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Un instante

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«Es un solo momento el que puede marcar la diferencia. Estos fueron los instantes que pudieron haber roto el curso de los acontecimientos, que hubiesen destrozado todas las certezas. El segundo que Hermione pudo haber elegido a Draco. El latido en el que Draco pudo haber elegido a Hermione.»

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HG


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15 de Junio de 2021

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Eran más de las seis de la tarde, y Hermione llevaba al menos dos horas sin los zapatos puestos, con el corazón alerta ante el mínimo indicio de movimiento para aprestarse a volver a ponérselos. Los pies le dolían horrores después de la reunión de aquella mañana, y el estrés que acumulaba desde hacía un tiempo que se le antojaba eterno le había impelido quitárselos aunque con ello estuviese rompiendo cualquier regla básica de decoro y convivencia.

Había suspirado de alivio cuando sus dedos respiraron por debajo de las medias. Había depositado con suavidad las plantas sobre los zapatos, dispuesta a enfundárselos con premura si alguien llamaba a la puerta.

No estaba teniendo una buena racha. Avanzada la tarde se había sumado un incipiente dolor de cabeza a su lista de preocupaciones que en parte era lo que le había dado coraje para romper la etiqueta y darle algo de alivio a sus maltrechos pies. Poco podía hacer por los pinchazos en las sienes hasta que regresara a casa, no tenía en la oficina ninguna poción ni medicamentos muggles y no quería molestar una vez más a su nueva secretaria que parecía demasiado apabullada con la idea de trabajar para Hermione Granger como para espabilar lo suficiente.

La lechuza con el sello de Hogwarts todavía descansaba por encima de los memorándum que se le habían acumulado sin remedio, abierta y desafiante.

Hugo había vuelto a hacer de las suyas y esa vez la Profesora McGonagall había dejado las contemplaciones a un lado. Hermione solía preguntarse qué habrían hecho sus padres de recibir ese tipo de notificaciones desde Hogwarts y por un momento, se había sentido agradecida de que sus aventuras —peligrosas aventuras que, con el correr de los años le ponía los pelos de punta al recordar su ingenuidad y su incomprensión del verdadero riesgo que había corrido con sus amigos— hubiesen tenido repercusión demasiado tardía como para que sus padres pudiesen enterarse.

Sabía que tendría una discusión con Ron de regreso a casa y por eso, aunque se sentía en falta por estar descalza en la oficina y seguir alimentando el incipiente dolor de cabeza, seguía retrasando la partida. La Profesora McGonagall solía enviarle a ella las lechuzas que pasaban revista de los recurrentes castigos de sus hijos y la ponía en la delicada situación de comentarlo con Ron antes de terminar de enfadarse con Hugo —o con Rose, pero su hija al menos tenía más tacto a la hora de ocultar sus travesuras—.

A pesar de los muchos encontronazos que habían tenido, Ron no consideraba que la situación se estuviese yendo de control. Apañaba a sus hijos y nunca había hecho caso a la afilada sugerencia de Hermione de cortar con su membresía en Sortilegios Weasley. Hugo mantenía su provisión de lujo de bombas fétidas que no se cansaba de gastar en los peores momentos, provocando la ira de la directora y los nervios de su madre, que luchaba en demasiados frentes a la vez.

Kingsley quería que los informes del Departamento estuviesen listos para fin de mes y Hermione no podía mantener todo bajo control. La nueva secretaria era más un estorbo que una ayuda —a buena hora Lizzie, su confiable mano derecha había tenido problemas en su embarazo, dejando el puesto varias semanas antes de lo previsto —, sin mencionar la presión que estaba efectuando Ron hacía tiempo sobre esas vacaciones tan largamente pospuestas por circunstancias diversas. Hermione entendía que su esposo tuviese ganas de salir de Inglaterra por una temporada —visitar a Charlie, tal vez, que hacía demasiado tiempo que no abandonaba Rumania, o permitirse ese viaje por Italia que tanto habían hablado—, pero Hermione no conseguía hacer entrar en razón a Ron: no podía dejar en ese momento el trabajo.

—El Ministerio no se vendrá abajo sin ti una semana, Hermione —le había dicho con mala cara antes de empezar la discusión. Comprendía, claro, pero no tenía el tino para equilibrarlo todo. Necesitaba estar en el Ministerio aquellas semanas clave, por mucho que le dolieran los pies, por más que Hugo siguiese comportándose como un niño malcriado y por muchas ganas que tuviese de estar lejos de allí, a solas con Ron, en alguna playa perdida del Mediterráneo.

En eso pensaba, agobiada, cuando la señal de los nudillos contra la puerta le llegó demasiado tarde y para cuando levantó la cabeza con alarma, era demasiado tarde.

Los zapatos se le resbalaron y casi tropieza a un lado intentando calzarlos colmada de desespero, mientras el recién llegado enarcaba una ceja.

—¿Estás bien, Granger? —le preguntó Draco Malfoy acercándose hasta el escritorio —que Hermione había utilizado estratégicamente para mantener el equilibrio—, en una mezcla sin disimular de burla y curiosidad. —Puedo volver después.

—Estoy bien —masculló ella, entrecerrando los ojos y terminando de acomodar los zapatos a sus pies doloridos por debajo de la superficie que los separaba. Se bajó la falda, nerviosa por haber sido pillada distraída y en falta y titubeó, sin estar segura si extender la mano para estrecharla con su antiguo compañero de curso.

Estiró el brazo y se arrepintió a medio camino.

—Siéntate —indicó, en cambio, haciendo una seña a la silla frente suyo. Malfoy aceptó de mala gana.

—Solo necesito que firmes lo de siempre —apuntó, tendiéndole la carpeta que llevaba debajo del brazo. Hermione regresó a su sitio y la tomó sin mediar palabra.

No le gustaba tener a Malfoy en su oficina, pero hacía poco más de un año que, junto a su ascenso, había obtenido la grata tarea de autorizar sus movimientos.

El Ministerio había acordado con los Malfoy hacía ya demasiado tiempo. Se podía ver en las arrugas que se le formaban al rubio sobre los ojos, o en su gesto tosco, tallado con los años. Si bien toda la familia había obtenido un indulto a la larga —el que más había tardado había sido el de Lucius, pues no eran pocos los que querían verlo pudrirse en Azkaban—, aún tenían sujetos a inspección algunas decisiones de talla mayor, tales como grandes sumas de dinero o desplazamientos a grandes distancias.

Malfoy lo había aceptado casi sin chistar. En el poco tiempo que Hermione llevaba siendo la responsable a cargo, lo había visto solo dos veces.

La había sorprendido su presencia esa vez.

—Creí que vendrías la próxima semana —comentó Hermione distraída, abriendo los folios para ver de qué se trataba esa vez.

—Cambio de planes —respondió el hombre intentando sonar neutral. Todavía arrastraba un poco las palabras, vestigio de juventud, pero por lo demás hacía lo posible por acomodarse a las nuevas circunstancias.

Hermione se preguntaba si también había dejado atrás los viejos odios o seguirían allí, cubiertos de polvo y hollín, resistentes al paso del tiempo.

Levantó la vista para interrogarle con la mirada.

Malfoy hizo un gesto de desdén.

—Queremos aprovechar todo el tiempo posible antes de que Scorpius regrese a casa —explicó de corrido, procurando no demostrar emoción alguna.

—Ah, claro.

Hermione no tenía idea de qué hablaba puesto que seguía distraída por las puntadas en las sienes —¿se habría dado cuenta Malfoy de que estaba sin zapatos?—, pero asintió y regresó a los papeles.

Leyó el rótulo, sin darse cuenta de que los bordes empezaban a desdibujarse a su alrededor.

—Oye, Granger, en serio, ¿te encuentras bien?

Malfoy se iba a Italia. Con su esposa. Le costó un momento asimilar la información, regresando los ojos al rubio que alzaba una ceja frente suyo, con las manos sobre los apoyabrazos dispuesto a levantarse de inmediato.

El tiempo pareció suspenderse sobre esa mirada, incrédula por ambas partes, desconfiada y alarmada de a tirones.

Sintió cómo se le atoraba algo en la garganta, junto al cosquilleo que presagiaba la catarata de palabras, sentimientos, que pugnaban por romper su esmerado dique de contención y ahogar a Malfoy a su paso.

Y Hermione Granger tuvo su instante.

El segundo que pudo haberlo cambiado todo. Pudo haber murmurado un «no», pudo haberse echado a llorar. Pudo haberse descubierto por completo frente a él, pudo haber confesado que le dolían los pies, que empezaba a marearse, que no tenía ya ganas de discutir, que no quería irse a casa, que estaba a un solo parpadeo de enviar todo al mismísimo demonio.

Después de todo, seguían allí, los dos. Sobreviviendo.

Podría haber expresado a media voz que solo necesitaba un abrazo. O un masaje sobre sus maltrechos empeines.

Y Draco pudo haberla escuchado. Podrían haberse entendido. Ella podría haber encontrado el hombro que estaba buscando, el apoyo que necesitaba porque sentía que sus puntales empezaban a tambalear, y que todo a su alrededor contribuía para hacerla caer de rodillas. El hubiese comprendido, pues llevaba años quitándose el fango de la piel, echando pelea para salir adelante y perseguir rumiando enojos sin resolver, un poquito de felicidad robada al mundo.

Quizá le hubiese mostrado la manera correcta de apuntalar la vida para que no siguiese cayéndole despacito, porque de eso Draco Malfoy tenía demasiada experiencia, y podría haberle mostrado que la lechuza, el dolor o los gritos con Weasley no eran anuncios de apocalipsis. Porque si el seguía vivo, con todo lo que eso implicaba, ella no podía quedar atrás: tenía muchas más cartas a favor.

Podrían haber tirado de los hilos que los habían atado para crear formas nuevas, más dulces. Sin odio. Sin rencor, los viejos tiempos ya enterrados.

Sin embargo, su instante terminó, y Hermione Granger no se movió.

Malfoy aguardaba respuesta, o señal de su parte.

—Sí —repuso ella, volviendo de golpe a la realidad con la primera bocanada de aire acuchillando sus pulmones.

—Sé que mi visita no es grata, pero te has puesto pálida.

—Estoy bien —afirmó Hermione con una nota acerada, tomando rápidamente una pluma para firmar los papeles, sin brindarle ni un vistazo al destino.

Malfoy no insistió.

—Aquí tienes.

No esperaba un agradecimiento y, por supuesto, el rubio no se lo dio.

—Hasta la próxima, Granger —se despidió, en cambio, arrastrando la silla para que emitiese ese chirrido espeluznante a posta. Mantenía su rostro ligeramente burlón pero seguía escudriñando su cara en busca de signos de malestar.

Pero el instante ya estaba roto. Se había desvanecido en el aire cuando Hermione tomó su decisión. El curso de sus vidas continuó incólume, sin sobresaltos, mientras Malfoy se marchaba dejándola sumirse de nuevo en su nudo de preocupaciones cotidianas.

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¡Hola a todos!

Siendo esta mi primera publicación del año, me siento tironeada por dos sensaciones. Primero, sorpresa, porque no creí que fuese esto lo primero que saliera de mis vacaciones; y segundo, alivio, porque este pequeño fic era como una piedra en mi zapato. No me gusta andar por ahí con historias incompletas y menos siendo tan cortas. Ya había corrido mucha agua bajo el puente como para seguir teniendo esto en suspenso.

Esta cosa salió de otras dos horas en las que se me quemó la lamparita de mi velador y me vi sin posibilidad de continuar leyendo. Así que se me ocurrió hacer lo que mejor sé, es decir, enredarme con todas las cosas que me va contando mi mente. A veces me cuesta seguirle el ritmo.

Manteniendo la idea original, esta segunda parte es más bien un reflejo de la primera. Me gustó jugar con los paralelismos para mostrar que, en cierto modo, ambos tuvieron ese instante en el que pudieron haberse elegido. Se me hizo más natural para Hermione que fuese en una situación ya más adulta, alejada de las sombras de su adolescencia y de la guerra. Creo que ese hubiese sido el momento ideal para ver a Draco con otros ojos, si es que hubiese querido escoger ese camino.

Por otro lado, pienso que al contrario, hubiese sido más probable para Draco verse arrastrado por la esencia de Hermione en una situación más extrema —como ese momento previo a su juicio—, que lo harían deshacerse de todos sus prejuicios.

En fin, espero que lo hayan disfrutado. Después de este experimento, ya me queda más que claro que no creo volver a tomar esta pareja por un tiempo, me cuestan demasiado. Como dije antes, prefiero mil veces leer sobre ellos que meterme en su piel. No termino de entenderlos y creo que ellos tampoco a mí.

Como saben, pueden seguir encontrándome en Guerra—la que pienso actualizar en breves— y para todo lo demás, pueden seguirme en Twitter como CeciTonks, o mandarme un PM o dejar un review. Lo que más les guste.

¡Espero sus opiniones!

Y claro, ¡muy feliz 2017! Ojalá sea un año de muchos fics geniales y continuaciones de esos que ya adoramos.

Y si llegaste hasta aquí, un océano infinito de gratitud.

Ceci Tonks.