1 – SIEMPRE

Al principio nadie se lo tomó en serio, incluido Max. Por otra parte, ése fue precisamente el problema, ¿no?

Aún no entendía de dónde había salido la repentina ofuscación de Booster con aquello de que todos habían ido demasiado lejos. Nunca se había quejado antes por esa clase de cosas y, durante los primeros días, Max lo consideró un simple bajón anímico sin importancia. Ya se le pasaría.

Sólo que no fue así. Fueron pasando los días; transcurrió una semana, dos, y Booster seguía guardando las distancias.

Entonces comenzaron a llegar noticias. A Max le gustaba pensar que había madurado una vez superada la necesidad de competir con Claire, pero ahora allí estaba ella, sonriendo a las cámaras y presumiendo de su equipo. Y en el centro, sobrado de apoyos, atrayendo toda la atención, su abanderado. Booster. Su Booster.

El Booster de Max.

Se dijo que eso tenía que acabar, que debía intentarlo, al menos, por el bien del equipo. Y puede que fuera cierto; las cosas no eran iguales sin él. Habían perdido parte de su potencia de fuego y del habitual buen humor que garantizaba el buen desempeño de su heterogéneo grupo. Y, por supuesto, estaba Beetle, que no sólo se ponía agresivo cada vez que surgía el tema, sino que no se le había ocurrido nada mejor que ahogar sus penas con la comida basura. Naturalmente, era demasiado terco para ir en busca de Booster; la suya era una relación que Max nunca esperó llegar a comprender del todo.

No importaba. Que Ted se quedara al margen. Que todo el equipo siguiera así, no importaba.

Max ya lo sabía.

XXX

Siente un ligero déjà vu, aunque el nuevo apartamento de Booster es algo más bonito que aquél donde Max lo había conocido. Por aquel entonces era un desconocido en busca de un nuevo comienzo; igual que ahora. Esta vez, al menos, Max no desactiva la alarma para colarse (pese a la nostalgia que le tienta a hacerlo). En lugar de ello, llama a la puerta y aguarda.

Booster acude a abrir con el pelo mojado y olor a jabón; su expresión inicial de neutra sorpresa se endurece casi al instante. Max no permite que eso lo amilane.

—Hola, Booster —dice con forzada afabilidad—. No es un mal momento, ¿verdad?

—Lo cierto es que…

—¡Bien! —continúa—. ¿Puedo pasar?

Booster se muerde el labio, estudiando a Max con cautela; finalmente, desvía la mirada y retrocede lo bastante como para dejarlo entrar, y Max aprovecha la oportunidad. El lugar está muy bien amueblado y, por un momento, Max se pregunta, sin venir a cuento, si Claire está al tanto de todas esas ofertas de los patrocinadores. Desecha la idea y vuelve a mirar a Booster, que va a buscar una camisa mientras se seca vigorosamente el pelo.

—¿Qué quieres, Max? Estoy algo ocupado.

—¿Asuntos del Conglomerado? —deduce Max.

Booster ni lo mira.

—Sí.

—Sólo quería verte.

Ahora Booster lo mira.

—¿En serio?

Max le ofrece una débil sonrisa.

—Claro. Ya sabes, ver cómo te va con… todo esto.

—Bien —responde Booster con excesiva rapidez—. Me va bien, estoy… Esto me gusta mucho.

—Entonces, ¿te llevas bien con tu nuevo equipo? —insiste Max, acercándose al sofá para apoyarse en el respaldo.

Booster se encoge de hombros.

—Sí… claro, son buenos. Quiero decir… —añade, y su tono cambia—: Creo que están encantados de tener en el grupo a un auténtico ex miembro de la Liga de la Justicia, ¿sabes?

Max reconoce al instante el sonido de una bravata. No responde al desafío, pero suspira, observando a Booster juguetear con aire ausente con la toalla que descansa sobre sus hombros. No es que parezca desdichado, pero bien podría estar en camino. Definitivamente, no se está riendo, y eso, por sí solo, siempre es motivo de preocupación tratándose de él.

—Booster… Michael —dice con dulzura, estudiándolo—. ¿De verdad eres feliz aquí?

Por un segundo, sólo uno, Booster parece azorado, como si lo hubieran pillado, culpable. Nunca ha sido un buen mentiroso. Y debe haberse dado cuenta de ello, porque vuelve a girarse, dándole la espalda a Max, y empieza a pasearse por la sala.

—¡Claro que sí! Es decir, ellos… ellos me respetan. Respeto, Max. Eso es más de lo que jamás me dio la Liga y, francamente, me lo he ganado. —Se ha ido exaltando mientras habla, y ahora se vuelve para enfrentarse nuevamente a Max, con los brazos extendidos—. Me refiero a que ¡vamos! ¿Cuántas veces he estado ahí fuera partiéndome el culo con todos los demás? ¡Arriesgando mi vida! Y lo capto, ¿vale? Ya sé que no soy Superman, ni Batman, ni nadie de la lista A, pero… con todo lo que hago… —Respira hondo—. Me lo merezco. Merezco un poco de sincero reconocimiento, y aquí, al menos, lo tengo.

Como Max guarda silencio, Booster se sonroja un poco, como si la confesión le hubiera bajado los humos.

—Y también pagan mejor —se apresura a añadir, pero es demasiado tarde para resultar convincente, y ambos lo saben. Booster se masajea la frente—. Es un buen equipo. Debes haber visto las noticias.

Parece muy cansado, su mirada es huidiza y su lenguaje corporal proclama a gritos su incomodidad; no quiere tener esa conversación, y lo lleva escrito en toda su persona. Pero lo que Booster quiere y lo que necesita no siempre es lo mismo, y si él no es capaz de entender eso, Max sí. Se aparta del sofá, lo rodea y apoya una mano firme en su hombro.

—Sabes que nuestras puertas siguen abiertas para ti, Michael. Siempre será así.

—¿Por eso estás aquí? —murmura Booster, clavando los ojos en el suelo—. ¿Para hacer que vuelva?

Lo cierto es que esa idea ha pasado por la mente de Max. No le costaría nada jugar un poco sucio, inducir a Booster a hacer lo que realmente debe: lo mejor para él, para el equipo. Puede que luego se sintiera algo confuso, pero Max podría hacer que funcionara. A la larga, sin embargo, eso no bastaría. Él quiere que Booster decida volver a casa, así que se conforma con frotar cariñosamente el hombro de Booster con el pulgar, transmitiéndole confianza.

—Sólo quiero que sepas que puedes hacerlo. Todos te extrañan, ¿sabes?

Está a punto de añadir "Yo te extraño", pero seguramente está de más.

Booster lo mira parpadeando, escéptico.

—Sí, vale —dice, pero Max está seguro de haber visto un rayo de esperanza.

—Quiero decir —insiste, intentando inducir a Booster a creerle sin inducirle realmente a hacer nada; a veces le resulta difícil detenerse, ahora le sale de manera natural— que tu regreso nos vendría muy bien, Michael.

Son amigos, y Booster es, ante todo, un buen hombre con más corazón del que deja ver, así que no le sorprende verle morderse nuevamente el labio. Quiere tomarle la palabra; quiere volver con ellos, con él, Max está seguro. Pero eso significaría tragarse su orgullo y admitir que cometió un error, y eso debe de resultarle bastante abrumador en este momento, después de todo lo que ha soportado.

—¿Están todos bien? —pregunta al fin a media voz—. Me refiero… al equipo, ¿están todos…? ¿Cómo les va a todos?

Max siente una opresión en el pecho. Duele ver a Booster tan dividido, y la tentación de empujarle aumenta, sólo por verle contento otra vez. Es una idea peligrosa (la de que la gente pueda ser más feliz a costa de un poco de libre albedrío), pero hay momentos en que a Max no le parece tan descabellada. Se resiste, pero necesita hacer algo, así que aprieta el hombro de Booster y frota lentamente su brazo.

—Están bien —asegura—. A todos nos va bien, pero, como ya he dicho…, no es lo mismo sin ti.

Sus palabras suenan sinceras. Max es cualquier cosa menos sentimental, pero eso lo ha dicho de corazón: la ausencia de risas en los pasillos de la embajada, la frivolidad, la sensación de que todo, por ridículo que sea, encaja a la perfección. Quizá en parte es algo más simple y crudo que eso; Claire se ha llevado algo que era suyo, que es suyo, algo que ella no tiene derecho a reclamar. Pero, en definitiva, todo se reduce a esto: echa de menos a Booster.

—Max —dice Booster con voz llena de dudas, y Max piensa "Eso es". Éste es el momento en que la balanza se inclina y Booster comprende que aquí tiene a alguien que se preocupa por él: una verdadera razón para abandonar ese ridículo Conglomerado y volver a casa, a donde pertenece. Con Max.

—¿Sí, Michael? —lo insta, volviendo a acariciar su hombro con el pulgar.

Booster vacila de nuevo, respira hondo y finalmente alza la mirada.

—¿Cómo está Ted?

Y, al instante, la sonrisa que empezaba a dibujarse en los labios de Max se desvanece.

—¿Qué? —dice, porque no se le ocurre nada más.

Booster no parece darse cuenta.

—Me refiero —continúa— a si le va bien. ¿Alguna vez pregunta…? ¿Crees que él me echa de menos? Quería hablar con él, pero no lo hice… Después de cómo fueron las cosas, no se me ocurría qué decir, así que…

Su voz se va apagando, y el silencio que se alza entre ellos es denso y estático, como el aire antes de una tormenta.

Hay una parte salvaje de Max que quiere, contra toda lógica, golpearlo, zarandearlo, lo que sea. Todo ha girado siempre en torno a Ted, desde el día en que se conocieron. El día en que Max los presentó. Al principio sólo eran amigos; luego se convirtieron en los favoritos de los medios, Blue & Gold, nunca el uno sin el otro, y eso sólo lo alimentó. Sólo fue cuestión de tiempo que Max volviera a la embajada a la hora del almuerzo y los encontrara haciendo manitas en el sofá, sólo cuestión de tiempo que comprendiera que Booster no miraba a Ted como se mira a un amigo. ¿Y ahora? Ahora Ted ni siquiera está aquí. Max sí.

Pero todo sigue girando en torno a Ted.

Se da cuenta vagamente de que Booster está aguardando una respuesta.

—Está bien —responde Max, los dientes prietos, mientras el latido de su pulso retumba en sus oídos. Necesita calmarse, controlar la situación, pero, en este momento, esto es más de lo que puede soportar. Claire le ha quitado a Booster, y ahora, justo cuando le parecía estar a punto de traerlo de vuelta, Ted se le ha adelantado sin siquiera estar presente. No es justo.

—¿Y él…? —empieza Booster.

—¿Por qué no te olvidas de Ted? —dice Max antes de poder detenerse. Su voz surge tensa y dura, y al principio cree que debe de estar apretando las mandíbulas, porque siente un dolor creciente en sus sienes. Ni siquiera se da cuenta de lo que ha hecho hasta que ve la expresión vidriosa en los ojos de Booster.

Un segundo después siente fluir la sangre.

Booster ni siquiera parece advertirlo mientras él saca un pañuelo y se limpia la cara; se limita a mirar con expresión vacía, como si hubiera perdido la noción de lo que le rodea. Esto se le está yendo de las manos, piensa Max: está sobrepasándolo, si ya puede hacer presión sin siquiera pretenderlo conscientemente. Por supuesto, esto es sólo una forma de verlo. La otra sería decir que se está haciendo más poderoso.

Necesita arreglar esto. Necesita enmendarlo, pero la mirada de Booster ha cambiado. Al preguntar por Ted, había estado preocupado, esperanzado, ansioso. Buscando algo inalcanzable. Ahora sólo parece ligeramente desconcertado; es una mejora. Max se humedece rápidamente los labios en un gesto inconsciente de nerviosismo. Está fascinado; las posibilidades cruzan su mente demasiado raudas e intensas para censurarlas. Se jura a sí mismo que nunca lo haría de verdad: hacer que Booster olvide realmente a su amigo. Pero ya lo ha hecho, temporal y accidentalmente, y Booster parece tan indefenso… Las últimas gotas de agua aún se deslizan por sus mejillas...

—¿Max? —dice con voz queda, perdida, y algo en Max se quiebra.

Al instante está sobre Booster, enterrando las manos en su pelo, besándolo con fuerza suficiente para causarle un hematoma. Booster permanece inmóvil y rígido contra su cuerpo, demasiado aturdido para moverse. Eso no disuade a Max, y antes de darse cuenta está apartando esa resistencia. Booster se relaja y luego, poco a poco, cede, aunque ni siquiera la presión de Max es suficiente para eliminar toda su incertidumbre.

—Todo va bien —lo tranquiliza, murmurando las palabras contra su boca—. Me tienes a mí. Estoy aquí.

—Estás aquí —repite Booster, audiblemente confuso, como si no estuviera muy seguro de por qué está Max ahí.

Las manos de Max se deslizan por el pelo de Booster. Está intentando no ejercer más presión, pero Booster está tan inseguro, tan abierto… Una enorme y resplandeciente invitación. Sigue diciéndose que sólo quiere ayudarlo. Después de todo, lo que Booster necesita ahora es un amigo, ¿y no debería ser ése el trabajo de Max?

Cuando Max intentar besarlo de nuevo, Booster vuelve en sí lo suficiente para retroceder bruscamente, perplejo.

—Oye, Max, ¿qué…? —balbucea, y, casi sin pensar, Max se expande para detenerlo. Los ojos de Booster vuelven a ser distantes. Parpadea, tambaleándose.

—Confía en mí —dice Max, y Booster sucumbe.

El beso no es gran cosa; Booster sólo está ahí a medias y no puede hacer más que responder, reaccionar. Pero su boca es cálida, y Max saborea su dentífrico y siente el calor de su piel, y en este momento los detalles no importan. Todo lo que sabe es que nunca se ha permitido desear esto, que siempre ha sido el territorio de Ted, pero ahora Ted no está aquí. Por lo que él sabe, Ted apenas ha hablado con Booster desde que todo esto empezó, demasiado obstinado para dar el primer paso. Tal vez ésa es la razón por la que Booster está oponiendo menos resistencia de la esperada. Max sólo tiene que alentarlo y la mente de Booster se abre a él. Siente unas manos tentativas apoyarse torpemente en sus hombros mientras atrapa a Booster contra el respaldo del sofá.

Esto es diferente a todo lo que ha hecho antes, porque, independientemente de lo que Booster esté experimentando en este momento, aún sabe que es Max. Si sabe que esto no está del todo bien, que no es algo que él y Max hagan…, es difícil decirlo. La verdad es que Max no está presionándolo con tanta fuerza. Está… sugiriendo, y Booster está aceptando sus sugerencias, Booster está decidiendo no apartarse, piensa.

Ignora el sabor de la sangre en sus labios y le desabrocha los pantalones.

Booster ya se está excitando (¿de verdad es Ted la única pareja que Booster ha tenido últimamente?, se pregunta Max), pero aun así se queda paralizado cuando Max se dispone a tocarlo, y se aprieta contra el sofá. Max puede sentir su forcejeo, y es muy triste ver a Booster en ese estado de negación.

—Necesitas esto —le recuerda con tanta gentileza como le es posible, aunque su voz suena más ruda de lo que había esperado—. Te sentirás mejor. Confía en mí, Michael, confía en mí.

Booster cierra los ojos y se estremece.

Max es bueno con las manos, pero esto no está funcionando. Incluso cuando intenta acelerar sus caricias, apretando la mano un poco más, Booster se limita a morderse los labios y a girar la cabeza. Está pensando demasiado, comprende Max; una parte demasiado grande de él sigue teniendo dudas sobre esto, pese a la constante presión que Max ejerce sobre su mente, instándole a dejarse llevar. Puede que esa presión se esté debilitando, o puede que no sea tan fuerte como la que había pensado emplear desde un principio, porque cuando Max gira la mano y Booster gime "Ted", no sabe si sentirse furioso o desolado.

No —insiste. Siempre podría hacer eso: dejar que Booster crea que es su "camarada" el que está ahí y no él…, pero no esta vez—. Soy yo. Ted no está aquí.

Subraya sus palabras con una larga y firme caricia, y ve la confusión cruzar como un relámpago el rostro de Booster, sus ojos aún cerrados con fuerza. Ver eso es demasiado doloroso, pero, pese a su inseguridad, Booster sigue mostrándose maleable en sus brazos mientras Max le quita la camisa y le da la vuelta, haciéndole apoyar las manos en el respaldo del sofá.

—¿No ha…? —La respiración de Booster se congela cuando las manos de Max vuelven a encontrarlo, acariciándolo lentamente—. ¿No ha llamado, ni ha estado aquí, ni nada? —jadea, y Max casi le hace callar. No quiere oír eso. Pero esto está ayudando a Booster; puede sentir cómo lo abandona la lucha con cada palabra, cómo resulta tan liberador como Max pretende que sea. Así que deja que siga y reprime su frustración, presionando los dientes contra el hombro de Booster—. ¿Él…?

Max succiona su piel y deja una marca que lame posesivamente.

—¿Qué, Michael?

Booster encorva los hombros.

—¿Ya ni siquiera… habla de mí? —pregunta en un susurro.

—No —miente Max, y Booster deja escapar un áspero sollozo y se aprieta bruscamente contra su mano. A veces, piensa Max, hay que romper algo antes de arreglarlo. No le gusta pensar que está destrozando a Booster, pero si eso lo ayuda, es lo menos que puede hacer.

Booster gime cuando él retira la mano, y luego calla, porque el apartamento es demasiado pequeño para perderse en él y Max ya ha descubierto cuál es el camino que lleva al dormitorio. Guía a Booster hacia allí como a un cordero perdido, y finge no ver su vacilación cuando lo tumba en la cama. A estas alturas le parece haber descubierto ya la cantidad adecuada de presión que debe ejercer sobre él: la suficiente para evitar que le entre el pánico, pero aún sigue siendo Booster, no le cabe duda. Max no es un villano.

Hay otro brote de resistencia cuando Max se dispone a quitarle los pantalones; éste cuesta un poco más combatirlo, y Max tiene que hacer una pausa para limpiarse nuevamente la cara. Cuando termina, Booster yace boca abajo; retuerce el cuerpo y se aferra con tanta fuerza a la almohada que los nudillos se le han puesto blancos.

—Oh, Michael —suspira Max, deslizando por su espalda una mano compasiva mientras busca el lubricante en la mesa de noche—. ¿Por qué no dejas simplemente que te ayude?

Max va despacio y con paciencia, pero ya le duele la cabeza cuando consigue introducir un tercer dedo en Booster, ampliándolo, masajeando, observándole temblar sobre las sábanas. No está seguro de cuánto tiempo más podrá seguir dominando la situación; generalmente, le basta con presionar una sola vez, una única explosión de energía de la que puede reponerse. Esto es más bien una lenta combustión: cada vez que se relaja, Booster se pone tenso y él tiene que volver a empezar antes de que comprenda plenamente lo que está pasando.

Cuando no puede aguantar más, se quita el cinturón, se baja los pantalones hasta las caderas y atrae a Booster hacia sí. Booster está tenso, muy tenso. Aún forcejea, y Max aprieta los dientes, casi abrumado.

—No luches conmigo, Michael —susurra, y Booster se estremece contra él—. No luches conmigo.

Pero está luchando, y con más fuerza que nunca, y Max siente un repentino estallido de rabia. El único modo de lidiar con la resistencia de Booster es anularla, y a Max no le gusta, no le gusta tener que forzar esto. Booster parecía desearlo lo suficiente en la sala de estar, y Max ha sido muy paciente, le escuchó hablar de Ted (precisamente ahora tenía que hablar de Ted), y luchar con él a estas alturas es muy… ingrato por su parte.

Empuja a Booster contra el colchón, y aunque quería ser considerado, ya no puede hallar gentileza en su interior.

—Sólo déjame —jadea, hundiendo los dedos en las caderas de Booster—. Déjame.

La sangre se desliza por su mentón, y Booster finalmente se detiene, volviendo a estremecerse bajo él con un gemido. No pronuncia una palabra, no pronuncia el nombre de Max; pero tampoco el de Ted, y eso es bastante bueno.

—Bien —susurra Max, luchando por mantener los ojos abiertos, contemplando las gotas de sudor en la nuca de Booster. Es hermoso, y aún lo es más cuando Max baja una mano para acariciarlo y él vuelve a gemir—. Está bien, sólo déjame ayudarte.

Sigue suponiendo un esfuerzo constante, pero ahora Booster permanece sumiso debajo de él (o su resistencia es demasiado débil para que Max pueda sentirla por encima de la avalancha de su influencia, lo cual, supone, está bastante cerca de ser lo mismo). Al menos ya no necesita presionarle para que se corra; Booster lo hace por su cuenta al cabo de unas cuantas embestidas, sacudiéndose indefenso en la mano de Max mientras ahoga un grito contra la almohada. Al cabo de unos minutos Max finalmente hace lo mismo, y ni siquiera la cobriza amargura que siente en la lengua es suficiente para agriarle el momento.

Aún se está corriendo cuando Booster repentinamente se tensa bajo él, y puede sentir el movimiento una décima de segundo antes de que se produzca: Booster retuerce las caderas como si se dispusiera a quitarse a Max de encima. Lo ataja justo a tiempo y Booster se paraliza, pero se vuelve a mirar a Max con ojos desorbitados, conmocionados.

—Oh, Dios —dice con voz ronca—. Enfermo… enfermo hijo de…

Sus palabras pillan desprevenido a Max; inmediatamente entorna los ojos y la expresión de Booster vuelve a diluirse en una confusión vacía. No es una expresión que le guste, pero es mejor que la alternativa. Así permanece mientras Max se retira, se limpia someramente con las sábanas y luego insta a Booster a tumbarse de espaldas.

Sabe, mientras le acaricia el cabello y le observa yacer allí impávido, que Booster no puede recordar esto. Dios, él quiere que lo haga. Quiere que Booster comprenda que fue Max quien vino a buscarlo, quien vino a cuidar de él cuando ni siquiera Ted lo hizo. Puede que algún día lo haga. Una vez que las heridas hayan sanado, puede que Max deje que vuelvan sus recuerdos. Pero ahora está demasiado sensible, demasiado vulnerable, y ese lapso momentáneo demuestra que sólo se pondría furioso. Necesitará tiempo.

—Puedes volver cuando te sientas preparado —dice Max con dulzura. Booster sigue mirando a la nada y Max espolea su fatiga hasta que sus párpados empiezan a cerrarse—. Te echo de menos. Todos lo hacemos. La Liga es tu hogar, Michael. Siempre lo será.

Los ojos de Booster ya están cerrados, y Max se inclina sobre él para enjugar la húmeda línea que surca su mejilla antes de levantarse.

—Yo siempre estaré aquí.