Nota: Ni Juego de Tronos ni Harry Potter me pertenecen.


CAPÍTULO 9 – MEMORIAS DEL AYER Y DESEOS DEL MAÑANA

Verano – 2009 DC, Londres (Inglaterra)

Hermione sonrió, moviendo sobre su regazo a su ahijada Aurora. La pequeña tenía apenas 3 años pero era una copia exacta a su madre: curiosa, valiente e inteligente. Cabría esperar que tuviera el cabello negro de ambos padres pero solo había heredado los ojos azules de su padre, Theodore. Su cabello eran tan pelirrojo como el de la difunta Lily Potter, de un rojo cobrizo, diferente al rojizo anaranjado de los Weasley; cuando Hadara sostuvo a su niña en brazos, con su pequeña cabeza cubierta de cabello, la nombró allí mismo sin preguntar a su marido. Aurora alzó una cuchara de plástico de su postre favorito y se la ofreció. Hermione sonrió nuevamente.

—¡Helado! —exclamó Aurora manchando la servilleta a modo de babero, con su cabello corto en dos coletas altas y ataviada con un vestido blanco de tirantes, liso, con mariquitas danzando en los bordes de la falda y sandalias a juego.

—¿Me lo das a mí, angelito? —le preguntó haciendo ademán de comérselo.

Aurora se metió de nuevo la cuchara en la boca y la miró desconcertada. Ella rió. Era un día de verano precioso. Una vez al mes solía coger a su ahijada, y a los otros niños de Hadara, y llevarla por Londres para que descubriera los lugares que su madre no osaba pisar. No solamente eran los paparazis lo que temía su mejor amiga sino también a la familia de su segundo esposo, en concreto su suegra. Los niños, no obstante, eran prácticamente desconocidos al público así que Hermione tenía prácticamente carta libre para pasear a su ahijada y a sus hermanos por Londres: enseñarles museos, visitar el teatro, ir a la feria... Los gemelos eran demasiado pequeños para disfrutar de muchas cosas pero a Hermione le alegraba ver a Aurora sonreír a sus hermanos y comprarles peluches que dejaba luego en su carrito.

Hermione no se había casado ni tenía hijos después de todo ese tiempo. Era extraño puesto que alguna vez imaginó casarse con Ronald Weasley. Había sido su primer amor, un amor juvenil, pero el tiempo los había separado sin remedio. Ahora se daba cuenta que ambos querían cosas muy distintas: Ronald era un hombre que, a pesar de la guerra, se negaba a crecer y afrontar la realidad y ella era una mujer que tenía ambiciones y de carácter fuerte. Era de esperar que estallaran el uno contra el otro con facilidad. La gota que colmó el vaso fue saber que Ronald cobraba un estipendio de las cuentas de su mejor amiga con tal de informar al Director de lo que hacía cada día. En parte entendía que Ron se sentía infravalorado por sus padres y sus hermanos y que, además, sentía perpetuamente en la sombra larga y grande de Hadara pero, ¿robar? A Hermione le molestaba más el hecho que, pudiendo hacer algo con su vida, teniendo los medios y la inteligencia, Ron hubiera preferido el camino fácil y holgazanear cobrando un dinero que no le pertenecía, y sabiendo que estaba mal que lo hiciera. ¿Cómo podría relacionarse con semejante persona?

Cuando sus padres, destrozados, lo mandaron a Romanía con su hermano Charlie, para que aprendiera un poco de trabajo duro, fue como si le quitaran un peso de encima que no sabía que cargaba día a día. Poco después Hadara tomó las riendas de su vida con ambas manos y, aunque le chocó porque no estaba acostumbrada a ver a su amiga tan resuelta y decidida – al menos no que se refiere su vida personal – poco a poco se fue acostumbrando. Le costó tragar que se casara con Malfoy debido a su historia personal pero, una vez hablaron a fondo, entendió por qué lo hacía. Demonios, casi lo esperó en ese entonces. Que Blaise estuviera viviendo con ellos era extraño pero Hadara y Draco no se amaban de esa manera y se habían casado sabiendo que Blaise y Draco tenían una relación así que solo se encogió de hombros y suspiró.

Cuando apareció en escena Theodore Nott no supo reaccionar. Creía que había asimilado las relaciones de su amiga pero ella, que era bastante tradicional y posesiva con sus seres queridos y posesiones más preciadas, le costaba pensar que su mejor amiga no conviviera con un hombre, ni dos, sino tres. Tenía un hijo con un hombre gay que era su primer marido y el cual tenía un amante que resultaba ser amigo de ambos y que, encima, vivía con ellos y luego se había casado con otro hombre casado que odiaba a su primera esposa y del cual se había enamorado perdidamente, de forma recíproca además, y del cual tenía tres hijos. De solo pensarlo le dolía la cabeza. Si alguna vez todo saliera a la luz, a pesar de vivir lejos, hablarían las malas lenguas y Hadara saldría perjudicada, sin duda alguna.

Terminaron de comer el helado, la niña ensimismada en su tarrina de chocolate y vainilla, y Hermione saboreando el cono de fresa. El cielo empezó a ennegrecer y miró su reloj pero todavía faltaba casi una hora para que Hadara y su marido regresaran a por su hija en Grimmauld Place. Aún así, cuando empezó a llover de forma casi torrencial cogió a Aurora y salió corriendo escuchando como reía y gritaba salpicando sus manos con la lluvia. Hermione no pudo evitar sonreír al ver la alegría de la pequeña y se preguntó si quizás tendría que tomarse más en serio su relación con Roger Davies. No estaría tan mal, después de todo, tener una familia propia.

Llegó a Grimmauld Place chorreando y dando gracias porque Hadara y Theodore se hubieran llevado a los gemelos consigo a la Mansión Malfoy debido a un pequeño catarro. Tenía engarrotados los brazos y solo llevaba consigo a Aurora así que no quería imaginar cómo cargaría con los tres. Abrió la puerta con la copia que Hadara le había dado y dejó a la niña en el suelo, sonriente y dando saltos salpicando con sus sandalias el parqué. Salió disparada al salón, donde tenía todos sus juguetes y Hermione cerró la puerta y dejó las bolsas llenas de recuerdos que habían comprado en el zoo. Entonces escuchó un grito ahogado y echó a correr pasillo abajo. Escuchó las voces antes de ver a nadie.

—¡Qué hace la niña aquí! —preguntó en un susurro una voz masculina y Hermione escuchó movimiento de ropas.

—¡No lo sé! ¡Debían llegar dentro de una hora!

Hermione abrió la puerta, atónita, y vio a Astoria con Alexis Rockwood. Ella llevaba un vestido largo que tenía subido hasta las caderas y él tenía los pantalones desabrochados. Estaban recostados sobre el sofá y, obviamente, parecían a punto de tener sexo. En la casa de Hadara. Astoria la vio primero y se levantó apresuradamente con una mezcla de vergüenza e ira en el rostro. Hermione vio que Rockwood tenía cogida a Aurora de un brazo y sacó su varita.

—¿¡QUÉ DEMONIOS ESTÁ PASANDO AQUÍ!? ¡SUELTA A LA NIÑA, AHORA! —gritó ella que comprendió que, pasara lo que pasara, se había encontrado a primera esposa del marido de su amiga en su casa, seguramente con algún nefario plan en mente.

—¡No tan rápido! —dijo el hombre y apuntó con la varita a la sien de Aurora que lloraba casi en silencio del miedo. Luego miró a su amante—. Me dijiste que vendría con los niños.

—¡Se suponía que hoy los tenía ella! —gritó Astoria y le apuntó con el dedo.

Hermione comprendió entonces lo que pasaba. Astoria había planeado emboscarla cuando llevara a todos los niños, sobre todo a los gemelos. Alexis Rockwood trabajaba en Gringotts como rompedor de maldiciones así que seguramente Astoria le habría usado para bajar las guardias de la casa y colarse adentro a esperarla con tan mala suerte que había llegado antes y los había pillado in fraganti.

—Dadme a la niña —pidió de nuevo Hermione, con tono conciliador y tendiendo una mano.

—Eso no posible —negó Rockwood, con el rostro serio—. Ya nos has visto aquí. No podemos dejar testigos.

—¿¡Y pensáis matarnos a ambas!? ¿¡Creéis que Hadara, que Theodore, no irá a por vosotros!?

Astoria tenía el rostro pálido al ver que su plan no estaba yendo como esperaba. Había pensado poner una trampa mágica en Grimmauld Place y deshacerse de todos: de la nueva esposa de su marido, de su marido y de todos los niños que se interponían en su camino. Sofía no habría tenido más remedio que legitimar a Basil para facilitar la continuación de su Familia a no ser que quisiera destapar el escándalo y que todos supieran de la paternidad de Basil así como de su plan de deshacerse de los gemelos de su hijo. Sí, Astoria sabía bien que Sofía intentaba manipularla para deshacerse de los niños con tal de encarrilar a su hijo hacía donde ella quería pero Astoria sabía que si lo hacía ella tarde o temprano Theodore descubriría la verdad e iría a por ella. No, si quería vivir lo único que podía hacer era matarlos a todos. Pero ahora les había descubierto Hermione Granger y solo la acompañaba la niña. Estaba perdida. Lo único que podía hacer para mantener su identidad a salvo era matarlas a ambas y eso alertaría igualmente al desalmado de su marido.

—Acaba con la niña —le ordenó a su amante.

Alexis cogió a la niña en volantas, a la fuerza, y Aurora empezó a patalear y a gritar. Hermione lanzó un hechizo antes de que pudiera hacerlo y de repente se encontraron luchando en el salón de los Potter. La niña cayó al suelo debido a la sorpresa y Hermione aprovechó el momento para lanzar una maldición cortante contra Rockwood que lo dejó tirado, inmóvil, en el suelo, desangrándose. Astoria aprovechó el momento, arrastró a la niña de debajo de la mesa y la sujetó contra su pecho como escudo, aterrorizada y triunfal a la vez.

—¿Crees que vas a escapar? —le preguntó Hermione, sangrando por la frente y con un brazo roto.

En lo más profundo de su ser supo que había fallado. Astoria no se marcharía sin asesinarla a ella y, peor aún, a Aurora. La niña lloraba desconsolada con sus brazos alzados en su dirección y Hermione se sintió rota al darse cuenta que no podía hacer nada. La última opción era alargar el combate hasta que aparecieran Hadara y Theodore pero Astoria también parecía estar pensando en la misma posibilidad porque tenía grabada una urgencia en su rostro que era imposible de disimular. Uno de sus brazos estaba ocupado cargando con la niña y el otro manteniendo la varita en su sien pero ahora sabía que si gastaba un segundo en asesinar a su ahijada estaría indefensa ese instante y eso era todo lo que Hermione necesitaría para acabar con ella. Se dio cuenta que Astoria era un caso perdido y un gran problema para su amiga puesto que, ante la situación actual uno esperaría que se desapareciera con su vida intacta pero prefería asesinar a Aurora como venganza.

Durante unos minutos que parecieron eternos se desafiaron con la mirada, Hermione apuntando su varita a Astoria y Astoria apuntando a Aurora. No lo vio venir. Una luz verde hizo brillar todas las paredes y cayó al suelo, muerta.

Astoria se giró y a vio a Rockwood pálido como la nieve con sus intestinos desparramados por el suelo. Observó cómo se moría lentamente y en pocos minutos se quedó tan quieto como Hermione, cubierto de su sangre como si le hubieran arropado con un manto escarlata. Empezó a escuchar de nuevo los lloros de la niña que llamaba a Hermione, a su madre y a su padre y supo que era el momento.

—¡MAMAAAAAA! ¡MAMA! ¡PAPA! ¡PAPA, PAPA, PAPA!

Lanzó la maldición mortal y la niña calló de golpe y dejó de patalear, como si le hubieran cortado los hilos como a una marioneta. Astoria la posó al lado de sus juguetes, como si Hermione hubiera descubierto a Alexis tras la niña, y se desapareció.

Minutos más tarde se escuchaba de nuevo el sonido de llaves y unas voces reían. Hadara tropezó contra las bolsas que había en la entrada y vio el pañuelo de Hermione colgado del perchero, todavía húmedo. Theodore la cogió de la cintura, equilibrándola de nuevo.

—¿Qué hace esto aquí? —preguntó Hadara, sorprendida, pues Hermione era la persona más ordenada que conocía.

—Quizás acaba de llegar —pensó en voz alta su marido pero Hadara volvió a tocar el pañuelo.

—Todavía llueve y esto está casi seco —dedujo con un mal presentimiento—. ¿¡Hermione!?

Echó a andar pasillo abajo acompañada de Theodore y ambos vieron los cristales de la puerta del salón esparcidos en el suelo. Corrió lo que la separaba del salón y gritó aterrorizada cuando vio los ojos sin vida, tan familiares, de Hermione con su varita extendida, un brazo roto y sangre cubriéndola los ojos. Vio el cuerpo de un hombre y luego el de su hija.

—¡AURORA! —gritó y cogió a su niña en brazos, girándola, pero los ojos nublados la saludaron—. ¡NO, NO, NO!

Theodore se arrodilló a su lado con el rostro blanco como la leche y los ojos abiertos de par en par, las pupilas contraídas del horror. No supo cómo llegaron los aurores, ni cuándo aparecieron Draco y Blaise con los ojos llorosos. Pasó las horas como un zombie, incapaz de reaccionar. Theodore la abrazó en todo momento, como si quisiera darle fuerzas y tomarlas de ella a la vez, pero Hadara solo podía recordar el cadáver de su hija y el de Hermione. Solo cuando identificaron al presunto asesino, Alexis Rockwood, sus ojos se enfocaron en el presente. Observó con rostro desencajado como los aurores les informan de su investigación y cómo se iniciaban los trámites para enterrar a su niña en las tierras de la Mansión Potter. El funeral de su hija fue rápido, al contrario del de Hermione que se celebraría en 3 días, pasó en la madrugada del día siguiente, y lo atendieron un puñado de personas. Poco a poco se fueron todos, aceptando que no quería compañía y solo quedaron Draco, Blaise y Theo a su lado. Todos llorando excepto ella.

—Alguien ha asesinado a mi hija —se dijo para sí misma en un hilo de voz.

—El culpable está muerto, Dara —le recordó con voz casi serena Draco.

Hadara se giró por voluntad propia por primera vez en horas y le miró fijamente, sin expresó alguna. Draco se asustó momentáneamente de su esposa al ver cómo sus ojos esmeraldas refulgían de odio y deseos de venganza. Recordó, por primera vez en años, que esta era la mujer que acabó con Voldemort cuando nadie pudo matarlo durante más de 50 años. Una mujer que, prácticamente sin ayuda y con muy poca experiencia, ganó una guerra y quedó marcada de por vida.

—La varita de Hermione no apuntaba a Rockwood —confesó ella y se giró a mirar la tumba de su niña—. Había alguien más.

El rostro de Theodore se contrajo de la ira. —¿Estás segura?

—Ahora lo comprobaremos.

Se desapareció a Grimmauld Place sin esperar a ninguno de los hombres aunque un segundo después se encontró rodeada de ellos. Todos observaron como cogía una figura de un basilisco y giraba su cabeza. Apareció una lente y un pequeño rectángulo negro.

—Hermione era un genio —les dijo Hadara con voz temblorosa, dándoles la espalda mientras examinaba el objeto—, encontró la forma de aislar la tecnología muggle de la magia. No era perfecto, no logró combinar la tecnología con la magia, pero era un gran avance. La primera vez que me lo mostró lo hizo con un móvil; grabamos cómo Aurora se bañaba en la piscina. Estaba tan f-feliz...

Theodore la abrazó por la espalda cuando se atragantó hablando de su hija.

—Entonces se me ocurrió la idea de emplear cámaras de seguridad sobre todo porque Grimmauld Place número 12 era un lugar conocido de mi propiedad a pesar de las barreras mágicas.

Vieron sin aliento como conectaba una tarjeta de memoria a un ordenador bastante voluminoso, incapaces de saber qué estaba haciendo, hasta que apareció la imagen del salón. Avanzó la pista en blanco y negro hasta que llegó al día anterior y todos se sentaron en las sillas de la cocina con el corazón acelerado. Se hizo un silencio sepulcral cuando vieron aparecer a Astoria con Alexis Rockwood, toqueteando los cuadros, lanzando miradas despectivas a las fotografías e insinuándose ante su amante. Durante unos minutos desaparecieron de la pantalla y luego regresaron, riendo. Después les vieron hablando y luego besarse y apoyarse contra el sofá a la vez que Rockwood le subía el vestido hasta las caderas y Astoria le desabrochaba la cremallera de los pantalones. Apareció Aurora corriendo y se quedó de pie, con los ojos salidos de las cuencas, al ver a ambos en su casa. Se dio la vuelta pero tropezó con la alfombra y cayó al suelo. Hadara observó, con el corazón encogido y el estómago revuelto, como Rockwood se giraba y, aunque sorprendido, cogía a su hija del brazo y segundos más tarde apareció Hermione.

Observaron el duelo, como caía Rockwood, cómo Astoria retenía a su hija, cómo Hermione moría, cómo Astoria se deshacía de su cómplice al no ayudarle a sobrevivir y cómo, finalmente, asesinaba a su hija y la colocaba de forma que la culpa fuera aparentemente de Rockwood. Hadara empezó a llorar desconsolada y Draco la abrazó. Theodore se había quedado de piedra en su asiento, mirando a su hija en la pantalla. Blaise cerró el portátil, incapaz de seguir viendo las imágenes y supo que esto era solo el principio.

Horas antes

Sofía se apareció en la casa de Astoria con el semblante descompuesto. Estaba pálida como la leche al enterarse de la muerte de Aurora. Cuando llegó a casa de Astoria la vio lanzando platos y rompiendo muebles a patadas.

—¡TE DAS CUENTA DE LO QUE HAS HECHO! ¡VAN A MATARNOS A AMBAS! —chilló Sofia dándole una bofetada a su nuera—. ¡TE DIJE QUE ESPERAS UN TIEMPO!

—¡CREÍAS QUE NO SABÍA QUÉ TRAMABAS! —le gritó también Astoria y le lanzó un vaso—. ¡Me pediste que esperara unos años sabiendo que Basil cumpliría 11 años el próximo Setiembre! ¡Sabías que la única opción para evitar el escándalo era su legitimación! ¡Eso o la muerte! ¡Me estás forzando a matar a mi propio hijo!

Sofía lo entendió todo y se mofó. —¿Crees que podías forzarme a aceptar a tu bastardo? ¡Lo aceptaría, de mala gana, si fuera el bastardo de mi hijo, no el tuyo! Ni aún muerto Theodore le aceptaría.

—Así que pensabas que yo me deshiciera de mi propio hijo desde el principio —el rostro de Astoria se puso rojo de la ira—. Pensabas utilizarme desde el principio para matar a los gemelos de Theodore, y también a Basil, para dejar el terreno de juego a cero una vez más.

—Si vamos a ser francas te diré que es cierto —Sofía casi se encogió de hombros—. Nunca pensé legitimar a Basil pero tú y mi hijo podíais intentarlo de nuevo, tener un Heredero puro y legítimo. Ahora es demasiado tarde, debido a tus artimañas has forzado mi mano. Si mi hijo se entera de mi intervención me matará a mí también.

Sofía agitó su varita, que había escondido tras su pañuelo de mano, y le borró las memorias a Astoria antes de que pudiera abrir la boca. No obstante, dejó los recuerdos de su plan con tal de que ella cargara con todo el peso. Se desapareció y supo que tendría que dejar hacer a Theodore durante un tiempo; si hacía algo demasiado temprano dudaría de ella al ver los huecos en las memorias de Astoria.

Astoria recobró el sentido y vio que estaba en el sofá de su estudio. Se levantó con la extraña sensación de haber olvidado algo y entonces cayó en la cuenta de lo que había hecho. Había asesinado a la hija de Theodore y Hadara. Una parte de ella, pequeña y cada vez más diminuta, gozaba de haber herido a su marido pero la mayor parte de su ser sufría atemorizada puesto que, aunque había acallado a los testigos, sabía cómo era Theodore y no quería morir. Después estaba Basil. Si hubiera podido acabar con su marido y toda su prole quizás las cosas serían distintas pero ahora Theodore protegería a sus hijos de cualquier intruso. Había esperado hasta el último momento para deshacerse de los gemelos y solo quedaba un mes antes de que la carta de Hogwarts de su hijo apareciera. Los ojos se le llenaron de lágrimas puesto que entendía que debía hacer. Basil era su hijo pero también había sido un error del cual le había costado desprenderse. Era una mancha en su honor, la memoria constante de lo tonta que había sido y el motivo por el cual, cuando se supiera, su reputación estaría acabada y cualquier futuro con los Nott también.

Salió de su estudio y subió las escaleras. Era de noche así que estaría durmiendo. Entró en el cuarto de su hijo y buscó su varita pero no la encontró. Se volvió hacia la puerta con las piernas pesadas y temblorosas pero supo que si volvía a buscarla no sabía si podría volver a subir esas escaleras así que se giró, decidida, y miró a su hijo dormir. Casi podía escuchar las voces llenas de burla, humillantes, en su cabeza.

—Esta es la chica que no pudo darle un Heredero a su marido.

—¡Se quedó embarazada de su amante y ahora su marido no quiere saber nada de ella! ¡Normal!

—¡Qué osadía, presentar al bastardo en Hogwarts!

—Menuda furcia...

—¡No quiero que se acerque a mi Familia! No la invites a la gala, cariño.

Pero las peores voces en su cabeza fueron las de su hermana. —Eres estúpida, Astoria.

Y la de Theodore. —Está claro que este bastardo no es mío y no será un Nott…

Cogió el otro cojín libre y se lo puso en la cara. Apretó con todas sus fuerzas y se despertó gritando, ahogado, y pataleó contra su cuerpo pero Astoria mantuvo el cojín presionado todo lo que hizo falta. Poco a poco sus movimientos se volvieron torpes y al rato dejó de moverse. Apretó unos minutos más, por si acaso, y luego se fue dejándole el cojín en la cara.

Días más tarde

El funeral de Hermione fue sobrio. Lleno de gente que la apreciaba y gente que la conocía. Hadara vestía de negro, como le habría gustado a Hermione, y llevaba una corona de flores blancas, las mismas que Hermione le conjuró en la tumba de sus padres. Theodore le acompañaba puesto que su amiga había intentado salvar a su hija hasta el último aliento y se lo debía. Se alegró de que estuviera allí, consolándola, cuando apareció Ronald Weasley. Hacía más de una década que no le veía pero el trabajo le había sentado bien, al menos físicamente. Estaba más alto aún, igualando la altura de su marido, y tenía la piel bronceada con alguna que otra quemadura y cicatriz. Por supuesto, las cosas no iban a salir a pedir de boca. En cuanto le vio el rostro moreno se le puso colorado hasta las orejas y se acercó a ella a grandes zanjadas.

—¡TÚ! ¡HA SIDO CULPA TUYA!

Theodore, que desde la muerte de Aurora estaba lógicamente susceptible a cualquier amenaza, rizó los labios y la puso tras su cuerpo.

—Hermione no ha muerto por culpa de Hadara, Weasley —le espetó Theo y Ron dirigió sus ojos a los suyos—. La mató Rockwood y ahora él está muerto.

—La mataron en Grimmauld Place y, que yo sepa, sigue siendo casa de Hadara Potter, ¿no es así? —preguntó con un tono malicioso de voz Ron y Hadara vio aparecer a Charlie—. Si no hubiera estado contigo no la habrían asesinado.

—No estábamos juntas, Ronald —habló por primera vez ella—. Hermione llegó antes a mi casa y encontró a Rockwood de improvisto.

Se hizo un silencio incómodo y entonces llegó Charlie. —Eso es peor aún. Deberías haber muerto tú.

—¡Ya basta Ronald! —le gritó su hermano y le cogió del brazo, tirando de él—. No le hagas caso. Todavía se cree enamorado de Hermione a pesar de que ella lo rechazara, ¡y con razón!

—Eres el menos indicado para hacer acusaciones, hermanito —los ojos azules de George se clavaron en los de su hermano y no sonreía cuando le vio—. ¿No eras tú el que robaba dinero?

Las venas del cuello de Ronald se hincharon de la ira. —Ya he pagado por ello pero Hadara no ha pagado por haber dejado morir a Hermione en su casa.

Hadara escuchó un pitido en los oídos y antes de abrir la boca Theodore derribó de un puñetazo a Ronald, tirándolo al suelo de la fuerza del puño, impulsado por el odio. Charlie y Bill cogieron a Ronald cuando se levantó de un salto cuando se dispuso a seguir con la pelea y George bufó de hastío al ver la situación. Hadara, sin embargo, solo miraba fijamente al hombre que le acusaba de dejar morir a Hermione, de haberla asesinado.

—¿Qué no he pagado? —preguntó con un hilo de voz y algo en ella debió alertarlos a todos puesto que se giraron a mirarla. Su rostro se contrajo en una expresión de odio que hizo retroceder a Ronald—. ¡HAN ASESINADO A MI HIJA TAMBIÉN, PEDAZO DE MIERDA! ¿¡NO HE PAGADO SUFICIENTE!? ¡OJALÁ SEPAS LO QUE SE SIENTE ALGÚN DÍA, MALNACIDO! ¡OJALÁ SEPAS LO QUE ES AMAR A UN HIJO Y QUE TE LO ARREBATEN!

Hadara rompió a llorar y Theodore la abrazó, con ojos salpicados de lágrimas también. Se marcharon de allí segundos después pero el daño ya estaba hecho. Pasó las siguientes semanas en su casa, lejos de Inglaterra, con sus tres niños restantes en su cama mientras se recuperaba del agujero que tenía en su corazón. Draco y Blaise pasaron a encargarse de todo mientras ella y su marido lloraban la pérdida de su hija, o al menos ella lloraba en los brazos de Theodore mientras él planeaba en silencio y con una ira hirviente cómo matar a Astoria.

—Tarde o temprano pagará por lo que ha hecho —le juró Theodore en el oído—. Ella y todos los que la hayan ayudado.

Hadara se secó las lágrimas; cuando su marido juraba algo siempre acababa cumpliendo y eso era lo que más le importaba ahora. Venganza.

Otoño – 299 AC, Desembarco del Rey

Cersei Lannister miró, intentando contener su gran preocupación, al mar que observaba casi cada día desganada desde su terraza en palacio. La vida se le había puesto patas arriba en tan solo tan poco tiempo que apenas sabía sí como reaccionar. Todo cambió desde que Joffrey mandó encarcelar a Ned Stark, pensó con el rostro enfurecido; los Stark habían logrado desde tiempos inmemoriales, sin tan siquiera quererlo, torcerle cada plan que urdía.

Primero, el maldito mocoso trepa torres. Les había pillado in fraganti a Jaime y a ella en el acto y solo la falta de escrúpulos de su hermano gemelo y un fuerte golpe en la cabeza que le había hecho perder la memoria habían conseguido librarla del filo de la espada. Después había sido ese estúpido y piojo lobo, quien había sido capaz de salvar la vida a su amo cuando se suponía que su asesino iba a deshacerse de los cabos sueltos. Arya, la marimacho de los Stark, haciéndole perder respeto frente a a la Corte mientras intentaba que la castigaran por atacar a su hijo. Sansa, quién con su inocencia pueril había logrado poner a su propio hermano, el enano, de su lado cuando era acosada por Joffrey. Eddar, capaz de hacer que Robert la ignorara y menospreciara frente a todos con solo abrir la boca.

Podría haber seguido, consumida por el odio como estaba, pero no había persona que odiara más que a la difunta Lyanna Stark. El fantasma siempre de lo que fue el pasado: de cómo le robó a Rhaegar Targaryen, de cómo engatusó a su futuro marido Robert, de cómo se alzó sobre la mismísima princesa Elia gracias a su supuesta belleza e hizo que Cersei no pareciera más que una niñata queriendo jugar con las mayores en la Corte. Lyanna Stark, que incluso muerta, era incapaz de desaparecer de las mentes ajenas. La envidia la corroía por dentro como el ácido y vio como sus uñas sangraban, agrietándose contra el mármol de la barandilla de la ira que poseía en su interior.

Ahora su hijo estaba muerto, su propio hermano pequeño era el culpable y para más inri había desaparecido de la faz de la tierra. Su otro hermano, y amante, había sido secuestrado por los Stark y ahora ni siquiera tenía a Sansa que era su única baza para intercambiar a Jaime. Había pensado que tenía tiempo de quebrar la fachada de los Stark pero ahora el juego había cambiado por completo. El mayor problema era que Joffrey, el Rey, se había casado minutos antes de morir y ahora Margaery Tyrrell era la Reina Regente. La única forma de arreglarlo estaba bastante clara.

—Ambas sabemos lo que va a pasar —empezó Olenna Tyrrell con la tranquilidad de quién sabe que tiene todos los ases en su mano—. Margaery es la Reina, por mucho que haya sido por menos de una hora. Los Lannister no constáis con el apoyo de los Baratheon con Renly muerto y Stannis pretendiendo el trono, ni de los Stark y sus aliados… Me temo que estáis sola, querida.

Cersei no pudo mediar palabra ya que sus dientes estaban apretados de la ira. La vieja Tyrrell continuó como si nada.

—Pero queda otra opción, vuestra única opción de hecho. Los Tyrrell no disputarán el trono a los Lannister si Margaery se casa con Tommen, de esa forma ambas Casas estarán en el poder y nadie se verá afectado por… posibles rencores, dejémoslo así.

Se levantó de la silla y se fue, con el corazón latiendo fuertemente en su sien, y solo cuando gritó y arrojó todo lo que estaba en su camino pudo pensar con algo más de claridad y se dio cuenta que era la única forma de seguir en Desembarco del Rey. La única forma de ganar tiempo mientras pensaba cómo salir del pozo de mierda en el que había caído.

Cuando aceptó el trato no pudo ni siquiera hacerlo en persona, lo hizo por carta, puesto que, si tenía que ver el semejante satisfecho y el deje de superioridad que a veces ni se esmeraba por disimular en la cara de Olenna Tyrrell la mataría allí mismo y, aunque algún día pensaba hacerlo, sabía que todavía no era ese día.

Otoño – 299 AC, Valyria

—Esto es increíble —se dijo a sí mismo Tyrion Lannister y Griff solo puso asentir.

—Siento que cada vez estoy más cerca…

Tyrion miró al chico que los había acompañado durante semanas. Era raro como pocas personas que hubiera conocido. No lo decía porque actuara raro o porque fuera idiota ni porque vistiera mal… De hecho no sabía qué era lo que le llamaba la atención de él. Quizás no fuera una sola cosa sino más bien un cúmulo de pequeños detalles que, en realidad, no encajaban con lo que se suponía que debía ser un chico de quizás 17 o 18 veranos.

Su cuerpo alto y desgarbado le recordaba peligrosamente a alguien del pasado pero sus recuerdos eran borrosos, como si fueran de hace mucho, mucho tiempo. Luego estaba ese cabello azul claramente teñido, herencia de una madre tyrosh que sin embargo era incapaz de ver en sus facciones refinadas. Su tez pálida de aspecto noble, sus rasgos finos, sus ojos oscuros que juraría eran una mezcla amatista y gris perlado… Sinceramente, todo en él era una contradicción andante y aunque le encantaban los misterios prefería resolverlos mientras no estuviera borracho y resacoso a la vez.

Dejó de contemplarle para contemplar el paisaje. No podía creer que aquello hubiera sido la Antigua Valyria, o como ahora llamaban la Renacida Valyria. Los prados verdes que se extendían más allá de lo que sus ojos podían devorar con la mirada, los árboles frutales libres de cualquier maldición, el reflejo casi cegador de las aguas exóticas del este… No tenía suficientes ojos para observar todo lo que lo rodeaba y cuando menos lo esperó se encontraron frente a las puertas de un gran palacio, y decía puertas a falta de una expresión más correcta puesto que no había puertas.

La gran muralla que rodeaba la ciudad era de piedra casi caliza y al acercarse vio que era mármol, como si hubieran construido la muralla aprovechando las paredes de una gran cantera. El reflejo de los minerales era como ver miles de estrellas en brillando bajo el sol. El gran hueco en la muralla estaba totalmente desprotegido hasta que pasaron bajo los grandes muros y vio que enrollada, si podía explicarse así, había una puerta de hierro como dividida en fragmentos. La invención tan extraña y nunca vista antes le dejó allí, de pie, pensando pero entonces se le pasó poco a poco la borrachera debido a la falta de vino y vio como cientos de personas caminaban de un lado a otro, hablando y riendo, comprando y mirando las mercancías que podía ver extendidas en las barracas de madera a ambos lados del camino de piedra.

A lo lejos, calle arriba, vio, en lo alto de lo que parecía ser un pequeño monte, una gran estructura blanca que estaba iluminada casi mágicamente bajo el cielo despejado y el sol radiante. Podía ver la veintena de columnas blancas y enormes aguantar lo pisos que debía tener el palacio que era igual de alto que de ancho. Ondeando orgullosamente se mostraba la bandera negra y roja de la Casa Targaryen y de pronto sintió un nudo en su garganta puesto que estaba, como se solía decir, en la boca del lobo. Solo que no era un lobo sino un dragón.

Se levantó un extraño viento que movió peligrosamente las telas que vendía un tendero y le quitó un sombrero de paja a un payés que pasaba por allí casi arrastrando tras de sí a una vaca tozuda pero aún así nadie se inmutó. Miró al cielo cuando algo momentáneamente lo tapó y se le descolgó la boca cuando se dio cuenta que no había uno, ni dos, sino tres dragones bailando y jugando entre ellos muy, muy arriba. Tan arriba que apenas lograba escuchar sus rugidos y gruñidos.

—Niños… —se mofó Varys y le cogió del hombro pero él no podía apartar la mirada.

Solo cuando los perdió de vista se dio cuenta que habían llegado a los pies de las innumerables escaleras que conducían a las puertas de palacio. Ni siquiera tuvo tiempo de compadecerse al perder de vista a los dragones puesto que allí arriba, ataviada con un vestido de tirantes, corpiño de diamantes y una falda levemente rosada de tul, ondeando con la brisa, tan suave a los ojos como una nube estaba Daenerys Targaryen, con el cabello rubio plateado recogido en un moño bajo y una corona de flores de metal llena de diamantes y amatistas a juego con sus ojos violetas de luna. En sus brazos, apoyado sobre una de sus caderas, reposaba un niño de apenas un par de veranos con los mismos ojos de luna, que los examinaban curiosos, cabello blanco y tez color caramelo le hacían ver adorable en los brazos de su madre. Si hubiera sido religioso habría jurado allí mismo, arrodillado sin darse cuenta ante su imponente presencia y falto de aliento debido a su belleza, que estaba ante la mismísima diosa Madre.

Una voz le sacó de sus ensoñaciones. —Por fin os encuentro, mi Reina.

Los ojos amatista se desviaron de los suyos y fueron a parar a los del joven Gryff.

—¿Y vos sois? —le preguntó con la misma curiosidad que se reflejaba en los ojos de su hijo.

—El Joven Gryff me llaman algunos —e hizo una reverencia profunda, cargada de respeto.

—¿Le llaman o se llama? —Tyrion reparó en ese detalle y miró de reojo a Gryff que sonreía pícaramente.

—Me llaman. Mi verdadero nombre es Aegon, Aegon Targaryen, tía.

Y tanto Tyrion como Varys se quedaron allí de pie, con la boca colgando. Otra vez.


...Sé qué hace un montón de tiempo que dije que iba a actualizar, el problema es que pensaba que ya lo había hecho (xd...). Justamente cuando he ido a empezar el siguiente capítulo me he dado cuenta que no lo había subido.

Por otro lado, como ya os dije, no la he abandonado. Lo cierto es que he estado trabajando a tiempo completo y estudiando al mismo tiempo y casi me vuelvo loca. A ver si puedo compaginar mejor ambas cosas y subo más a menudo los capítulos porque la trama la tengo totalmente pensada, solo me queda escribirlo.

Nada, que os guste y gracias por los reviews y PM.

;)

B.