N/A. Vale, lo siento. ¡Lo siento! No puedo evitarlo. Hierven las ideas dentro de mí. Y encima me pongo a hablar con LadyChocolateLover y MrsDarfoy, y entonces ya la emoción me desborda y TENGO que escribir.

He sido... llamémoslo víctima de dos ideas grandes. Para Dramiones largos. No puedo decir de cuántos capítulos exactamente porque no lo sé. Supongo que mientras la inspiración me acompañe. Empiezo con este y no sé cuándo comenzaré a subir el otro. Lo que sí puedo deciros es que este fic tiene drama, tiene una Hermione destrozada, tiene un Draco hecho pedazos, tiene rabia, dolor y miedo, pero también esperanza y, por qué no decirlo, amor.

Ya llevo escritos tres capítulos y prometo no subir nunca uno más sin haber terminado otro, de forma que siempre tenga dos guardados en el ordenador sin publicar para asegurarme de que el fic tenga continuidad y de que no me quedo estancada.

Como dije, esta idea fue una de las dos que compartí con esas dos chicas tan increíbles que he mencionado ahí arriba. Cada una profesó una cierta preferencia por una de las ideas. Es por eso que el segundo fic será para LadyChocolate.

Este, por lo pronto, se lo dedico a MrsDarfoy. Por un mundo de drama y Dramione, que parecen lo mismo pero no lo son. Un abrazo enorme, guapísima. Fin N/A.


EDITADO: Actualización todos los sábados.


Hermione respiró hondo, llenándose los pulmones de todo el aire y el valor que era capaz de reunir. Se mordió el labio inferior, abrió los ojos y cerró los dedos en torno a la manilla de la puerta.

Entró despacio, insegura. Trató de recordarse que debía hacer eso. Se dijo a sí misma que tenía que ser fuerte y valiente. Se convenció de que no podía echar a correr.

Pero todo rastro de determinación se derrumbó cuando la vio.

Estaba sentada muy recta en una silla junto a la ventana. Llevaba ropa blanca y el pelo castaño oscuro con hebras grises dispersadas por la edad le caía en cascada sobre la espalda, rizado y denso. Su pálido rostro estaba surcado por alguna que otra arruga, pero ello no impedía que siguiera siendo una mujer hermosa.

Con las manos juntas sobre el regazo y los ojos verdes fijos en la nada más allá del cristal, Jean Granger parecía una bonita muñeca olvidada.

—Hola, mamá —saludó Hermione, pero ella no pareció escucharla. Siguió ahí, junto a la cama, muy quita y muy callada. Cuando su hija se acercó, la mujer ni siquiera apartó la mirada de la ventana.

Hermione cerró los ojos de nuevo y contuvo un sollozo. Era culpa suya. Culpa suya y de nadie más.

Dos años. Ese era el tiempo que le había llevado encontrar a sus padres en Australia. La alegría que la había embargado al tenerlos de nuevo junto a sí, al alcance de la mano, se había visto ligeramente eclipsada por la desazón al comprobar que, obviamente, ellos no la reconocían. Hermione se había apresurado a realizar el contrahechizo. Primero, con su padre, quien había parpadeado sorprendido antes de que sus ojos se llenaran de lágrimas mientras estrechaba a su hija en un abrazo asfixiante.

Después había llegado el turno de su alterada madre, que no dejaba de preguntarle a su marido qué demonios estaba sucediendo. Hermione había pronunciado el contrahechizo de la misma forma. Había realizado el mismo movimiento. Le había puesto las mismas ganas.

Pero el resultado había sido drásticamente distinto. Porque su madre no solo no había recuperado sus antiguos recuerdos, sino que había perdido también todos los nuevos.

En su cabeza, sencillamente, ya no quedaba nada.

—Mamá —susurró Hermione, inclinándose ante la mujer—. Mamá, soy yo. Soy tu hija. Hermione. ¿Me reconoces?

Pero Jean siguió inmóvil con los ojos nublados, sin reaccionar lo más mínimo ante los sollozos de la chica. Viva, solo que muerta. Allí, en la habitación junto a Hermione, solo que muchísimo más lejos.

No entendía qué podía haber pasado. No sabía qué había salido mal. Solo tenía claro que su madre estaba sin estar, y que los sanadores no sabían decirle cuánto tiempo seguiría así o si se curaría alguna vez.

No la había internado en San Mungo. La habrían puesto junto a los padres de Neville, que se encontraban en una situación relativamente similar. Eso hubiera significado que Hermione habría tenido que verlos a ellos también cada vez que fuera a visitar a su madre. Y por tanto, se habría visto obligada a presenciar día tras día lo que quizás sería el futuro de Jean. Los Longbottom llevaban mucho más tiempo enfermos. ¿Qué le aseguraba que con su madre fuera a ser distinto?

Así que Hermione la había llevado a un lugar diferente. Se trataba de una clínica ubicada en una calle perpendicular al Callejón Diagón. En el Instituto Mágico del Estudio Mental, decenas de sanadores especializados en el tratamiento de las enfermedades y problemas psicológicas se encargaban de casos que iban desde el seguimiento de simples depresiones hasta el internamiento de personas como su madre.

Estaba bien, la verdad. Un sitio caro, con mucho prestigio e investigadores muy prometedores que ya estaban trabajando en la explicación de lo que había ocurrido con ese contrahechizo fallido. Investigadores que buscaban una solución desde hacía semanas, con dedicación pero sin garantías.

Su padre, claro, no podía entrar allí. Únicamente podían acceder a sus instalaciones los pacientes y los familiares directos de los mismos… siempre y cuando fueran magos o brujas.

Así que Hugo Granger había tenido que resignarse a esperar en casa, sumido en la más profunda de las desesperaciones, limitándose a escuchar lo que Hermione le contaba cada día después de ir a ver a su madre.

Sigue sin cambios, papá. No ha mejorado, pero tampoco ha empeorado. Los sanadores dicen que esa es una buena señal. Seguro que se pondrá bien, papá. Hacen todo lo que pueden. Hacemos todo lo que podemos. Se recuperará, papá. Tiene que recuperarse para que yo pueda pedirle perdón. Lo siento de verdad.

Lo siento tanto, papá.

La hora de visitas era a las siete de la tarde. Todos los días. Y todos los días Hermione iba y esperaba unos instantes en la puerta, diciéndose que no podía ser una cobarde justo cuando sus padres más la necesitaban. Sobre todo si pensaba que había sido su culpa.

Si su madre no se recuperaba, Hermione jamás podría perdonárselo a sí misma.

Y aunque su padre no le hubiera echado nada en cara, ella sabía que él tampoco la perdonaría.


Draco resopló mientras Theo le repetía por enésima vez cómo llegar a su destino.

—Tienes que girar a la derecha después de la Tetera Mágica. A la derecha, Draco, ¿vale? Es un edificio muy alto de mármol blanco con…

—Con las puertas de cristal y jardín a ambos lados. Theo, no soy imbécil. No hace falta que me lo repitas doscientas veces.

Con los labios apretados y los brazos cruzados, Draco ignoró categóricamente el ceño fruncido de Nott. Blaise le puso una mano sobre el hombro y le dirigió una mirada de advertencia.

—Relájate, tío, ¿vale? Solo queremos ayudarte.

Draco entrecerró ligeramente los ojos. Se sentía tentado a decirles que por él podían meterse sus buenas intenciones por donde mejor les cupiesen, pero se contuvo. En el fondo, una minúscula parte de él sabía que tenían razón.

Necesitaba ayuda.

Respiró hondo, abrió la puerta del apartamento de Nott y salió despidiéndose solo con una mirada incendiaria. Sus dos amigos —los únicos junto con Pansy y Daphne que todavía seguían a su lado— se quedaron dentro, con expresiones preocupadas y aliviadas a partes iguales.

Draco bajó las escaleras de dos en dos y una vez fuera del edificio se subió la capucha de la túnica, asegurándose de que ni uno solo de los mechones platinados que cubrían su cabeza quedara a la vista. Por supuesto, había muchos magos rubios, pero estaba determinado a no permitir que surgiese ni el más insignificante de los rumores.

Nadie debía saber adónde se dirigía.

Se apareció en una callejuela que desembocaba en el Callejón Diagón. Era domingo y una buena parte de los establecimientos se hallaban cerrados. Lo había decidido así para garantizar que no fuera a encontrarse con demasiada gente.

Por suerte, no era raro ver a magos y brujas que se cubrían por completo, así que no llamó la atención en ningún momento.

Divisó la Tetera Mágica, una cafetería antigua de paredes de cristal que llevaba muchos años en funcionamiento. En ese momento, su interior se hallaba vacío y a oscuras. Draco pasó junto a ella y giró a la derecha. Esa calle estaba incluso más desierta que el Callejón y apenas se cruzó con un par de personas antes de localizar el lugar que tanto habían insistido Blaise y Theo en que debía visitar.

Era ciertamente imponente, todo de mármol blanco interrumpido por resplandecientes ventanales, con amplios jardines vallados rodeando el edificio y un inmenso portón de cristal al que se ascendía por una gran escalinata.

Sobre la entrada, en una placa limpia y brillante bajo el nombre del lugar, había una inscripción.

"Discreción, dedicación, diligencia. Soluciones efectivas al servicio del ciudadano desde 1897."

Draco bufó con ironía. Discreción. Sí, definitivamente iba a necesitar mucho de eso. No sabía si se podía caer más bajo de lo que ya lo había hecho, pero tampoco tenía ninguna intención de comprobarlo.

Miró a ambos lados para asegurarse de que nadie lo estaba viendo antes de ascender la escalinata y entrar en el edificio a través de las grandes puertas de cristal, las cuales habían sido mágicamente alteradas para no revelar nada de lo que hubiera al otro lado sin perder por ello transparencia. El efecto era cuanto menos perturbador, pero él no tenía tiempo para esas tonterías. Dentro, una bruja joven y delgada revisaba unos papeles desde detrás de un gran escritorio. Frente a ella había un par de sillas y, al otro lado de la habitación, unos cuantos bancos completaban el cuadro.

De la sala partían varios pasillos que se perdían en giros repentinos, pero Draco no vio ninguna puerta.

Se acercó al mostrador y comprobó que la chica era bastante atractiva. Morena, no muy alta, mejillas arreboladas, ojos oscuros. Nada mal.

Draco llamó su atención con un carraspeo brusco y ella alzó la mirada.

—Disculpe —dijo con una sonrisa—. No le había escuchado entrar.

Él se retiró la capucha y le regaló una de sus miradas más cortantes. Si ella se percató de quién era, no lo demostró.

—Ya me había dado cuenta —comentó Draco con desagrado, cruzándose de brazos. Se sentía estúpido y fuera de lugar. ¿Qué se suponía que tenía que hacer ahora?

Por suerte, la chica continuó hablando sin que su sonrisa vacilara ni un poco.

—¿Me permite su varita, caballero?

De mala gana, Draco buscó en un bolsillo de su túnica y le tendió la varita a la bruja, que la tomó con cuidado y pasó los dedos por encima sin tocarla. Murmuró unas palabras por lo bajo y la punta de la varita se iluminó con un tono azulado. Fuera lo que fuese lo que estaba haciendo, debió de darse por satisfecha, porque amplió su sonrisa y le devolvió la varita a un ceñudo Draco.

—Muy bien, todo está correcto. Ya habíamos sido informados de que vendría a vernos y es para nosotros un gran placer que haya tomado esta decisión. Aquí podremos ayudarle. Bienvenido al Instituto Mágico del Estudio Mental, señor Malfoy.