Siento el retraso. El comienzo de año está siendo agotador y me ha costado sacar tiempo y reunir la inspiración necesaria para continuar. Me temo que con este capítulo todavía no he logrado cubrir todos los acontecimientos del 4º libro pero es que resulta que me entra una verborrea incontenible cuando me pongo a escribir sobre el baile de Navidad...

En cualquier caso, creo que en el capítulo anterior se me olvidó porque soy una desgraciada pero, UN MILLÓN DE GRACIAS POR VUESTRO APOYO. Cada review me alegra el día y me da fuerzas para continuar con esta historia :)


Capítulo V

I don't know what to do
When she makes me sad

But I won't let this build up inside of me
But I won't let this build up inside of me

Las vacaciones de Navidad se aproximaban y con ello el Baile que se celebraría con motivo del Torneo de los Tres Magos y el cuatrojos. Draco, además, tenía un motivo extra para desear que llegaran las vacaciones: librarse de las clases con Moody durante una temporada.

La excitación flotaba en el ambiente y todo el mundo estaba inmerso en la búsqueda de una pareja para el baile. Draco no estaba preocupado, claro, pero dudaba que Gregory y Vincent encontraran con quien ir. En cualquier caso, ellos parecían más interesados en el menú de la fiesta que en ir acompañados.

En cuanto a él, iría con Pansy. No se lo había pedido exactamente pero le había hecho saber que llevaría una túnica de gala de terciopelo negro, para que ella vistiera en consonancia. Pansy había soltado una risita que a Draco le resultó tan ridícula como graciosa y dijo que tenía una túnica perfecta para la ocasión.

Después de aquello, Draco consideraba que no era necesario darle más vueltas al asunto, pero el baile parecía haberse convertido en el tema favorito de Pansy. Lo único bueno de eso era que se había olvidado del estúpido artículo de Rita Skeeter.

Además, era muy divertido ver cómo todo el mundo se ponía nervioso a medida que se acercaba el día porque aún no tenían pareja. Draco se lo pasó en grande viendo las caras de angustia con la que Potter y Weasley observaban a todas las chicas que pasaban cerca de ellos durante el recreo. El pánico en el tonto rostro de Potter era tan obvio que Draco se convenció por completo de que lo de su supuesta relación con la comelibros era sólo un invento de Skeeter.

En lo que respectaba Granger, ella parecía ajena a la expectación y ansiedad reinante en el ambiente. Draco imaginaba que un baile con seres humanos debía resultarle muy poco interesante. Seguro que ella preferiría pasarse la noche en la biblioteca con su verdadero novio: un libro.

No obstante, cabía la posibilidad de que su comportamiento fuese sólo un mecanismo de defensa, ya que ni Potter ni la Comadreja estaban dispuestos a ir a la celebración con ella, a pesar de su evidente desesperación por encontrar pareja.

Faltaba aproximadamente un mes para la fecha señalada cuando sucedió algo que enturbió un poco la felicidad de Draco.

Estaba sentado en la mesa de Slytherin con Krum a su lado, como era habitual. No podía decirse que fueran exactamente amigos (el búlgaro era demasiado huraño y callado) pero estaba claro que era lo suficiente listo como para saber con quién debía relacionarse si quería medrar en Hogwarts. Draco sentía curiosidad por saber con quién iría al baile, porque ya le había visto rechazar hoscamente al menos a media docena de chicas (y hasta a algún chico que otro) de todas las casas, edades y colegios. La única explicación que encontraba a tal hecho era que ya tuviera pareja. Quizás se tratara de Fleur Delacour, al menos es a quien Draco llevaría de estar en su lugar, pero no se atrevía a preguntárselo.

Tenía el presentimiento que sólo recibiría un ceñudo silencio por respuesta si se aventuraba a hacerlo. La mayor parte del tiempo, Krum se comunicaba con gestos y miradas. La frase más larga que Draco le había oído pronunciar fue en su idioma natal y no tenía más de cuatro palabras.

Por eso le sorprendió que Krum le hiciera una pregunta.

—Aquella chica… ¿quién es? —susurró, con su áspera voz.

Draco siguió la dirección de su mirada y vio a la sabelotodo dirigiéndose a la salida del comedor en ese momento, un poco encorvaba bajo el peso de una mochila rebosante de libros.

—¿Qué chica? —barbotó, estupefacto — ¿Te refieres a Hermione Granger?

Draco consideraba que llamarla chica era ser generoso. Pero Krum, lejos de desmentir su terrible sospecha, asintió y se dedicó a contemplarla con gran intensidad al tiempo que murmuraba un "Herrrr…mion…e" para sí, que sonó como si alguien hubiera rasgado las cuerdas de un violín con un rastrillo.

No podía dar crédito a lo que estaba sucediendo. ¿Era posible que a Krum, el mismo que había rechazado a no menos de una docena de chicas infinitamente más agraciadas que Granger, estuviera interesado en ella?

No, no podía ser. Él no… Ah, pero claro. Krum no lo sabía. Tal vez pensaba que la sabihonda era una sangre pura.

(Una sangre pura muy fea).

Y Draco no sería un buen anfitrión si no lo sacara de su error.

—Debo advertirte que es hija de muggles. Sé que en Durmstang dais importancia a ese tipo de cosas —explicó, buscando una mirada de complicidad en los ojos oscuros de Krum.

Pero él apenas si pareció escucharlo. Seguía observando a Granger, que en ese momento desaparecía por la puerta del Gran Comedor. Había algo en su manera de contemplarla que a Draco le evocó la final del mundial de quidditch, cuando el búlgaro había visto la snitch. Era como si estuviera a punto de lanzarse a por ella.

— Y además es una empollona, se pasa el día en la biblioteca, oculta tras sus libros —añadió Draco rápidamente. Casi se atropelló con las palabras, pero era importante que ese idiota entendiera —Es una sabelotodo, una mandona y es una comelibros. Y por si fuera poco, es la mejor amiga del impostor de Potter. Es más, creo que es su novia.

Su última frase pareció llamar la atención de Krum. Miró a Draco unos instantes y después oteó la mesa de Gryffindor, seguramente en busca de Potter. Al localizarlo, las cejas del buscador se juntaron, ensombreciendo su mirada (y parte de su cara, porque en honor a la verdad, sus cejas eran muy grandes).

No hizo ningún comentario, pero cuando se levantó de la mesa cinco minutos después, Draco estuvo seguro de que el peligro había pasado y Krum había comprendido quién era Hermione Granger.

Al día siguiente, ya había olvidado por completo esa conversación con Krum. Cada vez estaba más seguro de que Granger ni siquiera se molestaría en asistir al baile o que, de hacerlo, se pasaría la noche sentada en una mesa bebiendo ponche de huevo, mientras los demás se divertían. Tal vez aguardando que alguien la invitara a bailar, aunque fuera por compasión.

Otro que tal vez no fuese a la fiesta era el propio San Potter. A fin de cuentas, la primera prueba del Torneo de los tres magos le ofrecía unas buenas posibilidades de encontrar la muerte o quedar gravemente incapacitado.

Draco y sus amigos habían pasado muchas horas especulando sobre en qué consistiría, pero ni en sus más alocados pensamientos se les habría ocurrido que los campeones tuviesen que burlar a un dragón.

Cuando vio a Krum enfrentarse a un Bola de fuego chino, para Draco fue como si hubiesen adelantado la Navidad. Estaba seguro de que el inútil de Potter no superaría la prueba. Tal vez incluso todos podrían disfrutar de ver en vivo y en directo cómo un gran dragón se lo tragaba, gafas incluidas.

Por desgracia, las esperanzas de Draco fueron en vano. A Potter se le ocurrió la idea de convocar su escoba y con ella logró burlar al dragón y conseguir el huevo, sin apenas dañar nada más que su dignidad con unas cuantas florituras de lo más hilarantes.

Después de aquello, Draco estuvo de mal humor durante días. Y las cosas sólo iban a empeorar porque, una noche, saliendo del Gran Comedor tras el trío dorado, no pudo evitar escuchar su conversación (si por no poder evitar entendemos intentar activamente enterarse de qué estaban hablando, por si oía algo que pudiera usar en contra de esos tres).

¿Con quién vas a ir al baile, Hermione? —preguntó Weasel.

Draco tardó unos segundos en procesar lo que esa preguntaba implicaba. ¿Acaso Granger había conseguido engañar a alguien para que la acompañara al baile del Torneo de los tres magos?

No te lo digo, te reirías de mí —espetó ella.

Aquello fue más de lo que Draco podía soportar sin intervenir.

—¿Bromeas, Weasley? ¡No me digas que la sangre sucia ha conseguido una pareja para el baile! ¿La sangre sucia de los dientes largos?

Vale, ya no tenía los dientes largos pero no importaba. Lo único que quería era hacerle daño, ofenderla, hacer que se sintiera miserable porque tal vez así su repentina cólera se calmara. La mera idea de que Granger hubiera encontrado pareja lo indignaba a todos los niveles.

Estaba mal.

Sin embargo, ella miró por encima del hombro de Draco, a alguien que estaba detrás de él.

—¡Hola, profesor Moody! —exclamó Granger, muy alegre

Draco se dio la vuelta de un salto, notando como el color huía de su rostro… para encontrarse el vacío. Un par de alumnos de Ravenclaw estaban parados bajo la puerta del Gran Comedor, pero no había ni rastro del antiguo auror y su siniestro ojo mágico.

Eres un huroncito nervioso, ¿eh, Malfoy? —se burló ella.

Después de eso, los tres se alejaron por la escalinata, entre risas.

Draco se quedó clavado en el sitio, sintiéndose tan humillado como cuando Moody lo transformó en una alimaña. O tal vez todavía más. Porque esa vez la afrenta había venido de Granger. Estaba acostumbrado a ser él quien lanzaba la pulla y a recibir su fingida indiferencia. Por lo general, ella lo ignoraba y si le contestaba, siempre lo hacía manteniendo el control.

Pero esa vez había sido cruel. No había tratado de ganar una discusión: había intentando humillarlo. Y lo había conseguido.

Aquello hizo que su odio por Granger se multiplicara a niveles antes desconocidos. Mientras se alejaba a toda prisa del Gran Comedor, Draco Malfoy comenzó a urdir un plan para vengarse.


Estudios Muggles se había convertido en una asignatura obligatoria para todos los alumnos durante ese curso y Alecto Carrow sería la nueva profesora.

El propio manual de la asignatura ya era en sí mismo toda una declaración de intenciones. No tenía nada que ver con el que Draco había ojeado años atrás en Flourish&Blotts.

En la portada aparecían dos muggles: una niña ojerosa de mirada siniestra vestida con un chubasquero y unas chanclas, y un hombre moreno de mediana edad con un peto vaquero y una enorme arma de fuego en las manos. De no ser por sus atuendos, hubiesen encajado a la perfección en los carteles de Se Busca que habían plagado las paredes de los edificios de Hogsmeade cuando Sirius Black se fugó de Azkaban.

A Draco nunca le había interesado la asignatura y después de presenciar el asesinato de la profesora Burbage hubiera pagado todos los galeones del mundo por no tener que estudiarla, pero no tenía alternativa.

Cuando llegó a su primera clase de Estudios Muggles del curso, descubrió que la compartirían con Gryffindor. Éstos formaban un grupo pequeño debido a las ausencias de Granger, Potter, Weasley y Thomas. Todos tenían cara de estar allí a la fuerza y Draco se preguntó si acaso él luciría la misma expresión.

Apenas cinco minutos después, se dio cuenta de que su aprensión había estado más que justificada. Alecto Carrow le había producido escalofríos en Malfoy Mannor y seguía haciéndolo dentro de una luminosa aula de Hogwarts.

Era una mujer de estatura media, con el rostro pálido e hinchado, como si hubiese paso unos días pudriéndose bajo el agua. Tenía el pelo rojo y unos ojos grises casi incoloros. A Draco siempre le había dado la impresión de que Alecto lo despreciaba, pero ahora se percataba de que miraba a todo el mundo de la misma manera.

Los obligó a abrir el libro en el prólogo, pero en lugar de ordenarles leerlo, se sumió en una larga disertación sobre las razones por las que los muggles eran seres inferiores y debían odiarlos.

—Antes de que ellos hubieran descubierto siquiera el fuego o la rueda, los magos ya usábamos la magia, por eso somos una especie muy superior. Como no podían llegar a nuestro nivel de progreso con sus limitadas habilidades, empezaron a envidiarnos y más tarde a odiarnos. Durante siglos nos han perseguido y asesinado. Aunque sean criaturas primitivas y mentalmente débiles, no debemos olvidar que son peligrosos…

Alecto se interrumpió al ver una mano levantada, una mano que pertenecía a Neville Longbottom. Aquello sorprendió a Draco porque por lo general siempre intentaba pasar desapercibido en las clases.

—¿Sí? —preguntó Alecto, con un tono que no invitaba a contestar.

—Tengo una pregunta. Si los muggles son tan ineptos como usted dice, ¿cómo pueden resultar peligrosos para nosotros?

Aunque la profesora no pareció contenta con la cuestión, sonrió. Pero no con una de las fingidas y dulces sonrisas de Umbridge: la suya era seca y amenazante.

—Por su número. Al igual que las cucarachas, se multiplican por doquier. Incluso un mago adulto y talentoso puede verse en un apuro si lo atacan un centenar de muggles. Además, tienen armas, que ellos llaman 'de fuego', con las que pueden matar a una persona, muggle o mágica, en cuestión de segundos. Pero esa no es la única forma en la que pueden dañarnos. ¿Nunca os habéis preguntado por qué nacen brujas o magos en familias de muggles? ¿Qué produce esa anomalía?

Entonces sucedió algo todavía más extraño que la intervención de Longbottom. Vincent, sentado al lado de Draco, levantó la mano. Era la primera vez en la vida que lo hacía.

—Adelante, Crabbe —lo invitó la mortífaga.

—Los sangre sucia roban su magia a los bebés mágicos, por eso existen los squibs —recitó Vincent, con su aguda voz.

—Efectivamente. Diez puntos para Slytherin.

Draco también conocía la respuesta a la pregunta que Carrow les había planteado y estaba seguro que no era el único. Los panfletos del Ministerio sobre los hijos de muggles estaban por todas partes. El nuevo director había mandado colocar unas alargadas mesas en el hall, llenas de "material informativo" del estilo. Aquello, junto a sus cómics, era una de las pocas cosas que Draco había visto a Vincent leer con interés en su vida. Por alguna razón, que su amigo recitara al dedillo lo que ponían esos folletos hizo que se le helara la sangre.

—Como Crabbe ha explicado, los magos y brujas sangre sucia han obtenido su magia por medios ilícitos. Como bien sabéis, la magia se transmite por la sangre y se va reforzando, generación tras generación de magos. Las familias de sangre mágica más refinada nos dan los individuos de mejor talento. Pero a veces, incluso en el seno de las mejores familias, nacen bebés squibs. Durante siglos han sido motivo de pesares y angustias a muchos magos y brujas de bien, que se preguntaban qué habían hecho mal para recibir ese castigo. La respuesta es nada. O, en todo caso, dejar que sus vástagos estuviesen demasiado cerca de los sucios muggles. Así, aún estando en el vientre de sus madres, algunos muggles se las ingenian para robar la magia a sus justos poseedores y…

Carrow se interrumpió de nuevo. Longbottom había vuelto a levantar la mano y esta vez no esperó permiso para intervenir.

—¿Cómo es posible que un bebé muggle, siendo según sus palabras tan inferior, pueda robar la magia a un bebé mágico?

—Desconocemos cómo lo hacen, pero es un hecho que sucede —replicó Carrow, con voz seca y acerada. Draco reconoció las señales de peligro, pero Longbottom parecía ser demasiado idiota para darse cuenta de cuándo debía cerrar la bocaza.

—Pero si no saben cómo lo hacen, ¿tienen alguna prueba de que eso es siquiera posible? Por esa regla de tres, podríamos culpar a las banshees o a los erklings de que nazcan bebés squibs…

—¿Cómo te llamas? —lo cortó Carrows.

—Longbottom.

—Bien, Longbottom. Te garantizo que durante este curso vas a aprender muchas cosas sobre los muggles, los sangresucia y los squibs. Pero la primera lección que voy a enseñarte es a guardar respeto a tus superiores y a no poner en duda lo que te enseñan.

Y entonces, sacó la varita de la túnica y apuntó con ella al Gryffindor. Todos los alumnos, boquiabiertos, se volvieron hacia Longbottom a tiempo de ver cómo se caía de la silla, con los músculos de todo el cuerpo en tensión y la cara contraída por el dolor. Alecto Carrow acababa de usar una maldición imperdonable contra uno de sus alumnos en plena clase.

—¡No puede hacer eso! —cometió el error de gritar Parvati Patil —¡Déjelo! ¡Le está haciendo daño!

Carrow cesó la tortura y volvió sus fríos ojos hacia Parvati.

—Nombre —demandó.

—Patil —murmuró ella, con un hilo de voz.

—Parece que no has escuchado bien lo que le dije a tu compañero. Déjame que te limpie los oídos.

Y Alecto Carrow movió de nuevo su varita.


Draco tenía un plan para vengarse de la sabelotodo. Le había contado a Pansy que, al parecer, Granger tenía pareja para el baile, y ella había reaccionado tal como había esperado.

—¿Que Hermione Pelo Arbusto Granger tiene pareja para el baile del Torneo? —masculló —¿Cómo es posible? ¿Quién en su sano juicio quiere ir con ella?

—Al parecer es un secreto —comentó Draco, con un tono que pretendía dar a entender que en realidad nada de aquello le interesaba y sólo respondía por satisfacer la curiosidad de su amiga —No se lo ha querido decir ni a sus San Potter y la Comadreja.

—Supongo que su pareja no querrá que se sepa. Es comprensible, yo también querría mantenerlo en secreto si fuese a ir con un cactus así al baile —se mofó Pansy —Me pregunto quién será…

—Ya lo veremos el día del baile… —Draco acompañó sus palabras de un encogimiento de hombros. Pero Pansy no iba a conformarse con eso, y él lo sabía. Contaba con ello.

—De eso nada. Pienso averiguar quién tiene un gusto tan terrible y está tan desesperado —aseguró ella, con un brillo de determinación en la mirada.

Pansy siempre estaba al tanto de los cotilleos, rumores y sucesos de Hogwarts. Tanto era así que alguna vez Blaise se había atrevido a insinuar que era una cotilla, pero ella, lejos de ofenderse, le había respondido que la información era poder.

Así que Draco pensaba dejar que Pansy hiciera el trabajo de investigación y averiguara quién acompañaría a Granger al baile de Navidad y entonces encontraría a ese desgraciado… y se aseguraría de que algo le sucediera unas horas antes de la celebración. Lo petrificaría y metería en un armario de la limpieza, o tal vez le echara un embrujo punzante o crecegranos, que le desfigurara el rostro durante unas horas impidiéndole asistir.

Y después se quedaría contemplando el rostro apenado de Granger, cuando comprendiera que su pareja le había dado plantón por ser una asquerosa sangre sucia y una repelente empollona. Puede que incluso fingiera compadecerse de ella y le pidiera un baile… sólo para reírse en su cara cuando lo aceptara.

Oh, sí, iba a ser una gran noche para él, y pensaba asegurarse de que fuera un desastre para ella. Así aprendería cuál era su lugar.

Sin embargo, a falta de apenas unas semanas para el baile, Pansy todavía no había logrado averiguar quién era el misterioso acompañante de Granger.

—No creo que sea nadie de Gryffindor. Finnigan va con Brown, Thomas con una chica de Hufflepuff, Potter y Weasley con las hermanas Patil… y hasta Longbottom tiene pareja, ¿te lo puedes creer? Va con la chica Weasley. Los gemelos pobretones también tienen acompañantes…. —Pansy mantenía informado a Draco de cada descarte —He pensado que quizás sería ese idiota pomposo de Hufflepuff, Ernie McMillian, pero parece que va con Susan Bones. Casi todo los Gryffindors, Hufflepuffs y Ravenclaws de nuestro curso tienen pareja. Obviamente, Slytherin está descartado así que no sé quién puede ser… ¿Tal vez alguien de Beauxbatons? Aunque lo dudo, no sé qué opinan de la pureza de sangre pero parece que en general tienen buen gusto… En cuanto a Durmstrang, no han traído ni a un candidato sangre sucia al Torneo así que ni siquiera lo veo posible…

Draco tuvo que fingir indiferencia antes las divagaciones y especulaciones de Pansy, aunque por dentro ardía de rabia y frustración. ¿Cómo iba a sabotear a la pareja de Granger si no sabía quién era?

Cuando se despertó la mañana del baile de Navidad, Draco afrontó el hecho de que tendría que vengarse de otra manera. Quizás echar polvos de doxy en el ponche de huevo del acompañante de la comelibros para que se pasase la noche vomitando mientras ella lo esperaba sentada y muerta de aburrimiento. O tal vez echarle un encantamiento de confusión para que se desorientara y acabara en las pajareras. En cualquier caso, tendría que improvisar llegado el momento.

Mientras tanto, no pensaba dedicarle un pensamiento más a su plan. A fin de cuentas, él también iba al baile, y pensaba disfrutarlo.

Hogwarts se había engalanado para la ocasión con la mejor decoración navideña que Draco había visto jamás y se rumoreaba que los setos del jardín delantero estaban llenos de hadas que proporcionaban un "entorno romántico". En otras palabras, muchas parejas pensaban perderse en ellos después del banquete y Draco no iba a ser menos.

Había quedado con Pansy junto a la entrada de la sala común de Slytherin un poco antes de las 8, hora en que se iniciaría el baile de Navidad. Así que se puso la lujosa túnica que había comprado con sus padres en París y se peinó con esmero.

Vincent y Gregory hicieron lo que pudieron, vistiéndose con túnicas de color verde musgo. Blaise tardó como dos horas más que el resto en arreglarse, mientras que a Theodore le llevó cinco segundos.

Cuando llegó la hora acordada, Draco se dirigió a la entrada de la sala común con zancadas grandes y elegantes, consciente de que todo el mundo se volvía a observarle. Había esperando impresionar a Pansy con su entrada triunfal, pero para su disgusto ella todavía no estaba allí. Draco, Vincent y Gregory aguardaron juntos durante más de siete minutos hasta que al final la chica apareció.

Llevaba una túnica rosa palo con volantes, y la cabellera oscura peinada hacia un lado y con mucho volumen. Sus ojos oscuros brillaban de emoción mientras se aproximaba a él. Estaba muy guapa y Draco pensó que quizás sería buena idea adelantar la excursión a los setos llenos de hadas.

Cuando Pansy llegó hasta él y tomó la mano que le tendía, Draco le susurró sus planes al oído. Ella soltó una risita y el rubor subió a sus mejillas, mientras salían de la sala común, encabezando un nutrido grupo de Slytherins.

Cuando llegaron al hall, éste estaba a rebosar de alumnos con sus mejores galas. No llevaban allí más de un par de minutos cuando las grandes puertas de roble de Hogwarts se abrieron, dejando paso a Karkarov y su séquito de estudiantes de Durmstrang. Krum iba a la cabeza, llevando del brazo a una chica muy guapa con un vestido azul. Draco no pudo verla detenidamente pero le dio la impresión de que había familiar en ella. ¿De dónde la habría sacado Krum? No parecía de Durmstrang, ¿tal vez era una alumna de Beauxbatons? Quizás también era medio veela, como Delacour.

La profesora McGonagall se adelantó y convocó a los campeones y a sus parejas a un lado, mientras indicaba al resto de los allí congregados que entraran al Gran Comedor. Por el camino Draco intentó ver mejor a la chica de azul pero estaba de espaldas a él. Tampoco se olvidó de mirar en rededor en busca de la comelibros y su desafortunada pareja, aunque no tuvo suerte.

—¿Dónde se habrá metido, Granger? —le preguntó a Pansy en voz baja —¿Tú las has visto?

Pero ella sólo le respondió con una seca negación y le dio un leve tirón del brazo para recordarle dónde estaban. Draco cuadró los hombros, alzó la cabeza y se adentró en el Gran Comedor caminando como si todo aquello le perteneciera.

Se sitúo en primera fila para ver desfilar a los campeones y aguardó. Los primeros en entrar fueron Diggory y Cho Chang, seguidos por Delacour y Davies. Después entró Potter con la pobre infeliz de Gryffindor a la que había engañado para que lo acompañara. Y por último, Krum con la misteriosa joven de azul de su brazo.

Quizás fuera una ilusión creada por las capas de vaporosa tela añil que formaban el vestido, pero a Draco le dio la impresión de que la chica flotaba. No era muy alta, pero tampoco baja. Tenía un cuello largo y blanco, que un tirabuzón castaño engalanaba con sencillez, y llevaba el pelo sujeto en un elegante recogido.

Y en cuanto a su cara…

Su cara.

Draco sintió cómo toda la sangre huía de su rostro y se le subía a la cabeza. Su corazón se saltó un par de latidos y la respiración se le cortó en seco al reconocerla.

Era Granger.

Era Hermione Granger.

Era la asquerosa sangre sucia.

Sólo que no era asquerosa en absoluto. Estaba cambiada: su aspecto, su pelo, hasta su manera de andar y de moverse era diferente. Esa muchacha que desfilaba con gracia y con una sonrisa tímida en los labios no tenía nada que ver con la rata de biblioteca a la que él quería aguarle la noche.

Ni siquiera fue capaz de pensar nada qué decir, tan sólo se quedó embobado, contemplándola, hasta que Pansy volvió a darle un tirón del brazo, esta vez con más fuerza. Draco se volvió hacia ella atontado, como si acabaran de sacarlo de un dulce sueño. La seca mirada de la chica hizo que se diera cuenta de que probablemente llevaba un rato intentando llamar su atención.

—¡Es Granger! —masculló, furiosa —¡y va del brazo de Krum! ¡Él era su pareja todo este tiempo! ¡No lo entiendo! No tiene ningún sentido, ¿cómo lo habrá hecho?

Pero Draco no contestó. Sus ojos habían vuelto a posarse en Granger, como si ella tuviese un imán. En ese momento los campeones se dirigían a una mesa al fondo del comedor, donde se sentaban los responsables del Torneo de los Tres Magos.

A los pocos segundos, el resto de alumnos buscaron sitio en las docenas de mesas redondas dispuestas por todo el comedor. Draco se dejó guiar por Pansy, todavía un poco aturdido.

La imagen de Granger y su vestido azul parecían habérsele fijado en el cerebro, y ya mirara el elegante mantel que cubría la mesa, la cubertería de oro o el rostro de sus amigos, la Gryffindor se superponía a todo.

Tardó unos segundos en darse cuenta de que él no era el único sorprendido por el cambio radical de Granger.

—Está rara —sentenció Gregory, sin darle más importancia. Las chuletas con guarnición que acababan de aparecer en su plato reclamaban todo su interés.

—Lo único que ha hecho es peinarse —desdeñó Blaise, que no parecía nada impresionado —Sin esa maraña de zarzas rodeándola, parece otra persona.

—No sé —Pansy no parecía satisfecha con esa explicación —creo que ha usado alguna pócima de belleza. Y un filtro de amor, por descontando, ¿cómo si no habría conseguido que Krum la llevara al baile?

Draco ni siquiera participó en la conversación. Fingió leer la carta del menú con mucha atención, como si el tema del que hablaban le aburriera, y con el parapeto que ésta le ofrecía, miró furtivamente hacia la mesa de los campeones. Granger estaba sentada al lado de Krum y escuchaba con mucha atención algo que éste le decía. El búlgaro no era un buen conversador, Draco lo sabía de primera mano, así que la comelibros debía fingir interés porque le gustaba ese idiota.

La mente parecía funcionarle despacio desde que la había visto pero, poco a poco, Draco iba logrando salir de las brumas. Y al aturdimiento inicial empezó a reemplazarlo una enorme y molesta sensación de… ¿rencor? ¿despecho? ¿ultraje?

No sabía definirlo. Pero aquello estaba mal. Se suponía que iba a arruinarle la noche, que iba a vengarse. Pero en lugar de eso estaba espiándola con disimulo, sintiendo un extraño temblor en las entrañas.

Por alguna razón no parecía capaz de dejar de mirarla, aunque contemplarla le causara un sordo desasosiego. Estaba tan absorto en la contemplación que tardó más de la cuenta en notar que Pansy estaba hablándole. Su mohín de disgusto se había acentuado desde la última vez que Draco le había prestado atención.

—¿Qué estás haciendo? ¿Es que no vas a cenar nada? —preguntó. Había cierto tono de sospecha en su voz y una muda acusación en su mirada.

Draco se dio cuenta de que todos amigos estaban observándolo, con cara de confusión. Siendo sincero, esa era la expresión habitual de Gregory y Vincent, pero se sintió incómodo ante Blaise, Theo y Pansy, como si lo hubieran pillado haciendo algo que no debía.

En realidad, contemplar embobado a la sangre sucia, entraba claramente en la lista de cosas que no debía hacer. Así que pidió lo primero que encontró en el menú y tomó la firme determinación de ignorar por completo a Granger.

La cena transcurrió entre animadas conversaciones en las que Draco casi no participó. Sentía la espalda rígida y el cuello tenso, y era consciente por completo de cada uno de sus movimientos. Todo se debía al esfuerzo constante que le suponía tratar de mantenerse atento a lo que sucedía en su mesa, en lugar de desviar la mirada hacia Granger cada tres segundos. Le echó un par de vistazos furtivos a la mesa de los campeones (y todas y cada una de las veces, encontró a la sabelotodo y a Krum enfrascados en una conversación), pero en general consideraba que había logrado su propósito de no prestarle atención.

Pero entonces, Dumbledore se puso en pie y cuando todo el mundo le imitó, el director utilizó su varita para apartar todas las mesas y despejar el gran comedor. Al cabo, Las Brujas de McBeth aparecieron en lo alto de un improvisado escenario y empezaron a tocar una canción lenta para abrir el baile.

Draco se vio arrastrado a la pista por Pansy. Aunque era un buen bailarín (él era bueno en todo lo que hacía), el hecho era que no estaba centrado en el baile. Granger y Krum no estaban muy lejos de ellos, ofreciendo una estampa repugnante.

Él no paraba de pisarla y ella no dejaba de sonreír, como si que el hecho de que un búlgaro torpe y pesado le machacara los pies fuese de lo más agradable. De vez en cuando, la sujetaba por la cintura y la alzaba en el aire, haciendo que su vaporoso vestido pareciese flotar como el pelo de una sirena bajo el mar. Y cuando volvía a posarla en el suelo, sus manos se detenían más de lo necesario en la cintura de Granger que, sin su holgada túnica, parecía fina y esbelta.

Draco se preguntó qué pasaría si aplastara las manos de Krum y le rompiera los dedos. Le gustaría ver cómo atraparía la snitch entonces, cómo aprovecharía la música para tocar a Hermione Granger.

—¡Auch! —gimió Pansy —¡Has vuelto a pisarme! ¿Se puede saber qué demonios te pasa, Draco?

Draco la miró como si hubiese olvidado por completo el hecho de que él también estaba bailando con alguien. Era evidente que Pansy estaba enfadada y a juzgar por su comentario, Draco la había pisado más de una vez sin darse cuenta.

Aquello le hizo espabilar. Si no se controlaba, Pansy empezaría a sospechar, así que aunque todo lo que le apetecía era quedarse parado cerca de Krum y Granger, vigilando lo que hacían, debía comportarse como si le importaran un pimiento.

Mejor dicho: debían importarle un pimiento. ¿Por qué le obsesionaba tanto lo que Granger hiciera o dejase de hacer con ese mentecato? Por él podían casarse y tener todos los hijos cejijuntos que quisieran.

Con ese pensamiento en mente, decidió concentrar toda su atención en Pansy. La cosa fue bien durante dos o tres canciones más, y luego las Brujas de McBeth pasaron a su repertorio más rockero y todo el mundo empezó a saltar y brincar, con lo que se convirtieron en una masa confusa en la que le resultó imposible mantener localizada a Granger.

Cuando Draco consideró que ya se había despeinado lo suficiente, le dijo a Pansy que se sentaran y descansaran un rato, así que aunque ella no parecía muy feliz con la idea, volvieron a su antigua mesa. Gregory y Vincent no se habían movido de allí y todavía seguían comiendo y bebiendo ponche de huevo. Blaise había desaparecido con una chica de Beauxbatons y Theodore y Daphne regresaban en ese momento con bebidas para todos.

Draco se dejó caer en una silla, fingiendo estar mucho más cansado de lo que en realidad se sentía, y lanzó una mirada a la pista por encima de su copa llena de ponche. En ese momento vio a Krum y a Granger caminando hacia la salida del Gran Comedor de la mano.

¿Irían a los jardines? Si era así, resultaba bastante obvio cuáles eran las intenciones de Krum. Ese maldito traidor a la sangre.

Draco esperó lo que consideraba un tiempo prudencial y se levantó de su asiento como si le hubiesen pinchado en el trasero con una chincheta. Le tendió el brazo a Pansy, que se levantó de inmediato, pensando que iban a bailar.

Pero en lugar de guiarla hacia la pista de baile, se encaminó hacia las puertas del Gran Comedor.

—¿A dónde vamos? —preguntó ella, confusa.

—¿Tú que crees? —replicó Draco, forzando una sonrisa que esperaba que fuese lo bastante elocuente. Por la manera en que el rostro de Pansy se iluminó con una sonrisa de complicidad, diría que lo había sido.

Los dos atravesaron el hall en silencio, aunque no eran los únicos. Fuera hacía bastante frío (al fin y al cabo, estaban en plenas Navidades) pero los setos a los que se dirigía un discreto reguero de alumnos, no estaban demasiado lejos.

Draco estiró el cuello e intentó encontrar a Krum y Granger, pero después de dar un par de vueltas sin resultados, y notando la impaciencia de Pansy, se vio obligado a detenerse y buscar un lugar donde acomodarse.

Había llegado el momento que había anticipado tanto tiempo, aunque a decir verdad, la mayor parte de su interés en él se había desvanecido. Pero tenían un discreto hueco entre un seto, tenuemente iluminados por la luz que emitían las danzantes hadas que planeaban sin descanso por el jardín, y Pansy se acurrucaba contra él, toda enormes ojos oscuros y labios entreabiertos.

No iba a dejar que Granger le quitara eso.

Draco no estaba nervioso, sólo expectante, cuando se inclinó sobre ella y la besó. Sus bocas, cerradas en un inicio, empezaron a tantearse poco a poco. Él giró el rostro sobre Pansy, ella le echó las manos al cuello y se estrechó contra él.

Uno de los dos, Draco no estaba seguro de quién, separó los labios y, moviéndose a tientas, adentró la lengua en su boca.

Entonces las manos de Pansy en su cuello cambiaron. Se volvieron más pequeñas y solidas, y sus labios más tiernos. Y cuando las puntas de su cabello le rozaron una mejilla, se habían convertido en un tirabuzón castaño. Frente a los párpados apretados de Draco, el rostro de su pareja mutaba y se volvía menos redondeado, con facciones más suaves y cejas menos pronunciadas. Los ojos que se cerraban frente a los suyos, el suspiro ahogado que Draco respiró, eran los de Hermione Granger.

Y ahora sí, se sintió nervioso. Agradeció estar sentado porque las rodillas empezaron a temblarle, leve pero insistentemente. Apoyó las manos en la cintura de Hermione y deseó que aquello no se acabase nunca, que durase para siempre. Que ella se acercara un poco más, que se estremeciera contra él, que susurrase su nombre al oído.

Cuando al fin se apartaron, Draco estaba sin respiración y el corazón le latía a mil por hora. Una sonrisa de satisfacción cruzó sus labios húmedos y se quedó allí, congelada, al encontrar el rostro de Pansy, devolviéndole el gesto.

Tardó unos segundos en comprender qué había pasado: había sido ella todo el tiempo.

Su mente… su mente le había jugado una mala pasada.

Había imaginado que besaba a Granger. Había fantaseado con ello. La idea lo aterró y de pronto sintió frío, y al mismo tiempo mucho calor, y le dio la impresión de que las hadas luminosas se habían transformado en un enjambre que volaba furiosamente a su alrededor, mareándolo.

Aquello no tenía sentido.

Era culpa de Granger. Maldito fuera su estúpido pelo recogido, su estúpido vestido azul y su estúpida sonrisa perfecta. ¿Qué le había hecho? ¿Lo había embrujado? ¿Le había echado un filtro de amor en la bebida?

El shock comenzó a dar paso al enfado y luego al pánico, cuando se dio cuenta de que Pansy le estaba hablando y él ni siquiera podía escucharla. Así que hizo lo único que se le ocurrió para disimular las violentas sensaciones que estaba experimentando y la besó de nuevo.

Esta vez puso todos sus esfuerzos en no pensar en Granger. Apretó los párpados con fuerza y se obligó a visualizar el rostro de Pansy. Y lo consiguió. Era como si la comelibros siguiera en el fondo de su mente, como el poso al final de un vaso de hidromiel que no quería apurar, pero en líneas generales era muy consciente de quién era la chica a la que estaba besando. Quizás por eso, en lugar de alterarse más, su pulso se normalizó y comenzó a recuperar el dominio de sí mismo.

No estaba poniendo el alma en ese beso, como sí había hecho antes, pero a decir verdad Pansy no parecía estar notándolo. Draco perdió la noción del tiempo así que no podría precisar cuánto estuvieron besándose cobijados por aquel seto, pero al cabo escucharon rumores de pasos, risas y la voz seca de Snape, y se dieron cuenta de que estaba rondando el jardín y echando la bronca a los alumnos que se encontraba allí en actitud cariñosa.

Así que Draco y Pansy se apartaron y salieron corriendo entre las risitas nerviosas de ella. No creía que Snape fuese demasiado duro con ellos, pero tampoco le seducía la idea de que el profesor viera o sospechara lo que habían estado haciendo.

Entraron de nuevo al calor del Gran Comedor, que ya se había quedado medio vacío. Las Brujas de McBeth habían acabado su concierto, así que la velada estaba amenizada por la música que sonaba desde una radio mágica amplificada. Faltaban varios de los profesores. Vincent y Gregory ya se habían ido.

Krum y Granger estaban junto a la mesa de las bebidas. Ella tomaba ponche en pequeños sorbos y tenía las mejillas sonrojadas. Draco estaba seguro de que habían pasado un buen rato haciéndose arrumacos en el jardín y la idea lo puso furioso.

Acompañó a Pansy hasta la mesa en la que habían cenado, donde Theodore, Daphne y Millicent Bullstrode charlaban, y luego se excusó, diciendo que traería bebidas. Pero cuando se acercaba a la mesa del ponche de huevo, vio que Krum y Granger abandonaban el Gran Comedor.

¿Irían a darse el lote de nuevo? La idea inflamó su ira y cuando quiso darse cuenta de lo que estaba haciendo, ya había salido del comedor detrás de ellos. Se detuvo en seco al verlos parados al pie de la escalinata que daba al primer piso y se ocultó tras uno de los doce árboles de Navidad que llenaban el hall para poder espiarles sin ser visto.

Desde donde estaba apenas podía oír lo que decían (sólo distinguía el brusco acento de Krum triturando las palabras) pero sí podía verlos, así que pudo presenciar cómo él le besó la mano a Granger a modo de despedida.

Después se alejó y salió de Hogwarts, seguramente en dirección al barco donde dormían los alumnos de Durmstrang y su director. Pero Granger no hizo lo propio de manera inmediata, sino que se quedó parada en lo alto del primer peldaño de la escalera, con una sonrisa muy boba en el rostro. Incluso le pareció oírla suspirar.

Y se dio cuenta de que ese era su momento, de que aún tenía una última oportunidad para intentar arruinarle la noche. Podría burlarse de ella, hacerla dudar de su aspecto ("¿Qué se supone que te has hecho en el pelo? ¿Es esto lo que pasa cuando tratas de peinarte? No me extraña que ni te molestes en intentarlo a diario") o acusarla de haber conseguido que Krum la invitara al baile con malas artes ("Dime, Granger, ¿cómo lo hiciste? ¿Le echaste un encantamiento aturdidor? ¿Te aprovechaste de su desconocimiento del idioma? ¿Le ocultaste acaso que eres una asquerosa sangre sucia?"). Quizás no lograra fastidiarle la velada tanto como había planeado, pero estaba seguro de que podría conseguir que se retirara con un mal sabor de boca.

Y se lo merecía. No olvidaba cómo lo había humillado fingiendo que Moody estaba cerca, ni el bofetón que le había dado hacía solo unos meses. Tampoco la indiferencia con la que acostumbraba a castigarlo, ni la manera en que le había amargado la esperada noche y su momento en el jardín con Pansy sin ni siquiera ser consciente de ello.

Pero tenía una razón nueva y más importante para vengarse de ella: la manera en que parecía habérsele colado en la mente, bajo la piel, desde que la había visto entrar en el Gran Comedor del brazo de Krum.

Sabía que le estaba haciendo pensar y sentir cosas que no debería provocarle una sangre sucia. Si Pansy se enteraba, si cualquiera de sus amigos lo supiera, si aquello llegase a oídos de sus padres…

Tenía mil y unas razones para salir de su escondite e insultar a Granger, para tratar de resquebrajar la nube de felicidad en la que parecía flotar, para intentar apagar su brillo.

Y, sin embargo, por algún motivo que desconocía no pudo hacerlo. Y se limitó a quedarse allí, escondido tras un árbol como un idiota, espiando la sonrisa de la chica más inalcanzable y prohibida para él, hasta que ella se dio la vuelta y desapareció al final de las escaleras.


¿Es impresión mía o todo se ha puesto muy triste al final?
La verdad es que me he puesto muy intensita con esta parte, pero esta es mi versión de lo que pasó la noche del baile. He hecho un poco de trampas y he combinados cosas tanto del libro como de la película, a conveniencia.

Espero que, ahora sí, en el próximo capítulo logre dejar finiquitados los acontecimientos del 4º libro, ¡no es culpa mía que esté tan lleno de Dramione!. En la relectura he ido marcando cada escena dramione con post it y parece aquello un alfiletero de papeles de colores xD

Por otro lado, tampoco quería dejar de lado la parte del presente y me parece interesante contar todas esas cosas que nos perdimos de Hogwarts porque Harry se pasó el 7º libro paseando por bosques y buscando horrorcruxes. ¿Cómo eran las clases de Estudios muggles? ¿Tuvo Draco que torturara a algún alumno? ¿Cómo surgió la resistencia? etc, etc. Espero que este fic me permita mostrar un poco de mi headcanon al respecto.

Pero sobre todo espero que este capítulo os haya gustado, ¡ya me diréis qué os ha parecido!

Con mucho cariño,

Dry

PD: ¡Feliz años! (¿Hasta cuándo es correcto decir feliz año?)

PD2: A raíz de algo que ha pasado recientemente, os recuerdo que no permito que otras personas publiquen mis fics y que sólo los publico aquí y en AO3 (con el mismo nick). Si veis por ahí (especialmente en Wattpad que parece haberse vuelto un sospechoso habitual en estos temas) alguno de mis fics, me den crédito o no, os pido que por favor me aviséis. Las recomendaciones son bienvenidas y muy agradecidas, pero las publicaciones no autorizadas no.

PD3: ¡No he dejado Draco responde, pero soy desastrosa y no puedo centrarme en dos fics a la vez. Pero prometo intentar actualizarlo proximamente!

PD4: Deja un review para ir a uno de los setos del jardin con Draco ;)))))