Os pido perdón por el retraso. Me he quedado atascada o falta de inspiración en varios momentos y llevo, literalmente, un mes intentando escribir la última escena.

Para compensar, el capítulo es bastante largo. Espero que lo disfrutéis y muchas gracias por la paciencia :)


Capítulo VI

I don't know what to do
When she makes me sad

But I won't let this build up inside of me
But I won't let this build up inside of me

La segunda prueba del Torneo de los Tres Magos tuvo lugar una soleada mañana de febrero. Los alumnos y demás espectadores se acomodaron en unas gradas instaladas a tal efecto junto al lago, donde al parecer se iba a desarrollar el evento.

Draco no tenía muy claro de qué iba todo aquello, pero la cosa empezó bien. Los campeones legítimos charlaban con los miembros del jurado, pero no había rastro de Harry Potter por ninguna parte.

—Se ha rendido antes de empezar —conjeturó Draco —Ni siquiera va a presentarse.

—Después de salvarse por los pelos en la primera prueba, habrá decidido ahorrarse el bochorno de hacer el ridículo en público —coincidió Pansy —Es comprensible.

Draco no podía creerse lo bien que estaban yendo las cosas. Los miembros del jurado cada vez estaban más nerviosos por la ausencia del cuatro ojos, mientras que los otros campeones se movían con inquietud y miraban hacia Hogwarts por encima del hombro, esperanzados ante la idea de haberse quitado un rival de en medio.

Sin embargo, Draco debió suponer que aquello era demasiado bonito para ser real porque cuando faltaban apenas dos minutos para las nueve y media, hora en que daría comienzo la prueba, Potter apareció corriendo como si la vida le fuera en ello. Al parecer había encontrado el coraje que necesitaba para presentarse a la prueba en el último momento.

Pero Draco no se desanimó: tenía un porcentaje de probabilidades bastante alto de presencial cómo el calamar gigante devoraba a Potter. Casi era mejor así.

Bagman se dedicó a colocar a los campeones a la orilla del lago, guardando una distancia de unos tres metros sobre ellos, y cuando todos estuvieron listos hizo sonar el silbato dando comienzo a la prueba.

Krum, Diggory y Delacour se sumergieron en el lago de inmediato, pero Potter se quedó inmóvil un rato con el agua hasta las rodillas.

—Miradlo —se mofó Blaise —se ha presentado a la prueba sin tener ni idea de qué hacer.

Draco se aseguró de reírse en voz muy alta, aunque su carcajada se perdió en el eco de la multitud: la gran mayoría de los presentes estaban riéndose también. De pronto Potter empezó a toser y se llevó las manos al cuello, mientras su cara adquiría un tono azulado. Parecía que estaba ahogándose, lo cual era bastante imposible teniendo en cuenta que su cabeza estaba fuera del agua.

—¿Qué le pasa? —preguntó Vincent, con la boca llena de magdalenas que había birlado de la mesa durante el desayuno.

Pero aquello no duró demasiado. Potter se lanzó de cabeza al agua y desapareció, cómo habían hecho el resto. Todos aguardaron en tensión, conteniendo la respiración durante cerca de un minuto. Pero cuando se hizo evidente que Potter no regresaba a la superficie en busca de oxígeno, Draco dio por sentado que había encontrado la manera de no ahogarse bajo el agua. Aunque, también cabía la posibilidad de que el calamar gigante lo hubiera usado de tentempié.

En cualquier caso, la prueba no prometía ser tan interesante como la primera, porque los espectadores no tenían ni idea de lo que estaba pasando bajo el agua.

Para amenizarles la espera, Ludo Bagman se puso a explicar con todo lujo de detalles en qué consistía el reto de los campeones esta vez. Dijo que a cada uno de ellos le correspondía un rehén que debían de rescatar de las sirenas que habitaban en el fondo del lago. Luego recitó el poema que cantaba el huevo dorado que cada campeón había robado a una dragona furiosa en la primera prueba. Hizo especial hincapié en la parte que aludía a que a cada campeón le había sido sustraída "la persona a la que más valora". Tenían una hora para rescatarla o de lo contrario no superarían la prueba. Además, daban a entender que, cumplido el plazo, los secuestrados se quedarían atrapados para siempre.

—¿Quiénes creéis que son los rehenes de los campeones? —preguntó Pansy.

—No hay duda de que el San Potter es la Comadreja —aseguró Draco —son prácticamente novios.

Bagman no tardó en confirmar la hipótesis de Draco. El rehén de Potter era Ronald Weasley, la de Cedric Diggory era Cho Chang, y en el caso de Delacour se trataba de su hermana pequeña, Gabrielle.

—Y para el campeón búlgaro —prosiguió Bagman —la persona más preciada es Hermione Granger, brillante alumna de Hogwarts. Como siempre dice Crouch, precisamente la creación de lazos entre las distintas comunidades mágicas es uno de los propósitos del Torneo. Parece que, en ese aspecto, Krum lleva ventaja al resto de campeones… —y acabó su discurso con un guiño muy exagerado dirigido al público.

Draco se sintió como si le hubiesen metido la cabeza bajo el agua sin previo aviso. Se quedó paralizado, agarrotado y con la mente embotada durante unos instantes.

—¿La sangre sucia? —balbució Pansy, absolutamente horrorizada. Desde el baile, ella había estado muy atenta a todos los rumores sobre Krum y Granger. No se los había visto juntos de nuevo, así que se habían convencido de que la comelibros se había servido de un filtro de amor para conseguir ser la pareja de Krum en Navidad. Descubrir que la relación había seguido adelante y que, al parecer, era lo bastante seria como para que los organizadores del torneo hubieran considerado a Granger la prenda idónea para motivar a Krum a superar la prueba, fue como si el colacuerno húngaro le hubiese dado un coletazo a Draco en toda la cara.

Su ira resultó tan repentina como intensa.

Así que el palurdo de Krum no sólo había cometido la desfachatez de llevar al baile a Granger, sino que además era la persona que más le importaba aunque apenas la conocía. Y el muy sinvergüenza había tenido los redaños necesarios para seguir sentándose a la mesa de Slytherin como si nada. Todo ese tiempo.

Draco se sentía… traicionado. Sí, esa era la palabra. Pensaba que Krum era otra clase de persona y le había decepcionado fijándose en alguien como Hermione Granger. Esperaba más de él.

Había empezado a perdonarle lo del baile, porque a fin de cuentas era muy probable que la sabelotodo hubiese usado un filtro de amor, además de unos cuantos litros de pociones de belleza. Eso era lo único que explicaba su aspecto aquella noche y que se le hubiera venido a la mente mientras besaba a Pansy. Pero al día siguiente había vuelto al pelo imposible, la pose encorvada bajo el peso de su mochila y el rostro mundano e insípido de la Hermione Granger de siempre, y Draco comprendió que todo había sido un embrujo momentáneo.

No había vuelto a pensar en ella mientras besaba a Pansy. Y Krum tampoco debería haberlo hecho. Pero, después de todo, sólo era un asqueroso traidor a la sangre.

Mientras él trataba de digerir su rabia y volvía a regurgitarla una y otra vez, sus amigos estaban comentando el tema. Draco los veía gesticular y mover los labios, pero era incapaz de entender nada de lo que decían. No dejaba de mirar la superficie del lago como si esperase que Krum apareciera en cualquier momento llevando a una agradecida Granger en los brazos.

— …Durmstrang está tan podrido como Hogwarts. Si su alumno estrella confraterniza con una sangre sucia, podemos hacernos una idea de cómo funciona el colegio —aseveró Blaise, lanzando una mirada altiva a los alumnos del instituto nórdico.

—Intentemos ver el lado bueno —propuso Pansy, aunque parecía tan molesta como él —Si Krum fracasa, a lo mejor nos libramos para siempre de la empollona.

Draco ni siquiera se había planteado esa posibilidad. Las pruebas del torneo eran peligrosas, no sólo para los campeones sino para cualquiera que se viera envuelto en ellas. Quién sabía qué clase de criaturas peligrosas moraban en las profundidades del lago, además del calamar gigante y las sirenas.

—No creeréis que lo del mensaje de las sirenas va en serio, ¿verdad? —masculló, tratando de sonar indiferente.

—Bueno, lo cierto es que en ediciones anteriores del Torneo ha muerto gente —respondió Blaise con una sonrisa maliciosa.

—Pero eran participantes —apostilló Theodore.

La verdad era que a Draco le parecía poco probable que los organizadores del Torneo fuesen a permitir que le sucediera algo a los rehenes. Sabía que Dumbledore nunca lo consentiría pero aun así… Aun así el corazón le latía a mil por hora.

—Una chica puede soñar, ¿no?

Draco asintió porque Pansy tenía razón. Debería desearle lo peor a Granger en lugar de… ¿en lugar de qué? ¿Qué sentía exactamente respecto a todo lo que estaba sucediendo?

—Ojalá se la coma el calamar gigante —farfulló.

Furioso, se sentía furioso.

—A ella, al imbécil de Krum, a Pipi Potter, al Pobretón… a todos.

—No me importaría que Delacour se salvará —opinó Blaise, con los ojos fijos en el lago.

—Es muy guapa —añadió Gregory, que hasta entonces no había abierto la boca para nada más que para engullir ranas de chocolate.

Pansy puso cara de haberse comido una Gragea de Bertie Bott son sabor a vómito. Como el tema de conversación había dejado de interesarle, enseguida guió la charla hacia lo que estaría sucediendo debajo del agua y el tipo de peligros que los campeones podrían encontrarse.

Draco apenas les prestó atención. El corazón había dejado de palpitarle a toda velocidad, pero no podía evitar mirar el gran reloj situado tras la tribuna de los miembros del jurado aproximadamente cada dos minutos.

Cuando faltaban un cuarto de hora para que se acabara el tiempo, una sirena apareció cerca de la orilla. Dumbledore se acercó rápidamente a hablar con ella. Al parecer había sucedido algo, porque dos machos de su especie llegaron por detrás de ella llevando en brazos a Fleur Delacour.

—¡No hay nada de qué preocuparse! —se apresuró a asegurar Ludo Bagman, ante el ruidoso zumbido de toda la multitud comentando lo ocurrido —La señorita Delacour ha sido herida por unos Grindylows y será llevada a la carpa médica donde se recuperará enseguida.

La enfermera Pomfrey saliendo corriendo de una tienda blanca colocada detrás de la tribuna, cargada con una enorme manta gris. Dumbledore se metió en el lago hasta las rodillas para ayudar a Delacour a salir. Madame Maxine, le quitó la manta a Pomfrey y corrió a echársela a su campeona por encima de los hombros.

Aunque Draco estaba demasiado lejos para oír lo que decía, estaba claro que la francesa no quería retirarse de la prueba a pesar de estar herida. Parecía estar llorando, presa de un ataque de nervios, y se volvía continuamente hacia el lago. Sin embargo, Pomfrey y la directora de Beauxbatons la obligaron a entrar en la carpa médica de la que no volvió a salir hasta que sólo faltaban cinco minutos para que expirara el plazo.

El tiempo transcurrió con lentitud. Todo el jurado se puso en pie y se acercó a la orilla, acompañados de una alterada Delacour. Unos instantes después, Bagman utilizó un hechizo para amplificar su voz y anunciar que el plazo estipulado acababa de cumplirse.

Ningún campeón había llegado a tiempo. Todo el público empezó a murmurar, especulando sobre qué pasaría a continuación, hasta que la cabeza rubia de Cedric Diggory rompió la calma superficie del lago. Llevaba a una desfallecida Cho Chang colgada de un brazo, que se despertó enseguida, de manera que ambos nadaron hacia la orilla entre los aplausos del público.

Hasta Draco se unió, aunque sin demasiado entusiasmo. A fin de cuentas, Diggory era el legítimo campeón de Hogwarts y no había ido al baile con una sangre sucia, así que podía perdonarle momentáneamente el hecho de pertenecer a Hufflepuff.

El siguiente campeón sólo se hizo esperar un tres o cuatro minutos, y su aparición fue acompañada de exclamaciones y chillidos del público. Hasta Draco tuvo que ahogar un grito al ver a un tiburón con brazos humanos sosteniendo a Granger, que estaba inconsciente.

—¡Es Krum! —exclamó Pansy, señalándolos con un dedo. Si llevaba a Granger, ese híbrido monstruoso sólo podía ser él.

—Krum ha hecho una transformación parcial —observó Theodore con interés.

Aunque la terrible cabeza de tiburón, los ojos redondos y fieros y los enormes dientes de tiburón atraían todas las miradas del público, Draco no perdía ojo de Granger. Tenía el pelo empapado y pegado al cráneo, lo que hacía que su cabeza pareciera anormalmente pequeña, y estaba muy pálida. A esa distancia, parecía muerta.

Draco contuvo el aliento de manera inconsciente. ¿Se habría ahogado?

¿Era posible?

Sin embargo, Granger pronto volvió en sí, aunque tardó más que Cho Chang. Para entonces, Krum ya había recuperado su apariencia normal (lo que no suponía una gran mejora, en opinión de Draco) y estaba acariciando la mejilla de su rehén para tratar de despertarla.

Ella parpadeó pesadamente, aturdida, pero luego le sonrió. Cuando llegaron a la orilla, todo el mundo empezó a aplaudir y Krum insistió en que Pomfrey se encargara de Granger antes de atenderle a él.

Draco, que se había puesto de pie en algún momento que no era capaz de recordar, se dejó caer en su asiento, agotado de repente. Era como si toda la adrenalina hubiese desaparecido de su cuerpo después de bajar en picado a vuelo de escoba desde la torre más alta de Hogwarts.

No se movió hasta que, poco después, Potter salió a la superficie con un bulto de cada brazo. Uno era la Comadreja y el otro una niña de pelo plateado que sólo podía ser la hermana de Delacour. La campeona francesa y Granger echaron correr hacia la orilla para recibirlos y todo el mundo empezó a aplaudir.

—Vaya, Potter no ha muerto —comentó Blaise, limpiándose una invisible mota de polvo de la manga de su túnica, como si todo aquello le aburriera.

—Al menos ha llegado el último —dijo Pansy —Ha tardado mucho más que el resto, seguro que el jurado le da una puntuación baja.

Pero Draco no las tenía todas consigo. Sabía muy bien que, estando Dumbledore en el tribunal, se las apañaría para decantar la balanza a favor de Potter. Inventaría alguna excusa heroica que justificara su retraso. Convencería al resto de que su inutilidad y falta de talento eran en realidad un síntoma de nobleza mágica o algo por el estilo, y Potter saldría ganador de la prueba.

Draco ya había presenciado un par de jugarretas del estilo por parte de Dumbledore. Nunca olvidaría su primer año en Hogwarts, cuando el director les arrebató la Copa de las Casas en el último minuto dando un montón de puntos a Potter y a sus amigos por saber atarse bien los cordones y llevarse la comida a la boca sin meterse la cuchara en la nariz.

Sus temores demostraron estar bien fundados porque después de que Dumbledore sostuviera una conversación con la jefa de las sirenas, reunió a los miembros del tribunal antes de que Ludo Bagman anunciara las puntuaciones. Cuando el exjugador de quidditch anunció los resultados, Potter fue el segundo mejor posicionado, sólo por detrás de Cedric Diggory. Incluso obtuvo mayor puntuación que Krum, que había llegado mucho antes que él.

El búlgaro no parecía nada contento y lanzaba miradas de reojo a Granger, que estaba demasiado ocupada felicitando a Potter para darse cuenta. Por un instante, Draco experimentó una oleada de simpatía por él. Pero cuando Krum le puso una mano en la cintura y le susurró algo al oído y Granger asintió, repentinamente sonrojada, a Draco se le pasó.

Mientras bajaba las gradas a zancadas, deseando alejarse de allí, se descubrió incapaz de decidir si odiaba más a Potter o a Krum.


Aquel ya no era el Hogwarts en el que Draco había llegado a ser feliz. Ni siquiera el Hogwarts en el que había envejecido varios años en un solo curso, preocupado por la misión que debía cumplir. Y, desde luego, no era el refugio seguro que había esperado encontrar.

Había estado tan ansioso por abandonar su casa y llevarse con él sus recuerdos que no se había parado a pensar en cómo sería ese curso escolar, en cómo afectaría Voldemort al colegio.

En el fondo, no era tan distinto de Malfoy Manor. Seguía habiendo mortífagos y la presencia del señor oscuro era omnipresente: resultaba imposible obviar que había vuelto y controlaba el castillo, aunque nadie hablara de ello abiertamente. Los panfletos informativos sobre la pureza de sangre llenaban los corchos y paneles Hogwarts. Nuevas normas y decretos se anunciaban a diario, recordando a la Suma Inquisidora. Snape seguía su línea en varios asuntos: por ejemplo, prohibió las reuniones de más de dos alumnos fuera de las salas comunes. Además, después de su primera clase con Alecto Carrow, era un secreto a voces que las maldiciones imperdonables eran un método aceptable para imponer disciplina a los alumnos.

El resto de profesores estaban serios y cariacontecidos. Incluso Flitwick impartía sus clases con desgana y era habitual que se quedara ensimismado mirando por la ventana con expresión triste. McGonagall solía echarle miradas furiosas a Snape cada vez que miraba a su derecha y lo veía sentado en el sitio que siempre había ocupado Dumbledore en la mesa del Gran Comedor. Por su parte, Slughorn había perdido peso y parecía un globo medio desinflado. Y la profesora Trewlaney no bajaba jamás de su torre, como si quisiera evitar a los Carrow. Hagrid era el único que no ofrecía un aspecto abatido, aunque Draco apenas lo había visto ya que no iba a comer con el resto de los profesores.

Pero los docentes no eran los únicos que acusaban los cambios. El ambiente general entre los alumnos también era muy diferente. Slytherin y Ravenclaw tendían a llevarse bien, y tampoco había animosidad con los Hufflepuffs (al menos no en ambos sentidos). Sin embargo, a Draco le daba la impresión de que Slytherin estaba más aislado que nunca.

Parecía ser el único que se daba cuenta, porque la mayoría de sus compañeros de casa estaban demasiado satisfechos con el rumbo que habían tomado las cosas para fijarse en algo más. Pero Draco lo veía: las miradas de velado rencor cuando cruzaban un pasillo, el modo en el que las otras casas se movían en grupitos cuando pasaban cerca de ellos o cómo apartaban sutilmente sus pupitres cuando compartían clase para guardar las máximas distancias.

Eran sólo detalles sin importancia. A él debería traerle sin cuidado, pero lo cierto era que se sentía más solo que nunca, incluso que durante el curso anterior. Seguía rodeado de Vincent y Gregory pero estaba descubriendo nuevas facetas en ellos que no le gustaban, sobre todo en el primero. Pequeños conatos de iniciativa que nunca habían mostrado; gestos que revelaban una crueldad en la que no había reparado antes. E incluso en alguna ocasión, algo parecido a una respuesta impertinente hacia él que Draco decidía pasar por alto con una extraña sensación en el estómago.

Por su parte, Pansy no era una compañía más agradable. Siempre le había gustado estar al tanto de las cosas que sucedían en Hogwarts, pero ese curso parecía haber hecho su misión principal manejar toda la información posible sobre lo que sucedía tanto dentro como fuera de la escuela. Eso significaba que conocía y difundía todos los rumores que corrían en esos tiempos, muchos de ellos relacionados con Harry Potter y, por extensión, con Hermione Granger.

Draco se quedaba paralizado y sentía que el poco color que le quedaba abandonada su cara cada vez que oía hablar del tema. Se decía que Ronald Weasley había enfermado de spattergroit y que por eso no había vuelto a la escuela a pesar de que su hermana sí lo había hecho. Potter, por lo visto, había huido del país y no pensaba regresar jamás, pues sabía que no era rival para Lord Voldemort.

En cuanto a Granger, eran varias las teorías que se manejaban. Un alumno de sexto curso cuyo padre trabajaba en el Ministerio aseguraba a todo aquel que quisiera escucharlo que Granger había sido llevada ante la Comisión de Registro de Nacidos Muggles y encarcelada en Azkaban. Otros apostaban por una más que posible fuga al extranjero (tal vez a la India o Tailandia) en calidad de amiga o novia de Harry Potter (según a quién le preguntaras).

Había quien creía que estaba oculta en algún sitio, leyéndose todos los libros que caían en sus manos a la espera de encontrar en ellos alguna manera de derrotar al señor oscuro.

A pesar de saber que no eran una fuente fiable de información (estaban controlados por el Ministerio, y por ende por el señor oscuro), Draco tomó la costumbre de leer El profeta cada mañana, en busca de cualquier alusión a Granger o, en su defecto, a Potter.

Pero nunca había nada. Invariablemente, Draco acababa cerrando el periódico con una mezcla de decepción y alivio, y después sus ojos vagaban al lugar de la mesa de Gryffindor donde Granger solía sentarse y que ahora estaba vacío. Entonces se preguntaba dónde estaría ella en ese momento o si se encontraría bien.

Y día tras día los elfos domésticos recogían el plato de su desayuno, casi sin probar.


Con el mes de marzo y la subida de las temperaturas, también llegó un nuevo artículo de Rita Skeeter sobre los amoríos de Granger. Draco lo descubrió a través de Pansy quien le tendió Corazón de Bruja que acababa de llegarle por correo, abierto por la página diecisiete.

—Lee —le dijo, con una sonrisa maliciosa.

Los ojos de Draco se deslizaron hacia el titular de un artículo llamado "La pena secreta de Harry Potter", en el que se describía a Granger como una mujer fatal sin corazón que había traicionado a Harry, corriendo hacia los brazos de la estrella del quidditch búlgara.

La periodista ponía en entredicho que Granger hubiese atraído el interés de los dos chicos por méritos propios apoyándose en el testimonio de Pansy, quien aseguraba que la Gryffindor era tan fea como capaz de preparar un filtro amoroso.

—¿Qué te parece? —insistió ella, al ver que Draco se quedaba mirando fijamente la revista sin pronunciarse.

—La parte de que Krum ha invitado a Granger a Bulgaria y que "nunca ha sentido algo así por ninguna otra chica" también es cosa tuya, ¿no? —preguntó.

La expresión de satisfacción mezclada con impaciencia desapareció del rostro de Pansy. Miró a Draco de una manera que no le gustó nada, de un modo en que nunca lo había mirado. Como si… como si sospechara que él hubiera hecho algo terrible.

—No, no lo es —dijo, tras una larga pausa.

—Entonces, ¿de dónde demonios lo ha sacado Skeeter? No creerás que eso es cierto, ¿no? —insistió Draco.

Pansy lo observó con frialdad y se encogió de hombros. No hizo ningún comentario más sobre el artículo ni sobre nada en absoluto, y cargó su tenedor de huevos revueltos con rabia.

Draco no entendía su reacción, pero tampoco le importaba demasiado. Sólo podía darle vueltas a la parte de la columna de Skeeter por la que había preguntado a su amiga. ¿Era verdad que Krum había invitado a Granger a pasar el verano con él? ¿Y qué había dicho ella?

Volvió a leer el artículo buscando la respuesta de la sabelotodo, pero si Skeeter la conocía, no la desvelaba.

Luego, sus ojos vagaron hasta la mesa de Gryffindor, donde Granger desayunaba con tranquilidad. Lo más probable era que no se hubiera enterado todavía de lo sucedido. ¿Qué pensaría cuando leyera el artículo?

Después del desayuno tenían clase de Pociones. Cuando Draco llegó hasta allí, con Vincent y Gregory, Pansy estaba junto a la puerta con varias de sus amigas. Sostenía Corazón de Bruja entre las manos y lanzó a Draco una mirada desafiante.

—Voy a enseñárselo a Granger —dijo, como esperando que él la contradijera. Pero Draco no tenía ninguna intención de hacerlo. Es más, se moría de curiosidad por saber cómo reaccionaría ella. Eso le daría pistas sobre si lo de su visita a Bulgaria para ver a Krum era sólo una más de las invenciones disparatadas de Skeeter. Draco ya casi se había convencido de ello, pero no estaría de más asegurarse.

De manera que cuando el trío dorado hizo acto de presencia, él ya había tomado sitio para no perderse nada del espectáculo.

—¡A lo mejor encuentras aquí algo de tu interés, Granger! —espetó Pansy, y arrojó la revista a las manos de la Gryffindor. Ella lo tomó, sorprendida, pero la aparición de Snape hizo que Draco tuviera que contener su curiosidad unos minutos más.

Cuando todos hubieran entrado en el aula y Snape se puso a escribir los ingredientes que necesitaban para preparar la nueva poción en la pizarra, Granger sacó el ejemplar de Corazón de Bruja de debajo de su pupitre y se puso a leerlo con disimulo. Potter y Weasley apretaron las cabezas junto a ella, haciendo lo propio.

Draco no se perdió detalle, esperando ver su reacción y encontrar en ella algo que desmintiera las palabras de Skeeter. Granger leía el artículo con expresión de aturdimiento, como si no entendiera nada. Se había quedado paralizada, mientras Potter y Weasley decían algo en voz demasiado baja para que él la oyera.

Entonces ella soltó una risotada, como si todo aquello la divirtiera mucho. Draco experimentó un intenso acceso de alivio: aquello sólo podía significar que la información de Rita Skeeter carecía de todo fundamento, al menos en lo relativo a su relación con Krum.

Sintiéndose observada, Granger sonrió con sarcasmo y saludó con gesto a Pansy y sus amigas. Era evidente que todo aquel artículo era un disparate.

Así que, de mucho mejor humor, Draco se concentró en preparar su poción. Los escarabajos se le habían acabado hacía un par de días y como se había olvidado de escribir a casa para pedir a sus padres que repusieran sus existencias, no le quedó más remedio que ir al armario de ingredientes comunitario al que recurrían los alumnos que no podían costearse componentes de la mejor calidad.

Estaba abriendo la tapa del tarro de los escarabajos cuando escuchó la voz de Granger susurrando.

—….quiero decir… ¿cómo se habrá enterado de que Viktor Krum me ha invitado a visitarlo este verano?

A Draco se le escurrió el tarro de escarabajos de las manos, que se rompió, llenando el suelo de esquirlas de vidrio e insectos disecados. Como había dejado su varita en la mesa, tuvo que ir a por ella, y para cuando logró arreglar el desaguisado, Snape ya se había percatado de que el trío dorado estaba hablando y los había sancionado quitándoles diez puntos para Gryffindor, de modo que dejaron la conversación y Draco no pudo enterarse de qué había respondido Granger a la propuesta de Krum.

Malhumorado, regresó a su sitio. No podía dar crédito a lo que había oído. Rita Skeeter decía la verdad. Era de suponer que Granger había aceptado la invitación del búlgaro, así que Draco ya podía imaginarlos con las manos entrelazadas paseando por un prado lleno de cabras paciendo.

—Ouch —masculló. Había estado cortando los pocos escarabajos que pudo rescatar del desastre con tanta fuerza y poca atención que se había hecho un pequeño corte en un dedo. Draco se lo llevó a la boca para limpiar la herida, preguntándose una vez más qué podía haber visto Krum en Granger.

Si Skeeter había acertado en lo del verano a Bulgaria, seguro que también tenía razón respecto a los filtros de amor. La sabelotodo tenía que haber usado uno con él, no había otra explicación.

Porque era muy fea, se dijo, mientras contemplaba cómo se apartaba el pelo de la cara por enésima vez. Pansy tenía razón. Nadie con buen gusto la encontraría atractiva.

Desde luego, él no lo hacía. Jamás tocaría a Granger, ni con la punta de la escoba. Nunca le acariciaría la cara, como había hecho Krum cuando la sacó del agua. Jamás la besaría, como había besado a Pansy en los setos adornados por hadas durante la fiesta de Navidad.

Nunca.

Esa certeza hizo que Draco experimentara una repentina sensación de vacío que no supo identificar. Así que, guiado por su extraño estado de ánimo, apretó la herida de su dedo, sintiendo un sádico alivio al verla sangrar.


Amycus Carrow impartía Defensa Contra Las Artes Oscuras con una metodología similar a la de su hermana. Tanto era así que, por primera vez desde que Draco había llegado a Hogwarts, los alumnos habían dejado de llamar a la asignatura "Defensa", por acortar, y lo habían sustituido por "Artes Oscuras".

En lugar de enseñarles hechizos defensivos, contrahechizos y encantamientos protectores, estaban aprendiendo todo tipo de maleficios y maldiciones con efectos lesivos. En vez de estudiar a los Lethifolds, Occamys o los Nundus, aprendían cómo derrotar a muggles.

No había libro de la asignatura ese año y Amycus parecía poco interesado en que tomaran apuntes sobre los numerosos conjuros que les estaban mostrando. Al contrario, sólo le interesaba que supieran manejar sus aplicaciones prácticas. Así que los hacía practicar entre ellos y no parecía muy preocupado cuando sucedía algún accidente y un alumno acababa en la enfermería.

Aunque a Vincent le gustaba mucho la clase, para Draco eran una especie de calvario. Muchas de las cosas que Amycus les estaba enseñando ya las conocía y había tenido que aplicarlas… en otras personas. Carrow lo sabía, así que utilizaba a Draco como asistente en muchas de sus explicaciones y "aplicaciones prácticas", como él las llamaba.

Draco no creía que el mortífago lo hiciera porque él le cayera bien, más bien al contrario, tenía la impresión de que lo escogía precisamente porque sabía cuánto le desagradaba.

Ni Pansy ni Theodore parecían sentirse muy entusiastas por pasar de la teoría a la práctica, pero lo disimulaban mejor que Blaise.

Aunque Draco siempre se había llevado bien con él, en ocasiones le parecía un poco imbécil y demasiado estirado. Sin embargo, durante las lecciones de Artes Oscuras comenzó a sentir cierta empatía por él porque Blaise parecía tan disgustado por todo ese asunto como lo estaba él, aunque lo más probable era que se debiera a diferentes motivos. La familia Zabini apoyaba los ideales de la pureza de sangre y no quería que los magos y los muggles se mezclaran bajo ningún concepto. Si un día se despertaran y todos los muggles británicos hubiesen emigrado hacia otro país, serían los magos más felices del mundo.

Pero, y Draco comenzaba a comprender que esa clase de peros eran importantes, eso no significaba que estuviesen dispuestos a mancharse las manos. Ni que apoyaran a ciegas los métodos de Voldemort. Eran demasiado inteligentes para decirlo en voz alta, pero Blaise parecía creer que todo aquello era demasiado extremo. No quería exterminar a los muggles de la faz de la tierra, y menos personalmente. Así que verse obligado a aprender a realizar una maldición de desintegración por si algún día veía la oportunidad de hacer volar por los aires a un no mágico no era algo de su agrado.

Por otro lado, Draco no creía que fuese buena idea enseñar a menores de edad tantos conjuros con el potencial de matar o herir gravemente a alguien. A veces se preguntaba cómo era posible que Snape permitiera todo aquello, pero sospechaba que, en el fondo, tampoco tenía el poder para impedirlo.

Y aunque nunca habría creído que eso fuera posible, Draco se descubrió echando de menos a Dumbledore.


El último artículo de Rita Skeeter dio mucho que hablar. Granger nunca había sido tan popular, y no en el buen sentido. El club de fans de Viktor Krum la odiaba a muerte y no perdía la ocasión de lanzarle miradas airadas y hacer comentarios despechados cuando ella andaba cerca. Las dos personas que componían el club de fans de Harry Potter (Colin Creevey y su hermano pequeño) también la trataban con frialdad.

Pero las repercusiones del último bombazo de Skeeter se hicieron sentir incluso fuera de Hogwarts. Granger nunca había recibido tantas lechuzas como los días que siguieron a la columna de Corazón de Bruja. A la mañana siguiente, Draco vio cómo un cárabo, dos lechuzas y un mochuelo arrojaron un montón de cartas sobre el plato de desayuno de la chica.

Los tres amigos empezaron a abrirlas y, a juzgar por su cara, ninguna portaba mensajes de apoyo. La cosa llegó a tal punto que uno de los sobres por lo visto contenía un líquido corrosivo porque las manos de Granger se llenaron de bultos amarillos cuando hizo contacto con su piel.

—¡Mirad eso! —se burló Pansy, que no se estaba perdiendo detalle. Granger trataba de cubrirse las manos con una servilleta, pero incluso en la distancia resultaba evidente que sentía mucho dolor.

Se levantó a toda prisa y salió corriendo del Comedor, rumbo a la enfermería con toda seguridad. Pansy se rió a carcajadas, acompañada por sus amigas, pero Draco se limitó a esbozar una sonrisa torcida.

Experimentaba una sensación agridulce. Por un lado se alegraba de que Granger recibiera su merecido, aunque por otro… Bueno, en realidad no había otro lado. Pero entonces, ¿por qué se ponía de mal humor y se le cerraba el estómago cada vez que recordaba el dichoso artículo de Skeeter?

Resolvió no seguir pensando en todo aquello y se obligó a acabar su desayuno.


Draco se había pasado medio año deseando que ese curso llegara a su fin. Por un lado para perder de vista a Moody para siempre (se suponía que sólo iba a enseñar Defensa Contra Las Artes Oscuras durante ese curso, como favor personal a Dumbledore) y por otro para alejarse de Granger.

En algún momento que no alcanzaba a identificar y por razones que no podía comprender, todo lo que tenía que ver con ella se había convertido en un arma de doble filo. Ni siquiera provocarla, discutir y tratar de humillarla le reportaban la satisfacción de antaño. Tal vez porque ella le prestaba menos atención que nunca: parecía muy ocupada con su intensa vida amorosa.

Los artículos de Skeeter y los rumores al respecto no dejaban de sucederse, y aunque Draco intentaba mantenerse al margen, no resultaba fácil pasando tanto tiempo con Pansy como lo hacía él. Si no fuera absurdo, Draco pensaría que trataba de ponerlo a prueba cuando le contaba los últimos chismorreos que apuntaban a hacia la sabelotodo como eje central de un heptágono amoroso. Era como si evaluara su reacción y Draco sentía que debía de pasar algún tipo de examen.

Por supuesto, nadie sabría jamás que de algún modo Granger se había colado en su mente cuando estaba besando a Pansy, pero él lo sabía y eso era suficiente.

De manera que cuando acabaron los exámenes y se celebró la última prueba del Torneo de los tres magos, Draco estaba más que preparado para despedirse de Hogwarts (y de la sangre sucia) por una buena temporada.

Pero nada salió como él había esperado. No sólo porque Potter no hizo un ridículo espantoso o fue triturado por una acromántula, sino porque ganó el torneo… y hubo una víctima mortal.

Draco llegó a ver a Diggory muerto. Fue sólo un segundo y ni siquiera pudo apreciarlo con claridad, porque Potter se aferraba a él y las piernas de Fudge ocultaban el resto. Pero lo que vio se le quedó grabado: un ojo fijo en el cielo, vacío, y la piel que lo rodeaba blanca como la tiza.

Primero los gritos, luego el silencio. Un silencio contenido, ahogado, atragantado.

Draco nunca había visto a nadie muerto. Y además era alguien quien conocía. Diggory no le caía muy bien pero era un alumno de Hogwarts, como él. Era joven. Aquello era antinatural. Erróneo.

El par de días que siguieron a la última prueba del Torneo fueron los más extraños que Draco había vivido en el colegio. Los chismes se sucedían y todo el mundo hablaba en voz baja. No con la intención de no ser escuchados, sino porque todos tenían la sensación de estar andando por un mausoleo.

De modo que cuando llegó el momento del último banquete, Draco tenía más ganas que nunca de empezar sus vacaciones de verano. Todos llevaban días preguntándose qué diría Dumbledore respecto a lo ocurrido. ¿Les contaría la verdad?

Porque nadie sabía en realidad quién o qué había matado a Diggory y, además, no se había vuelto a ver a Moody desde la prueba. Rumores de todo tipo corrían por doquier pero no era eso lo que preocupaba a Draco.

Lo que lo inquietaba era la lechuza que había recibido a la mañana siguiente de la última prueba del Torneo con un mensaje de su padre. Hablaba de que algo importante había sucedido, de que se avecinaban cambios, pero que no era algo que pudiera ponerse por escrito. Que se lo explicaría en casa.

Lucius no acostumbraba a enviar mensajes crípticos, además, una emoción contenida se adivinaba en sus palabras. Draco sentía mucha curiosidad y expectación y no alcanzaba a imaginar que era lo que podía haber alterado tanto a su padre y por qué no podía ponerlo por escrito.

Dumbledore se lo aclaró. En su discurso de despedida reveló a todos los alumnos de Hogwarts quién era el responsable de la muerte de Cedric Diggory: Voldemort.

La mayoría de los allí presentes se encogieron al escuchar en voz alta el nombre que se habían criado con miedo a pronunciar. Draco, por su parte, sintió como el estómago se le ponía del revés. Eso era a lo que se refería su padre. El señor oscuro había vuelto.

Les hizo una seña a Vincet y Gregory para que se acercaran a él y les contó sus sospechas. Ellos se mantuvieron inexpresivos durante unos instantes, como si no supieran cuál era la reacción que se esperaba de ellos, y al final resolvieron sonreír. Por primera vez, la sonrisa bobalicona de Vincet, a Draco se le antojó siniestra.

Apenas durmió esa noche, tratando de poner un poco de orden y concierto en sus propios sentimientos respecto a esa revelación. Le habían educado para creer que el regreso de Voldemort era algo esperado y deseable, y estaba convencido de ello. Pero también sentía cierto temor. ¿Qué implicaría su vuelta? ¿Qué tendría que hacer su padre a su servicio? ¿Qué pasaría con los sangre sucia? ¿Con… Granger?

¿Y por qué demonios esa duda le mantenía en vela? Furioso consigo mismo, Draco resolvió que bajo todo punto de vista la vuelta de Voldemort era una buena noticia y él debía estar a la altura de su apellido.

Así que en el viaje de vuelta a Londres, mientras el Expresso de Hogwarts abandonaba Escocia y se dirigía a Inglaterra, Draco, acompañado de Vincent y Gregory, decidió hacer una última visita de cortesía a Potter y a sus amigos. Quería recordarle el terrible error que había cometido cuando rechazó su oferta de amistad a favor del pobretón y la empollona. Quería hacer que todos sintieran miedo ante el regreso del Señor Oscuro (sobre todo ella).

Pero ni siquiera le dejaron acabar. Lo atacaron a traición, todos a la vez, y lo siguiente que vio Draco fue la mano de su padre, tendida hacia él, ofreciéndole ayuda para levantarse del suelo.

Una vez en pie, miró a su alrededor y vio cómo el señor Crabbe probaba diferentes hechizos para hacer que unos tentáculos largos y gomosos desaparecieran de la cara de su hijo, y entonces recordó todo y sintió un intenso acceso de rabia y humillación.

Estaban solos en el pasillo: él, Vincent, Gregory y los padres de los tres. Miró por la ventanilla cercana y vio que todo el mundo se había bajado ya del tren y reunido con sus familias. Los primeros grupos comenzaban a abandonar el andén 9 y ¾. ¿Cuánto tiempo habían pasado inconscientes, abandonados en medio del pasillo como tres excrementos de dragón que el resto de alumnos habían evitado (o no) pisar cuando quisieron salir del tren?

Estaba tan avergonzado y furioso que ni siquiera le salían las palabras. Pensó que su padre lo reprendería por haber permitido que le hicieran eso, pero Lucius pareció tomarse todo aquello con calma.

—Esta es la clase de cosas que pronto van a cambiar, Draco —dijo, alzando la barbilla en su acostumbrado gesto de soberbia —Pronto ningún impuro, mestizo o amante de los sucios muggles se atreverá a levantar la varita contra un sangre pura como tú, créeme.

Los señores Crabbe y Goyle sonrieron de manera macabra. Vincent y Gregory correspondieron al gesto de sus padres, aunque Draco no estaba muy seguro de que realmente comprendieran las implicaciones de lo que acababan de oír.

Él se quedó paralizado durante unos instantes. Pensó en Granger y en su vestido azul y por primera vez en días fue capaz de poner nombre a lo que el regreso de Voldemort le hacía sentir.

Miedo.


¡Hola!

Por fin he acabado con el cuarto libro, ¡espero no alargarme tanto con los próximos! Sobre todo porque tengo ganas de llevar al "presente" (vamos, lo que pasa después del séptimo libro). Tengo muchas cosas pensadas que creo que os gustarán, pero aún queda un largo camino que recorrer hasta entonces. Por lo demás, espero que no se os haga pesado esto de "reescribir" los libros en lo que a Draco respecta. A veces siento que me enrollo como las persianas y que os vais a aburrir de Vermillion. Ojalá no sea así.

Muchas gracias por vuestro apoyo y por seguir ahí :)

Con mucho cariño,

Dry

PD: Deja un review para consolar a Draco después de su terrible cuarto año en Hogwarts ;)