N/A. Os pido por favor que leáis la nota de autor del final. Eso es todo. Fin de la N/A.


Seis meses después. Un día cualquiera, bajo la luz de la luna llena.


La quietud de la noche se vio repentinamente fragmentada por un llanto infantil, agudo y desesperado. En el dormitorio principal, Blaise gruñó por lo bajo, resistiéndose a abrir los ojos para abandonar la deliciosa y aterciopelada comodidad del sueño.

Pansy se removió a su lado, enredándose en las sábanas.

—Blaise…

Él gruñó de nuevo.

—Déjala. En algún momento tiene que dormirse. No puede pasarse toda la noche llorando.

Pero, como si quisiera contradecirle, el llanto de la criatura se intensificó, haciendo que Pansy gimiera con cansancio.

—Blaise…

—Joder… Muy bien, muy bien, ya voy.

Cogiendo aire con fuerza, Blaise abrió los ojos y se levantó de la cama arrastrándose. Le pesaba todo el cuerpo, y tuvo que buscar a tientas sus pantalones antes de salir de la habitación.

Caminó por el pasillo frotándose los ojos y entró en el cuarto contiguo al suyo. Ahí, los sollozos del bebé sonaban con más energía incluso. Blaise se aproximó a la cuna gris que había bajo la ventana, vagamente iluminada por la luz de la luna, y se asomó.

Envuelta en una suavísima manta sin dibujos, su hija lloraba con las mejillas rojas y húmedas. Blaise se apoyó en la barandilla de la cuna y acercó un dedo al rostro del diminuto bebé, que en seguida lo atrapó con sus manitas para metérselo en la boca.

Su llanto cesó al instante, y Blaise sonrió enternecido. Ni siquiera la falta de sueño podía evitar que se sintiera agradecido por esa pequeña niña que entreabría sus ojitos verdes para mirarlo.

—Nos estás dando mucha guerra, ¿eh, Alex? —le murmuró con una sonrisa, acariciando dulcemente su piel caliente. Ella siguió mirándolo fijamente, aún con el dedo de Blaise en la boca y un brillo somnoliento en los ojos—. En realidad, me alegra que hayas heredado el carácter de tu madre. Pero estaría verdaderamente bien que nos dejases dormir un poco, ¿no crees? Vamos, seguro que tú también estás agotada, ¿a que sí?

Como si estuviera entendiendo sus palabras, la pequeña cerró sus ojitos relucientes y bostezó ampliamente, pataleando un poco y aferrándose a su mantita después.

Blaise sonrió de nuevo y chasqueó los dedos de su mano libre, haciendo que una esfera de tibia luz azulada apareciese sobre la cuna. La niña abrió desmesuradamente los ojos con una mueca de felicidad, estirando los bracitos para tratar de tocar la esfera. Se dio por vencida en poco tiempo, y después se quedó ahí, mirándola fijamente, con su padre justo en el borde de la cuna acariciando con infinito cuidado sus mejillas, hasta que los deditos que se aferraban a su mano perdieron fuerza y la respiración de Alex volvió a ser regular y acompasada.

Blaise no se fue inmediatamente. Permaneció un poco más inmóvil, mirándola en silencio. Era verdaderamente preciosa, incluso aunque fuera solo un bebé. Pero a Blaise, como a todo padre primerizo, le parecía que su hija era un verdadero milagro de la naturaleza.

Al principio no había sido sencillo, claro. Cuando Pansy se la había tendido con una sonrisa y él la había sostenido por primera vez, Blaise había sido víctima de un acceso de pánico; se había sentido demasiado grande y torpe con un ser tan frágil y diminuto entre sus brazos, casi temblando ante la terrible perspectiva de que se le cayera o de abrazarla con demasiada fuerza.

Le había costado varios días reunir la confianza suficiente como para atreverse a cogerla en brazos sin miedo de hacerle daño, pero desde que lo había logrado, Blaise se había convertido en el más fiero defensor de la niña. No era exactamente sobreprotector, aunque estaba cerca: nunca le quitaba ojo de encima, y se aseguraba de que su hija tuviera siempre a su alcance todo cuanto pudiera necesitar. Pansy no paraba de decirle que acabaría malcriándola, pero Blaise no quería ni oír hablar del tema: su hija iba a ser la niña más feliz del mundo, y no había más que discutir.

Con un suspiro, Blaise se separó despacio de la cuna y salió de la habitación, dándose la vuelta una última vez al llegar a la puerta para asegurarse de que ella seguía dormida. No se deshizo de la esfera de luz: la dejó ahí, velando por el sueño de su hija a solo unos centímetros de la cuna.

Regresó a su cuarto mucho más despejado que antes y se detuvo a un par de pasos de la cama. Pansy estaba dormida de espaldas a él. Bajo los tintes nacarados de la luz lunar, la piel de la mujer casi se confundía con las finas sábanas blancas. La silueta de su espalda desnuda resultaba mágica y demasiado tentadora como para resistirse.

Blaise se deshizo de sus pantalones y trepó a la cama, arrastrándose junto a su mujer y depositando una fina hilera de besos húmedos en su cuello y su hombro. Ella suspiró y se giró despacio, mirándolo con los mismos ojos verdes de su hija a través de las pestañas. Blaise se inclinó y la besó en los labios, lenta y deliberadamente, rodeándola por la cintura con un brazo y acariciando su vientre con idas y venidas perezosas.

Pansy llevó también sus propios dedos a la nuca del mago, provocándole deliciosos escalofríos a lo largo de la columna vertebral.

—¿Ya está dormida? —preguntó ella en voz baja. Blaise se separó un poco y le guiñó un ojo con diversión mientras asentía.

—Soy el encantador de bebés. Tengo una mano increíble con los niños.

Pansy rio quedamente entre beso y beso.

—¿Desde cuándo?

—Desde que nació Alex, creo.

Más risas susurradas. Más besos. Los dedos de Blaise descendiendo peligrosamente por debajo de las sábanas mientras Pansy mordía con suavidad su cuello.

—Gracias —murmuró entonces él. Pansy alzó la mirada sin entender y Blaise sonrió—. Por ser una de las dos mujeres de mi vida.

—¿Tu madre es la otra? —preguntó ella con diversión, pero él hizo una mueca y sacudió la cabeza.

—Claro que no. La otra es Alex.

Pansy volvió a reír suavemente, acariciando la línea de la mandíbula de Blaise. Él la miró intensamente durante un par de segundos antes de inclinarse una vez más para besarla.

—Ahora que ya me he desvelado —murmuró contra sus labios sin abrir los ojos—, ¿crees que podríamos aprovechar que Alex está dormida para querernos un poco?

Blaise sintió más que vio la sonrisa de Pansy.

—Me parece una gran idea.

Volvieron a besarse con ganas, acariciándose, tocándose, saboreándose a mordiscos tibios, pero apenas habían pasado un par de minutos cuando se vieron interrumpidos de nuevo.

Una vez más, Alex lloraba con fuerza, reclamando la atención de cualquiera de sus progenitores.

Blaise resopló y hundió el rostro en la almohada mientras Pansy sonreía con sorna.

—Así que… el encantador de bebés, ¿eh?

Él gruñó contra la almohada.

—Pues ahora te toca a ti.

—Nada de eso —negó Pansy, empujándolo fuera de la cama con diversión—. Anoche fui yo tres veces seguidas. Vuelve a ser tu turno. Y esta vez, hazlo bien.

Blaise bufó y buscó de nuevo sus pantalones con frustración. Se giró hacia ella para decirle lo terriblemente desconsiderado que le parecía que ella lo encontrara tan divertido, pero la vio entonces así, sentada sobre la cama, con los pechos orgullosamente iluminados por la tenue luz nocturna y el pelo revuelto, y Blaise necesitó coger aire con fuerza antes de recordarse que debía ir a consolar a su hija.

—Ni se te ocurra dormirte —le advirtió. Pansy le tiró un beso provocadoramente y, cuando Blaise se fue a toda prisa, se dejó caer sobre la cama con una sonrisa en sus labios.

Por increíble que pudiera parecer, lo suyo estaba funcionando.

Escuchó entonces a Blaise esforzándose por entonar lo que él debía de pensar que era una nana, y Pansy contuvo una carcajada.

Sí, estaba funcionando.


Tylor abrió los ojos despacio y sobre él visualizó un techo que no era el de su habitación. Sin embargo, le resultaba igual de familiar que si lo hubiera sido.

Volvió a cerrar los ojos lentamente y alargó el brazo hacia el lado derecho de la cama, pero frunció el ceño cuando lo descubrió frío y vacío. Se incorporó y miró en derredor.

La habitación estaba pulcramente ordenada al milímetro, lo cual no era de extrañar. Su dueño siempre había sido un maniático de la perfección.

Pero él no estaba allí.

Y Tylor se levantó en seguida para vestirse y salir en su busca.

Paseó por el apartamento mirando en todas las habitaciones. Lo encontró en la cocina, sentado en el suelo con las piernas cruzadas al estilo indio frente a la puerta de cristal que daba al balcón. Tenía una manta azul cubriéndole los hombros y sostenía entre las manos una taza de algo humeante.

—Circe santísima, Theo, ¿se puede saber qué haces ahí a estas horas?

El aludido pestañeó y se volvió hacia Tylor, esbozando una pequeña sonrisa culpable al verlo.

—Buenas noches —saludó, y Tylor puso los ojos en blanco.

—Buenas solo para quienes sabemos aprovecharlas durmiendo un poco.

Theo se encogió de hombros.

—Yo no podía dormir. Tengo la cabeza demasiado llena de cosas, y contemplar la luna me relaja. ¿Quieres un poco de té?

Tylor miró a su pareja en silencio unos instantes para después sacudir la cabeza.

—Eres un caso perdido, Theodore Nott.

—Creía que tú nunca dabas un caso por perdido —comentó Theo con diversión, bebiendo un trago de su taza. Tylor hizo una mueca y acabó sonriendo. Se acercó a él y se sentó a su lado, estremeciéndose por el contacto con las frías baldosas.

—Y yo creía que estaba saliendo con un chico normal. Pero no, claro que no: me levanto de madrugada y me lo encuentro sentado en el suelo de la cocina bebiendo té y mirando el cielo.

Theo rio por lo bajo.

—Dicho así no suena demasiado racional, la verdad.

Ambos se quedaron en silencio después de eso. Tylor siguió la línea de la mirada de Theo y llegó a la imagen del firmamento más allá del cristal. Era una noche despejada de luna llena, y la ausencia de luces en las afueras de la ciudad permitía ver las miles de estrellas desperdigadas sobre el aterciopelado y oscuro colchón nocturno; un negro denso cuajado de puntos luminosos.

Tylor tuvo que reconocer que se trataba de un espectáculo verdaderamente hermoso.

—¿Y de qué tienes la cabeza llena, si se puede saber?

Theo no respondió inmediatamente. Tylor volvió la cabeza hacia él y descubrió que había bajado la vista a su taza de té con un aire tristísimo en sus facciones suavizadas por la luna.

—Draco —murmuró. Tylor lo miró un poco más antes de devolver la vista a la noche que se abría inmensa ante ellos.

Entendía la melancolía de Theo. Para él, al igual que para los otros, estaba siendo difícil. No para Tylor, claro: él veía a Draco a diario durante más horas incluso de las que ninguno de los dos eran capaces de sobrellevar sin estresarse. Pero el Ministerio había ordenado que las visitas que Draco recibiera se restringieran a un único día a la semana, y sus amigos se turnaban a veces con Granger para ir a verlo. En ocasiones iban todos juntos, claro, pero no era lo mismo: ella no formaba parte de su mundo, y ellos también sobraban cuando Draco deseaba estar a solas con la bruja.

En definitiva, a veces pasaba hasta medio mes sin que Theo viera a Draco. Y Tylor sabía que la situación de su amigo lo afectaba seriamente.

Theo siempre parecía ajeno al mundo de las emociones, aunque en realidad esto no era cierto: todo cuanto hacía era contenerse y reprimir las manifestaciones sentimentales.

Pero por mucho que Theo se esforzara por mostrarse imperturbable, Tylor había aprendido a leer en sus ojos azules como en un libro abierto, y era perfectamente consciente de lo mucho que le dolía todo por lo que Draco estaba pasando.

Con un suspiro, Tylor alargó un brazo y rodeó los hombros de Theo, acercándolo a sí mismo.

—Está bien —le dijo en voz baja, apreciando que él se aferró con más fuerza a su taza—. Sabes que va a salir de esto. Estamos cuidando de él. Y, aunque se queja mucho, en realidad nada de esto le viene mal.

Theo alzó los ojos con confusión.

—¿Cómo?

—Claro —asintió Tylor más animadamente al ver que había captado su atención—. Pasa mucho tiempo a solas en un lugar con pocas distracciones. Eso lo obliga a pensar…

—También Azkaban —interrumpió Theo, frunciendo el ceño, pero Tylor negó con la cabeza.

—No es igual. Los prisioneros de Azkaban sufren, Theo. Están en unas condiciones lamentables, rodeados de dementores, en una celda diminuta con una pared de barrotes. Draco tiene una habitación amplia y cómoda, puede salir a pasear al jardín del Instituto, Hermione le proporciona todos los libros que desea leer y yo le llevo El Profeta siempre que puedo. Tiene comida más que aceptable tres veces al día y su propio cuarto de baño. Eso quiere decir que ni siquiera tiene grandes incomodidades o sufrimientos que lo distraigan. Estar ahí es simple y fácil. Aburrido, sí. Y por supuesto, no deja de estar atrapado en contra de su voluntad. Pero sigue siendo fácil. Y, cuando no tiene nada que hacer, un hombre inteligente como Draco piensa, Theo.

Mientras Nott digería sus palabras, el silencio regresó a la cocina. Después, Theo volvió a mirar a Tylor a los ojos:

—¿Y en qué piensa Draco?

—En él —respondió Tylor—. Piensa en él. En lo que es, en lo que fue, en lo que podría ser. En todas las cosas que hizo mal y en todas las que no fueron culpa suya. En lo que quiere realmente. En lo que siempre ha querido y nunca se ha atrevido a desear. Piensa en qué hará cuando salga del Instituto y pueda decidir, por primera vez, por él mismo. Sin prejuicios ni órdenes ni presiones de ningún tipo. Será solo él, sus metas y sus decisiones. Y todo lo que estas puedan conllevar.

—Suena aterrador —murmuró Theo. Tylor se encogió de hombros.

—La libertad es aterradora, si lo piensas bien. Porque, una vez que admitas que eres libre, tendrás que asumir que todas las consecuencias de tus malas acciones serán enteramente culpa tuya. Pero, si Draco consigue ser feliz, también el mérito será solo suyo. Y será la felicidad que él haya escogido.

Theo pensó largamente en lo que Tylor había dicho antes de suspirar.

—Tienes razón. Además… no sé, tal vez le sirva para aprender a perdonarse a sí mismo.

—¿Por lo de su madre?

—Por todo.

Tylor sonrió. A menudo bromeaba con Hermione y con Theo acerca de que sentía debilidad por los sabelotodos, pero lo cierto era que había algo de verdad en sus chanzas: el ingenio tibio de Theo y su aire de intelectual calmado constituían, en opinión de Tylor, gran parte de su atractivo.

—¿Sabes qué? Dentro de poco más de cuatro años, cuando Draco salga del Instituto, tú y yo deberíamos irnos de viaje un par de meses a algún lugar recóndito y paradisiaco.

Theo soltó una carcajada, mirando con diversión al sanador.

—¿Un par de meses?

—Claro. De luna de miel.

El té que Theo estaba bebiendo estuvo a punto de ser disparado en modo aspersor por toda la cocina.

—¿Luna… de miel? —repitió él, pestañeando. Tylor asintió con ganas, quitándole la taza y dando un trago.

—Sí. Ya sabes, cuando nos casemos.

El silencio que se hizo un lugar en la cocina a continuación se vio iluminado por el rubor que se extendió por las mejillas de Theo. Él jamás había pensado en casarse, y menos aún con un chico. ¿Existían siquiera parejas de magos homosexuales que hubieran logrado casarse? Pero la idea, de pronto, se le antojaba sumamente atractiva.

Ladeó la cabeza y miró de reojo a Tylor. El sanador, totalmente ajeno a su sonrojo, bebía a pequeños sorbos de su taza de té y contemplaba absorto el cielo nocturno. La luz de la luna llena se reflejaba en sus ojos azules, teñidos aquí y allá con leves pinceladas violetas.

—Tylor.

Brooks se volvió hacia él, pero antes de que le hubiera dado tiempo a decir una sola palabra, Theo lo besó.

Fue breve y conciso, pero lo suficientemente esclarecedor. Cuando se separaron, Tylor sonrió, dejó la taza en el suelo y sujetó a Theo por la nuca, atrayéndolo de nuevo hacia sí en un nuevo beso.

Un beso largo, intenso, con sabor a té y limón. Un beso cómodo y dulce y perfecto donde ambos podrían haberse quedado toda la eternidad porque Merlín, era una sensación sublime y casi terrible.

Pronto el beso se erizó y se llenó de ángulos; el amor más dulce pasó a otro tipo de amor, allí, sobre el suelo de la cocina.

Junto a una taza de té que se enfrió en soledad con la luz de la luna llena como único testigo.


—Caballo a E7.

—Te recuerdo que por mucho que le ordenes que se mueva sigue siendo una pieza de ajedrez muggle que no va a ir a ninguna parte.

Draco resopló, cogiendo él mismo la figurita de madera y desplazándola a la casilla antes mentada.

—Recuérdame por qué estamos jugando con un jodido ajedrez muerto e inútil.

Hermione sonrió, cruzando las piernas sobre la cama y acariciándose el vientre, muy ligeramente curvado bajo el vuelo de la camisa.

—Porque un ajedrez mágico podría dejar rastros, y nadie debe saber que he estado aquí fuera del horario de visitas. No solo me metería en problemas yo, sino que tú también.

Draco sonrió, observando el siguiente movimiento de Hermione con un alfil.

—Aún no puedo creerme que la perfecta Granger esté rompiendo las normas por mí.

Ella alzó la mirada y lo fulminó seriamente. Por la ventana entraba algo de luz lunar, pero la iluminación de la habitación provenía mayoritariamente de la lámpara de la mesita de noche, que hacía que todo pareciera particularmente blanco y fantasmal.

—Sabes que puedes llamarme por mi nombre, ¿verdad? —preguntó ella. Draco se encogió de hombros.

—Creo que me gusta más Granger. Prefiero reservar "Hermione" para otros momentos.

Aunque no lo dijo mirándola, no pudo evitar sonreír pícaramente al añadir ese último comentario, y no le hizo falta levantar la vista del tablero para saber que ella había enrojecido.

Era tan sencillo hacer que se ruborizara…

—Draco. —Su voz pensativa lo distrajo de la próxima jugada. La miró con curiosidad y vio cómo se mordía el labio—. ¿Estás…? ¿Lo estás llevando bien?

Él hizo una mueca.

—Claro. Me apasiona estar aquí encerrado y no poder salir. ¿Quién no adora seguir tratamientos absurdos y atiborrarse a pociones que no necesita? ¿No te gustaría a ti saber que ni siquiera estarás para ver nacer a tu propio hijo?

Hermione frunció el ceño y llevó protectoramente ambas manos a su vientre, donde crecía el resultado de una noche de pasión sin las debidas precauciones.

—No hace falta que seas cruel, ¿sabes? Además, ya te lo he dicho: Tylor conseguirá que te dejen salir durante un par de horas cuando nazca, para lo que aún faltan meses.

—Genial. ¡Ahora me siento mucho mejor!

—¡Baja la voz! ¿Tengo que recordarte otra vez que no puedo estar aquí?

—Venga ya, como si fuera la primera vez que te quedas —gruñó él, devolviendo la vista al tablero con los puños apretados. Ella resopló.

—Sí vas a ser así de imbécil cada noche que me quede, dejaré de hacerlo. ¡No es como si no fuese un problema para mí cada vez que tengo que escabullirme por la mañana sin que nadie me vea!

—Vaya, ¡cuánto lo siento! Si tan terrible es venir a verme, de veras, no te sientas obligada a seguir haciéndolo. No te necesito aquí, ¿lo entiendes?

Tan pronto como lo dijo, Draco se arrepintió. Apretó con fuerza los labios al ver que ella se enderezaba de golpe. En sus ojos marrones centelleó la magnitud de la herida y, sin decir palabra, Hermione se puso en pie y se dirigió a la puerta.

Sus dedos ya se habían cerrado sobre el pomo cuando la mano de Draco se posó en la puerta, manteniéndola en su sitio e impidiendo que ella la abriera.

Hermione se giró despacio y se encontró atrapada entre la madera y el cuerpo de Draco. Él vestía el uniforme propio de los pacientes del IMEM, aunque con algunas concesiones: la camisa tenía desabotonados los primeros tres botones, y salía descuidadamente por fuera de los pantalones.

Hermione nunca entendería cómo Draco era capaz de parecerle atractivo incluso con esa ropa, pero no tenía nada que objetar al respecto.

Ese no era, sin embargo, momento para pensar en tonterías: los ojos del mago centelleaban con lo que parecía ser una lucha interna, y Hermione aguardó pacientemente con los brazos cruzados y la barbilla alzada.

—Lo siento —gruñó por fin, y ella enarcó ambas cejas. Draco resopló, revolviéndose el pelo—. ¡Lo siento! No lo decía en serio. Lo sabes. Es este maldito sitio. Me está volviendo loco de verdad.

—Yo no tengo la culpa —señaló ella, masticando despacio las palabras. Draco bufó.

—Ya lo sé, joder. Y ya me he disculpado. Pero tienes que entenderme: no soporto estar aquí atrapado. Es desquiciante.

—Y lo comprendo, Draco. Pero si no empiezas a controlar tu mal genio, dejaré de venir a visitarte —lo reprendió ella, regresando a la cama y sentándose de nuevo junto al tablero. Draco esbozó una sonrisa socarrona.

—Como si pudieras vivir sin mí.

—No soy yo la que suplicó para que me quedara de vez en cuando a pasar la noche —replicó Hermione mordazmente. Él bufó y se colocó otra vez en su sitio de antes, al otro lado de la cama. Movió una torre y optó por no responder.

Pasado un rato, y tras varias jugadas en las que quedó patente que el ajedrez no era el fuerte de Hermione, Draco preguntó:

—¿Sabes algo de mi padre?

Cuando ella tardó demasiado en responder, Draco levantó la vista, y descubrió que ella se estaba mordiendo el labio inferior. Lo cual significa que estaba nerviosa.

¿Nerviosa por qué?

—Pues… de hecho sí.

Draco frunció el ceño.

—¿Y por qué me lo dices con miedo?

Hermione cogió aire antes de responder a bocajarro.

—El otro día Harry nos llevó en coche a Theo y a mí a Malfoy Manor y tu padre me invitó a tomar un té en el salón. Pude hablar con él y comprobar que se encuentra bien, no parece estar abusando del alcohol como Theo y tú temíais.

La expresión estupefacta de Draco no varió un ápice durante unos instantes.

—¿Qué? —espetó finalmente. Hermione dejó salir todo el aire que había estado conteniendo en los pulmones.

—Que el otro día Harry…

—¡No! No me refería a que me lo repitieras. Joder, ¿se puede saber qué me he perdido? ¿Desde cuándo llamas "Theo" a Theo? ¿Qué demonios hacía él dentro de un jodido coche? ¿Por qué cojones os llevó Potter a mi casa? No, mejor aún: ¿cómo crucios se te ocurrió que entrar en Malfoy Manor y hablar con mi padre era una buena idea?

Hermione lo detuvo alzando ambas manos.

—Respira. Demasiadas preguntas. —Draco se calló, pero siguió mirándola con el ceño fruncido. Hermione cogió aire antes de responder—. Lo llamo "Theo" desde que Daphne y él empezaron a quedarse charlando conmigo en alguna cafetería del Callejón Diagón después de venir a visitarte todos juntos. Estaba dentro de un coche porque, aunque no espero que comprendas los pormenores de la conducción muggle, créeme cuando te digo que ir encima o debajo del vehículo en cuestión suele ser particularmente incómodo, además de peligroso. Harry nos llevó porque yo se lo pedí, dado que teníamos que llevar un montón de cosas a tu casa y mediante la aparición hubiera sido muy engorroso.

—¿Qué cosas?

—Aún no he acabado con la tanda anterior de preguntas, ¿quieres esperar y dejar de añadir más? —protestó Hermione. Draco entrecerró los ojos, conteniéndose para no replicar con algún comentario mordaz, y ella prosiguió—. Cosas como comida de parte de Parkinson, capas nuevas que mandó Daphne, pociones para dormir de Tylor… Entre todos están cuidando mucho de tu padre. —Draco no dijo nada, pero se sintió silenciosamente agradecido con sus amigos—. Se suponía que yo iba a acompañar a Theo solo hasta la entrada de tu casa, pero tu padre salió a recibirnos.

—¿Y no os matasteis mutuamente? —preguntó Draco con diversión—. Tengo mis serias dudas de que sus prejuicios contra los hijos de muggles se hayan difuminado siquiera un poco…

Hermione no pudo dejar de notar que él había dicho "hijos de muggles", y no "sangresucias". Contuvo a duras penas una sonrisa y se enfocó de nuevo en la conversación.

—En realidad, y aunque fue una situación increíblemente tensa, he de decir que tu padre se comportó muy correctamente. No es que se deshiciera en derroches de amabilidad, pero me invitó a pasar y a beber un té en el salón con Theo y con él. Sé que fue por estricta etiqueta y protocolo, no porque realmente quisiera verme a mí manchando su purísima mansión de esmeraldas y sus tazas de té bañadas en plata con mi despreciable sangre muggle, pero supe apreciar su esfuerzo.

Draco prácticamente se revolcaba de la risa ante el retorcido humor con el que Hermione relataba lo ocurrido.

—En realidad, no creo que sea viable construir una mansión únicamente con esmeraldas —apuntó, divertido—. Aunque he de reconocer que estamos en posesión de dos juegos de té de plata, uno de ellos con incrustaciones de zafiros.

—Por supuesto, cómo no —resopló Hermione, poniendo los ojos en blanco.

—¿Debo suponer que declinaste el ofrecimiento?

—Evidentemente. Lamento comunicártelo, pero tu casa no es mi lugar preferido del mundo.

—Pues deberías ir acostumbrándote. Mi hijo tendrá que conocer a su abuelo en algún momento, ¿no?

Hermione sonrió y bajó la cabeza. Aún no podía creerse que fuera a tener un hijo con Draco Malfoy. Todo había sido demasiado apresurado, demasiado repentino.

Y, sin embargo, no podía dejar de sentir que era lo correcto.

Si eso no era amor, no sabía ya qué podía serlo.

—¿Sabes algo de Blaise y Pansy? —preguntó Draco distraídamente, pensando su próxima jugada. Hermione se encogió de hombros.

—No, la verdad. Lo siento, pero con ellos no hablo demasiado. Solo sé que Daphne me comentó algo acerca de que están planeando traer a su hija clandestinamente para que puedas conocerla.

Draco bufó.

—Aún no entiendo esa gilipollez de que no estén permitidas las visitas de bebés… Eso de que sus llantos pueden molestar a otros pacientes es una tontería. Seguro que esa estúpida regla no está escrita en ninguna parte y se la han inventado solo para joderme.

Ella sonrió sin hacer ningún comentario. Continuaron un rato más en silencio hasta que Draco volvió a hablar.

—Sigue pareciéndome francamente perturbador que estés haciéndote amiga de mis amigos.

—Ya te lo he dicho, solo de Theo y Daphne —respondió ella, encogiéndose de hombros—. Son agradables, nada prejuiciosos, inteligentes…

—Sí, sí, sé cómo son. Pero no esperes que cuando salga de aquí yo vaya a hacerme amiguito también de San Potter y Weasley…

—Merlín no lo quiera…

—… y tampoco de Lunática Lovegood, el descerebrado de Longbottom o la otra Weasley. Circe bendita, alguien debería parar esto: ¿realmente nadie se da cuenta de que hay una sobrepoblación de Weasleys por todas partes?

Hermione resopló, volteando los ojos.

—¿Cuántas veces seguidas puede usarse un mismo chiste antes de asumir que está ya extraordinariamente desgastado?

—No lo sé. ¿Cuántos hijos más pueden tener los Weasley antes de que el Reino Unido considere regalarles otra casa para que no tengan que dormir todos juntitos en la misma habitación?

Hermione entrecerró los ojos, dirigiéndole una mirada asesina mientras se presionaba el puente de la nariz. Draco podía ser a veces verdaderamente irritante, sobre todo cuando se metía con sus amigos. Pero, para ser sincera, ella lo prefería así —burlón, infantil, arrogante, idéntico al Draco que había conocido en Hogwarts— a cuando se encerraba en sí mismo y no dejaba que nadie leyera en su interior. Ni siquiera ella.

—Oh, lo olvidaba. El otro día me acerqué a la habitación de tu madre.

Hermione alzó la vista hacia él, sorprendida.

—¿De veras?

—Sí, bueno… —Draco frunció el ceño hacia el tablero, evitando mirarla. No tenía ganas de revelar que, a veces, cuando se sentía solo e impotente entre las cuatro paredes de esa habitación, huía a la de la señora Granger y le hablaba de sus pensamientos dispersos como si fuera su propia madre; como si ella pudiera escucharlo—. El caso es que, al entrar, ella… ladeó la cabeza.

Hermione pestañeó.

—¿Perdón?

—Eso. Que ladeó la cabeza hacia mí. No me miró, pero ese gesto… fue como si pudiera escucharme, ¿entiendes? Como si me hubiera oído abrir la puerta.

—Pero… eso es imposible. Ella no responde a ningún estímulo externo —murmuró Hermione, perpleja. Draco sonrió.

—Se ve que yo soy un estímulo externo memorable, digno incluso de respuesta. Eso, o que el Oro de Dragón por fin está haciendo efecto, que es la explicación que Tylor sugirió cuando se lo comenté.

Draco la miró y se estremeció al ver su expresión de asombro y fascinación. Ansiosa, Hermione se inclinó hacia él.

—¿E hizo algo más? ¿Volvió a moverse? ¿Te miró?

—No —respondió Draco, sintiéndose vagamente culpable por no poder darle el "sí" que ella deseaba escuchar. Cuando la ilusión se deshizo lentamente en los ojos de Hermione, Draco se apresuró a continuar—. Pero es cuestión de tiempo que empiece a hacerlo. Esto demuestra que el Oro de Dragón realmente funciona, así que solo tenemos que ser pacientes.

Hermione se mordisqueó el labio inferior de nuevo y asintió quedamente.

—Ha tardado meses en empezar a hacer efecto —dijo en voz baja—. Se suponía que tenía que ser instantáneo.

Draco se encogió de hombros.

—Mejor tarde que nunca, ¿no?

Hermione cabeceó, inspirando hondo y decidió que, por primera vez, Draco estaba siendo el optimista, y eso era algo que debía aprovechar. Decidió olvidarse del asunto hasta que pudiera ir a ver a su madre al día siguiente, y movió de sitio su dama blanca. Draco resopló.

—Joder, Granger. Lo único que Weasley hacía bien era jugar al ajedrez, y ni siquiera se le ocurrió enseñarte. Esta va a pasar a la historia como la peor jugada jamás llevada a cabo.

—¿Y eso por qué? Seguro que no ha sido tan mala —protestó ella, cruzándose de brazos. Draco la miró enarcando una ceja e hizo caer el rey de la bruja con su propia dama.

—Jaque mate, Granger.

Ella miró un par de segundos su rey caído antes de encogerse de hombros.

—Supongo que el ajedrez no es lo mío.

—Increíble —sonrió Draco—. Estás admitiendo que no eres la mejor en todo.

—No seas tonto. Nadie es el mejor en todo.

—Yo sí —discrepó él. Hermione chasqueó la lengua y le dio un golpe suave en el brazo, pero Draco la atrapó por la muñeca y tiró de ella hasta tumbarla en la cama.

Todas las piezas de ajedrez que seguían en pie cayeron con un tintineo sobre el tablero de madera, pero ni Draco ni Hermione les prestaron atención. Él se colocó a horcajadas sobre ella, sujetándola ahora por ambas muñecas y disfrutando de sus inútiles intentos de escapar. Con una sonrisa socarrona, Draco se inclinó hasta que sus narices se tocaron, y entonces Hermione se detuvo de golpe.

Perdiéndose en la cálida inmensidad de sus ojos color miel, Draco se encontró a sí mismo pensando que, quizás, su vida no estaba totalmente echada a perder. Tal vez aún estuviera a tiempo de ser feliz, y todo cuanto tenía que hacer por el momento era demostrar que era lo suficientemente fuerte como para resistir cuatro años y medio más. Podía hacer eso. ¿Y después? Saldría de ese jodido manicomio, y fuera habría gente aguardando su llegada.

Su padre, sus amigos.

Hermione.

Su hijo.

—Prométeme que me esperarás —murmuró Draco, repentinamente serio. Sabía que debía de sonar patético y ansioso, pero no le importaba. Hacía tiempo que había entendido que hacerse el duro servía de bien poco con ella.

Vio el brillo de comprensión en sus ojos, pero ni una gota de compasión.

Otra de las muchas razones por las que la necesitaba desesperadamente: porque ella, al igual que él, estaba rota. Y lo entendía como nadie más lo hacía. Así que le daba su apoyo, pero jamás su lástima.

Y eso lo hacía más fuerte y le ayudaba a recuperar su orgullo marchito.

—Ya te lo dije —susurró ella. Su aliento caliente subía como espuma hasta los labios de Draco, situados a solo un par de centímetros de los de ella. Sus ojos se estudiaban entre ellos, gris contra marrón, mercurio contra miel—. Te esperaré, lo prometo. Draco… te quiero.

No era la primera vez que se lo decía. Lo había hecho ya dos o tres veces antes, pero Draco jamás había respondido. Él no recordaba haber pronunciado esas palabras nunca a nadie que no fuera su madre, e incluso a ella había dejado de decírselo cuando había empezado a ir a Hogwarts.

Sin embargo, Hermione no parecía ni remotamente preocupada por el silencio de Draco. Él tenía otras formas de expresarse, y eso era algo que ella entendía y aceptaba.

Por eso, cuando Draco inclinó la cabeza y unió por fin sus labios, Hermione supo leer en ese beso todo lo que él no se había atrevido a decir con palabras.

Porque esos besos eran distintos a todos los demás. Eran besos especiales, más lentos, más delicados, más frágiles; cuidadosos y llenos de dedicación, de verdades, de un fuego calmado que no ardía. Besos que podrían haberse roto con una facilidad aterradora, pero que nunca se rompían, porque siempre crecían y acababan transformándose en un incendio en el que sobraba la ropa.

Y aunque Hermione nunca dejaba de resistirse a dejar que Draco la arrastrara bajo las sábanas de su habitación del Instituto alegando que cualquiera podría descubrirlos, su oposición nunca era lo suficientemente fuerte: Draco le hablaba de placeres insospechados con cada beso, y Hermione quería conocer todos esos lugares prohibidos y exhalar todos esos suspiros que Draco le prometía con cada caricia.

Estaban rotos, sí. Y ni siquiera juntos podrían curarse del todo. Su condena era esa: siempre les faltaría algo. Pero, si podían darse la mano y entregarse el uno al otro, mirar adelante no parecía tan terrible ni aun estando incompletos.

Lo sabían.

Y por eso se buscaban una y otra vez.

Y se besaban.

Y se unían.

Y mientras un hombre y una mujer se encontraban por fin en una cama de la habitación 38 del Instituto Mágico del Estudio Mental, un par de ojos verdes contemplaban fijos el firmamento desde la ventana de la habitación 27.

Jean Granger, sentada en esa silla a la que nadie la había visto nunca desplazarse, con las manos sobre el regazo y la mirada fija como si sus ojos fueran de cristal, se dejaba enamorar por la magia de la luna llena.

Nadie la veía. Nadie la escuchaba. Pero ella estaba ahí. Ella siempre había estado ahí. Y sabía todo cuanto sucedía a su alrededor. Incluso aunque no pudiera decirlo. Incluso aunque no pudiera moverse y gritar todo lo que llevaba dentro.

Por eso, consciente de que su hija había encontrado a alguien tan herido como ella, Jean Granger respiró en paz por primera vez.

Y sonrió.


N/A. Ya está. Damas y caballeros, ahora sí: este es el fin.

No sabéis lo conmocionada que estoy. No me puedo creer que YCTC se haya acabado. Estoy desolada, en serio xD Llevo escribiendo este fic desde septiembre, y pensar que no voy a volver a actualizarlo me apena muchísimo. Quiero recordaros a todos que el fic de extras ya tiene título: se llama Cordura consumida, y podréis encontrar el primer capítulo publicado en mi perfil en breves instantes. Si creéis que vais a echar de menos YCTC y queréis saber más de los personajes de este fic, solo tenéis que ir allí: atiendo cualquier sugerencia de escenas perdidas o spin-offs de personajes aleatorios sin ningún problema. Además, MrsDarfoy ha hecho una portada preciosa para ese fic, así que TENÉIS que ir a verlo.

Por lo demás, estad atentos a las noticias: mi próximo Dramione largo es ya una realidad, y está en proceso. Por lo pronto tengo la portada (cortesía también de MrsDarfoy), unas cuantas escenas y todo el guión pensado. Aún faltan varias semanas para que empiece a publicarlo, pero hasta entonces podréis saber de mí a través de Cordura consumida y de La misma historia de siempre, Dramione al que pienso dedicarme por completo ahora que ya no tengo YCTC.

De todas formas, si estas no os parecen formas suficientes de saber de mí, recordad: podéis escribirme mensajes privados por aquí o agregarme en Facebook (soy MeriAnne Abévaz). En Potterfics me llamo MeriAnne Abevaz, y en Twitter soy MeriAnneBlack. No tiene pérdida, ¿verdad? Además, podéis pedirme mi correo en cualquier momento y os lo daré sin problema para que podamos charlar. Sabed que me encanta conoceros, y siempre es un placer hablar con vosotros, tanto de Dramiones como de cualquier otro tema que os interese :)

Quiero dar las gracias encarecidamente a todo el mundo. Llevamos 230 Favs, 265 Follows y 557 reviews, muchísimo más de lo que podía soñar. Además, hemos conseguido un montón de nominaciones en los Amortentia Awards: ¡seguro que logramos llevarnos algún premio!

Gracias de corazón a todos los que me habéis acompañado en el camino hasta aquí. Sois increíbles, de verdad que sí. Por ello, voy a pediros un favor: vuestro último review. No solo a los que siempre habéis comentado fielmente capítulo a capítulo, o a los que os habéis manifestado esporádicamente: a todos. Sé que es un esfuerzo y que no está bien pedir comentarios, pero me encantaría saber cuál ha sido vuestra opinión global del fic, tanto la opinión de los que ya conozco como la de los que habéis sido fantasmas leales pero silenciosos xD Es importante para mí saber en qué puedo mejorar, cuáles son mis puntos fuertes y débiles y qué os ha parecido esto. Gracias por adelantado a todos los que os animéis a hacerme este favor.

Por último, pero no menos importante, un abrazo gigantesco a todos los reviews del último capítulo:

LadyChocolateLover, PamEspaillat, flopymoon, MrsDarfoy, Doristarazona, Guest anónimo 1, Annykzhenn, xaf, Pauli Jean Malfoy, Tayler-FZ, Carmen, SALESIA, Camila Anahi842, Mantara, damalunaely, miicaadela, bellanatura1979, azulitaleka, crazzy76, K-Jerusha, dianetonks, alerejon, LidiaaIsabel, vairee, , Ale Malfoy BlackDagger, CumulusMale, Marycielo Felton, linithamonre77 y MEPJ.

Gracias. De verdad. Gracias a todos. Solo puedo decir eso.

Hasta pronto. Sí, hasta pronto. Lo siento, no creo en las despedidas. Así que sé que esto no es una.

Es solo un hasta pronto, como tantos otros. Volveremos a vernos.

Un fuerte abrazo,

MeriAnne Black

PD/ Deja review. Solo pido eso. Dime lo que sea, pero dime algo, o si no temo que la curiosidad consuma mi cordura.