Era el final de la jornada laboral en la mayor parte de la ciudad del Oeste y su ruido junto con sus luces no se hicieron esperar, dando un espectáculo precioso por todas las calles y avenidas. La cede de la Corporación Cápsula se encontraba en la misma situación: su horario laboral había concluído y los empleados se disponían a regresar a sus casas. No pasó mucho tiempo para que todo el lugar quedara en completa oscuridad y silencio, a excepción de una habitación.

Una muchacha de cabello afro azul turquesa, vestida con un bonito vestido corto en color rojo a rayas anaranjadas se encontraba bebiendo té en compañía de un atractivo muchacho con dos cicatrices en el rostro. Los dos estaban sentados muy juntos en uno de los sofás de la amplia habitación mientras escuchaban una agradable melodía desde un pequeño equipo de sonido. Él tenía su brazo izquierdo sobre los hombros de la muchacha, ella por su parte, se limitaba a sostener la taza de té con ambas manos y a dar pequeños sorbos cada pocos minutos. Ambos habían estado discutiendo durante la mayor parte de la tarde sobre el huésped que en ese momento ocupaba una de las tantas habitaciones de la Corporación Cápsula, pero ahora que las cosas se habían calmado un poco se disponían a disfrutar de su mutua compañía.

—De todas maneras —retomó la conversación el chico de las cicatrices—, con ese entrenamiento tan peligroso que está haciendo, no creo que dure mucho tiempo vivo.

Le peli azul lo miró de reojo y le dio un sorbo a su té, intentando ignorar el comentario de su acompañante, con la esperanza de que si no respondía a sus palabras, el chico volviera a guardar silencio, pero su plan no funcionó.

—¡Es un demente! —exclamó— Te lo digo en serio, Bulma. Esta mañana lo vi entrenando bajo una gravedad de 300. Si continúa así, morirá antes de que lleguen los androides y su esfuerzo no servirá de nada.

La chica, de nombre Bulma, se removió en su asiento, incómoda. La ponía nerviosa el simple hecho de hablar sobre el chico extraño, agresivo y malhumorado que se encontraba hospedado en su casa en esos momentos. Le intrigaba saber qué estaba haciendo el hombre en ese instante; si había terminado con su entrenamiento diario, si estaba en la cocina buscando algo para cenar, en la ducha o a punto de irse a descansar. Le intrigaba saber todo acerca de él.

—¿Bulma? —le llamó, empujándola un poco con su propio cuerpo para hacerla reaccionar—. ¿Me estás escuchando?

—¡Ten cuidado! —le reprendió—. Casi haces que se derrame el té encima de mi precioso vestido.

—No me prestas atención en absoluto...

—Lo siento, Yamcha. ¿Qué me decías? —le preguntó con vergüenza.

No era propio de ella estar pensando en otro hombre y mucho menos mientras se encontraba en compañía del chico que había sido su novio durante la mitad de su vida. El muchacho de cabello negro retiró su brazo de los hombros de su pareja y se le quedó mirando con una expresión extraña en el rostro. Últimamente la notaba tan distinta..., como si hubiera dejado de ser la Bulma que él conocía y quería desde que era tan solo un adolescente.

—Te comentaba que Vegeta está loco —le repitió—. Con ese entrenamiento morirá antes de que aparezcan los androides.

—No —respondió con un tono más agresivo y seguro de lo que pretendía. Al percatarse de la expresión de sorpresa de Yamcha por su respuesta, se apresuró a dar una explicación—. Lo digo porque, al fin y al cabo, él es el príncipe de los saiyajin, no creo que se muera con algo como eso.

—Parece que eres la única persona inteligente en este lugar.

Vegeta había entrado en la habitación sin que ellos se dieran cuenta. Su torso estaba desnudo y llevaba cargando una botella de agua fría (juzgando por el sudor de la misma) en la mano izquierda y una enorme bolsa de plástico negra en la derecha.

La chica se quedó boquiabierta al ver así a Vegeta. Estando tan cerca lo encontró aún más atractivo que de costumbre. Con ese pensamiento, sus mejillas comenzaron a ruborizarse, cosa que no pasó desapercibida para los dos hombres que se encontraban con ella en la habitación. El saiyajin se detuvo frente a ellos con mucha seguridad, sonriendo al ver la reacción que la chica había tenido al mirarlo. Bulma había dado un brinco e inconscientemente se separó del lado de Yamcha, como si no quisiera que Vegeta se diera cuenta de que habían estado juntos y solos toda la tarde.

—¿Qué vienes a hacer aquí? —preguntó Yamcha con un tono agresivo en su voz, al mismo tiempo que se ponía de pie, en una posición defensiva.

—Te estaba buscando —respondió, dirigiéndose a Bulma e ignorando por completo al muchacho que estaba parado frente a él.

—¿A mí? —dijo sorprendida.

—Hace un momento pensé que eras una mujer inteligente, pero acabo de cambiar de opinión —sonrió—. Necesito otros que sean más resistentes.

Vegeta extendió su brazo derecho, donde llevaba la enorme bolsa negra haciendo que Bulma reaccionara de inmediato. Dejó la taza de té sobre la mesa que se encontraba en medio de los sofás y se levantó de su asiento. Recibió la bolsa que Vegeta le estaba dando y la abrió para ver su contenido.

—Son los robots de la cámara de gravedad —le informó el saiyajin—. Los hice explotar todos esta mañana.

—¡¿Todos?! —se sorprendió la chica—. Pero si mi padre los hizo con el material más resistente...

—Eres un descarado malagradecido —explotó Yamcha—. ¿¡Cómo te atreves a venir y exigir más robots sin ni siquiera pedir una disculpa!?

—Pues dile a tu padre que invente otra cosa, porque esos ya no me sirven.

Sin esperar respuesta e ignorando de nuevo a Yamcha, se dio media vuelta y salió de la habitación a paso tranquilo, bebiendo agua de la botella que llevaba consigo.

—Ese maldito... —murmuró el muchacho—. Bulma, dile a tu padre que no haga más robots.

—Iré a dejarlos al laboratorio y después a informarle a mi papá que Vegeta necesita robots más resistentes —respondió ella, como si no hubiera escuchado las palabras que su novio le había dicho.

—¿Acaso no me escuchaste?

—Lo siento, Yamcha —se acercó y besó su mejilla para tranquilizarlo—. El entrenamiento de Vegeta nos beneficia a todos, no lo olvides.

Dicho aquello, salió de la habitación y se dirigió al laboratorio principal. Mientras caminaba hacia allá, se iba preguntando por qué el príncipe saiyajin había ido con ella en lugar de buscar a su padre. Era él quien se encargaba de todo en la cámara de gravedad y siempre que Vegeta necesitaba algo iba a pedírselo directamente al Sr. Brief. Le parecía muy extraño que esta vez se hubiera tomado la molestia de ir a buscarla a ella.