*El mundo de la espada de la verdad pertenece a Terry Goodkind. Yo solo hago historias con él xD*

I.

A pesar de tener tan corta edad, él lo sabía. Vivir en el castillo de D'Hara se lo había dejado más que claro. Él no era igual que todos los niños…

Su madre había muerto cuando era mucho más pequeño, pero él era muy feliz dentro de ese palacio. Era feliz con toda esa gente que se inclinaba, lo llamaba "Alteza" y le llevaban regalos, así como también era feliz con los cocineros que siempre le guardaban algún dulce y se lo daban a escondidas de los hechiceros encargados de criarle. Su vida era perfecta, sí… tenía todo lo que un niño de 5 años, como él, podría desear. Excepto por…

Ese día todo el castillo se encontraba aturdido. La gente limpiaba todo hasta dejarlo reluciente, los soldados no dejaban sus puestos y los cocineros preparaban los más excelsos manjares…

Panis Rahl llegaba de un largo viaje por las tierras medias que había durado años. Años extendiendo la guerra. Años intentando ampliar los territorios de la gran y poderosa D'Hara.

Y él…

Se encontraba escondido en sus aposentos, temblando de miedo…

Lo odiaba y lo amaba a la vez.

Lo amaba porque eso era lo que le decían que tenía qué hacer. Lo amaba porque era la única familia que tenía. Pero lo odiaba porque nunca jugaba con él, nunca le daba un abrazo y porque nunca le mostró cariño alguno.

—Su alteza- Una doncella fue a buscarlo –El padre rahl lo espera en la sala del trono. Acompáñeme, por favor-

El niño fue, temblando de miedo, tras de la jovencita. Ella era muy cordial con él, a veces le leía cuentos en la biblioteca y también le regalaba dulces traídos desde su pueblo natal.

Nada más entrar, Panis rahl lo recibió con una hermosa sonrisa. Sonrisa que asustó y puso alerta al pequeño. La doncella se volvió, cruzó la puerta y la cerró, dejándoles solos.

—Me alegro mucho de verte, hijo mío- Panis Rahl le sonrió al pequeño, quien mantenía la cabeza gacha –Vamos, ven, ven y saluda a tu padre-

Darken Rahl subió los escaloncillos del trono y se puso de rodillas delante de él, a punto de recitar la plegaria.

—No, no. Nada de eso-

Panis Rahl tomó al pequeño de los hombros y lo ayudó a levantarse. A continuación, lo tomó en brazos y lo sentó en su regazo. El pequeñito estaba completamente atónito, no sabía cómo reaccionar.

—Estoy muy feliz de haber regresado a casa, hijo mío. ¿Y sabes qué es lo mejor? Que he regresado con buenas noticias. Fui donde un gran y poderoso profeta, que ha vaticinado grandes cosas para tiempos futuros. ¿Y sabes qué me ha dicho?-

—¡què ha dicho el profeta, padre?- Preguntó el niño con voz temblorosa. Sus ojos azules miraban asustados por todas partes, esperando que su padre no le hubiera preparado aalguna tortura que estuviera escondida por ahí.

—Ha dicho que, algún día, tendré otro hijo… un hermanito para ti, mi primogénito. ¿Pero sabes qué más ha dicho?-

El pequeño Rahl estaba sonriendo. Siempre quiso tener a alguien más para jugar, con los grandes no era lo mismo. Así que, atento, escuchó:

—¡Que ese hermano tuyo, lo que hará es destruirte! ¡Será el buscador y te matará, enviándote de una vez por todas al submundo!-

Escuchar eso fue suficiente como para que Darken rahl se diera cuenta que su progenitor lo odiaba y mucho más. Fue suficiente como para que él se diera cuenta que ese tirano iba a hacer todo lo posible por engendrar otro hijo. Panis Rahl seguía hablando de que estaba poseyendo a más mujeres, de que le habían regalado doncellas vírgenes mientras iba saqueando las naciones que atacaba, pero Darken Rahl ya no escuchaba eso.

Él había quedado marcado de por vida, obligado a no confiar, a no amar, a no tener piedad…

Y es que así eran las cosas…

A sus 5 años, Lord Darken Rahl entendió que tendría qué matar si quisiera vivir…

*Continuará*