Al principio, cuando Armin creyó despertar, lo único que vieron sus ojos azules fue oscuridad.

"Qué… ¿Qué es esto? ¿Dónde estoy? ¿Qué me ha pasado?"

Alguien le había envuelto entre varias mantas, dejándole tumbado sobre una dura superficie. Se restregó una mano por la cara y luego se peinó los rubios cabellos hacia atrás con sus dedos, mientras se rascaba la cabeza.

Cuando el joven legionario empezó a incorporarse, se dio cuenta de que no llevaba camisa; alguien (quizás la misma persona) le había vestido con una chaqueta que claramente no era la suya. "Al menos todavía conservo los pantalones y las botas."

Se giró hacia un lado… y entonces vio que en realidad estaba soñando; o más bien, deseó con todas sus fuerzas que aquello fuese un sueño.

Porque allí mismo, justo a su derecha, flotaba la gigantesca cabeza del Titán Colosal, que por sí sola podía medir tanto como uno normal.

Dos grandes ojos marrones le contemplaban desde lo alto, entre toda aquella masa de músculos y carne.

A solas en la oscuridad, a escasos metros de la enorme cabeza del monstruo (aunque en realidad no era tan sencillo)… Armin supo que normalmente estaría muerto de miedo ante semejante visión; y sin embargo, en aquel momento, su asombro era todavía mayor.

Porque el Titán Colosal estaba llorando.

"Qué… ¿Cómo…? ¿Qué significa…?"

Aquellas lágrimas inspiraban más bien compasión, lástima… y a la vez revelaban esas mismas emociones en la mole de sesenta metros de altura; y quizás delataban algo más.

Duda, remordimiento… culpa; emoción, esta última, que por alguna razón también se reflejaba en Armin.

"¿Por qué?"

No estaba seguro de querer saberlo; lo que sí sabía era que en cualquier instante aquel sueño podía convertirse en una pesadilla.

"Necesito despertar ya."

Y sin embargo, incluso en aquella situación, Armin se debatía en una misma dirección pero dos sentidos opuestos: por un lado, su miedo y su temor, su culpa por un crimen que ni siquiera recordaba haber cometido; y por otro, como una poderosa fuerza de la naturaleza, su curiosidad e inquietud intelectual.

Porque el joven Arlert necesitaba saber, más de lo que necesitaba despertar.

"¿Y si es aquí y ahora, cuando por fin puedo encontrar las respuestas, aunque aún no sepa cuáles son todas las preguntas?"

En ese momento, la moneda todavía estaba de canto, sin salir ni cara ni cruz; aún podía suceder cualquier cosa, en la oscuridad…

Y justo entonces oyó una voz distinta a la de sus propias dudas.

–Impresiona, ¿verdad?

Una voz que le resultaba extremadamente familiar.

–Además, hay buena vista desde aquí.

Una voz que le provocaba escalofríos… porque pertenecía a alguien que ya estaba muerto.

–Bueno, en realidad eso no sería un obstáculo en este lugar.

"¿P-puedes saber lo que estoy pensando?" Armin tragó saliva; de nuevo, la curiosidad y el miedo pugnaban dentro de él, mientras se giraba en la dirección de la que parecía venir aquella voz.

Como no vio nada, volvió sus ojos azules hacia el Titán Colosal… pero éste ya había desaparecido, tras perderle de vista un solo segundo.

–Donde estamos no hay tanta diferencia, entre lo que dices y lo que piensas –continuó esa voz, con una amabilidad que casi le ponía al rubio los pelos de punta–. Algo que tiene sus propias ventajas e inconvenientes… igual que encontrar las respuestas a tus preguntas. ¿Es eso lo que quieres, Armin?

Ahora todo era oscuridad a su alrededor; se sentía abrumado por ella, presionado… aplastado.

–N-no puedo respirar… –Armin jadeó con esfuerzo, mientras crecía el miedo en su interior–. N-necesito s-salir de aquí… Necesito despertar

"Necesito saber," clamó sin embargo su curiosidad, con más fuerza aún. "Quiero saber."

–Tienes dos opciones, Armin –siguió la voz, con una calma que no se le contagiaba al rubio; de hecho, cada vez que oía su nombre se ponía más nervioso todavía–. Puedes despertar y volver ya al mundo real, o al menos al que hay ahí fuera, seguramente allí también obtendrás tus respuestas… O puedes quedarte aquí un momento, para encontrar una solución más definitiva a tus problemas.

No le hizo mucha gracia cómo pronunciaba aquella palabra. "Definitiva, ¿en qué sentido?" Giró de nuevo la cabeza, buscando en vano a su interlocutor.

–La verdad es que preferiría verle la cara a quien está hablando conmigo… –Armin venció por un instante su temor–. ¿O tengo que resignarme a mantener esta conversación a oscuras?

"Muéstrate," añadió para sí; aunque ya iba siendo consciente de la inutilidad de establecer distinciones de aquella clase en ese lugar.

Entonces escuchó una risa suave, cálida y alegre, que parecía llegar de todos lados a la vez… y que por alguna razón era uno de los sonidos más aterradores que había oído últimamente. "¡Y mira que tengo donde elegir!"

–En realidad es más fácil de lo que crees, Armin… al fin y al cabo, ¡se trata de tu propia mente!

"¿Estamos dentro de mi mente?"

Y justo en ese momento, como si a la claridad figurada le siguiese la literal, empezó a hacerse la luz a su alrededor, desvaneciéndose la oscuridad que había en aquel lugar. No fue un pausado amanecer, con el sol tomándose su tiempo para salir por el este; más bien, parecía un foco que iba iluminando cada vez con más fuerza el escenario desde lo alto.

Y aquella luz, proveniente de un cielo ya límpidamente azul, le mostró a Armin cuál era esa dura superficie sobre la que había estado desde el principio: el Muro sur de Shiganshina.

Mirando con más detenimiento, pudo ver que, en efecto, se trataba del viejo Distrito en el que había vivido tantos años… y donde acababa de librar, hacía tan sólo un instante, una de las batallas más feroces de toda su vida.

Y fue entonces cuando los recuerdos más recientes le golpearon con la contundencia de un mazazo.

"El Titán Colosal… Bertolt… Le ataqué de frente, hice de señuelo… Caí… Ah, no me… ¿Estoy muerto?"

–No, hombre, no… –su voz irrumpió de súbito–. Al menos, no todavía. Se supone que nadie vive para siempre… –casi pudo oírse cómo se encogía de hombros–. En fin. ¿Te has fijado bien? Mira con atención.

Armin contuvo por el momento su inquietud y observó el inconfundible paisaje que se extendía ante él; sus ojos se abrieron más todavía de la impresión.

"¡Pero si…! ¿De verdad es Shiganshina?"

Porque todos los edificios estaban completamente intactos; nada que ver con el estado en que se encontraban, cinco años después de la Caída, aun sin tener en cuenta el ataque del Titán Bestia.

"¡Puedo reconocer un montón de sitios desde aquí! Ahí está mi casa… y ahí la de Eren… Esa placita cerca del río, donde quedábamos a menudo para jugar… Ese callejón en el que nos peleamos una vez con los matones del barrio… y en ése también, y en ése, je… Eran buenos tiempos, a pesar de todo. En comparación con lo que vendría después…"

Sin embargo, también se dio cuenta de un detalle para nada tranquilizador: allí abajo no se veía absolutamente a nadie, la ciudad entera estaba vacía… Tuvo un mal presentimiento.

"¿Seguro que no estoy muerto?"

–Ya te lo he dicho antes, Armin… –Él sonó ligeramente hastiado, pero enseguida recuperó aquel tono más amable–. Por cierto, ¿no querías mirarme a la cara mientras hablábamos? Pues aquí estoy…

El rubio sí pudo localizar ahora fácilmente a su interlocutor a un lado, también sobre el Muro, a apenas quince metros de distancia. El "misterioso desconocido" vestía a la manera de los legionarios, con el uniforme y el equipo completo, incluyendo la característica capa con capucha verde oscuro… en la que, sin embargo, no se veía el distintivo emblema de las Alas de la Libertad.

"¿Qué significa…?"

–Y como con tantas otras preguntas… –el encapuchado se giró hacia él, con el rostro todavía sumido en sombras–. En realidad tú ya tienes la respuesta, Armin.

Y justo entonces, una repentina ráfaga de viento le bajó de golpe la capucha.

El rostro de Marco Bott quedó completamente al descubierto, iluminado por los rayos del sol.

Pese a la gravedad de la situación, Armin no pudo evitar sonreír; y no sólo por la cara de pasmado que había puesto momentáneamente el otro.

"Sí, no hay duda… es él."

Alto, delgado, fuerte; cálidos y vivos ojos marrones; cabello negro corto, con la raya en medio; y esas pecas, naturalmente…

–Bueno, supongo que es mejor así. –Marco también sonrió–. De todas formas, seguramente ya sabías quién era…

–Pues hombre, algo sí me imaginaba. –Armin avanzó unos pasos hacia su viejo compañero, y quizás incluso amigo; con alegría y cautela a partes iguales–. Aunque no esperaba volver a encontrarme contigo… No me malinterpretes, me alegro de volver a verte, pero dadas las circunstancias… –se detuvo a tan sólo cinco metros de él–. ¿Qué estás haciendo aquí exactamente?

"¿Quién o qué eres en realidad?" Se le escapó el pensamiento antes de poder contenerlo; era difícil, en aquel lugar… Sin embargo, el pecoso no pareció tomárselo a mal; su postura seguía siendo tan relajada como al principio.

–No serías tú si no preguntaras eso. –Marco se encogió de hombros–. Al fin y al cabo, la última vez que nos vimos, bueno… –una sombra cruzó por un instante su rostro–. Jean os contaría cómo encontró mi cadáver, ¿verdad?

–Sí, así es. –Armin volvió a tragar saliva; su corazón latía cada vez con más fuerza, conforme su mente iba uniendo los puntos… y se daba cuenta de que algo no encajaba–. ¿Cómo puedes saberlo, Marco? Es decir, si moriste, ¿qué…?

–¿Qué estoy haciendo aquí exactamente? –le interrumpió el moreno con suavidad, repitiendo las mismas palabras de antes–. ¿Quién o qué soy? Eso depende, Armin, depende… ¿Qué prefieres que sea?

–¿Eh? –Fue todo lo que pudo responder el otro, con los ojos azules bien abiertos; empezaba a caerle el sudor por la frente.

–Podría ser varias cosas –continuó Marco, con la misma amabilidad, aunque había cierta cualidad sombría en su mirada–. Puedo ser un fantasma del pasado, que ha venido para guiarte en tu hora de necesidad. Puedo ser un alma en pena, que ha vagado sin rumbo hasta encontrar por fin una oportunidad para terminar lo que empecé y que todavía no me deja descansar en paz. O en realidad podría haber estado vivo todo este tiempo, y ahora me he puesto en contacto contigo usando una habilidad que sólo tienen los de mi línea de sangre…

Armin sintió por un instante que su corazón dejaba de latir; la última opción resultaba especialmente aterradora… porque si el pecoso de verdad seguía vivo (y cosas más raras se habían visto), a aquellas alturas no estaría exactamente del lado de la Humanidad.

–Pero mi favorita, y creo que la tuya también, es que… –la sonrisa de Marco se hizo un poco más amplia; no necesariamente más amable–. En realidad yo sólo sería una parte de ti, una representación de tu propio subconsciente, que se manifiesta de tal manera que puedas dialogar contigo mismo para aclarar de una vez tus ideas… –dejó de sonreír poco a poco–. Porque, créeme, lo vas a necesitar.

–¿Por qué? –consiguió preguntar Armin, con un hilillo de voz, sin poder apartar su mirada de aquella visión tan cautivadora como inquietante. "Definitivamente hay algo en sus ojos que está mal."

Su pregunta podría haberse interpretado de muchas maneras distintas, pero de algún modo (y en realidad no sería tan difícil) el pecoso supo exactamente a qué se refería.

–Porque yo represento todo lo que tú ya nunca podrás ser –contestó Marco, muy serio–. El recuerdo de unos tiempos más sencillos e inocentes, Armin, en los que la línea entre el "nosotros y ellos" estaba mucho más definida.

Por un momento, Marco pareció… vibrar; y Armin tuvo la certeza de que, si apartaba un solo segundo la vista de su compañero, éste se transformaría en algo mucho peor. "¿Y qué es lo peor que puede haber en mi subconsciente?" La sola idea ya le hacía sentirse aún más temeroso.

–También está el hecho de que, a veces, la verdad es dura –continuó Bott, obviando aparentemente aquella última reflexión–. Y mi presencia aquí responde a tu necesidad de que alguien en quien confías te diga la verdad. La verdad que debe contarse, la verdad que necesitas oír. Por difícil que resulte de creer, por insoportable que te pueda parecer.

Y de pronto, a Armin le vino una idea a la cabeza.

–No, eso no… –murmuró llevándose una mano a la sien, con la vista desenfocada por un instante–. Por favor, no quiero convertirme en otro Reiner… ¿Trastorno de personalidad múltiple, de verdad es ésa la única manera…?

De repente, sintió frío. Oyó que el viento agitaba la capa de legionario de su compañero. Volvió a mirar al frente… y se quedó helado, con un grito que no llegó a salir su garganta, al ver la expresión entre furibunda y despectiva de Marco.

–Créeme, Armin, no serás otro Reiner… –las palabras del pecoso destilaban la misma gélida ira; y el rubio no pudo evitar un escalofrío, aun sabiendo que ese desprecio no iba dirigido contra él–. Voy a asegurarme personalmente de que te conviertes en alguien mucho mejor.

La forma en que Marco dijo aquello hizo que Armin siguiera notando un sudor frío que cada vez recubría más su piel.

–Y por cierto, ¿qué pasó con Reiner? –preguntó, tratando de cambiar de tema con discreta desesperación–. ¿Y con Bertolt? ¿Cómo terminó la batalla? ¿Hemos ganado?

Marco le miraba ahora con más calma; su expresión, ya relajada, se había vuelto pensativa… incluso calculadora, como si estuviese midiéndole, juzgándole.

–Y antes de que lo preguntes: no, no lo recuerdo –añadió Armin con un asomo de irritación–. Ya deberías saberlo, si de verdad eres una parte de mí.

–Está bien.

Marco sonrió con una amabilidad que, esta vez sí, también le llegaba a los ojos; y con un leve gesto de cabeza, le indicó a Armin que mirase dentro de la ciudad. El chico de Shiganshina levantó una ceja, escéptico, porque allí no parecía haber nadie; igualmente, hizo caso a su compañero y observó con atención, por si veía algo que…

Y de repente todo cambió.