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Un instante

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«Es un solo momento el que puede marcar la diferencia. Estos fueron los instantes que pudieron haber roto el curso de los acontecimientos, que hubiesen destrozado todas las certezas. El segundo que Hermione pudo haber elegido a Draco. El latido en el que Draco pudo haber elegido a Hermione.»

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DM


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15 de Junio de 1998

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Hermione entró con la imaginación tapándole los ojos, una imagen cuidadosamente construida en más de siete años de educación mágica y dieciocho de vida muggle mezclándose en ella.

Pero Azkaban no era como lo había supuesto.

La fortaleza sí se encontraba en el medio del Mar del Norte, oscuro e impenetrable, pero su interior no era para nada similar a la vívida imagen producto de su mente.

Parpadeó.

Por entre sus talones correteaba su nutria, dando saltos que parecían navegar por entre el aire espeso, manteniéndola cálida. Sin el influjo directo de los dementores, Azkaban simplemente parecía una residencia sin mucha decoración.

La cantidad de literatura que había engullido en su vida le había hecho pintar cadenas oxidadas saliendo de las putrefactas paredes de piedra, salpicadas de manchas oscuras y grotescas que jugaban a hacerla adivinar que horrorosa muerte podría esconder su historia. Había imaginado encierro, tortura, aderezado de una falta sustancial de higiene y elementos básicos de vida.

Sin embargo, los pasillos estaban limpios —con excepción del piso, que hacía un extraño ruido de succión a cada paso que daba—, y las celdas que se acomodaban a ambos lados eran amplias, con una ventana de barrotes altos, una litera, un retrete y una pileta de lavar, sin roedores o pequeñas alimañas que gustaban de la mugre y la putrefacción. Incluso durante el tiempo en el que Voldemort se había hecho con el poder y había abarrotado la cárcel de enemigos, el lugar no presentaba signos de deterioro o falta de mantención.

Hermione se detuvo en la celda a la que dirigía, en el momento exacto en el que caía en la cuenta de que, por supuesto, Azkaban no precisaba de las horribles herramientas de las que se servía el mundo muggle para deshumanizar a sus prisioneros.

Allí, su cárcel era la mente.

Hermione contuvo el aliento cuando la reja de entrada se abrió con magia, y le permitió el paso vacilante dentro.

Su ocupante estaba recogido en la esquina de la litera, con la cabeza sostenida por el muro de piedra, ligeramente hacia adelante, los ojos cerrados y los brazos sobre las rodillas. Hermione no supo qué hacer, y no encontró la voz para llamarlo, por lo que se quedó de pie, mordiéndose el labio indecisa.

El prisionero salió de su cárcel mental al sentir el Patronus que ingresaba a la estancia, todavía a los pies de Hermione.

—¿Granger?

Para Draco Malfoy, lo peor de Azkaban era la oscuridad. Creía estar al borde de la demencia al no poder distinguir el límite entre la mohosa pared de piedra y el suelo blando de mugre.

No tenía nada para ofrecerle a los dementores. No le quedaba nada, excepto su cordura. La oscuridad impenetrable, imposible de acostumbrar para sus ojos, empezaba a minar su último bastión de humanidad.

Por eso la luminosidad del Patronus le dañó las pupilas, y le costó un momento discernir qué mierda estaba pasando.

La aludida notó que a Malfoy le había costado un segundo enfocar los ojos en ella. Tragó espeso.

—Sí.

Malfoy se movió, sentándose correctamente en la litera y pasándose la mano por el cabello para echarlo hacia atrás. Hermione esperó, incómoda, sin saber muy bien qué decir.

Un abismo infinito se abría entre ellos.

—¿Qué mierda haces aquí? —el tono de Malfoy era bajo, sin inflexión alguna. No había odio. No había desdén o soberbia. No había nada.

Hermione volvió a morderse el labio, pasando su peso de una pierna a la otra.

—Vine a hablar contigo —respondió entonces, sintiéndose estúpida. ¿Por qué más habría de hacer todo el viaje hasta allí? No deseaba enfrentarse a Malfoy, de hecho, esperaba no volver a verlo nunca más en su vida, pero las circunstancias la habían hecho volar hasta Azkaban para entablar, si todo salía bien, su última conversación con él.

—¿Ah, sí? —un atisbo del viejo Malfoy se coló en esa pregunta, haciendo que elevara un poco el mentón.

—Sí —Hermione comenzó a impacientarse, y decidió ir al grano. Si bien los dementores se mantenían alejados y la calidez de su Patronus la mantenía protegida, la atmósfera asfixiante de la fortaleza comenzaba a afectarla. —Mañana, Harry testificará a tu favor, Malfoy. Solo vengo a informarte. Supongo que te gustaría saberlo antes.

—No me interesa su maldita ayuda.

Hermione volvió a cambiar el peso de su cuerpo a la otra pierna, tentada de salir de allí y que Malfoy se arreglara como pudiese. Su nutria se asustó y levantó su recorrido cerca de sus rodillas.

—Tu madre contribuyó para que todo terminara. Es lo justo.

Malfoy respiró fuerte por la nariz y entornó los ojos. A pesar del buen aspecto de Azkaban, lucía desmejorado. Estaba más pálido que nunca —más aún que durante su sexto año en Hogwarts—, y se veía extraño sin el cabello rubio ridículamente echado hacia atrás.

—Me importa una mierda —espetó entonces, regresando a su posición anterior.

Hermione suspiró.

—Como quieras —dijo, volteando para marcharse. Al menos lo había intentado.

Dio apenas un paso cuando la voz de Malfoy la detuvo, dos octavas por encima de su tono.

—¿Qué haces?

Ella apenas se volteó.

—Me retiro. Ya hice lo que debía.

Malfoy parecía confuso. Su mirada se paseó desde su rostro hasta sus rodillas, deteniéndose en su Patronus. En ese momento en el que sus ojos se habían acostumbrado a esa luz mortecina, plateada, tan extrañamente maravillosa comparado a la lóbrega oscuridad que lo envolvía, había sentido como los pocos trozos de humanidad que le quedaban se movían con inquietud, buscando un poco más de esa luminosidad.

—Quédate.

—¿Qué?

Al joven casi le hizo gracia —si es que aún tenía la capacidad para sonreír, aunque fuese pedante y sobradora— el nerviosismo explícito de su ex compañera, tensa como una vara, con los dedos entrelazados.

Hermione parpadeó y observó perpleja a Malfoy, quien le devolvió la mirada despejada, sin sombras cerniéndose sobre sí mismo. Mantuvo la expresión neutra cuando agregó

—Es la primera vez en semanas que tengo la cabeza tan despejada —y regresó su atención a la nutria, que no había cesado de surcar el aire alrededor de las rodillas de la bruja.

—Ah —por supuesto. Hermione apenas podía imaginar una vida rodeada de seres tan desesperantes como los dementores. Dio un paso al frente, acercándose a la litera. —De acuerdo —soltó a bocajarro, movida por el patetismo que le inspiraba la figura derrotada de Malfoy, incapaz de volver a construir su yo de antes de la guerra.

A decir verdad, nadie podía ya ser el mismo que antes del desastre. Todo había cambiado.

Los envolvió un silencio casi palpable. Errático. Hermione no creía haber estado nunca a solas con Malfoy, y ciertamente, la experiencia no era de su agrado. Miró hacia todos lados, buscando algo en que enfocar su atención, o llenar el vacío en el que Malfoy parecía estar hundiéndose desde que acabara la guerra.

—Tu madre está bien —masculló de golpe, nerviosa, buscando llenar aquel silencio ensordecedor. —Tu padre también, lo he visto de camino aquí —a medida que hablaba, iba envalentonándose y ganando seguridad. Eran temas en los que había estado sumergida por semanas. —Seguramente sabrás que el Ministerio ha confiscado todos sus bienes, pero creo que es bastante probable que mañana puedan recuperarlos, al menos la mayoría. Harry está decidido y también yo declararé, así que creo que…

—Granger —la detuvo él, pronunciando su nombre como si quisiera destruirlo. —No es necesario que hables.

Ella se sobresaltó, y calló enseguida.

—Bien.

Por alguna razón, volvía a sentirse la chiquilla estúpida que se escondía de sus amigos para derramar las lágrimas que contenía cada vez que Malfoy y los demás Slytherin se metían con su origen, con su aspecto, con todo lo que significaba ser alguien como ella.

Se mordió el labio con fuerza y, sosteniéndose las manos, desvió la mirada para no volver a encontrarse con Malfoy. Había tenido suficiente. Había cumplido.

Decidió que contaría hasta diez y se marcharía de esa celda sofocante, de la oscuridad irredenta de Azkaban y, al fin, de los últimos fantasmas de su adolescencia.

Harry había ganado y con eso, también había limpiado la impureza de su origen.

Malfoy se quedó quieto, observándola.

A pesar de la ceguera parcial producto de semanas rodeado de tinieblas, los contornos de Granger se hacían más y más definidos, al igual que los resabios de su cordura, que empezaban a ponerse en funcionamiento gracias al bálsamo que le otorgaba el Patronus.

El silencio no lo asustaba —¿qué podía asustarlo ya?— por lo que sus ojos pasaron de la nutria hacia ella sin remilgos. Era lo primero que tenía a la vista después de demasiado encierro.

Granger también tenía secuelas de la guerra. Estaba demasiado delgada, y aunque parecía conservar entereza, a Draco no le sorprendió notar que el puño le temblaba apenas, aferrando su varita. Tenía oscuras y profundas ojeras y la piel cetrina, aunque tal vez fuese producto del juego de claroscuros entre Azkaban y ese Patronus.

Tuvo un arrebato casi infantil de tocarla.

Sentir la piel de otro ser humano nunca había estado en su lista de prioridades, y sin embargo, al cabo de un tiempo que se le antojaba infinito entre esas paredes asquerosas, su mente empezaba a engañarlo y divagar acerca de cómo se sentiría rozar la piel de la sangre sucia.

Posiblemente no fuese agradable. Draco permaneció inmóvil, haciéndose sangre en las palmas al clavarse las uñas para no efectuar movimiento alguno.

Parecía que el tiempo se había detenido en esa celda, con Granger de pie, evitándolo y él, allí, acobardado, sin orgullo, sin arrogancia, sin nada de lo que solía caracterizarlo. Necesitado de un maldito Patronus y un maldito contacto humano aunque fuese de esa sangre sucia.

Y Draco Malfoy tuvo su instante.

El segundo en el que pudo haberla tocado. Pudo haberse acercado, pudo haberle dicho algo amable. Pudo haberse tragado con rabia todo el odio y la amargura que había rumiado durante aquel año y podría haberle agradecido lo que habían hecho.

Después de todo, aunque estaba en ese agujero, estaba vivo. Y saldría, tarde o temprano. Y Voldemort estaba muerto.

Entonces, podría haberse acercado, y haberla rozado. Tal vez no se sentiría tan mal. Quizá la piel de la sangre sucia fuese cálida, tanto como su Patronus, y podría haberle desentumecido los dedos, las extremidades, el cuerpo entero, el alma.

Podría haberla tocado y podría haber hundido las manos en ese cabello espantoso, que siempre le había repelido, y que ahora podría habérsele antojado algo digno de experimentar, con tal de tener un poco de contacto con otro ser.

Ella hasta podría haber sonreído, con esos dientes demasiado grandes —aunque los hubiese intentado arreglar en ¿cuarto? ¿quinto? año—, y hasta podría haberle respondido. Podrían haber tenido una conversación amable, o al menos, una conversación.

Podrían haber roto con los últimos vestigios de esa puta guerra y haber comprendido que tampoco eran tan diferentes. Ambos tenían piel. Y ambos podían unirla.

Sin embargo, su instante terminó y Draco Malfoy no se movió.

Hermione terminó de contar hasta diez y le dirigió una última mirada, ignorando que en el momento fugaz que había pasado, podría haber cambiado su vida.

—Suerte, Malfoy.

El aludido permaneció estoico en su posición, observando como el Patronus se ponía en movimiento junto con el único cuerpo humano que había tenido la oportunidad de interactuar en las últimas semanas. Granger se marchaba.

—Espero que no volvamos a vernos jamás.

El instante se había roto, se había desvanecido, y Draco había tomado su decisión. El curso de sus vidas continuó incólume, sin sobresaltos, mientras Hermione movía la cabeza y salía, dejándolo sumirse de nuevo en la oscuridad más insondable.

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¡Hola a todos!

Es la primera vez que intento un Dramione, y de cualquier manera, no creo que esto pueda parecerse mucho a eso.

La verdad es que me gusta más leer sobre esta pareja que escribirla, algo tengo con la segunda generación que me impide manejarlos decentemente. Sin embargo, esta pequeña idea estuvo dando vueltas en mi mente desde hacía rato y la realidad es que soy muchísimo más productiva cuando estoy tapada de tareas para la facultad —como es el caso de esta semana— que cuando ando libre como el viento. Así que aproveché unas dos horas que tenía libres para terminar de desarrollar esto, ¿qué tal quedó?

Decía que no sé siquiera si puede considerarse un Dramione porque en realidad, nada ocurre. Todo es un enorme tal vez que se condensa en ese instante en el que todo pudo haber sido diferente. Pero no lo fue, porque soy una irremediable seguidora del canon.

Espero poder volver en poco tiempo y subir la parte que corresponde a Hermione, ya lo tengo todo resuelto en mi mente pero a saber cuándo podré plasmarlo.

Como saben, pueden seguir encontrándome en Guerra, la historia a la que dedico la mayoría de mi tiempo, cuando una idea cortita y demasiado tentadora no me atrapa y termino haciendo cosas como esta.

Un beso grande.

Y si llegaste hasta aquí, un océano infinito de gratitud.

Ceci Tonks.