Agradecimientos a: Vainilla y Chocolate, Shezza221bs y Sakura H. Kinomoto, ¡muchas gracias por sus rw! Adoro responderles :D


Respuestas:


Vainilla y Chocolate: ¡hola! Muchas gracias a ti por dejarlos siempre :) ¡Me alegra que te gustara el cap anterior! Y que no se sintiera tan corto como esperaba es un alivio, jaja. Sí, acertaste con el Mystrade! Es una pena que en este cap no muestre nada de ellos, pero Sherlock y John todavía tienen... cosillas que resolver todavía, jeje. ¡Otra vez aciertas! John insiste e insiste en que no lo ama (not true :v) pero sigue preocupándose por Sherlock. Lamento hacerte sufrir, pero creo que este cap lo compensa un poco ;D go and read!

Shezza221bs: jajaja, el bendito de Hamish, XD Don't worry! Creo (creo) que este cap va a gustarte. O no te hará sufrir como los otros, jeje

Sakura H. Kinomoto: espero que este cap pueda sanar un poco tu corazón roto ;) Es más... light (?) Pronto (más pronto de lo que crees) conoceremos el nombre de John! (A menos que él de verdad no quiera saberlo, ahh, eso sería muy cruel, jaja, ya veremos XD)


¡Buenas madrugadas! Estoy actualizando a las 03:45am, jaja, sepan disculpar cualquier error de dedo :p

¿Quién lo diría? Nos estamos acercando al final del túnel! Estoy por terminar un fic en mucho tiempo! Sólo quedan este cap y el próximo, pero como todavía queda una actualización de distancia, no me despediré. Todavía no, sería apresurado XD

Espero que este cap sea de su agrado, ¡disfruten! ^^


Human Error


Un mes, más tres semanas y media.

Ese era –aproximadamente– el tiempo que John pasó sin saber nada de Sherlock.

El detective no había vuelto a pisar el departamento de Mary, y John tampoco se había acercado demasiado a Baker Street. No significaba que no quisiera. En más de una ocasión, y a mitad de la madrugada, se paró frente a esa puerta y estuvo a punto de tocarla. Llamar. Pero el orgullo le hacía retroceder y sentarse en el cordón de la acera, escuchando las melodías suaves de Sherlock con su violín. Y cuando terminaba, se perdía rápido entre las primeras luces del amanecer.

Si Sherlock lo había visto alguna vez, no lo sabía. No lo había visitado para mencionárselo. Y ni él para preguntárselo.

Después de las primeras semanas, ya no pudo volver a hacer nada de eso. Ni intentar llamar a su puerta, ni acobardarse al último segundo, ni sentarse a escuchar sus notas. Sherlock ya había aparecido públicamente y su regreso causó el impacto esperado, todo el mundo estaba pendiente de qué hacía, en qué momento lo hacía y, ocasionalmente, por qué lo hacía.

De repente, se había vuelto mucho más sencillo perderse entre tanta gente rodeando Baker Street. Pero con esa ventaja, venía la nula privacidad. No quería que todos esos ojos extraños lo vieran disculparse, o que docenas de oídos lo escucharan decir que amaba a alguien que no tenía su nombre. ¡Demonios, no! ¿Por qué estaba pensando en eso de nuevo? No tenía nada por lo qué disculparse. Y no amaba a Sherlock Holmes. Trataba de convencerse fuertemente de eso último.

Tenía una buena vida.

Con Mary.

Estaba con Mary.

–¿Viste esto?– eran las primeras palabras que su 'amada' le dirigía en lo que iba de la mañana. No un buen día, ni una cordial pregunta sobre cómo había dormido, ni nada de eso, sólo un brazo extendido sobre la mesa para enseñarle algo de su celular. Probablemente, había cierta belleza simple y hogareña en ello. Pero no amor. ¿Cómo podía Mary actuar enamorada cuando ni siquiera estaba enterada de que, según él, tenían una relación? –John.

Ella empezó a canturrear hasta que él recogió el dispositivo y le echó un vistazo rápido a la pantalla.

–¿Qué se supone que debo ver?–.

–Lee–.

–¿Qué es esto?–.

–¡Es Twitter! Sólo lee, John–.

Él resopló y obedeció, fijándose vagamente en las publicaciones que aparecían cada dos segundos. Con frecuencia, alternaba su vista entre Mary y el celular. Realmente quería hablar sobre lo que tenían –¿o sobre lo que no tenían?–, pero ella seguía insistiendo en que leyera, con cierta dureza tierna que le era difícil resistir. Cuando volvió a mirar la pantalla, lo primero que atrajo su atención fue el nombre de Sherlock en color azul. ¿La gente estaba hablando de Sherlock? Mary desapareció de su mente y, esta vez, leyó las publicaciones con genuino interés.

"#SherlockHolmes me recibió esta tarde, ¡un genio como me dijeron que sería!".

"¡No me lo creo! Acabo de compartir un taxi con #SherlockHolmes. ¡Es tan guapo!".

Una sonrisa inconsciente escapó de los labios de John.

Sherlock estaba bien. Gracias a clientes y fanáticos, supo que Sherlock estaba bien. Seguía resolviendo casos y… seguía guapo. Eso era lo que escribía la gente, al menos. Trataba de ignorar publicaciones de esa clase, pero eran de las que más abundaban. Y cuando empezaron a adjuntar fotos, le resultó todavía más difícil.

Eran fotos de pésima calidad, o demasiado desenfocadas, pero John veía lo que necesitaba ver.

Sherlock se veía tan…

Bueno, era como decían, tenía que darles la razón sobre eso, Sherlock se veía bien. Arreglado y elegante, como siempre, sólo que la expresión indiferente que siempre parecía sostener para con todos ahora sólo era… tristeza. No indiferencia. Tristeza.

En todas y cada una de las fotografías, parecía inconsciente de las muchachas –o muchachos– que levantaban exageradamente el celular en su dirección. Tenía la cabeza gacha o la mirada vacía perdida en algún lado, cuando no era una era la otra.

Sherlock no estaba bien. Estaba triste.

Justo como él se había sentido durante esos dos años de ausencia y absoluto silencio.

Ahí estaba el orgullo de nuevo, impidiéndole perdonar a Sherlock. Preocuparse por él, también estaba prohibido. Entonces, tomando una gran bocanada de aire, dejó que pasaran un par de semanas. Varios días más, hasta que las fotos perdieron regularidad y los tweets se volvieron cada vez más llamativos, por no decir hóstiles: clientes reclamando que no se les había atendido en Baker Street, jóvenes que "extrañaban" ver a Sherlock en el café o donde fuera que se detuviera a desayunar. Ya no pasaba por ahí. Ya no recibía casos. ¿Qué estaba pasando?

John optó por esperar un par de días, pero el público perdió interés, dejándolo sin información alguna.

–Maldición…–.

–Estás preocupado– Mary comentó sobre su hombro, logrando sobresaltarlo, principalmente porque se creía solo hasta hace unos segundos. –Deberías ir a verlo– siguió, con tono amable, mientras se sentaba frente a él como todas las mañanas… –¿Por qué ya no hablan?

–Estoy ocupado–.

–¿Sí? ¿Navegando en Twitter?–.

–Él me hizo creer que estaba muerto por dos años, ¿está bien? Dos jodidos años, ¿por qué es tan difícil entender que no estoy de humor para hablar con él?–.

–¡Tu amigo volvió de la muerte, John! ¿Tienes idea de cuántas personas desearían poder decir lo mismo?– John revoleó los ojos, sobre todo cuando Mary agregó en un murmullo: –Y cuando digo "amigo", quiero decir…

–Sé lo que quieres decir– la interrumpió, exhalando un suspiro profundo en cuanto captó su atención. –Tal vez ya no sea así…

Mary frunció el ceño.

–No te sigo, ¿cómo?–.

John no respondió de inmediato.

Ahora, las palabras eran su peor enemigo. Si decía algo, no podría retractarse después. No tan fácilmente, al menos.

Dejó que sus manos hablaran primero, estirando el brazo sobre la mesa y juntando sus dedos con los de Mary. Ella lo miró, completamente confundida. Por más de un minuto entero, él vaciló entre confesarle lo que le había hecho creer a Sherlock y volverlo realidad. Si le decía que había lastimado al detective, se levantaría furiosa y correría a arreglar las cosas. Si le decía que ahora la amaba a ella, estaría tirando a la basura cualquier oportunidad con Sherlock.

¿Pero por qué seguía anhelando algo como eso? Después de todo lo que le había hecho pasar, de cuánto se habían lastimado mutuamente, ¿por qué querría un futuro con él?

No.

Mary era lo correcto.

No Sherlock. No Sherlock.

–Mary…– presionó suavemente sus dedos sobre los nudillos de ella, acariciándolos uno por uno. No sentía nada. No como cuando, hace dos años, había tomado la mano de Sherlock en esa patrulla de policía. Dios, no podía creer que todavía lo recordara. Eso debía darle una respuesta. –Te… tengo que ir a verlo…– dijo con esfuerzo y se levantó a toda prisa. Mary sonreía a sus espaldas y él no necesitaba girarse para saberlo. Tenían una conexión especial…, pero su corazón estaba latiendo con fuerza por otra persona.


Una lluvia suave lo atrapó de camino a Baker Street. Había empezado como una llovizna inofensiva cuando salió del departamento de Mary, pero –para cuando consiguió el primer taxi– estaba mojado de pies a cabeza. Asumía que había pasado mucho tiempo esperando, pero no lo sabía realmente. No lo había notado, porque a cada segundo pensaba en qué le diría a Sherlock.

Muchas de las cosas que se habían dicho hace casi dos meses, habían sido ciertas. Él no había sido un idiota por no perdonarlo de inmediato ni lo haría ahora tampoco. Pero todavía lo quería. Lo amaba. ¿Cómo le hacía entender eso? ¿Cómo después de lo de Mary? Había metido la pata en grande con eso, sólo porque pensó que tarde o temprano podría tragarse su propia mentira.

Dios, estaba equivocado. ¡Él amaba a Sherlock!

–221B, ¿correcto, señor?– el conductor preguntó mientras detenía el vehículo. John miró a la puerta que reconocería en cualquier parte y asintió, extendiéndole la propina desde el asiento trasero. –¿No vive aquí el detective del sombrero gracioso?

–Sí, sí, así es. El mismo–.

–He oído de él–.

–Me imagino, señor…–.

–El de las drogas– la desesperación de John por bajarse de una vez desapareció de un segundo a otro, igual que la sonrisa emocionada sobre sus labios. ¿Drogas? ¿Había escuchado bien? ¿Sherlock y drogas? –Eso es lo que dicen, al menos.

–L-lo siento, ¿qué?–.

–Dicen que lleva encerrado ahí mucho tiempo– dijo. –Recojo a algunos de sus clientes, ellos dicen. Todos murmuran algo similar– John miró devastado hacia las ventanas. Sherlock estaba ahí dentro, por semanas, rodeado de sustancias dañinas. Probablemente muriendo. ¿Él lo había arrastrado a eso? ¿Por qué demonios seguía en ese taxi? ¿Por qué no estaba corriendo?

–Sólo es un rumor– masculló antes de hacerse caso y darse prisa. El taxi se marchó mientras los golpes que daba sobre la puerta retumbaban por toda la calle, ¿o era sólo en sus oídos? Se sentía enfermo. Terrible de haber conducido a Sherlock a esa peligrosa condición. –¡Sra. Hudson!– exclamó desesperado, antes de darse cuenta que la cerradura estaba rota. –Dios mío…

Empujó la puerta sin mayor problema y subió escaleras arriba lo más rápido que pudo.

La Sra. Hudson estaba saliendo alterada del piso de Sherlock.

–¡Oh, John!– la mujer lo envolvió en un abrazo rápido y tembloroso, como si los dos años en que no se habían visto no fueran nada más que un parpadeo. John sabía que le reclamaría después, pero se veía muy asustada ahora. –Me alegra tanto que estés aquí, ¡Sherlock…!– no pudo terminar cuando se echó a llorar sobre su hombro. –Sherlock, Sherlock…

–Sra. Hudson, ¿qué ocurre con él?– preguntó con el miedo apoderándose de su garganta, manifestándose como un apretado nudo sobre su estómago. ¿Por qué lloraba? ¿Qué podía hacer a esa mujer llorar? ¿Qué había hecho Sherlock? Santo Dios, ¿qué había hecho? –Sra. Hudson… Quiero ayudar, pero tiene que decirme, ¿Sherlock está bien? ¿Está herido? ¿O…?

–Está mal, John– respondió exasperada. –Él te necesita.

John no vaciló ni dos segundos. Despidió a la Sra. Hudson –recomendándole que esperara en lo de otra vecina– y, finalmente, entró al lugar que se había prometido nunca volver a pisar, donde vio al hombre que pensó que nunca podría volver a amar.

Qué equivocado estaba.

Cuando lo vio revolcado en el suelo, su corazón no se retorció de una forma muy distinta a cuando lo vio sobre el asfalto hace dos años. Esta vez, eran su bata arrugada y algunas jeringas lo que se extendía bajo su cuerpo. No sangre, pero no menos preocupante por eso.

Sherlock no tenía mucho mejor aspecto que en aquella ocasión.

Lucía débil. Roto. Mal, como había dicho la Sra. Hudson.

–Sherlock…– se arrodilló junto a él en cuestión de segundos, con todo su cuerpo temblando y su mente en blanco. Era doctor, maldición. Se suponía que sabía cómo actuar en una emergencia, ¿por qué no podía hacer algo más que suspirar el nombre del detective? ¿Abrazar delicadamente su cabeza? ¿Apoyarla sobre su regazo? Nada de eso estaba ayudando.

Pero lo escuchaba respirar, la delgada brisa de su aliento rozando su oído arrastraba con esfuerzo una palabra.

Un nombre.

–John…– su nombre. John respiró casi aliviado, porque al menos Sherlock estaba consciente. No significaba que estuviera bien, pero el temor de haberlo perdido de nuevo se había ido. –Estoy bien, John– dijo, como si pudiera leer su mente. Entonces miró a su alrededor, a sí mismo, y se corrigió. –Tal vez no tan bien…

John resopló y pasó una mano detrás de su espalda, para ayudarlo a sentarse. El rostro de Sherlock cayó perezoso sobre su hombro, sus pómulos descansando sobre su ropa húmeda. ¿Quién sabía cuánto tiempo podían permanecer en esa posición? Ambos se sentían cómodos. Pero Sherlock necesitaba atención médica. Y John ya estaba lo suficientemente calmado para brindársela.

–¿En qué estabas pensando?– preguntó, mientras pasaba su otra mano bajo sus piernas, sólo para cargarlo hasta el sofá. Claro que en el momento en que lo hizo, Sherlock respiró incómodo. –Lo siento...– murmuró, una vez que lo dejó sobre los cojines. –No te tocaré de nuevo.

Sherlock cerró los ojos y suspiró.

–No es tu culpa–.

–No, lo sé…–.

–Es mía– John frunció el ceño, tan aturdido que no fue más rápido que Sherlock. Ni siquiera con él en esa pésima condición. –Tuve dos años para superar eso y no lo hice. Aislarme del contacto físico no ayudó en nada, yo sabía que no ayudaría, pero tampoco quería tenerlo con… desconocidos. Y la red de Moriarty– resopló. –, todos ellos estaban ahí afuera, esperando el momento adecuado para declarar en mi contra y decir que yo había incitado a su jefe a suicidarse. Eso me quitó algo de tiempo…

Sherlock enterró sus manos en sus rizos y los agitó con fuerza, la poca con la que contaba. Cuando se lanzó hacia atrás y recargó la cabeza en el respaldo, John vio la expresión agotada en su rostro. Había hecho hasta lo imposible para escapar de su pasado, y sí había logrado deshacerse de una parte, ¿pero para qué? ¿Para que él lo rechazara y lo lastimara como lo hizo? ¿Para que, cuando por fin se hubieran perdonado, la presencia de Moriarty resurgiera de nuevo?

Todo ese esfuerzo…

–Estos dos años– John empezó suspirando esas tres palabras. –tampoco fueron fáciles para ti– Sherlock se limitó a negar con la cabeza. –Está bien... Dime cómo te sientes.

–¿Como en una terapia? No necesito terapia–.

–No, idiota– John sonrió y el insulto no se sintió de la misma forma que hace dos meses para Sherlock. Esta vez, le hizo sonreír. –Lo que consumiste, ¿qué fue? ¿Cuánto? ¿Cómo te sientes?

–Bueno, eso tiene más sentido–.

El detective entreabrió los labios para comenzar a responder a las preguntas de John, pero –de un segundo a otro– éste hizo algo que pensó que nunca haría. Sucedió después de que se sentara junto a él en el sofá. Sucedió después de que rodeara sus hombros, casi sin que lo notara.

Y definitivamente, sucedió antes de sentir cierto rastro de humedad sobre su mejilla.

John…

¿John acababa de besarlo?

–¿Sherlock?– él giró la cabeza, mirándolo con una expresión quizás demasiado aturdida. Las facciones de John estaban contrayéndose de a poco. –Oh, Dios mío, ¿hice algo malo?– trató de sobarle los hombros para tranquilizarlo, pero se maldijo en segundos. –Cielos, no, no debería tocarte. Lo siento.

–Está bien–.

–No, no lo está, no sé en qué pensaba…–.

–John– Sherlock lo interrumpió, mientras se giraba por completo y estiraba sus largos y delgados dedos sobre las mejillas tensas de John. Éste no paraba de reír nervioso, insistiendo en que no tenía que hacer nada que no quisiera o que no estuviera listo para hacer. Pero él quería. Estaba listo. El beso de John, inocente y fugaz, no había traído nada negativo a su mente o a su piel. Nada que reviviera a Moriarty. Sólo John. Un beso de John… que tenía que corresponder. Quería corresponder. –John…

–¿Sí, Sherlock?... –.

El detective inclinó su rostro sobre el del doctor, presionando ligeramente su frente contra la suya y volcando sobre sus labios un suspiro ronco:

–Él se equivocaba–.

–¿Él?–.

–Moriarty…– dijo. Y, sin verlo, podía jurar que la mirada de John había pasado de ansiosa a preocupada. –Justo antes de morir, él dijo que no podría ser feliz sin mi alma gemela– John asintió cuando no dijo nada más después de eso, trató de mirar a otro lado pero la mano de Sherlock lo detuvo en el intento. –Lo soy.

–Te drogaste…–.

Ahora lo soy– aclaró, con media sonrisa. –Sólo ahora.

–¿Puedo preguntar por qué?–.

–Porque sé que vas a corresponderme si te beso– dijo, finalmente rozando sus labios con los suyos. Y para su sorpresa, John fue el primero en estremecerse. Eso era nuevo para él también. El beso de un hombre, de alguien que sabía que no era su alma gemela. Sherlock se separó. –Probablemente no deba hacerlo…

–Sherlock…–.

–Estás con Mary, después de todo–.

–Por Dios– John resopló alto y harto, tirando de la bata de Sherlock para esta vez estampar sus labios en un beso real.

Las últimas palabras que murmuró el detective cayeron sobre su lengua y, por fin, él pudo conocer la suya. Todo el aliento que recogieron todos esos años, cada vez que no se atrevieron o simplemente no pudieron presionar sus labios contra los del otro, pareció desvanecerse en un abrir y cerrar de ojos.

No importaba. Los dos llegaron a un acuerdo mutuo y silencioso de empujarse al límite, hasta que uno de los dos se separara por una bocanada de aire. Sherlock se sentó a horcajadas sobre él y demostró tener algo más de resistencia, ya que en ningún momento rompió el beso. John sonrió contra sus labios y, mientras recuperaba el aliento, exhaló suavemente:

–¿Puedo tocarte, Sherlock?... –.

El detective no vaciló.

–No–.

John parpadeó, confundido.

–¿Qué?–.

–No podemos tener sexo después de nuestro primer beso, ¿o sí?–.

–¿O sí?– John repitió entre carcajadas, mientras Sherlock se separaba y trataba de ocultar una sonrisa débil en el proceso. Débil. Tenía que recordar eso, Sherlock no estaba bien. No ahora. –Tienes razón… ¿Cómo te sientes?

–Creo que necesito una ambulancia– Sherlock murmuró tranquilo, pero John abrió los ojos con preocupación.

–Dios mío, ¿estás bien?–.

–No, necesito una ambulancia–.

John revoleó los ojos y marcó el número de emergencias, mientras el detective seguía sonriendo a sus espaldas. Una vez que terminó de llamar, Sherlock respondió a las preguntas que le había hecho antes. ¿Qué había consumido y en cuántas cantidades? No lo recordaba en absoluto, esa era la razón de la ambulancia.

¿Y cómo se sentía? No respondió hasta que le echó un vistazo a sus manos apoyadas una sobre la otra sobre el sofá.

Feliz.

Se sentía feliz.

Jim se había equivocado, podía serlo sin él. Porque él amaba a John Watson y John Watson amaba a Sherlock Holmes, ambos unidos por algo más fuerte que un nombre sobre la piel: el error humano más grande de todos…

–Te amo, John– murmuró grave. Y con una sonrisa que iba a tratar de esconder de los paramédicos que subían las escaleras, él también lo dijo:

–Te amo, Sherlock–.