la misma Saya. Pero, incluso así, muchos no sabían exactamente qué significaba eso: la única original que quedaba, y pocos eran los que llegaban a verla en persona.

Los cuarteles donde estaban eran mucho más sencillos y pequeños que los instalados en París, Londres, Moscú y Nueva York, y además todavía estaba en construcción. Había fuertes sospechas de que, aprovechando el caos de la guerra de Vietnam, el gobierno de los Estados Unidos estaba realizando experimentos en toda Asia. Después de todo, nunca era casualidad que los quirópteros apareciesen en un sitio determinado. Los quirópteros no se creaban de la nada, así que el Escudo Rojo había decidido abrir una célula en Asia, aunque tenía poco tiempo de formada y estaba casi enteramente compuesta por miembros americanos y europeos trasladados de otras células o agencias, o bien, también de militares, como David.

En el trayecto a través de los silenciosos pasillos del cuartel no dijo nada, pero Saya pudo darse cuenta de que David la conducía directamente a la sala médica. Siempre eran de las primeras instalaciones que se terminaban en todo cuartel que el Escudo Rojo construyera. En muchas ocasiones los agentes salían heridos de gravedad, y era imposible llevarlos a un hospital normal sin que el personal médico hiciera miles de preguntas cuyas respuestas, la humanidad, jamás debía conocer, si es que se querían que la civilización siguiera en pie.

Al llegar a la sala fueron recibidos por dos enfermeros jóvenes, un hombre y una mujer, pero tan sólo verlos Saya detuvo su andar unos instantes, apretando levemente su espada. Esos eran nuevos, y como solía sucederle, no confiaba nunca en los miembros nuevos. Mucho menos terminaba nunca de confiar en doctores o enfermeros, en cualquier persona que usara una maldita bata blanca. Sentía que en cualquier oportunidad, en cuanto descubrieran el poder de su sangre y peculiaridades, intentarían llevársela y experimentar con ella como ya había sucedido más de una vez en el pasado.

En sus recuerdos más oscuros, las personas más desalmadas que conocía no eran los soldados que mataban siguiendo órdenes, ni los políticos hambrientos de poder: no, los más desalmados eran siempre los científicos jugando a ser Dios, los mismos que intentaban hacer realidad los sueños de aquellos enfermos a costa de ella, su sangre y, si era necesario, su cordura.

Y habían sido hombres de ciencia, hace muchísimos años, quienes extrajeron su sangre una y otra vez hasta casi dejarla seca, todo con el fin de crear a los monstruos contra los cuales ahora combatía y seguiría combatiendo.

Todavía se preguntó cómo pudo salvar a la enfermera de la Base. Encima era tan religiosa… enfermeros y religión, dos de las cosas que más detestaba.

Y aquella era la principal razón por la cual pocos agentes tenían acceso a Saya. Ella, por si sola, era una tentación reencarnada: en su sangre se concentraban las habilidades y poderes con los cuales los humanos siempre habían soñado y que siempre anhelaron desde el mismo nacimiento de la mitología. Juventud eterna, gran fuerza física, inmunidad a las enfermedades y la muerte. Sobre todo la inmortalidad. Una tentación demasiado grande y atractiva como para dejarla pasar de largo tan fácilmente.

Quienes convivían con ella tenían que ser de extrema confianza y haber probado que realmente volcaban su vida a la organización y las metas de esta, aún a costa de sus vidas; demostrar que realmente simpatizaban con la causa del Escudo Rojo y la guerra de Saya.

Debían estar, en pocas palabras, desprovistos de toda ambición para que de esa manera no vieran a la joven como un milagro de la evolución ni como los deseos más locos de la humanidad hechos carne, sangre y hueso, sino para verla como una aliada, o por lo menos, como su carta maestra.

David se dio cuenta de la aprensión de la chica tan solo verla. Se había quedado quieta en el umbral de la puerta, con la mandíbula apretada. Al agente ya le resultaba muy fácil saber cuando se encontraba incómoda, así que tomó un poco de aire y miró al par de enfermeros, que se acomodaban las batas para comenzar con su trabajo, pero el militar se adelantó a la sala. Saya se quedó rezagada en la entrada, silenciosa.

—Salgan, por favor —pidió, provocando que la pareja se detuviera y los mirara extrañados, con las batas a medio poner.

—Pero… —susurró el enfermero, mirando extrañado a su compañera. Ambos habían notado la mano ensangrentada de la muchacha y también las cortadas en su cara. Su trabajo, les habían dicho, era atender a todo herido que llegase, sobre todo si se trataba de Saya. Les habían dicho que era prioridad protegerla y mantenerla con vida.

—No es grave, yo me encargaré —insistió David.

—No podemos hacer eso —dijo la enfermera con firmeza—. Tenemos órdenes de atender a los agentes heridos, sobre todo si se trata de Saya.

David estuvo a punto de decir que en esos casos, las órdenes valían un carajo. Podían atender a los agentes heridos, sí, pero no conocían a Saya, y solamente ella era quien podía decir por quién quería ser atendida. Un privilegio no escrito, en realidad, pero que se solía aplicar de vez en cuando.

—Váyanse, los dos. Ahora.

La dura voz de Saya atrajo la atención de todos. Se quedaron en silencio mientras los enfermeros dudaban, pero sólo después de una segunda y recelosa mirada de David, estos finalmente salieron.

El hombre cerró la puerta de la enfermería en silencio una vez que la pareja se marchó. Sin decir nada la joven resopló y fue a sentarse en el borde de una de las camas, dejando su espada recargada contra la pared. Por unos segundos siguió con los ojos a David, quien luego de lavarse las manos se ocupó sacando de los estantes algunas gasas, paños y alcohol. Lo echó todo dentro de una palangana plateada y se acercó a Saya con expresión seria, dejando las cosas sobre una de las mesas y alcanzándose una silla.

—Te arriesgaste demasiado al ir por esos quirópteros. Y en proteger a esa enfermera —expuso David mientras mojaba un paño en alcohol. El intenso olor de la solución hizo que la chica sintiera ganas de estornudar, pero se contuvo.

—No habría pasado todo eso si hubieras traído la espada desde que te lo pedí —masculló, clavando su penetrante mirada en él, recelosa e insistente. Una mujer más diciéndole te lo dije, tal y como solía hacer su esposa y como alguna vez hizo su madre. David hizo una mueca de resignación.

—Sí, lo sé. Lo siento —Acercó el paño a la mejilla de la chica—. Sabes que no es sencillo encontrar katanas buenas. Escasean incluso en este país, y mandar hacer una lleva tiempo.

Cuando el paño empapado rozó la cortada del pómulo izquierdo, Saya soltó un sonoro siseo. Le ardía la herida, que se había formado certera bajo las garras del quiróptero que la golpeó, penetrando en su piel con relativa profundidad. El dolor de ella ardía similar al de una raspada en la rodilla, pero se mantuvo impasible mientras David limpiaba los restos de sangre ya seca. Para cuando terminó de limpiar notó que la herida ya era apenas una línea con una costra roja allí donde la piel se había abierto. Ni siquiera estaba hinchada. Para cuando amaneciera no quedaría siquiera una cicatriz, ni una sola marca, como si la piel sobre ese pómulo siempre hubiese estado intacta desde el mismo momento de su nacimiento.

—Tuve que pelear con una maldita pala y una katana que resultó ser falsa —masculló Saya frunciendo el ceño, aún resentida—. Y esa maldita enfermera no paraba de rezar.

—Ya te dije que lo siento —espetó David alzando una ceja, pero luego la joven le rehuyó la mirada. El hombre se dio cuenta de que los reproches habían terminado ahí.

Era una rutina común en Saya y en su trato con él. Quejarse de las órdenes, reprochar o reclamar. Se ponía muy pasivo-agresiva cuando le llegaban órdenes que no le gustaban o que no le convencían, pero las cumplía al pie de la letra, tal vez un poco de mala gana, pero lo hacía con eficiencia y sin dudar, sobre todo cuando tenía que empuñar el sable. Pero el éxito de la misión o la muerte de un quiróptero no terminaban nunca de aplacar su enojo. Sólo hasta después de soltar toda su ira a través de su boca, se quedaba tranquila.

Era mejor así, pensaba David: que sacara la frustración por medio de palabras y maldiciones que dejar que las emociones más negativas de su persona se embotellaran dentro de ella como una peligrosa olla a presión que, al final, corría el riesgo de ser imposible de contener y controlar. Y nunca era nada bueno tener rondando a una chica enojada, mucho menos si esa chica estaba armada con una katana que sabía blandir a la perfección.

—Tienes la mano llena de sangre —dijo David observando unos instantes la mano derecha de la chica, llena de hilillos de sangre que ya se habían secado—. ¿Dónde estás herida?

—Me hirió en el brazo —Saya señaló por sobre la tela de su uniforme el punto donde el quiróptero hundió sus garras mientras lo tuvo encima, intentando encajarle los dientes en el cuello.

David hizo amago de subirle la manga, pero con tan sólo tocarla la chica se estremeció. Probablemente la herida estaba sanando, pero debía ser lo bastante profunda como para que a la joven todavía le doliera.

—Voy a curarte el brazo.

—No.

—Vamos, Saya… no lo hagas más difícil.

—No lo hago más difícil, es sólo que no lo necesito.

—Si estás incómoda, puedo traer a la enfermera —sugirió señalando la puerta.

—No quiero enfermeros. Son nuevos, no confío en ellos.

No dijo nada, pero sabía lo que la muchacha estaba pensando. En un par de días la herida desaparecería, pero mientras tanto necesitaba vendas para contener el sangrando y permitir la curación, sin embargo, aunque fuese medio tonto, eso también significaba quitarse la blusa. Habría sido mucho más sencillo que la enfermera se encargara de eso, después de todo Saya era una chica, pero ella no confiaba nunca en los enfermeros nuevos y probablemente prefería lidiar con la herida abierta y sangrante que desnudarse frente a él o cualquier otra persona.

David, que había estado muchas veces en el frente, en ocasiones luchando hombro con hombro con mujeres que en la batalla se volvían feroces, no encontraba nada de extraño o morboso en sus cuerpos o manías, pero eran mujeres de su tiempo. Saya, por el contrario, provenía de un tiempo más antiguo, lleno de pudor y restricciones. Estaba educada a la estricta usanza europea del siglo pasado, así que no era nada raro que detestara los exámenes médicos en los que tenía que echarse no más que una ligera bata encima o incluso desnudarse. Ya no hablar de los ginecólogos, que aún intentaban descubrir cómo funcionaban las habilidades reproductivas de la joven, intentando descifrar los misterios ocultos que pudieran existir detrás de un ciclo menstrual que parecía eterno, sin síntoma alguno de menopausia a pesar de sus muchas décadas vividas, intentando desentrañar los detalles de una vida sexual de la cual Saya siempre se negaba a decir una palabra.

Aún ahora ninguno de los doctores de la organización sabía si Saya había sido o era sexualmente activa, o si carecía de experiencia alguna. Aquellos detalles habían abierto la puerta para varias especulaciones e incluso chismes, sin embargo mantenían bajo férrea vigilancia sus ciclos menstruales, que eran tan atinados y regulares que se podía incluso calibrar un reloj con ellos. Recientemente habían notado que cuando se encontraba bajo mucha presión y estrés Saya dejaba de menstruar hasta que las cosas se calmaban, y con esas variantes dando vueltas en las investigaciones intentaron que tomase píldoras anticonceptivas para comprobar si aparecían cambios en su ciclo u hormonas, pero la chica se negó en rotundo a consumirlas.

La única teoría que tenían los doctores con respecto a su inmortalidad y juventud es que, a diferencia de las mujeres humanas, que nacían con cierta cantidad de óvulos que al terminarse con la llegada de la menopausia acababan también con las hormonas que las mantenían jóvenes, en Saya esos óvulos y hormonas se encontraban en constante producción, razón por la cual era capaz de mantenerse siempre joven. Incluso habían teorizado que sus hormonas y óvulos tendrían un próximo final sólo hasta que quedase embarazada y diera a luz, una peculiaridad de la evolución de su especie que, seguramente y como en casi todas, tenía como objetivo sobrevivir al paso de las generaciones, sobre todo si su única esperanza de transcendencia dentro de la naturaleza era una hembra de quiróptero que encabezaba la especie.

David sabía cuánto la chica odiaba que estudiasen aquella peculiaridad de su biología: en alguna ocasión le confesó que temía que sus verdaderas intenciones fueran que en algún momento concibiera, ya fuera con el fin de estudiar un embarazo quiróptero o para tener una reserva de ella, un ser nacido de su vientre que siguiera con su deber, por si algo le sucedía a ella en su camino por la guerra. Le había dicho también que eso era algo que ya habían intentado en el pasado, a mediados del siglo XIX.

No me mires así —Le dijo Saya en aquella ocasión, entre molesta e incómoda—. Nadie me violó. Pero tuve que matarlos, así que no lo volvieron a intentar.

A David se le revolvía el estomago ante la idea de que en el pasado intentaran forzar a Saya para concebir, y de esa forma tampoco le sorprendía que en la actualidad la joven apenas y pudiera dormir cuando la colocaban en la Cámara de Gesell para observarla, a ella, a su comportamiento y la forma en cómo se curaban sus heridas. En muchas ocasiones él mismo intervenía para que la sacaran de aquella ratonera de zoológico, sin entender qué tanto querían estudiar de ella. Saya solía decir que odiaba que la tratasen como hiena en el zoológico.

Él no era, ni por asomo, un hombre de ciencia, pero creía fervientemente que no podían saber de Saya y los quirópteros más de lo que ya sabían, de lo que ella misma sabía. ¿Acaso los humanos conocían del todo sus propios orígenes? Todo seguían siendo teorías muy lógicas, viables, sí, pero el propio origen de su especie seguía envuelto en el misterio. Ni hablar de la chica y los quirópteros. ¿Por qué ella tendría que saber, o entender, los orígenes de su propia especie, si aquellos que la estudiaban entendían tan poco de sí mismos?

La realidad es que no le parecía justo. Y le parecía más que suficiente que la joven estuviera dispuesta a luchar por ellos contra su propia raza, a pesar de su mal carácter y mal humor y con toda la posibilidad de abandonar la lucha e irse con los seres que eran como ella. Aún así, no lo hacía, se mantenía con ellos, con los humanos que la habían tratado siempre con una dualidad desquiciante. Así que, ¿qué importaba lo demás? Que la dejaran en paz, pensaba David, a lo mejor así hasta le mejoraba el humor.

Sin embargo, a veces la observaba y pensaba que sólo era una chiquilla enojada.

Soltó un suspiro, pero al ver que la muchacha no se movía, ni hablaba, ni le daba más opciones, se acercó a ella y colocó las manos alrededor de las rotura de la manga de su uniforme. Sin decir nada desgarró la tela hasta arrancar la manga completa, la cual sintió húmeda y ligeramente pesada al contacto.

—¡¿Qué haces?! —exclamó la chica, estremeciéndose en el momento en que David le quitó la tela inservible.

—Ya te dije que voy a curarte el brazo, no tienes que quitarte la blusa —Cuando finalmente apartó la tela necesaria, David soltó un siseo de dolor y esbozó una mueca de desagrado—. Maldición.

Al levantar la vista se topó con una herida espantosa. No era mortal, había visto peores, pero de alguna forma la herida de Saya le puso los pelos de punta. No era más que un enorme agujero en el brazo. No atravesaba la extremidad, pero se podía ver que la garra del quiróptero había calado profundamente de un solo golpe.

La piel estaba abierta y dejaba ver parte del músculo, rojo y desgarrado. Cuando apartó la tela unos cuantos hilillos de sangre manaron de la herida con todo el movimiento.

En el trayecto al cuartel no se había dado cuenta de lo profunda que era y lo mucho que había sangrado. La manga del uniforme absorbió casi toda la sangre y la tela negra disimulaba el color.

Si esa misma herida hubiese estado en la de un humano, aún seguiría sangrando profusamente, pero en Saya la sangre comenzaba a coagularse dentro de ella y los músculos a unirse de nuevo, muy lentamente.

Se le erizaron los vellos del cuerpo al imaginarla en la bodega en llamas, con el quiróptero encima de ella, soportando su peso, tratando de mantener los colmillos alejados de su cuello, mientras este le encajaba de golpe las garras en el brazo. Cuánto le debió doler, y cuán desesperante le debieron resultar aquellos momentos, aunque siempre se comportase como si nada pasara.

Con razón estaba tan enojada por no llevarle la espada a tiempo. Una incómoda sensación de culpa se apoderó del estomago de David.

—Saya, ¿por qué no dijiste nada? —El tono de su voz fue una mezcla de regaño y pregunta. Si hubiese sabido cómo estaba, habría ordenado que la atendieran en el mismo lugar.

Como para tomarle la palabra, la joven no contestó nada.

Comenzó a limpiar la sangre que manchaba su brazo a todo lo largo. Algunas partes ya se habían secado y se agrietaban en manchas marrones, otras seguían frescas, y de vez en cuando algún hilillo de sangre escapaba presuroso, manchando de nuevo el camino que David había dejado limpio. Para cuando acordó el paño estaba rojo y el aroma de la sangre y el alcohol calaba con fuerza en la nariz del hombre.

Se detuvo unos instantes, pensando en qué hacer, echándole un par de miradas a la bandeja plateada que descansaba sobre la mesa.

—No se va a infectar —aseguró Saya, percatándose de la duda del rubio—. En un día ya estará cerrado.

No pudo evitar sorprenderse un poco con ello. Siempre lo sorprendía, como si nunca terminase de enterarse de lo que era Saya. Después de todo, él era humano, por supuesto que le temía a las heridas, y la muerte era algo tan real, lógico y presente como para cualquiera, pero para Saya era todo lo contrario; sus percepciones sobre sus cuerpos y destinos eran completamente distintos, opuestos incluso.

En él, una herida infectada podía ser mortal, especialmente estando en el campo de batalla, y aunque la muerte era lo único que tenía seguro en la vida, como la mayoría, intentaba en lo posible aplazar su llegada.

Pero en Saya era muy diferente. La joven era incluso un siglo mayor que él, pero lucía como si fuese su hija, una adolescente cualquiera que apenas y ha vivido una pequeña parte de toda una vida.

A pesar de verla tan pequeña, a pesar de saber lo que era y que nada en ella era como lo parecía, no podía evitar sentir una simpatía extraña que lo incomodaba al mirarla con ese espantoso agujero rojo y sangrante en el brazo.

La observaba en su uniforme escolar, con el cabello trenzado, la mirada cabizbaja y encorvada sentada sobre aquella cama, y sólo podía pensar en que una adolescente no debía estar viviendo toda esa mierda. Que lo único que debía vivir en esos momentos era el estrés por tener buenas notas, que se le rompiera un poco el corazón con el primer amor, un grupo de amigas igual de inexpertas e ingenuas con quien compartir chismes y secretos, creerse invencible como todos los jóvenes, y albergar el gusanito desagradable de qué hacer en el futuro ya no tan lejano.

Una adolescente no debía estar peleando una guerra contra monstruos chupa sangre, con una espada en mano; tampoco pasar las mañanas entrenando en salones solitarios vigilados por cámaras, viajando de un lado a otro, completamente inexpresiva. Pero Saya no era una adolescente, ni siquiera era humana.

La había visto con heridas de arma de fuego cuyas balas su cuerpo expulsaba a través del mismo punto de impacto, como si se tratase de agua y aceite. Su cuerpo era capaz de sacar el objeto intruso incluso apenas momentos después de ser impactada. Había visto sus heridas cerrarse antes de poder infectarse. La había visto con fracturas en los dedos y las piernas, con torceduras espantosas en el tobillo y grandes moretones púrpuras en los brazos, el cuello, la cadera y las pantorrillas. La había visto con la piel desgarrada, con el costado abierto luego del certero zarpazo de las garras de un quiróptero, gimiendo de dolor y aún levantándose para tomar su espada y dar el golpe final para después limpiarse la sangre que manaba de su nariz y labios.

A veces se preguntaba si toda aquella fortaleza la sacaba del mismo hecho de saber que no podía morir fácilmente, que sus heridas podían ser dolorosas, pero nunca mortales. El miedo no la dominaba como a los humanos; porque él, los humanos, sabían que una herida de bala los podía matar, que una herida de garras en el costado los podía hacer desangrarse o quedar a merced de las fauces de aquellos demonios. Sabían también que con algo de suerte las heridas se podían curar y cerrar, pero todos temían al dolor.

Se preguntó si a pesar de todo, tal vez no a la muerte, Saya también le temía al dolor tanto como los humanos.

Probablemente sí.


"Nuestro organismo cambiaba hasta tal punto que durante la guerra no éramos mujeres. No teníamos eso de las mujeres… Las menstruaciones… Bueno, ya me entiende… Después de la guerra no todas lograron dar a luz": Aleksandra Semiónovna Popova, teniente de Guardia, navegante.

La guerra no tiene rostro de mujer —Svetlana Alexiévich


Tenía muchísimas ganas de publicar este fanfic. Como he mencionado en otras historias, estoy embobada con la Saya de TLV, y mirando la película tratando de encontrarle detalles nuevos, me percaté de un tipo de relación que, por desgracia, no se profundiza tanto en Plus: la relación entre Saya y David, que en Plus parece sustituirse más con la relación de Kai y David.

En las tres versiones que existen de la saga Blood, el único personaje constante aparte de, obviamente, Saya, es el personaje de David.

En TLV es un agente especialmente allegado a ella, en Plus, aunque no es tan cercano, es un personaje importante en la trama, y en C, aunque no aparece en el manga, en la película ni el anime, se lanzó un manga de C que funge como precuela de la historia, ubicado en 1946, si no me falla la memoria. Dicho manga se llama Blood-C: Demonic Moonlight, o Izayoi Kitan. No he podido conseguirlo, pero he visto muchas imágenes y leído parte de la trama. Se podría decir que incluso David tiene más protagonismo en dicho manga que la misma Saya, y por las fechas se podría considerar que es el abuelo del David de Plus y el padre del de TLV.

Con TLV la relación entre Saya y David comenzó a picarme, porque si bien se nota que Saya desprecia a los humanos (aunque se empeñe también en salvarlos) David es un humano que parece tener el respeto y el aprecio de Saya, cosa que con su personalidad me parece es muy difícil de conseguir. Si leen el manga de Blood: The Last Vampire 2000, se darán cuenta de que David también apreciaba muchísimo a Saya.

Debo admitir que me pica un poquito mi vena crack con la relación de esos dos, pero por encima de eso, tiendo más a verlos como padre e hija. Explorar ese tipo de relación es la razón por la cual escribí este fanfic, y porque también creo que David merece un poco más de protagonismo. Al final de cuentas, es el hombre que ha estado junto a Saya en todas sus versiones y en toda su historia a través de las generaciones.

Aclarando otras cosillas, últimamente también he pensado mucho en qué explicación podría existir para la inmortalidad de la raza quiróptera en las versiones de Blood. Pensé que la explicación más lógica para la longevidad de Saya es una cuestión hormonal, pero no logró encontrar explicación para el resto de sus habilidades, como la regeneración, la fuerza sobrehumana y los sentidos hiperdesarrollados. Lo único que se me ocurre es que son habilidades que también tienen otras especies animales, pero sin duda la más misteriosa es la de la longevidad y el por qué, a pesar de las enormes diferencias, Saya tiene forma humana.

En fin, esto sería todo por ahora. Muchísimas gracias a quienes se tomaron el tiempo de leer este pequeño fic, espero disfruten el próximo capítulos. ¡Nos vemos!

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Me despido,

Agatha Romaniev.