*El mundo de la espada de la verdad / la leyenda del buscador pertenece a Terry goodkind. Yo solamente creo historias con él*

II.

El palacio del pueblo era enorme.

Desde que la madre confesora Serena había hecho ese pacto con Panis rahl, en el cuál se les daría todo para ser adiestradas, ellas estaban expectantes por llegar. Ahora veía a qué se referían las mayores.

Y entonces, se separó del grupo y empezó a caminar por sí sola. De pronto ya no supo donde estaba. Los caminos eran muchísimos y lo único que tenía que era diferente de los pasillos, eran unas escaleras que la llevarían hacia un piso más abajo. Entonces, más por curiosidad que otra cosa, decidió bajarlas. Ya luego vería a la madre confesora o encontraría a sus pequeñas compañeras. Ni si quiera le importó que la fuesen a regañar por lo que estaba haciendo.

El lugar era obscuro, muy obscuro. No supo cuánto rato estuvo caminando, el punto es que de pronto, vió una luz que cada vez se hacía más y más grande. Fue hacia allí, esperando encontrar a alguna persona. Escuchó un ruido y se quedó quietecita, para saber qué era. Entonces lo supo.

Era el llanto de un niño.

Su padre lo había quemado con fuego de mago. Y ardía, ardía hasta los huesos.

Unos cuántos hechiceros lo habían curado, pero eso no evitaba el dolor. Le dijeron que duraría, pero por todos los espíritus, eso era un maldito infierno y el pobre solamente deseaba que eso acabara lo más pronto posible.

Lo tenían amarrado para que no tocara sus heridas y no le dejaban salir de donde se encontraba. Estaba furioso, no entendía porqué su padre había hecho eso. Todo el mundo decía que el fuego de mago era una cosa peligrosísima. Nadie venía a divertirlo, a jugar con él. Incluso para comer necesitaba ayuda y la mayor parte del tiempo la pasaba solo. Desde que se decía que las confesoras llegarían, los criados estaban más ocupados que de costumbre

Entonces, la vió. Entró sorprendida a la estancia donde él estaba. Claramente, ella se encontraba perdida.

—¿Eres una confesora?- Preguntó a bocajarro.

—¿Porqué lloras?- Preguntó ella con una vocesita infantil. Claramente se le veía preocupada por él.

—Estoy herido. Me castigaron con fuego de mago y ahora estoy aquí- le contestó.

Ella se le acercó y le acarició la mejilla. Él se relajó ante su presencia y se miraron a los ojos.

—Soy una confesora- Ella dijo con orgullo –La madre confesora Serena dice que voy a convertirme en alguien que cuide a las tierras medias, junto con mis compañeras-

—Ya veo- Contestó él –Espero seamos amigos- Le sonrió cordialmente. Esa visita incluso lo hizo olvidarse un momento de que sentía mucho dolor.

—cuando te liberen, te prometo que jugaré contigo. ¿Conoces todo el castillo en serio? ¡Es muy grande!-

—claro que conozco el castillo, vivo aquí- él rió –Te prometo que cuando salga de aquí, jugaremos juntos. ¡tienes qué conocer el jardín de la vida! Es mi lugar favorito del castillo. Te lo mostraré todo-

—¿Qué haces aquí?- Una de las hechiceras que cuidaba a darken Rahl entró a la estancia –Seguro tú eres la pequeña a la que la madre conesora busca, se encuentran preocupados por ti. ¿mi señor, le ha hecho daño?-

—no me ha hecho daño, es muy agradable-

—Niña, hazle una reverencia a su alteza. Después te he de llevar con la madre confesora-

Él se entristeció. Verla lo había ayudado mucho y ahora ella tendría qué irse. No quería que se fuera, pero sabía que la hechicera no la dejaría estar ahí más tiempo. Sin duda esperaba que pudieran ser amigos. Se le veía intimidada. De pronto él pensó que era mejor así, cuando ella ni si quiera sabía que él era un príncipe.

—¡me llamo Cyndi! ¡Por favor no me olvides!- Dijo cuando la hechicera la llevaba de la mano para con sus compañeras.

*Continuará*